miércoles, 31 de mayo de 2006


SIMIOS IGUALES,
IGUALES DERECHOS

Parece que el veinticinco de abril se empeña en vincularse al concepto de revolución en la Península ibérica, si nos atenemos a dos acontecimientos que han tenido lugar en la mencionada fecha. Por un lado, la famosa “revolución de los claveles” que acabó con cincuenta años de dictadura salazarista en Portugal, y de paso con una interminable y dolorosa descolonización para el país vecino en sus posesiones africanas. El otro veinticinco de abril de carácter revolucionario tiene lugar treinta y dos años después, cuando uno de los grupos políticos representados en la Cámara Baja, esta vez en España, presenta una Proposición no de Ley para que se apruebe una de las iniciativas más audaces en lo que a avances morales se refiere: el Proyecto Gran Simio. Es ésta una propuesta teórica lanzada por dos reconocidos filósofos en 1993, y cuyo propósito es que todos los Grandes Simios gocen de los mismos derechos básicos, entendiendo éstos como los que conciernen a la vida y a la integridad física y emocional. Cinco son las especies que componen el grupo referido, y a una de ellas pertenecen todos y cada uno de los lectores de estas líneas. Pues sí, qué le vamos a hacer, nosotros y nosotras somos humanos, y por ende monos, “grandes simios” para más señas, Y nuestros compañeros de grupo zoológico son los orangutanes, los gorilas, los chimpancés y los bonobos. Esto no es ni bueno ni malo, sino una evidencia científica sobre la que no cabe hacer conjeturas de índole moral. Es así y punto.

La cuestión es que los sesudos estudios realizados hasta la fecha no dejan de aportar cada vez más luz respecto al parentesco filogenético que nos une a todos los miembros de este exclusivo club, similitud que en algunos casos como el de los chimpancés llega a superar el 99 %. La cosa no es broma. Y no lo es hasta tal punto que, con los datos en la mano, ciertas teorías morales que creíamos hasta ahora sólidas como rocas, se tambalean ya como hojas. El dilema está servido. ¿Podemos permitir que se destruya la casa de los orangutanes en Borneo sin hacer nada, mientras asumimos el derecho a una vivienda digna de los monos humanos como un logro social digno de elogio? ¿Resulta coherente prohibir que se realicen experimentos médicos en hombres, mujeres y niños, al tiempo que lo permitimos en bonobos? ¿Somos iguales, y de ser así, en qué aspectos y grados?

Estamos sin duda ante una segunda etapa de la revolución moral que Charles Darwin comenzó allá a mediados del diecinueve, y que provocó todo una suerte de críticas satíricas alrededor de la tesis según la cual no sólo descendemos del mono, sino que somos de hecho un mono más. Las viñetas de los periódicos se convirtieron entonces en estrado de jueces, y los ilustradores de la época hicieron su agosto a cuenta de la famosa teoría del naturalista inglés que el tiempo y la ciencia han acabado convirtiendo en realidad palmaria. Incluso alguno de esos dibujos ridiculizantes preside todavía la etiqueta de cierta castiza bebida alcohólica con gran arraigo popular en nuestro país.

A tenor de lo que acaba de suceder en esta ocasión, se diría que pocas cosas han cambiado en nuestra mentalidad a lo largo de los casi dos últimos siglos. O desde luego bastantes menos de lo que nuestra arrogancia pretende demostrar. Porque la iniciativa socialista ha abierto la espita para que toda una cohorte de pensadores a sueldo, sin el más mínimo rigor ni información (una cosa lleva a la otra), se lance a verter sus críticas, ora estableciendo una comparación grosera entre los monos y el político de turno, ora sacándose de la chistera (que no de lo que habitualmente pretende cubrir) toda suerte de chanzas y supuestas gracietas, de tan ínfima calidad que apenas si tienen cabida en el mercado interno de “incondicionales”. Pero la cosa podría quedar en simple anécdota si no se diese la circunstancia de que en el terreno de la argumentación más elaborada -que la hay- la cosa no mejora, y lo preocupante es que debiera hacerlo si nos queremos hacer merecedores de la lustrosa etiqueta de “racionales” con la que tan frecuentemente nos regalamos los oídos. Haciendo un esfuerzo por sintetizar los argumentos utilizados por los detractores de la iniciativa, creo que pueden identificarse dos de ellos por encima de cualesquiera otros.

El primero hace referencia a la supuesta improcedencia de conceder derechos humanos a individuos que no lo son. Improcedencia que asumimos por completo desde nuestra asociación. Tal es así, que nadie, hasta donde nosotros sabemos, ha propuesto tal cosa. Los orangutanes no necesitan “derechos humanos”, sino más bien “derechos orangutanianos”. Cosa bien distinta es que algunos (como los mencionados anteriormente a la vida y a la integridad) coincidan, pero tal hecho no deriva sino de la también coincidente naturaleza que nos caracteriza a humanos y orangutanes: ambos poseemos similar capacidad de sufrir dolor físico y de experimentar padecimientos psicológicos intensos. Y es en este punto donde el dilema alcanza su punto álgido. Porque ya me dirán ustedes cómo conciliamos idénticos sufrimientos con diferentes consideraciones morales. ¿Estamos dispuestos a aceptar un hecho lesivo proscribiéndolo si la víctima es humana y al tiempo mostrar indiferencia por el solo hecho de que el protagonista pertenezca a otra especie? ¿Acaso este escenario no cae de lleno en el terreno de la discriminación arbitraria? ¿Qué diferencia sustancial existe entre discriminar humanos en razón de su raza, de su género o de su orientación sexual y hacerlo con otros individuos por razones de especie? Conocida es la extraordinaria dificultad de superar mentalidades forjadas durante milenios, de echar abajo ideologías que pesan como losas, para bien y para mal. Pero en eso precisamente consiste el reto, en ser capaces de superar errores e incorporar a nuestra realidad novedades que hagan de este mundo un lugar mejor para un número cada vez mayor de beneficiarios.

Y con esto nos vamos a la segunda cuestión aducida por los detractores. El manido y sin embargo por desgracia eficiente argumento del “nosotros primero”. Siguiendo este pensamiento simplista, se supone que la comunidad humana no debería hacer nada por nadie (excepción hecha de nosotros mismos) hasta que no queden definitivamente superados todos y cada uno de los problemas que nos acechan. Pero tal pretensión es egoísta como pocas, máxime teniendo en cuenta que el problema central de los monos chimpancés y de todas las demás especies “grandesimiescas” somos los monos humanos. Intentar dejar aparcadas sus desdichas hasta que no solventemos nuestras desgracias es tanto como intentar acallar la boca de las mujeres maltratadas aduciendo que “antes están los varones”, con el agravante de que son precisamente éstos los victimarios de aquéllas. Se necesitan grandes dosis de mala fe para que alguien que agrede a un inocente le espete a continuación que debe esperar a que él mismo resuelva sus problemas antes de que se proceda a atenderle de sus heridas.

Pues así están las cosas. Parecía que la actual legislatura política, y en lo que a logros de naturaleza moral se refiere, había tocado techo con las comisarías especializadas en violencia doméstica y los derechos civiles concedidos a los homosexuales. Pero todo apunta a que esta ilusionante etapa aún puede dar mucho juego, teniendo en cuenta además que apenas hemos superado el ecuador de la misma.
Termino recuperando la caprichosa conexión inicial con las fechas. Si incruenta -o casi- fue la primera, más pretende serlo la segunda, dadas sus raíces y características esencialmente protectoras y orientadas en cualquier caso a garantizar el bienestar de inocentes. Al final, y se mire por donde se mire, la concesión de derechos a comunidades a las que hasta ese momento se les negaban es una cuestión de simple y llana generosidad. Nada más. Y nada menos.

© mayo 2006
.

viernes, 2 de septiembre de 2005


TRADICIÓN vs. ÉTICA

Llega septiembre, y regresa con él como cada año la polémica que rodea a la histórica ciudad de Tordesillas. La razón no es otra que la inclusión en el programa festivo del encierro y alanceamiento de un toro. La cosa no es broma: dirigen al desconcertado animal desde la villa hasta los márgenes del río, y allí le clavan lanzas hasta matarlo, circunstancia que no se produce de forma inmediata, como es lógico, sino después de una prolongada agonía de la víctima.

