martes, 15 de diciembre de 2009


.
EL TRÁNSITO

El año que acaba estuvo protagonizado en lo personal por la pérdida de un familiar cercano. Hacía mucho, muchísimo tiempo que no sufría de cerca una experiencia de este tipo. De pequeño yo me creía a pies juntillas eso de que la muerte es un esqueleto blandiendo una guadaña. Pasado el tiempo y alcanzada la etapa adulta, sigo pensando lo mismo. Recurro a la reflexión como alegoría, naturalmente, pero me parece del todo apropiada la imagen siniestra del saco de huesos sonriente frotándose los metacarpos ante un nuevo trofeo. Permítaseme la licencia humorística por esta vez, pero soy de los que opinan que eso de morirse es lo último.

¿Qué supone la muerte, la desaparición física de este valle de lágrimas? ¿Significa el final de una etapa, quizá la única que hay? ¿O es apenas el tránsito hacia nuevos trayectos de una experiencia eterna que nunca empezó y que jamás tendrá fin? Afirman algunos que la vida que conocemos supone solo un segmento del camino hacia mundos mejores, una prueba más o menos amarga con premio final, que nos resarcirá –según a quiénes, ojo, pues no a todos llega– de los sinsabores terrenales. Yo no creo demasiado en esas cosas, la verdad sea dicha, pero ello únicamente significa que no creo, no que acierte con mi descreimiento, por lo que tampoco me opongo de manera visceral a que otros lo vean así. Me consta que hacerlo da sentido a sus vidas y las llena en múltiples sentidos. Y algo así no tiene precio en un mundo donde la mezquindad es el pan de cada día.
Pero aquí no me interesa tanto la reflexión sobre la muerte como tema filosófico, sino como experiencia vital e íntima, el mazazo que para todos sin excepción supone la pérdida de un ser querido. Recibir la noticia por teléfono, oír que éste o aquél ha fallecido en un accidente de carretera en plena juventud, todos sus proyectos reventados como por un cartucho de dinamita. O ver cómo se apaga la vida en su mirada día tras día, hora tras hora, que aquí todos tenemos fecha de caducidad y nada es eterno, máxime si ya se han quemado ochenta y cinco largos años del préstamo vital. Porque la vida es a fin de cuentas eso, un préstamo que hay que devolver tarde o temprano. Por mucho que se espere y se asuma como inevitable, es la muerte algo que nunca viene bien. En un momento dado el enfermo deja de respirar. Se acabó. Comienza la liturgia lógica y terrible. Recoger sus pertenencias del hospital, depositarlas en una casa ya vacía. ¿Cómo podemos llenar tanto en los demás con un escaso metro cúbico de volumen, que, bien mirado, viene a ser poco más que un puzzle de vísceras, músculos y líquidos viscosos? Cuando un ser querido muere nos damos cuenta de la cantidad de cosas que nos vinculaban a él –o a ella– sin saberlo. Cientos de objetos, recuerdos, fotografías, grabaciones, frases, consejos, desavenencias temporales que una vez superadas hicieron más fuerte la unión. Durante meses, años, seguirán llegando al domicilio cartas a su nombre. Algunas ciertamente paradójicas, incluso de una inconsciencia cruel, como la que le recuerda que debe vacunarse contra la dichosa gripe, ahora que llega el mal tiempo, no vaya a ser que un simple catarro le complique la existencia pudiendo evitarlo con un pinchacito de nada. Llámenme tonto, pero a mí una de las escenas más heladoras de la pérdida de un ser querido es observar al perro entrar en la casa moviendo la cola, esperando encontrarle, encontrarla, en cualquier recodo. La dramática imposibilidad de explicarle al animal que ya no está, que no volverá a estar, y que por eso no le recibe con su nombre y a veces con una galleta.
La muerte convierte en sombría la jornada más luminosa. Pero por encima de tal obviedad, el día en que fallece nuestro amigo o familiar es un día extraño. La muerte es un hecho natural y como tal hay que aceptarlo. Pero ese día vemos a los demás de una forma diferente. Mascamos nuestra tragedia en la intimidad, observamos a la gente que ríe en la calle, que charla animadamente en los bares, que se despreocupa en un banco del parque. Nosotros mismos lo hacemos a diario sin pensar que en ese preciso momento ciertos convecinos lloran sus pérdidas humanas, y también animales.

