miércoles, 19 de febrero de 2003


DE ABANDONOS
Y OTRAS CANALLADAS
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Incluso aquellas personas para quienes la sensibilidad hacia el sufrimiento animal no representa una cuestión prioritaria (tal vez ni siquiera importante), recordarán el cartel en el que un perrazo, en medio de una carretera, nos miraba acusador hace década y media, acompañado del lema “Él nunca lo haría”.
Aquella exitosa campaña publicitaria nos hizo albergar esperanzas respecto a uno de los comportamientos humanos más mezquinos y cobardes: el abandono de nuestros animales. Realmente parecía obvio que, a partir de entonces, la costumbre de dejar a su suerte al Toby de turno estaba condenada a desaparecer. Cometimos una dolorosa equivocación.

El pasado año la cifra de abandonos no fue significativamente distinta a la que se producía a comienzos de los ´80. Estableciendo una comparación con aquella época, la sensibilidad social hacia los animales que hemos elegido como compañeros (conocidos coloquialmente con la egoísta etiqueta de “animales de compañía”) ha aumentado. Los gatos y perros que tienen la suerte de tener un hogar y que ven cubiertas sus necesidades básicas, tanto físicas como emocionales, llevan sin duda una existencia plena. Y, sin embargo, paralela a esta prometedora realidad, convive en cruel armonía la estadística de los cuatro animales diarios que son sacrificados cada día en Gasteiz, por la sencilla razón de que nadie quiere hacerse cargo de ellos. Se trata de animales en muchos casos jóvenes, sanos, rebosantes de energía, dispuestos a compartir sus afectos y alegrías con el primero que pase a su lado, pero que sufrieron la fatalidad de vivir con un miserable que acabó entregándolos al Centro de Protección de Armentia (curioso eufemismo para un lugar que en la actualidad no pasa de ser un simple centro de exterminio).

¿Qué ha sucedido? ¿Cómo se puede conjugar esa mayor sensibilidad de la ciudadanía con los demoledores datos de abandonos y sacrificios? Parte de la respuesta podemos hallarla en la concepción mercantilista que todo lo impregna, y que ha alcanzado, como no, también a los animales. Nuestra idea del Estado del Bienestar nos induce a adquirir perros y gatos de raza, a pagar cifras astronómicas a profesionales cuyo único interés empieza y acaba donde lo hace la rentabilidad del negocio. Los consumidores que actúan de esta manera no pueden ser tildados de crueles, pero sí de poco reflexivos, cuando no directamente de egoístas. Cada vez que se paga dinero por un animal de compañía (aceptemos el término por cuestiones prácticas) se condena a otro a la miseria, al sufrimiento y, con toda probabilidad, a la muerte.
Un segundo factor que aporta luz al fenómeno del abandono lo encontramos en la frívola costumbre de hacer procrear a nuestros animales por simple capricho. A menos que obedezca a cuestiones terapéuticas, tal comportamiento constituye una grave irresponsabilidad moral, a tal punto que, si sumásemos los animales que cada año nacen como consecuencia de una adquisición comercial o de apareamientos inducidos, comprobaríamos que constituyen buena parte del problema. Si en lugar de decantarnos por una de estas dos opciones tomásemos la decisión de adoptar un animal necesitado, el fenómeno se vería reducido a la mínima expresión. La realidad se nos muestra tozuda en este aspecto, y comprobar que es así y no de otra forma produce una sensación intermedia entre la rabia y el desencanto, máxime si tenemos en cuenta que estamos hablando de nuestros animales favoritos, en el caso concreto de los perros, a los que incluso hemos otorgado el título oficioso de “mejor amigo del hombre”.

