lunes, 26 de abril de 2010


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SÓLO SON ANIMALES
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Somos nuestros libros. Quien más quien menos tiene una lista de obras que moldearon en algún grado su pensamiento, sin las cuales quizá su vida no sería igual en todos los detalles. En mi caso particular, uno de esos títulos es sin duda The dreaded comparison [La comparación temida, aunque no tengo constancia de que exista versión en español], de la activista estadounidense Marjorie Spiegel, quien en esta pequeña joya (cien escasas pero provocadoras páginas, fotografías e ilustraciones incluidas) nos sacude en plena cara abordando sin temor la para ella pertinente equiparación entre el sufrimiento humano y animal, que siempre estuvo convenientemente separado por un abismo en nuestra cultura antropocéntrica, como separadas estuvieron (quisiera de verdad utilizar el pretérito) distintas comunidades humanas en función de criterios tan triviales como el género o el color. Superadas –al menos en teoría– estas últimas formas de discriminación arbitraria, queda aún intacta la más devastadora: la que condena a alguien no tanto por pertenecer a un determinado grupo, sino por no formar parte del humano.

Traigo a colación todo esto por un artículo de opinión donde cierta periodista exhibía su indignación ante la cabecera elegida por una televisión autonómica para ilustrar la tragedia cotidiana de las gallinas ponedoras, y que mencionaba a un conocido campo de exterminio nazi. Y es aquí donde nos topamos con la verdadera esencia de lo que hacemos con los animales hoy en la llamada sociedad del bienestar, paradójicamente erigida sobre el malestar de otros.
Siempre hubo quien se atrevió con la comparación, ofensa imperdonable para muchos –la citada periodista entre ellos–, aunque no se comprende bien en qué pueda consistir tal injuria, cuando lo único que se hace es ejercer una feroz condena de determinada realidad a partir de un ejemplo de referencia devastador. Pero lo cierto es que aquellos que se aventuraron con la “comparación temida” afirmaron que, lejos de ser equiparable, el trato que damos en la actualidad a un sinnúmero de animales supera con creces el horror que millones de seres humanos soportaron durante los pasados años cuarenta en Centroeuropa. La reflexión no es gratuita, teniendo en cuenta parámetros tan razonables como el número de individuos implicados y el grado de sometimiento que padecen (hablo de los animales). Por cuanto al primero, se baraja una cifra que al menos yo nunca pude digerir, y sigo en esa tesitura: tres mil animales inocentes mueren cada segundo a manos de la comunidad humana por razones que nada tienen que ver con nuestra supervivencia. ¡Cada segundo! Quienes comparten sus vidas con perros y gatos saben bien lo que supone la pérdida física de éstos, lo que cada uno de ellos y ellas significa en la biografía sentimental de sus tutores. Se trata de seres únicos e irrepetibles, tanto como podamos serlo nosotros mismos. Es por eso que la cifra referida debería pender sobre nuestras conciencias como una losa insoportable. Si fuéramos éticamente decentes, claro está. Pero preferimos causar un infinito sufrimiento a un montante extraordinario de individuos inocentes por razones tan peregrinas como que nos agrada el sabor de sus cuerpos, el tacto de su piel, o la estética de un determinado espectáculo. Al final va a ser cierto aquello de que para hallar el famoso eslabón perdido entre el mono salvaje y el verdadero ser humano lo único que hemos de hacer es mirarnos al espejo.

