viernes, 2 de marzo de 2012




“MASCOTAS” NO, GRACIAS

Hace ya algunos meses que milito en esto de la defensa de los animales, más concretamente desde septiembre (se cuentan el número de meses por más de trescientos, y es septiembre el de 1986, por más señas), y entre las frustraciones que atesoro brilla con luz propia la de no haber conseguido hacer entender –a la gente en general e incluso a ciertos animalistas en particular– que el término “mascota” se muestra por completo inapropiado si lo que con él pretendemos es designar al conjunto de animales que conviven con nosotros, sean estos perros, gatos o lagartos del Alto Paraná. Entiendo, y es esta una apreciación personal e intransferible, que el vocablo “mascota” cosifica a los animales, acercándoles un poquito más si cabe a la categoría de objetos de consumo, condición necesaria para despojarlos de todo derecho, o para que los nuestros de tercer orden (a “consumir” seres vivos) prevalezcan siempre sobre los suyos de primero (a la vida, a un hábitat adecuado, a no ser torturados). Dices mascota y estás diciendo cosa, objeto, adorno, de tal forma y manera que parecen estos fichas intercambiables, perro por gato, tortuguita por hámster, loro por ardilla, lo importante es “tener una mascota en casa”, antes que considerar que cada uno de ellos y ellas son individuos únicos e irrepetibles, sujetos de una vida, y a ella se aferran como si fueran conscientes de que no habrá una segunda oportunidad. Realmente no la hay, que siendo esta nuestra única experiencia vital, más vale ser aquí felices que desdichados, pues ni una ni otra cosa podremos cambiar, a menos que creamos en algo parecido a la reencarnación, y desde luego no es el caso de quien suscribe.

¿Nos hemos parado a pensar siquiera durante un minuto en qué diantres es eso de “mascotas”, de dónde surge el nombre y todo eso? Deriva del francés mascotte –lo sospechaban, no me lo digan–, y su etimología no da mucho de sí: objeto o figura que proporciona suerte a su poseedor; amuleto. Habrá casos, quién soy yo para negarlo, pero, hasta donde me alcanza el entendimiento, no trae suerte el gato o el perro a su dueño –o mejor diremos tutor, puestos a–, sino más bien al contrario, en especial si se trata de animales abandonados, a los que se le apareció una virgen canina/felina y encontraron la felicidad de un hogar y una familia. De serlo para alguien, soy yo la mascota de Elliot, de Louise, de Koska, y no al contrario. ¿No les parece?

Ante similar tesitura nos encontramos si acudimos a la expresión “animales de compañía”, por cuanto parece que les asignamos con tan sospechoso epígrafe el banal papel de acompañarnos, de servirnos de entretenimiento, de sernos útiles, en la acepción más mercantilista del término “útil”. ¿Hay alternativas? Si hemos encontrado aproximada solución a problemas harto más arduos, ¿no habremos de hacerlo con unas simples palabras? Alguien –hasta pude ser yo mismo– propuso aquello de “animales bajo tutela”, sin duda más apropiado, aunque demasiado desconcertante, quizá. Y pasa con estas cosas como con otras muchas, que acaso la solución esté en la sencillez antes que en lo rebuscado, tan cerca que ni conseguimos enfocarla. Fue la antropóloga –y sin embargo amiga– Carme Fitó quien me habló de los “animales familia”. ¡Claro! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? ¿Qué son los Toby, las Carlota, los Kizkur de turno, sino familiares de afectos? Como lo son nuestros amigos humanos, de hecho. ¿Alguien alberga atisbo de duda respecto a que sentimos más aprecio por nuestro perro o gato que por ciertos familiares de sangre, que su pérdida supone para nosotros una mayor aflicción que la muerte de un “simple” vecino, o incluso la de un tío lejano con el que apenas tuvimos trato? ¿Es tan difícil comprender, y sobre todo aceptar, que el amor, el cariño, volvemos al afecto, qué palabra tan hermosa, no conoce fronteras, que no acaba de repente donde lo hace el límite humano?

He aquí un reto bien complejo al que sin embargo nos da pavor enfrentarnos: hablo de difuminar la [de facto] inexistente linde entre lo humano y lo animal hasta hacerla desaparecer de nuestras mentes, el único lugar donde habita.