Pero, ¿en qué consiste exactamente la polémica? Tras qué argumentos se parapetan las –digámoslo de esta forma– las partes enfrentadas. Si tuviéramos que resumir en un solo término cada una de ellas, probablemente serían algo así como “la tradición” y “la ética”. Ello nos conduce a presuponer que ambos conceptos son en cierto modo incompatibles, cuando tal cosa no es cierta, como es fácil deducir. La mayor parte de las tradiciones son en general respetuosas, y no conllevan desde luego violencia gratuita. Ellas son el mejor ejemplo de que tradición y ética pueden ir de la mano sin mayores problemas. Otras, por el contrario, como las agresiones a las mujeres en el ámbito doméstico, la aplicación legal de la pena de muerte o ciertos festejos populares como el Toro de la Vega, implican grandes dosis de violencia, sea ésta ejercida con puños, mediante una soga o recurriendo a varas metálicas. El efecto viene a ser el mismo en todos los casos: el sufrimiento de la víctima, y casi siempre la muerte.
Es más que probable que en este punto algún lector o lectora se haya sentido indignada por la comparación que establezco entre algunos casos de sufrimiento humano y otro de padecimiento animal. He de decir que, más allá de establecer una simple comparación, lo que estoy haciendo en realidad es poner en práctica una equiparación en toda regla. Porque, mientras no se demuestre lo contrario -y tal cosa no ha sucedido aún, se lo aseguro-, el mismo grado de dolor y sufrimiento resulta igual de indeseable para cualquier víctima, por encima de cuestiones como su género, sus cuentas con la justicia y, naturalmente, su especie biológica. Si una mujer sufre innecesariamente, nada que no sea el más burdo egoísmo puede hacer que nos quedemos cruzados de brazos. Lo mismo debería suceder ante un reo condenado a la horca. Y cada vez más gente cree que esta consideración moral debiera traspasar la frontera de lo humano y aceptar a los demás animales (a los que bien podríamos etiquetar como animales no humanos, por cuestiones de sintaxis elemental). La historia de la humanidad es la historia del progreso, de avanzar por un determinado camino que va paulatinamente incorporando grupos de seres en su día condenados al ostracismo y a los que se han ido concediendo derechos básicos, en especial los referentes a la vida y a la integridad tanto física como emocional. Al principio, estas afortunadas incorporaciones al “club moral” estuvieron protagonizadas por los niños, luego por los negros, más tarde por las mujeres, y en uno de los últimos capítulos aparecen los homosexuales. Es de esperar que de hecho la serie no se cierre aquí, y que más pronto que tarde se incorporen los animales, aunque éstos no sean humanos.

Pero volvamos a la cuestión de fondo. ¿Se puede amparar un acontecimiento objetivamente criminal (véase diccionario en el caso de percibir el adjetivo como desproporcionado) en la pura y simple tradición? Tal presunción es, a lo que se ve, unánimemente rechazada en la mayoría de los casos, especialmente si afecta a seres humanos. Quiero pensar que muy pocos habitantes de la propia Tordesillas legitimarían hechos como la quema de herejes (tan popular en la villa no hace tantos siglos), la explotación laboral infantil o la mutilación genital femenina, a pesar de haber sido y seguir siendo en algunos casos tradiciones con solera y rancio abolengo, y pertenecer a lo más hondo de las raíces de las sociedades en las que estos hechos se producen. Entonces, ¿por qué toleramos y aún promocionamos actos tan groseros como el que se va a perpetrar el próximo día 13? Por la sencilla razón de que el condenado, sin juicio previo, no ha tenido la suerte de nacer con forma humana (o de lince ibérico, o de águila real, añadirían algunos con razón). Curiosamente, el mismo trivial motivo que demasiados siguen empleando para dar pábulo al linchamiento público y subvencionado de un inocente.

Si, a efectos del presente artículo, por ética se entiende “respeto y consideración hacia los demás” (a todos los demás, se entiende) y por tradición “transmisión de costumbres, creencias o elementos culturales hecha de generación en generación” (definición recogida del mismo diccionario que antes recomendaba), parece que en cuanto al Toro de la Vega, ambas cosas resultan del todo incompatibles. O es una o es otra, la cosa no da más de sí. Yo me quedo con la ética, qué quieren que les diga. No me parece ni medianamente racional defender algo por la elemental circunstancia de que haya formado parte de la cultura o de la tradición local durante no sé (ni me importa) cuántos siglos. Aunque debería resultar obvio, conviene recordar que algo no se convierte en moralmente lícito porque sea elevado a la categoría de espectáculo o se le coloque el label de tradición. No puede ser tan primario. Una injusticia es una injusticia siempre, independientemente de la parafernalia estética que la rodee.

¿Qué se atenta contra la cultura local? Naturalmente, faltaría más. Pues sí, efectivamente mostrarse críticos con determinadas manifestaciones culturales o tradiciones es poner en tela de juicio la propia identidad de la sociedad en la que se producen tales hechos. Por supuesto que sí, así debe ser si nos consideramos de verdad racionales y queremos orientar nuestros pasos hacia una sociedad más justa para todos. Nos han hecho creer que determinados juicios condenatorios son afrentas a la cultura y que ello es malo en sí mismo. Realmente no lo es. Nos han engañado. Lo perverso es precisamente no hacerlo, apoltronarnos en nuestra comodidad cotidiana y hacer como si nada sucediese a nuestro alrededor. La crítica no tiene por qué ser necesariamente injuriosa. Muy al contrario, puede en determinadas ocasiones erigirse en un ejercicio moralmente obligatorio, en un auténtico acto de decencia ética.

Por otro lado, cabe recordar que la reglamentación del espectáculo no alivia en nada el padecimiento del animal, como podrá entender cualquiera dotado de una estructura neuronal mediana. Las veneradas normas que condicionan el espectáculo tienen por objeto garantizar que éste se desarrolle dentro de unos cánones consensuados, pero en ningún caso vela por la integridad del animal. De hecho, es la propia normativa la que prevé con absoluta frialdad que pueda taladrarse su cuerpo, la que permite que se le incrusten varios arpones metálicos de lado a lado, y la que mantiene en la más estricta legalidad a lo que no es sino un acto de impiedad impropio de una sociedad madura. La observancia minuciosa del tan traído y llevado reglamento se limita a regular la tortura. Ahí empieza y acaba todo. No necesitan inventarse todo ese cursi lenguaje eufemístico para dulcificar lo que no es sino una chacinería, una pringosa ejecución pública, sumaria y con agravante de ensañamiento. Cumpliendo con escrupulosidad la normativa establecida se preserva la “integridad y pureza” del espectáculo, no desde luego la integridad de la víctima, que acaba pareciéndose más a un guiñapo sanguinolento que a un brioso bóvido. Intentar crear confusión con una mezcolanza de conceptos tan grosera equivale a presuponer que la opinión pública en general y los defensores de los animales en particular padecen una suerte de estupidez congénita que les impide discernir entre unas cosas y otras.

El Toro de la Vega desaparecerá, como lo hará el fútbol o las carreras de motos. Nada dura eternamente. La tarea de los defensores de los animales consiste en acelerar al máximo ese final, del que sin duda también saldrán beneficiados los que actúan hoy de verdugos, y a los que la vergüenza les acompañará a su pesar muchos años después de la última edición.
.
© septiembre 2005
..

martes, 5 de julio de 2005


MANIFIESTO
POR LAS AVES

Las aves generan sentimientos contradictorios en los seres humanos. Por un lado, recurrimos a ellas a través de metáforas e incluso las convertimos en iconos a la hora de transmitir algunos de los valores que más apreciamos, como la libertad o la paz. Por otro, las aniquilamos en masa a través ciertas prácticas deportivas, o las sometemos a la más cruel de las esclavitudes para obtener algunos de sus “productos”. Ello no es sino una clara muestra de la esquizofrenia moral con la que la comunidad humana ve a los animales con los que comparte planeta. En efecto, mientras algunas especies gozan de la protección legal y la estima general de la sociedad, no mostramos hacia otras el más elemental respeto, por lo que las reducimos a simples objetos de consumo en multitud de campos. Por lo que a las aves respecta, un ejemplo que ilustra esta realidad lo encontramos en las rapaces, cuya seguridad está en teoría garantizada a través de férreas normativas de protección, al tiempo que la vida de otras muchas especies, como las cinegéticas, se pone a disposición de quien desee disparar sobre ellas como simple pasatiempo dominguero, con solo acreditar la posesión de una licencia de armas y una mínima pericia intelectual a la hora de pasar el examen preceptivo.


La caza deportiva,
una agresión injustificada

La caza deportiva suele ser justificada mediante argumentos tan peregrinos como la supuesta necesidad de mantener equilibrados los ecosistemas, como si antes de nuestra aparición en la Tierra reinara en ella un caos que únicamente terminó cuando los humanos la emprendimos a tiros contra los animales.