Elucubremos ahora. ¿Qué día de la semana preferiríamos morir? ¿Durante un martes anodino, en una ciudad semivacía en plenas vacaciones de agosto? ¿O en una fecha señalada como Navidad o Año Nuevo, mientras medio país prepara con esmero las comidas familiares o se emborracha? ¿Tal vez en el día de nuestro cumpleaños, completando así no se sabe qué círculo espiritual? ¿Preferiríamos saber la fecha, por cierto? Intuyo que la mayoría no, pero por ello seguro que hay quien sí, aunque nada más sea que por apuntarlo en la agenda y no adquirir compromisos en tan señalada fecha. ¿Qué otras cosas pasan en el mundo mientras morimos? Millones de personas, seres humanos como nosotros mismos, se pelean en guerras absurdas, hacen el amor, pergeñan planes que nunca se cumplirán, celebran que otros se cumplieron, duermen, hacen deporte, comen, vomitan, se extasían ante excelsas obras de arte, se suicidan. ¿Qué haríamos cada vez que viéramos en el calendario un año más el día fatídico? (Aquello de que la vida es una permanente cuenta atrás hacia nuestro final físico será todo lo fatalista y hasta siniestro que ustedes quieran, pero verdad de la buena al mismo tiempo). ¿Celebraríamos de alguna manera esa suerte de “cumpleaños a la inversa”, asumiéndolo como un desafío chulesco al tipo de la guadaña? Según para qué, la dignidad se muestra como la mejor arma para combatir lo irremediable, por lo que una cierta dosis de insolencia quizá sea buena cosa para afrontar episodios tan desagradables como la muerte.
Si uno lo piensa, y aceptando que la vida no es sino un tránsito del antes al después, tal vez proceda asumir con la justa dosis de ironía aquello de que, al fin y al cabo, la mayor parte de nuestro tiempo la pasamos muertos.
.
© diciembre 2009
.

domingo, 1 de noviembre de 2009


.
CIEN
.
Cien ciudadanos y ciudadanas vascas, saltándose olímpicamente la sacrosanta paridad (cosas del azar), tuvieron días pasados la al parecer magnífica oportunidad de visitar Ajuria Enea de la mano de su inquilino. La excusa, una fecha marcada en el calendario de nuestra historia política reciente: 25 de octubre. La ilusión quedó en parte chafada por la lluvia, imagino que de corte nacionalista, pero al menos Patxi les prometió un cafelito en los jardines de palacio cuando el tiempo mejore. Que esperen sentados (por la dureza de la climatología vasca, digo, apenas iniciado el otoño).
En un alarde de acercamiento a la sociedad civil, no se les ocurre mejor idea que abrir las puertas de la residencia oficial al pueblo llano, quien lo único que tenía que hacer era llamar por teléfono y manifestar su deseo de participar en tan egregio evento. Y a cruzar los dedos para que salga el papelito con tu nombre. Bueno, cosas de los políticos –y de la dichosa imagen que ya no saben cómo enderezar–, podría pensarse. A mí la fórmula no me parece ni medio acertada, aunque bien es cierto que no soy yo precisamente un modelo de normalidad en cuanto a gustos. Creo saber en qué mundo vivo, y esto de las invitaciones públicas y de las cercanías corporales se lleva mucho, también eso lo sé. Pero lo que considero rayano lo palurdo es el sorteo en sí mismo; que se asuma un acto institucional con todo boato –se supone que pensado para la ciudadanía– como si de una lotería navideña se tratase. Si decides optar por la vía de la invitación, pues hazlo bien. Que vaya quien quiera, que se formen colas interminables al olor de los canapés y del vino español (porque aquí lo que sigue primando es el condumio a cargo del erario público, no seamos ingenuos), y que cuando llegue la hora la verja se cierre a cal y canto y hasta otro año. Pero lo de la tómbola queda pelín hortera, para qué les voy a decir otra cosa, y me atrevería a decir que atufa otro poco a clasismo rancio.
E invitan al acto de tan pulcro sorteo a un selecto elenco de personajes populares –en el sentido de públicos, no me malinterpreten– para que hagan las veces de notarios, a quienes imagino pagarían desplazamiento y estancia, porque si no va de vip esta gente no se mueve, ténganlo claro, sean transformistas, cocinitas o bicicleteros. Un dispendio en estos tiempos, ¿no les parece? El sorteo fue cubierto por numerosos medios de comunicación, cómo no, los mismos que dejaron ese mismo día plantados y sin rueda de prensa a un buen número de asociaciones civiles que pretendían contar cosas con bastante más enjundia que la rifa de marras. Nada nuevo bajo el sol.

Y luego está lo de los globitos. Y lo de los globazos. Los primeros soltados al cielo por no recuerdo qué formación política guay que aún no se ha enterado de que esto de arrojar basura al medio natural es una cochinada, por mucho que se revista de acto reivindicativo. Son los mismos que después nos dan lecciones sobre ecología. Los segundos, aerostáticos ellos, para entretener al pueblo, que, como es tonto, no se ha enterado de la dichosa celebración. Y como sabido es que atravesamos una época de bonanza económica y sobra dinero, pues se contrata una flotilla de globos de ésos y listo: a disfrutar, que son dos días. Son los mismos que te plantan en la cara lo de la crisis para justificar según qué suspensión de proyectos. Nos han tomado por imbéciles, y uno empieza a pensar que no sin cierta razón. A la que nos rascan el lomo comenzamos a ronronear cuales gatos agradecidos. Es lo que hay, y suponer que esto tiene solución a corto plazo se acerca por momentos al género de la ciencia ficción.

