miércoles, 7 de enero de 2009


EL CAFÉ PENDIENTE
DE MARÍA


María se erige estos días en protagonista de la noticia, y al verla revolotear cual ninfa entre cámaras y abrazos de acólitos me viene a la cabeza que no la conozco personalmente; y debería. Les cuento. En cierta ocasión me llamó por teléfono y estuvimos charlando durante cincuenta minutos largos, una pasta para el ayuntamiento. Desempeñaba entonces su cargo como concejala en Donostia, hace de esto algunos años. Como quiera que no nos poníamos de acuerdo –enseguida aclaro sobre qué–, me invitó a tomar un café en su despacho, por ver si frente a frente avanzábamos algo en lo que a acercar posturas y a entender al otro se refería. El encuentro-tertulia nunca se llegó a producir. Lo impidió un malhadado cólico nefrítico del que suscribe, el mismito día anterior al acordado para la cita. Después, simplemente olvidamos el asunto. Me acordé de ello también cuando anunció ante los medios lo de su cáncer. En mi fuero interno le deseé lo mejor (no especialmente a ella, pero también a ella) e incluso pensé que era un momento idóneo para retomar lo del café fallido, por la elemental razón de que nuestra charleta telefónica –y se supone que su posterior prórroga cara a cara– versaba sobre el sufrimiento. Sí, sobre el sufrimiento en general, el que yo considero igual de indeseable para cualquiera que lo experimente, sea político-diana o terrorista, toro en el ruedo o perro abandonado en la cuneta de una carretera secundaria. Sobre el apasionante tema del dolor, el que ella clasificaba entonces en “buenos y malos”, condenables y “ningunizables”, permítaseme el palabro. De eso charlamos el día de autos, y vamos ya entrando en el tema.
Se le había enviado –a ella y a los restantes concejales de las capitales vascas, un total de casi ochenta personas– una carta desde cierta organización de defensa de los animales. Así se hacía desde años atrás y de hecho se sigue haciendo como parte de la actividad pública de la referida asociación. El objetivo de la misiva era doble: por un lado, invitar a los cargos electos de las corporaciones municipales a reflexionar sobre la licitud moral que nos asiste para agredir a animales inocentes en aras de valores tan etéreos como la cultura, el arte o la tradición; por otro, se les lanzaba una invitación expresa a que no apoyaran con su presencia aquellos espectáculos de los que formaran parte la violencia física o emocional hacia animales. Nos referíamos naturalmente a las corridas de toros, pero también a realidades como el tradicional circo, que incomprensiblemente la gente no suele asociar con realidades agresivas hacia sus protagonistas. El documento lo firmaba un servidor en calidad del cargo que entonces ocupaba. Nada personal por parte de María, quede claro. Por una simple cuestión de formas, siempre invitamos a los destinatarios a establecer un diálogo, caso de estimarlo oportuno, y es lo que hizo ella con muy buen criterio. Debería confesar apesadumbrado en este punto que sólo una exigua minoría responde a este tipo de invitaciones, con lo que por una cuestión de pura justicia hay que reconocerle a María no sé si tanto como coraje, pero es claro que sí una elemental decencia democrática y hasta moral. Cada cual en su sitio y la verdad en el de todos. Si la memoria no me falla, lo que más irritó a María fue una frase en la que afirmábamos algo así como que quien legitima e incluso apoya de manera explícita actos de violencia unilateral –salvo que se aporten poderosos argumentos en contra, al menos estaremos de acuerdo en que la tauromaquia supone eso en la práctica, con independencia de que pueda ser considerado un arte sublime– tiene a su vez una autoridad moral muy atenuada para quejarse por la violencia de la que uno mismo pueda ser objeto. No que no le asista autoridad alguna para protestar, ojo, sino que ésta se encuentra cierta y severamente atenuada en su caso, entiéndase la reflexión en todo su rigor. María se sintió herida por la reflexión, y ni corta ni perezosa cogió el teléfono y marco el número que aparecía a pie de folio. Muy lícito, lo acabo de decir. Yo traté de explicarle una y otra vez la idea ya expuesta en la carta. Me refiero a lo de que todos los padecimientos son iguales, al menos igual de indeseables para quien los experimenta, y que ser responsable en alguna medida del dolor infligido a inocentes no es desde luego virtuoso. En su calidad de amenazada, y asumiendo mi interpelación como simple herramienta didáctica, le pregunté cuál era la razón exacta por la que ella consideraba intrínsecamente malo que alguien le disparase. (Equivocado o no, siempre he creído que las cosas hay que tratarlas de frente y con toda la naturalidad posible). Tal vez sí lo hizo, pero no recuerdo que me contestase con claridad a un planteamiento tan contundente. Tengo nítida sin embargo cuál fue mi propia respuesta: es malo porque duele. Te duele a ti o les duele a los tuyos, que podemos ser todos en este caso. Sólo por eso –y nada menos que por eso– está mal tirotear a la gente por la calle, torturar en comisaría, torear, ver la faena desde el tendido. Me quedé con el convencimiento personal de que María comprendió perfectamente la esencia de lo que le decía, mas evitó reconocerlo, como buena política, aunque no me atrevería a decir que como buena ciudadana.

