sábado, 25 de abril de 2009


EL PERRO DE GAZA

Nunca he comulgado con las historias minimalistas de buenos y malos, donde los primeros despliegan su papel de ángeles melosos y a los segundos se les reserva el de villanos sanguinarios. Supongo que, al menos en el caso de los humanos, las cosas vienen a ser bastante más complejas de lo que ofrece un guión como el descrito. A poco que se observe con ojos críticos, la vida cotidiana nos ofrece ejemplos diáfanos de lo que digo, y creo sin atisbo de duda que uno de los más claros lo vimos a principios de año, cuando el ejército israelí tomó la decisión de atacar las ciudades de la franja de Gaza. El mundo comprobó indignado cómo la población civil sufría la ira de su poderoso vecino, cuyas bajas en la refriega se cifraron en un ratio tan exacto como grosero: uno a cien.

Asumiendo la trágica desproporción del ataque –y aquí comienza de sopetón mi incorrección política–, soy de los que prefieren evaluar las cosas desde una perspectiva más general, retroceder unos pasos, un par de kilómetros si es menester, alejarse del cuajarón y de la víscera hasta alcanzar a ver el panorama desde una óptica holística. No me consta que los palestinos, en su condición de tales, sean un ápice mejores que los israelíes. La fatalidad (y unos cuantos factores más, seguro que sí) les ha llevado a representar el papel de parias en esta historia, pero no manejo yo elemento sustancial alguno que me haga pensar en que el ahora sometido se comportara de manera muy diferente con todo a su favor, en una suerte de “intercambio experimental de papeles”. Por lo que al proceloso apartado de “la condición humana” concierne, hay pocas cosas nuevas bajo el sol. Es ciertamente raro el caso del que, siendo primero víctima, no se convierte en verdugo a la que se le presenta la ocasión. La lista de ejemplos se hace interminable. Los judíos, perseguidos hasta la casi exterminación hace apenas setenta años, se erigen ahora en despiadados perseguidores, desarrollando su trabajo con tal saña que han merecido el calificativo de nazis por parte de no pocos analistas políticos. Por su parte, los dirigentes mesiánicos de Hamas prometen el cielo para quien se calce un chaleco de explosivos y active el detonador dentro de un centro comercial, hora punta. Escuché a alguien una reflexión demoledora, según la cual el conflicto arabe-israelí comenzaría a vislumbrar una salida cuando el grado de amor de los palestinos hacia los suyos superara al odio que sienten hacia el enemigo. Yo no lo sé, ni sé si tal hipótesis es merecedora hasta de una cierta comprensión. De lo que no tengo duda es de que un pueblo que asume y ejecuta el degüello de miles de inocentes como una celebración tiene muy atenuada su autoridad moral para condenar los bombardeos, e idéntica reflexión me asalta para con los israelíes que ven amenazada su seguridad cuando un militante yihadista se inmola en el autobús, teniendo en cuenta que la religión judía preceptúa el estado de consciencia en los animales sacrificados para alimento. El holocausto se vive cada día tanto en Tel-Aviv como en Ramala, y los responsables son los ciudadanos israelíes, los palestinos, con sus respectivas clases políticas al frente. Unos y otros aceptan el dolor y la muerte masiva de inocentes para invocar a renglón seguido justicia a la que oyen sobrevolar los aviones sobre sus casas, a la atisban un tipo sospechoso subiendo al tranvía.

Las imágenes captadas por los aguerridos reporteros que se recreaban en los escombros de Gaza City apenas se detuvieron unos segundos en la cabeza de un perro muerto entre los cascotes. Se veía su carita dulce, peluche por un momento, cubierta de polvo por el derrumbe del edificio. Con toda probabilidad se trataba de un perro abandonado a su suerte, o quizá fuera uno de esos desdichados a los que se amarra de cachorro y se le condena a una vida de sufrimiento perpetuo. Para mí, la imagen del perro de Gaza encierra todo lo que de perverso hay en el ser humano, palestino o israelí, americano o vietnamita, qué más dará. El perro de Gaza, apenas un elemento de atrezzo en el informativo, era tan inocente como pudieran serlo los niños aterrorizados que protagonizaban las portadas de los periódicos, quién sabe si los mismos que se olvidaron de él cuando acabaron por aburrirse de sus juegos.
Leía hace no demasiado que uno de los primeros objetivos militares del ejército israelí fue el zoológico de la capital, a cuyos inquilinos forzados mataron en su mayoría para evitar al parecer que la gente recurriera a ellos como alimento llegado el caso. Si el concepto de inocencia puede adquirir en determinados momentos diferentes niveles, sin duda la merecen en su grado máximo los leones y camellos allí encerrados primero por unos, bombardeados por otros después. También los monos y las llamas que compartían –convenientemente anestesiados– el siniestro viaje desde Egipto por los túneles de Rafah con sacos de maíz y palés de armas para una resistencia seguro que justa. Es así como surtían los palestinos de prisioneros el zoológico local, y es más que probable que vuelvan a hacerlo apenas superada la pesadilla.