La mayoría de la gente se muestra sencillamente incapaz de comprender la tragedia de los animales, su verdadera dimensión, y nuestra responsabilidad directa en esa gigantesca desdicha. La recurrente comparación con la realidad nazi se queda pequeña cuando abordamos el drama de los animales en nuestra sociedad con un mínimo espíritu crítico. Pero ni siquiera podemos atribuirnos los animalistas un ápice de originalidad en tan dolorosa tarea, pues ya lo hicieron con la serenidad pero con la contundencia necesaria intelectuales de calado, antes lo decía. Luminosas excepciones a la regla conformista, como la de Isaac Bashevir Singer, el prolífico escritor de origen polaco (Premio Nobel de Literatura, ningún juntaletras), quien sufrió en su propia familia la persecución étnica e ideológica. El pensamiento de que los hombres son nazis para los animales aparece en varias de sus obras. En un momento dado, pone la reflexión en boca de Herman, el protagonista de su cuento El escritor de cartas, quien, ante una ratona con la que comparte los sinsabores de la vida, especula: “Respecto a los animales, todos los humanos somos nazis. Hemos convertido sus vidas en un eterno Treblinka”.
La referencia al Holocausto se repite en las reflexiones de otros intelectuales a la hora de exteriorizar sus sensaciones sobre qué supone el exterminio sistematizado de los animales. Sabido es que lo que sucedió en aquella Alemania negra con millones de personas inocentes sigue ocupando en el imaginario de la opinión pública el primer puesto en cuanto a la degradación moral del ser humano se refiere. Con todo, el escritor sudafricano John Maxwell Coetzee, galardonado igualmente con el Nobel, gusta de colocar en los personajes de sus novelas sus propias inquietudes morales, y así lo hace en uno de sus trabajos más conocidos: “Dejad que lo diga claramente: estamos rodeados de una cultura de degradación, crueldad y muerte que rivaliza con lo que el Tercer Reich fue capaz de hacer, que, de hecho, lo empequeñece, por cuanto la nuestra es una cultura sin fin, que se autoregenera, trayendo al mundo sin cesar conejos, ratas, aves y ganado, con el único propósito de sacrificarlos”. En un sentido similar, el filósofo alemán Theodor Adorno expresa su desazón ante la tragedia cotidiana de los animales valiéndose de un campo de concentración como referencia. Así, afirma con indisimulada amargura que “Auschwitz empieza cuando uno mira a un matadero y piensa: sólo son animales”.
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© abril de 2010
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[*] Este artículo (o al menos su germen) fue censurado por el periódico El País, aunque –eso sí– aduciendo la burda excusa de la “falta de espacio”. Pasa mucho. No creo ser yo sospechoso de connivencia sumisa con ideología alguna (entre las comúnmente aceptadas, quiero decir), como bien saben quienes me conocen. Y por ello considero que lo reaccionario anida con absoluta comodidad tras cualquier ideario, sea rojo, azul o amarillo. El presente texto pretendía servir de mero complemento a otro que, firmado por una periodista de plantilla, criticaba en el citado diario el título elegido por un reportaje televisivo para abordar cierto tema de maltrato animal. Intenté por todos los medios posibles a mi alcance (conversaciones telefónicas incluidas) hacerles entender que lo que se vertía en el artículo publicado era cuando menos sesgado, y que por ello quizá fuera pertinente una versión complementaria. Simplemente me resultó imposible que aceptaran mi posición. Para quien desee ilustrase al respecto y sacar sus propias conclusiones, dejo la dirección del mencionado artículo:
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http://www.elpais.com/articulo/pais/vasco/comparacion/elpepiesppvs/20100222elpvas_14/Tes/
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lunes, 1 de marzo de 2010

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¡ESOS DEDITOS!

Seguro que nos pasa a todos, y por aquello de no querer exteriorizar nuestras intimidades lo callamos. Me refiero a la turbadora sensación de que ciertas personas, a pesar de no representar ya nada en nuestras vidas, parece que nos persiguieran sin descanso. Hablo de compañeros de estudios a los que creíamos haber dado el esquizado definitivo, y que te invitan a su círculo exclusivo de amiguitos a las dos horas escasas de tu incorporación al clan facebook, o familiares a los que dábamos por enterrados (al menos en sentido figurado, deseos aparte), pero que siguen felicitándote el cumpleaños, las Navidades y hasta el solsticio de verano. Y a esta cohorte habría que añadir por derecho propio a los políticos. ¿Quién se acuerda de Hernández Mancha, o de Isabel Tocino? Cumplieron su papel, mal o bien, y hasta otra. Pero hay otros que parecen resurgir de sus cenizas una vez tras otra y consiguen estar en el candelabro con pasmosa frescura. Acaso sea Aznar el ejemplo más palpable, y también el más descarnado. Este pequeño fascista (supongo que no se ofenderá por el epíteto si aceptó con una sonrisa gélida el de “asesino”) aparece como el Guadiana, a lo mejor porque nunca se acabó de ir del todo, y nos regala su apestoso aliento en el cogote. Ora por una conferencia en perfecto inglés en no sé qué supermegauniversidad americana, ora por unas declaraciones en su propia fundación (a ver quién le tose en campo propio). La cosa es salir por la tele y que hablen de uno, aunque sea bien, ya lo decía el otro. Y si hay que mandar a la mierda a alguien sin despeinarse –al parecer, imposible en el caso que nos ocupa–, pues se le manda. Al menos el gesto ha servido para que algunos nos enteremos de que hasta nombre tiene: peineta. Les juro que nunca había oído tal cosa hasta hace unas semanas. Y eso que los medios se han hinchado a poner imágenes de casos similares, porque la videoteca da mucho de sí desde la invasión de las tecnologías modernas esas. Deportistas, políticos, artistas varios… Todo el mundo con el dedito enhiesto, siempre más fino y discreto que un buen corte de mangas, desde luego. Pero faltaba un sector profesional en la colección de imágenes, ahora que lo pienso…

