martes, 20 de mayo de 2008


LA ARROLLADORA
FUERZA DEL AMOR

Hará como un par de meses que asistí a una boda, la primera en muchos años. Quienes me conocen saben bien que no soy precisamente forofo irredento de tales eventos sociales. Siempre me parecieron un tanto decadentes, dicho sea sin ánimo de ofender a nadie. El protocolo no escrito del corte de la corbata en trocitos que luego se venden a los comensales, lo del champán en el zapato de la novia, y, cómo no, la incombustible conga, que resiste al paso del tiempo con una entereza envidiable. Compruebo ilusionado que, salvo la serpiente humana sorteando mesas, lo demás ha pasado a mejor vida: motivo de satisfacción indisimulada, lo confieso.

Se casaba Roberto, uno de esos tipos que se cruzan en tu vida por puro azar, de esos quienes a fuerza de roce se acaban convirtiendo en “amigos para siempre”, como dice la canción. A Roberto y a mí nos unió una extraña celestina: la militancia por los derechos de los animales. Fueron años de una intensidad extraordinaria. Éramos incapaces de establecer diferencias entre emociones puras como la amistad y el activismo, pues lo uno llevaba irremediablemente a lo otro. Pero tampoco procede ahora ponerse melancólico. Se trata de una etapa conclusa, que sin embargo dejó en nosotros posos muy sólidos. Conservo mil recuerdos de aquella época, de un tiempo en el que éramos jóvenes e indocumentados –admito que él en lo primero siempre me ganó por goleada–, de cuando cometíamos delitos imagino ya prescritos, convencidos hasta el tuétano de que en determinadas circunstancias lo éticamente decente es burlar la ley, romper candados y asaltar propiedades privadas con el loable objetivo de salvar inocentes. El día de nupcias pasaron por mi mente multitud de imágenes y anécdotas; también todos los perros y gatos que, ausentes en lo físico, forman ya parte de nuestras biografías por derecho propio.
La boda de Roberto y Yolanda fue un chute de optimismo. Lo afirmo yo, que soy más bien descreído con esto de las emociones y me abono más al fatalismo en lo que atañe a un tema tan particular como la esperanza en el ser humano. Por algún extraño motivo, al final de la larga jornada tenía la sensación de que tal vez haya, a pesar de todo, una posibilidad. Allí había parejas que llevan toda la vida juntas y a las que el afecto diario les ha acabado vacunando contra cualquier tipo de vicisitudes. Una abuela octogenaria aguantando estoica y encantada hasta el cierre de la discoteca. Viejos amigos a los que apenas veo y con los que sin embargo soy capaz de restablecer conversaciones en el punto exacto en que las dejamos la última vez. La audiencia en pleno emocionada con el bellísimo discurso que ofreció una amiga de la pareja durante la ceremonia. Gente de varias generaciones disfrutando con la proyección de imágenes que precedió a la comida, incluyendo a una joven ahogadita en lágrimas al aparecer en pantalla la fotografía de Saly. La pareja de recién casados posando para la posteridad en su inseparable moto de quinientos mientras sonaba a todo volumen la canción del viejo Pablo, un detallazo del chico, para que luego nos vengan con la monserga esa de la supuesta insensibilidad masculina, leyenda urbana donde las haya. Y como colofón, una soberbia lección práctica de txalaparta a los postres, dirigida a locales y foráneos, gente venida de medio país. Una lista de detalles emocionales que, lo confieso, hicieron mella en mí. Sin embargo, y a pesar de todo, tal vez lo que más me impactó fue el infinito cariño mutuo que ambos se profesaban. Nunca he visto a nadie quererse tanto. Esas cosas no se pueden disimular, supongo. Si acaso existiera algo así como una cantidad de cariño determinada para repartir entre los habitantes humanos del planeta, tengan por seguro que aquél sábado el resto del mundo fue un poquito más infeliz. Y como uno tiene la manía ésta de pensar, me dio por elucubrar, para concluir que, a fin de cuentas, tal vez nuestras vidas se rijan en mayor medida de lo que creemos por la arrolladora fuerza del amor. Es más que posible que esta gran bola azul no sea el mejor sitio para echar raíces, como posible es también que la amistad, el afecto, el amor en definitiva, constituyan poderosos antídotos contra toda la miseria moral que asola el mundo. Curiosa especie la humana, capaz de matar por un poco más de dinero y de amar sin él.