Los bombardeos acabaron, la gente vuelve a sus casas, o a lo que queda de ellas en muchos casos. Las levantarán de nuevo, reharán sus vidas, llorarán a sus muertos, algunos de ellos apenas bebés, nacerán otros que atarán perros y los condenarán al confinamiento de dos metros de cadena, niños que chapotearán alegres sobre la sangre de los corderos degollados, aún vivos, jovencitos que visitarán de la mano de sus progenitores en una mañana luminosa de domingo el nuevo zoo, mejor incluso que el anterior (quién sabe si tal vez se destine a ello parte de la ayuda humanitaria que reciben desde Occidente). Al otro lado del muro los operarios del matadero, imbuidos en pulcras casacas blancas, preparan los cuchillos para asegurarse un corte limpio en la garganta de los terneros huérfanos, de tal suerte que los rabinos acepten la comida como verdaderamente kosher. La vida continúa…
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© abril 2009
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martes, 3 de marzo de 2009


EL DÍA EN QUE PERDÍ
LA INOCENCIA

Pueden creerme si les digo que el título queda muy lejos de la simple metáfora, al menos en lo que a mi biografía personal se refiere.
¿Cuándo pierde uno la inocencia? Supongo que a esta pregunta cada cual responderá de una manera. Habrá quien la pierda tras una experiencia decepcionante que le abre los ojos, o en medio de un viaje iniciático. Quizá en un burdel barato invitado por un tío legionario. Y habrá quien no la pierda nunca porque nunca le afectó tal cosa. Sobre la edad a la que pueda acontecer este particular hecho, aproximadamente lo mismo. Yo la perdí de golpe a los trece años y medio, en fecha y circunstancias que llevaré siempre en mi cerebro y en mi corazón, en una época en la que trece años y medio –y además para un chico– distaban bastante más que ahora de la época adulta. Fue un tres de marzo, el primero tras la muerte del dictador, aunque para un chaval que apenas se enfrentaba a la adolescencia estos epítetos tuvieran un significado más bien laxo. Recuerdo aquellas fechas con retazos de imágenes, todas en blanco y negro, como las fotografías que han quedado para la historia reciente de mi ciudad. Percibo ahora que de verdad eran tiempos marronáceos, de esperanzas pero también de incertidumbres. Al menos algo de eso transmitían aquellas hileras de mujeres de obreros en huelga que, pertrechadas tras recios abrigos de fieltro, desfilaban por las aceras con las bolsas de la compra vacías en busca de solidaridad. Yo nunca pregunté en casa adónde iban ni qué querían, pero oía a los compañeros de clase decir que sus padres no tenían trabajo, que estaban en huelga. Ahora me percato de que a mí esto de pensar me acompañó siempre, puesto que ya entonces elucubraba con la imagen de los miembros de aquellas familias llegando a casa y siendo recibidos por la amatxo con la bolsa vacía. Y me angustiaba especular con que algo así pudiera sucedernos a nosotros.
De aquellos lejanos días recuerdo con nitidez el ruido sórdido de los helicópteros sobrevolando la ciudad, ese sonido seco de las aspas que Coppola supo llevar a la pantalla con maestría inigualable. Los jeeps de la policía con las rejas metálicas subidas, de cuya existencia –hablo de las planchas enrejadas– yo ni siquiera me había percatado hasta entonces, acostumbrado como estaba a tomar el mosto con aceituna en el bar de la comisaría del Casco Viejo, hoy destinada a más nobles fines. Me negaba a admitir que quienes siempre tenían para mí una ocurrencia e incluso un juego de manos fueran los mismos que arremetían a porrazos contra la gente en las manifestaciones. Llámenme ingenuo, pero concluí que algo terrible les había sucedido a aquellas personas para experimentar un cambio tan brusco en su comportamiento.

Huelga general. Para quien nunca fue especialmente aficionado al estudio, un día de fiesta en el colegio, justo en medio de la semana, no era mala cosa, aunque nos tocara quedarnos en casa sin poder salir, orden tajante de la madre, que es quien toma tan sabias decisiones en casos así.
El único recuerdo que conservo de aquella fecha es el griterío de los vecinos asomados a las ventanas, arrojando a los policías toda suerte de objetos, algunos de considerable tamaño, dirigiéndose a ellos a voz en grito, con las palabras más soeces que yo había oído jamás. Vecinos a los que conocía de siempre, con los que intercambiaba saludos en el ascensor, apedreando a los jeeps con furia inusitada. Una escena onírica para un chaval de trece años y medio. Los mismos jeeps que embestían contra las jóvenes acacias que crecían tristes en mi calle hasta tumbarlas, la única manera de avanzar entre las barricadas de coches y farolas abatidas. Los vehículos de la policía por las aceras bajo una lluvia de piedras, eso es lo único que consigo rescatar de aquella jornada de ira. Sí, creo que fue entonces, durante aquella precisa escena, cuando perdí la inocencia, al confesar inconsciente a mi hermano, asomados ambos a la ventana, que en una refriega similar podía morir alguien. Ni se me había pasado por la cabeza –con el tiempo me di cuenta– de que hasta ese momento yo presuponía que la gente se moría o de vieja o de una enfermedad. En casa conocíamos bien ambas circunstancias. Pero ni había contemplado la posibilidad real de que a los diecisiete años te pueden atravesar la cabeza de un tiro mientras sales despavorido de una asamblea de trabajadores. Diecisiete años, toda la vida por delante, y desparramado en la acera como un guiñapo destartalado en medio de un charco de sangre. Se acabó. No hay más. Un cadáver adolescente. Eso es todo. “En una de éstas puede haber muertos”, repetía yo entre dientes. “Se oye que han matado a dos personas”, oí decir a mi padre al regresar él a casa. Sus palabras ya no me afectaron, porque acababa de perder la inocencia. Luego no recuerdo más que silencio. Silencio incluso durante el partido del Real Madrid, entonces mi equipo favorito, arrebatándole un punto de oro a cierto conjunto alemán de nombre impronunciable en su propio terreno, toda una hazaña. Pero aquella noche no hubo en casa celebración ni entusiasmo por la gesta deportiva. Ni el mismísimo Netzer, ídolo personal e intransferible, consiguió aquella precisa noche entusiasmarme. Yo no lo sabía, pero el silencio era ya miedo.