[*] Escribí este artículo para el magazine on-line AllegraMag. Si deseas leer su versión íntegra, la encontrarás en: http://www.allegramag.com/mascotas-no-gracias-2/


© marzo 2012

jueves, 23 de febrero de 2012


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¿POR QUÉ CORREN LOS CABALLOS?
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Sucede con frecuencia que, con el siempre noble fin de obtener respuestas a nuestras más variadas inquietudes, nos valemos de preguntas en apariencia simples para abordar escenarios complejos. Quizá uno de esos escenarios sea el de las carreras de animales inducidas por los humanos. Y entiendo que las cuatro últimas palabras resultan claves a la hora de entender la esencia del presente artículo, por cuanto los hechos que aquí se denuncian escasa o nula relación tienen con la naturaleza real de los animales implicados, perros y caballos en su mayoría. Aducen sus defensores –me refiero naturalmente a los de las carreras organizadas, no a los de sus protagonistas animales– que unos y otros corren de natural, con lo que mal puede criticarse idéntico comportamiento si este tiene lugar sobre una pista de tierra y con público en las gradas. Creo que en efecto se puede, y con toda razón además. Veamos.

En su sentido más estricto, difícilmente merece ser calificado de “correr” a lo que hacen galgos y pura sangres durante sus actuaciones. Suponer que ello es equiparable a una carrera lúdica en la campiña o en un parque urbano implica manejar una muy exigua información sobre el tipo de vida que son obligados a llevar dichos animales durante su etapa activa. Porque conviene recordar que estos pasan la mayor parte del tiempo recluidos en reducidos espacios, cercenada así su necesidad de ejercicio. Jugar y correr con sus compañeros es algo que les está vedado por completo. Pero esta realidad no deriva de una suerte de crueldad de sus cuidadores (es el maquillado nombre que reciben las personas que se ocupan de ellos, no el que merecen, por descontado), sino de la necesidad de mantenerlos en un permanente estado de ansiedad física y mental, pues solo de esta forma puede producirse en ellos una “explosión” tanto muscular como emocional cuando de repente se abren las puertas de los boxes, haciendo que inicien una desaforada carrera.

A pesar del reiterado –y por ende patético– exhibicionismo de nuestra sacrosanta racionalidad, los humanos no solemos plantearnos preguntas de verdad importantes, una tan elemental como concisa en el caso que nos ocupa: ¿por qué corren los caballos y galgos en las carreras? A bote pronto, puede parecernos una interpelación estúpida, pero no lo es si pensamos que su comportamiento en un estado “normal” paseando por el campo (sin presiones externas, pongamos por caso) no se asemeja en nada al que observan en la pista. Por supuesto que es natural que perros y caballos corran, pero no largas distancias ni a una gran velocidad. Si lo hacen en el hipódromo o en el canódromo es porque sus responsables han diseñado sus vidas para que en el momento apropiado salgan disparados hacia la nada, espoleados por la fusta en un caso, y por un absurdo muñeco guía en el otro. Cualquiera puede hacer la prueba con su perro o caballo, siempre que estos lleven una vida equilibrada y satisfactoria. Colóquese al protagonista en el interior de un recinto cerrado similar a los boxes, en medio de una pradera, y ábrase de repente la puerta. Uno y otro se le quedarán mirando con cara de no saber qué se espera de ellos, y lo más probable es que salgan al poco tiempo con absoluta parsimonia y continúen con la actividad interrumpida minutos antes para ser convertidos en protagonistas de un experimento tan estúpido como incomprensible.
La verdad es que el comportamiento de galgos y caballos en los circuitos de apuestas está en las antípodas de algo que merezca el nombre de “natural”. Pero lo peor es que se trata de una explotación tan cruel como desconocida para el gran público. Los caballos cuestan auténticas fortunas, siempre en estricta proporcionalidad a las ganancias que se espera generen. Son “mimados” mientras rentabilizan su inversión, y sacrificados cuando sufren lesiones graves que les impiden competir y por tanto hacer caja. Muchas de esas lesiones, aunque incompatibles con la alta competición, les permitirían llevar una apacible vida de jubilados. Sin embargo, nadie invierte en un minusválido, por muy cotizado que fuese en su día. El business tiene sus reglas y no entiende de sentimentalismos.