El supuesto papel de “garantes del medio natural” que se atribuyen a sí mismos los cazadores no es sino un burdo disfraz con el que tratan de dulcificar su imagen ante la sociedad, y maquillar así una práctica sustentada en algo tan brutal como salir al campo y disparar contra conejos y perdices que no les han hecho nada. Hasta el argumento podría tener cierta credibilidad si la práctica de la caza deportiva se asumiera como “un deber desagradable”. Al fin y al cabo, disparar, herir, mutilar y matar son realidades objetivamente traumáticas, algo que incluso sus practicantes admiten. Pero lo habitual es que se cace por simple placer, y si puede ser acompañando la jornada con una buena comida fraternal en el bosque. Es aquí donde todo el planteamiento se desmorona como un castillo de naipes, y lo descubre como lo que es, una excusa grosera y no un argumento serio. La Naturaleza tiene sus propios mecanismos de regulación como para necesitar de nuestra intervención arrogante, que en realidad ha sido la responsable directa del desequilibrio que ahora tanto nos preocupa. Si la caza practicada como deporte se prohibiera, no se producirían mayores desastres ecológicos que los que ahora genera el propio ser humano, y al menos se ahorrarían grandes dosis de sufrimiento gratuito.

La caza deportiva acaba cada año con la vida de cientos de millones de individuos en el mundo, seres con intereses como nosotros, y que como nosotros tienen un sistema de percepción del dolor que les hace sufrir intensamente en determinadas circunstancias. Éste, su naturaleza sensible, es uno de los aspectos esenciales de los argumentos animalistas, que defienden la teoría de que todos los sufrimientos son iguales, al menos en cuanto a lo indeseables que resultan para quienes los padecen, con independencia de factores como la especie biológica de la víctima.

Hubo un tiempo en que cazar era imprescindible. Se trataba de simple supervivencia, y ante eso poco hay que decir. Pero hoy la mayoría de las sociedades se han industrializado hasta tal punto que actividades como la caza deportiva han sido relegadas a la categoría de “deporte”. Y parece evidente que la práctica de un deporte concreto siempre resulta prescindible. De hecho, la inmensa mayoría de los y las ciudadanas no disparan sobre animales por diversión y sobreviven diariamente. El argumento simplemente no se sostiene.

La caza deportiva no solo mata a millones de individuos inocentes, sino que hiere a otros muchos a los que condena a una vida en inferioridad de condiciones. Si la codorniz o la paloma de turno consigue sobrevivir, será después de indecibles sufrimientos, tras superar un dolor intenso, padecimiento emocional y, en definitiva, con una experiencia traumática a sus espaldas. Muchas aves abatidas acaban agonizando y muriendo después de varios días en un ribazo. El estrés, las infecciones y la inanición harán el resto. Además, se olvida uno de los aspectos más emotivos de toda esta tragedia, como es el hecho de que muchas aves son monógamas. Sí, se emparejan de por vida. Ello hace que la pérdida del compañero o compañera genere angustia y tristeza en el miembro superviviente. A quien no es capaz de admitir esta realidad podrá parecerle una cursilería, pero muchas especies animales conocen sensaciones como la amistad, la solidaridad o el afecto.

¿Y qué decir de la supuesta “lucha de igual a igual” con la que se tilda a veces a la caza? Es una ofensa presuponer igualitaria una agresión unilateral que además no ofrece el mismo premio al “vencedor” y el mismo castigo al “perdedor”. Si el que pierde es el pájaro, lo pierde todo: su vida. Si el derrotado es el humano, su pago consistirá en la pérdida de unos cartuchos y a lo sumo un buen enfado. La realidad es que una lucha solo puede ser de igual a igual si los trofeos y las condenas son idénticos para sus protagonistas. Con esta premisa, nadie sino una mente perversa puede defender la idea de que la caza es una lid equilibrada y justa.


El exterminio de palomas urbanas,
un crimen que no cesa

Cada año decenas de miles de palomas urbanas son capturadas y exterminadas por numerosos ayuntamientos en España. En realidad, y aunque la razón oficial sea la del “control poblacional”, todo apunta a que se trata de una medida irracional, que a medio plazo no soluciona nada, dado que a los pocos meses del descaste la densidad de aves recupera su nivel. Muchas de estas políticas parten de estudios obsoletos (a veces confeccionados décadas atrás), que no tienen en cuenta factores como el ratio entre hembras y machos, o el porcentaje de animales enfermos. La actuación municipal se limita a matar varios miles y punto, y lo hace capturando sin demasiados miramientos a las víctimas, para luego gasearlas por grupos en dependencias municipales.

Toda esta locura se pone en marcha por las denuncias de los vecinos (de unos muy concretos, que además son los mismos que se quejan por otras muchas situaciones), molestos por la suciedad que los animales generan -como si precisamente los humanos pudiéramos presumir de ser una especie pulcra-. Resulta difícil no ver en esta actuación municipal una especie de tributo político a ese pequeño sector ciudadano quisquilloso con casi todo. De esta forma, las administraciones locales se blindan ante la ciudadanía con el argumento simplista de “nosotros ya hemos hecho lo que estaba en nuestras manos, no nos exijan más”.

Algunas urbes ya han probado sistemas no traumáticos para el control de aves con suficiente éxito, mientras que en nuestro ámbito geográfico se siguen obviando éstas y otras iniciativas humanitarias. Todo ello convierte a la eliminación física de palomas en un crimen injustificado.

Mientras perseguimos con saña a las palomas, continuamos recurriendo a ellas como símbolo de concordia y de buenos deseos en actos reivindicativos, y las “liberamos” emocionados de las cajas donde han pasado horas apretujadas, sin siquiera pensar que ellas también podrían ser destinatarias de nuestra consideración, y que por lo tanto deberíamos dejarlas en paz y tratar de resolver los conflictos entre humanos por nuestra cuenta y riesgo, sin necesidad de involucrar a terceros.


La avicultura intensiva,
un infierno para los animales

Si pudiéramos cuantificar todo el sufrimiento que los humanos infligimos a los demás animales, observaríamos que la inmensa mayoría se lo lleva el área de los animales destinados a comida. Y dentro de ella, el apartado de la explotación avícola merece especial atención por su extrema crueldad.

Uno de los ejemplos más descarnados lo tenemos en las condiciones que la industria reserva a las gallinas ponedoras de huevos. Casi todas pasan sus cortas vidas en jaulas estrechas que deben compartir con otras compañeras de martirio. La falta de espacio es tal que sus cuerpos rozan constantemente contra el alambrado del suelo y las paredes, lo que les produce rápidamente lesiones en la piel, que a su vez derivan en llagas que no reciben el tratamiento adecuado. Ello genera en los animales una situación de estrés muy elevado, por lo que se hace frecuente la agresión entre las prisioneras de una misma jaula. Para evitar en parte los indeseables efectos económicos de este comportamiento, los granjeros someten a sus rehenes a una práctica traumática como el corte del pico cuando aún son jóvenes. No son raros los casos en los que se produce una infección que acaba matando al desdichado animal. Nadie se preocupará de prestar asistencia veterinaria a unos cuantos individuos, por la sencilla razón de que económicamente compensa más retirar un cierto porcentaje de cadáveres que tratarlos de sus dolencias cuando todavía están vivos.

En las explotaciones intensivas de aves las estructuras sociales propias de estos seres quedan cercenadas por completo, así como ciertas necesidades comportamentales, como escarbar el suelo, buscar comida o refugiarse ante situaciones de peligro. Todo ello produce un cuadro de ansiedad (sufrimiento, en definitiva) que acaba por enloquecerlas. No puede ser de otra forma. Esta locura solo acabará con su muerte, que será para ellas una auténtica liberación.
Únicamente verán la luz natural el día del sacrificio, cuando unas toscas manos las agarren y sin ningún miramiento sean apelotonadas en las jaulas del camión que las trasladará a una siniestra cadena mecánica, colgadas por las patas y pasadas por las cuchillas de corte. Los operarios realizan esta operación de manera rutinaria, de tal forma que la compasión no tiene cabida en un proceso tan deshumanizado. Por simple estadística, es normal que el corte no siempre sea certero, por lo que un número elevado de aves acabará en el caldero de agua hirviendo cuando son todavía perfectamente conscientes. Llegados a este punto, lo mejor que les puede pasar es que su infierno acabe cuanto antes. No habrán conocido sino el estruendo, el escozor de las heridas y la angustia. Sus vidas habrán sido una experiencia miserable que ninguno de nosotros quisiéramos experimentar.

