jueves, 19 de abril de 2012




ESTIMADO SEÑOR

Att. Sr. D. Juan Carlos de Borbón
Palacio de La Zarzuela
28071 MADRID

Vitoria-Gasteiz, 18 de abril de 2012


Estimado Señor:

Me dirijo a usted en calidad de representante de la Asociación para un Trato Ético con los Animales (ATEA), entidad que, como su propio nombre indica, orienta su actividad a la lucha contra cualquier forma de violencia, abuso o explotación injustificada de la que puedan ser objeto los animales en nuestra sociedad.

En tal sentido, deseo hacerle llegar algunas reflexiones que a buen seguro serán de su interés, habida cuenta del cargo que ocupa en estos momentos. En concreto, quisiéramos trasladarle antes que nada nuestro disgusto –compartido al parecer por un significativo sector social– por el inequívoco apoyo que a través de su persona ofrece a la actividad taurómaca en su conjunto, lo que nos permitimos deducir de su habitual presencia en estos espectáculos, así como de alguna que otra declaración de claro corte apologista. Con independencia de que a la tauromaquia puedan serle aplicadas las etiquetas de arte, tradición y cultura (ciertamente difícil negar todo ello, si nos atenemos a sus oficiales definiciones), entendemos que ninguna entre las mencionadas –y cuantas otras resulten razonables– debería justificar una realidad que, obviando factores como la estética, la creatividad o la economía, genera un innegable y severo sufrimiento a seres que, como nosotros mismos, se muestran capaces de percibir tanto el sufrimiento como su contrario, el bienestar.
Sin entrar en detalles filosóficos –o quizá no sea posible prescindir de ellos–, nos gustaría sin embargo hacerle partícipe del que con toda probabilidad se constituye como eje teórico del ideario animalista, cual es que todo sufrimiento es idéntico para quien lo padece, al menos desde su perspectiva de indeseable. O, expresado de otro modo: el mismo grado de padecimiento debiera merecernos, dada nuestra calidad de animales éticos, similar consideración. Y nos lleva esto a un escenario bien interesante, según el cual no resultaría necesariamente peor causar el mismo daño a un humano que a cualquier otro animal.

Esta tanda de reflexiones nos invita, en buena lógica, a la obvia conclusión de que, cuando consideramos que ha de tratarse bien a los perros, y que al mismo tiempo podemos aplaudir y aun promocionar la tauromaquia, incurrimos en una esquizofrenia moral de todo punto inaceptable, al menos tanto como pueda sernos inaceptable la consideración hacia los humanos varones mientras justificamos la violencia hacia las mujeres, o la defensa de aquellos humanos adscritos a ideologías de izquierdas al tiempo que apoyamos las prácticas terroristas contra los políticos de derechas (o mismamente contra los representantes de altas instituciones impuestas por la historia, mas no elegidas por la ciudadanía). Y quizá hayamos llegado con este postrero apunte a uno de los campos más interesantes cuando de ética tratamos. Queremos decir con ello que, de aceptar con relajación y naturalidad que pueda definirse la violencia contra las mujeres como “terrorismo doméstico”, o el vertido deliberado de sustancias tóxicas en la naturaleza como “terrorismo ambiental”, o la irresponsabilidad de ciertos conductores como “terrorismo vial”, o el egoísmo de ciertos empresarios como “terrorismo patronal”, o la liberación solidaria de prisioneros animales como “ecoterrorismo”, acaso estemos –por pura y simple lógica deductiva– en disposición de llamar a las cosas por su verdadero nombre, y manifestar por tanto que la violencia gratuita ejercida sobre inocentes –los animales lo son en grado absoluto– merece por igual tan áspero epígrafe. Bien pudiéramos estar hablando entonces de “terrorismo taurómaco”, que como todas las demás formas de [supuesto] terrorismo tendría sus acólitos, se supone que tan despreciables desde una perspectiva solidaria como puedan serlo los machistas asesinos, los militantes de Al Qaeda o los pederastas. En tal caso –y solo en él–, la institución a la que representa y usted mismo a la cabeza serían auténticos y reales apologistas de la violencia taurómaca, una cara más de la realidad terrorista como concepto moral (de corte cultural en este particular caso), aunque no por ello menos lesiva para sus principales víctimas: toros y caballos. Resulta ontológicamente imposible no llegar a tal conclusión si nos abonamos a una concatenación lógica de los hechos, y visto que su persona, apoyándose en el peso público que ostenta, ha emitido público apoyo a la mal llamada Fiesta (pues no lo es desde luego para todos los que en ella participan).

