jueves, 13 de septiembre de 2012



ARMADOS DE DAGA Y ESTILETE

“Si no les gusta el Toro de la Vega, que no vengan”. Con esta elaborada sentencia filosófica sacaba pecho ante los micrófonos el valiente que lanceó a Volante, un ser derrotado de antemano, que no pretendía con su alocada carrera sino encontrar la salida hacia la dehesa, su casa de toda la vida, y con toda probabilidad hasta pueda ser que soñara la noche anterior con reencontrar a amigos toros y a colegas humanos, pues desde siempre existieron casos de dramática complicidad entre víctimas y verdugos, ingenuos aquellos, perversos estos.

Pues eso, que dice el chavalote de La Seca que a quien no le guste, que no vaya. Sergio, querido… está claro que no has entendido nada, ni lo más elemental entre lo básico. En el caso que nos ocupa, y que no es otro que una ejecución sumaria y tumultuosa, hay que ir precisa y particularmente a Tordesillas porque no gusta. Hay que ir allí para deciros a un palmo de la cara lo que sois: unos desalmados, unos palurdos iletrados, unos criminales impúdicos. Pero sobre todo unos pobres infelices. Lo decía el corresponsal de un periódico extranjero –no recuerdo cuál ni de dónde– cuando le preguntaban sobre sus sensaciones durante la pasada edición, que se vio obligado a apreciar in situ por cuestiones de trabajo. “Gente triste –resumía–; me pareció una fiesta muy triste con gente aún más triste. No parecía una fiesta. La masa me transmitió una sensación desasosegante, parecía que todos estaban cabreados”. Bueno, supongo que es una forma de expresarlo: la suya, para más señas, personal e intransferible, como de hecho lo son todas. Pero digo yo que el más triste y perturbado entre todos sería Afligido –escrito con jota en el programa oficial de fiestas, no les miento– el reo precondenado de hace un año. A mí, que la gente esté apenada o exultante en semejante chacinería me la trae un poco al pairo, pues el resultado viene a ser el mismo: la agresión y muerte de un inocente. Pero quizá la cosa tenga su recorrido en el particular campo de la antropología social, y hasta de la psicopatología. Si uno asiste [forzado] a un festejo coral y se lleva la nítida sensación de que los participantes tenían cara de vinagre, algo no cuadra: o el observante percibió errada la realidad, o necesitan los lugareños tratamiento de choque urgente.

Sergio se trasladó desde una vecina localidad para participar en el torneo, sobre el que me juego lo que quieran a que no sabe ni cuándo comenzó ni por qué, ni rábanos que le importa. Pero es lo mismo, porque sabido es que estas cosas vienen de muy antiguo, de cuando la Edad Media, y siendo así, no puede permitirse que tradiciones tan añejas se mustien y acaben por desaparecer. Lo del valor intrínseco de lo antiguo adquiere en ciertas mentes una consideración extraña, por cuanto selectiva. Son capaces estos personajes de echarse a llorar de emoción (“¡Es que no se puede expresar con palabras!”; ¿les suena de algo?) por lo antiquísimo del evento mientras encienden en su casa el aire acondicionado y se acercan en buga de última gama a comprar tabaco al estanco de la esquina, al tiempo que hablan por el aifon (sic) con Zutano y Menganito, ardientes defensores por igual estos de las más añosas costumbres, pero aferrados como lapas a la buena vida moderna. Nada nuevo bajo el sol. Muchachotes así se quedarían en simples caraduras si no fuera porque llegan a íntegros sinvergüenzas. “Al que no le guste, que no venga”. ¡Valiente sandez! Me la juego de nuevo, y advino esta vez a nuestro protagonista confesándose lector empedernido –del diario Marca–, y apuntando a un tal Ronaldo como su personaje histórico favorito. Le dan a uno entonces ganas de empezar con el rollo ese de que cuando hay víctimas inocentes que sufren la violencia gratuita y unilateral de agentes morales no cabe reducir el debate a una cuestión de gustos entre partidarios y detractores, como si la víctima principal no existiera, o fuese esta un mero elemento de atrezzo en el polvoriento pinar. Antes que a cualquier otro actor, habría que preguntarle a él, al torito aterrado, y fiarnos de sus ojazos de cristal, donde todavía se refleja su querida encina, a la que ya nunca volverá. Pero mucho me temo que con tales aguerridos lanceros no valen de mucho ni silogismos ni metáforas. Lo único que estos ciudadanos entienden es la hostia en la cara. Que se presenten en su domicilio un grupo de jovencitos con nocturnidad y alevosía, armados de daga y estilete, y que le hagan ver en rápida y práctica lección que no está ni medio bien andar por ahí acuchillando el costado de animales que no le han hecho a uno nada. Que le espeten los visitantes entonces bien clarito, para que lo entienda hasta él, que allí solo están quienes gustan de la didáctica domiciliaria, y que los demás se quedaron en casa. “Al que no le guste, que no venga”.