Vuelvo a la rifa. Lo suyo hubiera sido que el número de solicitantes ni siquiera habría llegado para cubrir las plazas ofertadas. (Por cierto, que tampoco anduvo la cosa tan lejos, porque ya me dirán ustedes si quinientas llamadas es como para tirar cohetes, conociendo lo que nos gustan los saraos gratis total, antes lo decía). En tal sentido, no sé cómo, pero ya se habrían encargado ellos solitos, los promotores de la idea, de hacer las cabriolas necesarias para maquillar el ridículo y trasladarnos el éxito envuelto en celofán. Medios no les faltan, tómese la expresión en su doble y literal sentido.
Ignoro quiénes fueron al final los agraciados con tan chusca lotería, pero, a fuerza de ser sincero, a mí me hubiera encantado que el grueso completo hubiera pertenecido al extremo rojo de eso que llaman izquierda radical. Imagínense a Patxi entrando en el recibidor, corbata impoluta y perfumado de arriba a abajo, encontrándose de sopetón con la muchachada, ataviados ellos y ellas con las consabidas camisetas a rayas, con sus piercing por doquier y sus botas de monte manchadas de barro cual si acabaran de hollar con éxito los Hiru Haundiak, informales a la par que elegantes en su estilo, todos y todas con cara de mala hostia. ¿Imaginación perversa? ¿Mala fe? No pierdan el tiempo elucubrando sobre esa posibilidad. Ya les digo yo que sí. La peor de todas.
.
.
© noviembre 2009
..

lunes, 5 de octubre de 2009


.
UN TERRORISTA
EN LA PISCINA

Que era profesor de ética, rezaba el titular. ¿Y? Hablo de la operación antiterrorista que las policías francesa y española llevaron a cabo allá por el pasado mes de abril, gracias a la cual pudo desarticularse buena parte de la infraestructura que al parecer ETA había diseñado para actuar contra el nuevo gobierno en Euskadi. Hasta aquí el contexto.
Una vez identificados los malhechores, los medios informativos sin excepción resaltaron el hecho de que uno de los detenidos a este lado de la frontera impartía clases de ética en un instituto de Vitoria, y aportaban además como dato adicional el hecho de que en ocasiones el mismo individuo había llevado de excursión a sus alumnos para visitar ciertos parajes naturales, imagino que de alto valor ecológico, eso ya no lo sé. Pues a esto en particular me refiero con la breve interrogación del comienzo, que ahora amplio: ¿Y bien? ¿Qué tiene de especial que un terrorista dé clases de ética? Que alguien me lo explique, si no es mucha molestia, porque yo no le acabo de encontrar miga alguna a tan particular circunstancia. Sí, soy plenamente consciente de que los terroristas son muy malos y de que ocupan buena parte de su tiempo en preparar terribles atentados. Hasta ahí llego. Una actividad bien horrorosa, la terrorista. Pero no acabo de ver qué tiene de especial que uno de ellos se dedique a impartir clases de ética desde su actividad de docente. Porque no vaya a ser que estemos hablando de cosas distintas y todos llevemos razón. En cuanto a la ética, digo. Veamos. Si mis datos son correctos, la ética viene a ser la parte de la filosofía que estudia el comportamiento moral. ¿Es así, no? Y la moral, en cuanto que hecho fáctico, se nos presenta como un fenómeno en extremo variable por cuanto a resultados, hasta el punto de que lo moralmente aceptable para mí puede no serlo para otro. Y de ahí lo pertinente que resulta un estudio reglado del mismo: la ética.
No creo estar afirmando nada extraordinario si digo que la mente de un terrorista no contempla que matar seres humanos esté mal siempre, sino que lo está en determinadas circunstancias. Hay quien considera contrario a toda moral causar daño gratuito a los animales, mientras que a la mayoría esta realidad se la trae al pairo, o al menos coloca los intereses del cocinero muy por encima de los que pueda tener la langosta a no ser escaldada viva. Cuestión de dónde se colocan los límites y de cómo se adereza el contenido, lo dicho.