Quienes leen este artículo más allá de las fronteras vascas –de las actuales, me refiero– no sabrán de qué hablo, pobrines. Pero para eso estoy yo aquí, para ilustrarles sobre hasta qué grado llega el lameculismo –el procesador de texto me lo corrige, mas todo es cuestión de “agregar al diccionario”, ya saben, con el botón derecho– en este santo país. La cosa sucedió a apenas doscientos metros de mi propia casa, aunque no tuve ocasión de presenciarlo en directo, tal vez porque a un servidor, y además de la música militar, nunca le supo levantar tampoco la monarquía. Cada cual tiene sus manías y hasta sus fijaciones. Pues, como iba diciendo, el monarca no iba precisamente en loor de multitud subiendo la empinada cuesta de la Catedral Vieja, flanqueado por Señora y Lehendakari, éste con cara de circunstancias, como procedía por protocolo, porque aquí todo está estudiado. Entre curiosos a los que la caminata real les pilló en ese momento en plena salida a por el pan y alborotadores de la izquierda radical, allí no habría ni trescientas almas. Y hete aquí que Juan Carlos de Borbón y Borbón y no sé cuantos Borbones más, en un gesto popular por entendible, dispara su dedo corazón –él para esto de las emociones siempre fue muy mirado– y se lo regala a quienes le abuchean con toda sinceridad. El Rey de España mandando a la real mierda al grupete de independentistas vascos, a quienes con sumo gusto me hubiera unido si de exigir independencia de tan Magna Institución se hubiera tratado.
Pero la peculiar imagen apenas ocupó unos segundos en el telediario de la televisión autonómica –eran otros tiempos–, y la escenita quedó ahí. Y en el disco duro de miles de ordenadores personales, justo es decirlo también, así como en la famosa “red de redes”. Si no me creen, no tienen más que entrar en mi blog, bien fácil lo tienen.

Pues esto era lo que traía hoy a colación (¡les parecerá barro!): un escenario donde no todos somos iguales (ni de lejos), a pesar de la monserga esa de la Constitución que todo lo iguala y que se supone riega el país de democracia hasta sus más recónditos parajes. Allá cada cual si se lo traga con el zumo del desayuno como si fuera una pildorita. ¿Y ahora qué? ¿Nos dedicamos con cruel fruición a linchar al del bigotito inane mientras dejamos que el de la corona se vaya de rositas, o cómo hacemos? Que me lo expliquen, si no es mucha molestia, porque soy el primer interesado en conocer las razones exactas por las que hay que colgar de las orejas a unos (presidentes que lo fueron) y pasar de puntillas por idénticas miserias en el caso de otros (reyes que lo son y que al parecer piensan seguir siéndolo por los siglos de los siglos). Nunca creí que pudiera yo verme aquí, sentado ante la pantalla de mi portátil un sábado por la tarde, escribiendo un texto del que pudiera desprenderse que solicito un desagravio público para Aznar. Lo que hay que ver. Pero, con todo, lo que más me enerva es el hecho de que alguno que otro se habrá embolsado ya una pasta gansa por lo mismo que yo hago gratis total, y no me quejo. No se quejen ustedes tampoco.
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© marzo 2010
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jueves, 18 de febrero de 2010



RACISMO FICTICIO
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Se hacía público hace poco el enésimo estudio sobre racismo y xenofobia (acaso dos caras de la misma moneda) en nuestro ámbito geográfico, y a uno le asaltan ya a estas alturas serias dudas sobre si en según qué trabajos de investigación los resultados están decididos antes incluso de su elaboración. Porque no se entiende la absurda manía que nos ha cogido con esto de que somos racistas. (Los blanquitos europeos respecto a los morenitos venidos de fuera, entiéndase, pues al parecer resulta ontológicamente imposible ser emigrante y xenófobo: valiente idiotez).