La lista de atrocidades a los que sometemos a los animales emocionalmente más cercanos es interminable. Un abanico de miserias que produce náuseas. Muchos galgos acaban colgados de un pino cuando ya no corren lo suficiente tras la liebre, o son vendidos a laboratorios que todavía les exprimirán su último aliento. Millones de perros permanecen atados de por vida, condenados a la eterna frustración de una cadena y de un entorno apestoso. Alguien dijo que si quisiéramos hacer algo especialmente perverso a un perro, no lo mataríamos a palos; lo mantendríamos atado a perpetuidad. Hasta los veterinarios utilizan una expresión mediante la que se refieren a ellos como “perros de puerta”. Ni siquiera la mutilación ritual de los del albergue de Reus fue motivo suficiente para que nuestros políticos se decantaran por un endurecimiento de las penas. Postura que sí adoptan ahora, unilateralmente, a pocos meses de las próximas elecciones, en una decisión que resulta muy difícil no identificar con la típica triquiñuela electoral. La Administración permite el abandono legal en los Centros de Acogida. Usted mismo tiene la posibilidad de dejar mañana al gato con el que ha compartido los últimos doce años, y nadie le preguntará nada. Se vuelve a su casa moralmente lleno de mierda, pero con la seguridad de que puede seguir con su vida como si nada hubiera sucedido.
Cada día surgen nuevas modalidades de las que, en algún grado, hacemos víctimas a nuestros animales de compañía. Las aparentemente inofensivas carreras de trineos exponen a sus protagonistas a un esfuerzo límite, dentro de un marco en el que la competición y la obsesión por ganar imponen sus propias reglas. Quien no rinde al máximo, es retirado del circuito. Lo que en este contexto significa “retirado”, es algo que dejo a la pericia intelectiva del lector. Conozco a uno de estos perros al que solo la paciencia infinita de su compañero humano ha devuelto, tras varios años, un mínimo equilibrio emocional y la consiguiente capacidad para disfrutar de la vida. Y qué decir de los gatos, quienes parece que jamás se van a liberar del estigma ancestral que les atribuye todo tipo de maldades. Una rápida visita a las páginas animalistas de la red se torna en un viaje al infierno: gatos escaldados, mutilados, asesinados, abandonados. Se trata de animales tan fieles a su entorno afectivo que difícilmente se adaptan a uno nuevo, por lo que el porcentaje de los que encuentran un nuevo hogar es mínimo.

Así las cosas, parecería que poco más se puede añadir a la colección de mezquindades que arrojamos sobre, por ejemplo, los perros. Nos equivocamos otra vez. Además de todo lo expuesto, aún se les puede satanizar, como han hecho los medios de comunicación a raíz de algunos lamentables sucesos en los que animales concretos han agredido a personas, en algunos casos con fatales consecuencias. Se trata, sin embargo, de circunstancias puntuales, en las que el comportamiento del animal está supeditado a un dueño irresponsable, que ve al perro no como su compañero, sino como un elemento intimidatorio.
Los medios informativos, condicionados tal vez por el techo que establece la competencia, se lanzaron a la busca y captura de cualquier noticia que tuviera como protagonistas un perro y una persona mordida, dando como resultado la creación de un estado de psicosis ficticio pero devastador. Cientos, probablemente miles de perros cuyo único delito era pertenecer a una raza determinada, fueron abandonados por sus dueños, convencidos de que tenían en casa un asesino en potencia que tarde o temprano acabaría con toda la familia. Como era de esperar, el gobierno aprobó raudo la normativa de turno, a modo de blindaje moral ante futuros reproches de los ciudadanos, de los que a partir de ahora se podrá zafar con un lacónico “nosotros ya hemos hecho lo que estaba en nuestras manos, el resto es casuística”.

Aunque la gente asocia el acto de abandonar animales con aquellos a los que emocionalmente estamos más unidos, la visita a un centro de acogida nos mostrará que casi cualquier especie es susceptible de ser víctima de la crueldad humana: burros, cabras, caballos... Cualquier ente zoológico que sobreviva bajo la tutela humana puede pasar a engrosar esta macabra lista. Por eso, no sería justo terminar esta exposición sin mencionar los que podríamos llamar “abandonos olvidados”, y cuyos protagonistas vienen de otra situación en la que también son tratados como meras mercancías. Se trata de los animales considerados “exóticos”. Adquiridos en un acto irreflexivo y muchas veces extravagante, serpientes, ratones, aves de todo tipo, tortugas, arañas, ranas y un sinfín de seres cuyo principal atractivo radica en no pertenecer a especies comunes, acaban sus días en el cubo de la basura tras sufrir una lenta agonía, en el retrete (no hay nada como tirar de la cadena para hacer desaparecer el problema), o abandonados en el medio natural, donde con toda probabilidad se creará un desequilibrio ecológico del que se responsabilizará después a esos mismos animales, y a los que la administración mandará eliminar tras colocarles la etiqueta de “especies invasoras” y presentarlos en sociedad como auténticos monstruos.