Como todo negocio, los espectáculos que se nutren de animales están siempre supeditados al férreo protocolo del mercado. Pueden quebrar en un momento dado, como de hecho sucede, lo que coloca a aquellos en una situación de incertidumbre que casi siempre acaba en tragedia. Una sociedad que permite indolente el sacrificio masivo de animales de compañía abandonados tampoco tendrá conflicto moral alguno para deshacerse de unos cientos de galgos y de algún que otro caballo que ya no sirven para su cometido. Vemos así que la explotación pende siempre sobre estos desdichados seres: si la empresa funciona, no conocerán sino la reclusión y el sometimiento; si el negocio fracasa, sus vidas se verán truncadas para siempre.
Este tipo de escenarios –las carreras– resultan muy atractivos para mucha gente, que ve en ellos una forma de entretenimiento y de posibilidades financieras al mismo tiempo. Y muchos se dejan ver en los hipódromos en una suerte de exhibición social que desprende cierto tufillo a clasismo rancio. Pero la cruda realidad es que las carreras inducidas por interés humano esconden bajo el glamour de las pamelas y los prismáticos una cruel esclavitud y una vida de carencias y sufrimiento.

En realidad, la estrategia que se sigue en el entrenamiento de galgos y caballos no es en el fondo muy distinta a la empleada para las peleas organizadas de perros. Salvando sus diferentes estatutos jurídicos –mientras estas están prohibidas por ley, aquellas son toleradas y aun fomentadas por determinados poderes públicos– ambas realidades se fundamentan en doblegar la voluntad de los protagonistas como método práctico para orientar su conducta hacia los intereses humanos. Nuestra capacidad intelectiva es utilizada con demasiada frecuencia para obligarles a actuar contra natura, haciendo que se comporten de una manera que nunca se daría en condiciones de autonomía individual. Los humanos somos lo suficientemente perversos como para conseguir de ellos casi cualquier cosa que nos propongamos, y las carreras organizadas constituyen en este sentido un fiel paradigma.

[*] Escribí este artículo para la revista 4Patas, la revista de ANAA (Asociación Nacional Amigos de los Animales).


© febrero de 2012
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lunes, 23 de enero de 2012




AUTOPISTA AL INFIERNO


No ha de verse en el título atisbo alguno de homenaje al heavy metal, género musical al que no profeso especial afecto, sino simple aunque contundente metáfora que su mismo protagonista labró en agria y privada discusión con otro dictador –este de caribeña estirpe–, y ahí cuentan que acabó tan extraña amistad.

Acapara Don Manuel estos días reportajes y columnas de opinión, ponen algunos los puntos sobre las íes todavía con el cadáver caliente, se deshacen en halagos los más (incluso algunos entre quienes chuparon calabozo y cárcel con su aquiescencia), por esto y por aquello, sea su trayectoria política o su arrolladora personalidad. Dicen que supo adaptarse a la democracia –acaso no tuvo más remedio y lo que aprendió fue a no desentonar demasiado con los nuevos tiempos, pues se encontraba sin duda entre sus virtudes el camaleonismo–, que fue un visionario del cambio que se avecinaba, y que incluso prevaleció en su biografía pública una praxis conciliadora y hasta entrañable. Nada como morirse para recibir halagos a granel y sin medida, que acuden raudos los estómagos agradecidos y la loa inflada así que el finado estrena estatuto. Considero que es buena ocasión el deceso de un miserable, que lo fue por tantas razones, para reflexionar sobre la condición humana toda, sobre los que se van y los que se quedan, estos de regia estirpe y fácil genuflexión, pues nunca fue tarea sencilla pillar tanto a cambio de tan poco, calentar un escaño y llenar cada día tu cuota de periódico. Es así que lo que en el vecino resulta miseria moral se torna en Don Manuel “temperamento recio”, y lo que al frutero le convertiría en un perfecto hijoputa supone en Don Manuel “personalidad controvertida”, presentada encima como virtud polifacética, lo que son las cosas –y las personas–, o mejor diremos lo que acaban siendo por mandato oficial.