Yo ya concluyo. Tengo algo en la garganta y necesito ir al baño. Tal vez esté bajo de defensas, o sencillamente sean cosas de la edad, que no perdona.
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© mayo 2008
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VAGAR POR EL MUNDO

Bueno, pues ya está. Ya tenemos a un esperpento representando al país en el festival de festivales. Nos empeñamos en teñirlo todo de democracia pensando que es lo moderno y lo progre, y luego pasa lo que pasa, que la gente no tiene otra cosa que hacer, y pudiendo votar al Roberto Mascachicles ése –o como se llame–, para qué elegir a un chaval o chavala que se lo viene currando desde su más tierna infancia, pastón en academias incluido. No. Al del tupé con sobredosis de laca, guitarrín de Verjusa y chaquetilla carnavalera de todo a cien. Al final, los que menos culpa tienen en todo este despropósito son el propio actor y su jefe. Ellos hicieron lo que tenían que hacer: una caricaturización de algo que en sí mismo pudiera tener un punto de ridículo, un evento que tuvo su sitio en otra época y que ahora por momentos roza la categoría de mercadillo friki (¿se escribe así?). A cada cual con sus culpas, y ni a uno ni a otro cabe achacárselas en este caso, ténganlo claro. La acusación debe dirigirse a cierto sector de ciudadanía patria (sí, no mire usted para otro lado), una masa mentalmente ociosa que ni de lejos votaría con igual entusiasmo contra realidades como el hambre en el mundo, la esclavitud laboral infantil o la lapidación de adúlteras, paparruchas al fin y al cabo. Pero sale el tipo de La Seis haciendo el gamba, y aquí nos volvemos todos locos con los mensajes. Ni medio normal.

Comentaba alguien en su momento que todo esto es consecuencia directa de lo que se ha dado en llamar “la España de Zapatero”. Un poco exagerado, para mi gusto. Esto no lo trae ni Zapatero, ni Rajoy, ni Llamazares –bastante tiene con lo suyo, pobre–. Ojalá. Si así fuera, al menos podríamos reconducir la situación con un voto a fulano en lugar de a mengano, y listo. La cosa se presenta mucho más complicada. Está incrustada en nuestros cerebros, forma parte ya de nuestro carácter, de nuestra idiosincrasia, y eso no se corrige con unas elecciones generales. La banalidad se ha instalado entre nosotros y todo apunta a que tiene la firme intención de quedarse una larga temporada. La desidia moral nos ha atrapado definitivamente. Pero no nos asiste ya ni un gramo de autoridad para quejarnos y lloriquear, porque somos todos, en mayor o menor medida, quienes hemos dejado paso a lo cutre, a lo intelectualmente minimalista, y hay cosas que no salen gratis. Los programas de crónica rosa (o rojo sangre) son seguidos con fidelidad perruna por millones de venerables padres de familia, y no hay cadena que se precie sin su espacio de supervivencia donde gana quien pierde una porrada de kilos y de paso la razón, por aquello del aislamiento. Ustedes me contarán a dónde nos lleva todo esto. A nada bueno, desde luego. Yo a veces pienso en una hipotética visita extraterrestre –nada de invasión general, una visita discreta–, la llegada de un comando de animalitos verdes y bajitos que tras cuarenta y dos años de frenético viaje por las galaxias interestelares apenas tienen unos minutos para captar aleatoriamente algunas de las características de la comunidad humana antes de salir pitando de vuelta a casa: una obra escénica, un libro, una peli… Sí, una composición musical, me han leído el pensamiento. Lo mismo pulsan el rec, les sale el Opá, yo viacé un corrá –seguro que lo recuerdan–, y se llevan la idea de que “eso” es un ejemplo fiel de quinientos mil años de historia evolutiva. (Menos posibilidades hay de que toque la lotería y una porrada de gente compra el décimo cada día). A mí es que sólo de pensar en ello se me hiela la sangre. Toda una Grecia clásica, toda una Ilustración, ni se sabe cuántas personas quemadas en la hoguera por defender lo obvio ante la cerrazón y el dogma, para que en una visita fugaz los enanitos verdosos se lleven una joyita de esas como ejemplo de nuestra Civilización. Estas cosas pasan, no se lo tomen a chufla.