Lejos de limitarse sus aficiones violentas a la tauromaquia como espectador “de calidad”, conocido es su gusto por la caza deportiva, en particular por algunas de las modalidades más elitistas, tal vez por ir acorde con su categoría social. Hace bien poco pudo vérsele ufano y orgulloso con un inmenso cadáver a sus espaldas, un elefante que, mientras alguien no ose negarlo, deseaba vivir su vida, como usted o yo mismo, como de hecho hacen todos los animales desde su naturaleza particular. Y, créame, no se zanja la cuestión aduciendo que “sobran elefantes”, que “constituyen estos una plaga que como tal debe ser controlada”. Piense que, si acaso invaden ahora el territorio humano, no responden con ello sino a una legítima defensa, por cuanto antes les fue robado su espacio natural, casi siempre mediante métodos tan crueles como la agresión a los miembros más vulnerables de la familia.
Y, hablando de familias, hemos tenido ocasión de oír y leer estos pasados días que no pocos entre los ciudadanos y ciudadanas de este país consideran una “auténtica plaga de efectos devastadores” a familias como la que usted encabeza, instituciones que dilapidan generosos presupuestos de las arcas públicas, a pesar de no estar ahí por elección popular, detalle esencial, creemos, en una comunidad democrática. Así las cosas, y en medio de una galopante crisis económica que ha dejado sin trabajo a millones de personas, usted tiene la “escandalosa” ocurrencia de gastarse una auténtica fortuna –por muy personal que sea su patrimonio– para acabar con la vida de animales que no nos consta que la merezcan un ápice menos que usted mismo. ¿Cree de verdad que está actuando de manera decente? Nosotros entendemos que no, que ni de lejos se comporta usted con la decencia que ha de esperarse de alguien que ostenta un cargo como el suyo en la Europa del siglo XXI. La caza que se practica con fines lúdicos constituye un crimen aberrante (crimen por el hecho mismo, aberrante por su naturaleza), pues no se entiende que, aun en los improbables casos en que pudiera quedar justificada, sus ejecutores se fotografíen sonrientes y henchidos de gozo ante los cuerpos inertes de sus inocentes víctimas. Mencionábamos líneas atrás el lenguaje y cómo sirve este para vestir conductas. ¿Es que no merecería ser calificada de “terrorismo cinegético” la caza lúdica? Dejamos ahí la pregunta para que usted mismo la conteste, si lo considera oportuno, pues nosotros ya lo hemos hecho.

Antes de terminar, le deseamos de todo corazón un pronto y completo restablecimiento de sus últimas dolencias, que, con independencia de las vergonzosas circunstancias en que acontecieron, imaginamos per se dolorosas. Y consideramos que es este un óptimo escenario para recordarle que la empatía importa, e importa mucho. Tanto que sin ella acaso hasta quepa dudar de nuestra humanidad bien entendida. Si nos mostramos incapaces de colocarnos desde nuestras emociones en el lugar del otro –no importa que ese “otro” sea humano o animal– y evitar así causarle lo que bajo ningún concepto quisiéramos para nosotros mismos, estamos, Majestad, éticamente muertos.

Es por todo lo aquí expresado que, a nuestro humilde entender, posee usted una autoridad moral ciertamente atenuada cuando exige a otros la condena de ciertas formas de violencia terrorista (en concreto, la ideológica), mientras incurre su persona en similar comportamiento ante otras manifestaciones de agresión unilateral igual de terrorista, o aun peor si se constata el agravante de responder a una naturaleza lúdica, como es el doble caso que nos ocupa.

Nos gustaría que leyese con atención el presente escrito –seguro que lo está haciendo si hasta aquí llegó–, y que nos haga llegar sus apreciaciones al respecto, seguro que muy ilustrativas y didácticas, pues no en vano ocupa un cargo de peso tanto en el fondo como en la forma.

Quedamos, pues, a la espera de sus reflexiones, tras ofrecerle nosotros las nuestras. Reciba, mientras tanto, un cordial saludo de,


Kepa Tamames
Portavoz de ATEA


[*] Carta enviada por correo postal certificado a La Zarzuela en la fecha indicada.



© abril 2012


jueves, 12 de abril de 2012




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ESE EJÉRCITO SILENTE
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Me cuentan que en breve cierta organización de defensa de los animales con la que tengo el gusto de colaborar iniciará una campaña de captación de socios –e imagino que asimismo socias–, y les pregunto si les mueve a ello alguna razón en concreto, si acaso la masa social se vio reducida por mor de la dichosa crisis. Me dicen que, por fortuna, la iniciativa no responde a una “imperiosa necesidad”, pero que se percataron de que una inmensa mayoría entre quienes se autoasignan la pomposa etiqueta de “animalistas” ni pagan ni pagaron nunca cuota alguna a la asociación de turno, defienda esta a gatos, caballos, carpines dorados, o al grupo zoológico al completo. ¿Cómo es eso posible?, se me ocurrió preguntar, de natural ingenuo como soy, y mis compañeros se encogieron de hombros, se cruzaron miradas, se rascaron el cuero cabelludo, carraspearon, para al final regalarme un escueto “Ya ves, la condición humana…”. Pobre eufemismo para lo que en realidad bebe de la vieja filosofía –tan antigua y arraigada como la propia “condición”, por cierto– del “que lo hagan otros”.