Hubiera sido un encuentro como mínimo enriquecedor para ambos, estoy seguro de ello al menos por lo que a mí respecta. Digo esto porque soy el primer interesado en sondear las razones que llevan a alguien a rechazar la violencia unas veces y darle pábulo, servir de cómplice y aun de correa de transmisión en otras. Hombre, yo no digo que retomemos lo del café, que se ha puesto por las nubes con lo del dichoso euro y que por cierto aceptaría encantado, pero sí me permito la libertad de invitarle desde este artículo, ahora a título puramente personal, a que recapacite sobre las responsabilidades que cada cual tenemos en nuestra vida diaria. Y asistir divertida a ciertos espectáculos no es, créanme, éticamente neutro. Que todo te vaya de cine, María. Te lo deseo de corazón. No necesito hacer ningún esfuerzo especial para ponerme en tu lugar –ya sabes, lo de la empatía que comentábamos en aquella conversación– y en el de los tuyos. Si nos falla lo de la empatía, estamos acabados.
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© enero 2009
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viernes, 24 de octubre de 2008


DE RATONES Y MUJERES

Tengo una amiga con un ratón en casa. No es que haya acudido a mí histérica y me lo haya confesado pidiéndome consejo por ser yo defensor de los animales, ni por tanto pretende con ello que le solucione el “problema”. Porque no hay tal. El roedor vive en su casa desde hace algo más de un año; emprende sus correrías cuando toca y se abastece de lo que pilla cuando procede. ¿Cómo consiguió el pequeño entrar en la vivienda de mi amiga?, se preguntarán ustedes. (Y si no lo hacen es lo mismo, porque lo voy a contar de igual manera). Pues por la puerta, el sitio más lógico incluso para un ratón. O no tanto. En realidad, nuestro amigo ingresó en su nuevo hogar en estado de semiinconsciencia, tendido cuan largo era sobre el fondo de una caja de zapatos, cubículo perfecto para su traslado desde la calle, donde no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, menos si tenemos en cuenta que acababa de ser rescatado de las fauces de un gato callejero, quien, sin mala intención, dio rienda suelta por un momento a su ancestral instinto. (Nadie le culpa por ello).

Imagino que durante los primeros días le invadiría el desconcierto –al ratón, digo–, pero enseguida pareció amoldarse con pasmosa naturalidad a su nuevo hábitat. Bien es cierto que a ello ayudó el hecho de que mi amiga le procurase desde el inicio el condumio necesario en cantidad suficiente, y él lo agradece no dejando ni rastro de los presentes.
Mi amiga no lo ve con frecuencia, pues es sabido que los ratones son grandes amantes de la discreción, pero escucha a diario sus patitas cuando al anochecer él despierta y se dispone a iniciar su jornada. Sabe que le espera su platito de cereales –de los del desayuno de humanos, de marca, no de los crudos, que a lo bueno se acostumbra uno enseguida–, mas no es ésa su comida favorita, pues tal honor se lo lleva la harina integral: pasión es lo que tiene por ella. Porque en casa de mi amiga se hace pan a diario, con productos naturales y sin conservantes, con lo que es fácil adivinar de dónde le viene al muy pendenciero la salud de hierro de la que parece gozar hasta la fecha, pues conviene aportar como dato adicional que nuestro protagonista pasó en pocas semanas de esmirriado a rollizo.

Durante meses el ratoncito confió en sus anfitriones, dado que éstos nunca mostraron hacia él el menor atisbo de agresividad. Pero todo cambió el día en que trataron de capturarlo con el loable deseo de ofrecerle la libertad en el campo. El susto que se llevó el pequeñajo al verse acorralado en el pasillo por la pareja de grandullones hizo que a partir de entonces perdiera toda fe en los humanos, lo que en cierta forma refuerza la tesis de que los animales –ratones incluidos– poseen una inteligencia bastante mayor que la que nuestro antropocentrismo les atribuye.

No será la primera vez que una visita advierte de repente la presencia del enano y pega un brinco en la silla, situación que mi amiga trata de reconducir con un lacónico “no te preocupes, es de casa”. La visita despeja entonces las exiguas dudas que albergaba sobre el equilibrio emocional de la dueña. Piensa que está loca. Y algo de eso debe de haber, pues en una sociedad que masacra a inocentes animales en masa por los motivos más triviales, adoptar a un ratón como refugiado necesariamente tiene que suponer por fuerza algún tipo de síndrome ético no diagnosticado hasta la fecha.
A mi amiga le horroriza pensar que alguien pueda enterarse de su secreto fuera de su círculo más íntimo, y de hecho yo no creo estar desvelándolo si la mantengo a ella en el anonimato. A veces me cuenta entre cómplice y emocionada detalles de su convivencia diaria con un ser que tiene sus horarios, sus preferencias, e incluso sus manías. Me hace partícipe de su particular experiencia: compartir piso con un pequeño duende que con toda seguridad envejecerá con dignidad, a buen recaudo de los monstruos humanos que hemos endosado a los roedores la poco amigable etiqueta de “plaga a exterminar”, como si nosotros no fuéramos de hecho la peste más destructiva que el mundo haya conocido. Él acabará sus días sin haber sentido nunca los insoportables retortijones del veneno, sin haber sido perseguido por una horda de jovencitos con aviesas intenciones, sin haberse visto en la necesidad de vivir exiliado en el permanente destierro de las alcantarillas. Él es un ratón feliz, o al menos todo lo razonablemente feliz que pueda ser un ratón. Porque los ratones sienten, créanme. Eligen entre diferentes posibilidades si se les da la oportunidad. Y –¡oh, sorpresa!– optan por aquello que les ofrece sensaciones agradables, al tiempo que rechazan el dolor. Ser ratón no implica necesariamente ser imbécil, como ya habrán adivinado.