Yo imagino que lo de Eurovisión se reconducirá. Tiempo hay para ello. Si se arregló lo del himno con un golpe en la mesa y ya casi nadie se acuerda del bochorno, con esto otro tanto. Sea por una retirada de los protagonistas (a poca responsabilidad cívica que les asista), sea por una intervención gubernamental (para que nos saquen nuestros representantes políticos de estos casos límite les votamos, digo yo), la crisis pasará. Mas no las tengo yo todas conmigo, por lo que de momento he tomado la dolorosa decisión de exiliarme (justo he sacado un ratito para escribir el artículo entre maleta y maleta). De momento reniego de mi nacionalidad, aunque, en aras de la verdad, debo reconocer que antes del que ya puede asumirse como el mayor fenómeno musical desde Bowie no me corría a mí precisamente orgullo patrio por las venas. Porque si acaso existe eso de “la gota que colma el vaso”, sin duda debe de ser algo muy próximo a este desaguisado. Oficial, eso sí, pues a nadie se le escapa que el ridículo lo vamos a pagar con el erario público: entre todos, para que nos entendamos. No sé a dónde dirigiré mis pasos. Por geografía, lo que más cerca me pilla es Francia, pero tampoco es que allí estén para tirar cohetes. En fin, lo de vagar por el mundo siempre fue para mí una posibilidad sugerente.
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© mayo 2008
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miércoles, 2 de abril de 2008


LA NIÑA DE HUELVA

No tengo intención alguna –y aún menos interés– de hablar de la niña de Huelva, la pequeña asesinada que estos días ocupa portadas de periódicos. Se trata de un caso más entre los que por desgracia ha de soportar una sociedad marcada por el estigma de “la condición humana”. Muertos por doquier. Mujeres a manos de sus maridos, niños a manos de los adultos, adultos a manos de los niños, maridos a manos de sus mujeres, animales a manos de maridos, mujeres y niños. Pura y simple casuística, qué quieren que les diga, lo que no quita para que podamos descender al hecho concreto y percibir con nitidez la tragedia que supone la agresión física y moral en nuestra sociedad.
De cualquier forma, a mí el caso de Huelva me suscita varias reflexiones, y hasta bien pudiera tratarse de eso que ahora llaman “efectos colaterales”. No hablo de cuestiones reservadas a visionarios o superdotados –ya me contarán qué pinto yo en tales epígrafes–, sino de realidades que están ahí, adormiladas, pero que estallan con virulencia cuando determinados factores confluyen, reflotando aspectos de nuestra esencia que resultan ilustrativos como pocos. Seguro que hay más, pero me detendré en tres de ellos, que considero especialmente preocupantes.

Acuden a mi retina en primer lugar imágenes de familiares de la desdichada criatura pidiendo a la Justicia que les ceda por unos instantes el protagonismo a ellos, pues se comprometen en apenas unos minutos a, digamos, resolver el caso. “Así, así le hacía yo”, manifestaba impertérrita ante la cámara una señora de cierta edad, con un lenguaje gestual que helaba el alma, emulando sin saberlo al mismísimo Norman Bates en una mala tarde. “Que nos lo dejen, que nos lo dejen a nosotros”. Pues no, señora mía, parece que usted no se ha enterado todavía de que éste es un país organizado, civilizado en el grado que corresponda, manifiestamente mejorable si se quiere, con todos los defectos que a uno se le ocurran y algunos más, pero –al menos de manera oficial– un Estado de Derecho. Muy poco edificante la escena de la abuela acuchillando el aire a falta de carne viva, máxime cuando se trata de una ciudadana con todos sus derechos civiles intactos –así debe ser, supongo–, incluido el sacrosanto derecho a voto. Como seres humanos en general y ciudadanos de esta comunidad política en particular, un peligro, se lo digo yo.

Voy ahora con lo de la “presunción de inocencia”. Yo es que no me acabo de aclarar qué implica en la práctica tal prebenda, pues hasta los niños conocen ya nombre, apellidos y rostro del detenido –de éste y de otros muchos–, sin haber sido aún juzgado y menos condenado en firme. Debe de ser que uno no ha comprendido el abecé del concepto de democracia, porque en una sociedad jurídicamente decente ésta es la hoja de ruta para que alguien sea culpable de algo, que se sepa. Entiendo que los medios de comunicación cometen un craso error reproduciendo las imágenes de un inocente, ofreciéndonos toda suerte de detalles sobre su filiación y una biografía pormenorizada, porque ese hecho constituye en sí mismo una condena que el escenario oficial de las leyes no contempla. Y adosar a la noticia el manido “presunto” apenas constituye una burda operación cosmética que no debiera admitir ningún código deontológico que se precie. A lo mejor se debe a mi naturaleza ingenua, pero soy de los que creen que la Justicia, al menos en lo que a nominalizaciones públicas de encausados concierne, tendría que ser un espacio por completo opaco para la sociedad civil.