Pues así es, mis queridos amiguitos: nueve y pico de cada diez personas sensibilizadas con el drama que sufren a diario los animales no contribuyen a sufragar los gastos de ni una sola asociación. Y un servidor, que no se casa con nadie y al tiempo no tiene el menor empacho para acostarse con el mismísimo diablo si la causa lo merece, quiere hacerles partícipes de su perplejidad, cuando no de su directa desazón, en un intento vano de comprender la estructura mental de quien no se lo piensa dos veces a la hora de coger el teléfono y llamar a la organización de turno para que sus aguerridos miembros se pongan en marcha y rescaten a la treintena de perrillos que malvive en cierta alquería de la sierra; supongo que tales informantes esperan que despeguen raudos dos o tres helicópteros desde la sede central de ATEA para el rescate de los necesitados animales, con posterior e inmediato traslado al paraíso de los canes… tras regalar una buena somanta de hostias a los malvados responsables, por descontado. ¡Pero de hacerse soci@, nanai, eso ni mentarlo! Confieso especial interés personal por saber cómo creen est@s solidari@s de diseño que se paga teléfono y fax, de dónde suponen que sale el dinero para el ordenata, o quién leches sufraga los costes judiciales, caso de haberlos. Me muero por saber cómo diantres entiende esta gente que funcionan las cosas, sino aplicando la antiquísima fórmula de acoquinar entre tod@s para que un grupo de elegidos (en Asamblea General Ordinaria, nada de designios divinos) gestione como mejor sepa y pueda los recursos existentes, siempre guiado por la línea ideológica oficial del colectivo equis. A veces sueño que de mayor quiero ser como ell@s, hablo de quienes se van a la cama creyéndose doctos animalistas por una llamada telefónica. Mas aparece ipso facto el arrepentimiento, y casi prefiero manejarme con un perfil muy diferente, digamos normal, pensar que aquí nada se regala, y que solo una masa social fuerte hace fuertes tanto objetivos como logros.

Vuelvo al dramático panorama, el protagonizado por ese ejército silente de animalistas, que de verdad lo son, pero que aún no han dado el paso definitivo, que no ha de ser necesariamente quedarse en cueros en la Plaza Mayor, ni asaltar el ruedo, ni integrarse en un corajudo comando de encapuchados. Por supuesto que todas estas cosas, y otras muchas, son estupendas e importantes –diremos al respecto aquello de que si no existieran habría que inventarlas–, pero percibo que la fórmula más pragmática de activismo animalista pasa por hacerse miembro de una organización: así de simple. Cada cual elegirá la suya, siendo como es la oferta –por suerte o por desgracia– muy amplia. Si acaso parece que me dio la vena proselitista, parecerá bien: ¡bienvenido sea el proselitismo burdo si alimenta nobles causas! Y la que nos ocupa lo es con creces, vaya que sí.

Desde mi humilde condición de escritor amateur, estimad@s lector@s, poco más puedo hacer por salvar sus almas, como no sea ofrecerles la posibilidad de expiar culpas pasadas y presentes, para lo que apenas se necesita rellenar un sencillo formulario, y tendrán el cielo ganado en la tierra. No me negarán que la cosa pinta bien fácil para tan excelso premio. Lo dicho: háganme ustedes el favor de no ser míser@s, y apúntense hoy mejor que mañana a la mayor revolución moral de la historia de la humanidad. Verán con qué tranquilidad de conciencia duermen a partir de entonces. De nada.



[*] Escribí este artículo para el magazine on-line AllegraMag. Si deseas acceder a mis otros textos en el mismo sitio, pincha AQUÍ.


© abril 2012


miércoles, 28 de marzo de 2012





GOLIATH

Por puro y simple egoísmo emocional, prefiero imaginar que hubo un tiempo en que Beethoven jugó con niños vociferantes, que correteó a sus anchas por un prado, que se persiguió la cola, que voces amistosas pronunciaron su nombre, que se supo importante, que mordisqueó una pelota de goma, que concluyó feliz y agotado su jornada lúdica. Que acompañó a su familia a la casa común y que durmió de un tirón –o dos, con el interludio de una breve excursión al bebedero–, hasta sentir en el lomo un cálido rayo de sol, ya de amanecida. Por puro y simple egoísmo emocional deseo imaginar a Beethoven alguna vez así, aunque solo fuera durante un mes escaso, o durante una mísera semana, quién sabe si apenas un par de días… Me tortura hasta la más completa desesperación la mera posibilidad de que ni una fugaz caricia en la cabezota pueda rescatar Beethoven de su torturada mente.

Me declaro sencillamente incapaz, desde mi condición de chicarrón del norte y a mis casi cincuenta añazos, para ponerme en el lugar de cualquier perro –hablo de la empatía, ¿de qué si no?– en el justo y preciso momento de verse solo por primera vez, desaparecida ya en el horizonte la imagen de sus amigos (o los que desde su infinita ingenuidad perruna consideró amigos), amarrado de súbito a una mugrienta cadena y con una apestosa caseta por todo refugio, él que llegó a creer que familia y hogar tenían significados muy distintos a lo que ahora descubre de golpe. No pegará ojo Beethoven esperando la sorpresiva vuelta a media noche de sus compañeros de juegos, le explicarán que todo fue una broma, pesada, pero broma al fin y al cabo, cruel e incomprensible sentido del humor el humano, sabido es que jamás un perro hecho y derecho gastaría semejante broma a un niño, a una mujer, a un hombre. Nadie aparece; no hay broma. Regresan al día siguiente, pero el afónico Beethoven ve en ellos a personajes por completo distintos a los que marcharon, apenas le liberan un rato de la horrible cadena, para ser amarrado de nuevo. Persiguen los pequeños –sus antiguos colegas– el balón, cavan la huerta los adultos, y resulta aún peor el suplicio de observarlos y no poder participar de la fiesta, abalanzarse sobre la pelota, escarbar la tierra húmeda. Acaba el domingo, desaparecen de nuevo, sin hacerle caso esta vez. Es el dramático protocolo del desamor, es el desafecto hacia un perro que ya no es un perro, sino una burda alarma, un enorme peluche desesperado cuya función se limita a ladrar a todo el que ose acercarse por la zona, no importa si con buenas o malas intenciones. Tres largos meses después, casi cien días con sus interminables noches en la más absoluta soledad, con un huerto destartalado por todo universo, Beethoven, traspasado de parte a parte por una angustia punzante, ceja en su empeño por entender cuál fue el error cometido para merecer tan cruel castigo.