En nuestras manos está que el holocausto diario que sufren millones de animales acabe convirtiéndose en una vergüenza del pasado.
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© febrero 2003
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martes, 28 de enero de 2003


POR LOS CERDOS

Con frecuencia se nos pregunta el motivo por el cual los humanos admitimos que deben tratarse con respeto a unos animales, mientras no sentimos la más elemental compasión por otros. Parece claro que tal actitud obedece a la “categoría” que les hemos asignado a lo largo de nuestra historia ética, el status moral del que gozan, o habría que decir en este caso que sufren. Así, pocos de nuestros conciudadanos justifican los malos tratos a los perros o a las aves rapaces. Los primeros llevan desde tiempo inmemorial la etiqueta de “amigos”, y las segundas han pasado de ser alimañas (por cuya muerte la administración pagaba dinero hasta no hace muchos lustros) a animales con valor ecológico a los que no se puede molestar bajo ningún concepto. Vemos como, en consecuencia, algunos siempre han sido dignos de un cierto respeto, y otros lo han conseguido tras una ardua tarea educacional.
Lamentablemente, la mayoría de los animales no humanos a los que obligamos a convivir cerca de nosotros no pertenecen a ninguna de estas dos categorías, y, en consecuencia, siguen cargando con el estigma de “animales-recurso”, negándoseles cualquier tipo de derecho básico, como los concernientes a la vida y a la integridad tanto física como emocional. Y, en este plano, los cerdos desempeñan el citado papel como pocos.

Estamos, en efecto, ante un ser que no despierta simpatía afectiva alguna, una y mil veces satanizado, ridiculizado hasta el hastío, a tal punto que su defensa provoca desconcierto, mofa y hasta indignación, por este orden. Sin embargo, cualquiera de las docenas de miles de cerdos que electrocutamos cada día tras haberles condenado a una vida miserable, podría haber sido un perfecto compañero de juego si se le hubiera dado esa oportunidad, tal y como hacemos con nuestros perros y gatos. Aunque a muchas de las personas que leen esto tal cosa pueda parecerles extravagante, a los cochinos les gusta que les rasquen la panza como a cualquier hijo de vecino, corretear por un prado persiguiendo olores, o tumbarse a descansar a la sombra, al sol, o básicamente donde les salga del hocico, que para eso tienen la misma capacidad de elegir entre diferentes opciones, igual que usted y que yo. Pues sí, resulta que los despreciados cerdos son tan animales, tan vertebrados y tan mamíferos como cualquiera de nosotros, con las mismas terminaciones nerviosas y el mismo interés en no ser agredidos. Sorprendente, ¿verdad? En realidad, no debería serlo tanto, a no ser que, por el peregrino hecho de ser cerdo en lugar de político (les aseguro que no he querido hacer con ello ningún chiste fácil), nos creamos legitimados para considerarlos enseres insensibles en lugar de individuos con intereses propios. Si alguien sufre de manera gratuita, no hay excusa para volver la cara y dejarlo en manos de su verdugo, independientemente de la especie biológica a la que pertenezca la víctima.
Lo que hacemos a diario con los cerdos, encerrándolos de por vida en pocilgas infectas, no permitiendo siquiera que se relacionen entre ellos, frustrando a perpetuidad todas sus necesidades físicas y afectivas, o tratándolos como simples masas de carne sin ningún valor que no sea el económico, constituye uno más de los crímenes abyectos que la sociedad humana comete a diario con los demás animales. Es, digámoslo claramente, un acto de agresión institucionalizada en el que la mayoría de la sociedad participa en algún grado.
En esta línea, resulta patética (y al mismo tiempo ilustrativa) la autocomplacencia de mucha gente, satisfecha consigo misma por condenar la violencia doméstica (malos tratos en el entorno afectivo), política (terrorismo) o cultural (racismo, homofobia), mientras admiten impasibles la más atroz de las violencias que existe en nuestra sociedad: la que ejercemos sobre los animales.