Tercera cuestión, escurridiza como la que más: la ancestral búsqueda de la justa correspondencia entre crimen y castigo. La realidad punitiva se nos presenta como un área de reflexión apasionante. Lo es desde hace siglos y continúa siéndolo en la actualidad. Quiero pensar que cualquier debate de carácter moral, y siempre que se aborde desde su lado didáctico, refleja per se el grado de higiene democrática de la sociedad donde anida. Y como tampoco puedo extenderme mucho más, les lanzo una batería de preguntas, así, sin anestesia y con toda su carga genérica. ¿Qué hace un ciudadano en el pudridero que supone la cárcel cuando no supone para la colectividad un peligro mayor del que podamos suponer usted o yo mismo, libres e impolutos? ¿De verdad creemos que es algo intrínsecamente progresista la imposibilidad de que un menor de edad o un anciano vayan al trullo? ¿Por qué nos espanta la hipótesis de establecer algo así como los “comités revisionarios”, una suerte de grupos formados por profesionales y expertos que puedan reevaluar cada caso, individualmente, para cortar o alargar penas según realidades y circunstancias?

Me resisto a terminar sin dejar patente mi nausea ante el morbo que al parecer suscitan este tipo de situaciones –vuelvo a lo de la niña–, y que no nos deja precisamente bien parados en el plano de lo moral. La culpas se reparten por igual entre el propio protocolo de la policía, aparentemente incapaz de proceder con discreción en el traslado de “presuntos” delincuentes; de los medios, que no dudan en colocar en primera plana la cara desencajada de un familiar amenazando al “presunto”; y quienes componemos la sociedad civil, jugueteando a jueces con una frivolidad pasmosa mientras nos entretenemos observando la carga policial contra la masa que zarandea el coche blindado. Ya imagino que en todos los sitios cuecen habas, pero no es menos cierto que en este santo país conviven en turbadora, siniestra avenencia, la nanotecnología y el cuajarón de sangre.

© abril 2008
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miércoles, 26 de marzo de 2008


LA ÚLTIMA FIESTA
DE CHANTAL

A la señora Sébire le iba a estallar la cabeza. La afirmación no pretende ser una metáfora, sino describir la más truculenta realidad en la que se vio sumida Chantal, una de las pocas personas –dudoso honor– a las que cada año se les diagnostica estesioneuroblastoma, una de esas dolencias que confirman su horrendo nombre. Te sale un tumor en la cavidad nasal y comienza a crecer desmesuradamente. Como es lógico, acaba afectando a todo lo que encuentra a su paso, los ojos hasta derivar en ceguera, por ejemplo. Aquí lo de la empatía de poco sirve, porque a uno se le hace ejercicio imposible imaginar cómo debe de sentirse alguien a quien le crece un balón maligno dentro de la nariz. (Ni el guión más retorcido del cine de ciencia-ficción). Como para desear morirse. Tampoco esto tiene vocación de metáfora, y de hecho es lo que había solicitado la señora Sébire a la administración de su país: ayuda para morir. Se lo pidió a la misma administración que le cobraba con puntualidad británica sus impuestos y que le imponía una multa en caso de molestias a los vecinos a altas horas de la madrugada. Ayuda, socorro, algo tan humanamente comprensible como eso es todo lo que imploraba Chantal. En realidad, el Estado nunca se lo negó, poniendo a su disposición el pertinente tratamiento médico paliativo. Pero el diagnóstico era fulminante: el tumor seguiría creciendo hasta acabar con su vida en un plazo de tiempo muy corto. Y dolía. Dolía mucho, a juzgar por las manifestaciones de la propia enferma: “Es como si te introducen una cucharilla en la cuenca del ojo y comienzan a rebañar”, declaró. No hay razones para pensar que nos mintiera, que frivolizara con una cosa tan seria para ella y para muchos millones de personas más como el dolor severo y permanente. Una vida corta, dolorosa, y con la cabeza deformada hasta lo grotesco. Una vida que pierde así cualquier contacto con eso que llamamos dignidad y que se reduce en ocasiones a lo puramente biológico. Una vida que no merece la pena ser vivida, al menos desde el prisma de su protagonista y víctima. Chantal sólo pedía un final sereno y libre de padecimientos, un off rápido y feliz. Pero el papá Estado declinó la solicitud y le dijo que no. Es como si el cuerpo de bomberos te negase con el dedito desde la orilla el auxilio que solicitas mientras eres arrastrado por la corriente del río.

