lunes, 19 de julio de 2010


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CUERNOS
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Los mass media nos regalaban semanas atrás dos noticias protagonizadas por cuernos. No se trata de metáfora chusca alguna, pues cada cual hace lo que quiere con su vida privada, o lo que quieren los demás, valdría más decir en algunos casos. Los cuernos a los que me refiero son de verdad cuernos, con su material óseo y lo que ha de tener todo cuerno que se precie para merecer tal nombre.

La primera de las noticias hacía referencia a una mujer de un pueblecito de la China profunda, a quien le brotaron sin saber cómo ni por qué sendas protuberancias en la frente, cual si se tratase mismamente de una ternerilla. Lo único que le deseo a la dama en cuestión es que lo lleve con dignidad, que solucione su problema (si así es percibido por la protagonista, pues parece que el regalito en la testuz le trae un poco al pairo), y sobre todo que no sea discriminada por sus convecinos al identificarla con el mismísimo Satanás reencarnado en fémina, porque aquí nos conocemos todos.
La otra noticia relata un caso en cierto modo similar, pero ha de reconocerse que aquí sí se sabe la procedencia del cuerno en cuestión. A cierto individuo le salió un cuerno de la misma boca, caso insólito en los anales de la ciencia. Salvo que nada tiene que decir la ciencia en este escenario, dado que el protagonista sabía que el cuerno estaba allí, ante él, desde hacía un buen rato. El cuerno acudía a sus repetidas llamadas, de hecho. Y en una de esas se quedó por unos instantes. Si uno lo piensa, la lógica de la situación se muestra aplastante. Cuando juegas a héroe y le colocas en el lomo la etiqueta de “enemigo” a quien vas a ensartar con distintos artilugios durante el tiempo necesario para acabar con su vida, supongo que debería entrar en tus cuentas que te pase lo que le pasó al maestro. Efectos colaterales, lo llamarían algunos. Y yo me apunto a la apreciación.

No soy de los que me alegro cuando el torero bebe de su propia medicina, aunque, a fuerza de ser sincero, he de aclarar con similar énfasis que tampoco me llevo especial disgusto en tales casos, pongamos las cosas en su justo sitio. Me pasa lo mismo con los dictadores. O con ciertos profesionales de la comunicación, a los que uno no puede sino imaginar frotándose las manos ante una portada morbosa, haciendo caja, en definitiva, porque aquí todo tiene un precio. Ya me contarán ustedes lo que aporta la fotografía en cuestión, un hombre derrotado, incapaz de escapar de su amigo –así creo haberlo leído en alguna de esas revistas sesudas de fin de semana–, como si se tratase de una extraña y sórdida obra de arte (les regalo el título: Perchero con traje de luces).
Yo no deseo la desgracia del maltratador –lo apuntaba líneas atrás–, sea torero o machista recalcitrante (cuentan que ambas cosas son harto difíciles de separar en el ámbito que nos ocupa, pero no entraré aquí en tan proceloso campo), y de hecho me hiela la sangre cada vez que ante un coso taurino los manifestantes corean satisfechos aquello de ¡Con un poco de suerte, mañana funeral!, lo que casi me distancia tanto de ellos como de los que asisten dentro a la carnicería. Y sé que semejante postura no me granjea excesivas simpatías dentro del movimiento, pero a mi edad hay cosas que ya me dan un poco lo mismo, o incluso sirven de acicate a según qué aspectos de mi militancia personal.

Declaraba con inequívoco gesto digital el maestro a la salida de la clínica que era Dios quien le había sacado de tan desagradable trance, para añadir un mes después, recuperado ya el habla, que la experiencia “le había hecho más humano”. O este tipo es tonto, o yo no entiendo nada (vaya por delante que pudieran ser ambas cosas). Porque ya me contarán ustedes qué le había costado al Altísimo impedir la sangría (detalle que tuvo de hecho con sus compañeros humanos de cartel), evitando así a Julio los dolores de los que tanto se quejaba en la cama del hospital, pobrecito mío. Y, por otro lado, calificar el trance de “positivo” (sic), por cuanto al parecer te humaniza, a mí, como buena persona que me considero, me hace desear en lo más íntimo de mi ser que el maestro vuelva a pasar por similar circunstancia –o peor– así que se plante de nuevo, chulesco y arrogante, ante su amigo-enemigo. Para que vuelva a experimentar la grandeza de espíritu y salga su humanidad convenientemente engordada. (Yerran con estrépito quienes vean atisbo de ironía macabra en mis palabras, pues me limito a recoger la panoplia de extrañas reflexiones que envuelven a la tauromaquia, en un intento imposible por justificarla).
Es por ello que tomo prestados para la ocasión los viejos gritos alrededor de los cuales se enzarzaron en histórica ocasión Millán Astray y Unamuno. Y, eso sí, me permito reformularlos, con la supongo sana intención de aportar una paradoja más a las de don Miguel: ¡Viva la estupidez! ¡Muera la ética!
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© julio de 2010
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domingo, 4 de julio de 2010