¿Qué ha pasado con la noble profesión de informar? ¿Qué ha sucedido para que, con independencia del matiz cromático del medio en cuestión, la práctica totalidad de los medios de comunicación caigan con tan preocupante frecuencia en reflexiones e interpretaciones reduccionistas que acaban moldeando la mentalidad social hasta convertirla en una masa gris indolente? (Quizá siempre fue así y el tonto es quien ve la película con otros ojos: yo mismo). ¿Qué se supone que es un terrorista en su vida cotidiana? ¿De verdad creemos que los abyectos terroristas se desayunan con sangre de vírgenes y cenan muslo de niño al horno? ¿Hasta dónde hemos simplificado nuestra percepción de las cosas? Recuerdo que no hace tanto el mismo periódico (se las lleva todas) presentaba en grandes titulares la frase de una señora de Logroño, quien todavía con la congoja en el gaznate relataba a la prensa que su hijo había compartido piscina con quien luego resultó ser un terrorista. Dicho sea con todos los respetos que merece la buena mujer (con los que merece, insisto, pero ni uno más), se necesita una generosa sobredosis de simpleza intelectual para declarar tamaña sandez así que el plumilla de turno se te acerca micrófono en ristre. Un terrorista es un peligro objetivo para todos en general y para algunos en particular. Por eso es lícita su detención, como es lícita la detención del policía que tortura en comisaría o la del político listillo que comete desfalco. Pero de ahí a que te coja un ataque de angustia al saber lo de la pileta compartida con el etarra, media un abismo. Los terroristas no suelen ir a hacerse unos largos en la piscina de la urbanización con la dinamita adosada a la cintura, señora mía, porque darían el cante y porque además chafarían el material, y ni una ni otra cosa les interesa a ellos, mas sí al grueso de la sociedad, y aquí retomo el tema de la moral, tan diferente para unos y para otros, según criterios y formas de ver el mundo. Que el terrorista más retorcido ejerza de profesor de ética no veo que aporte gran cosa a nuestra moral colectiva. Por perverso que pueda resultarnos el escenario, ambas cosas son perfectamente compatibles. Al menos mientras aceptemos con anodina inacción que puedan celebrarse corridas de toros asumiéndolas como eventos benéficos, entiéndanme.

Por momentos a uno le asalta la razonable duda de si acaso el mundo del periodismo no estará siendo víctima de un inadvertido proceso de esclerotización creativa –que en cualquier caso espero reversible–. Porque simplemente no se comprende que, con la que está cayendo, algunos se queden todavía mirando al dedo de quien señala las estrellas.
..
© octubre 2009
..

lunes, 14 de septiembre de 2009


.
GAZAPOS
.
Traigo esta vez a colación un programa sobre cine que emite semanalmente desde hace años el segundo canal de la televisión pública vasca. Seguro que algunos de ustedes lo siguen con fidelidad, porque las pelis que emiten suelen ser entretenidas, y además porque como previa nos regalan de paso una producción extra donde lo mismo hablan de la vida amorosa de actores y actrices que nos cuentan las increíbles vicisitudes por las que pasó el rodaje de tal o cual filme. Estamos ante el típico espacio para cinéfilos incondicionales que –opinión muy personal–, sin ser excelso, aprueba con holgura.
Pero hete aquí que hace algunos programas su presentador se adhirió a la siempre agradecida fórmula de los gazapos en el séptimo arte. Sí, me refiero a esas incomprensibles meteduras de pata que se dan hasta en las mejores familias, incluidas las superproducciones hollywoodienses, donde invierten sumas astronómicas en detalles de vestuario y luego se les escapa que el conductor de la cuadriga luce un mareante rolex en su muñeca izquierda. Y como complemento, nos ofreció el bueno de Félix otro subespacio, éste dedicado a las capitales vascas como escenario natural de películas extranjeras. (Ya llegamos al meollo del artículo, no se impacienten). Cuando le tocó el turno a Gasteiz (la tercera por orden de aparición, seguro que cosas del azar, ningún mal pensamiento), el presentador nos ilustró, encantado de la vida, sobre el lugar del rodaje, un céntrico punto de encuentro conocido por locales y foráneos: la Plaza de la Blanca. [¿¡!?] Y por si no había quedado claro –sabido es que en periodismo el subrayado resulta fundamental–, Félix lo afirma hasta en cuatro ocasiones, lo que como mínimo demuestra que quien hablaba no tenía ni repajolera idea de cuál era el verdadero nombre del citado lugar. Y no satisfechos, aparece sobreimpresionado en la pantalla coronando una postal ad hoc, para rematarlo. De hecho, la página web de la cadena lo tiene así colgado a la hora de escribir estas líneas. Siendo vitoriano de nacimiento y no habiendo residido jamás en otra ciudad que no sea ésta, confieso avergonzado desconocer a qué plaza se refería el presentador. Que yo sepa, ningún rincón urbano por estos lares tiene asignado tal nombre; no desde luego la explanada que aparecía en blanco y negro como fondo de las imágenes de la película en cuestión. Bien es cierto que pudiera tratarse de una cerrazón personal del presentador (en cuyo caso debería cesar en su función), que quizá no haya visitado nunca la ciudad y hasta es posible que no tenga interés alguno por abonarse al mínimo rigor que en teoría se supone ha de caracterizar a todo periodista, sea éste excelente o mediocre. Pero uno entiende que estos programas tienen un amplio equipo detrás, y que si no es uno será otro quien corrija los errores cuando se producen, porque humanos somos todos. ¿Nadie advirtió raro el nombre de la plaza donde se reúnen año tras año cincuenta mil almas para compartir el inicio de cierto evento festivo televisado en directo por la misma cadena de la que hablamos?

