lunes, 7 de febrero de 2005


RAPTADOS DEL PARAÍSO

Tan sólo durante las últimas décadas (pongamos medio siglo) la movilidad de especies silvestres ha sido muy superior a la que ha tenido lugar en los anteriores dos millones de años. Animales que durante milenios han ocupado selvas, océanos y desiertos, viven hoy en salas de estar, cocinas, terrazas de apartamentos o discotecas. La razón es muy simple: la comunidad humana del mundo industrializado ha convertido la compraventa de animales exóticos en un negocio con extraordinarios beneficios, que tiene además el dudoso honor de encabezar la lista de las actividades delictivas más rentables, sólo superado por el comercio de armas, de drogas y de personas. En realidad, esta transacción zoológica a gran escala responde a la lógica consumista que todo lo condiciona en una sociedad mercantilista como la que hemos creado, unido al hecho de que hoy los animales no humanos siguen teniendo el status de propiedad, de simples objetos de intercambio. Las tiendas especializadas del mundo rico se han convertido en un inmenso bazar donde es posible adquirir casi cualquier tipo de animal. Existe un auténtico servicio a la carta, siendo también la oferta publicitaria la que crea tendencias y modas. Si bien es cierto que estamos ante el conocido fenómeno de la oferta y la demanda, debe hacerse la salvedad de que, en el caso que nos ocupa, no se trata de meros enseres inertes, sino de individuos sensibles al dolor físico y al padecimiento emocional.

En realidad, la en apariencia inocente compra de un animal en uno de esos establecimientos conocidos popularmente con el horrendo nombre de “pajarerías” es el desencadenante de todo un engranaje que enriquece a unos y somete a otros a un régimen de esclavitud perpetua, afortunadamente abolido en todo el planeta para la especie humana.
Una buena fórmula para advertir todo el dolor que implica el comercio de animales silvestres consiste en realizar un seguimiento de los protagonistas desde que viven libres en su entorno natural hasta que son adquiridos en el lugar de destino, a miles de kilómetros de distancia. Por lo general, los países de procedencia suelen tener un nivel de riqueza bajo, con lo que resulta sencillo convencer a ciertos ciudadanos para que esquilmen el medio natural en busca de lagartos, aves, ranas, o cualquier animal que pueda ofrecer ganancias económicas. A sabiendas de que todo el proceso implica un fuerte shock que acabará en la práctica con buena parte de las capturas, éstas suelen ser masivas, sin que además se tenga especial cuidado en el manejo de los animales. Muchos de ellos apenas sobreviven a los primeros días de cautiverio, y otros se vuelven inapetentes, por lo que es habitual la alimentación forzada basada en papillas. Lo grosero de la operación hace que a algunos la comida les encharque los pulmones, provocándoles una angustiosa muerte. Las condiciones en las que viajan los supervivientes son simplemente atroces. Hacinados en jaulas, envueltos en papel de periódico o instalados en los más diversos recipientes para sortear las aduanas, no es extraño que el número de ejemplares que llega con vida a su destino sea muy reducido. Dependiendo de la especie de que se trate, el porcentaje de mortalidad llega a afectar a ocho de cada diez animales. Y a los que superan esta etapa les espera una costosa recuperación. En el mejor de los casos, serán adquiridos por personas que, en la medida de sus posibilidades, tratarán de ofrecerles un entorno rico y satisfacer sus necesidades primarias. Sin embargo, todos estos esfuerzos bienintencionados no conseguirán sino una burda caricatura del entorno natural de donde nunca debieron haber salido.

Hasta aquí algunos apuntes, por otra parte bien conocidos, de las implicaciones que para los animales tiene el que podríamos calificar de “tráfico ilegal”. Porque es éste uno de los puntos de inflexión del debate sobre el comercio de especies, la distinción interesada de dos actividades que desde el punto de vista de los intereses y de los derechos de sus desdichados protagonistas tienen consecuencias similares. En tal sentido, los medios de comunicación e incluso las diferentes administraciones se han encargado de hacernos creer que es el tráfico ilegal el que debe combatirse, el único negocio perverso, concediendo una licitud moral así al grueso de todo el montante regulado y legal, que crea en la práctica tanto o más sufrimiento que el primero.
Independientemente de que el animal haya sido capturado en su medio o nacido en cautividad, el resultado de una adquisición caprichosa o poco reflexionada es fácil de adivinar. La ilusión inicial se torna más pronto que tarde en falta de interés, desaparece el encanto de las primeras semanas, y la serpiente, ardilla o sapo se acaba convirtiendo en un estorbo del que tratamos de deshacernos a la primera oportunidad que se nos presenta. Para ello, fundamentalmente se utilizan tres vías: depositarlo en uno de los centros de acogida que existen, regalarlo o malvenderlo a terceros o, por último, liberarlo en la naturaleza. La segunda opción no hace la mayoría de las veces sino alargar el periplo del animal. En cuanto a la primera vía, quienes desarrollan su labor en uno de los centros de acogida mencionados conocen muy bien la dimensión del problema, por ser receptores de cientos de estos animales cada año, a los que buscarle una solución satisfactoria para ellos se convierte en un reto imposible. Con frecuencia, la solución más práctica es el sacrificio sistemático. Pero es la tercera opción la que más preocupa a las diferentes administraciones, paradójicamente las mismas que asumen una incomprensible relajación en las etapas previas a la suelta de ejemplares en el medio. Efectivamente, estamos ante un problema cuyas consecuencias finales son ya identificables por los expertos en la materia: hibridación con especies genéticamente similares, competencia por la comida con ejemplares autóctonos, agresividad directa. Lo cierto es que los diversos poderes públicos con competencias en el tema suelen aplicar en este tipo de situaciones protocolos de actuación tan contundentes como la persecución y muerte de los animales, a los que se reserva la poca amistosa etiqueta de especies invasoras, como si, por su parte, se tratase de una estrategia de conquista consciente y malévola. He aquí uno de los elementos de reflexión más sugerentes en este campo, la legitimidad moral que nos asiste para poner en marcha una política de eliminación dolorosa de animales inocentes, sin que previamente hayamos establecido fórmulas básicas para evitar estos dramáticos resultados finales.
Aunque con toda seguridad ejemplos similares proliferan por doquier, aporto aquí un par de ejemplos aislados pero significativos que han tenido y siguen teniendo lugar en la Comunidad Autónoma del País Vasco. El primero hace referencia a la captura y eliminación traumática de ejemplares de visón americano, originariamente huidos de granjas peleteras, que han estado siendo capturados en las riberas de los ríos mediante jaulas, y sacrificados mediante el expeditivo método de la inmersión en el agua que hasta entonces había constituido parte de su espacio natural. No es difícil imaginar la innecesaria crueldad de esta técnica, teniendo en cuenta además que la visita a las jaulas se retrasaba en ocasiones durante varios días, con toda la carga de angustia que ello suponía para el animal encarcelado. Sólo la presión animalista hizo que se sustituyera esta brutal operación por otra más humanitaria, además de conseguir la denegación por ley de nuevas licencias de apertura de instalaciones de granjas peleteras de la especie referida, debido a la competencia desigual que mantiene en el medio con el visón europeo.
La segunda realidad nos remite de nuevo a la legislación vigente, que, en el caso vasco, pasa por la escasamente conocida LEY 6/1993, de 29 de octubre, que en su artículo 21.1. asume que “Los establecimientos dedicados a la cría o venta de animales deberán hacer constar en el libro de registro a que se refiere el artículo 18 las entradas y salidas de animales. Igualmente, deberán entregar trimestralmente una relación de los animales vendidos, procedencia, especie, raza y adquirientes a los respectivos Ayuntamientos.” Pues bien, ni uno sólo de los ayuntamientos vascos (incluyendo las capitales) se ocupa de que estos establecimientos cumplan con la entrega trimestral que señala la normativa, once años después de que ésta entrara en vigor. Así las cosas, la situación no merece otro calificativo que de absoluto descontrol, ante una circunstancia (la recogida de los informes de las tiendas) que no requiere en sí misma un gran despliegue organizativo ni gestor. El simple cumplimiento del punto mencionado y un tratamiento estadístico básico permitiría conocer a la administración el estado de las cosas y su evolución, pudiendo de esta forma aplicar medidas de corrección para evitar la proliferación de especies no deseadas en el medio. Y, como elemento agravante, no podemos olvidar el hecho de que esos mismos ayuntamientos que hacen caso omiso de la ley son los mismos que organizan paralelamente jornadas y exposiciones sobre las famosas especies invasoras, repartiendo coloristas folletos donde se explican los efectos, pero se guarda silencio sobre la responsabilidad propia.