Nada son tres meses comparado con un año, nada este al lado de un lustro. Transcurrida una eterna década de cadena y aislamiento, constituiría un verdadero acto de compasión poder hacerle entender que tiene en su particular caso la inmensa fortuna de ser ya viejo, pues si fueran los perros tan longevos como los humanos, y ante tan sombría expectativa, más valdría acabar con el infierno cuanto antes. Habrán de pasar todavía tres años más, nos encontramos ya a un Beethoven derrotado física y mentalmente, un anciano reumático que a pesar de todo sigue meneando la cola –¡Dios mío, ¿por qué mueven los perros la cola cuando perciben la presencia de sus torturadores?!– así que vislumbra a otro anciano, este su dueño, ambos de similar edad desde sus respectivas naturalezas. El hombre le libera, y es llevado quizá por primera vez a la consulta de un médico para animales. Mas no está enfermo. El propietario solicita al señor de la bata blanca un servicio rápido, adopta un tono hosco y contundente: mátelo. No es desde luego la primera vez que aparece en la consulta alguien queriendo acabar con la vida de su animal, porque suelta pelo, porque se hizo mayor, porque hay que ahorrar en tiempo de crisis, porque le da la puta gana… Pero la ética profesional impide cumplir el mandato del viejo. Se lo lleva maldiciendo, suelta pestes de aquellos tipos remilgados. Parece que tendrá que hacerlo él mismo, como hizo anteriormente con otros, ni sabemos sus nombres, qué importa… De vuelta a la huerta, dispuestos para su tétrico cometido foso y cal viva, ata con fuerza y rabia las patas de Beethoven, y este entorna los ojos de terror, pero no ofrece especial resistencia, aprendió a no hacerlo durante sus últimos y únicos trece años. El hombre que acaso un día le regalase algo similar a una caricia la emprende ahora a golpes, procura acertar en la cabeza, uno, dos, tres, cuatro… el animal aúlla desesperado, no puede evitarlo, aúlla a cada garrotazo, patalea a cada incisión del hierro en su cuerpo. En plena bacanal de sangre y furia aparecen dos ángeles disfrazados de agentes de Policía Local, se llevan al criminal, mientras dan aviso para que recojan al animal malherido, convertido para entonces en un guiñapo sanguinolento. Beethoven murió.

Y nació Goliath, a sus trece achacosos años. Es el pomposo nombre con que le bautizaron de forma espontánea cientos, miles de amigos a los que nunca conocerá, ni falta que hace cuando de cariño se trata. Goliath por su fortaleza, por sus ganas de vivir, lo que le quede, mucho o poco, que nadie sabe cuánta guerra le queda por librar, o si le acecha la guadaña a la vuelta de la esquina. Goliath sabrá por fin lo que es una familia que merezca tal nombre, el calor del afecto y hasta de la calefacción en invierno. Moverá a partir de ahora la cola con causa justificada, las voces humanas serán ya de amor, precederán siempre a una suave caricia, con frecuencia a una rica galleta.

Y quien esto suscribe, ateo confeso desde que le alcanza la memoria, reza cada noche para que se haga realidad su perverso sueño: verle el rostro a Satanás, aguantarle la mirada al tipo que mató a Beethoven, al miserable criminal que le regaló sin saberlo una última y luminosa oportunidad a Goliath.


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© marzo 2012


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[*] Escribí este artículo para el magazine on-line AllegraMag. Si deseas acceder a los demás textos del mismo, pincha en el icono correspondiente de la columna de la izquierda.


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viernes, 2 de marzo de 2012




“MASCOTAS” NO, GRACIAS

Hace ya algunos meses que milito en esto de la defensa de los animales, más concretamente desde septiembre (se cuentan el número de meses por más de trescientos, y es septiembre el de 1986, por más señas), y entre las frustraciones que atesoro brilla con luz propia la de no haber conseguido hacer entender –a la gente en general e incluso a ciertos animalistas en particular– que el término “mascota” se muestra por completo inapropiado si lo que con él pretendemos es designar al conjunto de animales que conviven con nosotros, sean estos perros, gatos o lagartos del Alto Paraná. Entiendo, y es esta una apreciación personal e intransferible, que el vocablo “mascota” cosifica a los animales, acercándoles un poquito más si cabe a la categoría de objetos de consumo, condición necesaria para despojarlos de todo derecho, o para que los nuestros de tercer orden (a “consumir” seres vivos) prevalezcan siempre sobre los suyos de primero (a la vida, a un hábitat adecuado, a no ser torturados). Dices mascota y estás diciendo cosa, objeto, adorno, de tal forma y manera que parecen estos fichas intercambiables, perro por gato, tortuguita por hámster, loro por ardilla, lo importante es “tener una mascota en casa”, antes que considerar que cada uno de ellos y ellas son individuos únicos e irrepetibles, sujetos de una vida, y a ella se aferran como si fueran conscientes de que no habrá una segunda oportunidad. Realmente no la hay, que siendo esta nuestra única experiencia vital, más vale ser aquí felices que desdichados, pues ni una ni otra cosa podremos cambiar, a menos que creamos en algo parecido a la reencarnación, y desde luego no es el caso de quien suscribe.