A uno, desde su humilde calidad de opinador eventual y oficioso, le resulta harto difícil aceptar que si en un platillo de la balanza anidan en su salsa la homofobia (“Una anomalía”), la veneración fascista (“Es Franco un gran hombre, el mayor y más representativo de los españoles del siglo XX”) indisimulada pasadas tres décadas (“El franquismo asentó las bases para una España con más orden”), un escaso afecto autonómico (“Antes de legalizar la ikurriña tendrán que pasar por encima de mi cadáver”), incluidas sus lenguas vernáculas (“Por fortuna mi madre nos enseño francés en lugar de euskera, una lengua muerta”), o un orgullo en consonancia con su verdadero talante moral (“Yo solo pido perdón ante Dios y mi confesor”), con tamañas perlas haciendo peso en el platillo opuesto, digo, ya me contarán ustedes qué material humano habría que aportar a este para que el fiel siquiera quedara equilibrado.

Se nos fue el viejo quelonio bamboleante, intactas todas sus costras, lo que eran y serán para siempre sus debes, como los tenemos todos, naturalmente, aunque mucho me temo que algunos bastantes más que otros, habida cuenta además del plus que por fuerza debe suponer el ejercicio de un cargo público.
Dice el protagonista de la canción –vuelvo al título– que ha decidido ir directo al infierno acompañado de sus amigos, habla de una autopista sin señales de tráfico ni límite de velocidad. Quizá Don Manuel, vista y comprobada su autoestima (también esta ilimitada), no tuviera previsto acabar en el averno, pero son cosas que no dependen de uno, o tal vez sí, pues cada cual se labra el informe final que habrá de entregar pasado el lúgubre túnel, no hay que presentar en recepción sino el currículum ético –le bastará a Don Manuel su vida laboral–, que apenas son burda excusa las circunstancias. Afirmó entre ufano y amenazante que la calle era suya, y lo más que puede reivindicar ahora son las tinieblas allá abajo.

Si hay justicia divina, a Don Manuel le queda aún un largo trecho por recorrer, que apenas comenzó su tránsito, formarán el jurado popular Julián, Enrique, Francisco, Romualdo, Pedro María, José, Bienvenido, Vicente, Aniano, Ricardo… Pasé por casualidad apenas unas horas después del deceso por el monolito plantado frente a la iglesia de San Francisco, en Vitoria, a escasa distancia de mi propia casa familiar. Rodeaban la base varios ramos de flores…



© enero de 2012

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jueves, 24 de noviembre de 2011


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VIVISECCIÓN:

NO TAN EVIDENTE


Me permito en esta ocasión comenzar compartiendo con los lectores una confesión personal, pues creo que puede ser ilustrativa de ciertas percepciones quizá compartidas con más gente. Todavía recuerdo que aun muchos años después de que iniciase mi andadura en la defensa de los animales, percibía con verdadero desagrado y profunda incomodidad un área concreta de la explotación animal, por un motivo doble, además: el terrible sufrimiento que genera en las víctimas, de una parte, y la presunción de que resulta inevitable, de otra. Me refiero al uso de animales en experimentación.

Los científicos oficiales se sienten ofendidos cada vez que oyen el término vivisección, pues evoca en sus mentes tiempos tan oscuros como lejanos, de cuando Claude Bernard torturaba perros y gatos en el sótano de su casa de París sin demasiado remilgo y todavía menos metodología. El ambiente debió de acabar siendo tan insoportable (aullidos de dolor bajo el dormitorio marital y continuo trajín de animales, entraban estos aterrorizados y salían convertidos en guiñapos sanguinolentos), que hasta su propia familia se vio obligada a abandonar el domicilio familiar. Fundaron al poco un colectivo contra la vivisección. No me negarán que se trata de una bellísima historia (protagonizada por mujeres, se habrán percatado del detalle). La señora Bernard y sus hijas se dejaron llevar por su intuición ética, y acertaron. Porque lo bello es por defecto la cara opuesta de lo feo, y ciertamente horrendo es inducir a la depresión a monos de pocas semanas para [supuestamente] aprender los secretos de la mente humana (¿?), como espantoso es verter sustancias corrosivas en los ojos de conejos para garantizar nuestra seguridad a la hora de ducharnos (¡!), y aterrador resulta fracturar los huesos de perros para aplicar luego los resultados de la investigación en medicina deportiva (¡¿?!).