¿De dónde salen estos individuos? ¿De dónde demonios surgen semejantes seres, capaces lo mismo de atravesar el corazón de Volante que de abatir a tiros una alondra en pleno canto? ¿Qué estamos haciendo mal para que siga habiendo, en pleno siglo XXI y en la ínclita Europa, sujetos como Sergio? A veces me da por pensar que lo peor de nuestra culpa pasa por quedarnos en casa, en lugar de ir a Tordesillas cada septiembre. Me percibo ahora por completo fracasado desde mi humilde condición de escritor amateur al no saber contestar con una mínima solvencia estas y otras similares preguntas. Pero, créanme, la fórmula didáctica antes apuntada, por fea y desagradable que resulte, es la única que aprecio eficaz en estos momentos para meterles en el cerebro a estos gañanes la idea de la empatía, y evitarles así la azarosa tarea de consultar el diccionario.


[*] Sugiero una rápida visita a este mismo artículo en Allegramag, donde se exponen algunas imágenes más de tan aguerrido mozo castellano.


© septiembre 2012

viernes, 13 de julio de 2012




EL SÁNDWICH

[…]

–¿Y eso? –el joven señala un cubo de plástico que contiene algo de líquido, apenas un dedo de agua, donde luchan por respirar dos o tres pececillos. Arquean sus cuerpos, desesperados, y dan bocanadas aquí y allá sin entender qué sucede y por qué se les va la vida por momentos.
–¿Eso? Morralla. No hay más que morralla. Aquí he pescado yo barbos así –exagera con las manos, indicando el tamaño–. Ahora, esta mierda es lo que queda –indica con desprecio el contenido del cubo.
–Ya. Pero bueno, entonces ¿para qué los tiene usted ahí, agonizando? Estos yo creo que no son ni del tamaño mínimo ese que exigen, ¿no?
–Ah, ni idea si son del tamaño o no. Yo vengo a echar la mañana, a pasar un rato; no me voy a traer el metro para medirlos, como usted comprenderá. Pero vamos, que yo con esto no aparezco en casa. Para hacer el ridículo, para eso no madrugo yo…
–O sea, que ahora los devuelve al río… Se ve que están agobiados, los pobres, ahí casi sin agua… –el joven trata infructuosamente de hacer ver al pescador que no tiene demasiado sentido hacer pasar un mal rato a los peces si enseguida los va a liberar.
–Más agobiado estoy yo, que me voy de vacío… –el hombre se centra en su propia desgracia, y no confirma que los vaya a soltar.
–Entonces ahora los echa de nuevo al agua…
–¡Joder con que los eche al agua…! –eleva el tono de la voz y la hace más agria–. ¿Pero usted qué es, un ecologista de esos que van salvando animalitos por ahí, o qué…?
–No, no soy un ecologista de esos, pero es que me angustia un poco verlos ahí ahogándose, y como dice usted que no se los piensa llevar a casa, no sé… ¿Qué va a hacer con ellos?
–Pues sí que es usted sensible. A mí me preocupan más los problemas de las personas, qué quiere que le diga, eso es lo que tendría que angustiarnos –saca a colación sin venir a cuento lo del sufrimiento de las personas–. Pues ahora cuando me vaya los echo ahí en esos matojos y listo –explica en tono desafiante, como dejando caer un ¿piensa usted hacer algo para impedirlo?–. Si quiere les doy una tapita de jamón serrano, para que almuercen, ¡no te digo!… –se mofa ahora de la sensibilidad que muestra el joven hacia los peces. A éste no le gusta su actitud, pero no se lo expresa con gestos. Decide dejar a un lado su preocupación por los pececillos agonizantes.
–Hablando de almorzar, creo que ya es la hora. Venía por el camino pensando en los sándwiches, precisamente –el joven se descuelga la mochila que lleva a la espalda, la planta sobre el suelo con un ruido sordo y comienza a quitar las correas. La abre y extrae unos paquetitos cuadrados–. ¿Le apetece uno? Si no le molesta, almuerzo aquí, con usted…
–A mí qué me va a molestar, hombre, la compañía siempre es bienvenida. Y si te invitan, pues ya ni te cuento –el hombre ríe su propia gracia–. Mira, yo almuerzo hoy no me he traído, porque pensaba ir recogiendo ya, pero vamos, que me quedo un ratito más si es por eso.
–¿Le gusta este? –le muestra uno de los sándwiches, envuelto en un fino plástico transparente.
–A mí me da igual. Venga ese mismo. Encima de convidado, no voy a exigir. Le advierto que yo soy más de bocadillo de chorizo; esto de los sangüis, o como se llamen, es comida de chavales, así como usted; nosotros somos más de bocadillos, de “bocatas” –ríe de nuevo, queriendo demostrarle que conoce el lenguaje de los jóvenes, que es un tipo moderno a pesar de sus sesenta y uno y de llevar jubilado casi tres–. ¿De qué es?
–Vegetal.
–Ya… –el hombre deja escapar una mueca, si no de medio disgusto al menos de decepción–. ¿Usted qué es, herbívoro?
–¿Vegetariano? No, no soy vegetariano, pero me gustan éstos de lechuga, tomate, patata cocida y aguacate.
Al pescador le parece el sándwich más raro del mundo. Lo de la lechuga y el tomate le suena normal, compatible, pero en ensalada, no entre pan y pan. Y ya lo de la patata cocida como que le desubica por completo. Aguacate le suena a herramienta, no consigue vincularlo con nada comestible.
–Vegetariano, eso quería decir. Venga pacá ese sangüis, que me ha abierto el apetito la conversación. Yo no puedo ofrecerle nada, a no ser que quiera un trago de vino, aunque le advierto que está ya un poquito caliente. Lo he traído envuelto en una servilleta mojada, pero desde esta mañana, ya me contará…
–Sí, no se preocupe, se lo acepto. Gracias.
–¿Usted no pesca?