La muerte constituye a veces una auténtica liberación, la única posible en los casos más extremos, y así se reconoce a través de la sabia tradición oral: “por fin ha descansado” es al fin y al cabo una de las frases más recurrentes en los funerales. Cuando todos los factores que hacen de la vida una experiencia deseable se truncan, puede que haya llegado el momento de tomar decisiones, de admitir que el partido está perdido, de retirarse con la cabeza alta y el cuerpo magullado a los vestuarios en busca de una ducha caliente y una siesta eterna, reparadora. (Esto sí es una metáfora, y en cadena). Hemos acabado creando una sociedad esquizofrénica, una verdadera enferma moral. Algo que se percibe con nitidez a poco que nos fijemos en algunos de los comportamientos que tenemos para con los animales no humanos. Los aniquilamos en masa con el único objetivo de satisfacer nuestros caprichos más triviales como la gastronomía, el ocio o la vanidad estética, pero al mismo tiempo les facilitamos, si ello está en nuestras manos, un final plácido y exento de dolor. La eutanasia (“buena muerte”, conviene recordarlo) es una práctica habitual cuando de nuestros amigos perros, gatos o caballos se trata –el tiro de gracia al caballo malherido es un signo inequívoco de humanidad en la historia del cine–, pero sin embargo se la negamos con tozudez medieval a nuestros animales más cercanos: nosotros mismos. Y lo más dramático en este escenario ya de por sí sombrío es que tras él no se esconde una crueldad mal entendida (una suerte de “inconsciente negación de auxilio al necesitado”), sino la dichosa moral religiosa que todo lo emponzoña. Es Dios quien nos regala la vida y Él decide cuándo y cómo nos la arrebata, afirman algunos. Sin duda son estas las ocasiones en que se manifiesta en todo su esplendor la herética idea de que tal vez no fuera Dios quien nos creó a su imagen y semejanza, sino más bien nosotros quienes nos hemos sacado de la manga un Ente a imagen y semejanza de nuestros intereses más mundanos e inconfesables, una Herramienta con la que hacer y deshacer, con la que dominar mentes y tener atemorizada y compacta a la masa. Dios se convierte así en una especie de papelera expiatoria que regenera hasta el infinito nuestra ancestral pereza ética.

Lo único que deseaba Chantal era acabar su pesadilla con una fiesta, rodeada de confeti y con una copa de champán en la mano, entre las risas sinceras de sus seres queridos, y no como un guiñapo destartalado en medio de la vía.
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© marzo 2008
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viernes, 1 de febrero de 2008