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BOY
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No hará ni un mes tuve la fortuna de pasar una de esas jornadas que te sirven para “cargar pilas”. Por motivos que no vienen al caso, asistí a la edición anual de un Concurso de Perros Sin Raza. (Así publicitado, pudiera parecer que el evento adolecía de una cierta discriminación con sus participantes, pero bien claro lo indicaba el asterisco en la pancarta: También los que la tienen serán bienvenidos). El acto estaba organizado por una de esas sociedades protectoras nutrida de seres anónimos que se dejan el alma –y otras cosas más mundanas– por aquellos que algún día fueron echados a la calle desde lo que había sido su hogar durante años, en algunos casos toda su vida (no me detendré en esta ocasión a intentar evaluar tamaño comportamiento), y a los que yo siempre tanto admiré. Me refiero a los primeros, y al hecho de que, bajo mi humilde parecer, se necesita un generoso plus de coraje para rodearse un día sí y otro también de historias terribles, ponerles además nombre, ojos y rabo. Y regalarles en no pocas ocasiones una gozosa segunda oportunidad. Si acaso los ángeles y los milagros existen, tengan por seguro que no deben de andar muy lejos de estos escenarios.

Quienes por mor de las circunstancias nos ocupamos de la defensa de los animales desde su vertiente sobre todo teórica, tenemos a veces la sensación de que quizá no llevamos a cabo una militancia completa, pues es muy fácil apretar el puño desde la comodidad del teclado, lejos de los olores de la sarna y de la visión del cuello sesgado. Estas historias nos llegan con frecuencia a la pantalla del ordenador: perros encadenados de por vida, leones obligados a saltar a través de un aro en llamas, conejos inmovilizados en los laboratorios, vaquillas linchadas por humanos con el mismo código genético que los voluntarios y voluntarias de entidades como la que organizaba el evento del que les hablo. Tener que asumir de qué pasta estamos hechos te mata o te hace más fuerte. Las imágenes sirven no obstante para alimentar tu ideología y particularmente tu repugnancia hacia buena parte de lo humano. Sin embargo, te puedes permitir el lujo de la distancia, y antes que nada de saber –a eso voy– que habrá quien cure esas heridas con sus propias manos. Imagino que cada cual es llamado a una parte de la lucha, pero he de confesar que ello no acaba de tranquilizarme del todo.

Una de las cosas que más me llamó la atención durante la citada jornada fue la gran cantidad de visitantes –me refiero a los perrunos– a los que la administración impone la poca amistosa etiqueta de “peligrosos”, precisamente aquellos que, sin atisbo de culpa propia, nacieron bajo un perfil físico determinado. Imagino que se trataría de animales adoptados de centros de acogida, repudiados en su día por dueños de corazón negro y autonomía intelectual escasa, atemorizados por unos mass media ávidos de morbo y noticias truculentas. Animales salvados de una muerte segura en el refugio correspondiente. Pues bien, y además de su número, quedé sorprendido porque durante un buen taco de horas allí no se produjera el menor incidente digno de reseña entre ellos. Supongo que este extremo supone una demostración práctica de quién es aquí de verdad el peligroso, y de que, convenientemente tratado, el animal más conflictivo se vuelve amistoso. En realidad, y con la carga de ingenuidad que ello pueda conllevar, soy de los que piensan que, lejos de fieros competidores, los animales podemos ser también “amigos para siempre”.
Llámenme exagerado, pero me traje la sensación de haber pasado unas horas en el paraíso. Dicen que tan preciado lugar sólo se disfruta una vez abandonado este valle de lágrimas y cotejado que has sido aquí abajo bueno buenísimo. Creo que no es exactamente así. Si uno se abre a las sensaciones más puras (la felicidad de los otros, un poner), por estos lares se pueden percibir paraísos con absoluta nitidez. Puede que no lo sepa explicar con palabras, aunque sé perfectamente lo que quiero decir.