Cuando estos días se exhiben y hasta se descuartizan en público individuos cuyo único delito ha sido nacer cerdo en lugar de lince ibérico, no hacemos otra cosa que poner en práctica la forma de discriminación más devastadora que hemos inventado: el especismo.
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© enero 2003
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viernes, 4 de octubre de 2002



LOS ANIMALES PRIMERO
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Entre todos los argumentos que se vierten contra la idea de la concesión de derechos básicos a los animales, destaca probablemente aquella que podríamos etiquetar como la de “los humanos están primero”. Con esta manida sentencia parece condenarse a los animales a una especie de eterna sala de espera de donde no saldrán mientras existan hombres y mujeres con problemas.
En el Día Internacional de los Animales que hoy se celebra merece la pena detenerse por un momento en la afirmación antes citada, pues encierra toda una declaración de principios morales que bien podríamos obviar si no fuera por las devastadoras consecuencias que su puesta en práctica tiene para las víctimas.

En primer lugar cabe preguntarse por el tipo de situación en la que supuestamente deberíamos dar prioridad a los intereses humanos respecto a los de los demás animales. Quien recurre a tal sugerencia, ¿se refiere a circunstancias extremas que nos obliguen a optar por salvar a unos sacrificando a otros? ¿Tal vez piensa en un naufragio, un terremoto o en la ocupación de un refugio nuclear sin cabida para todos? Lo cierto es que, aunque éste fuera el caso, lo razonable sería salvar la vida de aquellos seres con los que uno tiene un vínculo emocional más acentuado, independientemente de cuestiones tales como el sexo, la edad o la especie biológica. Solo un degenerado abandonaría a su suerte al gato con el que lleva años conviviendo para socorrer a un niño al que ni siquiera conoce. Reprochar tal actitud a alguien sería tan injusto como hacer lo propio con la madre que, ante la tesitura de tener que optar por la vida de cien bebés desconocidos y el suyo propio, optase por esto último. El mundo de las emociones y del afecto nada tiene que ver ni con la ciencia ni con la clasificación taxonómica.
Y es aquí donde la argumentación se cae por su propio peso, puesto que el entorno en el que habitualmente infligimos malos tratos a los animales no responde a situaciones límite como las descritas, sino a otras que obedecen a cuestiones tan triviales como nuestras preferencias gastronómicas, culturales o de ocio. Agredimos a los animales porque no nos tomamos en serio sus intereses, como hacemos con los nuestros. Se trata en realidad de un acto de egoísmo extremo.

Un segundo área de reflexión nos llevaría a tener en cuenta elementos éticos como la inocencia de la víctima y la indefensión de la misma. Ambas situaciones son aplicables de lleno a los animales objeto de malos tratos. En tal sentido, mientras cualquier juez consideraría hechos agravantes tales circunstancias si tuvieran como protagonistas a seres humanos, simplemente no se tienen en cuenta cuando la víctima no es humana.

La cruda realidad es que defender la idea de que “los humanos están primero” equivale, en un plano moral, a hacer prevalecer los derechos del verdugo sobre los de la víctima. En consecuencia, y en el debate que nos ocupa, debemos afirmar sin ningún tipo de titubeo: los animales primero. Se trata de una cuestión de pura decencia moral.
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© octubre 2002
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sábado, 7 de septiembre de 2002


EL CRIMEN DE TORDESILLAS
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Puede que el título no sea demasiado original, pero al menos es deliberado, en un deseo consciente de recordar la famosa película (El Crimen de Cuenca) que relataba la tortura infligida a unos inocentes a manos de la Guardia Civil, el cuerpo policial del Estado por excelencia durante décadas. Seguramente debido a crueles paradojas que solo pueden darse en una sociedad intelectualmente narcotizada y éticamente en avanzado estado de descomposición, el mismo cuerpo que arrancaba las uñas a aquellos pobres analfabetos, se encarga hoy de salvaguardar el derecho de los ciudadanos de Tordesillas a clavar toda suerte de objetos punzantes en el cuerpo de un individuo (toro, en este caso) al menos tan inocente como los desgraciados del citado largometraje.