La terrible realidad es que muchas otras aves –como los pavos, las ocas o las codornices– sufren la misma tortura, y la única razón por la que algunas como los avestruces todavía no han sido estabuladas es de tipo económico, no ético.


La “gripe aviar”, una muestra más
de la degradación moral humana

A lo largo de los últimos meses, los medios de comunicación nos han estado bombardeando constantemente con noticias sobre la que se ha dado en llamar gripe aviar, una patología mortal que afecta a diferentes especies de aves tanto silvestres como domésticas. Hemos visto cómo el más mínimo indicio de la enfermedad en una zona determinada hace que millones de aves sean eliminadas mediante los métodos más brutales que nuestra mente pueda imaginar. Introducidas por docenas en sacos o incineradas y enterradas vivas. No es difícil suponer la angustia y el padecimiento que todo ello provoca a los animales: alas rotas, hematomas, asfixia, terror en definitiva. Cualquier fórmula parece ser válida con tal de quitarse el “problema” de encima. A una vida plagada de carencias se suma este horrendo final.

Los informativos y documentales que tratan el tema centran su atención exclusivamente en el riesgo de que esta dolencia afecte a los seres humanos, como si los efectos de la enfermedad en nuestra especie fueran peores que en gallinas o patos. En este punto, cabe recordar una vez más que el dolor físico o el sufrimiento emocional tienen el mismo significado biológico y por lo tanto son tan indeseables para unos como para otros. Pero toda la atención mediática se centra en los efectos que esta “crisis” pueda tener en la comunidad humana, sobredimensionando nuestro papel de posibles víctimas e ignorando nuestra responsabilidad como verdugos. Así, se habla con absoluta tranquilidad de que tal o cual país “está sufriendo las consecuencias de la gripe aviar” mientras se condena a la invisibilidad el drama de los animales antes, durante y después de la crisis. No es fácil encontrar un ejemplo más gráfico del egoísmo que caracteriza a la especie humana, entre cuyas características está la de patrimonializar el sufrimiento.

Ya son muchos los informes que apuntan a las condiciones de hacinamiento extremo como uno de los principales factores de expansión no sólo de esta pandemia, sino de todas las que afectan hoy a los animales estabulados. Precisamente son estas enfermedades masivas y su protagonismo en los informativos las que sacan a la luz la verdadera dimensión de la violencia institucionalizada que ejercemos a diario sobre los animales, una agresión que por lo general suele permanecer oculta a los ojos de la opinión pública.

Creemos que los medios de comunicación están actuando de una forma irresponsable. Parecen haberse abonado de manera gratuita a la noticia catastrofista, a pesar de que muchos de los organismos profesionales competentes en la materia minimizan las posibilidades de que la enfermedad acabe afectando seriamente a los humanos. En este sentido, hay que decir que aunque este extremo se produjera, los efectos no serían ni de lejos de la misma entidad que los que sufren las aves en los distintos campos en las que son explotadas comercialmente, aun sin crisis de por medio.
La irresponsabilidad moral de los medios informativos es doble, en tanto que consiguen por un lado que la sociedad acabe satanizando a las aves, viendo a los hasta entonces apacibles patos del parque como seres maléficos con los que hay que acabar antes de que ellos lo hagan con nosotros. Por otra parte, estos mismos medios no tienen pudor alguno a la hora de trivializar el problema a través de innumerables viñetas, chistes y representaciones humorísticas de dudoso gusto. También ello es una buena muestra de hasta qué punto despreciamos el sufrimiento ajeno cuando éste no tiene forma humana, solo que aquí parece que nos encontramos en la antesala de una crisis sanitaria sin precedentes. No se comprende muy bien esta especie de demencia moral que informa sobre algo tan grave al tiempo que se ríe de ello. Queda por saber si en el caso de que al final la tragedia humana se produzca su sentido del humor seguirá intacto o entonces aplicarán algún protocolo deontológico para evitar una sátira que a lo mejor entonces sí les parecerá macabra.

La inmensa mayoría de las aves que han tenido la desgracia de caer en nuestras manos sufren una eterna pesadilla. Para ellas, su vida es una experiencia que lo único que les depara es dolor corporal y padecimiento psíquico. Amputadas algunas de sus partes más sensibles cuando son jóvenes, no conocerán otra cosa que el estrés y la angustia, para acabar aún más hacinadas en las jaulas del camión que les trasladará al matadero, en una amalgama de heces, miembros rotos y hematomas. Y si tienen la “osadía” de contraer una dolencia con posibilidades de ser transmitida a sus verdugos, la cosa puede todavía empeorar. Serán cogidas en racimos por toscos operarios e introducidas en grandes bolsas negras como si de remolacha se tratase. Para quien es capaz de ver con ojos sensibles, hay pocas escenas tan terribles como uno de estos sacos agitándose por el pataleo de las víctimas que tratan absurdamente de huir de una atmósfera irrespirable.
Si la situación lo requiere, intervendrá un camión específicamente diseñado para ello, pudiendo acabar con la vida de seis mil gallinas a la hora. Sólo tendrá que llenar el enorme depósito y abrir la espita para que el gas letal haga el resto. No resulta fácil imaginar la escena de cientos o miles de seres sensibles amontonados unos encima de otros en un tanque oscuro, aterrorizados, muchos con las alas y las patas fracturadas. Si se asigna con relativa naturalidad el término “terrorismo” a realidades como la violencia ejercida en el ámbito doméstico, laboral o medioambiental, no se adivina razón alguna para no aplicar el mismo epígrafe a la práctica de la ganadería intensiva, a la caza deportiva, o a la cobertura legal que proporciona la Administración a muchas de las atrocidades que se cometen de manera constante y premeditada con los animales en general y con las aves en particular.

En el caso de la gripe aviar, ni siquiera nos asiste una cierta autoridad moral para justificar esta eliminación masiva asumiéndola como “legítima defensa”, porque cuando pase esta tragedia para nosotros, la suya continuará como siempre, y su infierno dejará de ser noticia en los telediarios, pero seguirá siendo su infierno. A la luz de los hechos, la verdad es que somos nosotros mucho más peligrosos para las aves de lo que lo son ellas para la comunidad humana. Desde nuestra parte no necesitamos transmitirles ninguna enfermedad. Sólo tenemos que hacer lo que ya hacemos a diario: explotarlas de manera escandalosa por el simple hecho de que nos agrada el sabor de su carne o nos apetece relajarnos descargando nuestra escopeta sobre sus cuerpos.


El paradójico papel de los veterinarios

Como en los demás campos de la explotación animal, también aquí merece una reflexión el papel que cumplen los veterinarios en toda esta tragedia. La cruda realidad es que cualquiera de las situaciones que aquí se describen sólo es posible con el beneplácito de estos profesionales, a los que incomprensiblemente muchos siguen asociando con un sentimiento de amor hacia los animales. Un examen objetivo nos muestra, sin embargo, que hoy la mayoría de los veterinarios son elementos indispensables en todos estos procesos de producción y de eliminación masiva, y que sus intereses no están en absoluto orientados hacia el bienestar de sus “pacientes”, sino a conseguir la mayor rentabilidad económica posible, aun a costa del sufrimiento extremo de éstos, por lo que suponer por defecto que su actividad tiene una naturaleza altruista es un dramático ejercicio de ingenuidad.

Es de desear que la mentalidad que rige esta profesión vaya paulatinamente reconduciéndose hacia un talante de verdad proteccionista, tal y como ya sucede en muchos de quienes se ocupan de los animales de compañía.


Reflexión final

El trato que reciben en la actualidad la inmensa mayoría de los animales a nuestro cargo es simplemente obsceno, y todos los argumentos que se esgrimen para justificarlo no son sino burdas excusas para tranquilizar nuestras conciencias. Se impone por lo tanto una profunda y urgente reflexión en cuanto al derecho que nos asiste para someter cada día a las demás especies animales a una casi inabarcable gama de situaciones dolorosas.
Ante este truculento escenario, no vendría mal poner en práctica un ejercicio tan elemental y deseable como la empatía, esa capacidad para colocarnos emocionalmente en el lugar de los demás –de “todos los demás”, humanos o animales–y abordar una completa revisión de nuestro comportamiento con las demás especies. Huelga decir que mientras sigamos sometiendo a los animales en general y a las aves en particular a un sinfín de agresiones y torturas, la autoridad moral de quienes aceptan este tipo de situaciones para indignarse por otras formas de violencia entre humanos queda, cuando menos, seriamente atenuada.