Pero quizá quepa resumir todas las emociones del día en Boy, el abuelito que se llevó el galardón final. Por lo que creí entender, Boy se ha pasado buena parte de su existencia encerrado en una jaula, y ahí hubiera terminado en caso de no cruzarse con su amiga (me niego en este contexto a llamarla “dueña”) humana, quien le ofreció el mejor regalo para cualquier ser sensible: el afecto. Con toda probabilidad, Boy no responde a ninguno de esos estúpidos cánones estéticos que conceden o niegan la condición de “bello”. Pero encarna sin embargo como nadie la “belleza ética”. Y yo, que con frecuencia me abandono a esto de escribir, me siento sencillamente incapaz de recoger en un texto qué cosa pueda significar eso, aunque no tengo dificultad alguna en percibirlo como una bocanada de aire fresco, un chute de optimismo en vena. Por otro lado, Boy me hizo recuperar la desoladora idea de la unicidad. Quiero decir con ello que –salvo que se crea en realidades espirituales, y no es el caso– los animales, humanos o no, solo tenemos una oportunidad de experimentar nuestro paso por este mundo (el único posible, en lógica consecuencia), lo que comporta que se nos niega toda posibilidad de desagravio por las afrentas de las que pudiéramos haber sido víctimas. Boy es el vivo reflejo de lo que quiero decir. Será por la edad, que no perdona –hablo ahora de mí–, pero no consigo superar la desazón que me provoca esa cruel realidad.

Hubo a quienes se les llenaron los ojos de lágrimas cuando Boy recibía su medalla. No era para menos. Y hasta recuerdo en semejante tesitura a un barbudo chicarrón del norte, convenientemente apartado del público por aquello del pudor masculino, menuda tontería.
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© julio 2010
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miércoles, 23 de junio de 2010



¿QUÉ ES ESO DE
LOS “DERECHOS DE
LOS ANIMALES”?

Miles de personas se manifiestan por las calles céntricas de Madrid mostrando su rechazo a que la Comunidad Autónoma declare las corridas de toros “Bien de Interés Cultural”. Varias docenas de ciudadanos anónimos se desnudan en una gélida plaza de Barcelona durante más de una hora para llamar la atención de los transeúntes sobre la industria de la peletería fina. Un centenar largo de usuarios, acompañados de sus perros, piden en Bilbao que éstos puedan acompañarles en el metro, autobús y otros transportes públicos, tal como de hecho sucede en muchas ciudades europeas. Ocho activistas por los derechos de los animales permanecen durante toda la mañana expuestos a pleno sol sobre grandes bandejas de plástico que simulan las que encontramos en los escaparates de las carnicerías.
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© junio 2010
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[*] Para acceder al artículo completo, pulsar el icono correspondiente de la columna izquierda.
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lunes, 17 de mayo de 2010


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LOS MANOLOS

Por tan castizo apelativo se conoce a una pareja de presentadores deportivos –hornada guay– que hacen las delicias de sus fans desde cierta cadena privada, a juzgar por las pasiones que al parecer despiertan uno y otro en medio país (exagero, naturalmente), pues hasta pancartas cutres confeccionan algunos aficionados para desplegar en el estadio con el loable propósito de que les saquen en el programa. Y les sacan. ¡Vaya si les sacan! Por falta de pudor que no sea, arriba la autoestima, y ellos encantados de haberse conocido. Y bueno, lo de las pancartas, pues ya se sabe, una chiquillada sin malicia… Salvo que las mismas personas que las diseñan con primor y hasta con una pequeña inversión de tiempo y dinero no hayan hecho nunca cosa parecida para condenar el hambre en el mundo o para criticar cualquier tipo de injusticia. Y mucho me temo que éste pueda ser el caso.