Bajo el grosero pretexto de la tradición y la cultura (como si ambas fueran en sí mismas legitimadoras de la violencia gratuita), la localidad vallisoletana se dispone, doce meses después, a llevar a cabo lo que, en realidad, no es más que el linchamiento público de un ser indefenso. Morenito sufrirá el acoso de docenas, cientos de personas enardecidas por hacer cumplir la sacrosanta tradición. Respetables padres de familia que educan a sus hijos en valores como la solidaridad y el respeto al semejante, mujeres que vinculan su igualdad social a la participación en la fiesta, y candorosos niños que dibujan animales sonrientes en el colegio. Los mismos padres y madres que ponen exquisito cuidado en no taladrarse la mano mientras hacen sus pinitos con el bricolaje casero, las mismas mujeres y hombres que usan el preceptivo dedal para no pincharse mientras bordan el anagrama de la Peña de turno, los mismos niños que lloran desconsolados cuando, por descuido, se grapan un dedo en clase. En muchos casos, se trata de las mismas personas que se reúnen en la plaza del pueblo para condenar otras variantes de la violencia unilateral humana, canalladas como el terrorismo político o doméstico. Ellos y ellas, que se espantan ante el sufrimiento propio, ejercen impasibles el papel de verdugos en una escandalosa ejecución sumaria.

Hastiado estoy (aunque todavía no lo suficiente) de repetir que no existe un sufrimiento “animal” y otro “humano”. Que solo existe el sufrimiento, la terrible experiencia del dolor. Y que tan indeseable resulta ésta para unos como para otros, sin que cuestiones como la especie biológica a la que pertenece la víctima aporte al debate nada importante.
En una sociedad éticamente decente, los ciudadanos y ciudadanas de Tordesillas serían detenidos por las mismas fuerzas del orden que ahora garantizan el buen discurrir del festejo, conducidos ante el juez, y condenados a penas severas por crueldad con agravantes. Pero éste es un país donde determinadas versiones del crimen organizado han sido elevadas al rango de Cultura, en el que la Administración se erige en garante de la tortura pública. El mismo país donde muchos políticos actúan como valedores de la agresión institucionalizada, y los medios de comunicación sirven de pilares para la propaganda y la loa.
Solo un ingenuo radical puede creer a estas alturas que el Estado español ha abolido en la práctica la pena de muerte, por el mero hecho de que esté penado por la Ley la ejecución de seres humanos.

Mientras Tordesillas mancha un año más su cerebro y su corazón de sangre inocente, desde el movimiento animalista seguiremos denunciando estos crímenes execrables, con la esperanza de que, tal vez en un futuro no muy lejano, alguien decida rodar una película cuyo título ya pueden imaginar, y que nos avergüence a todos de un pasado plagado de miserias morales.
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© septiembre 2002
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viernes, 5 de julio de 2002