Al día siguiente volvimos a clase. Los compañeros se afanaban en contar sus batallitas, las de sus padres, quienes habían participado en la encarnizada lucha del día anterior. Apenas en una hora estábamos todos en la calle, de vuelta a casa, atravesando una ciudad incrédula y mortecina, la ciudad donde nunca pasaba nada y que despertó de sopetón de su sueño indolente. La misma que justo veinte años después elegiría en las urnas a quienes ordenaron aquellos oscuros días la masacre. Una ciudad que a mí me provoca ternura, emoción y náusea a partes iguales. Tengo grabados en la retina los convoyes de la policía durante los días posteriores, el siniestro cuadro de los jeeps tras la furgoneta, como una madre maliciosa indicando a sus pequeñuelos el gaznate de la presa. También el funeral, dos días más tarde, la marea humana interminable observada de nuevo desde la misma ventana, los signos de victoria de los trabajadores que a un niño de trece años y medio le provocaban todo el desconcierto del mundo, pues arropaban a tres féretros negro caoba ocupados por gente de su bando.

De toda la iconografía fotográfica de aquel tiempo gris, una colección de imágenes tan familiar para quienes vivimos los acontecimientos de una u otra forma, yo me quedo con cierta instantánea que no había visto hasta fechas recientes. Plasma las calles vacías frente a la Catedral Nueva de la ciudad, donde destaca un suelo regado de objetos redondos. A bote pronto, uno tiene la sensación –apenas un segundo– de que son cascotes, docenas de piedras testigos de la batalla. Sin embargo, enseguida se descubre con un nudo en la garganta que se trata de flores, capullos de claveles desprendidos de las coronas tras el multitudinario funeral.
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© marzo 2009
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martes, 24 de febrero de 2009


CARAMELOS

Conocidas son las encuestas que cíclicamente llevan a cabo distintas empresas especializadas –con frecuencia especializadas en que los resultados se ajusten a los gustos del cliente, dicho sea de paso–, respondiendo al noble fin de conocer los estamentos sociales más y menos valorados por la ciudadanía. Desde hace décadas los resultados se muestran muy similares. Las entidades con mejor imagen son por lo general las ONG, que sólo se resienten ante situaciones de mala gestión puntual, elevadas por los medios a la categoría de noticia nacional, y que no son sino afortunadas excepciones a la regla. El lado contrario, el de los peor considerados, tienen el dudoso honor de liderarlo los políticos (es de suponer que la gente piensa al contestar en la clase política, sin distinción de sexos, y no especialmente en “ellos”). Aquí no caben ni momentos ni circunstancias. Pareciera estar la cola de la lista reservada con carácter vitalicio para nuestros próceres electos. Y uno, que no se adhiere al pensamiento genérico y por tanto simplista del “todos son iguales”, cree comprender las razones por las que una vez sí y otra también la gente apunta con el dedo acusador a la baja credibilidad moral que al parecer nos merece nuestra clase política.
Aunque no desde luego el único, el escenario de una campaña electoral (apenas nos hemos repuesto de la anterior y en algunos sitios ya estamos inmersos en la siguiente) es casi perfecto para tratar de hacer un diagnóstico somero –y amateur– de cómo está el panorama, desde el lado de los gestores profesionales y también desde el nuestro, pues la sociedad civil adolece a mi juicio de responsabilidades no asumidas, sea por la condena a la invisibilidad a que está sometida tanto por los mass media como por la Administración, sea por simple desidia propia. Tema para la reflexión. Y apasionante, no lo duden.

A mí lo que me quita el sueño es la pasmosa naturalidad con que la misma opinión pública que relega al farolillo rojo a diputadas y concejales sea la misma que participa sumisa cada vez que se convocan elecciones. Tal vez la respuesta esté en ese tercio escaso de abstencionistas que rechazan amablemente la invitación, aunque ni así salen las cuentas. Llámenme fantasioso, pero se me ha metido en la cabeza que tiene que haber algún elemento desconocido que nos controla las mentes y hace que en algún grado se nos dirija en nuestros actos, al menos en lo que concierne a eso que llaman “deber democrático”. Tal vez se trate de mensajes subliminales intercalados en los anuncios de la tele –yo eso lo he visto en algunas películas de misterio–, u ondas electromagnéticas a través de los teléfonos móviles, ahora que ya forman parte irrenunciable de nuestra vida. Bien fácil sería una u otra fórmula, dados los recursos de que siempre ha dispuesto el poder. Pero, de ser cierta la hipótesis del control mental, tal vez no se produzca mediante la alta tecnología, sino a través de métodos más prosaicos y convencionales: los “caramelos”. Sí, los caramelos, no pongan esa cara; en sentido literal y figurado. Todos esos cachivaches que nos ofrecen los partidos, hasta los más modestos que se saben sin posibilidad alguna de ocupar escaño o sillón municipal. Caramelos de todos los sabores con el anagrama bien visible en el envoltorio, globos multicolores que venerables padres y madres de familia atan en racimos a la sillita del bebé y que amenazan con elevarlo a las ignotas alturas, hacerlo desaparecer para siempre, pobrecito mío. Los incombustibles mecheros, que acompañan a toda campaña electoral que se precie desde aquel lejanísimo quince de junio. Los tiempos modernos y chics traen también perfumes en cuidados envases de diseño, para ellas, claro, porque sabido es que nosotros los machos somos por naturaleza guarretes y nos encanta oler a choto. Con todo, yo quiero detenerme en el mismo hecho de que pudiera existir una posibilidad, por ínfima y remota que sea, de que uno de los citados regalitos hiciera orientar nuestro voto en uno u otro sentido. Porque supongo que cuando los partidos deciden invertir una parte de su presupuesto en tal apartado –vale que no se trate de un gran montante, mas si lo hicieran público a lo mejor nos daba un pasmo, ojo–, será por un convencimiento íntimo de que en la gente pueda hacer mella la piruleta de fresa en cuestión y aumenten así las posibilidades de ser los elegidos. En cuanto a la verosimilitud de la conjetura, no veo yo más que dos posibilidades: que sí o que no. Si en efecto se demostrase que los “caramelos” cumplen con su teórica función y decantan al votante indeciso, no creo estar faltando a nadie si advierto cierta necedad para dejarse guiar por un abanico cañí made in taiguán en el que a duras penas cabe la sigla de la formación. Si es que no, la estulticia caería del lado de los partidos, por fundirse una pasta en algo que a la postre no repercute en réditos. Sea una cosa o sea la otra, estarán de acuerdo conmigo en que el panorama es cuando menos preocupante, muy preocupante. Lo de los caramelos como tales, sin metáfora que valga, ya me turba más. En una bolita de esas te meten sabe dios qué sustancia y ni te enteras. ¿Se han hecho estudios al respecto? No que se sepa. Lo mismo te tragas unos polvitos que un chip microscópico, y a partir de entonces ya ni eres tú, sino todo lo más un simple autómata a merced de una ideología que no has elegido. Piénsenlo.
Bueno, yo les tengo que ir dejando. Lo dicho, que ustedes lo voten bien –o no–. Pero vamos, que el menda no se lleva a la boca uno de esos chuches ni por asomo. Caca.
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© febrero 2009
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miércoles, 7 de enero de 2009