Pero volvamos a los Manolos, porque lo de estos tipos tiene delito. Por la que se ha montado, pareciera que lo suyo es una metedura de pata circunstancial, cosas del directo y de las emociones futboleras. Nada de eso. Los chicos vienen apuntando maneras desde hace tiempo, o sea, desde siempre. En el espacio que presentan en comandita resulta muy normal que ofrezcan, no se sabe muy bien a santo de qué, escenas de terribles accidentes durante competiciones de motor, aderezados con toda suerte de golpes y caídas que duelen solo con verlas. Ellos hacen como que también les hace pupa la contemplación de las imágenes, pero son tan poco creíbles en su interpretación que no engañarían ni a un bebé. Se necesita ser malnacido para recrearse ante alguien a quien le acaban de fracturar el peroné de una patada, repitiendo las imágenes hasta la nausea.
Y, por supuesto, con semejante perfil, huelga decir que los susodichos no pierden oportunidad de regalarnos el comentario machista de turno, y no digamos si de homosexualidad se trata, campo siempre abonado para gracietas mil. Busqué alguna foto que ilustrara el presente artículo en mi blog, y, aunque no resultó elegida, me impactó la que nos muestra a uno de los Manolos embutido en un disfraz cutre de líder tibetano, por aquello de su apellido, haciendo gala así de su incontestable sentido del humor. Créanme, la cosa no da más de sí.

Y ha tenido que suceder lo del mendigo de Hamburgo para que la gente se ponga las pilas, y el Manolo que se sacó de la chistera tan vergonzosa escena se ha visto obligado a ofrecer disculpas desde su atalaya para apaciguar los ánimos, aunque, dada la catadura moral que transpira el muchacho, cuesta creer que de verdad el arrepentimiento surgiera de él mismo y no de la dirección de la propia cadena, porque el negocio es el negocio, y estas cosas engordan solas hasta acabar arrollándolo a uno. Imagínense de qué argamasa estará hecha la parejita, que, reconducido –y se supone que olvidado– el bochornoso incidente, el otro Manolo da paso a las siguientes imágenes, y califica de “retrasados mentales” a quienes montan bronca en cada celebración deportiva y aguan la fiesta a las facciones pacíficas del club. Mucho me temo que sobre el comentario en cuestión nadie dirá nada, pues aquí se airea lo que conviene y se tapa lo que procede. Es lo que hay.

En cuanto al ya famoso microrreportaje, a mí lo que más me turba es el perro, que, asustado ante la horda de cromañones que les rodean, trata de buscar refugio bajo la manta que comparte con su amigo humano, el indigente protagonista de la escena, elevados ambos a estrellas mediáticas por apenas unos segundos ante la cámara, y sin citar palabra. Hombre y perro ofrecen al mundo su perplejidad, pura, prístina, transparente como el cristal. En esa imagen se resume buena parte de lo que está sucediendo en esta nuestra cacareada “sociedad del bienestar”, y acaso de lo que nunca dejó de suceder. Mientras la afición, solidaria ella, se despoja de la calderilla que sobró de la ronda de cervezas y los compañeros periodistas ríen patéticos la ocurrencia desde los estudios, el mendigo protege a su amigo y mira atónito a sus compañeros de especie. “Pasta, echadle pasta”, arengaba Manolo, este nuevo Vicente Ferrer, y los seguidores, obedientes, echaban pasta en el cuenco. Y un móvil, y bufandas de su equipo, y hasta una tarjeta de crédito. Todo muy normal.

El día en que los Manolos se estampen contra un muro y se rompan unos cuantos huesecitos nos vamos a descojonar todos, porque sabido es que un cúbito apuntando adonde no debe es la mar de gracioso. Aunque quizá la cosa cambia cuando es un hueso familiar. Nos vamos a partir la caja todos y todas cuando pierdan el trabajo y tengan que echarse a las frías calles de Madrid a pedir limosna con barba de una semana. A ver qué carita ponen al ver aparecer al necio de turno alcachofa en ristre buscando carnaza para su programa.
La empatía no acaba de sacudirse el muermo, sigue aletargada en su tétrico refugio. Y lo malo es que somos nosotros mismos quienes nos encargamos de ofrecerle su dosis diaria de anestesia.
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lunes, 26 de abril de 2010


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SÓLO SON ANIMALES
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Somos nuestros libros. Quien más quien menos tiene una lista de obras que moldearon en algún grado su pensamiento, sin las cuales quizá su vida no sería igual en todos los detalles. En mi caso particular, uno de esos títulos es sin duda The dreaded comparison [La comparación temida, aunque no tengo constancia de que exista versión en español], de la activista estadounidense Marjorie Spiegel, quien en esta pequeña joya (cien escasas pero provocadoras páginas, fotografías e ilustraciones incluidas) nos sacude en plena cara abordando sin temor la para ella pertinente equiparación entre el sufrimiento humano y animal, que siempre estuvo convenientemente separado por un abismo en nuestra cultura antropocéntrica, como separadas estuvieron (quisiera de verdad utilizar el pretérito) distintas comunidades humanas en función de criterios tan triviales como el género o el color. Superadas –al menos en teoría– estas últimas formas de discriminación arbitraria, queda aún intacta la más devastadora: la que condena a alguien no tanto por pertenecer a un determinado grupo, sino por no formar parte del humano.