Apuesto a que pocos de ustedes conocen una historia como la de mi amiga y su ratón. Y de conocerla, hay muchos boletos para que esté protagonizada por una mujer. Porque es éste un apartado especialmente significativo para quienes hemos estudiado en algún grado el fenómeno de nuestro comportamiento con los animales. Tal vez sea una chaladura de las mías, pero me dio por pensar que las mujeres han acabado desarrollando una especial empatía hacia los más débiles: las víctimas humanas y animales. Si algo de eso hay, tengo pocas dudas de que tal virtud les viene dada por conocer bien lo que significa ser pateada, golpeada, expulsada de casa; conocer lo que es verte sin hijos y sin futuro, ser paria entre las parias. Son muchos siglos de estigma de mujer, y eso pesa como una cruz de cemento.
Recuerdo haber asistido como público a una conferencia del cineasta Juanma Bajo Ulloa en Barcelona, hará de esto como un par de años. Confesaba Juanma en un momento dado que en las fiestas brutas de los pueblos donde se martirizan animales él sólo veía hombres, que las gradas de las plazas de toros estaban ocupadas fundamentalmente por hombres, que quienes cazan animales por diversión son hombres en su práctica totalidad… y que en aquella sala veía sobre todo mujeres. Podría pensarse que el bueno de Juanma optaba por el discurso demagógico para cosechar el aplauso fácil de la audiencia. Apenas le conozco en lo personal, pero seguro estoy de que lo decía con absoluto convencimiento y de que era su corazón quien hablaba por él.
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© octubre 2008
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miércoles, 3 de septiembre de 2008


CRISIS? WHAT CRISIS?

Escribo desde una ciudad semidesierta –media agosto–. La gente se ha ido de vacaciones, ha huido a la playa, a la montaña, a recorrer lejanos países, regalándonos sin saberlo tres semanas de felicidad a quienes nos confesamos misántropos irrecuperables. Convecinos y convecinas ahogan sus penas en la Gran Manzana, en Praga, o en el más castizo chiringuito –cinco euracos el botellín de cerveza– mientras tratan de sacarle todo el partido al aifon, juguetito recién adquirido nada más llegar a destino, porque un capricho es un capricho (no tendría sentido lo de la tele de plasma y luego hacerle ascos al aifon famoso). Que rabien los compañeros de oficina, aunque por poco tiempo, pues para Navidad será una plaga.
Recuerdo que hace años Carrascal –él consiguió que superase mi complejo con el inglés– abría su informativo en plena Semana Santa con la noticia de que los españoles habían elegido más que nunca como destino turístico el Caribe, y nos regalaba la razón: escapaban de la crisis. Seguro que ustedes no lo necesitan, pero como yo soy un poco duro de mollera lo repito, por si no se ha entendido. Para olvidar la devastadora crisis, que imagino consiste en ver mermado tu poder adquisitivo, la gente se gasta un pastón en viajes de placer al otro lado del mundo. Vale.
Atravesamos una profunda crisis. Los informativos se encargan de recordárnoslo a todas horas. Una severa crisis económica afecta a nuestra sociedad y la recorre de punta a punta. El mensaje se nos lanza desde todos los ángulos posibles: crisis, crisis, crisis. Si uno lo piensa, es terrible que más de uno haya tenido que cambiar Punta Cana por Benidorm. Una tragedia familiar que sólo se supera consumiendo, aunque tengo entendido que consumir, ecológico, lo que se dice ecológico, no es mucho. Y como también nos dan lecciones con la cosa ésta del Medio Ambiente, pues me acabo haciendo un lío y prefiero no pensar, porque ya me contarán si no cómo conciliamos economía y ecología cuando el descenso brusco en las ventas del elemento más contaminante que existe –los coches particulares, que lo sepan– se asume como uno de los indicadores más preocupantes del escenario, llámese recesión, crisis o desaceleración, tanto da.

Agotada la parte irónica –que no lo es tanto, si se fijan– paso a la seria, pues no es broma que nuestro poder adquisitivo –de eso se trata a fin de cuentas, valga la expresión– haya menguado hasta rayar con lo insostenible en ciertos casos. Seguro que son menos de los que nos indican los medios, pero suficientes como para abordar el problema con el fundamento que merece.
Sin embargo, y entre tanto mensaje apocalíptico, yo quiero dejar escritas aquí dos reflexiones personales y en consecuencia subjetivas. En primer lugar, les traslado mi duda sobre si de verdad la famosa crisis existe, y en tal caso si corresponde en gravedad a lo que se nos cuenta. Porque pudiera darse el caso de que, si no el fondo, las formas estuvieran más o menos dirigidas por sólo dios y los distintos poderes económicos saben qué oscuras manos, no siendo en consecuencia el panorama tan desesperado como nos lo pintan. Por otro lado, traigo a colación un hecho que particularmente me causa honda desazón, como es que una parte significativa del planeta no haya conocido jamás crisis alguna por no haber experimentado otra cosa que la miseria más absoluta. Estaremos de acuerdo en que el término crisis resulta bastante vago, y apenas designa una etapa con mayores dificultades que la precedente. Sin más. Siendo así, no hay crisis que valga si naces en la más atroz indigencia, y sin posibilidad real además de salir de ella. Mientras aquí nos preocupa el descenso de clientela en los restaurantes, cientos de millones de seres humanos con nuestras mismas, legítimas aspiraciones a una existencia digna, apenas saben qué comerán mañana o si acaso lo conseguirán; mientras nos ahoga la hipoteca de nuestra casa en el centro, un tercio de la población mundial vive en espacios que aquí apenas conseguirían el calificativo de “chabola inmunda”; mientras millones de africanos echan el día en busca de agua potable, aquí sembramos campos de golf por doquier y la piscina ha ido ganando terreno hasta convertirse en un icono del estatus social. Llámenme demagogo, es gratis: una simple carta al director basta. Pero salvo que haya poderosísimos motivos para lo contrario, a mí me parece que precisamente en tiempos de crisis –hablo de la que por lo visto padece el Primer Mundo– es cuando por pura decencia ética merece la pena detenerse por un momento y pensar en el ejército de desheredados cuyo objetivo más inmediato es alargar sus vidas unas semanas más, a quienes el Euribor y el Ibex-35 les importan lo mismo que a mí los viajes a Marte, igual. Habrá quien piense que mal consuelo es mirarse en espejos ajenos y sobre todo peores. Y creen otros que tal actitud debiera asumirse como un ejercicio moral de obligado cumplimiento. Escrito queda.