PERSONAS COMO WASHOE

Hace ya algunos meses que murió Washoe, una persona por completo desconocida para la mayoría de nosotros, a quienes nada especial nos dice su nombre. Ante la desaparición de tan insigne residente, responsables de la Universidad de Ellensburg (Estado norteamericano de Washington) manifestaron entonces su intención de rendirle un tributo fúnebre, añadiendo que “en el momento del deceso Washoe estaba rodeada de su familia y sus más estrechos amigos”. ¿Qué hizo en vida Washoe para merecer tal reconocimiento? En realidad, nada. La comunidad científica obtuvo logros que a buen seguro no eran para ella sino algo natural. Nunca sabremos si Washoe en realidad se mofaba de los sesudos catedráticos de bata blanca cuando éstos se congratulaban de poder establecer con ella conversaciones de cierta complejidad. Hablo de “ella” porque Washoe era una chica, una venerable anciana de 42 años –lo son al parecer las chimpancés a esa edad–.
En efecto, Washoe fue objeto de una amplia atención mediática en los años ochenta, cuando, integrada en una familia humana como un miembro más, fue objeto de meticulosos estudios sobre la capacidad de los miembros de su especie para desarrollar y usar el lenguaje de signos hasta entonces privativo de los sordos humanos. Los resultados fueron sorprendentes. Se llegó a la conclusión de que los chimpancés son capaces de transmitir ideas estructuradas, deseos abstractos, de establecer planes de futuro, de “engañar” para conseguir prebendas, de burlarse por puro placer, de exteriorizar conscientemente sentimientos y emociones, de compartir penas y alegrías con los demás y recibir así el apoyo necesario para superar determinados traumas. Esta realidad no demuestra tanto que “se parecen a nosotros”, como gusta afirmar a los etólogos, sino más bien que “se parecen a ellos mismos”. Cabría en consecuencia deducir que, por encima de la autocomplacencia de la comunidad científica (otro día hablamos de ello), los chimpancés son verdaderas personas.
Imagino que muchos de quienes leen este artículo se habrán percatado ya de que he calificado de “persona” desde el mismo título a un mono, un atrevimiento que casi todo el mundo colocaría entre la ofensa y la herejía. Pues sí, Washoe era una persona, tanto como pueda serlo usted o yo, dado que no existe nadie que pueda ser persona “en cierto modo” o “a tiempo parcial”. Lo de ser persona es como aquello de estar embarazada, para que nos entendamos. O se es o no se es. Pero vamos al meollo de la cuestión. ¿A qué viene esto de que los monos sean personas? Pues a que el concepto de persona da más juego del que parece, y sobre todo del que nuestro ego está dispuesto a permitirnos. No hay problema –al menos yo no lo tengo– en aceptar la completa equivalencia etimológica entre persona y ser humano en nuestro lenguaje cotidiano, sobre todo por cuestiones de estricto carácter práctico. Pero si nos adentramos un poco en el terreno de la filosofía moral, tal equivalencia salta hecha añicos, por cuanto una persona sería un individuo con unas determinadas características, y no tanto por la mera pertenencia a una determinada especie biológica. (Conviene recordar aquí que con el término “persona” se designaba en las obras teatrales de la Roma clásica a la careta que dotaba de diferentes “personalidades” a los actores). Siendo así, no es difícil concluir algo que resulta turbador para cualquier especie de naturaleza engreída, un descubrimiento que socava lo más profundo de nuestro carácter autorreferencial: ni todos los seres humanos son, sensu stricto, personas, ni todas las personas han de ser necesariamente humanas. (Aclaro que se trata de algo que no depende de mí, ni tengo yo interés especial alguno en ello. Mi papel aquí se limita al de mero informador).

La historia de Washoe debería servir al menos para revisar nuestra habitual mueca cuando oímos a alguien aquella supuesta redundancia de “las personas humanas”, endosándole por defecto una escasa formación académica. Vale que quienes recurren a la castiza expresión lo hacen –imagino– desde un completo desconocimiento de todo el rollo éste de la filosofía moral, lo que no es óbice para que, una vez constatados los hechos, la comunidad humana deba hacer examen de conciencia sobre el trato que da a muchos de sus semejantes, personas no humanas en este caso, a quienes encierra de por vida tras unos barrotes con el único propósito de hacer negocio, somete a dolorosos experimentos pagados por empresas de cosméticos, o convierte en un guiñapo sanguinolento en verdaderos linchamientos públicos. Son ya muchos los científicos que desde muy diversos campos del conocimiento abogan por reconocer derechos jurídicos garantistas “para todas las personas”, con independencia de la especie a la que pertenezcan. Se trata de una meta que en nada nos perjudica a nosotros y en mucho les beneficia a ellos, los animales parahumanos. Un estricto ejercicio de decencia y generosidad moral.
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© febrero 2008
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jueves, 3 de enero de 2008