[…]



[*] Este texto es un extracto breve del relato que lleva por título EL SÁNDWICH, uno de los veinticinco que conforman ESTIGMA, mi segundo libro, a través del cual abordo –con una generosa dosis de humor– algunas de las cuestiones esenciales de la vida, cuales son el amor, el odio, la mentira, la solidaridad, la desgracia… ¡y, por supuesto, la defensa de los animales! Cada relato está presidido por un bello dibujo de mi amiga Carme Fitó, antropóloga catalana y animalista convencida.


© julio 2012

miércoles, 4 de julio de 2012




HIPÓTESIS

Habrá pocas dudas de que los Sanfermines encarnan, como pocas, la idea del jolgorio desatado y de fiesta popular. Llegado el momento –el ecuador de cada seis de julio, ni antes ni después–, la masa humana enloquece y comienza a pegar brincos en inequívoca muestra de disfrute colectivo. Cosa lógica –lo de la locura coral, digo–, si se piensa que para tal fin se inventó la fiesta, y que casi cincuenta y un semanas esperando son muchas semanas como para que, dada la hora, la gente se tome el chupinazo como una llamada a maitines.

Pero hete aquí que, conocido el caldo nutricio de la fiesta, a uno le da por pensar que a buen seguro la celebración no lo es para todos, al menos no para los animales obligados a correr por las calles empedradas, ni aún menos para esos mismos animales que, olvidada ya la absurda carrera a ninguna parte, serán ejecutados en pocas horas sin un mísero juicio sumario que maquille tan nauseabundo crimen.

Siempre consideré que, entre todas las formas de violencia que los seres humanos ejercemos sobre los demás animales, son las más perversas aquellas en que el maltrato se produce de forma pública; y con toda probabilidad, el hecho de que estén auspiciadas por la Administración, el poder político y hasta el mediático, agrava considerablemente el panorama. Por otro lado, atisbo que, mientras algunas de dichas agresiones son percibidas como tales por la opinión pública (las corridas de toros, por ejemplo), otras se digieren como tradiciones inocuas, por la trivial razón de que no se perfora el cuerpo de las víctimas con objetos metálicos. Me refiero con ello, naturalmente, a los encierros en todas sus versiones, presididos por los que tienen lugar durante los sacrosantos Sanfermines.