Traigo a colación todo esto por un artículo de opinión donde cierta periodista exhibía su indignación ante la cabecera elegida por una televisión autonómica para ilustrar la tragedia cotidiana de las gallinas ponedoras, y que mencionaba a un conocido campo de exterminio nazi. Y es aquí donde nos topamos con la verdadera esencia de lo que hacemos con los animales hoy en la llamada sociedad del bienestar, paradójicamente erigida sobre el malestar de otros.
Siempre hubo quien se atrevió con la comparación, ofensa imperdonable para muchos –la citada periodista entre ellos–, aunque no se comprende bien en qué pueda consistir tal injuria, cuando lo único que se hace es ejercer una feroz condena de determinada realidad a partir de un ejemplo de referencia devastador. Pero lo cierto es que aquellos que se aventuraron con la “comparación temida” afirmaron que, lejos de ser equiparable, el trato que damos en la actualidad a un sinnúmero de animales supera con creces el horror que millones de seres humanos soportaron durante los pasados años cuarenta en Centroeuropa. La reflexión no es gratuita, teniendo en cuenta parámetros tan razonables como el número de individuos implicados y el grado de sometimiento que padecen (hablo de los animales). Por cuanto al primero, se baraja una cifra que al menos yo nunca pude digerir, y sigo en esa tesitura: tres mil animales inocentes mueren cada segundo a manos de la comunidad humana por razones que nada tienen que ver con nuestra supervivencia. ¡Cada segundo! Quienes comparten sus vidas con perros y gatos saben bien lo que supone la pérdida física de éstos, lo que cada uno de ellos y ellas significa en la biografía sentimental de sus tutores. Se trata de seres únicos e irrepetibles, tanto como podamos serlo nosotros mismos. Es por eso que la cifra referida debería pender sobre nuestras conciencias como una losa insoportable. Si fuéramos éticamente decentes, claro está. Pero preferimos causar un infinito sufrimiento a un montante extraordinario de individuos inocentes por razones tan peregrinas como que nos agrada el sabor de sus cuerpos, el tacto de su piel, o la estética de un determinado espectáculo. Al final va a ser cierto aquello de que para hallar el famoso eslabón perdido entre el mono salvaje y el verdadero ser humano lo único que hemos de hacer es mirarnos al espejo.