Cuando de despropósitos se trata, conviene encuadrar los hechos en su escenario. Porque no estamos hablando de remotas zonas del planeta, de una ciudad perdida en el medio oeste de Manchuria, o de cierto poblacho aborigen en la ya de por sí ignota Australia. No. Hablaban de la capital de un país pequeñito del sur de Europa, la misma capital y el mismo país que le paga al susodicho religiosamente a fin de mes su sueldazo con el dinero de todos y todas.
Tómese cada cual los hechos según le parezca, pues libres somos todos para que nos parezca bien, mal, o por el contrario nos deje indiferentes. Pero yo me niego a aceptar que la cosa se quede en mera anécdota. Son muchos años, uno se va haciendo –si no viejo– mayor, y aprecia que ciertas realidades no cambian demasiado con el paso del tiempo. Esto viene ya mascadito, pues no será la primera vez que a las cuadrillas de blusas las llaman “peñas” y que a nuestras fiestas patronales las rebautizan sin permiso de los interesados con el nombre de “Semana Grande”.
Es en ocasiones como ésta cuando me viene a la memoria un viejo amigo que dejó de serlo –por razones que no viene a cuento relatar–, quien a veces gritaba puño en alto un sonoro Gora Araba askatuta!, y al que yo no conseguía entender tan extraño comportamiento. El hecho es rigurosamente cierto, pero tómenlo como una broma a efectos del presente artículo.

¿Que cuál es el problema? Pues miren, a fuerza de ser sincero y tratándose como se trata de los hermanos del sur, al parecer ninguno. Porque –llámenme suspicaz– me niego a creer que la misma cadena y el mismo espacio se atrevan a hablar de la Calle Mayor refiriéndose a cierta arteria principal de la muy noble villa vizcaína, o de la Playa de Concha si de nominar el litoral donostiarra se trata. Porque aquí nos conocemos todos. Es lo que tiene vivir en un país tan pequeñito.
.
© septiembre 2009
.

sábado, 29 de agosto de 2009


.
BOGSIDE 69

Quizá sea el del sesenta y nueve el verano más excitante en la memoria colectiva de la comunidad infantil de Bogside, el barrio católico extramuros de Derry, allá en la lejana Irlanda del Norte. En la mente de la chavalería, a la increíble llegada del hombre a la luna se unió semanas más tarde la revuelta de sus padres y sus hermanos mayores. Un largo y cálido verano para recordar el resto de la vida.