Parece claro que, desde tesis puramente animalistas, la solución pasa por un cambio de mentalidad profunda que convierta el hecho de adquirir animales en una opción mal vista, pero mientras llega ese momento debe ejercerse sobre los propietarios un control exhaustivo, que pasa inevitablemente por la identificación de un sector de animales lo más amplio posible. Detrás de cada uno de ellos debe existir un responsable con nombre, apellidos y domicilio. Y es este ciudadano o ciudadana quien debe trasladar al organismo que corresponda cualquier circunstancia relevante, como pueden ser la adquisición, pérdida, fallecimiento o extravío. Una situación como la sugerida puede parecer hoy ciertamente quimérica, pero existen no pocas realidades que han variado de forma radical en apenas unos años, cuando en un principio tal cambio parecía imposible. Nos topamos otra vez con la falta de interés y de voluntad de las instituciones que, como mínimo, deberían cumplir escrupulosamente la normativa que ellas mismas propugnan.

En el terreno de las reflexiones más genéricas, cabe destacar que uno de los problemas clave que se derivan del cautiverio de animales silvestres en nuestro entorno es que aquellos se hallan en un estado de dependencia absoluta. Nada de lo que hagan les reportará grandes beneficios. En su medio natural, pueden cambiar de lugar con facilidad, evitar con rapidez un buen número de situaciones inconvenientes para ellos, establecer las relaciones sociales que les son propias. Nada de esto es posible en un acuario instalado junto al televisor, o en la jaula que no deja ver más paisaje que una cocina. Para los peces, la temperatura del agua resulta fundamental, y la cautividad no les permite desplazarse ni siquiera un metro. Un medio en pésimas condiciones puede ser el resultado de algo aparentemente tan trivial como que al cuidador humano le dé pereza cambiar el agua de la pecera u olvide oxigenarla adecuadamente.

Los animales silvestres no pueden desarrollarse adecuadamente en nuestro entorno. Toda su potencialidad biológica y de comportamiento se encuentra cercenada de por vida. Son víctimas de un “contrato” unilateral en el que siempre salen perdiendo, y se acaban convirtiendo en esclavos de nuestro egoísmo y de nuestra vanidad. Sus vidas en cautividad no son sino una burda imitación de la libertad y de todas las posibilidades que ésta ofrece.

Como en tantos otros escenarios, se da la aparente paradoja de que quienes crean el problema tienen en sus manos la solución. Si el detonante de toda esta locura es la demanda, el factor de corrección debe ser lo contrario. Efectivamente, nuestra responsabilidad ética como consumidores debería orientarnos hacia la solución: no participar en un negocio sucio, y el adjetivo es aplicable independientemente de que le asignemos la etiqueta de “ilegal” o “lícito”. El dolor y el sufrimiento no entiende de acuerdos jurídicos, de tal forma que un periquito con los papeles en regla pero enjaulado tiene las misma carencias emocionales que la tortuga importada legalmente.

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© febrero 2005
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domingo, 29 de agosto de 2004


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LA REALIDAD OCULTA
DE LOS ZOOLÓGICOS

Los centros en los que se mantienen animales con el objetivo de ser mostrados al público a cambio de dinero son muy populares en las grandes ciudades, y para sus gestores resulta relativamente sencillo transmitir una idea amable del negocio. Esto es fundamentalmente debido a que la sensación que se obtiene de una visita matinal a estos lugares es por lo general positiva. Se observan animales aparentemente felices, que evolucionan de una manera aparentemente natural, lo que no invita a pensar en los zoos como una actividad agresiva para sus inquilinos.

Pero un análisis más profundo del fenómeno tal vez nos permita tener una visión más global y ser algo más críticos. Una buena forma de establecer un análisis completo es pensar cuál es la vivencia cotidiana de los animales residentes. Por lo general, se trata de individuos que en su medio natural tienen vidas ricas, que ocupan buena parte de su tiempo en la búsqueda de comida o en organizar a la comunidad en la que se integran, que deben permanecer alerta ante la aparición de posibles peligros, o preparar la cacería. Animales gregarios que asumen el juego como una parte imprescindible de su bienestar, que toman decisiones en un sentido u otro. En definitiva, que experimentan sensaciones complejas un día tras otro.

Resulta obvio que nada de esto sucede en el entorno de los centros zoológicos que se asumen como negocios (en la práctica, la mayoría). Los animales residentes están allí contra su voluntad. Muchos son capturados de su medio natural, mediante técnicas que siempre resultan agresivas para ellos en algún grado, simplemente porque no son capaces de comprender determinadas situaciones. Y aquellos que nacen en cautividad son portadores de una memoria genética que les predispone hacia determinados comportamientos que no pueden desarrollar.