En un momento dado –vuelvo a mi experiencia personal– decidí tratar de superar mi natural reticencia, y ello supuso tener que abordar, con la mente abierta y armado de la mayor objetividad posible, tan traumática cuestión. Descubrí de sopetón que la primera gran mentira que uno se encuentra en el camino es que, por lo general, la opinión pública vincula la utilización de animales como útiles experimentales con la sagrada preservación de la salud humana, un deseo tan razonable como falsa es la presunción, por reduccionista. En efecto, una parte nada desdeñable de los ensayos se llevan a cabo en campos tan absurdos y perversos (reconozco mi incapacidad para evaluar qué en mayor medida) como el cosmético o el militar. En cuanto al primero, pensemos que no existen leyes que obliguen a las empresas al empleo de animales en su proceso de investigación, lo cual es muy significativo, a tal punto de que hoy son muchas las marcas que, bien por criterios éticos, comerciales, o ambos, no recurren a envenenar inocentes para colocar en el mercado sus productos. El segundo campo debería generar honda indignación incluso en quienes no se muestran especialmente considerados con los animales, pues nos ofrece una de las aristas más amargas del alma humana: torturamos y matamos animales inocentes para aprender cómo torturar y matar con mayor eficacia a humanos inocentes. Si acaso hay un “tocar fondo” en nuestra deplorable historia moral, sin duda debe de encontrarse muy cerca de la realidad mencionada. Pensemos que, aunque nos limitáramos a condenar estos exclusivos ámbitos, serían docenas de millones los animales que salvarían sus vidas o se ahorrarían sufrimientos inútiles, y conviene recordar en este punto que para caballos, macacos o cobayas su bienestar es tan importante como pueda serlo para nosotros el nuestro. Este aspecto del dilema se muestra esencial a la hora de abordar la segunda etapa.

Dirán nuestros críticos que lo hasta aquí expuesto no es sino una forma en cierto modo tramposa de abordar el fenómeno global, porque, salvado el doble escollo de lo militar y lo cosmético, ¿qué sucede con los en apariencia “imprescindibles” campos médico y farmacológico? Nos encontramos así con un escenario donde confluyen con absoluta y heladora naturalidad la ética y la ciencia. Veamos. Si nos adherimos a la primera –y no veo modo de sortearla desde nuestra calidad de seres racionales–, hemos de recordar la sólida premisa animalista de que todos los sufrimientos son idénticos, en cuanto que indeseables, para la víctima, sea esta humana o animal, tanto da. Así pues, en el hipotético caso de que, en efecto, se obtengan resultados positivos para nuestra salud de quitársela a otros, estaríamos ante una suerte de “trasvase” de bienestar, al que bien podría darse la vuelta sin que el resultado final variase (hablamos de someter a dolorosos experimentos a humanos para obtener resultados con los que aumentar la salud de los animales). ¿Estaríamos dispuestos a ser los usuarios de la mesa de operaciones? Llámenlo cobardía si les place, no me importa ya a estas alturas, pero tengo una familia que alimentar y un montón de proyectos pendientes, con lo que ya les digo desde ahora que no cuenten conmigo para la prueba.
Por lo que al factor científico respecta (sacan pecho aquí los investigadores, en orgullosa pose, entre probetas y complejas fórmulas químicas escritas en la pizarra, sabedores de que se mueven en campo abonado), diremos que es simplemente un desvarío extrapolar los resultados obtenidos de someter –en un entorno por completo artificializado– a cerdos o monos a situaciones donde la mayoría de los parámetros que intervienen son inducidos por intereses humanos: nada de verdadera relevancia puede cosecharse de obligar a un mandril a inhalar el humo de cincuenta cigarrillos diarios que no se obtenga de la información regalada por los miles de fumadores conscientes que cada día visitan la consulta de su médico. Y acabamos de aterrizar sin apenar darnos cuenta en uno de los espacios más reveladores del fenómeno, hablamos de que de buena parte de los males que nos acechan no cabe responsabilizar sino a sus protagonistas, nosotros mismos, quienes, a sabiendas de las consecuencias que acarrean consumir sustancias tóxicas, el sedentarismo, el estrés, la polución ambiental, a pesar de todo ello, decimos, aceptamos el martirio institucionalizado y letal de inocentes para, en el mejor de los casos y concediendo a quien proceda un beneficio de la duda que con toda probabilidad no merece, mejorar un poquito las nuestras. ¿Entienden ahora la completa pertinencia del uso, líneas atrás, de un vocablo tan rudo como el de “perverso”?