El lenguaje pretendidamente culto y rebuscado al que se recurre para hacer referencia a las corridas de toros ayuda a enmascarar su verdadera naturaleza. Pero, a pesar de todo el perfume desplegado, la tauromaquia hiede. Porque al final, lo que queda, por encima de la mística palurda y de las posturitas sobreactuadas, no es más que un reguero de cuajarones humeantes y de bramidos de dolor. Resulta hastiante tener que recordar de nuevo que son toros y caballos (estos, los grandes olvidados de semejantes linchamientos públicos) sujetos sensibles al sufrimiento, de similar manera que pueda serlo usted mismo. Todos los mamíferos estamos dotados de un sistema nervioso y de una estructura emocional en lo esencial idénticos, por lo que agredir a un hombre o a una mujer no es necesariamente peor que hacer lo mismo con cualquier otro animal, sea toro o caballo. Y no está de más traer a colación la obviedad de que una sociedad que legitima realidades como la tauromaquia tendrá por fuerza serias dificultades argumentales para condenar otras variantes de violencia unilateral, como pudieran serlo las de carácter ideológico.

Vivimos tiempos de esperanza (que sea esta lo último, en el fatídico caso de perderla; lleva razón el refrán), con algunos logros palpables como el de Cataluña, a los que sin duda seguirán otros a corto y medio plazo, porque la ética, tozuda como es, solo tiene un camino. Pero ¿qué pasa con los encierros? No son pocos quienes muestran una siniestra doble cara al condenar sin paliativos la clásica corrida mientras prefiere pasar de puntillas por otras formas de diversión popular, o aun apoyarlas sin reservas. La fascinación estética (tonto eufemismo para “morbosa”) que la mayoría de la gente siente hacia los encierros impide una reflexión objetiva y rigurosa sobre las consecuencias que tienen estos para sus verdaderas víctimas: los toros. Si hiciéramos un esfuerzo mental para ponernos en su lugar, comprobaríamos que el auténtico sufrimiento comienza cuando son raptados de la dehesa, el único entorno que conocen. Allí dejan a sus compañeros de manada (en un ámbito humano los llamaríamos “amigos”, como si la amistad no existiera más allá de nuestra especie) y todo cuanto constituye toda su referencia biográfica. El traslado a cientos de kilómetros constituye siempre para ellos una experiencia traumática, por su incapacidad para comprender lo que sucede. El estrés severo que padecen les hace perder kilos de peso, y cada año se producen varios casos de muerte por colapso. Ya en el escenario del encierro, todo está concebido para que los animales corran, y que lo hagan además en el sentido que sus promotores desean. El asfalto constituye para ellos una auténtica tortura añadida, que les genera una constante desagradable sensación de inseguridad. Son frecuentes las caídas, así como los golpes contra las vallas en los bruscos cambios del recorrido. El hecho de no poder refugiarse de quienes les hostigan supone un elemento más de frustración para ellos. Digámoslo alto y claro: los encierros más famosos del mundo, los de Pamplona, son una burda agresión gratuita a seres por naturaleza pacíficos y huidizos, de tal forma que ni la tradición ni la aceptación secular pueden legitimar lo que no pasa de ser sino una burda canallada.

La [oscura, o mejor diremos “oscurecida”] realidad es que los pobres morlacos se muestran aterrorizados ante una multitud hostil, que les acosa con su sola presencia, más si esa horda vociferante está dispuesta a lo que sea para que el guión se cumpla. Es por ello que, en lugar de atacar a sus agresores, tratan de permanecen juntos con el único fin de encontrar así un contacto físico de efecto tranquilizante. Y aquí comienzan de súbito las hipótesis. ¿Nunca pensaron ustedes en por qué concreta razón no decide en cada encierro un toro “tomarse la justicia por su mano” y arremeter contra la masa? Serían suficientes un par de minutos de gestionada furia para ensartar a una docena de corredores y acabar con ellos. ¿Qué sucedería si durante cada encierro de Pamplona un toro diese muerte a ocho o diez participantes? ¿De qué se alimentan los encierros en general, sino de esa “desconcertante” bondad bovina?
Como tampoco nadie parece reflexionar sobre por qué corren los toros por las calles, cuando ninguno lo hace desbocado durante varios minutos en su medio natural… ¡salvo que este muerto de miedo! Puestos a establecer hipótesis, ahí va otra: ¿qué pasaría si la manada completa de toros y cabestros decidiera “plantarse”? Sí, imagínense la escena: lanzado el cohete, el portón se abre, y el grupo avanza pausado hacia la cuesta, para, apenas recorridos unos metros, tumbarse en comandita y sestear sin prisa, que la fiesta también es relajo y distracción… ¿Tienen ya fijado en la retina el espectáculo? ¿Cómo se convence a trece astados –en lotes individuales de seiscientos kilos– de que no responde eso al protocolo? Imposible denunciarles ante la Magistratura de Trabajo, pues no hay contrato firmado que valga. ¿Acabaría por intervenir la Guardia Civil para, tras ser convenientemente ametrallados los rebeldes astados, despejar la calle? ¿Y si al día siguiente sucediera otro tanto?