A mí lo que me inquieta sobremanera es la insultante relajación con la que admitimos nuestra supuesta naturaleza racista, a pesar de que tal condición supone en la práctica una de las formas más repugnantes de injusticia de la que pueda acusarse a la comunidad humana. Mas la cuestión de fondo pasa también por ver si en realidad somos tan racistas como afirman los estudios, o incluso si lo somos en algún grado. Yo, sin ir más lejos, no atisbo por ningún lado ese racismo del que se nos acusa. Y soy consciente de que esta mera percepción me convierte a los ojos de no pocos intelectuales oficiales –de los que cobran por serlo, quiero decir– en el peor de los reaccionarios, cuando no directamente en facha. Pero tampoco me voy a cortar las venas por ello, como podrán comprender. Es lo que hay.
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Cuando se debate sobre cuestiones importantes –y el racismo lo es como pocas–, conviene dejar sentado de qué estamos hablando: qué entendemos por “racismo”, en otras palabras. Imagino que quienes tenían vetada la entrada a determinadas playas en la Sudáfrica de no hace tantos años, o aquellos que no podían cursar estudios en la Norteamérica de los años sesenta, se estarán partiendo la caja ante el “terrible” racismo que al parecer se estila por estos lares. ¿Conocen ustedes a alguien que impida la entrada de nigerianos, de magrebíes, de sudamericanos, de finlandeses, en su establecimiento? ¿Alguien al que se le niegue la matrícula en la escuela por el color de su piel o por su adscripción cultural? ¿Saben de algún vecino molesto por el ruido que arman los inquilinos de arriba, encantado de la vida con idéntico estruendo tras enterarse de que los gamberros, en lugar de aceitunados y extranjeros, son rubios y locales? Yo tampoco. Ni los políticos que se abonan al discurso conveniente y a quienes un micrófono abierto les juega una mala pasada. Ni los periodistas que, bajo nómina, escriben una cosa y piensan otra bien distinta, de algo hay que vivir. ¿Creen los responsables de estos estudios amañados que vamos a sentir repugnancia moral hacia quien rebana el clítoris a su hija “sólo” porque es islamista? Nos han tomado por imbéciles. Quizá porque de verdad somos imbéciles.

Urge en consecuencia acuñar una definición consensuada del término racismo, no vaya a ser que estemos emitiendo juicios dispares y hasta antagónicos sobre un mismo fenómeno y todos tengamos razón. Y quiero suponer que tal absurdo no procede, pues entiendo que la verdad sigue siendo, en principio y sin otras connotaciones periféricas, siempre deseable.
El racismo como puesta en práctica de una discriminación arbitraria se nos presenta tan condenable, que flirtear con él –verlo donde no existe– resulta harto preocupante. ¿Se han preguntado alguna vez por qué los antropólogos eluden de manera sistemática la cuestión del racismo? Yo sí, y he de confesar que no encuentro una respuesta que me satisfaga. (Lo que no significa que no deba seguir preguntándomelo, nótese la diferencia). Ellos prefieren hablar de “etnocentrismo”, hasta donde yo sé, una práctica comunitaria no escrita tan antigua como la propia Humanidad. Y tal vez lo sea por lo eficaz que siempre resultó a la hora de defender los intereses propios: pura y jodida supervivencia. Creo que quien más quien menos se aliaría con el mismísimo diablo si ello beneficiase a todas las partes. ¡Sólo faltaba! Pero considero a la par que la papilla de la dichosa “alianza de civilizaciones” es un trágala por el que una razonable mayoría no está dispuesta a pasar. Y no percibo estar precisamente solo en tan particular apreciación. De lo contrario, ya me explicarán ustedes la razón por la que habríamos de condenar el ahorcamiento público de ladrones o la lapidación de adúlteras, con independencia de la comunidad cultural donde tengan lugar.

Hemos acabado asumiendo con pasmosa naturalidad que los occidentales (no se me ocurre otra acotación) somos racistas por naturaleza, mientras que las otras comunidades únicamente pueden ser víctimas de nuestras miserias culturales. ¿De verdad nos hemos tragado que las demás razas están vacunadas contra tan detestable sesgo? ¿Por qué entonces esos estudios ni osan sugerir que la tara racista puede darse por igual en cualquier comunidad política, sea local, inmigrante, negra, blanca o amarilla? Demasiada gente vive en nuestra sociedad del racismo ficticio. Los responsables de tales estudios saben que el diagnóstico está hecho antes siquiera de perfilarlo, antes lo decía. Las Administraciones saben que decir ciertas obviedades contraviene el decálogo de lo políticamente correcto. Como bien lo saben determinados colectivos civiles que se encuentran cómodos en la ramplona afirmación del “sí, somos la mar de racistas”. Y no les va tan mal.
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© febrero 2010
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martes, 12 de enero de 2010


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CON MAYÚSCULA
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Demasiada gente sigue todavía viendo la actividad y la mera existencia del Movimiento Animalista como una ofensa. No existe una razón principal para ello, sino dos. La primera supone que deberíamos destinar nuestros recursos a paliar el sufrimiento humano, y no “desperdiciar el tiempo salvando animalitos”. Tal hipótesis se basa –imagino– en la absurda premisa de que no pueden llevarse a cabo dos luchas solidarias a la vez, cosa obviamente falsa, como lo demuestra el hecho de que el grueso de la sociedad condena realidades paralelas e inconexas entre sí como la explotación laboral infantil y la violencia hacia las mujeres con total naturalidad, sin que se dé ninguna suerte de incompatibilidad entre ambas. A nadie se le ocurriría sugerir que luchar contra situaciones traumáticas por separado como el hambre y el cáncer es incompatible. ¿Por qué pensar entonces algo tan extraño si de la defensa organizada de los animales se trata? Por lo general, la gente disfraza de argumentos lo que no son sino burdas excusas para quitarse de encima cuestiones moralmente incómodas. Es por ello que se recurre a afirmaciones tan reduccionistas como la que afirma que “los humanos están primero”, propuesta que encierra la perversa idea de que hemos de poner por delante los intereses del verdugo respecto a los de la víctima.