Uno de los aspectos más criticables del concepto de zoológico es que transmite y perpetúa la idea de los animales como objetos al servicio del hombre. De la misma manera que se utilizan para servirnos de alimento o para vestirnos, son literalmente “usados” para crear un escenario atractivo para los usuarios. Si los visitantes no tienen una visión crítica (en el sentido de analítica) de la utilización de animales, aceptará, estos centros como un aspecto más de nuestro entorno.

La cuestión educacional es uno de los pilares argumentales empleados por parte de quienes los legitiman. Pero aquí hay que decir que el mismo término “educación” encierra una pequeña trampa. Se asocia por defecto el vocablo con algo positivo, cuando en realidad la educación es el conjunto de valores en el que se educa, independientemente de que estos tengan consecuencias negativas o positivas. Transmitir la idea de que los animales merecen respeto es tan educacional como hacer ver que son simples recursos a nuestra disposición, y que no tenemos para con ellos mayores obligaciones morales que las que decidamos nosotros mismos.
En este sentido, desde un punto de vista didáctico, los centros zoológicos son nefastos. Primero, porque ofrecen una imagen caótica a sus visitantes, con especies “amontonadas” en apenas unas hectáreas, cuando la realidad es que en su hábitat natural pertenecen a entornos e incluso a continentes distintos. Así, una visita dominical al zoo implica enseñar a nuestros hijos la naturaleza como si fuera un álbum de cromos, donde grupos dispares comparten capítulos e incluso páginas. La existencia de los zoológicos contribuye a reforzar nuestra idea de los animales como “bloques impersonales”, donde lo importante es la especie a la que se pertenece, sin desarrollar el concepto de individuo.

En cuanto al bienestar de los animales en sí, cabe destacar que muchos de ellos están aquejados de una de las dolencias más extendidas entre los animales cautivos: el estrés, por una parte; y el aburrimiento, por otro. La mayoría de ellos pasan buena parte de su tiempo (cuando son libres) buscando comida para ellos y los suyos. Ello constituye su principal actividad cotidiana. Pero en el zoo todo está hecho. Solo cabe esperar a la hora de la comida, y todo el sustento viene en carretillas. Esto puede parecer a los ojos de muchos una ventaja, pero no es adecuado extrapolar a un león algo que muchos de nosotros elegiríamos con gusto. El aburrimiento trastorna y mata, literalmente. Provoca angustia, y aparecen con frecuencia cuadros patológicos como la agresión a los congéneres, la masturbación compulsiva, la coprofagia, o la apatía por las relaciones sexuales. Concebido como un negocio, los animales problemáticos o que ofrezcan una imagen no deseada a los visitantes suelen ser apartados de la vista. “Apartados” significa en este contexto traspasados a otro centro menos exigente (y por lo tanto que invierte menos en bienestar) o incluso a algún circo ambulante donde se convierten en caricaturas de sí mismos, cuando no directamente en esclavos.
El olor y la presencia visual entre especies que en la naturaleza son presa y predador ocasiona a veces una incomodidad adicional, puesto que ni unos ni otros tienen posibilidad alguna de actuar como lo haría en su medio.

No debemos olvidar tampoco los problemas individuales que pueden surgir. No todos los miembros de una especie se comportan de la misma forma. Así, mientras algunos soportan bien la presencia humana (de cuidadores y visitantes), es posible que otros se muestren más asustadizos. Y un animal que se pasa el día metido en la madriguera no resulta rentable. Ni conviene para el negocio quien se revela contra en gentío que le tira chucherías. Tales comportamientos se suelen cortar de raíz, sin que el público se percate de la desaparición de aquel monito tan gracioso que hacía las delicias de los niños semanas atrás.

Por otra parte, hay que destacar que el trasfondo de estos lugares es una realidad desconocida para el gran público, que tan solo pasa unas horas en el recinto. Existe una importante transacción de animales entre distintos centros. Hay épocas en las que, por diferentes circunstancias, se da una sobreabundancia de determinadas especies, se traslada el stock sobrante a otros lugares que al final también quieren deshacerse de los individuos sobrantes.

Añadido a todo lo anterior, uno de los aspectos más crudos a la hora de analizar el fenómeno es la absoluta dependencia que se crea partir de ese momento condiciona a los animales. Concebidos como negocios, y desde un plano puramente mercantilista, el centro debe ofrecer la suficiente rentabilidad. Pero a veces esto no es así. No se consigue atraer al suficiente número de personas, y hay que cerrar. ¿Qué pasa entonces con los animales? No se les puede hacer desaparecer con una varita mágica. Es entonces cuando la vida de estos pobres seres se convierte en una tragedia mayor. La rapidez con la que se liquida el negocio es fundamental a la hora de que las pérdidas sean las menos posibles, por lo que el tiempo corre en contra de los animales. Serán vendidos a bajo precio al primero que pague por ellos una cantidad razonable. En la medida que vivimos en una sociedad para la que los animales son en su mayoría propiedades, se funciona con la lógica comercial de “a menos valor, menos aprecio”. Es muy normal que acaben sus días formando parte de algún espectáculo de segundo orden, o de otras colecciones menores donde sus necesidades físicas y emocionales se verán aún menos satisfechas que en su etapa anterior.


Planteamientos con los que.
se trata de legitimar los zoos

Los zoos son centros que permiten a la ciudadanía conocer de cerca el patrimonio natural de nuestro entorno.
La mayoría de los animales que se mantienen en los zoológicos provienen de un hábitat muy diferente al que existe en la sociedad donde se ubican. Esto tiene una lógica comercial aplastante, pues nadie pagaría por observar animales familiares para todos. Los ejemplares exóticos tienen en el mercado mayor valor, y son en consecuencia más apreciados por los zoológicos y por el público

Los animales de los zoos están muy bien cuidados, como lo demuestra su longevidad, notablemente superior a la que tienen en libertad.
Es cierto que, por lo general, los animales que viven En los parques zoológicos tienen una mayor esperanza de vida que los mismos en libertad. Pero nos encontramos ante un planteamiento simplista de la realidad, que se apoya más en el chantaje emocional que en argumentos de tipo moral. El razonamiento es poco sólido, aunque resulta fácil de vender a una opinión pública poco crítica.
El razonamiento presupone que la longevidad es sinónimo de bienestar, y que necesariamente vivir mucho es el resultado directo de haber llevado una existencia plena. Resulta cuando menos significativo que a nadie se le ocurriría defender el encarcelamiento injusto de seres humanos aunque las estadísticas mostrasen bien a las claras la mayor longevidad de los reclusos respecto al resto de ciudadanos libres.