COREA SOMOS TODOS

Muchos amantes de los animales pasan tranquilamente la tarde en el zoo o van al circo. Otros amantes de los animales exóticos encierran en vitrinas a serpientes, iguanas etc. Los hay que dicen adorar a los toros y observan como se les tortura sin piedad hasta la muerte. La última de las extravagancias y contradicciones derivadas del especismo más absoluto es pasar una jornada con nuestro "amigo" el caballo y terminar la jornada… ¡comiendo carne de caballo!. Eso si que es adoración y respeto. Acaba de ocurrir en la pequeña localidad alavesa de Ondategi el domingo pasado, en la VII cita dedicada al caballo. Sería deseable que, a partir de ahora, los concursos y exhibiciones de perros terminaran también saboreando la deliciosa y baja en colesterol carne de can. Al fin y al cabo, Corea somos todos.
Así, el pasado domingo, los caballos se convirtieron en el centro -léase víctimas- de una jornada en que hubo de todo: exposición ganadera, prueba de salto de obstáculos, exhibición de volteo, ramaleo destinado a niños... y degustación de 1.200 raciones de carne de potro.
La parafernalia y el folklore que rodea a este tipo de espectáculos, así como el posible negocio, pasan a ser el elemento más importante de la cuestión, dejando en un segundo plano a los verdaderos protagonistas de las pruebas hípicas y ecuestres. Nos referimos a los caballos, que son, además de protagonistas, las víctimas en que se basa todo el espectáculo. La explotación a que se somete a los caballos es una manifestación más de la violencia que el ser humano ejerce de forma sistemática y arbitraria sobre el resto de especies animales, en lo que constituye un especismo brutal de terribles consecuencias para las víctimas. Aunque en el mundo de la hípica el escaparate puede parecer muy vistoso y atractivo, la trastienda esconde otra realidad.
¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué corren los caballos de carreras?. La pregunta puede resultar estúpida, pero no lo es. No es natural que los caballos corran largas distancias a toda velocidad. Para comprender la conducta de los caballos de carreras hay que tener en cuenta cómo viven. Quienes sólo los ven en el hipódromo no tienen ni idea de la vida tan espartana que son obligados a llevar. Cuando no están corriendo, pasan la mayor parte del tiempo encerrados en cuadras individuales. Esto les produce una intensa sensación de frustración. Los caballos no disfrutan en absoluto corriendo a velocidades extremas, saltando obstáculos o dando vueltas y vueltas en un circuito. Es una obligación impuesta por el hombre con fines recreativos y económicos de forma contraria a la naturaleza de estos animales; además, esa utilización abusiva entraña para ellos graves riesgos y, en muchos casos, un gran dolor y sufrimiento. Una cosa es que a estos animales les guste correr, y otra muy distinta es someterles a pruebas de resistencia y velocidad.
Todo ello se presenta como una actividad bonita y atractiva donde los caballos van a ser los protagonistas, pero solemos olvidar que este tipo de espectáculos, en realidad, son una moneda de dos caras. En las pruebas hípicas, tras un riguroso entrenamiento, se busca el máximo rendimiento del animal para conseguir el preciado trofeo y, por supuesto, el importe del premio, olvidando que, a causa del terrible esfuerzo al que se les somete, los caballos terminan muchas veces extenuados, con colapsos, golpeados por las caídas o con alguna extremidad rota. Gran cantidad de caballos dedicados a la competición deben ser sacrificados en plena juventud o terminan sus días de forma terrible en un matadero para carne. Además, el uso habitual –y tantas veces incorrecto y abusivo– de ciertos complementos necesarios para estas actividades (freno, espuelas, fusta, correas, silla de montar...) pueden provocarles golpes, heridas, roces o peladuras.
El freno es un objeto extraño que se introduce a la fuerza en la boca del animal y es tensado por las riendas. El freno árabe y español, de hierro, tiene un espigón que golpea contra el paladar hasta que se entierra en él. Las espuelas tienen como única finalidad azuzar al caballo haciéndole daño... En cuanto a la silla de montar, si no tiene una forma y consistencia adecuadas a la espalda del animal, le puede ocasionar heridas o peladuras. Por otra parte, la silla se mantiene en su lugar con una correa que, con frecuencia, se aprieta tanto que dificulta la respiración del animal. Y del uso de la fusta o el látigo –bastante habituales, por cierto–, creemos que no hace falta hacer comentarios.
Unidas al uso incorrecto de estos complementos, hay en la equitación una serie de prácticas que también hacen sufrir a los caballos: Teniendo en cuenta que en los picaderos y centros hípicos, como en todo negocio, la búsqueda del beneficio económico es fundamental, los animales se encuentran en muchos casos expuestos a jornadas de trabajo excesivamente largas o se les deja poco sitio para descansar, con el fin de aprovechar mejor el espacio disponible.
El caballo es, posiblemente, el animal que más ayuda ha prestado para el progreso del hombre: lo hemos utilizado como medio de transporte de personas y mercancías durante siglos y siglos, ha sido un arma importante en las guerras y su carne ha constituido un alimento más. Pero, precisamente por eso, su historia es, seguramente, la de uno de los animales más explotados de todos. En mi opinión, fomentar la equitación, la hípica y el turismo ecuestre supone un negocio en auge que puede contribuir a perpetuar esa explotación.
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© julio 2002
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viernes, 30 de noviembre de 2001