La segunda razón a la que antes aludía surge de un pensamiento igualmente equivocado, aquél que presume que “hay cosas mucho más importantes que defender a los animales”. No es cierto. ¿Significa esto que no hay lucha que merezca más nuestra atención que la animalista? Es exactamente lo que significa, en efecto. Con ello no trato de abonarme a una afirmación efectista pero hueca, sino adherirme al rigor, si nos atenemos a ciertos escalofriantes datos estadísticos: cada segundo mueren en el mundo a manos de la comunidad humana un número no inferior a tres mil animales, para los que su propia desaparición supone la única liberación a la que pueden aspirar. Confieso que nunca he podido digerir esta cifra. Quienes tenemos la maravillosa oportunidad de convivir a diario con miembros de otras especies conocemos la amarguísima experiencia de su desaparición física. Y es ahí donde radica mi incapacidad para aceptar tan demoledora cifra: ¡tres mil cada segundo!
Quizá la gente no lo sepa, pero nunca existió actividad humana alguna que generara tal cantidad de sufrimiento gratuito como lo hace hoy la agresión a los animales. Nada en lo que podamos pensar supera en dolor a este fenómeno. Por eso, si acaso tuviéramos que optar por una única vía militante, deberíamos hacernos defensores de los animales. Por fortuna no nos vemos obligados a elegir entre diferentes causas solidarias, quedarnos con una y descartar las demás, antes lo decía. Pero conviene dejar claro el anterior punto, porque solo él pone a cada cual en su sitio. Las revoluciones que ha conocido nuestra historia biográfica como especie se quedan pequeñas ante la magnitud de la revolución que hacemos cada día boicoteando los circos, la carne, las pieles, ciertas cremas faciales… Y adoptando animales para ofrecerles un hogar definitivo. Siéndolo las demás, ésta es la Revolución con mayúscula.
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© enero 2010
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(*) Desde la Asociación Nacional de Amigos de los Animales (ANAA) me pidieron un artículo para su revista 4Patas, y fue un placer para mí ofrecerles este texto. Enhorabuena por la labor que realizáis en favor de los perros y gatos sin hogar.

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martes, 15 de diciembre de 2009


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EL TRÁNSITO

El año que acaba estuvo protagonizado en lo personal por la pérdida de un familiar cercano. Hacía mucho, muchísimo tiempo que no sufría de cerca una experiencia de este tipo. De pequeño yo me creía a pies juntillas eso de que la muerte es un esqueleto blandiendo una guadaña. Pasado el tiempo y alcanzada la etapa adulta, sigo pensando lo mismo. Recurro a la reflexión como alegoría, naturalmente, pero me parece del todo apropiada la imagen siniestra del saco de huesos sonriente frotándose los metacarpos ante un nuevo trofeo. Permítaseme la licencia humorística por esta vez, pero soy de los que opinan que eso de morirse es lo último.