¿Nos hemos parado a pensar siquiera durante un minuto en qué diantres es eso de “mascotas”, de dónde surge el nombre y todo eso? Deriva del francés mascotte –lo sospechaban, no me lo digan–, y su etimología no da mucho de sí: objeto o figura que proporciona suerte a su poseedor; amuleto. Habrá casos, quién soy yo para negarlo, pero, hasta donde me alcanza el entendimiento, no trae suerte el gato o el perro a su dueño –o mejor diremos tutor, puestos a–, sino más bien al contrario, en especial si se trata de animales abandonados, a los que se le apareció una virgen canina/felina y encontraron la felicidad de un hogar y una familia. De serlo para alguien, soy yo la mascota de Elliot, de Louise, de Koska, y no al contrario. ¿No les parece?

Ante similar tesitura nos encontramos si acudimos a la expresión “animales de compañía”, por cuanto parece que les asignamos con tan sospechoso epígrafe el banal papel de acompañarnos, de servirnos de entretenimiento, de sernos útiles, en la acepción más mercantilista del término “útil”. ¿Hay alternativas? Si hemos encontrado aproximada solución a problemas harto más arduos, ¿no habremos de hacerlo con unas simples palabras? Alguien –hasta pude ser yo mismo– propuso aquello de “animales bajo tutela”, sin duda más apropiado, aunque demasiado desconcertante, quizá. Y pasa con estas cosas como con otras muchas, que acaso la solución esté en la sencillez antes que en lo rebuscado, tan cerca que ni conseguimos enfocarla. Fue la antropóloga –y sin embargo amiga– Carme Fitó quien me habló de los “animales familia”. ¡Claro! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? ¿Qué son los Toby, las Carlota, los Kizkur de turno, sino familiares de afectos? Como lo son nuestros amigos humanos, de hecho. ¿Alguien alberga atisbo de duda respecto a que sentimos más aprecio por nuestro perro o gato que por ciertos familiares de sangre, que su pérdida supone para nosotros una mayor aflicción que la muerte de un “simple” vecino, o incluso la de un tío lejano con el que apenas tuvimos trato? ¿Es tan difícil comprender, y sobre todo aceptar, que el amor, el cariño, volvemos al afecto, qué palabra tan hermosa, no conoce fronteras, que no acaba de repente donde lo hace el límite humano?

He aquí un reto bien complejo al que sin embargo nos da pavor enfrentarnos: hablo de difuminar la [de facto] inexistente linde entre lo humano y lo animal hasta hacerla desaparecer de nuestras mentes, el único lugar donde habita.



[*] Escribí este artículo para el magazine on-line AllegraMag. Si deseas leer su versión íntegra, la encontrarás en: http://www.allegramag.com/mascotas-no-gracias-2/


© marzo 2012

jueves, 23 de febrero de 2012


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¿POR QUÉ CORREN LOS CABALLOS?
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Sucede con frecuencia que, con el siempre noble fin de obtener respuestas a nuestras más variadas inquietudes, nos valemos de preguntas en apariencia simples para abordar escenarios complejos. Quizá uno de esos escenarios sea el de las carreras de animales inducidas por los humanos. Y entiendo que las cuatro últimas palabras resultan claves a la hora de entender la esencia del presente artículo, por cuanto los hechos que aquí se denuncian escasa o nula relación tienen con la naturaleza real de los animales implicados, perros y caballos en su mayoría. Aducen sus defensores –me refiero naturalmente a los de las carreras organizadas, no a los de sus protagonistas animales– que unos y otros corren de natural, con lo que mal puede criticarse idéntico comportamiento si este tiene lugar sobre una pista de tierra y con público en las gradas. Creo que en efecto se puede, y con toda razón además. Veamos.

En su sentido más estricto, difícilmente merece ser calificado de “correr” a lo que hacen galgos y pura sangres durante sus actuaciones. Suponer que ello es equiparable a una carrera lúdica en la campiña o en un parque urbano implica manejar una muy exigua información sobre el tipo de vida que son obligados a llevar dichos animales durante su etapa activa. Porque conviene recordar que estos pasan la mayor parte del tiempo recluidos en reducidos espacios, cercenada así su necesidad de ejercicio. Jugar y correr con sus compañeros es algo que les está vedado por completo. Pero esta realidad no deriva de una suerte de crueldad de sus cuidadores (es el maquillado nombre que reciben las personas que se ocupan de ellos, no el que merecen, por descontado), sino de la necesidad de mantenerlos en un permanente estado de ansiedad física y mental, pues solo de esta forma puede producirse en ellos una “explosión” tanto muscular como emocional cuando de repente se abren las puertas de los boxes, haciendo que inicien una desaforada carrera.