EL CAFÉ PENDIENTE
DE MARÍA


María se erige estos días en protagonista de la noticia, y al verla revolotear cual ninfa entre cámaras y abrazos de acólitos me viene a la cabeza que no la conozco personalmente; y debería. Les cuento. En cierta ocasión me llamó por teléfono y estuvimos charlando durante cincuenta minutos largos, una pasta para el ayuntamiento. Desempeñaba entonces su cargo como concejala en Donostia, hace de esto algunos años. Como quiera que no nos poníamos de acuerdo –enseguida aclaro sobre qué–, me invitó a tomar un café en su despacho, por ver si frente a frente avanzábamos algo en lo que a acercar posturas y a entender al otro se refería. El encuentro-tertulia nunca se llegó a producir. Lo impidió un malhadado cólico nefrítico del que suscribe, el mismito día anterior al acordado para la cita. Después, simplemente olvidamos el asunto. Me acordé de ello también cuando anunció ante los medios lo de su cáncer. En mi fuero interno le deseé lo mejor (no especialmente a ella, pero también a ella) e incluso pensé que era un momento idóneo para retomar lo del café fallido, por la elemental razón de que nuestra charleta telefónica –y se supone que su posterior prórroga cara a cara– versaba sobre el sufrimiento. Sí, sobre el sufrimiento en general, el que yo considero igual de indeseable para cualquiera que lo experimente, sea político-diana o terrorista, toro en el ruedo o perro abandonado en la cuneta de una carretera secundaria. Sobre el apasionante tema del dolor, el que ella clasificaba entonces en “buenos y malos”, condenables y “ningunizables”, permítaseme el palabro. De eso charlamos el día de autos, y vamos ya entrando en el tema.
Se le había enviado –a ella y a los restantes concejales de las capitales vascas, un total de casi ochenta personas– una carta desde cierta organización de defensa de los animales. Así se hacía desde años atrás y de hecho se sigue haciendo como parte de la actividad pública de la referida asociación. El objetivo de la misiva era doble: por un lado, invitar a los cargos electos de las corporaciones municipales a reflexionar sobre la licitud moral que nos asiste para agredir a animales inocentes en aras de valores tan etéreos como la cultura, el arte o la tradición; por otro, se les lanzaba una invitación expresa a que no apoyaran con su presencia aquellos espectáculos de los que formaran parte la violencia física o emocional hacia animales. Nos referíamos naturalmente a las corridas de toros, pero también a realidades como el tradicional circo, que incomprensiblemente la gente no suele asociar con realidades agresivas hacia sus protagonistas. El documento lo firmaba un servidor en calidad del cargo que entonces ocupaba. Nada personal por parte de María, quede claro. Por una simple cuestión de formas, siempre invitamos a los destinatarios a establecer un diálogo, caso de estimarlo oportuno, y es lo que hizo ella con muy buen criterio. Debería confesar apesadumbrado en este punto que sólo una exigua minoría responde a este tipo de invitaciones, con lo que por una cuestión de pura justicia hay que reconocerle a María no sé si tanto como coraje, pero es claro que sí una elemental decencia democrática y hasta moral. Cada cual en su sitio y la verdad en el de todos. Si la memoria no me falla, lo que más irritó a María fue una frase en la que afirmábamos algo así como que quien legitima e incluso apoya de manera explícita actos de violencia unilateral –salvo que se aporten poderosos argumentos en contra, al menos estaremos de acuerdo en que la tauromaquia supone eso en la práctica, con independencia de que pueda ser considerado un arte sublime– tiene a su vez una autoridad moral muy atenuada para quejarse por la violencia de la que uno mismo pueda ser objeto. No que no le asista autoridad alguna para protestar, ojo, sino que ésta se encuentra cierta y severamente atenuada en su caso, entiéndase la reflexión en todo su rigor. María se sintió herida por la reflexión, y ni corta ni perezosa cogió el teléfono y marco el número que aparecía a pie de folio. Muy lícito, lo acabo de decir. Yo traté de explicarle una y otra vez la idea ya expuesta en la carta. Me refiero a lo de que todos los padecimientos son iguales, al menos igual de indeseables para quien los experimenta, y que ser responsable en alguna medida del dolor infligido a inocentes no es desde luego virtuoso. En su calidad de amenazada, y asumiendo mi interpelación como simple herramienta didáctica, le pregunté cuál era la razón exacta por la que ella consideraba intrínsecamente malo que alguien le disparase. (Equivocado o no, siempre he creído que las cosas hay que tratarlas de frente y con toda la naturalidad posible). Tal vez sí lo hizo, pero no recuerdo que me contestase con claridad a un planteamiento tan contundente. Tengo nítida sin embargo cuál fue mi propia respuesta: es malo porque duele. Te duele a ti o les duele a los tuyos, que podemos ser todos en este caso. Sólo por eso –y nada menos que por eso– está mal tirotear a la gente por la calle, torturar en comisaría, torear, ver la faena desde el tendido. Me quedé con el convencimiento personal de que María comprendió perfectamente la esencia de lo que le decía, mas evitó reconocerlo, como buena política, aunque no me atrevería a decir que como buena ciudadana.