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KEN

Ya está en los comercios del ramo la nueva y exitosa novela de Ken Follett. Nueva porque acaba de publicarse en español, y exitosa porque al parecer así lo han decidido los diversos medios informativos –todos sin excepción–, que le están haciendo una impresionante campaña publicitaria gratis total, cual si de película de la Disney en plenas navidades se tratara. No le vendrá nada mal a las arcas de Ken, aunque leo que no se encuentran precisamente vacías.
Le llamo Ken porque al parecer el tipo es lo más parecido a “un vecino más de Gasteiz”, uno más de la gran familia vitoriana. De convencernos de este último aspecto también se han encargado los medios, uniéndose en este caso las administraciones locales, que hasta han costeado estatua hiperrealista y todo al ladito mismo de la catedral que al parecer ha servido de inspiración a su última obra. (Voy primero con lo de la estatua y paso luego a lo de la inspiración, para que nos situemos, o al menos para que lo haga yo). Decía Ken en su discurso de agradecimiento que es “la única estatua dedicada a su persona que existe en el mundo”. Imagino que el dato en cuestión lo aportaba a mero título informativo, aunque a uno le cuesta no entrever en sus palabras un críptico “ya era hora”. Hombre, Ken, mira (me permito el tuteo por lo del paisanaje sobrevenido), que a mí como si le cambian el nombre a la ciudad y le ponen Follett City, pero vamos, que lo de las estatuas y reconocimientos similares creo yo que se quedan para obras mayores, y no para un especialista en best-seller, por muchos seguidores que arrastre. (Ojo. Yo, envidia cochina es lo que le tengo, con la mano en el corazón me confieso, lo que no quita para tratar de poner las cosas en su sitio). Por aportar tan solo un par de ejemplos, imagínense ustedes la carita que se les quedaría a nuestros paisanos Unamuno y Aldecoa (éstos naturales) si levantaran la cabeza. Décadas tuvieron que pasar en uno y otro caso para que las respectivas ciudades que les vieron nacer se animaran a incorporar a sus paisajes urbanos estatuas –o estatuillas, según casos– honoríficas. Pero a Ken se le ocurre decir que se ha inspirado en la catedral de Vitoria para su nueva novela-filón, y nos falta tiempo para buscar presupuesto con el que sufragar los gastos de la broncínea figura –muy atractiva, por cierto, tendrá que ver una cosa con la otra–. No me negarán que la cosa tiene su aquél. Porque es que el escritor tiene la misma vinculación con Vitoria que la que tengo yo con Navalmoral de la Mata. Que el tipo fue invitado en su día por la Fundación que se encarga de la restauración del templo por razones estrictamente publicitarias, un gancho mediático como otro cualquiera. Mister Follett era hace tres años incapaz de señalar en el mapa la ubicación aproximada de nuestra ciudad, y hoy tiene su réplica metálica en pleno Casco Medieval. Todo un carrerón, al menos estarán conmigo en eso.
Y lo de la inspiración es otra. El bueno –y multimillonario– de Ken se descolgó con eso como podía haber dicho que la visita a la ciudad había cambiado su concepción del mundo. (No se engañen, esta gente farfulla lo primero que le viene a la cabeza y al día siguiente ocupa titulares en todos los periódicos, que el mundo está así montado). A Ken le abrieron de par en par las puertas de la obra, los archivos, los estudios y no sé cuántas cosas más, y claro, ante tamaño bagaje, quién lo desprecia. Lo de la “inspiración” es lo único a lo que podía recurrir Ken para dejarse querer, porque la presencia de Vitoria en la novela es más bien escasa. Tan escasa que se reduce a cero. En realidad, ¿qué razón habría para que fuera de otra forma? Que se sepa, en el siglo XIV no había puente aéreo entre Kingsbridge y la Llanada alavesa.
Y todavía alguien que esperaba turno para la firma del libro confesaba emocionado a las cámaras su ilusión porque “un nuevo Hemingway se hubiera dejado caer por estos lares”, manifestando al mismo tiempo su esperanza de que la vieja Gasteiz se convirtiera en lugar de peregrinación mundial, como lo es Iruña en fechas señaladas. Impagable.
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© enero 2008
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lunes, 1 de octubre de 2007