A pesar del reiterado –y por ende patético– exhibicionismo de nuestra sacrosanta racionalidad, los humanos no solemos plantearnos preguntas de verdad importantes, una tan elemental como concisa en el caso que nos ocupa: ¿por qué corren los caballos y galgos en las carreras? A bote pronto, puede parecernos una interpelación estúpida, pero no lo es si pensamos que su comportamiento en un estado “normal” paseando por el campo (sin presiones externas, pongamos por caso) no se asemeja en nada al que observan en la pista. Por supuesto que es natural que perros y caballos corran, pero no largas distancias ni a una gran velocidad. Si lo hacen en el hipódromo o en el canódromo es porque sus responsables han diseñado sus vidas para que en el momento apropiado salgan disparados hacia la nada, espoleados por la fusta en un caso, y por un absurdo muñeco guía en el otro. Cualquiera puede hacer la prueba con su perro o caballo, siempre que estos lleven una vida equilibrada y satisfactoria. Colóquese al protagonista en el interior de un recinto cerrado similar a los boxes, en medio de una pradera, y ábrase de repente la puerta. Uno y otro se le quedarán mirando con cara de no saber qué se espera de ellos, y lo más probable es que salgan al poco tiempo con absoluta parsimonia y continúen con la actividad interrumpida minutos antes para ser convertidos en protagonistas de un experimento tan estúpido como incomprensible.
La verdad es que el comportamiento de galgos y caballos en los circuitos de apuestas está en las antípodas de algo que merezca el nombre de “natural”. Pero lo peor es que se trata de una explotación tan cruel como desconocida para el gran público. Los caballos cuestan auténticas fortunas, siempre en estricta proporcionalidad a las ganancias que se espera generen. Son “mimados” mientras rentabilizan su inversión, y sacrificados cuando sufren lesiones graves que les impiden competir y por tanto hacer caja. Muchas de esas lesiones, aunque incompatibles con la alta competición, les permitirían llevar una apacible vida de jubilados. Sin embargo, nadie invierte en un minusválido, por muy cotizado que fuese en su día. El business tiene sus reglas y no entiende de sentimentalismos.

Como todo negocio, los espectáculos que se nutren de animales están siempre supeditados al férreo protocolo del mercado. Pueden quebrar en un momento dado, como de hecho sucede, lo que coloca a aquellos en una situación de incertidumbre que casi siempre acaba en tragedia. Una sociedad que permite indolente el sacrificio masivo de animales de compañía abandonados tampoco tendrá conflicto moral alguno para deshacerse de unos cientos de galgos y de algún que otro caballo que ya no sirven para su cometido. Vemos así que la explotación pende siempre sobre estos desdichados seres: si la empresa funciona, no conocerán sino la reclusión y el sometimiento; si el negocio fracasa, sus vidas se verán truncadas para siempre.
Este tipo de escenarios –las carreras– resultan muy atractivos para mucha gente, que ve en ellos una forma de entretenimiento y de posibilidades financieras al mismo tiempo. Y muchos se dejan ver en los hipódromos en una suerte de exhibición social que desprende cierto tufillo a clasismo rancio. Pero la cruda realidad es que las carreras inducidas por interés humano esconden bajo el glamour de las pamelas y los prismáticos una cruel esclavitud y una vida de carencias y sufrimiento.

En realidad, la estrategia que se sigue en el entrenamiento de galgos y caballos no es en el fondo muy distinta a la empleada para las peleas organizadas de perros. Salvando sus diferentes estatutos jurídicos –mientras estas están prohibidas por ley, aquellas son toleradas y aun fomentadas por determinados poderes públicos– ambas realidades se fundamentan en doblegar la voluntad de los protagonistas como método práctico para orientar su conducta hacia los intereses humanos. Nuestra capacidad intelectiva es utilizada con demasiada frecuencia para obligarles a actuar contra natura, haciendo que se comporten de una manera que nunca se daría en condiciones de autonomía individual. Los humanos somos lo suficientemente perversos como para conseguir de ellos casi cualquier cosa que nos propongamos, y las carreras organizadas constituyen en este sentido un fiel paradigma.

[*] Escribí este artículo para la revista 4Patas, la revista de ANAA (Asociación Nacional Amigos de los Animales).


© febrero de 2012
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lunes, 23 de enero de 2012




AUTOPISTA AL INFIERNO


No ha de verse en el título atisbo alguno de homenaje al heavy metal, género musical al que no profeso especial afecto, sino simple aunque contundente metáfora que su mismo protagonista labró en agria y privada discusión con otro dictador –este de caribeña estirpe–, y ahí cuentan que acabó tan extraña amistad.