Hubiera sido un encuentro como mínimo enriquecedor para ambos, estoy seguro de ello al menos por lo que a mí respecta. Digo esto porque soy el primer interesado en sondear las razones que llevan a alguien a rechazar la violencia unas veces y darle pábulo, servir de cómplice y aun de correa de transmisión en otras. Hombre, yo no digo que retomemos lo del café, que se ha puesto por las nubes con lo del dichoso euro y que por cierto aceptaría encantado, pero sí me permito la libertad de invitarle desde este artículo, ahora a título puramente personal, a que recapacite sobre las responsabilidades que cada cual tenemos en nuestra vida diaria. Y asistir divertida a ciertos espectáculos no es, créanme, éticamente neutro. Que todo te vaya de cine, María. Te lo deseo de corazón. No necesito hacer ningún esfuerzo especial para ponerme en tu lugar –ya sabes, lo de la empatía que comentábamos en aquella conversación– y en el de los tuyos. Si nos falla lo de la empatía, estamos acabados.
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© enero 2009
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viernes, 24 de octubre de 2008


DE RATONES Y MUJERES

Tengo una amiga con un ratón en casa. No es que haya acudido a mí histérica y me lo haya confesado pidiéndome consejo por ser yo defensor de los animales, ni por tanto pretende con ello que le solucione el “problema”. Porque no hay tal. El roedor vive en su casa desde hace algo más de un año; emprende sus correrías cuando toca y se abastece de lo que pilla cuando procede. ¿Cómo consiguió el pequeño entrar en la vivienda de mi amiga?, se preguntarán ustedes. (Y si no lo hacen es lo mismo, porque lo voy a contar de igual manera). Pues por la puerta, el sitio más lógico incluso para un ratón. O no tanto. En realidad, nuestro amigo ingresó en su nuevo hogar en estado de semiinconsciencia, tendido cuan largo era sobre el fondo de una caja de zapatos, cubículo perfecto para su traslado desde la calle, donde no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, menos si tenemos en cuenta que acababa de ser rescatado de las fauces de un gato callejero, quien, sin mala intención, dio rienda suelta por un momento a su ancestral instinto. (Nadie le culpa por ello).

Imagino que durante los primeros días le invadiría el desconcierto –al ratón, digo–, pero enseguida pareció amoldarse con pasmosa naturalidad a su nuevo hábitat. Bien es cierto que a ello ayudó el hecho de que mi amiga le procurase desde el inicio el condumio necesario en cantidad suficiente, y él lo agradece no dejando ni rastro de los presentes.
Mi amiga no lo ve con frecuencia, pues es sabido que los ratones son grandes amantes de la discreción, pero escucha a diario sus patitas cuando al anochecer él despierta y se dispone a iniciar su jornada. Sabe que le espera su platito de cereales –de los del desayuno de humanos, de marca, no de los crudos, que a lo bueno se acostumbra uno enseguida–, mas no es ésa su comida favorita, pues tal honor se lo lleva la harina integral: pasión es lo que tiene por ella. Porque en casa de mi amiga se hace pan a diario, con productos naturales y sin conservantes, con lo que es fácil adivinar de dónde le viene al muy pendenciero la salud de hierro de la que parece gozar hasta la fecha, pues conviene aportar como dato adicional que nuestro protagonista pasó en pocas semanas de esmirriado a rollizo.

Durante meses el ratoncito confió en sus anfitriones, dado que éstos nunca mostraron hacia él el menor atisbo de agresividad. Pero todo cambió el día en que trataron de capturarlo con el loable deseo de ofrecerle la libertad en el campo. El susto que se llevó el pequeñajo al verse acorralado en el pasillo por la pareja de grandullones hizo que a partir de entonces perdiera toda fe en los humanos, lo que en cierta forma refuerza la tesis de que los animales –ratones incluidos– poseen una inteligencia bastante mayor que la que nuestro antropocentrismo les atribuye.