Como obligado resumen de un campo de reflexión tan complejo y al mismo tiempo tan luminoso, quepa decir que la utilización de animales en experimentación, eso que algunos siguen denominando vivisección, es, como mínimo, un fraude científico. Y, como máximo, una aberración ética.

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© noviembre de 2011

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[*] Escribí este artículo para la revista 4Patas, la revista de ANAA (Asociación Nacional Amigos de los Animales).
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viernes, 26 de agosto de 2011




IMVÉCILES

Como protocolo personal e intransferible, trato siempre de ponerme en carcasa ajena (la consabida y nunca bien ponderada empatía), especialmente en la de aquellos que se comportan de una manera para mí enigmática, intento comprenderlos, aprender que acaso haya razones más allá de la ética propia que doten de sentido a según qué comportamientos, por abyectos que parezcan prima facie. Quizá sea esta la mía una forma como otra cualquiera de tara mental, y yo un perfecto inconsciente, quién sabe. Es así que he llegado a “comprender” –el entrecomillado no es vano, entiéndase la afirmación en su contexto– al maltratador machista, al militante etarra, al vecino de Tordesillas mediado septiembre. Afronto ese esfuerzo empático, sobrehumano por momentos, para llegar en ocasiones a ver el mundo desde su óptica y poder por ello ejercer una objetiva crítica sobre todos, por cuanto promueven e incluso ejecutan actos en sí mismos injustos: atentar contra los intereses elementales de una mujer inocente, los de un policía, los de un toro. No alcanzo a percibir diferencia alguna –lo dije antes cientos de veces y queda aquí corroborado, firmo y rubrico– entre las realidades recién mencionadas. Lo dejo ahora claro si antes no lo hice, y establezco la oportuna precisión, que siempre fue hecha y con frecuencia no entendida, mucho me temo que con la también oportuna consciencia y hasta mala baba, pues es agosto mal mes para ciertas declaraciones a la prensa, por aquello del parón liguero y hasta político, que de lo que se cría se come. La precisión a que me refiero pasa por equiparar la terna de escenarios desde su carácter indeseable para la víctima, con independencia de su condición social, y por supuesto de su especie. Se muestran tales factores –vagina de serie, uniforme, cuernos– por completo irrelevantes a la hora de calibrar lo indeseable de una acción para quien soporta sus efectos. No procede por tanto hablar aquí de grado, sino de la etiqueta moral que se asigna a dicha acción. Así, a bote pronto y respecto a la calidad del acto, no se adivinan muchas posibilidades: o es bueno (deseable), o malo (indeseable), o neutro (indiferente, pues a nadie causa ni bien ni mal). No resulta deseable para ella recibir una tunda de golpes de su pareja, como no lo es para el agente saberse deseado como diana, un certero tiro en la nuca; tampoco para el toro que cada septiembre se ve acosado por una turbamulta borracha de tradición, me importa menos si también de alcohol, la locura medieval desatada en pleno siglo XXI en medio de una alameda polvorienta y tétrica, ellos y ellas enumerando entre balbuceos ante el micrófono la retahíla de argumentos que hacen dudar de su –nuestra– en principio ganada racionalidad. Nunca tuve duda, menos aún diccionario en mano, del carácter criminal del tan traído y llevado Toro de la Vega, orgullo patrio de la ciudadanía local, adscrita, levante el dedo quien se vea capaz de ofrecer una explicación lúcida al dilema, a la misma especie que Gandhi, Schindler, Ferrer.