¿Qué supone la muerte, la desaparición física de este valle de lágrimas? ¿Significa el final de una etapa, quizá la única que hay? ¿O es apenas el tránsito hacia nuevos trayectos de una experiencia eterna que nunca empezó y que jamás tendrá fin? Afirman algunos que la vida que conocemos supone solo un segmento del camino hacia mundos mejores, una prueba más o menos amarga con premio final, que nos resarcirá –según a quiénes, ojo, pues no a todos llega– de los sinsabores terrenales. Yo no creo demasiado en esas cosas, la verdad sea dicha, pero ello únicamente significa que no creo, no que acierte con mi descreimiento, por lo que tampoco me opongo de manera visceral a que otros lo vean así. Me consta que hacerlo da sentido a sus vidas y las llena en múltiples sentidos. Y algo así no tiene precio en un mundo donde la mezquindad es el pan de cada día.
Pero aquí no me interesa tanto la reflexión sobre la muerte como tema filosófico, sino como experiencia vital e íntima, el mazazo que para todos sin excepción supone la pérdida de un ser querido. Recibir la noticia por teléfono, oír que éste o aquél ha fallecido en un accidente de carretera en plena juventud, todos sus proyectos reventados como por un cartucho de dinamita. O ver cómo se apaga la vida en su mirada día tras día, hora tras hora, que aquí todos tenemos fecha de caducidad y nada es eterno, máxime si ya se han quemado ochenta y cinco largos años del préstamo vital. Porque la vida es a fin de cuentas eso, un préstamo que hay que devolver tarde o temprano. Por mucho que se espere y se asuma como inevitable, es la muerte algo que nunca viene bien. En un momento dado el enfermo deja de respirar. Se acabó. Comienza la liturgia lógica y terrible. Recoger sus pertenencias del hospital, depositarlas en una casa ya vacía. ¿Cómo podemos llenar tanto en los demás con un escaso metro cúbico de volumen, que, bien mirado, viene a ser poco más que un puzzle de vísceras, músculos y líquidos viscosos? Cuando un ser querido muere nos damos cuenta de la cantidad de cosas que nos vinculaban a él –o a ella– sin saberlo. Cientos de objetos, recuerdos, fotografías, grabaciones, frases, consejos, desavenencias temporales que una vez superadas hicieron más fuerte la unión. Durante meses, años, seguirán llegando al domicilio cartas a su nombre. Algunas ciertamente paradójicas, incluso de una inconsciencia cruel, como la que le recuerda que debe vacunarse contra la dichosa gripe, ahora que llega el mal tiempo, no vaya a ser que un simple catarro le complique la existencia pudiendo evitarlo con un pinchacito de nada. Llámenme tonto, pero a mí una de las escenas más heladoras de la pérdida de un ser querido es observar al perro entrar en la casa moviendo la cola, esperando encontrarle, encontrarla, en cualquier recodo. La dramática imposibilidad de explicarle al animal que ya no está, que no volverá a estar, y que por eso no le recibe con su nombre y a veces con una galleta.
La muerte convierte en sombría la jornada más luminosa. Pero por encima de tal obviedad, el día en que fallece nuestro amigo o familiar es un día extraño. La muerte es un hecho natural y como tal hay que aceptarlo. Pero ese día vemos a los demás de una forma diferente. Mascamos nuestra tragedia en la intimidad, observamos a la gente que ríe en la calle, que charla animadamente en los bares, que se despreocupa en un banco del parque. Nosotros mismos lo hacemos a diario sin pensar que en ese preciso momento ciertos convecinos lloran sus pérdidas humanas, y también animales.

Elucubremos ahora. ¿Qué día de la semana preferiríamos morir? ¿Durante un martes anodino, en una ciudad semivacía en plenas vacaciones de agosto? ¿O en una fecha señalada como Navidad o Año Nuevo, mientras medio país prepara con esmero las comidas familiares o se emborracha? ¿Tal vez en el día de nuestro cumpleaños, completando así no se sabe qué círculo espiritual? ¿Preferiríamos saber la fecha, por cierto? Intuyo que la mayoría no, pero por ello seguro que hay quien sí, aunque nada más sea que por apuntarlo en la agenda y no adquirir compromisos en tan señalada fecha. ¿Qué otras cosas pasan en el mundo mientras morimos? Millones de personas, seres humanos como nosotros mismos, se pelean en guerras absurdas, hacen el amor, pergeñan planes que nunca se cumplirán, celebran que otros se cumplieron, duermen, hacen deporte, comen, vomitan, se extasían ante excelsas obras de arte, se suicidan. ¿Qué haríamos cada vez que viéramos en el calendario un año más el día fatídico? (Aquello de que la vida es una permanente cuenta atrás hacia nuestro final físico será todo lo fatalista y hasta siniestro que ustedes quieran, pero verdad de la buena al mismo tiempo). ¿Celebraríamos de alguna manera esa suerte de “cumpleaños a la inversa”, asumiéndolo como un desafío chulesco al tipo de la guadaña? Según para qué, la dignidad se muestra como la mejor arma para combatir lo irremediable, por lo que una cierta dosis de insolencia quizá sea buena cosa para afrontar episodios tan desagradables como la muerte.
Si uno lo piensa, y aceptando que la vida no es sino un tránsito del antes al después, tal vez proceda asumir con la justa dosis de ironía aquello de que, al fin y al cabo, la mayor parte de nuestro tiempo la pasamos muertos.
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© diciembre 2009
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domingo, 1 de noviembre de 2009