© julio 2005
.

lunes, 7 de febrero de 2005


RAPTADOS DEL PARAÍSO

Tan sólo durante las últimas décadas (pongamos medio siglo) la movilidad de especies silvestres ha sido muy superior a la que ha tenido lugar en los anteriores dos millones de años. Animales que durante milenios han ocupado selvas, océanos y desiertos, viven hoy en salas de estar, cocinas, terrazas de apartamentos o discotecas. La razón es muy simple: la comunidad humana del mundo industrializado ha convertido la compraventa de animales exóticos en un negocio con extraordinarios beneficios, que tiene además el dudoso honor de encabezar la lista de las actividades delictivas más rentables, sólo superado por el comercio de armas, de drogas y de personas. En realidad, esta transacción zoológica a gran escala responde a la lógica consumista que todo lo condiciona en una sociedad mercantilista como la que hemos creado, unido al hecho de que hoy los animales no humanos siguen teniendo el status de propiedad, de simples objetos de intercambio. Las tiendas especializadas del mundo rico se han convertido en un inmenso bazar donde es posible adquirir casi cualquier tipo de animal. Existe un auténtico servicio a la carta, siendo también la oferta publicitaria la que crea tendencias y modas. Si bien es cierto que estamos ante el conocido fenómeno de la oferta y la demanda, debe hacerse la salvedad de que, en el caso que nos ocupa, no se trata de meros enseres inertes, sino de individuos sensibles al dolor físico y al padecimiento emocional.

En realidad, la en apariencia inocente compra de un animal en uno de esos establecimientos conocidos popularmente con el horrendo nombre de “pajarerías” es el desencadenante de todo un engranaje que enriquece a unos y somete a otros a un régimen de esclavitud perpetua, afortunadamente abolido en todo el planeta para la especie humana.
Una buena fórmula para advertir todo el dolor que implica el comercio de animales silvestres consiste en realizar un seguimiento de los protagonistas desde que viven libres en su entorno natural hasta que son adquiridos en el lugar de destino, a miles de kilómetros de distancia. Por lo general, los países de procedencia suelen tener un nivel de riqueza bajo, con lo que resulta sencillo convencer a ciertos ciudadanos para que esquilmen el medio natural en busca de lagartos, aves, ranas, o cualquier animal que pueda ofrecer ganancias económicas. A sabiendas de que todo el proceso implica un fuerte shock que acabará en la práctica con buena parte de las capturas, éstas suelen ser masivas, sin que además se tenga especial cuidado en el manejo de los animales. Muchos de ellos apenas sobreviven a los primeros días de cautiverio, y otros se vuelven inapetentes, por lo que es habitual la alimentación forzada basada en papillas. Lo grosero de la operación hace que a algunos la comida les encharque los pulmones, provocándoles una angustiosa muerte. Las condiciones en las que viajan los supervivientes son simplemente atroces. Hacinados en jaulas, envueltos en papel de periódico o instalados en los más diversos recipientes para sortear las aduanas, no es extraño que el número de ejemplares que llega con vida a su destino sea muy reducido. Dependiendo de la especie de que se trate, el porcentaje de mortalidad llega a afectar a ocho de cada diez animales. Y a los que superan esta etapa les espera una costosa recuperación. En el mejor de los casos, serán adquiridos por personas que, en la medida de sus posibilidades, tratarán de ofrecerles un entorno rico y satisfacer sus necesidades primarias. Sin embargo, todos estos esfuerzos bienintencionados no conseguirán sino una burda caricatura del entorno natural de donde nunca debieron haber salido.

Hasta aquí algunos apuntes, por otra parte bien conocidos, de las implicaciones que para los animales tiene el que podríamos calificar de “tráfico ilegal”. Porque es éste uno de los puntos de inflexión del debate sobre el comercio de especies, la distinción interesada de dos actividades que desde el punto de vista de los intereses y de los derechos de sus desdichados protagonistas tienen consecuencias similares. En tal sentido, los medios de comunicación e incluso las diferentes administraciones se han encargado de hacernos creer que es el tráfico ilegal el que debe combatirse, el único negocio perverso, concediendo una licitud moral así al grueso de todo el montante regulado y legal, que crea en la práctica tanto o más sufrimiento que el primero.
Independientemente de que el animal haya sido capturado en su medio o nacido en cautividad, el resultado de una adquisición caprichosa o poco reflexionada es fácil de adivinar. La ilusión inicial se torna más pronto que tarde en falta de interés, desaparece el encanto de las primeras semanas, y la serpiente, ardilla o sapo se acaba convirtiendo en un estorbo del que tratamos de deshacernos a la primera oportunidad que se nos presenta. Para ello, fundamentalmente se utilizan tres vías: depositarlo en uno de los centros de acogida que existen, regalarlo o malvenderlo a terceros o, por último, liberarlo en la naturaleza. La segunda opción no hace la mayoría de las veces sino alargar el periplo del animal. En cuanto a la primera vía, quienes desarrollan su labor en uno de los centros de acogida mencionados conocen muy bien la dimensión del problema, por ser receptores de cientos de estos animales cada año, a los que buscarle una solución satisfactoria para ellos se convierte en un reto imposible. Con frecuencia, la solución más práctica es el sacrificio sistemático. Pero es la tercera opción la que más preocupa a las diferentes administraciones, paradójicamente las mismas que asumen una incomprensible relajación en las etapas previas a la suelta de ejemplares en el medio. Efectivamente, estamos ante un problema cuyas consecuencias finales son ya identificables por los expertos en la materia: hibridación con especies genéticamente similares, competencia por la comida con ejemplares autóctonos, agresividad directa. Lo cierto es que los diversos poderes públicos con competencias en el tema suelen aplicar en este tipo de situaciones protocolos de actuación tan contundentes como la persecución y muerte de los animales, a los que se reserva la poca amistosa etiqueta de especies invasoras, como si, por su parte, se tratase de una estrategia de conquista consciente y malévola. He aquí uno de los elementos de reflexión más sugerentes en este campo, la legitimidad moral que nos asiste para poner en marcha una política de eliminación dolorosa de animales inocentes, sin que previamente hayamos establecido fórmulas básicas para evitar estos dramáticos resultados finales.
Aunque con toda seguridad ejemplos similares proliferan por doquier, aporto aquí un par de ejemplos aislados pero significativos que han tenido y siguen teniendo lugar en la Comunidad Autónoma del País Vasco. El primero hace referencia a la captura y eliminación traumática de ejemplares de visón americano, originariamente huidos de granjas peleteras, que han estado siendo capturados en las riberas de los ríos mediante jaulas, y sacrificados mediante el expeditivo método de la inmersión en el agua que hasta entonces había constituido parte de su espacio natural. No es difícil imaginar la innecesaria crueldad de esta técnica, teniendo en cuenta además que la visita a las jaulas se retrasaba en ocasiones durante varios días, con toda la carga de angustia que ello suponía para el animal encarcelado. Sólo la presión animalista hizo que se sustituyera esta brutal operación por otra más humanitaria, además de conseguir la denegación por ley de nuevas licencias de apertura de instalaciones de granjas peleteras de la especie referida, debido a la competencia desigual que mantiene en el medio con el visón europeo.
La segunda realidad nos remite de nuevo a la legislación vigente, que, en el caso vasco, pasa por la escasamente conocida LEY 6/1993, de 29 de octubre, que en su artículo 21.1. asume que “Los establecimientos dedicados a la cría o venta de animales deberán hacer constar en el libro de registro a que se refiere el artículo 18 las entradas y salidas de animales. Igualmente, deberán entregar trimestralmente una relación de los animales vendidos, procedencia, especie, raza y adquirientes a los respectivos Ayuntamientos.” Pues bien, ni uno sólo de los ayuntamientos vascos (incluyendo las capitales) se ocupa de que estos establecimientos cumplan con la entrega trimestral que señala la normativa, once años después de que ésta entrara en vigor. Así las cosas, la situación no merece otro calificativo que de absoluto descontrol, ante una circunstancia (la recogida de los informes de las tiendas) que no requiere en sí misma un gran despliegue organizativo ni gestor. El simple cumplimiento del punto mencionado y un tratamiento estadístico básico permitiría conocer a la administración el estado de las cosas y su evolución, pudiendo de esta forma aplicar medidas de corrección para evitar la proliferación de especies no deseadas en el medio. Y, como elemento agravante, no podemos olvidar el hecho de que esos mismos ayuntamientos que hacen caso omiso de la ley son los mismos que organizan paralelamente jornadas y exposiciones sobre las famosas especies invasoras, repartiendo coloristas folletos donde se explican los efectos, pero se guarda silencio sobre la responsabilidad propia.