Yo sé que son días de juerga y diversión, acaso impropios como tales para la hipótesis filosófica… Pero lo que más angustia me produce es pensar que, cuando se dé cerrojazo a la fiesta, una dramática mayoría continuaremos en la más absoluta inopia moral. Hasta el ecuador justo del próximo seis de julio.




[*] Este texto tiene su origen en el que tuve ocasión de redactar para una campaña de concienciación, de la mano de la Asociación para un Trato Ético con los Animales (ATEA), hace de esto ya algunos años. Titulamos a la campaña POR UNOS SANFERMINES SIN VIOLENCIA HACIA LOS ANIMALES, y con toda probabilidad supuso el preludio de la peregrinación anual que distintos colectivos animalistas emprenden hacia la capital navarra iniciado julio, con la sana intención de denunciar ese “lado oscuro” de la mundialmente famosa fiesta, pues se nutre esta de sangre y dolor ajeno, con lo que no merece desde luego tan lúdico apelativo.




© julio 2012

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jueves, 7 de junio de 2012




QUE VEINTE AÑOS

NO ES NADA…

Afirma el popular tango que veinte años no es nada, y apunto yo que, según para qué, veinte años es toda una vida, o cientos, y seguro que miles en el caso que nos ocupa. Vayan pues por delante mis sinceras felicitaciones para el grupo humano que conforma ANAA (y aún mayores parabienes para sus representados peludos), algunos de cuyos miembros apenas conozco de un par de encuentros y el intercambio de unos pocos correos electrónicos, superficial relación, como se ve, consecuencia lógica, supongo, de mi timidez y de su discreción. Siendo veinte años una más que generosa mochila de vivencias para cualquiera que vea pasar la vida desde su espíritu anodino –una deprimente mayoría en esta sociedad, no nos llevemos a engaño–, imagino lo que supondrán si se emplea todo ese tiempo en ayudar a los demás, que “los demás” son sin duda perros, gatos, caballos, y otros amigos “menores” de la casta roedora, a quienes estos hombres y mujeres rescataron del infierno y les acabaron ofreciendo el paraíso, pues son por lo general chuchos y mininos tipos bien conformistas en dicho aspecto: no necesitan ellos sino un hogar confortable, una familia, y un hoy calcado del ayer que promete un idéntico mañana. Fiel ejemplo de que la felicidad anida tras cualquier esquina y que no necesita de sofisticadas recetas. Y, a pesar de la evidencia, nos permitimos el lujo los humanos de seguir sin aprender la lección…

Pero lleva por título esta sección un poco amistoso Denunciamos, y se me ocurre que, puestos a ello, podríamos reflexionar juntos sobre la imagen que se han labrado los defensores de los animales en esta sociedad marcada por el egoísmo y la banalidad moral, una comunidad atestada de gente y donde escasean sin embargo las personas, entiéndase la metáfora. Pesa como una losa a los desdichados animales la herencia milenaria que coloca a los humanos –como si acaso no tuviéramos nada que ver nosotros en el guión– en el centro del universo, ocupando ellos, sumisos, las zonas periféricas de la instantánea, reducidos a la categoría de mero atrezzo, los animales todos a nuestra entera disposición, que bien claro lo dejan ciertos sagrados textos, atribuidos por más señas al Altísimo, cuando toda la pinta tienen de haber sido pergeñados en pérfida comandita por los “bajísimos”. Están los animales colocados ahí para nuestro uso y disfrute desde que el tiempo es tiempo, como productos de saldo en una estantería, y el simple cuestionamiento de tal disposición se convierte en herejía, la misma que otrora se saldaba con la cremación pública del osado pecador. Algo hemos ganado con el paso del tiempo, no seré yo quien lo niegue, pero uno, descreído por naturaleza, sigue advirtiendo –en la sociedad en general y en las instituciones públicas en particular– una Inquisición encubierta, convenientemente maquillada –eso siempre– por expresiones edulcorantes como Democracia y Estado de derecho, lo que son las cosas y la ingeniería ideológica… Se abre camino el Animalismo a base de inusitado esfuerzo y todavía mayor coraje de sus miembros, verdaderos protagonistas de esta descomunal empresa, seres anónimos cuya máxima satisfacción supone ver cómo este o aquel animal, que llegó arrastrándose al refugio, sale de él apenas unos meses después dando saltos de alegría, acompañando a su nuevo y definitivo clan. No creo que haya atisbo de efectismo gratuito en la etiqueta elegida –“descomunal”– para calificar la tarea, por cuanto nos enfrentamos a un reto tan arduo como mutar la mentalidad social. ¡Casi nada! No conoce este humilde escritor mayor acto revolucionario.