Quienes organizan, promueven y ejecutan a un inocente son criminales por su propia acción, elegida con tanta libertad como ignominia, y no cabe achacar atisbo de mala fe al definidor, un servidor para el caso que nos ocupa, quien, lejos de insultar, se limita a algo mucho más escueto: emitir un sencillo diagnóstico. Cuando supe que para el crimen de este año han elegido a un reo de nombre Aflijido, y tras larga y profunda reflexión (me refiero a la mía, no a la de ellos), considero que además de criminales les es por igual justa la asignación de imvéciles, y ustedes se harán cargo de la uve si hicieron lo propio con la jota en el nombre del pobre animal, así escrito, con un par, en el programa oficial de fiestas, hecho que sin duda tendrá su docta explicación, porque en el mundo de la imvecilidad cualquier cosa la tiene. Porque se necesita ser muy, pero que muy tonto para decidir que precisamente ese, Aflijido, será quien corra despavorido para huir de los enfermos hasta alcanzar el campo abierto, esperando encontrar allí salida a la pesadilla, pobre ingenuo, se aboca el cuitado a su propia muerte. Los imvéciles de Tordesillas (con las luminosas excepciones que seguro merecen rescate en la siniestra localidad) ni se enteran de que eligiendo a un condenado con tal nombre se enfangan un poco más si cabe en su pozo séptico. Y encima se muestran al mundo ontológicamente incapaces de escribirlo con corrección; ni eso. La gente de Tordesillas se enroca en su propia demencia, abandonados ya por buena parte del país en su absurda cerrazón, dejan pasar cada septiembre el tren de la cordura, contemplan el convoy desde el andén con una sonrisa bobalicona pintada en el rostro, parecen abonarse al suicida “cuanto peor, mejor”. ¿De qué pasta está hecha esta gente? Me hago una y otra vez la misma pregunta y sufro el desconsuelo de no hallar respuesta lógica. Conozco a terroristas que lo fueron –pagaron ya su culpa– por motivos ideológicos, me cuentan en íntima tertulia que deseaban un mundo mejor, que se vieron impelidos a la bomba y a la metralleta por no encontrar otro camino mejor para luchar por algo que creían lícito, que asumieron el daño causado a inocentes como una suerte de “injusticia necesaria”, y a mí también me chirría la definición. Pero ¿qué buscan los tordesillanos cada septiembre? ¿Qué persiguen con su crimen, si no es meramente la burda, cansina repetición de la barbarie? Hoy debo rectificar en mi apreciación tantas veces emitida, y decir que esta gente se supera a sí misma, deja atrás la mera condición de terrorista, para alcanzar mayores niveles morales de perversión que por su propia complejidad fáctica espera diagnóstico y denominación médica. Y encima son imvéciles.
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© agosto de 2011
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miércoles, 3 de agosto de 2011




DON MARIANO


–Ministerio del Interior, dígame…
–Sí, hola, buenos días. Quisiera hablar con Mariano…
–¿Con quién?
–Con Mariano. Mariano Rajoy. No sé si me he equivocado de número…
–¡Ah! Don Mariano. No, no se ha equivocado. Esto es el Ministerio.
–Bueno, pues Don Mariano. Que se ponga, por favor.
–Bueno, Don Mariano no se puede poner. Ahora mismo se encuentra ocupado. ¿Qué desea usted?
–Sí, mire, le explico. Es que acabo de oírle en las noticias, creo que era una rueda de prensa. La cuestión es la siguiente: han detenido a unos chicos aquí, en el País Vasco; se les acusa de pertenecer a varias organizaciones del entorno violento, cosas de política. El caso es que una de esas organizaciones se llama Segi. Y Mariano, Don Mariano, no hace más que decir Seji, con jota. Entiéndame, a mí me da igual, pero es que sólo él lo pronuncia así. Las demás cadenas de radio lo dicen con ge suave. En euskera es con ge suave, es como lo dice todo el mundo. Si usted me lo pasa un momentito, yo le comento el tema para que lo tenga en cuenta.
–Ya… Bueno, como le he dicho, él no se puede poner, pero si quiere yo le paso el recado. Lo único, es que no le he entendido muy bien lo que me quiere decir. ¿Cómo dice usted que se pronuncia esa palabra?
–Segi, con ge suave, no Seji.
–Ajá…
–Mire, es como si alguien dijera de Mariano, Don Mariano, no sé… Mariano Ragoy.
–No, no es Ragoy, es Rajoy, con jota: Mariano Rajoy.
–Pues es ahí donde le voy. De la misma manera que su jefe es Rajoy, con jota, esta organización de la que le hablo es con ge suave: Segi. Ya le digo que es como lo pronuncia todo el mundo.



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ESTIGMA [autorrelatos]



© agosto 2011 .