Acapara Don Manuel estos días reportajes y columnas de opinión, ponen algunos los puntos sobre las íes todavía con el cadáver caliente, se deshacen en halagos los más (incluso algunos entre quienes chuparon calabozo y cárcel con su aquiescencia), por esto y por aquello, sea su trayectoria política o su arrolladora personalidad. Dicen que supo adaptarse a la democracia –acaso no tuvo más remedio y lo que aprendió fue a no desentonar demasiado con los nuevos tiempos, pues se encontraba sin duda entre sus virtudes el camaleonismo–, que fue un visionario del cambio que se avecinaba, y que incluso prevaleció en su biografía pública una praxis conciliadora y hasta entrañable. Nada como morirse para recibir halagos a granel y sin medida, que acuden raudos los estómagos agradecidos y la loa inflada así que el finado estrena estatuto. Considero que es buena ocasión el deceso de un miserable, que lo fue por tantas razones, para reflexionar sobre la condición humana toda, sobre los que se van y los que se quedan, estos de regia estirpe y fácil genuflexión, pues nunca fue tarea sencilla pillar tanto a cambio de tan poco, calentar un escaño y llenar cada día tu cuota de periódico. Es así que lo que en el vecino resulta miseria moral se torna en Don Manuel “temperamento recio”, y lo que al frutero le convertiría en un perfecto hijoputa supone en Don Manuel “personalidad controvertida”, presentada encima como virtud polifacética, lo que son las cosas –y las personas–, o mejor diremos lo que acaban siendo por mandato oficial.

A uno, desde su humilde calidad de opinador eventual y oficioso, le resulta harto difícil aceptar que si en un platillo de la balanza anidan en su salsa la homofobia (“Una anomalía”), la veneración fascista (“Es Franco un gran hombre, el mayor y más representativo de los españoles del siglo XX”) indisimulada pasadas tres décadas (“El franquismo asentó las bases para una España con más orden”), un escaso afecto autonómico (“Antes de legalizar la ikurriña tendrán que pasar por encima de mi cadáver”), incluidas sus lenguas vernáculas (“Por fortuna mi madre nos enseño francés en lugar de euskera, una lengua muerta”), o un orgullo en consonancia con su verdadero talante moral (“Yo solo pido perdón ante Dios y mi confesor”), con tamañas perlas haciendo peso en el platillo opuesto, digo, ya me contarán ustedes qué material humano habría que aportar a este para que el fiel siquiera quedara equilibrado.

Se nos fue el viejo quelonio bamboleante, intactas todas sus costras, lo que eran y serán para siempre sus debes, como los tenemos todos, naturalmente, aunque mucho me temo que algunos bastantes más que otros, habida cuenta además del plus que por fuerza debe suponer el ejercicio de un cargo público.
Dice el protagonista de la canción –vuelvo al título– que ha decidido ir directo al infierno acompañado de sus amigos, habla de una autopista sin señales de tráfico ni límite de velocidad. Quizá Don Manuel, vista y comprobada su autoestima (también esta ilimitada), no tuviera previsto acabar en el averno, pero son cosas que no dependen de uno, o tal vez sí, pues cada cual se labra el informe final que habrá de entregar pasado el lúgubre túnel, no hay que presentar en recepción sino el currículum ético –le bastará a Don Manuel su vida laboral–, que apenas son burda excusa las circunstancias. Afirmó entre ufano y amenazante que la calle era suya, y lo más que puede reivindicar ahora son las tinieblas allá abajo.

Si hay justicia divina, a Don Manuel le queda aún un largo trecho por recorrer, que apenas comenzó su tránsito, formarán el jurado popular Julián, Enrique, Francisco, Romualdo, Pedro María, José, Bienvenido, Vicente, Aniano, Ricardo… Pasé por casualidad apenas unas horas después del deceso por el monolito plantado frente a la iglesia de San Francisco, en Vitoria, a escasa distancia de mi propia casa familiar. Rodeaban la base varios ramos de flores…



© enero de 2012

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jueves, 24 de noviembre de 2011


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VIVISECCIÓN:

NO TAN EVIDENTE


Me permito en esta ocasión comenzar compartiendo con los lectores una confesión personal, pues creo que puede ser ilustrativa de ciertas percepciones quizá compartidas con más gente. Todavía recuerdo que aun muchos años después de que iniciase mi andadura en la defensa de los animales, percibía con verdadero desagrado y profunda incomodidad un área concreta de la explotación animal, por un motivo doble, además: el terrible sufrimiento que genera en las víctimas, de una parte, y la presunción de que resulta inevitable, de otra. Me refiero al uso de animales en experimentación.

Los científicos oficiales se sienten ofendidos cada vez que oyen el término vivisección, pues evoca en sus mentes tiempos tan oscuros como lejanos, de cuando Claude Bernard torturaba perros y gatos en el sótano de su casa de París sin demasiado remilgo y todavía menos metodología. El ambiente debió de acabar siendo tan insoportable (aullidos de dolor bajo el dormitorio marital y continuo trajín de animales, entraban estos aterrorizados y salían convertidos en guiñapos sanguinolentos), que hasta su propia familia se vio obligada a abandonar el domicilio familiar. Fundaron al poco un colectivo contra la vivisección. No me negarán que se trata de una bellísima historia (protagonizada por mujeres, se habrán percatado del detalle). La señora Bernard y sus hijas se dejaron llevar por su intuición ética, y acertaron. Porque lo bello es por defecto la cara opuesta de lo feo, y ciertamente horrendo es inducir a la depresión a monos de pocas semanas para [supuestamente] aprender los secretos de la mente humana (¿?), como espantoso es verter sustancias corrosivas en los ojos de conejos para garantizar nuestra seguridad a la hora de ducharnos (¡!), y aterrador resulta fracturar los huesos de perros para aplicar luego los resultados de la investigación en medicina deportiva (¡¿?!).