Con cuantas luminosas excepciones procedan, continúa la Administración percibiendo en el Movimiento de Defensa Animal al enemigo, si no a abatir, al menos a combatir. (De similar forma se percibió en otra no tan lejana época al Movimiento Feminista o al Movimiento de Liberación Racial; cuestión de colores, cuestión de sexos, cuestión de derechos y de justas reivindicaciones, al fin y al cabo). Es así que la formulación de una “sencilla” denuncia puede convertirse y de hecho se convierte a menudo en auténtica pesadilla, a pesar de que los innumerables textos legales proteccionistas que inundan este bendito país debieran erigirse en santo y seña de la solidaridad bien entendida ante las autoridades, siendo como es la sociedad civil quien asume una labor que corresponde de facto al poder establecido, díganme si estoy diciendo algo extraño. Se comprueba con desolación que la misma entidad administrativa que se coloca medallas cuando aprueba un texto –siempre tras ímprobos esfuerzos de los diferentes colectivos sociales, subrayemos el detalle– se encarga luego de driblarla, y en cuanto puede hasta de ningunearla. Sin pretender que se regale nada a nadie, entiendo que en el ayuntamiento, en la diputación, en el gobierno autónomo de turno, deberían extender una alfombra roja y tener a punto una bandeja de humeantes canapés cada vez que aparece por la puerta un animalista, pues son ellos y ellas quienes se dejan la piel por un objetivo tan loable como cumplir la ley. Lejos de ser así, las más de las veces son percibidos como “sospechosos”, cuando no como “tocanarices”. Lo único que avala a la Administración en esta lid es el poder que ostenta, sabiéndose ella muy superior en recursos, y sucede que casi siempre la derrota animalista viene de la mano de la desazón y del hartazgo. ¿De verdad creemos que no es esto una forma de violencia soterrada? Resulta simplemente indignante constatar que habitamos en efecto un país donde a la Administración que todos financiamos le resulta con mucho más fácil ignorar la norma que a la sociedad hacer que se cumpla. ¡El mundo al revés!

Acude de nuevo a mi cabeza el estribillo del tango, repite como un soniquete que veinte años no es nada, y merece de nuevo ser contradicho cuando de practicar la solidaridad se trata, particular campo del ejercicio empático en el que hasta un segundo puede cambiar la vida de alguien para siempre, cuánto más han de aportar dos largas décadas, hagan cuentas. Aunque intuyo que –por fortuna– no necesitan estos amigos palabras de aliento, mucho ánimo en este comienzo de los siguientes veinte…






[*] Acaba de publicarse este artículo en el último número de la revista 4PATAS, que edita la Asociación Nacional Amigos de los Animales (ANAA). Pretendo con el texto, además de a ellas mismas (abrumadora mayoría femenina, es lo que hay) por su vigésimo cumpleaños como entidad, rendir un sincero homenaje a todas esas personas que sacrifican parte de su vida (familia, dinero, y en según qué casos hasta imagen social) por algo que seguro no tiene precio: la solidaridad hacia el desheredado. Y con ellas pretendo disfrutar de una jornada (domingo 17 de junio, XVI Concurso de Perros sin Raza) que, en mi caso particular, asumo como un chute de optimismo anual después de tanta mierda digerida a lo largo de la temporada. Siendo que las imágenes que ilustran este texto fueron tomadas durante la edición pasada, no hay excusa para perderse esta. ¡NOS VEMOS ALLÍ!