Recuerdo haber leído hace años un cuento breve que alguien dejó en forma de fotocopias sobre el mostrador de una tienda: la historia de un anciano que regentaba un puestecito de fruta al borde de la carretera. El hombre poseía una modesta huerta que le daba suficiente mercancía como para abastecer el tenderete. Al final de la jornada volvía satisfecho a casa, una humilde vivienda en las afueras de cierta macrourbe, pues casi siempre conseguía vender todas las piezas a los automovilistas que paraban. Comían un par de naranjas a la sombra de la improvisada tienda mientras establecían una conversación trivial con el viejo. Luego adquirían unas piezas más para el camino. Al hombre le iba razonablemente bien, o así se lo parecía. Hasta que llegó su nieto, a quien por circunstancias de la vida y de la policía había tenido que criar él mismo en el campo, y al que no sin esfuerzo había conseguido pagar sus estudios en la universidad. “¿Pero qué estás haciendo, abuelo, es que acaso no sabes que estamos en crisis?”. Realmente el viejo no lo sabía, pues llevaba una vida austera allá en el límite de la gran ciudad, desconectado del mundo. Él no necesitaba grandes cosas. Regar el huerto y pasear con su perro, casi tan anciano como él mismo, esperar a que el trabajo diera sus frutos y vender éstos en la carretera tras un breve viaje en la destartalada camioneta. El hombre se asustó al oír las palabras del nieto. Sin duda el joven sabía de qué hablaba, pues no en vano era universitario. “No puedes estar vendiendo la fruta como si tal cosa, la situación es muy mala”. Cuando el nieto regresó a la ciudad, el anciano continuó fiel a su puesto diario al borde de la carretera, pero llevó mucha menos fruta, dado que eran tiempos de crisis. Como de costumbre, la había vendido toda al final de la jornada. Pero, a diferencia de otras veces, en las que regresaba a casa cansado pero satisfecho por las ventas y las charlas con los clientes, ahora estaba de verdad preocupado: “Hoy apenas he conseguido vender la mitad que otras veces. Mi querido nieto tenía razón: estamos en crisis”, pensó.

Entiendo que el texto quedó digno. Si acaso, no me acaba de convencer el título, mas no por inapropiado cuanto por ser, como ustedes sabrán, un burdo plagio. Espero al menos no tener problemas con Mr. Davies por un quítame allá ese encabezamiento, pues todavía me veo yo ante los tribunales, y además de no cobrarlo me sale encima el artículo por un pico, agudizando así mi crisis personal. Un desastre.
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© septiembre 2008
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viernes, 1 de agosto de 2008


SI NACES TORO

Si naces toro y las conversaciones que oyes a tu alrededor se desarrollan en español, existen sobrados motivos para preocuparte. A partir de entonces tienes el dudoso honor de haberte convertido en el protagonista de una historia de pasión, de identidad cultural, de negocio y, lo que es peor para tus particulares intereses, de linchamiento público. Todo junto. Dicho así, hasta pudiera parecer sugerente, pero el hecho de que ninguna de las personas que leen estas líneas daría su consentimiento para cambiarse por ti da cuando menos que pensar.

Si naces toro vives con tu madre, y durante cierto tiempo te dejan más o menos en paz. Analizado en ese momento, ser toro hasta podría resultar una experiencia interesante. Apacibles jornadas de sol y moscas, una vivencia que no requiere mucho más que un cronograma rutinario. Despertarte, comer, acercarte con tus compañeros de manada hasta la charca, un relajado sesteo bajo tu encina favorita, y se te va la tarde sin darte cuenta. Hora de regresar. Mañana será otro día.

Si naces toro debe de resultarte muy desagradable que, apenas con unos meses de vida, te separen un día de tu familia y te lleven a un lugar donde hace un calor infernal (casi tanto como cuando acercaron a tu nalga aquel hierro candente, apenas venido al mundo), con un aspecto que en nada recuerda a tu paisaje cotidiano. Arena de color oscuro sobre el suelo, y una banda corrida de cemento y madera por todo horizonte inmediato mires donde mires.
Un tipo a caballo aparece en el extraño escenario y te provoca para que te acerques, en una situación novedosa y desconcertante para ti. Te defiendes, pero cuando lo haces sientes un agudo dolor detrás del cuello. Apenas unos segundos más tarde lo que percibes en un tufillo ferroso: parte de la sangre que hasta ese momento corría por el interior de tu cuerpo se abre ahora paso por la herida. Las provocaciones continúan. Tú respondes, a pesar de que comienza a invadirte una sensación de sofoco, fruto del calor y de la hemorragia. Por la noche, de vuelta con los tuyos, recuerdas la experiencia como algo inexplicable y traumático. Ni te imaginas que, mientras tú apenas puedes pegar ojo por el escozor del boquete abierto, los humanos ya te han catalogado como “toro para lidia” o “morralla para fiesta de pueblo”. Lo cierto es que, si pudieras evaluar las consecuencias de uno y otro destino, no te sería fácil elegir tu final en base a uno de los dos estatus.