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CIEN
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Cien ciudadanos y ciudadanas vascas, saltándose olímpicamente la sacrosanta paridad (cosas del azar), tuvieron días pasados la al parecer magnífica oportunidad de visitar Ajuria Enea de la mano de su inquilino. La excusa, una fecha marcada en el calendario de nuestra historia política reciente: 25 de octubre. La ilusión quedó en parte chafada por la lluvia, imagino que de corte nacionalista, pero al menos Patxi les prometió un cafelito en los jardines de palacio cuando el tiempo mejore. Que esperen sentados (por la dureza de la climatología vasca, digo, apenas iniciado el otoño).
En un alarde de acercamiento a la sociedad civil, no se les ocurre mejor idea que abrir las puertas de la residencia oficial al pueblo llano, quien lo único que tenía que hacer era llamar por teléfono y manifestar su deseo de participar en tan egregio evento. Y a cruzar los dedos para que salga el papelito con tu nombre. Bueno, cosas de los políticos –y de la dichosa imagen que ya no saben cómo enderezar–, podría pensarse. A mí la fórmula no me parece ni medio acertada, aunque bien es cierto que no soy yo precisamente un modelo de normalidad en cuanto a gustos. Creo saber en qué mundo vivo, y esto de las invitaciones públicas y de las cercanías corporales se lleva mucho, también eso lo sé. Pero lo que considero rayano lo palurdo es el sorteo en sí mismo; que se asuma un acto institucional con todo boato –se supone que pensado para la ciudadanía– como si de una lotería navideña se tratase. Si decides optar por la vía de la invitación, pues hazlo bien. Que vaya quien quiera, que se formen colas interminables al olor de los canapés y del vino español (porque aquí lo que sigue primando es el condumio a cargo del erario público, no seamos ingenuos), y que cuando llegue la hora la verja se cierre a cal y canto y hasta otro año. Pero lo de la tómbola queda pelín hortera, para qué les voy a decir otra cosa, y me atrevería a decir que atufa otro poco a clasismo rancio.
E invitan al acto de tan pulcro sorteo a un selecto elenco de personajes populares –en el sentido de públicos, no me malinterpreten– para que hagan las veces de notarios, a quienes imagino pagarían desplazamiento y estancia, porque si no va de vip esta gente no se mueve, ténganlo claro, sean transformistas, cocinitas o bicicleteros. Un dispendio en estos tiempos, ¿no les parece? El sorteo fue cubierto por numerosos medios de comunicación, cómo no, los mismos que dejaron ese mismo día plantados y sin rueda de prensa a un buen número de asociaciones civiles que pretendían contar cosas con bastante más enjundia que la rifa de marras. Nada nuevo bajo el sol.

Y luego está lo de los globitos. Y lo de los globazos. Los primeros soltados al cielo por no recuerdo qué formación política guay que aún no se ha enterado de que esto de arrojar basura al medio natural es una cochinada, por mucho que se revista de acto reivindicativo. Son los mismos que después nos dan lecciones sobre ecología. Los segundos, aerostáticos ellos, para entretener al pueblo, que, como es tonto, no se ha enterado de la dichosa celebración. Y como sabido es que atravesamos una época de bonanza económica y sobra dinero, pues se contrata una flotilla de globos de ésos y listo: a disfrutar, que son dos días. Son los mismos que te plantan en la cara lo de la crisis para justificar según qué suspensión de proyectos. Nos han tomado por imbéciles, y uno empieza a pensar que no sin cierta razón. A la que nos rascan el lomo comenzamos a ronronear cuales gatos agradecidos. Es lo que hay, y suponer que esto tiene solución a corto plazo se acerca por momentos al género de la ciencia ficción.

Vuelvo a la rifa. Lo suyo hubiera sido que el número de solicitantes ni siquiera habría llegado para cubrir las plazas ofertadas. (Por cierto, que tampoco anduvo la cosa tan lejos, porque ya me dirán ustedes si quinientas llamadas es como para tirar cohetes, conociendo lo que nos gustan los saraos gratis total, antes lo decía). En tal sentido, no sé cómo, pero ya se habrían encargado ellos solitos, los promotores de la idea, de hacer las cabriolas necesarias para maquillar el ridículo y trasladarnos el éxito envuelto en celofán. Medios no les faltan, tómese la expresión en su doble y literal sentido.
Ignoro quiénes fueron al final los agraciados con tan chusca lotería, pero, a fuerza de ser sincero, a mí me hubiera encantado que el grueso completo hubiera pertenecido al extremo rojo de eso que llaman izquierda radical. Imagínense a Patxi entrando en el recibidor, corbata impoluta y perfumado de arriba a abajo, encontrándose de sopetón con la muchachada, ataviados ellos y ellas con las consabidas camisetas a rayas, con sus piercing por doquier y sus botas de monte manchadas de barro cual si acabaran de hollar con éxito los Hiru Haundiak, informales a la par que elegantes en su estilo, todos y todas con cara de mala hostia. ¿Imaginación perversa? ¿Mala fe? No pierdan el tiempo elucubrando sobre esa posibilidad. Ya les digo yo que sí. La peor de todas.
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© noviembre 2009
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lunes, 5 de octubre de 2009