© junio de 2012



viernes, 11 de mayo de 2012



ZOOTERAPIA

La utilización de animales en determinados tipos de terapia asistida –conocida con el sobrenombre de zooterapia– es una técnica paliativa que ha experimentado un gran desarrollo en las últimas décadas, al constatarse que mejora de forma notable algunos parámetros de ciertos enfermos y discapacitados. Entre otros progresos, pueden citarse una reducción en la presión arterial de pacientes hipertensos, aumento de la autoestima en procesos depresivos, o un mayor deseo de comunicarse en casos de autismo. Y parece que fomenta asimismo el sentido de la responsabilidad en personas con problemas de relación. En general, se observan cambios emocionales importantes que ayudan al organismo a reforzar sus defensas y contribuyen de manera significativa a lograr un estado de bienestar general. Así relatado, parece poco procedente emitir un juicio crítico sobre tales prácticas.
Pero existen dudas razonables de que todo sea tan idílico, pues no parece tan probado que este tipo de técnicas sean del todo inocuas para sus protagonistas animales. Por lo general, el concepto del que se nutren las distintas terapias donde los animales juegan algún papel es el de ver al animal como una herramienta de trabajo: el medio para un fin, en definitiva. Es por ello que debe examinarse el fenómeno desde la piel de quienes no tienen opción de elegir.

Se hace participar a animales en programas de reinserción social dirigidos a reclusos. Para ello, se han empleado sobre todo cachorros de perro, pues se asume que su cuidado estimula el deseo de superación de los condenados, al tiempo que desarrolla en ellos valores como la capacidad de gestión, el sentido de la responsabilidad y la autodisciplina. No suele informarse, sin embargo, de los fracasos en las terapias. Y el “fracaso” en una de estas situaciones puede significar en la práctica algo tan brutal como que el joven paciente estampe al perrito contra la pared para mostrar su disconformidad a los promotores de la iniciativa. Ello no va a aumentar su condena, y se reflejará en el informe apenas con un breve comentario. Se procede al reemplazo del animal, y listo. Casos similares pueden suceder (y de hecho suceden) con cierta frecuencia, por lo que no se trata de incidentes ficticios inventados para la ocasión. Las publicaciones especializadas no hacen especial mención de los citados “fracasos”, primero porque los asumen como “parte de la casuística”, y segundo porque no contribuyen demasiado a fomentar esa imagen amable que desean sus responsables.
Pero incluso el animal puede verse claramente perjudicado aunque no sea víctima de la violencia directa de los pacientes. ¿Qué sucede con aquellos que se encuentran colaborando en el marco de un programa y que ofrecen problemas en un momento dado? Los animales no son autómatas, y el conejo o el perro más paciente puede en cierto momento expresar su disgusto por el agobio al que está siendo sometido, con un pequeño mordisco o un simple gruñido. Aunque la lesión no tenga especial importancia, la sobreprotección a los pacientes hará que el animal sea retirado de inmediato, y a partir de ese momento tendrá un futuro más que incierto. Los programas son muy costosos, y una parte significativa se va en la manutención y entrenamiento de sus protagonistas no humanos. Desde una perspectiva práctica, no tiene sentido mantener animales que se han mostrado problemáticos en algún grado, pues la propia Administración exige un trato exquisito a los enfermos.
En ciertas residencias para ancianos, o en hospitales, se mantienen animales de compañía como parte de terapias orientadas a combatir cuadros de soledad o depresión. Algunas sociedades protectoras han denunciado el deseo de los responsables del centro de deshacerse de ciertos animales que han crecido y envejecido en el centro, para al parecer evitar todos los inconvenientes que implica la última etapa de su vida. Visto desde un plano puramente médico –sin dejar que las emociones y la debida consideración interfieran–, puede ser contraproducente que residentes a los que se ofrece un perro joven para darles esperanzas constaten día a día el deterioro físico del animal al que tantas veces han acariciado, por lo que es fácil adivinar que la presencia de animales viejos en determinados entornos puede acabar consiguiendo el efecto contrario al pretendido. Ni que decir tiene que desprenderse de un animal justo en el momento en que necesita más ayuda de los humanos supone una canallada inaceptable.