Cuando una fresca mañana aparece en el horizonte un enorme cubo que se mueve, tienes bien olvidado aquel nefasto día. Han transcurrido por lo menos cuatro años, y eso es mucho tiempo para un toro. Ni sospechas entonces que ésa será la última vez que veas y huelas tu único mundo. Atrás quedará para siempre el paisaje de encinas y tomillo.
El constante traqueteo del vehículo acaba convirtiéndose en un tormento. Ni un instante de sosiego, sin siquiera poder darte la vuelta o echarte un rato a descansar. Tú eres toro, incapaz por lo tanto de medir el tiempo (¿para qué debería servirte tal habilidad?), pero han sido nueve horas de golpes en los costados, vómitos, mareos y angustia. No habías sentido nada tan desagradable desde la jornada de la tienta. Desciendes por la rampa, tambaleante y receloso, con veinte kilos menos. Desconoces por completo que uno de tus compañeros de manada murió hace dos semanas por colapso durante el traslado.
Un par de días más, y otra vez al horrendo chiquero, las varas que pinchan tu cuerpo y te dirigen para aquí y para allá… Otro pinchazo en el cuello como aquel ya casi olvidado, y la única salida hacia un entorno redondo, tumultuoso, asfixiante, vagamente familiar. De nuevo el tipo del caballo, esa figura siniestra que repite la operación, pero esta vez de una menar mucho más brutal, más prolongada. Si naces toro te introducen en la espalda una puya metálica del grosor de un brazo humano. Sacan y meten la vara para agrandar la herida. Una vez dentro, el diabólico instrumento gira sobre sí mismo como un taladro con el perverso fin de raspar la cara interna del boquete, para lo que resulta especialmente eficaz forrar el extremo del palo con maroma. Si naces toro eres lo suficientemente imbécil como para pensar que empujando al caballo te vas a zafar de la tortura. Desconoces que, a estas alturas, no tienes posibilidad alguna de escapar.
Apenas un respiro antes de que se acerque corriendo una absurda figura luminosa y te clave, en diferentes acometidas, hasta media docena de pinchos que te producen un dolor de fuego. Tratas de librare de ellos con bruscos movimientos de cabeza, pero no consigues otra cosa que desgarrarte los músculos con los arpones. La pérdida de sangre te nubla la vista, y ni el incesante jadeo consigue que recuperes tu ritmo cardíaco habitual. La sed te abrasa la garganta, y pensar en el agua de la charca bajo la encina no hace sino angustiarte aún más. No hay tregua. Definitivamente, esto es mucho peor que lo de la tiente. El incesante griterío te impide encontrar un segundo de consuelo.
Si naces toro se te planta enfrente el tipo brillante, se arranca a toda prisa con un sable en la mano y te atraviesa los pulmones. A veces también el corazón. Este pasaje resulta especialmente doloroso, porque te acaban de reventar tu bolsa de oxígeno y comienzas a ahogarte. Por la boca sale un caudal de sangre importante, que se une a las babas y al moco que te ha acompañado desde el principio de la lidia.
Si naces toro no tienes ni puta idea de lo ridículo que resulta pensar que, quizás como la otra vez, al final dejarán que vuelvas a tu encina, a tu charca, con los tuyos. Empiezas a sospechar lo peor cuando, ya inmóvil en el suelo, sientes como te rebanan las orejas hasta desprenderlas de la cabeza, donde siempre habían estado desde que recuerdas. A veces corre la misma suerte el rabo, el mismo que tan útil te había resultado a la hora de mantener a raya a los pesados tábanos. Llegados a este punto, sólo puedes desear morir antes de llegar al desolladero, pero en ocasiones tu destino es tan cruel que ni siquiera eso sucede.

Nunca sabrás que hasta es posible que tu tormento y el de otros cinco compañeros puede haber servido de excusa propagandística con el objetivo de recaudar fondos para luchar contra comportamientos humanos tan deleznables como el terrorismo, la violencia doméstica o la guerra.
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© agosto 2008
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jueves, 31 de julio de 2008


LA CELEDONA

Vaya por delante que las primeras líneas del presente artículo están especialmente pensadas para quienes no tienen relación alguna con la ciudad de Vitoria-Gasteiz, insigne capital de Euskadi, ni por lo tanto con sus costumbres más arraigadas, por lo que los locales de toda la vida pueden saltarse esta breve introducción y pasar sin remordimientos al siguiente párrafo.
Nos centramos. En Vitoria, cada cuatro de agosto, docenas de miles de personas se reúnen en la plaza central, y a la que dan las seis en punto de la tarde desciende un muñeco –el famoso Celedón, seguro que les suena– por una cuerda y cuando llega a su destino se reencarna en humano y la gente pega brincos de alegría no se sabe muy bien por qué pero los pega y todo es muy emocionante e inolvidable según los forasteros testigos del tumultuoso evento. (Si quieren más detalles, vienen y lo ven). Sigo. Como todo esto hay que mamarlo desde pequeñito, desde hace ya muchos años (veinticinco para más señas) existe la consabida versión infantil. El Celedón Txiki, que viene a desempeñar en una de las jornadas festivas el mismo papel que su hermano mayor el día del chupinazo. Bueno, un detalle para los chavales, sin más. Pero –se veía venir– hete aquí que en la presente edición quieren incorporar al muñequito la original presencia de una acompañante, muñequita ella en consecuencia, por aquello de que las niñas, las de carne y hueso, no se sientan discriminadas. No parece que la ausencia femenina haya causado estragos en las mentes infantiles a lo largo de las dos últimas décadas –al menos no se conocen estudios médicos al respecto–, pero precisamente doctores tiene la santa madre iglesia en cuestiones de discriminación, supongo.