No será la primera vez que una visita advierte de repente la presencia del enano y pega un brinco en la silla, situación que mi amiga trata de reconducir con un lacónico “no te preocupes, es de casa”. La visita despeja entonces las exiguas dudas que albergaba sobre el equilibrio emocional de la dueña. Piensa que está loca. Y algo de eso debe de haber, pues en una sociedad que masacra a inocentes animales en masa por los motivos más triviales, adoptar a un ratón como refugiado necesariamente tiene que suponer por fuerza algún tipo de síndrome ético no diagnosticado hasta la fecha.
A mi amiga le horroriza pensar que alguien pueda enterarse de su secreto fuera de su círculo más íntimo, y de hecho yo no creo estar desvelándolo si la mantengo a ella en el anonimato. A veces me cuenta entre cómplice y emocionada detalles de su convivencia diaria con un ser que tiene sus horarios, sus preferencias, e incluso sus manías. Me hace partícipe de su particular experiencia: compartir piso con un pequeño duende que con toda seguridad envejecerá con dignidad, a buen recaudo de los monstruos humanos que hemos endosado a los roedores la poco amigable etiqueta de “plaga a exterminar”, como si nosotros no fuéramos de hecho la peste más destructiva que el mundo haya conocido. Él acabará sus días sin haber sentido nunca los insoportables retortijones del veneno, sin haber sido perseguido por una horda de jovencitos con aviesas intenciones, sin haberse visto en la necesidad de vivir exiliado en el permanente destierro de las alcantarillas. Él es un ratón feliz, o al menos todo lo razonablemente feliz que pueda ser un ratón. Porque los ratones sienten, créanme. Eligen entre diferentes posibilidades si se les da la oportunidad. Y –¡oh, sorpresa!– optan por aquello que les ofrece sensaciones agradables, al tiempo que rechazan el dolor. Ser ratón no implica necesariamente ser imbécil, como ya habrán adivinado.

Apuesto a que pocos de ustedes conocen una historia como la de mi amiga y su ratón. Y de conocerla, hay muchos boletos para que esté protagonizada por una mujer. Porque es éste un apartado especialmente significativo para quienes hemos estudiado en algún grado el fenómeno de nuestro comportamiento con los animales. Tal vez sea una chaladura de las mías, pero me dio por pensar que las mujeres han acabado desarrollando una especial empatía hacia los más débiles: las víctimas humanas y animales. Si algo de eso hay, tengo pocas dudas de que tal virtud les viene dada por conocer bien lo que significa ser pateada, golpeada, expulsada de casa; conocer lo que es verte sin hijos y sin futuro, ser paria entre las parias. Son muchos siglos de estigma de mujer, y eso pesa como una cruz de cemento.
Recuerdo haber asistido como público a una conferencia del cineasta Juanma Bajo Ulloa en Barcelona, hará de esto como un par de años. Confesaba Juanma en un momento dado que en las fiestas brutas de los pueblos donde se martirizan animales él sólo veía hombres, que las gradas de las plazas de toros estaban ocupadas fundamentalmente por hombres, que quienes cazan animales por diversión son hombres en su práctica totalidad… y que en aquella sala veía sobre todo mujeres. Podría pensarse que el bueno de Juanma optaba por el discurso demagógico para cosechar el aplauso fácil de la audiencia. Apenas le conozco en lo personal, pero seguro estoy de que lo decía con absoluto convencimiento y de que era su corazón quien hablaba por él.
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© octubre 2008
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miércoles, 3 de septiembre de 2008


CRISIS? WHAT CRISIS?

Escribo desde una ciudad semidesierta –media agosto–. La gente se ha ido de vacaciones, ha huido a la playa, a la montaña, a recorrer lejanos países, regalándonos sin saberlo tres semanas de felicidad a quienes nos confesamos misántropos irrecuperables. Convecinos y convecinas ahogan sus penas en la Gran Manzana, en Praga, o en el más castizo chiringuito –cinco euracos el botellín de cerveza– mientras tratan de sacarle todo el partido al aifon, juguetito recién adquirido nada más llegar a destino, porque un capricho es un capricho (no tendría sentido lo de la tele de plasma y luego hacerle ascos al aifon famoso). Que rabien los compañeros de oficina, aunque por poco tiempo, pues para Navidad será una plaga.
Recuerdo que hace años Carrascal –él consiguió que superase mi complejo con el inglés– abría su informativo en plena Semana Santa con la noticia de que los españoles habían elegido más que nunca como destino turístico el Caribe, y nos regalaba la razón: escapaban de la crisis. Seguro que ustedes no lo necesitan, pero como yo soy un poco duro de mollera lo repito, por si no se ha entendido. Para olvidar la devastadora crisis, que imagino consiste en ver mermado tu poder adquisitivo, la gente se gasta un pastón en viajes de placer al otro lado del mundo. Vale.
Atravesamos una profunda crisis. Los informativos se encargan de recordárnoslo a todas horas. Una severa crisis económica afecta a nuestra sociedad y la recorre de punta a punta. El mensaje se nos lanza desde todos los ángulos posibles: crisis, crisis, crisis. Si uno lo piensa, es terrible que más de uno haya tenido que cambiar Punta Cana por Benidorm. Una tragedia familiar que sólo se supera consumiendo, aunque tengo entendido que consumir, ecológico, lo que se dice ecológico, no es mucho. Y como también nos dan lecciones con la cosa ésta del Medio Ambiente, pues me acabo haciendo un lío y prefiero no pensar, porque ya me contarán si no cómo conciliamos economía y ecología cuando el descenso brusco en las ventas del elemento más contaminante que existe –los coches particulares, que lo sepan– se asume como uno de los indicadores más preocupantes del escenario, llámese recesión, crisis o desaceleración, tanto da.