Solo a través de los centros zoológicos se pueden llevar a cabo programas de reintroducción de especies.
Un centro de recuperación donde se lleven a cabo programas de reintroducción no debe estar ideado precisamente como un parque zoológico al uso. Pero nos topamos aquí con uno de los argumentos más burdos y al tiempo más eficaces de cara a la opinión pública. Los medios, a través de la presión ecologista, asumen algo como incuestionable si por medio están especies en peligro, de tal manera que cualquier programa o campaña que supuestamente contribuya a la recuperación, o a frenar la rarefacción de especies, es bienvenida.
Pero lo cierto es que la práctica totalidad de los animales recluidos en los zoológicos lo están por cuestiones puramente comerciales, y no forman parte de ningún programa serio de reproducción para reintroducir animales y recuperar especies. Además, este tipo de estudios suelen ser incompatibles con el concepto de parque zoológico tal y como lo entendemos, con visita constante de público y actividades comerciales paralelas.
Pero la mayor falacia que sustenta este argumento es la de que la solución para las especies en peligro es conseguir que se apareen en cautividad para luego soltarlas en su hábitat. El mayor peligro para las especies es precisamente la destrucción de su entorno natural, por lo que, con frecuencia, no hay un lugar adecuado donde poner en libertad a los individuos que se consiguen mediante estos programas. Y ello por no hablar de la magnificación que se hace a nivel mediático del fenómeno de la desaparición. Naturalmente, los seres humanos tenemos la obligación moral de respetar la casa de todos aquellos animales con los que compartimos el planeta, pero en ocasiones la degradación del medio es tal que emplear grandes recursos para programas y estudios no lleva sino a conseguir publicidad para determinados científicos y las marcas que los esponsorizan. La tragedia con la que a veces se viste la desaparición de una especie animal tiene más que ver con cuestiones emocionales humanas que con un verdadero problema. Parece claro que os esfuerzos deben estar dirigidos a preservar el entorno natural por respeto sobre todo a quienes allí viven, que a montar grandes infraestructuras publicitarias cuando ya no existe un sitio adecuado para el inquilino.

La labor didáctica de los zoológicos ayuda a los más pequeños a saber apreciar el medio natural y a respetar a los animales.
La cruda realidad cotidiana no parece dar la razón a esta hipótesis, a juzgar por la todavía escasa sensibilidad real que tiene la ciudadanía por los temas medioambientales, y por el escaso respeto que se sigue teniendo a los animales en general. Además, si algo se ha conseguido en ambos campos, resulta difícil achacárselo a los zoos, y sí a los colectivos ecologistas y animalistas que de forma desinteresada desempeñan una constante labor de concienciación.
Muy al contrario, y como ya se ha mencionado anteriormente, los zoológicos ayudan a reforzar la idea de dominio humano sobre la naturaleza (con todo lo que de ello se deriva en la práctica), creando una imagen distorsionada de la realidad.
Es posible que la visión de animales aburridos y derrotados anímicamente haga reflexionar a alguien que gire una visita a uno de estos centros, pero resulta difícil pensar que éste sea el objetivo de sus promotores, puesto que acaban de perder un cliente.
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© agosto 2004
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sábado, 17 de julio de 2004


VICENTA

Vicenta no es un nombre figurado, ni su historia una metáfora. Se trata de un ser de carne y hueso (en las propociones que corresponden a una ancianita de su edad).
Vicenta llegó a Vitoria hace unos días en un vuelo procedente de Sevilla. Allí ha pasado sus últimos tres años en uno de esos horrendos lugares conocidos popularmente como “perreras”, y que la Administración trata de dulcificar con el eufemístico nombre de “centro de protección animal”, cuando la realidad es que muchos de ellos no pasan de ser simples antesalas de la muerte, almacenes de animales para los que su mestizaje, tener parásitos o un rabo sin pelo significa una desventaja insalvable a la hora de que alguien los elija para rescatarlos del infierno. En este sentido, Vicenta es, sin duda, la excepción.

Fue abandonada a su suerte cuando ya se encontraba en esa fase vital que en el ámbito humano denominaríamos de manera un tanto cursi “tercera edad”. Con nueve años, deshacerse así de una compañera que ha compartido su vida contigo, es algo más que una burda canallada. Se trata directamente de un crimen imperdonable. Conociendo el desolador panorama de los animales sin dueño en este país, asestarle un certero martillazo en su cabecita hubiera sido hasta un comprensible acto de compasión. Pero seguramente a sus antiguos dueños les hubiera remordido la conciencia si hubieran actuado de tal forma. Preferían dejarla como una caja vacía e irse a su casa a cenar, ver su programa favorito de televisión y a dormir después. La pregunta que a uno le asalta ante escenarios como el descrito es cómo se pasa la primera noche, y la segunda, y si esta gente se acuerda de la Vicenta de turno un mes después de su hazaña.
Con las características de la abuela Vicenta, las posibilidades de encontrar una familia decente se reducen prácticamente a cero. Pero el caso que nos ocupa, convenientemente difundido por la red, ha encontrado una solución a cientos de kilómetros.

La vida ha cambiado radicalmente para ella, y será así para siempre. Imagino a Vicenta tumbada en un cojín limpio (o en el sofá, utensilio doméstico no menos apreciado por los perros que por nosotros mismos), echando una cabezadita tras el paseo matinal, despertándose apaciblemente al notar las pisadas de alguno de sus cuatro compañeros de piso (dos seres humanos y dos caninos), pasando la noche a los pies de la cama o donde le apetezca, comiendo y paseando a la misma hora, que no hay nada más placentero para un perro que la rutina diaria.

Sirva el caso de Vicenta para sacar a la luz por enésima vez la tragedia cotidiana de docenas de miles de perros y gatos que cada año tienen que ser sacrificados por abnegadas entidades protectoras ante la imposibilidad de poder garantizarles una existencia mínimamente digna, o directamente por el ayuntamiento de turno, que con frecuencia reduce el problema a frías estadísticas, gestionando siempre en clave de problema sanitario.