Muchos de los entonces niños de Bogside tuvieron que reunirse en casa de algún familiar más o menos solvente para presenciar en directo uno de los hitos de la humanidad, o al menos así vendían la hazaña los americanos: pisar la superficie lunar, algo que no pocos atribuyeron al típico montaje cinematográfico yanki en su obsesiva carrera espacial contra los rusos. En los barrios protestantes de Derry la realidad era sustancialmente distinta, pues el nivel económico de sus vecinos les permitía, entre otras cosas, tener televisor en la mayoría de los hogares. Nacer en una u otra comunidad marcaba en buena medida el estatus de sus miembros, como pasaba de hecho en muchas otras partes del mundo y aún hoy sigue aconteciendo en según qué rincones. Quienes permanecían hipnotizados ante la pantalla viendo a aquellos tipos enfundados en grotescos trajes de buzo ni sospechaban que apenas unas semanas después ellos mismos serían protagonistas de los noticiarios.
A mediados de agosto estalló la furia de la comunidad católica de Bogside, y la revuelta duró tres días. Los adolescentes recibieron un curso rápido sobre fabricación de cócteles molotov en las azoteas de los edificios, y desde allí mismo los lanzaban con sorprendente destreza a una policía atónita y semiderrotada. Había que ver a los agentes, sudosoros y humillados, sentados por grupos en las aceras recobrando el aliento. Los mismos agentes que minutos antes se enfrentaban a pedradas con la turbamulta civil, en ocasiones hasta que ésta les hacía retroceder y salir por pies, componiendo un escenario entre surrealista y cómico. A veces se reserva el calificativo de “románticos” a ciertos enfrentamientos físicos entre humanos. Hay quien afirma que acaso fue la Guerra Civil española la última lucha romántica del siglo XX. Supongo que se trata de una de esas reflexiones efectistas a las que tan aficionados son historiadores y analistas políticos. Quizá quepa incluir en la lista a Cuba, a Nicaragua, al mismo Ulster.
La que con el tiempo acabó siendo conocida como Batalla de Bogside supuso con toda seguridad el comienzo oficioso del terrible conflicto que enfrentó durante tres décadas a católicos y protestantes en Irlanda del Norte a través de un sinfín de grupos armados que decían defender los intereses legítimos de sus “representados”. (En inglés el conflicto se conoce como The Troubles, burlesco eufemismo para una locura que se cobró más de tres mil quinientas vidas). Con todo, y a pesar de su inusitada virulencia, la batalla no se saldó con muertos, aunque sobre el terreno fue de facto el preludio de un conflicto que despertó interés –cuando no abiertas simpatías hacia uno u otro bando– en medio mundo al principio, y que acabó derivando en lo más parecido a un chapucero ajuste de cuentas en los sórdidos arrabales de las ciudades. La refriega de Bogside nos regala imágenes impagables: ciudadanos de chaqueta y corbata apedreando a las fuerzas del orden, mujeres insultando a los agentes a apenas unos centímetros de su cara hasta obligarles a mirar hacia otro lado, los mismos policías saltando cuales ridículos guiñoles para evitar que los cantos les golpearan las piernas… Los niños que antes mencionaba encantados de la vida entre los cascotes y los camiones calcinados, convertidos éstos en improvisados toboganes. Una jovencísima Bernadette Devlin rodeada de micrófonos a la puerta de su apartamento ofrecía una espontánea rueda de prensa. El conjunto de todas esas imágenes constituyen –creo– todo un homenaje a la más absoluta irreverencia. Fue en Bogside donde el ejército británico intervino por primera vez durante el conflicto, y allí se cimentó de hecho una parte sustancial del sentimiento nacionalista católico, porque sabido es que hay ideologías que florecen a base de palos y botes de humo.

En los días posteriores, retiradas ya las “fuerzas del orden”, Bogside se convirtió en un feudo inexpugnable del IRA –como lo fueron durante años otros barrios de Belfast hasta que Londres puso en marcha la Operación Motorman–, cuyos miembros patrullaban las calles metralleta en ristre, anónimos tras las capuchas, parando a los automóviles en los check-point de ciertas calles para identificar a sus ocupantes. Era obvio que la población local se sentía más segura mostrando su carné al vecino armado que al policía de la RUC, cuerpo hacia el que a partir de los sucesos de agosto la comunidad católica norirlandesa forjó un odio perenne que solo se diluyó con su propia desaparición física, hace no tantos años. Las mujeres de aquel verano en Bogside dejaban por la noche las puertas de sus casas abiertas, por si las cosas se complicaban y los resistentes tenían que hacer uso de ellas para refugiarse. Incluso algunas tenían el detalle de dejar en la salita todo lo necesario para que los chicos se prepararan en un momento dado un reparador café, o un té. Luego, con el tiempo, todo derivó en carnicería, como suele acontecer casi sin excepción cuando intervienen seres humanos.

Siempre hubo quien se esforzó machaconamente en establecer paralelismos entre los conflictos norirlandés y vasco. Yo no soy experto en el tema, desde luego, pero los números a veces nos echan una mano en esto de evaluar realidades. También se conmemora este verano un aniversario redondo, en este caso el de cierto grupo terrorista sureuropeo que, viendo la luz diez años antes de Bogside, persiste en su carrera hacia la nada más de una década después de Stormont. Hagan cuentas.
.
© agosto 2009
.

lunes, 27 de julio de 2009



MARSALIS, LLACH

El músico de jazz Wynton Marsalis acaba de recibir con todo el boato que la ocasión requiere la medalla de oro de la ciudad de Vitoria. Yo ni entro ni salgo en el tema del merecimiento de tan ilustre galardón, pues es éste un terreno resbaladizo como pocos, de tal suerte que lo que para unos es de pura justicia para otros supone un completo despropósito. Se concede la medalla a Wynton por su al parecer “larga e intensa” relación con Gasteiz. Hasta donde yo sé –y puede que mi desinformación sea oceánica–, el artista nos ha visitado cada vez que se le contrató para participar en el festival de julio, cobrando una pasta, seguro que merecida, tampoco ahí entro. Y el premio se lo lleva particularmente por haber compuesto una obra dedicada a la ciudad, y que se supone hará las veces de embajadora local a lo largo y ancho del planeta. Dicen que de ilusiones vivimos, y quizá sea cierto.
Si acaso hasta este preciso punto todo viene a ser razonablemente correcto, reconozcamos que a partir de aquí la cosa empieza a atufar a corrección política aderezada con la consabida dosis de catetismo al que tan aficionados somos por ciertos lares. Porque convengamos que sin suite no hay medalla, al menos estaremos de acuerdo en eso. No exploraré demasiado el terreno íntimo de la composición en sí misma, pero sepan ustedes que tras ella anida una historia plagada de anécdotas, muchas de las cuales no merecerían desde luego el calificativo de “dignas”. (Los periodistas de investigación tienen ahí un magnífico terreno abonado, aunque bien es cierto que desde arriba harán todo lo posible por aferrarse al conocido aforismo que aconseja a los profesionales de la comunicación no dejarse seducir por la verdad si ello les chafa una buena noticia). Y mucho me temo que la noticia empieza y acaba en el protocolo desplegado para la entrega del premio, pues hasta el grupo oficial de maceros flanqueaba al trompetista en su paseo camino del altar. Añadamos a la escena el correspondiente baño de autoestima consistorial, y el reportaje está servido. Quizá nunca un premio tan gordo fue tan barato.