Agotada la parte irónica –que no lo es tanto, si se fijan– paso a la seria, pues no es broma que nuestro poder adquisitivo –de eso se trata a fin de cuentas, valga la expresión– haya menguado hasta rayar con lo insostenible en ciertos casos. Seguro que son menos de los que nos indican los medios, pero suficientes como para abordar el problema con el fundamento que merece.
Sin embargo, y entre tanto mensaje apocalíptico, yo quiero dejar escritas aquí dos reflexiones personales y en consecuencia subjetivas. En primer lugar, les traslado mi duda sobre si de verdad la famosa crisis existe, y en tal caso si corresponde en gravedad a lo que se nos cuenta. Porque pudiera darse el caso de que, si no el fondo, las formas estuvieran más o menos dirigidas por sólo dios y los distintos poderes económicos saben qué oscuras manos, no siendo en consecuencia el panorama tan desesperado como nos lo pintan. Por otro lado, traigo a colación un hecho que particularmente me causa honda desazón, como es que una parte significativa del planeta no haya conocido jamás crisis alguna por no haber experimentado otra cosa que la miseria más absoluta. Estaremos de acuerdo en que el término crisis resulta bastante vago, y apenas designa una etapa con mayores dificultades que la precedente. Sin más. Siendo así, no hay crisis que valga si naces en la más atroz indigencia, y sin posibilidad real además de salir de ella. Mientras aquí nos preocupa el descenso de clientela en los restaurantes, cientos de millones de seres humanos con nuestras mismas, legítimas aspiraciones a una existencia digna, apenas saben qué comerán mañana o si acaso lo conseguirán; mientras nos ahoga la hipoteca de nuestra casa en el centro, un tercio de la población mundial vive en espacios que aquí apenas conseguirían el calificativo de “chabola inmunda”; mientras millones de africanos echan el día en busca de agua potable, aquí sembramos campos de golf por doquier y la piscina ha ido ganando terreno hasta convertirse en un icono del estatus social. Llámenme demagogo, es gratis: una simple carta al director basta. Pero salvo que haya poderosísimos motivos para lo contrario, a mí me parece que precisamente en tiempos de crisis –hablo de la que por lo visto padece el Primer Mundo– es cuando por pura decencia ética merece la pena detenerse por un momento y pensar en el ejército de desheredados cuyo objetivo más inmediato es alargar sus vidas unas semanas más, a quienes el Euribor y el Ibex-35 les importan lo mismo que a mí los viajes a Marte, igual. Habrá quien piense que mal consuelo es mirarse en espejos ajenos y sobre todo peores. Y creen otros que tal actitud debiera asumirse como un ejercicio moral de obligado cumplimiento. Escrito queda.

Recuerdo haber leído hace años un cuento breve que alguien dejó en forma de fotocopias sobre el mostrador de una tienda: la historia de un anciano que regentaba un puestecito de fruta al borde de la carretera. El hombre poseía una modesta huerta que le daba suficiente mercancía como para abastecer el tenderete. Al final de la jornada volvía satisfecho a casa, una humilde vivienda en las afueras de cierta macrourbe, pues casi siempre conseguía vender todas las piezas a los automovilistas que paraban. Comían un par de naranjas a la sombra de la improvisada tienda mientras establecían una conversación trivial con el viejo. Luego adquirían unas piezas más para el camino. Al hombre le iba razonablemente bien, o así se lo parecía. Hasta que llegó su nieto, a quien por circunstancias de la vida y de la policía había tenido que criar él mismo en el campo, y al que no sin esfuerzo había conseguido pagar sus estudios en la universidad. “¿Pero qué estás haciendo, abuelo, es que acaso no sabes que estamos en crisis?”. Realmente el viejo no lo sabía, pues llevaba una vida austera allá en el límite de la gran ciudad, desconectado del mundo. Él no necesitaba grandes cosas. Regar el huerto y pasear con su perro, casi tan anciano como él mismo, esperar a que el trabajo diera sus frutos y vender éstos en la carretera tras un breve viaje en la destartalada camioneta. El hombre se asustó al oír las palabras del nieto. Sin duda el joven sabía de qué hablaba, pues no en vano era universitario. “No puedes estar vendiendo la fruta como si tal cosa, la situación es muy mala”. Cuando el nieto regresó a la ciudad, el anciano continuó fiel a su puesto diario al borde de la carretera, pero llevó mucha menos fruta, dado que eran tiempos de crisis. Como de costumbre, la había vendido toda al final de la jornada. Pero, a diferencia de otras veces, en las que regresaba a casa cansado pero satisfecho por las ventas y las charlas con los clientes, ahora estaba de verdad preocupado: “Hoy apenas he conseguido vender la mitad que otras veces. Mi querido nieto tenía razón: estamos en crisis”, pensó.

Entiendo que el texto quedó digno. Si acaso, no me acaba de convencer el título, mas no por inapropiado cuanto por ser, como ustedes sabrán, un burdo plagio. Espero al menos no tener problemas con Mr. Davies por un quítame allá ese encabezamiento, pues todavía me veo yo ante los tribunales, y además de no cobrarlo me sale encima el artículo por un pico, agudizando así mi crisis personal. Un desastre.
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© septiembre 2008
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viernes, 1 de agosto de 2008


SI NACES TORO

Si naces toro y las conversaciones que oyes a tu alrededor se desarrollan en español, existen sobrados motivos para preocuparte. A partir de entonces tienes el dudoso honor de haberte convertido en el protagonista de una historia de pasión, de identidad cultural, de negocio y, lo que es peor para tus particulares intereses, de linchamiento público. Todo junto. Dicho así, hasta pudiera parecer sugerente, pero el hecho de que ninguna de las personas que leen estas líneas daría su consentimiento para cambiarse por ti da cuando menos que pensar.

Si naces toro vives con tu madre, y durante cierto tiempo te dejan más o menos en paz. Analizado en ese momento, ser toro hasta podría resultar una experiencia interesante. Apacibles jornadas de sol y moscas, una vivencia que no requiere mucho más que un cronograma rutinario. Despertarte, comer, acercarte con tus compañeros de manada hasta la charca, un relajado sesteo bajo tu encina favorita, y se te va la tarde sin darte cuenta. Hora de regresar. Mañana será otro día.