Parece claro que, desde tesis puramente animalistas, la solución pasa por un cambio de mentalidad profunda que convierta el hecho de adquirir animales en una opción mal vista, pero mientras llega ese momento debe ejercerse sobre los propietarios un control exhaustivo, que pasa inevitablemente por la identificación de un sector de animales lo más amplio posible. Detrás de cada uno de ellos debe existir un responsable con nombre, apellidos y domicilio. Y es este ciudadano o ciudadana quien debe trasladar al organismo que corresponda cualquier circunstancia relevante, como pueden ser la adquisición, pérdida, fallecimiento o extravío. Una situación como la sugerida puede parecer hoy ciertamente quimérica, pero existen no pocas realidades que han variado de forma radical en apenas unos años, cuando en un principio tal cambio parecía imposible. Nos topamos otra vez con la falta de interés y de voluntad de las instituciones que, como mínimo, deberían cumplir escrupulosamente la normativa que ellas mismas propugnan.

En el terreno de las reflexiones más genéricas, cabe destacar que uno de los problemas clave que se derivan del cautiverio de animales silvestres en nuestro entorno es que aquellos se hallan en un estado de dependencia absoluta. Nada de lo que hagan les reportará grandes beneficios. En su medio natural, pueden cambiar de lugar con facilidad, evitar con rapidez un buen número de situaciones inconvenientes para ellos, establecer las relaciones sociales que les son propias. Nada de esto es posible en un acuario instalado junto al televisor, o en la jaula que no deja ver más paisaje que una cocina. Para los peces, la temperatura del agua resulta fundamental, y la cautividad no les permite desplazarse ni siquiera un metro. Un medio en pésimas condiciones puede ser el resultado de algo aparentemente tan trivial como que al cuidador humano le dé pereza cambiar el agua de la pecera u olvide oxigenarla adecuadamente.

Los animales silvestres no pueden desarrollarse adecuadamente en nuestro entorno. Toda su potencialidad biológica y de comportamiento se encuentra cercenada de por vida. Son víctimas de un “contrato” unilateral en el que siempre salen perdiendo, y se acaban convirtiendo en esclavos de nuestro egoísmo y de nuestra vanidad. Sus vidas en cautividad no son sino una burda imitación de la libertad y de todas las posibilidades que ésta ofrece.

Como en tantos otros escenarios, se da la aparente paradoja de que quienes crean el problema tienen en sus manos la solución. Si el detonante de toda esta locura es la demanda, el factor de corrección debe ser lo contrario. Efectivamente, nuestra responsabilidad ética como consumidores debería orientarnos hacia la solución: no participar en un negocio sucio, y el adjetivo es aplicable independientemente de que le asignemos la etiqueta de “ilegal” o “lícito”. El dolor y el sufrimiento no entiende de acuerdos jurídicos, de tal forma que un periquito con los papeles en regla pero enjaulado tiene las misma carencias emocionales que la tortuga importada legalmente.

.
© febrero 2005
.

domingo, 29 de agosto de 2004


.
LA REALIDAD OCULTA
DE LOS ZOOLÓGICOS

Los centros en los que se mantienen animales con el objetivo de ser mostrados al público a cambio de dinero son muy populares en las grandes ciudades, y para sus gestores resulta relativamente sencillo transmitir una idea amable del negocio. Esto es fundamentalmente debido a que la sensación que se obtiene de una visita matinal a estos lugares es por lo general positiva. Se observan animales aparentemente felices, que evolucionan de una manera aparentemente natural, lo que no invita a pensar en los zoos como una actividad agresiva para sus inquilinos.

Pero un análisis más profundo del fenómeno tal vez nos permita tener una visión más global y ser algo más críticos. Una buena forma de establecer un análisis completo es pensar cuál es la vivencia cotidiana de los animales residentes. Por lo general, se trata de individuos que en su medio natural tienen vidas ricas, que ocupan buena parte de su tiempo en la búsqueda de comida o en organizar a la comunidad en la que se integran, que deben permanecer alerta ante la aparición de posibles peligros, o preparar la cacería. Animales gregarios que asumen el juego como una parte imprescindible de su bienestar, que toman decisiones en un sentido u otro. En definitiva, que experimentan sensaciones complejas un día tras otro.

Resulta obvio que nada de esto sucede en el entorno de los centros zoológicos que se asumen como negocios (en la práctica, la mayoría). Los animales residentes están allí contra su voluntad. Muchos son capturados de su medio natural, mediante técnicas que siempre resultan agresivas para ellos en algún grado, simplemente porque no son capaces de comprender determinadas situaciones. Y aquellos que nacen en cautividad son portadores de una memoria genética que les predispone hacia determinados comportamientos que no pueden desarrollar.

Uno de los aspectos más criticables del concepto de zoológico es que transmite y perpetúa la idea de los animales como objetos al servicio del hombre. De la misma manera que se utilizan para servirnos de alimento o para vestirnos, son literalmente “usados” para crear un escenario atractivo para los usuarios. Si los visitantes no tienen una visión crítica (en el sentido de analítica) de la utilización de animales, aceptará, estos centros como un aspecto más de nuestro entorno.

La cuestión educacional es uno de los pilares argumentales empleados por parte de quienes los legitiman. Pero aquí hay que decir que el mismo término “educación” encierra una pequeña trampa. Se asocia por defecto el vocablo con algo positivo, cuando en realidad la educación es el conjunto de valores en el que se educa, independientemente de que estos tengan consecuencias negativas o positivas. Transmitir la idea de que los animales merecen respeto es tan educacional como hacer ver que son simples recursos a nuestra disposición, y que no tenemos para con ellos mayores obligaciones morales que las que decidamos nosotros mismos.
En este sentido, desde un punto de vista didáctico, los centros zoológicos son nefastos. Primero, porque ofrecen una imagen caótica a sus visitantes, con especies “amontonadas” en apenas unas hectáreas, cuando la realidad es que en su hábitat natural pertenecen a entornos e incluso a continentes distintos. Así, una visita dominical al zoo implica enseñar a nuestros hijos la naturaleza como si fuera un álbum de cromos, donde grupos dispares comparten capítulos e incluso páginas. La existencia de los zoológicos contribuye a reforzar nuestra idea de los animales como “bloques impersonales”, donde lo importante es la especie a la que se pertenece, sin desarrollar el concepto de individuo.

En cuanto al bienestar de los animales en sí, cabe destacar que muchos de ellos están aquejados de una de las dolencias más extendidas entre los animales cautivos: el estrés, por una parte; y el aburrimiento, por otro. La mayoría de ellos pasan buena parte de su tiempo (cuando son libres) buscando comida para ellos y los suyos. Ello constituye su principal actividad cotidiana. Pero en el zoo todo está hecho. Solo cabe esperar a la hora de la comida, y todo el sustento viene en carretillas. Esto puede parecer a los ojos de muchos una ventaja, pero no es adecuado extrapolar a un león algo que muchos de nosotros elegiríamos con gusto. El aburrimiento trastorna y mata, literalmente. Provoca angustia, y aparecen con frecuencia cuadros patológicos como la agresión a los congéneres, la masturbación compulsiva, la coprofagia, o la apatía por las relaciones sexuales. Concebido como un negocio, los animales problemáticos o que ofrezcan una imagen no deseada a los visitantes suelen ser apartados de la vista. “Apartados” significa en este contexto traspasados a otro centro menos exigente (y por lo tanto que invierte menos en bienestar) o incluso a algún circo ambulante donde se convierten en caricaturas de sí mismos, cuando no directamente en esclavos.
El olor y la presencia visual entre especies que en la naturaleza son presa y predador ocasiona a veces una incomodidad adicional, puesto que ni unos ni otros tienen posibilidad alguna de actuar como lo haría en su medio.

No debemos olvidar tampoco los problemas individuales que pueden surgir. No todos los miembros de una especie se comportan de la misma forma. Así, mientras algunos soportan bien la presencia humana (de cuidadores y visitantes), es posible que otros se muestren más asustadizos. Y un animal que se pasa el día metido en la madriguera no resulta rentable. Ni conviene para el negocio quien se revela contra en gentío que le tira chucherías. Tales comportamientos se suelen cortar de raíz, sin que el público se percate de la desaparición de aquel monito tan gracioso que hacía las delicias de los niños semanas atrás.