Resulta incomprensible que tras casi veinte años transcurridos desde la impactante campaña del “él nunca lo haría”, sigue codenándose a la miseria a una cifra de animales no muy distinta a la de entonces. Nuestra sociedad ha avanzado en muchos aspectos, estableciendo normas de protección para diferentes colectivos humanos desprotegidos, acompañados de severas penas. Pero parece que la cuestión de la defensa de los animales en general, y en particular la de aquellos a los que sentimos emocionalmente más cercanos, sigue siendo relegado a la categoría de “ideal caprichoso”. La compasión y puesta en práctica de un elemental ejercicio de justicia para ese colectivo zoológico al que denominamos animales continúa siendo la hermana pobre de la solidaridad. Pero se trata sin duda de una situación que cambiará más pronto que tarde, como han cambiado en las últimas décadas otras realidades. En medio de toda esta miseria moral, una inyección de optimismo nunca viene mal.
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© julio 2004
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(*) Vicenta vivió durante más de cuatro años con su nueva y definitiva familia. Fue todo lo feliz que puede serlo una venerable anciana tras los duros avatares de la vida, con sus manías y sus preferencias, como todo quisque. Conoció lo que es el cariño y el calor de un hogar (en el sentido figurado y en el físico, pues desde el principio se agenció un confortable cojín al lado del radiador más potente de la casa). La abuela Vicenta llegó a posar desnuda para un calendario reivindicativo, todo un lujo. (¡Había que verla desplegando su coquetería durante la sesión fotográfica!). Ella tuvo la suerte que a otros muchos se les resiste, y quizá en su cabecita acabó imaginando que su vida anterior simplemente no existió, que fue un mal sueño.
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martes, 2 de marzo de 2004


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TERAPIA CON ANIMALES

Se asume por defecto que, cuando hablamos de “medicinas alternativas”, nos referimos a aquellos métodos que se salen en alguna medida de las vías convencionales y aceptadas por la comunidad de expertos. Sin embargo, resulta revelador que bajo este epígrafe no suelan incluirse aquellas terapias basadas fundamentalmente en la utilización de las emociones. En este sentido, los entendidos en la materia se rindieron hace ya mucho tiempo a la evidencia de que un entorno afectivo adecuado aporta con frecuencia mucho más que toda la batería de fármacos a la que nos tienen acostumbrados.
Pues bien, si admitimos que el factor emocional resulta decisivo a la hora de superar con éxito determinadas dolencias, tal asunción incorpora automáticamente a los animales como parte de esta realidad.

En sí, el empleo consciente de animales como vectores terapéuticos es una especialidad relativamente reciente, pero que ha adquirido un importante auge en las últimas décadas dentro de diversas disciplinas científicas, especialmente en el caso de la psicología clínica.
Consecuencia de todo ello es que algunas instituciones han acabado orientando buena parte de su labor al desarrollo de programas cuya finalidad es la de contribuir a conseguir mejoras tanto físicas como psíquicas en pacientes aquejados de muy diferentes patologías, así como la de acelerar y favorecer su reinserción social.
Cada vez es más frecuente que lo que los entendidos denominan Terapia Asistida por Animales de Compañía (TAAC) forme parte de programas oficiales, y sea de gran ayuda en realidades como el Síndrome de Down, enfermedad Alzheimer, o cuadros de autismo. De la misma forma, parece que se han mostrado como elementos de apoyo importantes a la hora de paliar episodios de ansiedad en ancianos solitarios, reclusos, o menores en proceso de reeducación. En estos dos últimos casos, se trata de reforzar la autoestima y el sentido de la responsabilidad, constatándose una mejora en las relaciones entre internos y de éstos con los educadores.
La presencia de animales de compañía (generalmente perros, pero también gatos) en residencias de la tercera edad dota a la vida cotidiana de sus residentes de un mayor sentido, disminuye su estrés y alivia los procesos depresivos. Además, parece que los animales actúan como hilo conductor en las relaciones sociales, y constituyen un elemento clave a la hora de ampliar sus círculos de amistades.
La incorporación de determinados animales en programas para niños con problemas comportamentales es frecuente, actuando como catalizadores, y son de gran ayuda en cuanto a la realización de diagnosis.

Pero, a pesar de todo, e independientemente de los beneficios (evidentes, a lo que parece) que reporte la utilización de determinados animales en situaciones como las aquí descritas, para una ideología como la animalista, se trata de una situación que, cuando menos, plantea una serie de dilemas éticos que deben ser abordados con objetividad y al mismo tiempo con grandes dosis de mesura.
Parece claro que, en el contexto en el que nos movemos, los animales son empleados como meros recursos a nuestra disposición, lo que, como en tantas otras situaciones, los reduce a simples objetos que los humanos (por razones que tienen que ver más con nuestra naturaleza egoísta que con argumentos sólidos) creemos tener a nuestra disposición en todo momento. Por otra parte, no debería resultarnos difícil llegar a la conclusión de que, en determinadas ocasiones, ambas partes (animal y humana) pueden verse beneficiadas de estas realidades. En tales casos, ¿cómo criticarlo? De hecho, desde ATEA creemos que, aportando la honestidad adecuada por nuestra parte, determinadas iniciativas no merecen otra cosa que el elogio. Si todos ganan, se trata sin duda de una situación cuasi idílica.

Pero la realidad se nos muestra algo menos glamurosa que la que se nos quiere vender desde los sectores interesados económica y publicitariamente en la existencia de la zooterapia. Así, leer con cierto espíritu crítico algunos artículos sobre la utilización de animales en centros penitenciarios puede constituir un buen ejemplo. No conseguir “el éxito deseado” puede querer decir algo tan sencillo como que los reclusos consideraron el programa una cursilería, y estamparon a los cachorros contar la pared para hacérselo saber a los monitores. Todos los logros conseguidos con un niño autista pueden quedar truncados cuando, en una inocente expresión de cariño hacia su nuevo amigo, acabe partiéndole la columna al conejo con el que tan estrecha relación mantenía, y que será sustituido rápidamente por otro, para no echar por tierra los buenos resultados del programa. Los rimbombantes reportajes sobre la materia que nos regalan las revistas dominicales no suelen aportar datos sobre qué sucede con los animales “adoptados” por una comunidad de ancianos cuando la residencia se cierra por motivos económicos, o en qué situación quedan si se traslada a un lugar mejor, en el caso de las familias de gatos a los que alimentan. En la tradicional visita al zoológico o al circo, a los niños con problemas no se les explica que, en realidad, se trata de prisioneros que están encerrados sin tener culpa de nada, a los que inflige castigos físicos dolorosos para conseguir que se comporten de la manera en que lo hacen sobre la pista. Educativamente, ofrecer una versión edulcorada de esta brutal realidad constituye un verdadero fraude didáctico. Estoy convencido de que pocas de las personas que lean este artículo han pensado alguna vez en qué futuro les aguarda a los perros lazarillo que, por su edad, ya no pueden aportar a su tutor las prestaciones para las que le fue cedido, tras pasar por diferentes etapas “formativas”, y después de toda una vida de frustraciones y aburrimiento.
¿Y qué decir de algunos intentos (afortunadamente residuales) de convertir los centros de recuperación de animales silvestres en burdos zoos para el esparcimiento? Esta realidad se nos muestra como una de las más grotescas en cuanto al uso de animales como objetos, al despreciar descaradamente sus intereses más básicos.