SETAS

Tengo la –supongo– sana costumbre de salir al campo cuando puedo, momento que suele coincidir con los domingos por la mañana. (Poco original en ese aspecto, lo reconozco). Lo hago por darle una alegría a mi perra y por dármela a mí mismo. Es una forma como otra cualquiera de huir del ruido, de la contaminación y de las aglomeraciones de la ciudad. Pero desde hace unas semanas me encuentro con que el campo alavés (y, según leo, también el de los territorios históricos hermanos) se halla invadido por una nueva especie de depredador no clasificada aún por la comunidad científica: los seteros. No me interpreten mal. Nada más lejos de mi intención que endosar calificativo hiriente alguno a nadie, sino sólo emitir un diagnóstico objetivo. Y es que creo que lo de la recolección de setas este otoño raya con lo obsesivo, cuando no con lo directamente enfermizo. Llámenme exagerado, pero es que ya me dirán ustedes si no cómo calificar a los varios miles de ciudadanos de ambos sexos que se lanzan cada fin de semana al primer praderío que ven a arrancar todo aquello con forma de seta. Sospecho además que la inmensa mayoría, lejos de heredar una tradición familiar o algo parecido, lo asumen como una afición sobrevenida, una especie de comportamiento mimético sin razón ni fundamento fuera del simple pasatiempo.
Lo que les cuento. Una turbamulta de personas y personitas (sí, los más pequeños también, con sus minicestas y todo, que la tradición hay que mamarla desde la más tierna infancia) a la caza y captura de pacíficas galanpernas e inocentes boletus, a quienes que no cabe achacar otra culpa ni delito que nacer donde siempre han nacido sus congéneres, en el bosque, y tener un agradable sabor tras pasar por fogones y sartenes. Ustedes me dirán si no estamos ante un ataque masivo a inocentes, una razzia sin justificación ni precedentes.
Mención especial merece la actitud de los medios de comunicación, que adoptan una postura esquizofrénica difícil de entender para un profano. Por un lado, asumen una clara apología con la cosa esta de recoger setas, entre risas y chanzas varias (total, por diez millones de hongos, que diría un Ministerio), para poner cara circunspecta a continuación, y advertir a lectores-oyentes-televidententes que, de seguir así la situación, más pronto que tarde las autoridades competentes se verán obligadas a regular el hasta ahora popular e inocuo arte de la micorecolección amateur. A mí que me lo expliquen, porque no lo pillo. Me cuentan que hasta un diario regala a sus fieles lectores la consabida cesta y el cuchillo de marras, el pack completo. Un crimen, lo que yo les diga. Y lo de la esquizofrenia mediática, fíjense y me darán la razón.

Quisiera también abordar el fenómeno desde un prisma, como lo diría…, de incompatibilidad de derechos. Rescato para ello aquella teoría de los colectivos anticaza ochenteros, que reivindicaban el derecho de los no cazadores a observar los pajarillos en el medio natural, cantando bellas melodías o dando la tabarra con sus graznidos, lo que a cada uno corresponda. Pues eso, que se me ocurre que con el tema que traigo a colación podría hacerse una reflexión similar. ¿Qué hay del derecho de los senderistas a disfrutar de una impresionante amanita o de un grupo de no menos espectaculares pedos de lobo? Ahora que la era digital ha democratizado el arte de la fotografía, no me negarán que es un fastidio que uno se lance al monte en busca de la foto del año, y la instantánea más parecida sea la una cesta repleta de cadáveres.
Me comentan que entre los aficionados –ignoro si tanto en el caso de los históricos como en el de los advenedizos, o incluso si pudiera tratarse de una leyenda urbana– hasta se han establecido códigos internos no escritos, por los cuales, el setero que halle un ejemplar tóxico, pues garrotazo y santas pascuas. Por aquello de la solidaridad, para evitar intoxicaciones masivas. ¡Tócate los champiñones!
Y otra. La legislación vigente en materia de naturaleza. También creo que en este campo (no es un chiste fácil, que me ha salido espontáneo) nos movemos en una doble moral de diván, pues la normativa prohíbe arrancar en determinadas zonas protegidas cualquier elemento del medio natural y llevártelo a casa, mientras permite (por razones ignotas para un servidor a la hora de escribir este artículo) la micoesquilmación masiva de montes y ribazos. O sea, que en cualquier otra época del año a mí se me puede llamar la atención si fracturo una ramita en un descuido, pero si pertrechado de cesta y navaja curva me introduzco en la foresta y rapiño con todo lo que encuentro a mi paso, los mismos guardas que me apercibían antes pasan ahora de largo. Pues muy mal, qué quieren que les diga. Pero que muy mal. Aquí la ley para todos o para nadie.

No quisiera terminar sin dejar escrito un aspecto que me ronda la cabeza, una mera hipótesis, personal e intransferible. La de que todo este fenómeno de rapiña colectiva adolezca incluso un cierto tinte político. ¿Tinte político?, se preguntará más de un lector y lectora. Sí, tinte político, respondo. Porque pudiera darse el caso de estar incorporando sin saberlo al decálogo del buen vasco una característica racial no descrita hasta la fecha: la de setero. Abertzale, euskaldun… y setero. ¿Se imaginan? (Es broma, no me hagan caso).

Termino ya. Y lo hago con una expresión que no mencionaré en su literalidad por aquello de evitar groserías innecesarias en un medio tan serio como éste, un comentario inocente que usa cierta amiga mía con respecto a la obsesión mico-patriótica que le ha cogido a medio país. Imaginen hasta dónde afirma ella estar de los seteros.
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© octubre 2007
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