Es evidente que utilizo la noticia como simple excusa para hablar de algo más profundo como es el tema de la discriminación (me refiero naturalmente a la mala, la arbitraria, porque esto viene a ser un poco como el colesterol, no nos engañemos). La discriminación constituye en sí misma un grosero ejercicio de injusticia, que se traduce en cosas tan abyectas como el racismo, la violencia doméstica o el terrorismo ideológico. Demasiado repugnante como para juguetear con ella y usarla a modo de arma arrojadiza contra el contrincante político o como muestra inequívoca de progresía de manual. Porque pudiéramos estar elevando a la categoría de “problema” cosas y situaciones que de hecho no lo son. Lo de la igualdad está muy bien, así, en abstracto. ¡A mí me lo van a contar! Pero convertirlo en una obsesión postural conduce las más de las veces al siempre indeseable terreno de lo absurdo. Piensen si no en el agravio comparativo que desde este año supone para la versión adulta –la más castiza por antigua, de hecho– del evento antes mencionado, y sobre el que al parecer no pende de momento la amenaza progreguay, de lo que tanto saben ellos y ellas, ediles y edilas, pues cuatro años se pasan volando y conviene dejar tu impronta como sea, en forma de polideportivo multiusos o de muñeca en resina poliéster. Ya me imagino a una Celedona bien plantada acompañando orgullosa a su partenaire en el trayecto a la balconada. Entiendo que sólo entonces habremos superado siglos de injusta discriminación en lo que al género se refiere. Y quien dice el género dice otras cosas. Yo ya voy dejando caer la sugerencia desde esta tribuna a las diferentes comunidades que forman hoy parte consustancial de la vida gasteiztarra para que acudan en masa al consistorio y exijan sus derechos. Muy bien, lo han pillado al vuelo: ¡un Celedón chino! Y otro argelino. También uno ecuatoriano, que no ocupa mucho, y otro más alemán, rubiote y con la cara colorada. ¡Que no discriminen a nadie! Yo propongo formalmente el recorrido en grupo, sin ausencia que evidencie discriminación alguna. Todos cogiditos de la mano bajo un inmenso ramillete de paraguas. Pelín incómodo, quizás, pero nadie dijo que superar etapas oscuras en lo moral fuese tarea fácil. En cualquier caso, y ya puestos, ¿a ustedes no les parece que aquí falta algo? Tranquilos, les dejo un segundito para que lo piensen. […] ¡Ahí estamos, están hechos unos linces, esto es coordinación mental! ¡Un Celedón gay! Pero gay de verdad de la buena, nada de escenificaciones edulcoradas. Fuera el casposo atuendo de aldeano alavés, bienvenida la camiseta de tirantes y el pantalón ceñido; a la basura las trasnochadas abarcas, vivan las zapatillas purpurina divinas de la muerte. (Si acaso les parece inadecuado el estereotipo de locaza que ofrezco para la propuesta, a mí no me lo cuenten; diríjanse a los responsables del desfile del Día del Orgullo). Y como la estupidez en su versión provinciana parece no conocer límites, tomen nota de lo que escribo: acabaremos viendo con estos ojitos que se ha de comer la tierra una parejita de monos –chimpancé él, orangutana ella, un poner– atravesar la plaza blandiendo orgullosos sus paraguas azulones. Porque el Proyecto Gran Simio tiene mucho recorrido, mal haríamos en subestimarlo.
Por cierto. ¿Me tendría que sentir yo discriminado como varón por tener como representante patronal a una mujer y sólo a ella? ¿Acaso no sería coherente, siguiendo la estela de la Celedona, nombrar a un patrón macho, para que ambos, ella y él, él y ella, con la paridad por principio irrenunciable, actúen en comandita como iconos de la feligresía local? Tengo que reflexionar sobre ello.

Yo entiendo que gestionar todo esto debe de resultar mareante. Mas cada problema tiene su solución si se busca con anhelo y buen criterio. De cara a próximas legislaturas podría crearse una concejalía expresa para tales menesteres, dirigida naturalmente por una mujer lesbiana negra, que sé yo, algo así. Miren, les dejo si les parece, porque la cabeza me da vueltas y hasta noto cierto zumbido en las meninges. Yo bastante hago con proponer gratis total iniciativas por las que otros y otras se llevan una pasta gansa. Y con todo este lío ni sé si me quedan aspirinas.
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© julio 2008
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domingo, 6 de julio de 2008


LA CAMISETA

Llegan de nuevo los Sanfermines, y con ellos la matraca diaria de todo medio que se precie, sea televisión internacional o periódico gratuito local. Para gustos, desde luego, pero a un servidor la información sobre eventos festivos le parece igual de ligera que una copita de lavavajillas como digestivo. Porque, reconozcámoslo, la cosa esta de los Sanfermines es pesada como ella sola. Que sí, que se trata de una fiesta superdivertida y que hay mogollón de gente en la ciudad. Una sociedad discreta, reservada y conservadora el resto del año, la pamplonica, bulle y se desmelena durante nueve días. Seguro que les suena de algo, aunque sólo sea por el elemental hecho de que, terciado junio, ya empiezan algunos con los dichosos Sanfermines para arriba y para abajo. Lo dicho, las fiestas más conocidas fuera de nuestro país, las más internacionales, sin parangón en lo pachanguero. Con su “lado oscuro”, añado yo. Y para tratar de explicarme tengo por delante el resto del artículo.