Pero retomemos de nuevo la cara amable del tema (que la tiene), y reconozcamos todas aquellas situaciones de las que las partes implicadas puedan salir beneficiadas. Per se, recurrir a los animales como agentes terapéuticos no debe merecer ataque alguno, sino todo lo contrario. En cualquier caso, estamos aún muy lejos de esas sociedades en las que se permiten fugaces visitas de nuestro compañero perro a la habitación del hospital, o de otras en las que los programas para la adopción de animales por parte de personas mayores incluye la garantía de que nuestro compañero gato será a su vez adoptado por otro tutor si desaparecemos antes que él.

Por otra parte, no debemos olvidar que nosotros somos también elementos terapéuticos para los animales: paliamos su angustia, les rescatamos del corredor de la muerte para ofrecerles una vida plena, o los incluimos en nuestros planes de vacaciones como lo que realmente son: uno más de la familia.
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© marzo 2004
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miércoles, 5 de noviembre de 2003


CIUDADANO COPITO

Ha muerto Copito de Nieve, aunque no sin que los responsables de su custodia anunciaran a bombo y platillo el fatal e inminente desenlace, para que la ciudadanía le diese su último adiós previo paso por caja.

La historia de Copito entronca directamente con el dilema ético de la autoridad moral que tenemos para encerrar a seres inocentes de por vida entre cuatro paredes, sólo porque hay personas dispuestas a pagar por contemplarlos. El debate sobre los zoológicos se va incorporando de manera lenta pero firme al que existe sobre otras formas de sojuzgamiento a inocentes difícilmente justificables. Más pronto que tarde la historia recordará estos centros de reclusión forzosa como una más de las ignominias que la comunidad humana cometió con los demás animales.
Si con toda probabilidad existe un significativo porcentaje de reclusos humanos que son inocentes de los cargos que se les imputan, o que sufren una condena desproporcionada al delito que cometieron, en el caso de los animales la inocencia es absoluta tanto en un sentido numérico como de grado. Y nos topamos en este punto con uno de los argumentos más poderosos de las tesis animalistas, puesto que en la práctica totalidad de las situaciones en los que infligimos malos tratos a los animales, no lo hacemos para tratar de paliar otras peores, o en circunstancias que puedan identificarse con la autodefensa. Los masacramos en masa por la peregrina razón de que no pertenecen a nuestra especie biológica, lo que hace que no nos tomemos en serio sus intereses, aunque la realidad es que resultan tan cruciales para ellos como para nosotros.

El pequeño resquicio que ocupa la excepción, bien podemos reservarlo a Copito. Él tuvo una vida relativamente plena para el mundo que le tocó vivir, a miles de kilómetros de su selva, pero con los suyos. A años luz de una buena siesta entre tallos de bambú, pero protegido de los cazadores nativos que no vieron en él sino un suculento plato de carne o un valioso objeto de trueque. Así las cosas, hasta pudiera decirse que, a pesar de todo, Copito se realizó como persona entre cuatro paredes. Sí, como persona. Porque Copito lo era en el estricto sentido moral del término. Tal afirmación puede parecer más cercana a la astracanada que al rigor científico, pero lo cierto es que demasiados profesionales adscritos a la disciplina de la filosofía moral hace ya tiempo que establecieron la posibilidad de ser persona sin la necesidad de pertenecer a la comunidad humana. Efectivamente, ni todas las personas son humanos, ni todos los humanos somos personas. Según esta hipótesis, la calidad de tal sólo se adquiere si se responde adecuadamente a cuestiones como la autonomía emocional, la consciencia de sí mismo como ente individual, o sobre el entorno y la temporalidad. Hablamos de seres capaces de tener deseos futuros, de imaginar en abstracto, de establecer estrategias de acción, poseedores en definitiva de una cierta capacidad de colocarse mentalmente en el lugar de los demás. Todo esto era Copito y lo son sus compañeros cautivos, de la misma manera que lo son los simios adultos en general, sean o no humanos. Y probablemente también posean algunas de las capacidades mencionadas los seres cerdos, perros, ovejas o caballos a los que colgamos a diario de las cadenas de los mataderos o abandonamos a su suerte en una cuneta camino de la playa.

Todavía causar el mismo daño a diferentes personas (en el sentido aquí admitido) tiene hoy un tratamiento jurídico bien distinto, de tal manera que la misma sociedad que condena a alguien por matar a una persona humana deliberadamente, se otorga a sí misma la autoridad moral de elevar a la categoría de héroe a quien tortura en público a una persona toro, por ejemplo.

A pesar de que en el seno del llamado “movimiento animalista” no es difícil caer en el desánimo ante tanta miseria moral, la desaparición de Copito y la pena sincera que ha causado en amplios sectores sociales hace que debamos albergar ciertas esperanzas respecto al camino que ya se ha iniciado sin titubeos hacia el reconocimiento de derechos básicos más allá de la barrera humana. El ciudadano Copito habrá contribuido sin saberlo a allanar ese tortuoso camino.

© noviembre 2003
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sábado, 1 de noviembre de 2003


CONSIDERACIONES
ÉTICAS Y CIENTÍFICAS
SOBRE LA VIVISECCIÓN
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Visto desde el lado de quienes defendemos tesis animalistas (aquellas que basan sus argumentos en el carácter individual de la agresión a los animales), la práctica científica que usa a éstos como instrumentos de investigación no pasa de ser una más entre otras muchas formas del sojuzgamiento masivo que la sociedad humana ejerce hacia el resto de la comunidad zoológica.
Sin embargo, evaluado desde un punto didáctico-estratégico, la vivisección se nos presenta (al movimiento de defensa animal) claramente como el área de explotación más controvertida y ardua en cuanto a un posicionamiento condenatorio de cara a la sociedad. Pesa aquí como una losa el reduccionista pero eficaz discurso científico que nos coloca entre la tesitura de tener que elegir entre el ratón o nuestra salud.

Aproximarse al fenómeno de la vivisección requiere, a mi juicio, hacerlo desde dos flancos. Por un lado, deben examinarse con rigor las áreas en las que se llevan a cabo este tipo de prácticas. Por otro, cabe barajar la posibilidad de que el discurso oficial que da por sentado la necesidad del empleo de animales como modelo experimental esté basado más en el dogma que en un examen objetivo de los hechos. Es por ello por lo que hemos de analizar los hechos sin perder de vista una realidad en sí conflictiva: la eterna confrontación entre la ciencia y la ética.