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viernes, 22 de julio de 2011




DEL BIEN Y DEL MAL
Se atribuye al escritor y político irlandés Edmund Burke el sugerente aforismo según el cual “para que el mal triunfe sólo es necesario que los hombres buenos no hagan nada”. En principio, impecable en contenido y estética. Salvo quizá –y pienso ahora que no es poco– que no queda del todo claro en qué pueda consistir tanto el mal, como ser un hombre bueno.
Me dio por pensar, ejercicio ya de por sí gravoso en los tiempos que nos ha tocado vivir, y llegué a la particular e íntima conclusión de que hemos acabado por no reconocer la frontera que por fuerza supongo ha de dividir al bien del mal en cuanto que conceptos morales, lo que equivale a exhibir una manifiesta incapacidad para diferenciar lo deseable de lo perverso. ¡Casi nada! Y el mayor peligro de tan lúgubre escenario consiste, creo, en la seguridad que mostramos en cuanto al control que se supone ejercemos sobre nuestra ética básica, lo que quiera que ello sea. La cara más amarga del autoengaño colectivo radica en el hecho de verse y creerse intelectualmente autónomo desde nuestra ancestral prepotencia humana.

Recuerdo que hace ya unos cuantos años llegó a mí un cartel firmado por cierto grupo británico de defensa de los animales. En él aparecían dos imágenes, codo con codo, a las que acompañaban en su parte inferior sendas preguntas, tan escuetas como osadas. El flanco izquierdo del pasquín mostraba la patética fotografía de un perro con la cabeza cosida de arriba abajo mediante burda sutura, es de suponer que recién salido por enésima vez del laboratorio de experimentación. El animal dirigía su mirada entre lánguido y derrotado al objetivo de la cámara, en lo que bien podía ser una súplica, un mensaje implorante: “haced de mí lo que queráis, pero poned fin cuanto antes a este martirio”. Bajo la terrible imagen se exhibía un contundente ¿Está bien esto? El lado derecho del póster lo ocupaba otra imagen, protagonizada ésta por un chico encapuchado que sostenía en sus brazos, con evidentes muestras de afecto, a un perrillo atemorizado y jadeante, incapaz por su expresión de discernir entre conceptos antagónicos como amigo y verdugo, pasa mucho en los animales destinados a procrear sin descanso. Debajo de la fotografía se podía leer un ¿Está esto mal?
Ambas interpelaciones encerraban e ilustraban a un tiempo la que personalmente considero una de las asignaturas pendientes de nuestra alabada sociedad de la información, saturados todos por ella hasta el colapso mental. No me negarán que la cosa tiene su miga, pues se habrán percatado de que, de ser cierta la conjetura en algún grado, estaríamos siendo esclavizados por aquello que se supone nos regala la libertad. No se necesita subrayar que las antes referidas preguntas trataban de orientar sobre qué cosas hemos acabado por asumir como bueno o malo, sin que barajemos la posibilidad de que la parejita de epígrafes nos venga dada por determinado esquema mental, perfecta y conscientemente urdido a su vez por la maraña de lo que denominamos “esferas de poder”, o “poder” a secas. Deberíamos aceptar, aunque solo sea en calidad de mera hipótesis, la posibilidad de que uno de nuestros esenciales problemas como comunidad moral pase por que nos tragamos sumisos todo cuanto nos es ofrecido, sin siquiera plantearnos que ello pueda ser superficial, y como tal prescindible. Obviamos pasar por el tamiz de cada cual las verdades oficiales, para descubrir quizá que en efecto a veces lo son, y para hallar con inusitada frecuencia que lo cierto y lo oficial ocupan esferas separadas.

Si estoy equivocado en la apreciación, al menos podré decir que el error es mío y de nadie más, pero intuyo de manera nítida que los animalistas detenidos –y puestos en libertad con cargos, algunos tras pasar en la cárcel varias semanas– bajo diversas acusaciones, entre otras la de liberar animales encerrados en pavorosas condiciones por su piel y que por su piel iban a ser eliminados en masa. Lo que acaso de verdad menos importe en toda esta historia, digo, es que los imputados sean o no responsables directos de los hechos que encierra el sumario. Quizá lo grave del asunto, compartido tal vez con la tragedia personal que supone la privación de libertad o la amenaza de perderla, sea que continuamos sin saber a ciencia cierta en qué consiste en definitiva el mal y el bien.
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© julio de 2011

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