Apenas difundida la noticia con cuentagotas por un telediario entre sombrío y cutre, el también músico Lluís Llach se colocaba rabioso al piano para componer una de las obras más contundentes del último cuarto de siglo: Campanades a morts. Hablaba de tres jóvenes que acababan de ser ametrallados y muertos por la policía franquista en una ciudad de provincias donde nunca pasaba nada. La desaparición física del dictador apenas tres meses antes no había despejado las dudas sobre el futuro de todo un país tras décadas de férreo totalitarismo. Desde entonces, Llach siempre tuvo una estrecha vinculación emocional con Vitoria, en este caso natural y serena, sin encargos forzados ni interpretaciones extravagantes sobre qué se supone debería reflejar en su obra. El réquiem del compositor catalán sale del corazón y de la víscera, que acaso son la misma cosa cuando la cólera toma el sitio a la razón. Cada vez que Lluís visitó nuestra ciudad para ofrecer un concierto reservó un lugar especial a Campanades. No podía ser de otra forma. Recuerdo que hace muchos años, durante un recital en el viejo pabellón de Mendizorrotza, se fue la luz de repente, y los más agoreros afirmaban que era la policía –ya entonces Nacional– quien intentaba abortar el acto reivindicativo. La gente se puso nerviosa, y seguro que no exagero si digo que fue él quien más conservó la calma, curtido como estaba en mil batallas de escenario. Pasados treinta años desde los trágicos sucesos, Llach dio por concluida su etapa profesional pública, y con tal motivo se rodó un documental sobre su vida. Decide entonces vertebrarlo a través de los hechos que hicieron brotar aquella noche de principios de marzo su obra maestra. Todo un detalle hacia quienes aún esperan que se reconozcan los acontecimientos como lo que de verdad fueron: un crimen de Estado, como el mismo Lluís reconocía durante el inolvidable concierto del Buesa Arena. En realidad, él utilizaba el término terrorismo para etiquetar lo que sucedió entonces, y no seré yo quien le corrija una sola letra.

Nunca hubo medalla de oro de la ciudad para Lluís Llach, ni se la espera. Es lo que tiene la cosa esta de los reconocimientos oficiales, que están diseñados y dirigidos con calibre de precisión para satisfacer algunas de las necesidades más mezquinas del alma humana. Uno no es precisamente entusiasta de condecoraciones, pero, ya que están, no sería mala cosa que se establecieran unos criterios mínimos para merecerlas, evitando así que se las lleven quienes apenas son capaces de señalar con el dedo en un mapamundi la posición exacta de la ciudad que besa sus pies.
Llámenme estúpido romántico, pues algo de ello hay, pero soy de los que piensan que solo cuando determinadas personas reciban lo que en justicia merecen –incluso uno de esos pomposos medallones–, habrá saldado cuentas pendientes con su propia historia reciente nuestra querida Gasteiz.
.
© julio 2009
.