Mi primer desembarco en los Sanfermines fue fugaz. Se produjo cumplidos los treinta y muchos, algo casi incomprensible teniendo en cuenta que he vivido siempre a no más de una hora por carretera de la vieja Iruña. En una rueda de prensa multitudinaria explicamos a periodistas de medio mundo el aspecto siniestro de la fiesta: las corridas de toros y los encierros. (Hasta donde yo sé, la primera vez que se cuestionaban a micrófono abierto estos últimos). Apenas una hora después del chupinazo yo cogía el autobús de vuelta a casa, no sin antes dar un pequeño paseo por el centro y detenerme en los puestecillos ambulantes cargados hasta los topes de algunos elementos textiles ineludibles para la juerga. Hablo de los consabidos sombreros de paja desilachada, de las fajas rojas, de camisetas de quita y pon con toda suerte de mensajes que, dicho sea de paso, no rebosaban precisamente enjundia intelectual. Han pasado casi diez años de aquello, y todavía es lo que acude a mi cabeza cada vez que veo en la televisión imágenes de la fiesta. Una de las camisetas más solicitadas por el público no contenía frase alguna; simplemente estaba repleta de agujeros y desgarros, tintada toda ella de manchurrones rojos. Sí, son ustedes unos linces: representaba la de alguien que acabara de ser corneado brutalmente por un toro durante el encierro. Sea por mi particular sentido del humor, sea porque yo allí estaba a lo que estaba, quedé impactado por la escena. Se frivolizaba con el terrible hecho de que un animal acosado por la turbamulta penetre tu torso por aquí y por allá, te perfore el estómago, los pulmones, te abra de par en par las axilas. Tal vez se trate de una cuestión de déficit personal en cuanto a un apartado tan particular como el humorístico, insisto, pero les confieso que aquella visión permanece entre las más obscenas que he presenciado en mi vida. Me pregunto a través de qué mecanismo mental puede aceptarse la banalización de la tragedia y elevarla luego a la categoría de drama social cuando de hecho ésta se produce. ¿Cómo es posible que la población en general asuma ese hecho con anodina complacencia –imagino que la prenda sigue dando buenos dividendos–, y luego se rasgue las vestiduras (la expresión ha surgido sola, lo siento) a la que un toro aterrado osa tocar con sus defensas al mozo de turno? Puestos a barrenar en lo morboso, imagino las portadas de los periódicos, la instantánea del corredor de turno con la vista perdida, llevado en volandas por los servicios de urgencias, enfundado en la camiseta, empapada ahora por su propia sangre y con orificios añadidos a los originales. Dado el severo estado de parestesia moral en que vivimos, hasta tengo dudas de que alguien se percatara del detalle.

¿En qué consiste la “fiesta”? ¿Acaso hemos reflexionado sobre si de verdad merece tal nombre una celebración nutrida de sangre inocente –me refiero a la de los toros, naturalmente–, y con frecuencia de la de sus agresores, los que corren a cientos delante, detrás, a los costados? ¿De verdad creen que se puede reservar el calificativo de “inocentes” a quienes con su sola presencia mantienen aterrorizados a los pobres bóvidos, que sólo muy de vez en cuando se defienden y le dan al valiente de turno su merecido? Sí, su merecido; a mí no me miren. Porque quienes se dedican en sus ratos de ocio a acosar a seres pacíficos por naturaleza deben asumir que la consecuencia razonable es que la víctima acorralada haga uso en un momento dado del único arma que posee. Según mi modesto entender, lo de verdad lógico sería dejar que los mozos corneados se desangraran en el asfalto. (Nunca he entendido que se deban utilizar recursos sanitarios sufragados por todos para curar a gente irresponsable). Que se levanten si tienen bemoles, que recojan sus vísceras humeantes y que se vayan a su casa a lamerse las heridas, como hacen los pocos toros indultados que sobreviven al linchamiento en sus dos etapas, matinal y vespertina. Gajes del oficio, chaval, nadie dijo que esto fuera un juego inocente: te la has jugado y has perdido. A estas alturas del texto no pocos lectores estarán horrorizados con lo que he escrito. Y muchos entre quienes maldicen al diario que osa publicarlo serán los mismos que ven con agrado los puestos de fruslerías festivas, con su producto estrella en primera línea: la camiseta.
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© julio 2008
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sábado, 7 de junio de 2008


LOBOS: EL FACTOR ÉTICO

Todo lo que rodea a una especie como la del lobo hace correr ríos de tinta desde tiempo inmemorial, convirtiéndose en un filón inagotable para los medios informativos en la actualidad. El conflicto suele presentarse de forma bipolar. De un lado, los ganaderos; de otra, los ecologistas. Pudiera decirse que la Administración desempeña un papel intermedio, de espectadora, aunque es ella quien al final determina las medidas que se ponen en marcha, y que, dicho sea de paso, no suelen dejar bien parados a los cánidos. Éste vendría a ser, grosso modo, el escenario.
Sin embargo, desde los postulados de una organización como ATEA el debate se queda por completo cojo si no se otorga su verdadero peso a determinadas cuestiones que suelen soslayar tanto las instituciones públicas como las tesis ecologistas. (Y no digamos ya los ganaderos). Nos referimos al que podríamos denominar “el factor ético”, y que entronca directamente con la cuestión de los derechos de los animales. Aproximarse al problema desde este prisma implica tener en cuenta no sólo al lobo, sino al ganado del que éste se alimenta, sin olvidar a los animales que como elementos periféricos forman parte del fenómeno y lo sufren como víctimas: los perros pastores.