BARRY

Me viene a la cabeza una tira supuestamente cómica en la que puede observarse a un nuevo inquilino del infierno, recién llegado al eterno mundo del dolor. Escoltado por dos diablos que le conducen a sus aposentos, avanza compungido en un entorno dantesco. Llamas por doquier, seres encadenados y sufriendo las más terribles condenas. Pero al protagonista le llama la atención una especie de trampilla que parece conducir a un lúgubre sótano, y supone que debe tratarse de un apartado especial para individuos particularmente malvados. Perturbado y confuso, pregunta a sus acompañantes por el tipo de personas que acoge aquel horrendo agujero. En seguida obtiene una lacónica respuesta: “es el lugar destinado a los que maltrataron animales”. La escenificación ilustra un aspecto imprescindible a la hora de analizar el fenómeno de la violencia gratuita. Esta se hace aún más perversa cuando se ejerce sobre seres inocentes y vulnerables.

Por pura correspondencia, y si al final resulta que la absurda idea del cielo existe, Barry Horne debe tener reservado allí un rincón paradisíaco. Mientras medio país vibraba con el fútbol o pasaba indolente la tarde del domingo, Barry agonizaba en el hospital de Worcester, a donde fue conducido desde la prisión donde cumplía una condena de 18 años por atentar contra los intereses de diversas empresas explotadoras de seres inocentes. Barry simplemente actuó como debería hacerlo la propia policía si viviéramos en una sociedad éticamente decente. Pero la ideología dominante en la actualidad solo concede derechos elementales, al menos en teoría, a todo aquel que acredite pertenecer a la especie humana, relegando a la práctica totalidad del resto de seres sensibles al status de individuos-objeto, legitimando en consecuencia su explotación masiva, en lo que constituye un holocausto de proporciones gigantescas.

Lo repetiré una vez más. Ninguna otra actividad humana consciente genera tanto sufrimiento gratuito como la agresión organizada a ese grupo ficticio al que llamamos “animales”. Si la afirmación que acabo de hacer no responde de manera rigurosa a la verdad, los animalistas mereceríamos el escarnio público, perecer quemados como herejes en la plaza del pueblo. Pero si encierra algo, solo algo, de cierto, nos encontraríamos ante un escándalo moral sin precedentes. Y me temo que ambas cosas son incompatibles.

No conocía personalmente a Barry, pero intuyo que no podía ser muy diferente a tantos y tantos ciudadanos anónimos que luchan contra la esclavización de los cerdos en las granjas-factoría, contra la cadena perpetua de los elefantes en los circos, contra la pena de muerte de los toros en la plaza o contra la tortura de los cobayas en los laboratorios. Se trata de auténticos revolucionarios en la sombra, orgullosos de militar en el movimiento de reforma moral más importante que haya existido jamás. Yo los he visto pertrechados de armas letales para conciencias mezquinas: folletos, pegatinas y mesas informativas en la calle.
Desde mi más absoluta ingenuidad, deseo que el autosacrificio de Barry sirva para dignificar la ideología animalista. Él ya lo ha dado todo. Ahora nos toca a nosotros.
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© noviembre 2001
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lunes, 8 de octubre de 2001


UN CRIMEN INACEPTABLE
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Con toda probabilidad se ha idealizado en exceso el papel del cazador-pescador humano en épocas pasadas. Para nuestra mente fantasiosa, resulta más seductor imaginar a grupos de rudos varones persiguiendo y dando muerte a grandes animales que a apacibles familias recolectando bayas en los márgenes de un río o compartiendo cadáveres con otras especies carroñeras. Supongo que esta visión literaria de nuestro pasado es un tributo a nuestra prepotencia y al papel dominante que nos empeñamos en ejercer.
De cualquier forma, uno de los aspectos más ilustrativos y preocupantes de esta fase evolutiva es encontrar la razón por la que, cuando las comunidades humanas se hacen ganaderas y convierten en “almacenable” al ganado que les sustenta, siguen persiguiendo y matando animales. La respuesta, por fatalista que pueda parecer, hay que buscarla en esa ancestral y maldita tendencia de los seres humanos a agredir a los demás, incluso en situaciones objetivamente evitables. Porque ése es, a mi juicio, el punto crucial del debate teórico sobre la caza y la pesca deportiva. ¿Se trata realmente de actividades necesarias, tal y como argumentan sus partidarios? Por cierto, ¿qué entendemos por necesaria? En un plano ético, que es el terreno en el que los animalistas nos movemos, solo es estrictamente necesario aquello que responde a nuestras necesidades primarias básicas y que no puede obtenerse por otra vía. No es el caso de la caza y la pesca. Noventa y siete de cada cien vascos no matan animales por diversión, lo que induce a pensar que podemos sublimar ciertos tipos de violencia unilateral sin mayores problemas.