sábado, 4 de julio de 2009



QUE SE JODAN

El mero hecho de que una parte significativa de los medios escritos que reciban este artículo decidan no publicarlo por el rudo título que lo encabeza es ya una muestra diáfana de que, o bien hemos perdido definitivamente la razón –en el más que improbable caso de que alguna vez la tuviéramos, pues hay vacas sagradas que cobran una pasta por taco escrito, ustedes lo saben tan bien como yo–, o de que hemos tocado techo, y esto último constituye en sí mismo un signo de esperanza. Pero a lo que vamos.
Quiero hacerles partícipes esta vez de la indignación que me corroe desde que hace unos días comprobé el pábulo que cierta televisión pública española daba a una de esas fiestas patrias en las que un animal tiene el dudoso honor de convertirse en protagonista sin que nadie le haya consultado. No me pregunten dónde era ni qué santo celebraban. Ni lo sé ni me importa. Hablo de uno de esos programas idiotas e idiotizantes, todo en uno, donde lo mismo te orientan sobre cómo hacer unas patatas bravas que te informan sobre violaciones múltiples (también todo en uno, parece que la fórmula funciona). La presentadora, maquillada hasta las cachas y con sonrisa superglú, animaba histérica a los telespectadores para que participasen en la fiesta, a pesar de lo arriesgado de la empresa, ojo, porque hay que ser muy, pero que muy aguerrido para ponerse delante de un morlaco de quinientos kilos psicológicamente derrotado, jadeante y ensogado de la testuz, un animal que no entiende nada de lo que sucede y que no alcanza a ver qué es lo que ha hecho mal para merecer tal castigo, tranquilo como él estaba hasta hace tres días en el campo, con sus compañeros. Solo un héroe es capaz de tal hazaña: acosar en masa a un reo condenado a muerte. Veintiún heridos, uno de ellos grave. Es lo que subrayaba la presentadora, sin que en la cifra incluyera por supuesto al pobre animal, ése no cuenta en el cómputo. Ignoro si es a eso a lo que se refieren con el tan traído y llevado “rigor informativo”.

Que se jodan. Con esta lapidaria expresión resumía su ánimo una amiga a la que le hacía partícipe de mi congoja. Que se jodan los veintiuno –incluido el grave– y cuantos con su pasividad permiten estos actos de terrorismo lúdico, sean concejales, fachas de bigotito o progres de vitrina, porque mi amiga hace ya mucho tiempo que no distingue unos de otros. Ella es una vieja militante por los derechos de los animales. Digo vieja en tanto que lleva media vida dejándosela por ellos, los más indefensos entre los indefensos, las víctimas con mayúsculas de este santo país. (Si usted cree que le ha tocado el peor boleto por ser mujer o cargo público amenazado, consuélese pensando en que al menos no es toro, o gallina, o galgo, o burro, o cerdo).
“Y que quede claro que aquí al toro no se le maltrata”, manifestaba ufana en rueda de prensa improvisada una doña que pasaba por allí y decidió erigirse en portavoz oficial del populacho. “Aquí, de maltrato, nada”. Usted es boba, señora, déjeme que se lo diga. Usted tiene que ser rematadamente tonta si llega a la conclusión de que un animal pacífico por naturaleza, sacado de su entorno, llevado ante la masa vociferante, amarrado por los cuernos –su defensa natural–, acosado hasta la extenuación y ejecutado finalmente a tiros, no supone un claro caso de maltrato. Usted ha de ser por fuerza imbécil si tras este cúmulo de hechos incontestables decide solita que no, por favor, qué cosas tiene la gente, que al toro no se le maltrata. ¿Qué nos está pasando? ¿Qué demonios nos está sucediendo a los humanos? Los mozos de las peñas, el alcalde, el comandante en jefe de la Guardia Civil y hasta la mujer mencionada, pobrecita mía, podrían al menos defender el linchamiento recurriendo a la tradición, al arte, a la cultura, todos unos clásicos de la estulticia intelectual en la que parecemos estar sumidos. Incluso podrían rescatar para la ocasión el impagable “más sufro yo cuando voy a trabajar”. Incluso ése valdría, abandonados al desvarío mental. Pero afirmar que no se le maltrata nos retrotrae al punto más nebuloso de nuestra historia evolutiva. ¿Por qué hay que pagarle a los agresores heridos un solo punto de sutura? ¿Por qué administrar a esa gente un solo centímetro cúbico de sangre ajena para compensar la pérdida de la propia? ¿Es que acaso se preocupan ellos por la que empapa el cuerpo de sus víctimas? Preguntas de este pelaje me regalaba mi amiga animalista cuando le contaba lo ocurrido, y créanme si les digo que no tengo claro si acabé por apoyarla en cuanto al contenido de su monólogo, mas sí en la esencia de su mensaje, que no era sino desesperanza. Que se jodan. Una vieja y correosa activista que en su día escribió cientos de meticulosos artículos tratando de diseccionar cada una de las razones aducidas por los contrarios para refutarlas, que arrebató perros a sus dueños legales para buscarles una vida mejor, que pasó sus horas en el calabozo por manifestarse ante una plaza redonda, ha acabado derrotada, igual que el toro ensogado que vi en la pantalla de la televisión, para terminar rubricando con un sonoro que se jodan, que a un servidor le sonó a epitafio ideológico.

Me ha cogido el arrebato. A cierta edad hay cosas que no se pueden evitar, supongo. En estos momentos sigo siendo incapaz de arrepentirme de nada de lo que acabo de escribir. Es lo que tiene la indignación. Pero, ¿saben ustedes lo malo, lo peor de todo esto? Lo malo es que se me acabará pasando. Eso es lo peor.
.
© julio de 2009
....