En cuanto al primer punto, el ciudadano medio desconoce por completo que una parte significativa de los experimentos dolorosos con animales se realiza en campos que poco o nada tiene que ver con necesidades humanas vitales. Me refiero a realidades tales como la experimentación con fines militares, estéticos, industriales o alimenticios.
Es algo cotidiano que se dispare sobre caballos para probar armas convencionales, o que se inoculen virus mortales a cabras para evaluar sus efectos en una posible guerra biológica, todo ello con el único objetivo de predecir los efectos en cuerpos humanos. Se impregnan los ojos de millones de conejos con cremas que les provocan un dolor insoportable hasta que mueren, en experimentos que tratan en teoría de garantizar la seguridad del producto cuando llegue a los hogares humanos. Se obliga a ingerir grandes cantidades de aceite para coche, barnices para suelos o pintura para paredes a miles de ratones, a los que se causa un daño irreversible y un sufrimiento extraordinario. Las cobayas también son víctimas de la obsesión de las empresas por comprobar la cantidad de aditivos alimenticios, edulcorantes o conservantes que se necesita ingerir para que acabe matándote, a pesar de que resulta materialmente imposible que tales cosas puedan sudecerle al ciudadano-consumidor medio.
Por lo general, a la gente no se le ocurre pensar que no nos asiste derecho alguno a la hora de involucrar a terceros en nuestras luchas fraticidas. O que abonarnos a los cánones de belleza imperantes no debiera ser incompatible con el respeto por el dolor ajeno, máxime cuando docenas de marcas ya han demostrado que se puede prescindir de la tortura sin renunciar a los beneficios empresariales. No deberíamos tener que emplear grandes esfuerzos intelectuales para llegar a la conclusión de que no hay nada tan eficaz como aplicar grandes dosis de sentido común a la hora de decidir tomar champán a los postres, en lugar de una copa de líquido desatascador. Tampoco parece que estemos dispuestos a asumir las consecuencias del modelo alimenticio que exige el estilo de vida que tanto apreciamos.
Pero probablemente la realidad más ilustrativa respecto a los motivos que siguen sustentando esta locura de violencia gratuita la encontramos en el hecho de que la comunidad científica jamás se ha posicionado de manera oficial e inequívoca contra estas prácticas, a todas luces prescindibles además de devastadoras para sus desgraciados protagonistas. He aquí uno de los pilares en los que se apoya la realidad de la experimentación con animales no humanos: el factor ideológico, que desprecia el dolor cuando se manifiesta en el cuerpo de un individuo que no pertenece a nuestra especie.
No hace falta decir que en una sociedad libre de prejuicios morales, valores como la solidaridad, la compasión o la empatía serían igualmente aplicados a los animales, y el especismo sería considerado una más entre las formas de discriminación arbitraria que ponemos en práctica a diario.

Pero cuando nos adentramos de lleno en el campo de la investigación médica o farmacolólogica, el panorama no se nos presenta mucho más clarificador. Algunas de las áreas de investigación, que implican a un número importante de seres sensibles, difícilmente pueden ser defendibles si no es desde la más absoluta sumisión a las normas establecidas. Las prácticas efectuadas en el terreno de las drogodependencias y de la psicología son un buen ejemplo, teniendo en cuenta que uno de los factores fundamentales a la hora de estudiar ambas realidades en humanos pasa por entender el entorno social en el que se desarrollan los enfermos. Pretender sacar datos concluyentes que puedan ayudar a seres humanos de experimentos que inducen a la depresión a monitos separándolos de sus madres, o convertir en drogadictos a animales que jamás probarían sustancias nocivas por iniciativa propia es, además de una perversión moral, un sinsentido. Sólo la ilimitada credibilidad moral de la comunidad científica ante la sociedad permite que determinados experimentos puedan seguir realizándose en la más absoluta impunidad.
Pero todavía queda el reducido sector de la investigación médica “pura”. Es en este campo donde el movimiento por los derechos de los animales encuentra mayores dificultades a la hora de transmitir su mensaje, dado que quienes abogan por esta metodología de trabajo se mueven en un terreno abonado por los medios de comunicación, de un lado, y de una severa falta de reflexión objetiva que afecta a la sociedad en general, por otro. Se crea así un escenario idóneo para el “discurso-balanza” antes mencionado, que condiciona el uso de animales de laboratorio a la salud de la población. Los evidentes avances que la sociedad ha experimentado en temas de salud pública se nos venden con la etiqueta de gracias a, cuando en realidad bien podría hablarse en términos de a pesar de. Vincular necesariamente la utilización de animales de laboratorio a determinados logros médicos sólo puede sustentarse en un silogismo absurdo. Las razones últimas que nos han llevado a “ganar” determinadas batallas patógenas hay que buscarlas en la adopción de una alimentación más racional y segura, a una mayor educación higiénica, o a la aplicación adecuada del bagaje de conocimientos que nos aporta la experiencia vital cotidiana.

Desde un punto de vista exclusivamente científico, hasta el más entusiasta vivisector aceptará como válido que el modelo experimental idóneo para obtener datos fiables sobre las dolencias humanas, es el propio ser humano. Pero incluso hablar genéricamente de seres humanos como si de un grupo biológico homogéneo se tratase, implica un grave error conceptual, puesto que en el terreno de la investigación el factor individual adquiere una importancia crucial. Ninguna sustancia o entorno afecta de igual manera a todos los individuos. El tabaco mata a personas en plena juventud, mientras no parece tener demasiada incidencia en algunos ancianos y/o grandes fumadores, de la misma manera que el mismo tipo de cáncer destruye con rapidez a determinadas personas, al tiempo que otras consiguen superarlo con admirable entereza. En todo caso, cabe recordar que los consumidores somos siempre el último eslabón en el proceso investigador, por lo que pecaríamos de ingenuidad si pensásemos que estamos libres de ser utilizados como modelos experimentales.
A todo lo apuntado, cabría añadir la autocomplacencia que siempre acompaña a los humanos a la hora de evaluar nuestros logros. He entrecomillado hace un par de párrafos el término ganar con el fin de recordar la falsa e interesada idea que desde diversos ámbitos se trata de transmitir a la opinión pública respecto a la sociedad que hemos construido. Una sociedad que ha ganado la batalla a determinados microorganismos, pero que ha creado otros al menos tan devastadores como los derrotados. Una sociedad a la que acechan de manera constante nuevas y destructivas epidemias, la mayoría de ellas fruto directo de nuestro estilo de vida y de nuestra naturaleza mezquina. Las dolencias cardíacas, el estrés, las enfermedades mentales o la obesidad nunca han estado tan extendidas como en la actualidad, a pesar de poseer toda la información teórica precisa para combatir estos males con eficacia. Tomando prestado el propio discurso médico, es obvio que la puesta en práctica de actitudes tan elementales y asumibles por todos como hacer un ejercicio moderado, no consumir deliberadamente sustancias nocivas, llevar una alimentación sana, combatir el estrés, o establecer un equitativo reparto de los alimentos disponibles, aportarían a la sociedad mundial un grado de salud y bienestar mucho mayor que el descubrimiento de las diez vacunas más deseadas por la comunidad científica.