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UN TERRORISTA
EN LA PISCINA

Que era profesor de ética, rezaba el titular. ¿Y? Hablo de la operación antiterrorista que las policías francesa y española llevaron a cabo allá por el pasado mes de abril, gracias a la cual pudo desarticularse buena parte de la infraestructura que al parecer ETA había diseñado para actuar contra el nuevo gobierno en Euskadi. Hasta aquí el contexto.
Una vez identificados los malhechores, los medios informativos sin excepción resaltaron el hecho de que uno de los detenidos a este lado de la frontera impartía clases de ética en un instituto de Vitoria, y aportaban además como dato adicional el hecho de que en ocasiones el mismo individuo había llevado de excursión a sus alumnos para visitar ciertos parajes naturales, imagino que de alto valor ecológico, eso ya no lo sé. Pues a esto en particular me refiero con la breve interrogación del comienzo, que ahora amplio: ¿Y bien? ¿Qué tiene de especial que un terrorista dé clases de ética? Que alguien me lo explique, si no es mucha molestia, porque yo no le acabo de encontrar miga alguna a tan particular circunstancia. Sí, soy plenamente consciente de que los terroristas son muy malos y de que ocupan buena parte de su tiempo en preparar terribles atentados. Hasta ahí llego. Una actividad bien horrorosa, la terrorista. Pero no acabo de ver qué tiene de especial que uno de ellos se dedique a impartir clases de ética desde su actividad de docente. Porque no vaya a ser que estemos hablando de cosas distintas y todos llevemos razón. En cuanto a la ética, digo. Veamos. Si mis datos son correctos, la ética viene a ser la parte de la filosofía que estudia el comportamiento moral. ¿Es así, no? Y la moral, en cuanto que hecho fáctico, se nos presenta como un fenómeno en extremo variable por cuanto a resultados, hasta el punto de que lo moralmente aceptable para mí puede no serlo para otro. Y de ahí lo pertinente que resulta un estudio reglado del mismo: la ética.
No creo estar afirmando nada extraordinario si digo que la mente de un terrorista no contempla que matar seres humanos esté mal siempre, sino que lo está en determinadas circunstancias. Hay quien considera contrario a toda moral causar daño gratuito a los animales, mientras que a la mayoría esta realidad se la trae al pairo, o al menos coloca los intereses del cocinero muy por encima de los que pueda tener la langosta a no ser escaldada viva. Cuestión de dónde se colocan los límites y de cómo se adereza el contenido, lo dicho.

¿Qué ha pasado con la noble profesión de informar? ¿Qué ha sucedido para que, con independencia del matiz cromático del medio en cuestión, la práctica totalidad de los medios de comunicación caigan con tan preocupante frecuencia en reflexiones e interpretaciones reduccionistas que acaban moldeando la mentalidad social hasta convertirla en una masa gris indolente? (Quizá siempre fue así y el tonto es quien ve la película con otros ojos: yo mismo). ¿Qué se supone que es un terrorista en su vida cotidiana? ¿De verdad creemos que los abyectos terroristas se desayunan con sangre de vírgenes y cenan muslo de niño al horno? ¿Hasta dónde hemos simplificado nuestra percepción de las cosas? Recuerdo que no hace tanto el mismo periódico (se las lleva todas) presentaba en grandes titulares la frase de una señora de Logroño, quien todavía con la congoja en el gaznate relataba a la prensa que su hijo había compartido piscina con quien luego resultó ser un terrorista. Dicho sea con todos los respetos que merece la buena mujer (con los que merece, insisto, pero ni uno más), se necesita una generosa sobredosis de simpleza intelectual para declarar tamaña sandez así que el plumilla de turno se te acerca micrófono en ristre. Un terrorista es un peligro objetivo para todos en general y para algunos en particular. Por eso es lícita su detención, como es lícita la detención del policía que tortura en comisaría o la del político listillo que comete desfalco. Pero de ahí a que te coja un ataque de angustia al saber lo de la pileta compartida con el etarra, media un abismo. Los terroristas no suelen ir a hacerse unos largos en la piscina de la urbanización con la dinamita adosada a la cintura, señora mía, porque darían el cante y porque además chafarían el material, y ni una ni otra cosa les interesa a ellos, mas sí al grueso de la sociedad, y aquí retomo el tema de la moral, tan diferente para unos y para otros, según criterios y formas de ver el mundo. Que el terrorista más retorcido ejerza de profesor de ética no veo que aporte gran cosa a nuestra moral colectiva. Por perverso que pueda resultarnos el escenario, ambas cosas son perfectamente compatibles. Al menos mientras aceptemos con anodina inacción que puedan celebrarse corridas de toros asumiéndolas como eventos benéficos, entiéndanme.

Por momentos a uno le asalta la razonable duda de si acaso el mundo del periodismo no estará siendo víctima de un inadvertido proceso de esclerotización creativa –que en cualquier caso espero reversible–. Porque simplemente no se comprende que, con la que está cayendo, algunos se queden todavía mirando al dedo de quien señala las estrellas.
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© octubre 2009
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