Por otra parte, hay que destacar que el trasfondo de estos lugares es una realidad desconocida para el gran público, que tan solo pasa unas horas en el recinto. Existe una importante transacción de animales entre distintos centros. Hay épocas en las que, por diferentes circunstancias, se da una sobreabundancia de determinadas especies, se traslada el stock sobrante a otros lugares que al final también quieren deshacerse de los individuos sobrantes.

Añadido a todo lo anterior, uno de los aspectos más crudos a la hora de analizar el fenómeno es la absoluta dependencia que se crea partir de ese momento condiciona a los animales. Concebidos como negocios, y desde un plano puramente mercantilista, el centro debe ofrecer la suficiente rentabilidad. Pero a veces esto no es así. No se consigue atraer al suficiente número de personas, y hay que cerrar. ¿Qué pasa entonces con los animales? No se les puede hacer desaparecer con una varita mágica. Es entonces cuando la vida de estos pobres seres se convierte en una tragedia mayor. La rapidez con la que se liquida el negocio es fundamental a la hora de que las pérdidas sean las menos posibles, por lo que el tiempo corre en contra de los animales. Serán vendidos a bajo precio al primero que pague por ellos una cantidad razonable. En la medida que vivimos en una sociedad para la que los animales son en su mayoría propiedades, se funciona con la lógica comercial de “a menos valor, menos aprecio”. Es muy normal que acaben sus días formando parte de algún espectáculo de segundo orden, o de otras colecciones menores donde sus necesidades físicas y emocionales se verán aún menos satisfechas que en su etapa anterior.


Planteamientos con los que.
se trata de legitimar los zoos

Los zoos son centros que permiten a la ciudadanía conocer de cerca el patrimonio natural de nuestro entorno.
La mayoría de los animales que se mantienen en los zoológicos provienen de un hábitat muy diferente al que existe en la sociedad donde se ubican. Esto tiene una lógica comercial aplastante, pues nadie pagaría por observar animales familiares para todos. Los ejemplares exóticos tienen en el mercado mayor valor, y son en consecuencia más apreciados por los zoológicos y por el público

Los animales de los zoos están muy bien cuidados, como lo demuestra su longevidad, notablemente superior a la que tienen en libertad.
Es cierto que, por lo general, los animales que viven En los parques zoológicos tienen una mayor esperanza de vida que los mismos en libertad. Pero nos encontramos ante un planteamiento simplista de la realidad, que se apoya más en el chantaje emocional que en argumentos de tipo moral. El razonamiento es poco sólido, aunque resulta fácil de vender a una opinión pública poco crítica.
El razonamiento presupone que la longevidad es sinónimo de bienestar, y que necesariamente vivir mucho es el resultado directo de haber llevado una existencia plena. Resulta cuando menos significativo que a nadie se le ocurriría defender el encarcelamiento injusto de seres humanos aunque las estadísticas mostrasen bien a las claras la mayor longevidad de los reclusos respecto al resto de ciudadanos libres.

Solo a través de los centros zoológicos se pueden llevar a cabo programas de reintroducción de especies.
Un centro de recuperación donde se lleven a cabo programas de reintroducción no debe estar ideado precisamente como un parque zoológico al uso. Pero nos topamos aquí con uno de los argumentos más burdos y al tiempo más eficaces de cara a la opinión pública. Los medios, a través de la presión ecologista, asumen algo como incuestionable si por medio están especies en peligro, de tal manera que cualquier programa o campaña que supuestamente contribuya a la recuperación, o a frenar la rarefacción de especies, es bienvenida.
Pero lo cierto es que la práctica totalidad de los animales recluidos en los zoológicos lo están por cuestiones puramente comerciales, y no forman parte de ningún programa serio de reproducción para reintroducir animales y recuperar especies. Además, este tipo de estudios suelen ser incompatibles con el concepto de parque zoológico tal y como lo entendemos, con visita constante de público y actividades comerciales paralelas.
Pero la mayor falacia que sustenta este argumento es la de que la solución para las especies en peligro es conseguir que se apareen en cautividad para luego soltarlas en su hábitat. El mayor peligro para las especies es precisamente la destrucción de su entorno natural, por lo que, con frecuencia, no hay un lugar adecuado donde poner en libertad a los individuos que se consiguen mediante estos programas. Y ello por no hablar de la magnificación que se hace a nivel mediático del fenómeno de la desaparición. Naturalmente, los seres humanos tenemos la obligación moral de respetar la casa de todos aquellos animales con los que compartimos el planeta, pero en ocasiones la degradación del medio es tal que emplear grandes recursos para programas y estudios no lleva sino a conseguir publicidad para determinados científicos y las marcas que los esponsorizan. La tragedia con la que a veces se viste la desaparición de una especie animal tiene más que ver con cuestiones emocionales humanas que con un verdadero problema. Parece claro que os esfuerzos deben estar dirigidos a preservar el entorno natural por respeto sobre todo a quienes allí viven, que a montar grandes infraestructuras publicitarias cuando ya no existe un sitio adecuado para el inquilino.

La labor didáctica de los zoológicos ayuda a los más pequeños a saber apreciar el medio natural y a respetar a los animales.
La cruda realidad cotidiana no parece dar la razón a esta hipótesis, a juzgar por la todavía escasa sensibilidad real que tiene la ciudadanía por los temas medioambientales, y por el escaso respeto que se sigue teniendo a los animales en general. Además, si algo se ha conseguido en ambos campos, resulta difícil achacárselo a los zoos, y sí a los colectivos ecologistas y animalistas que de forma desinteresada desempeñan una constante labor de concienciación.
Muy al contrario, y como ya se ha mencionado anteriormente, los zoológicos ayudan a reforzar la idea de dominio humano sobre la naturaleza (con todo lo que de ello se deriva en la práctica), creando una imagen distorsionada de la realidad.
Es posible que la visión de animales aburridos y derrotados anímicamente haga reflexionar a alguien que gire una visita a uno de estos centros, pero resulta difícil pensar que éste sea el objetivo de sus promotores, puesto que acaban de perder un cliente.
.
© agosto 2004
..

sábado, 17 de julio de 2004


VICENTA

Vicenta no es un nombre figurado, ni su historia una metáfora. Se trata de un ser de carne y hueso (en las propociones que corresponden a una ancianita de su edad).
Vicenta llegó a Vitoria hace unos días en un vuelo procedente de Sevilla. Allí ha pasado sus últimos tres años en uno de esos horrendos lugares conocidos popularmente como “perreras”, y que la Administración trata de dulcificar con el eufemístico nombre de “centro de protección animal”, cuando la realidad es que muchos de ellos no pasan de ser simples antesalas de la muerte, almacenes de animales para los que su mestizaje, tener parásitos o un rabo sin pelo significa una desventaja insalvable a la hora de que alguien los elija para rescatarlos del infierno. En este sentido, Vicenta es, sin duda, la excepción.

Fue abandonada a su suerte cuando ya se encontraba en esa fase vital que en el ámbito humano denominaríamos de manera un tanto cursi “tercera edad”. Con nueve años, deshacerse así de una compañera que ha compartido su vida contigo, es algo más que una burda canallada. Se trata directamente de un crimen imperdonable. Conociendo el desolador panorama de los animales sin dueño en este país, asestarle un certero martillazo en su cabecita hubiera sido hasta un comprensible acto de compasión. Pero seguramente a sus antiguos dueños les hubiera remordido la conciencia si hubieran actuado de tal forma. Preferían dejarla como una caja vacía e irse a su casa a cenar, ver su programa favorito de televisión y a dormir después. La pregunta que a uno le asalta ante escenarios como el descrito es cómo se pasa la primera noche, y la segunda, y si esta gente se acuerda de la Vicenta de turno un mes después de su hazaña.
Con las características de la abuela Vicenta, las posibilidades de encontrar una familia decente se reducen prácticamente a cero. Pero el caso que nos ocupa, convenientemente difundido por la red, ha encontrado una solución a cientos de kilómetros.

La vida ha cambiado radicalmente para ella, y será así para siempre. Imagino a Vicenta tumbada en un cojín limpio (o en el sofá, utensilio doméstico no menos apreciado por los perros que por nosotros mismos), echando una cabezadita tras el paseo matinal, despertándose apaciblemente al notar las pisadas de alguno de sus cuatro compañeros de piso (dos seres humanos y dos caninos), pasando la noche a los pies de la cama o donde le apetezca, comiendo y paseando a la misma hora, que no hay nada más placentero para un perro que la rutina diaria.