La sociedad humana no se resentiría en absoluto si se abandonara de raíz la práctica de la vivisección. Quienes de verdad acusarían el cambio serían todas aquellas empresas que viven de crear infinitas variaciones de un mismo principio activo, que crían animales para que los investigadores les inoculen virus que luego tratarán de combatir, y que son las mismas que fabrican tanto el alimento para éstos como los compartimentos donde alojarlos. He aquí el otro pilar que nos faltaba: el componente económico que todo lo justifica, que todo lo maquilla.
Es por ello por lo que, desde las tesis animalistas, afirmamos que la utilización de animales en experimentos es hoy (y lo ha sido siempre) una aberración ética y un fraude científico.

© noviembre 2003
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(*) Este artículo fue incluido en el libro de ponencias que publicó la Sociedad Española para las Ciencias del Animal de Laboratorio (SECAL), con motivo de su VII Congreso Nacional celebrado en San Sebastián.
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viernes, 1 de agosto de 2003


UNA CRUEL IRONÍA

La normativa sobre perros que el Gobierno central ha sacado adelante ilustra hasta qué extremo puede llegar la mezquindad humana. Pero vamos por partes. Conviene precisar desde el principio que, objetivamente, los perros peligrosos no son deseables, como no lo son las mujeres, los niños o los ancianos si ofrecen el mismo peligro. Asimismo, parece razonable tratar de contrarrestar cualquier situación lesiva actuando sobre sus agentes. Sin embargo, el error argumental de fondo que subyace a la polémica creada artificialmente por la Administración (con los medios informativos como caja de resonancia), consiste en identificar a los perros como el principal elemento que genera y causa el conflicto. Así, el poder legislativo ha puesto en marcha su devastadora maquinaria, no tanto para paliar el problema desde su raíz, sino para dar una satisfacción fácil a la ciudadanía egoísta, de tal forma que cuando, a partir de ahora, se produzcan casos desgraciados, la responsabilidad del poder político quede en apariencia cubierta, vendiéndonos el eficaz mensaje del “nosotros ya hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

Resulta obvio, por otra parte, que los seres humanos somos mucho más peligrosos para los perros de lo que ellos puedan serlo para nosotros. La estadística que aporta la Administración nos recuerda que cada día se producen siete agresiones de estos animales a personas. Pero silencia el hecho de que, en ese mismo espacio de tiempo, doscientos cincuenta miserables abandonan impunemente a su suerte a otros tantos inocentes perros, de los que la mayoría deberán ser sacrificados como única alternativa a una vida de sufrimiento y privaciones. Se esmeran asimismo en ocultarnos que cientos de miles de ciudadanos los mantienen permanentemente encadenados, con sus necesidades físicas y emocionales más básicas frustradas para siempre, en un régimen de confinamiento escandaloso. O vuelve la cabeza ante la mutilación ritual de seres indefensos, despreciando el clamor de la sociedad que reclama un endurecimiento de las penas para estos criminales. Los mismos que se cruzan de brazos ante este holocausto cotidiano quieren ahora obligar a los ciudadanos a llevar atado a su perro, por haber cometido el delito de superar los veinte kilos de peso. Tal vez interese conocer un par de datos muy significativos en el tema que nos ocupa: por una parte, las razas de "perros peligrosos" no coinciden (ni mucho menos) según los países que legislan al respecto, y esto tiene que ver con el número de individuos que responden a las preferencias de los ciudadanos (en EEUU el mayor número de problemas los ocasionan los Labradores, los Golden Retriever y los Cocker. Curioso. O tal vez no tanto). Al mismo tiempo, se da la circunstancia de que ningún país incluye en las listas a sus "perros nacionales". En Alemania considerarían una blasfemia incluir al famoso pastor, pero, curiosamente, sí está incluido... !el mastín español¡, que aquí nos hemos empeñado en elevar a la categoría de joya canina.

Los desdichados y por fortuna puntuales casos en los que perros han causado daño a personas derivan de una situación en la que coexisten (por simplificar) dos factores: el canino y el humano. Y no requiere un gran esfuerzo llegar a la conclusión de que la mayor parte de la responsabilidad recae sobre el segundo, el único capaz de hacer juicios de valor sobre sus actos. Si bien es cierto que determinados animales tienen una predisposición especial a crear situaciones conflictivas (exactamente igual que sucede en el ámbito humano), se trata de realidades que pueden ser la mayor parte de las veces fácilmente contrarrestadas si el tutor del animal pone el celo y el sentido común necesarios. Si, por el contrario, la parte humana actúa con la deshonestidad que le caracteriza, convertirá a cualquier animal de naturaleza dócil (independientemente de la raza) en un peligro para todos. El problema, en la práctica, radica en que nueve de cada diez ciudadanos que adquieren uno de estos animales “conflictivos” no los ven como compañeros, sino como armas intimidatorias, tal vez para contrarrestar determinadas carencias intelectuales propias. Estos macarras son capaces de convertir en seres sanguinarios al más dulce caniche. Los legisladores saben todo esto, pero prefieren desafiar a la evidencia y a la decencia ética, adoptando decisiones arbitrarias que atufan a burda corrección política, sabedores de que los perros no votan, de que no pueden organizarse para protestar, y de que los valedores de sus derechos apenas podemos hacer oír nuestra voz.

Se necesitan grandes dosis de ingenuidad para suponer que la nueva legislación va a evitar en algún grado los lamentables casos que, por otra parte han sucedido desde siempre como parte de la casuística que acompaña a cualquier sociedad organizada. Lo que sí parece claro es que hemos entrado en un delirante proceso de satanización canina, en una auténtica y vergonzosa caza de brujas cuyos desgraciados protagonistas, en una cruel ironía, ocupan el lugar preferente en el escalafón moral en el que colocamos a los animales no humanos.
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© agosto 2003
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