La mayoría de la gente se muestra sencillamente incapaz de comprender la tragedia de los animales, su verdadera dimensión, y nuestra responsabilidad directa en esa gigantesca desdicha. La recurrente comparación con la realidad nazi se queda pequeña cuando abordamos el drama de los animales en nuestra sociedad con un mínimo espíritu crítico. Pero ni siquiera podemos atribuirnos los animalistas un ápice de originalidad en tan dolorosa tarea, pues ya lo hicieron con la serenidad pero con la contundencia necesaria intelectuales de calado, antes lo decía. Luminosas excepciones a la regla conformista, como la de Isaac Bashevir Singer, el prolífico escritor de origen polaco (Premio Nobel de Literatura, ningún juntaletras), quien sufrió en su propia familia la persecución étnica e ideológica. El pensamiento de que los hombres son nazis para los animales aparece en varias de sus obras. En un momento dado, pone la reflexión en boca de Herman, el protagonista de su cuento El escritor de cartas, quien, ante una ratona con la que comparte los sinsabores de la vida, especula: “Respecto a los animales, todos los humanos somos nazis. Hemos convertido sus vidas en un eterno Treblinka”.
La referencia al Holocausto se repite en las reflexiones de otros intelectuales a la hora de exteriorizar sus sensaciones sobre qué supone el exterminio sistematizado de los animales. Sabido es que lo que sucedió en aquella Alemania negra con millones de personas inocentes sigue ocupando en el imaginario de la opinión pública el primer puesto en cuanto a la degradación moral del ser humano se refiere. Con todo, el escritor sudafricano John Maxwell Coetzee, galardonado igualmente con el Nobel, gusta de colocar en los personajes de sus novelas sus propias inquietudes morales, y así lo hace en uno de sus trabajos más conocidos: “Dejad que lo diga claramente: estamos rodeados de una cultura de degradación, crueldad y muerte que rivaliza con lo que el Tercer Reich fue capaz de hacer, que, de hecho, lo empequeñece, por cuanto la nuestra es una cultura sin fin, que se autoregenera, trayendo al mundo sin cesar conejos, ratas, aves y ganado, con el único propósito de sacrificarlos”. En un sentido similar, el filósofo alemán Theodor Adorno expresa su desazón ante la tragedia cotidiana de los animales valiéndose de un campo de concentración como referencia. Así, afirma con indisimulada amargura que “Auschwitz empieza cuando uno mira a un matadero y piensa: sólo son animales”.
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© abril de 2010
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[*] Este artículo (o al menos su germen) fue censurado por el periódico El País, aunque –eso sí– aduciendo la burda excusa de la “falta de espacio”. Pasa mucho. No creo ser yo sospechoso de connivencia sumisa con ideología alguna (entre las comúnmente aceptadas, quiero decir), como bien saben quienes me conocen. Y por ello considero que lo reaccionario anida con absoluta comodidad tras cualquier ideario, sea rojo, azul o amarillo. El presente texto pretendía servir de mero complemento a otro que, firmado por una periodista de plantilla, criticaba en el citado diario el título elegido por un reportaje televisivo para abordar cierto tema de maltrato animal. Intenté por todos los medios posibles a mi alcance (conversaciones telefónicas incluidas) hacerles entender que lo que se vertía en el artículo publicado era cuando menos sesgado, y que por ello quizá fuera pertinente una versión complementaria. Simplemente me resultó imposible que aceptaran mi posición. Para quien desee ilustrase al respecto y sacar sus propias conclusiones, dejo la dirección del mencionado artículo:
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http://www.elpais.com/articulo/pais/vasco/comparacion/elpepiesppvs/20100222elpvas_14/Tes/
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lunes, 1 de marzo de 2010

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¡ESOS DEDITOS!

Seguro que nos pasa a todos, y por aquello de no querer exteriorizar nuestras intimidades lo callamos. Me refiero a la turbadora sensación de que ciertas personas, a pesar de no representar ya nada en nuestras vidas, parece que nos persiguieran sin descanso. Hablo de compañeros de estudios a los que creíamos haber dado el esquizado definitivo, y que te invitan a su círculo exclusivo de amiguitos a las dos horas escasas de tu incorporación al clan facebook, o familiares a los que dábamos por enterrados (al menos en sentido figurado, deseos aparte), pero que siguen felicitándote el cumpleaños, las Navidades y hasta el solsticio de verano. Y a esta cohorte habría que añadir por derecho propio a los políticos. ¿Quién se acuerda de Hernández Mancha, o de Isabel Tocino? Cumplieron su papel, mal o bien, y hasta otra. Pero hay otros que parecen resurgir de sus cenizas una vez tras otra y consiguen estar en el candelabro con pasmosa frescura. Acaso sea Aznar el ejemplo más palpable, y también el más descarnado. Este pequeño fascista (supongo que no se ofenderá por el epíteto si aceptó con una sonrisa gélida el de “asesino”) aparece como el Guadiana, a lo mejor porque nunca se acabó de ir del todo, y nos regala su apestoso aliento en el cogote. Ora por una conferencia en perfecto inglés en no sé qué supermegauniversidad americana, ora por unas declaraciones en su propia fundación (a ver quién le tose en campo propio). La cosa es salir por la tele y que hablen de uno, aunque sea bien, ya lo decía el otro. Y si hay que mandar a la mierda a alguien sin despeinarse –al parecer, imposible en el caso que nos ocupa–, pues se le manda. Al menos el gesto ha servido para que algunos nos enteremos de que hasta nombre tiene: peineta. Les juro que nunca había oído tal cosa hasta hace unas semanas. Y eso que los medios se han hinchado a poner imágenes de casos similares, porque la videoteca da mucho de sí desde la invasión de las tecnologías modernas esas. Deportistas, políticos, artistas varios… Todo el mundo con el dedito enhiesto, siempre más fino y discreto que un buen corte de mangas, desde luego. Pero faltaba un sector profesional en la colección de imágenes, ahora que lo pienso…