Sirva el caso de Vicenta para sacar a la luz por enésima vez la tragedia cotidiana de docenas de miles de perros y gatos que cada año tienen que ser sacrificados por abnegadas entidades protectoras ante la imposibilidad de poder garantizarles una existencia mínimamente digna, o directamente por el ayuntamiento de turno, que con frecuencia reduce el problema a frías estadísticas, gestionando siempre en clave de problema sanitario.

Resulta incomprensible que tras casi veinte años transcurridos desde la impactante campaña del “él nunca lo haría”, sigue codenándose a la miseria a una cifra de animales no muy distinta a la de entonces. Nuestra sociedad ha avanzado en muchos aspectos, estableciendo normas de protección para diferentes colectivos humanos desprotegidos, acompañados de severas penas. Pero parece que la cuestión de la defensa de los animales en general, y en particular la de aquellos a los que sentimos emocionalmente más cercanos, sigue siendo relegado a la categoría de “ideal caprichoso”. La compasión y puesta en práctica de un elemental ejercicio de justicia para ese colectivo zoológico al que denominamos animales continúa siendo la hermana pobre de la solidaridad. Pero se trata sin duda de una situación que cambiará más pronto que tarde, como han cambiado en las últimas décadas otras realidades. En medio de toda esta miseria moral, una inyección de optimismo nunca viene mal.
..
© julio 2004
.
(*) Vicenta vivió durante más de cuatro años con su nueva y definitiva familia. Fue todo lo feliz que puede serlo una venerable anciana tras los duros avatares de la vida, con sus manías y sus preferencias, como todo quisque. Conoció lo que es el cariño y el calor de un hogar (en el sentido figurado y en el físico, pues desde el principio se agenció un confortable cojín al lado del radiador más potente de la casa). La abuela Vicenta llegó a posar desnuda para un calendario reivindicativo, todo un lujo. (¡Había que verla desplegando su coquetería durante la sesión fotográfica!). Ella tuvo la suerte que a otros muchos se les resiste, y quizá en su cabecita acabó imaginando que su vida anterior simplemente no existió, que fue un mal sueño.
.

martes, 2 de marzo de 2004


.
TERAPIA CON ANIMALES

Se asume por defecto que, cuando hablamos de “medicinas alternativas”, nos referimos a aquellos métodos que se salen en alguna medida de las vías convencionales y aceptadas por la comunidad de expertos. Sin embargo, resulta revelador que bajo este epígrafe no suelan incluirse aquellas terapias basadas fundamentalmente en la utilización de las emociones. En este sentido, los entendidos en la materia se rindieron hace ya mucho tiempo a la evidencia de que un entorno afectivo adecuado aporta con frecuencia mucho más que toda la batería de fármacos a la que nos tienen acostumbrados.
Pues bien, si admitimos que el factor emocional resulta decisivo a la hora de superar con éxito determinadas dolencias, tal asunción incorpora automáticamente a los animales como parte de esta realidad.

En sí, el empleo consciente de animales como vectores terapéuticos es una especialidad relativamente reciente, pero que ha adquirido un importante auge en las últimas décadas dentro de diversas disciplinas científicas, especialmente en el caso de la psicología clínica.
Consecuencia de todo ello es que algunas instituciones han acabado orientando buena parte de su labor al desarrollo de programas cuya finalidad es la de contribuir a conseguir mejoras tanto físicas como psíquicas en pacientes aquejados de muy diferentes patologías, así como la de acelerar y favorecer su reinserción social.
Cada vez es más frecuente que lo que los entendidos denominan Terapia Asistida por Animales de Compañía (TAAC) forme parte de programas oficiales, y sea de gran ayuda en realidades como el Síndrome de Down, enfermedad Alzheimer, o cuadros de autismo. De la misma forma, parece que se han mostrado como elementos de apoyo importantes a la hora de paliar episodios de ansiedad en ancianos solitarios, reclusos, o menores en proceso de reeducación. En estos dos últimos casos, se trata de reforzar la autoestima y el sentido de la responsabilidad, constatándose una mejora en las relaciones entre internos y de éstos con los educadores.
La presencia de animales de compañía (generalmente perros, pero también gatos) en residencias de la tercera edad dota a la vida cotidiana de sus residentes de un mayor sentido, disminuye su estrés y alivia los procesos depresivos. Además, parece que los animales actúan como hilo conductor en las relaciones sociales, y constituyen un elemento clave a la hora de ampliar sus círculos de amistades.
La incorporación de determinados animales en programas para niños con problemas comportamentales es frecuente, actuando como catalizadores, y son de gran ayuda en cuanto a la realización de diagnosis.

Pero, a pesar de todo, e independientemente de los beneficios (evidentes, a lo que parece) que reporte la utilización de determinados animales en situaciones como las aquí descritas, para una ideología como la animalista, se trata de una situación que, cuando menos, plantea una serie de dilemas éticos que deben ser abordados con objetividad y al mismo tiempo con grandes dosis de mesura.
Parece claro que, en el contexto en el que nos movemos, los animales son empleados como meros recursos a nuestra disposición, lo que, como en tantas otras situaciones, los reduce a simples objetos que los humanos (por razones que tienen que ver más con nuestra naturaleza egoísta que con argumentos sólidos) creemos tener a nuestra disposición en todo momento. Por otra parte, no debería resultarnos difícil llegar a la conclusión de que, en determinadas ocasiones, ambas partes (animal y humana) pueden verse beneficiadas de estas realidades. En tales casos, ¿cómo criticarlo? De hecho, desde ATEA creemos que, aportando la honestidad adecuada por nuestra parte, determinadas iniciativas no merecen otra cosa que el elogio. Si todos ganan, se trata sin duda de una situación cuasi idílica.

Pero la realidad se nos muestra algo menos glamurosa que la que se nos quiere vender desde los sectores interesados económica y publicitariamente en la existencia de la zooterapia. Así, leer con cierto espíritu crítico algunos artículos sobre la utilización de animales en centros penitenciarios puede constituir un buen ejemplo. No conseguir “el éxito deseado” puede querer decir algo tan sencillo como que los reclusos consideraron el programa una cursilería, y estamparon a los cachorros contar la pared para hacérselo saber a los monitores. Todos los logros conseguidos con un niño autista pueden quedar truncados cuando, en una inocente expresión de cariño hacia su nuevo amigo, acabe partiéndole la columna al conejo con el que tan estrecha relación mantenía, y que será sustituido rápidamente por otro, para no echar por tierra los buenos resultados del programa. Los rimbombantes reportajes sobre la materia que nos regalan las revistas dominicales no suelen aportar datos sobre qué sucede con los animales “adoptados” por una comunidad de ancianos cuando la residencia se cierra por motivos económicos, o en qué situación quedan si se traslada a un lugar mejor, en el caso de las familias de gatos a los que alimentan. En la tradicional visita al zoológico o al circo, a los niños con problemas no se les explica que, en realidad, se trata de prisioneros que están encerrados sin tener culpa de nada, a los que inflige castigos físicos dolorosos para conseguir que se comporten de la manera en que lo hacen sobre la pista. Educativamente, ofrecer una versión edulcorada de esta brutal realidad constituye un verdadero fraude didáctico. Estoy convencido de que pocas de las personas que lean este artículo han pensado alguna vez en qué futuro les aguarda a los perros lazarillo que, por su edad, ya no pueden aportar a su tutor las prestaciones para las que le fue cedido, tras pasar por diferentes etapas “formativas”, y después de toda una vida de frustraciones y aburrimiento.
¿Y qué decir de algunos intentos (afortunadamente residuales) de convertir los centros de recuperación de animales silvestres en burdos zoos para el esparcimiento? Esta realidad se nos muestra como una de las más grotescas en cuanto al uso de animales como objetos, al despreciar descaradamente sus intereses más básicos.

Pero retomemos de nuevo la cara amable del tema (que la tiene), y reconozcamos todas aquellas situaciones de las que las partes implicadas puedan salir beneficiadas. Per se, recurrir a los animales como agentes terapéuticos no debe merecer ataque alguno, sino todo lo contrario. En cualquier caso, estamos aún muy lejos de esas sociedades en las que se permiten fugaces visitas de nuestro compañero perro a la habitación del hospital, o de otras en las que los programas para la adopción de animales por parte de personas mayores incluye la garantía de que nuestro compañero gato será a su vez adoptado por otro tutor si desaparecemos antes que él.

Por otra parte, no debemos olvidar que nosotros somos también elementos terapéuticos para los animales: paliamos su angustia, les rescatamos del corredor de la muerte para ofrecerles una vida plena, o los incluimos en nuestros planes de vacaciones como lo que realmente son: uno más de la familia.
.
© marzo 2004
..