En un momento dado –vuelvo a mi experiencia personal– decidí tratar de superar mi natural reticencia, y ello supuso tener que abordar, con la mente abierta y armado de la mayor objetividad posible, tan traumática cuestión. Descubrí de sopetón que la primera gran mentira que uno se encuentra en el camino es que, por lo general, la opinión pública vincula la utilización de animales como útiles experimentales con la sagrada preservación de la salud humana, un deseo tan razonable como falsa es la presunción, por reduccionista. En efecto, una parte nada desdeñable de los ensayos se llevan a cabo en campos tan absurdos y perversos (reconozco mi incapacidad para evaluar qué en mayor medida) como el cosmético o el militar. En cuanto al primero, pensemos que no existen leyes que obliguen a las empresas al empleo de animales en su proceso de investigación, lo cual es muy significativo, a tal punto de que hoy son muchas las marcas que, bien por criterios éticos, comerciales, o ambos, no recurren a envenenar inocentes para colocar en el mercado sus productos. El segundo campo debería generar honda indignación incluso en quienes no se muestran especialmente considerados con los animales, pues nos ofrece una de las aristas más amargas del alma humana: torturamos y matamos animales inocentes para aprender cómo torturar y matar con mayor eficacia a humanos inocentes. Si acaso hay un “tocar fondo” en nuestra deplorable historia moral, sin duda debe de encontrarse muy cerca de la realidad mencionada. Pensemos que, aunque nos limitáramos a condenar estos exclusivos ámbitos, serían docenas de millones los animales que salvarían sus vidas o se ahorrarían sufrimientos inútiles, y conviene recordar en este punto que para caballos, macacos o cobayas su bienestar es tan importante como pueda serlo para nosotros el nuestro. Este aspecto del dilema se muestra esencial a la hora de abordar la segunda etapa.

Dirán nuestros críticos que lo hasta aquí expuesto no es sino una forma en cierto modo tramposa de abordar el fenómeno global, porque, salvado el doble escollo de lo militar y lo cosmético, ¿qué sucede con los en apariencia “imprescindibles” campos médico y farmacológico? Nos encontramos así con un escenario donde confluyen con absoluta y heladora naturalidad la ética y la ciencia. Veamos. Si nos adherimos a la primera –y no veo modo de sortearla desde nuestra calidad de seres racionales–, hemos de recordar la sólida premisa animalista de que todos los sufrimientos son idénticos, en cuanto que indeseables, para la víctima, sea esta humana o animal, tanto da. Así pues, en el hipotético caso de que, en efecto, se obtengan resultados positivos para nuestra salud de quitársela a otros, estaríamos ante una suerte de “trasvase” de bienestar, al que bien podría darse la vuelta sin que el resultado final variase (hablamos de someter a dolorosos experimentos a humanos para obtener resultados con los que aumentar la salud de los animales). ¿Estaríamos dispuestos a ser los usuarios de la mesa de operaciones? Llámenlo cobardía si les place, no me importa ya a estas alturas, pero tengo una familia que alimentar y un montón de proyectos pendientes, con lo que ya les digo desde ahora que no cuenten conmigo para la prueba.
Por lo que al factor científico respecta (sacan pecho aquí los investigadores, en orgullosa pose, entre probetas y complejas fórmulas químicas escritas en la pizarra, sabedores de que se mueven en campo abonado), diremos que es simplemente un desvarío extrapolar los resultados obtenidos de someter –en un entorno por completo artificializado– a cerdos o monos a situaciones donde la mayoría de los parámetros que intervienen son inducidos por intereses humanos: nada de verdadera relevancia puede cosecharse de obligar a un mandril a inhalar el humo de cincuenta cigarrillos diarios que no se obtenga de la información regalada por los miles de fumadores conscientes que cada día visitan la consulta de su médico. Y acabamos de aterrizar sin apenar darnos cuenta en uno de los espacios más reveladores del fenómeno, hablamos de que de buena parte de los males que nos acechan no cabe responsabilizar sino a sus protagonistas, nosotros mismos, quienes, a sabiendas de las consecuencias que acarrean consumir sustancias tóxicas, el sedentarismo, el estrés, la polución ambiental, a pesar de todo ello, decimos, aceptamos el martirio institucionalizado y letal de inocentes para, en el mejor de los casos y concediendo a quien proceda un beneficio de la duda que con toda probabilidad no merece, mejorar un poquito las nuestras. ¿Entienden ahora la completa pertinencia del uso, líneas atrás, de un vocablo tan rudo como el de “perverso”?

Como obligado resumen de un campo de reflexión tan complejo y al mismo tiempo tan luminoso, quepa decir que la utilización de animales en experimentación, eso que algunos siguen denominando vivisección, es, como mínimo, un fraude científico. Y, como máximo, una aberración ética.

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© noviembre de 2011

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[*] Escribí este artículo para la revista 4Patas, la revista de ANAA (Asociación Nacional Amigos de los Animales).
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