Quienes leen este artículo más allá de las fronteras vascas –de las actuales, me refiero– no sabrán de qué hablo, pobrines. Pero para eso estoy yo aquí, para ilustrarles sobre hasta qué grado llega el lameculismo –el procesador de texto me lo corrige, mas todo es cuestión de “agregar al diccionario”, ya saben, con el botón derecho– en este santo país. La cosa sucedió a apenas doscientos metros de mi propia casa, aunque no tuve ocasión de presenciarlo en directo, tal vez porque a un servidor, y además de la música militar, nunca le supo levantar tampoco la monarquía. Cada cual tiene sus manías y hasta sus fijaciones. Pues, como iba diciendo, el monarca no iba precisamente en loor de multitud subiendo la empinada cuesta de la Catedral Vieja, flanqueado por Señora y Lehendakari, éste con cara de circunstancias, como procedía por protocolo, porque aquí todo está estudiado. Entre curiosos a los que la caminata real les pilló en ese momento en plena salida a por el pan y alborotadores de la izquierda radical, allí no habría ni trescientas almas. Y hete aquí que Juan Carlos de Borbón y Borbón y no sé cuantos Borbones más, en un gesto popular por entendible, dispara su dedo corazón –él para esto de las emociones siempre fue muy mirado– y se lo regala a quienes le abuchean con toda sinceridad. El Rey de España mandando a la real mierda al grupete de independentistas vascos, a quienes con sumo gusto me hubiera unido si de exigir independencia de tan Magna Institución se hubiera tratado.
Pero la peculiar imagen apenas ocupó unos segundos en el telediario de la televisión autonómica –eran otros tiempos–, y la escenita quedó ahí. Y en el disco duro de miles de ordenadores personales, justo es decirlo también, así como en la famosa “red de redes”. Si no me creen, no tienen más que entrar en mi blog, bien fácil lo tienen.

Pues esto era lo que traía hoy a colación (¡les parecerá barro!): un escenario donde no todos somos iguales (ni de lejos), a pesar de la monserga esa de la Constitución que todo lo iguala y que se supone riega el país de democracia hasta sus más recónditos parajes. Allá cada cual si se lo traga con el zumo del desayuno como si fuera una pildorita. ¿Y ahora qué? ¿Nos dedicamos con cruel fruición a linchar al del bigotito inane mientras dejamos que el de la corona se vaya de rositas, o cómo hacemos? Que me lo expliquen, si no es mucha molestia, porque soy el primer interesado en conocer las razones exactas por las que hay que colgar de las orejas a unos (presidentes que lo fueron) y pasar de puntillas por idénticas miserias en el caso de otros (reyes que lo son y que al parecer piensan seguir siéndolo por los siglos de los siglos). Nunca creí que pudiera yo verme aquí, sentado ante la pantalla de mi portátil un sábado por la tarde, escribiendo un texto del que pudiera desprenderse que solicito un desagravio público para Aznar. Lo que hay que ver. Pero, con todo, lo que más me enerva es el hecho de que alguno que otro se habrá embolsado ya una pasta gansa por lo mismo que yo hago gratis total, y no me quejo. No se quejen ustedes tampoco.
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© marzo 2010
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jueves, 18 de febrero de 2010



RACISMO FICTICIO
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Se hacía público hace poco el enésimo estudio sobre racismo y xenofobia (acaso dos caras de la misma moneda) en nuestro ámbito geográfico, y a uno le asaltan ya a estas alturas serias dudas sobre si en según qué trabajos de investigación los resultados están decididos antes incluso de su elaboración. Porque no se entiende la absurda manía que nos ha cogido con esto de que somos racistas. (Los blanquitos europeos respecto a los morenitos venidos de fuera, entiéndase, pues al parecer resulta ontológicamente imposible ser emigrante y xenófobo: valiente idiotez).