En primer lugar, entendemos que conviene diferenciar con claridad la distinta sensibilidad que mueve a ecologistas y a animalistas, pues con demasiada frecuencia se nos suele meter en el mismo saco, cuando la realidad dicta que las diferencias son muchas y profundas. No se trata desde luego de posturas antagónicas o necesariamente irreconciliables. Lejos de ser así, unas y otras se complementan y dotan de la fuerza necesaria a una causa como la defensa de los animales. Pero a pesar de todo merecen ser abordadas por separado, pues ambas tienen entidad propia. Mientras el ecologismo clásico –al menos por lo que a las especies silvestres respecta– ve a los animales como conjuntos biológicos con un status determinado en el medio, la ideología animalista los percibe como seres particulares con intereses propios, dado que sólo los individuos como tales pueden sufrir. Porque es este aspecto, la capacidad para sentir dolor, el elemento clave del ideario animalista, sin el cual carecería por completo de identidad. Asumiendo este aspecto, incluso cabría añadir que muchos de los postulados ecologistas se encuentran justo enfrente de los derechos de los animales, teniendo en cuenta que, ante la tesitura individuo vs. especie, el ecologismo no duda en decantarse por la segunda, aun a costa del padecimiento y la muerte de millones de los primeros.

Pero centrémonos en el fenómeno del lobo. Tal vez el primer aspecto a tener en cuenta es la propia naturaleza del manejo de ganado en la actualidad. La inmensa mayoría de los animales a los que hoy se explota pasa sus días encerrada en barracones sombríos, por lo que ya en amplias zonas de la Península apenas puede hablarse ya con propiedad de “pastoreo”. Esta labor implica una dedicación exclusiva, y no parece que merezca tal nombre el hecho de dejar vacas y ovejas en el monte, a su libre albedrío, mientras sus dueños trabajan diariamente en una fábrica, subiendo a los pastos los fines de semana. A mí se me ocurre que, como mucho, esta variante no merece otro calificativo que el de “pastoreo de entretenimiento”. Así las cosas, no resulta extraño que la situación sea aprovechada por los depredadores de toda la vida –los lobos–, que además se han quedado sin parte de su “despensa” natural –corzos, ciervos–, a la que el hombre se ha encargado de diezmar en algunos casos hasta la práctica desaparición. Introduciendo la cuña ética que creemos merece este debate, parece claro que la licitud del lobo para atacar a las ovejas es con claridad superior a la de los propios ganaderos para lo mismo. Porque conviene dejar claro desde el principio que la práctica de la ganadería, incluida la extensiva, supone un ataque frontal a los derechos más elementales de los animales. Ya me dirán qué supone si no tratar a seres sensibles –las ovejas lo son, sin duda–– como simples mercancías, sin dedicar un mínimo esfuerzo a tratar de entenderles. A ellas les desagrada y apetece a grandes rasgos lo mismo que a usted o que a mí. ¿Por qué habría de ser diferente? Se necesitan grandes dosis de ingenuidad, o en su defecto de puro y simple egoísmo, para creer que el manejo de animales de abasto es hoy respetuoso con ellos. Los hechos están ahí para quien quiera aproximarse libre de prejuicios y con un mínimo rigor al fenómeno.

Los ganaderos afirman que el lobo afecta de manera grave a sus intereses, y no les falta razón. Pero parecen obviar que los lobos también tienen intereses. ¿O acaso alguien piensa que un disparo en el costado o la pérdida de la compañera sentimental son hechos inocuos para ellos? Sin ningún género de dudas tales cosas suponen dolor físico y padecimiento emocional, y los lobos están tan interesados como nosotros mismos en evitarlas. ¿Es proporcionada la reacción de los ganaderos al matar y destruir familias ante una pérdida que no supone para ellos sino una parte ínfima de lo que poseen? A menos que nos abonemos a la discusión reduccionista entre ecologistas y ganaderos –con la Administración como árbitro, casero en este caso–, otras muchas reflexiones deben salir a la palestra en este debate, y la ética global ocupa aquí un lugar de preferencia. Precisamente su carácter global nos obliga a tener en cuenta a otros grandes olvidados: los perros. Se trata de animales usados –en su acepción más mecanicista– hasta que ya no sirven. ¿Alguien se ha parado a pensar qué sucede con estos trabajadores cuando cumplen cierta edad y ya no responden con la eficacia inicial a su triste papel de “matones”? ¿Cumplen las instituciones públicas la normativa proteccionista en estos casos? Los mastines destinados a disuadir con su presencia a los lobos apenas pasan de ser burdas herramientas de las que el dueño del rebaño se deshará a las primeras que no satisfaga sus expectativas. Un torpe disparo, una cuerda al cuello o lanzarlo vivo a una sima son demasiadas veces los expeditivos métodos empleados por los ganaderos para eliminar el “material viejo”.
Como ven, el tema da para mucho. A poco interés que tengamos en un análisis completo y honesto de la situación, aparecen efectos colaterales por doquier. Mención especial merece, por ejemplo, la execrable actitud de quienes no contentos con esclavizar animales y disparar sobre quienes no hacen sino tratar de conseguir su condumio diario, se valen de individuos muertos y heridos para llamar la atención de los medios en las protestas, en un comportamiento que raya con la perversión moral.

Por último, no estaría mal que las diferentes administraciones con competencias en la materia –suelen ser las diputaciones provinciales– nos explicaran con claridad diáfana en qué situaciones entienden ellas que está justificado agredir a los animales. Porque la legítima defensa bien puede ser una, pero cuesta colocar en el mismo epígrafe a la cría de faisanes con el único objetivo de que una horda de ociosos domingueros con licencia para matar la emprendan a tiros con ellos, en lo más parecido a un fusilamiento sumario.
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© junio 2008
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