Si naces toro debe de resultarte muy desagradable que, apenas con unos meses de vida, te separen un día de tu familia y te lleven a un lugar donde hace un calor infernal (casi tanto como cuando acercaron a tu nalga aquel hierro candente, apenas venido al mundo), con un aspecto que en nada recuerda a tu paisaje cotidiano. Arena de color oscuro sobre el suelo, y una banda corrida de cemento y madera por todo horizonte inmediato mires donde mires.
Un tipo a caballo aparece en el extraño escenario y te provoca para que te acerques, en una situación novedosa y desconcertante para ti. Te defiendes, pero cuando lo haces sientes un agudo dolor detrás del cuello. Apenas unos segundos más tarde lo que percibes en un tufillo ferroso: parte de la sangre que hasta ese momento corría por el interior de tu cuerpo se abre ahora paso por la herida. Las provocaciones continúan. Tú respondes, a pesar de que comienza a invadirte una sensación de sofoco, fruto del calor y de la hemorragia. Por la noche, de vuelta con los tuyos, recuerdas la experiencia como algo inexplicable y traumático. Ni te imaginas que, mientras tú apenas puedes pegar ojo por el escozor del boquete abierto, los humanos ya te han catalogado como “toro para lidia” o “morralla para fiesta de pueblo”. Lo cierto es que, si pudieras evaluar las consecuencias de uno y otro destino, no te sería fácil elegir tu final en base a uno de los dos estatus.

Cuando una fresca mañana aparece en el horizonte un enorme cubo que se mueve, tienes bien olvidado aquel nefasto día. Han transcurrido por lo menos cuatro años, y eso es mucho tiempo para un toro. Ni sospechas entonces que ésa será la última vez que veas y huelas tu único mundo. Atrás quedará para siempre el paisaje de encinas y tomillo.
El constante traqueteo del vehículo acaba convirtiéndose en un tormento. Ni un instante de sosiego, sin siquiera poder darte la vuelta o echarte un rato a descansar. Tú eres toro, incapaz por lo tanto de medir el tiempo (¿para qué debería servirte tal habilidad?), pero han sido nueve horas de golpes en los costados, vómitos, mareos y angustia. No habías sentido nada tan desagradable desde la jornada de la tienta. Desciendes por la rampa, tambaleante y receloso, con veinte kilos menos. Desconoces por completo que uno de tus compañeros de manada murió hace dos semanas por colapso durante el traslado.
Un par de días más, y otra vez al horrendo chiquero, las varas que pinchan tu cuerpo y te dirigen para aquí y para allá… Otro pinchazo en el cuello como aquel ya casi olvidado, y la única salida hacia un entorno redondo, tumultuoso, asfixiante, vagamente familiar. De nuevo el tipo del caballo, esa figura siniestra que repite la operación, pero esta vez de una menar mucho más brutal, más prolongada. Si naces toro te introducen en la espalda una puya metálica del grosor de un brazo humano. Sacan y meten la vara para agrandar la herida. Una vez dentro, el diabólico instrumento gira sobre sí mismo como un taladro con el perverso fin de raspar la cara interna del boquete, para lo que resulta especialmente eficaz forrar el extremo del palo con maroma. Si naces toro eres lo suficientemente imbécil como para pensar que empujando al caballo te vas a zafar de la tortura. Desconoces que, a estas alturas, no tienes posibilidad alguna de escapar.
Apenas un respiro antes de que se acerque corriendo una absurda figura luminosa y te clave, en diferentes acometidas, hasta media docena de pinchos que te producen un dolor de fuego. Tratas de librare de ellos con bruscos movimientos de cabeza, pero no consigues otra cosa que desgarrarte los músculos con los arpones. La pérdida de sangre te nubla la vista, y ni el incesante jadeo consigue que recuperes tu ritmo cardíaco habitual. La sed te abrasa la garganta, y pensar en el agua de la charca bajo la encina no hace sino angustiarte aún más. No hay tregua. Definitivamente, esto es mucho peor que lo de la tiente. El incesante griterío te impide encontrar un segundo de consuelo.
Si naces toro se te planta enfrente el tipo brillante, se arranca a toda prisa con un sable en la mano y te atraviesa los pulmones. A veces también el corazón. Este pasaje resulta especialmente doloroso, porque te acaban de reventar tu bolsa de oxígeno y comienzas a ahogarte. Por la boca sale un caudal de sangre importante, que se une a las babas y al moco que te ha acompañado desde el principio de la lidia.
Si naces toro no tienes ni puta idea de lo ridículo que resulta pensar que, quizás como la otra vez, al final dejarán que vuelvas a tu encina, a tu charca, con los tuyos. Empiezas a sospechar lo peor cuando, ya inmóvil en el suelo, sientes como te rebanan las orejas hasta desprenderlas de la cabeza, donde siempre habían estado desde que recuerdas. A veces corre la misma suerte el rabo, el mismo que tan útil te había resultado a la hora de mantener a raya a los pesados tábanos. Llegados a este punto, sólo puedes desear morir antes de llegar al desolladero, pero en ocasiones tu destino es tan cruel que ni siquiera eso sucede.

Nunca sabrás que hasta es posible que tu tormento y el de otros cinco compañeros puede haber servido de excusa propagandística con el objetivo de recaudar fondos para luchar contra comportamientos humanos tan deleznables como el terrorismo, la violencia doméstica o la guerra.
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© agosto 2008
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