La verdad es que no existe un solo argumento coherente entre los utilizados por quienes justifican ese crimen masivo al que eufemísticamente denominan arte cinegético. Expresiones como “gestión del medio natural” o “aprovechamiento de los recursos” apenas consiguen maquillar lo que en realidad no pasa de ser una masacre perpetrada por pistoleros con licencia para matar. El lenguaje tecnicista al que recurren sus ideólogos esconde en el fondo una actitud mezcla de arrogancia, de egoísmo y de desprecio hacia el sufrimiento ajeno. Sería más honesto por su parte legitimar estas agresiones desde una posición antropocéntrica que tratar de buscar argumentos propagandísticos con los que distraer la conciencia de la opinión pública.
La caza y la pesca deportiva violan los derechos más elementales de seres sensibles, en particular los que hacen referencia a la vida y a la integridad física y emocional. Así, en esta temporada que empieza cientos de miles de individuos inocentes (cifras para la CAV) serán perseguidos sin piedad, tiroteados, o muertos por asfixia en el caso de los peces. Seres cuyo único “error” ha sido nacer perdiz en lugar de águila imperial, conejo en vez de lince ibérico, o una mierda de trucha en lugar de un espléndido delfín. Se destruirán familias (muchas especies forman parejas estables de por vida y para ellos la pérdida de su pareja constituye una auténtica tragedia). Un buen número de individuos agonizará en los ribazos, desangrándose hasta que mueran por estrés, gangrena o inanición. Y todo debidamente autorizado por la Administración, con la inestimable cobertura propagandística de los medios informativos, y la trágica pasividad de buena parte de la opinión pública. En una sociedad éticamente decente, los responsables de esta matanza serían detenidos, llevados ante un juez, y condenados por agresión o por incitación a la violencia. Pero la comunidad humana actual ve a los animales como meros recursos lúdicos susceptibles de ser explotados por simple capricho.
También en el tema de la pesca y la caza hay efectos colaterales. Otros animales son utilizados como simples instrumentos (perros, hurones, aves rapaces, reclamos), o aquellos que, aún vivos, son ensartados en el anzuelo, mientras el que los manipula pone exquisito cuidado para no pincharse. Todos ellos son tratados con una brutalidad chapucera, intercambiados y sustituidos una vez tras otra cuando no responden a las expectativas creadas.
Quienes afirman que actividades como la caza y la pesca deportiva resultan imprescindibles para el equilibrio ecológico no han explicado todavía cómo se las arreglaba el planeta antes de aparecer sobre su faz los domingueros de la caña y la escopeta. Resulta sorprendente (o a lo mejor no tanto) que este argumento en extremo simplista siga siendo la piedra angular de su discurso. Al final, somos los animalistas los que tenemos que recordar que las Diputaciones crean y crían animales con el único objeto de soltarlos ante unos desalmados que la emprenden a tiros con ellos, en lo que constituye un crimen institucional vergonzante.

La verdad se muestra mucho más prosaica. Todo aquel que decide practicar estas actividades lo hace por que le gusta, por una cuestión de puro ocio. Tratar de buscar en ello razones conservacionistas o equilibradoras es tan patético como absurdo.
Los ciudadanos deberíamos oponernos a la caza y la pesca con la misma vehemencia con la que condenamos otros fenómenos de violencia gratuita como los de naturaleza política o doméstica. No podemos olvidar en ningún momento el espíritu que mueve a toda postura solidaria: la lucha por la justicia y contra el sufrimiento gratuito.

© octubre 2001
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