A mí lo que me inquieta sobremanera es la insultante relajación con la que admitimos nuestra supuesta naturaleza racista, a pesar de que tal condición supone en la práctica una de las formas más repugnantes de injusticia de la que pueda acusarse a la comunidad humana. Mas la cuestión de fondo pasa también por ver si en realidad somos tan racistas como afirman los estudios, o incluso si lo somos en algún grado. Yo, sin ir más lejos, no atisbo por ningún lado ese racismo del que se nos acusa. Y soy consciente de que esta mera percepción me convierte a los ojos de no pocos intelectuales oficiales –de los que cobran por serlo, quiero decir– en el peor de los reaccionarios, cuando no directamente en facha. Pero tampoco me voy a cortar las venas por ello, como podrán comprender. Es lo que hay.
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Cuando se debate sobre cuestiones importantes –y el racismo lo es como pocas–, conviene dejar sentado de qué estamos hablando: qué entendemos por “racismo”, en otras palabras. Imagino que quienes tenían vetada la entrada a determinadas playas en la Sudáfrica de no hace tantos años, o aquellos que no podían cursar estudios en la Norteamérica de los años sesenta, se estarán partiendo la caja ante el “terrible” racismo que al parecer se estila por estos lares. ¿Conocen ustedes a alguien que impida la entrada de nigerianos, de magrebíes, de sudamericanos, de finlandeses, en su establecimiento? ¿Alguien al que se le niegue la matrícula en la escuela por el color de su piel o por su adscripción cultural? ¿Saben de algún vecino molesto por el ruido que arman los inquilinos de arriba, encantado de la vida con idéntico estruendo tras enterarse de que los gamberros, en lugar de aceitunados y extranjeros, son rubios y locales? Yo tampoco. Ni los políticos que se abonan al discurso conveniente y a quienes un micrófono abierto les juega una mala pasada. Ni los periodistas que, bajo nómina, escriben una cosa y piensan otra bien distinta, de algo hay que vivir. ¿Creen los responsables de estos estudios amañados que vamos a sentir repugnancia moral hacia quien rebana el clítoris a su hija “sólo” porque es islamista? Nos han tomado por imbéciles. Quizá porque de verdad somos imbéciles.

Urge en consecuencia acuñar una definición consensuada del término racismo, no vaya a ser que estemos emitiendo juicios dispares y hasta antagónicos sobre un mismo fenómeno y todos tengamos razón. Y quiero suponer que tal absurdo no procede, pues entiendo que la verdad sigue siendo, en principio y sin otras connotaciones periféricas, siempre deseable.
El racismo como puesta en práctica de una discriminación arbitraria se nos presenta tan condenable, que flirtear con él –verlo donde no existe– resulta harto preocupante. ¿Se han preguntado alguna vez por qué los antropólogos eluden de manera sistemática la cuestión del racismo? Yo sí, y he de confesar que no encuentro una respuesta que me satisfaga. (Lo que no significa que no deba seguir preguntándomelo, nótese la diferencia). Ellos prefieren hablar de “etnocentrismo”, hasta donde yo sé, una práctica comunitaria no escrita tan antigua como la propia Humanidad. Y tal vez lo sea por lo eficaz que siempre resultó a la hora de defender los intereses propios: pura y jodida supervivencia. Creo que quien más quien menos se aliaría con el mismísimo diablo si ello beneficiase a todas las partes. ¡Sólo faltaba! Pero considero a la par que la papilla de la dichosa “alianza de civilizaciones” es un trágala por el que una razonable mayoría no está dispuesta a pasar. Y no percibo estar precisamente solo en tan particular apreciación. De lo contrario, ya me explicarán ustedes la razón por la que habríamos de condenar el ahorcamiento público de ladrones o la lapidación de adúlteras, con independencia de la comunidad cultural donde tengan lugar.

Hemos acabado asumiendo con pasmosa naturalidad que los occidentales (no se me ocurre otra acotación) somos racistas por naturaleza, mientras que las otras comunidades únicamente pueden ser víctimas de nuestras miserias culturales. ¿De verdad nos hemos tragado que las demás razas están vacunadas contra tan detestable sesgo? ¿Por qué entonces esos estudios ni osan sugerir que la tara racista puede darse por igual en cualquier comunidad política, sea local, inmigrante, negra, blanca o amarilla? Demasiada gente vive en nuestra sociedad del racismo ficticio. Los responsables de tales estudios saben que el diagnóstico está hecho antes siquiera de perfilarlo, antes lo decía. Las Administraciones saben que decir ciertas obviedades contraviene el decálogo de lo políticamente correcto. Como bien lo saben determinados colectivos civiles que se encuentran cómodos en la ramplona afirmación del “sí, somos la mar de racistas”. Y no les va tan mal.
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© febrero 2010
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