Algunos de los animales usados en terapias de grupo, como es el caso de los centros de atención y recuperación de disminuidos físicos y psíquicos, son sacados del albergue para animales abandonados, con lo que en apariencia se está favoreciendo a unos y otros. El problema está en que los animales siguen sin tener un dueño, entre otras cosas porque muchas administraciones no permiten su adopción legal. Ello hace que estos se encuentren en un permanente estado de indefensión ante cualquier eventualidad, como pueda ser el cierre del centro, un cambio en la política sanitaria o el desencadenamiento de algún conflicto puntual. En tal caso, el perro de turno es de inmediato devuelto al albergue, con la mácula añadida de su paso por un programa donde no respondió a las expectativas depositadas en él. Toda esta realidad podría mejorar ostensiblemente si se llegara a acuerdos con los posibles adoptantes, incluyendo en la cláusula la obligación de participar en según qué programas, pero también el derecho del tutor o tutora del animal a retirarlo de la terapia si considera que el animal no está recibiendo el trato adecuado. Porque –digámoslo ya– la zooterapia puede de hecho ser beneficiosa para todas las partes, si se gestiona desde una concepción de respeto global. En realidad, la terapia con animales solo es defendible cuando queda completamente garantizada la seguridad y el futuro de estos, aun en el caso de que surjan problemas y el programa sufra variaciones.

Considero que un buen ejemplo de lo que acabo de mencionar es la iniciativa que la SOCIEDAD PROTECTORA DE ANIMALES Y PLANTAS DE ALCOY (Alicante) viene desarrollando en torno a este interesante campo. Me cuentan que en los talleres nadie “usa” a nadie –o pudiera decirse que todas las partes se “usan” entre sí, lo cual no resulta necesariamente gravoso para ninguna de ellas–, siendo así que, en el peor de los casos, no hay damnificados, y es muy probable que encuentren alivio a sus dolencias los unos, e incluso una familia definitiva los otros. ¿Hay quien dé más? Creo que l@s compañer@s de la SPAP de Alcoy han sabido comprender este particular escenario, y a partir de ahí han diseñado unos más que seductores cursos, el próximo de los cuales tendrá lugar durante los primeros días de junio, con el lustroso nombre de I FORO NACIONAL DE TERAPIA Y EDUCACIÓN ASISTIDA CON ANIMALES EN CONTEXTOS DE PROTECCIÓN ANIMAL. Es por ello que deseo trasladarles mi público reconocimiento por desarrollar una labor tan completa y gratificante. ¡ENHORABUENA!





© mayo 2012
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jueves, 3 de mayo de 2012



CUÁNTOS

Con el siempre loable objetivo de que no se empañe la sana alegría deportiva y de que no torne el entusiasmo en disgusto, advierten las autoridades competentes a las fogosas aficiones que observen extremo cuidado con los perros de la calle. Cuentan las crónicas que hay más de cien mil deambulando por las calles de Bucarest en busca de alimento y refugio. Son cazados mediante métodos inmisericordes, como corresponde a la ética local, y los eliminan en masa, cual si fueran judíos y gitanos en época no tan lejana. De hecho –y en este punto la amargura se vuelve trágica–, hay entre los gestores que ordenan despejar las calles de morralla canina, hay, digo, judíos y gitanos, descendientes directos de aquellos que fueron gaseados en grupos de a veinte aún no hace ni un siglo. Es así que parece que no hayamos aprendido de los errores, y aún menos parecemos dispuestos a ceder un ápice en nuestro adobado egoísmo.
Reitero la impresionante cifra: cien mil. Cien mil almas en pena que no tendrán la menor oportunidad de conocer el calor de un hogar, la dulce sensación de pertenecer a un clan que vela por tus intereses, y a quien a tu vez cuidar. Cien mil fantasmas que enseñan los dientes al primer humano que se cruce en su camino, porque saben que nada sino sufrimiento y dolor puede venir de los monos bípedos, bien lo padecen a diario. Como a diario vienen al infierno –nacen– cientos de cachorros en las calles de la capital rumana, ángeles desvalidos que rápidamente se percatan de que, o muerdes, o vas al hoyo, y peor aún: de que irás al hoyo muerdas o no, porque eres perro callejero. Si basta con ser judío para que vean algunos francotiradores en ti perfecta diana, ¿no habrá de suceder otro tanto si eres chucho sarnoso?

Cuentan las crónicas que se gestó la actual plaga perruna allá por la pasada década de los ochenta, cuando el dictador Ceaucescu dictó la prohibición de animales de compañía en los hogares. ¿Oyeron ustedes algo al respecto entonces? ¿Tuvieron noticia de la situación durante estos últimos veinticinco años? Ha tenido que ser un evento deportivo el que destape la tragedia, y me refiero con ello naturalmente a la que padecen cien mil desgraciados vagabundos en su drama cotidiano, no al mal gesto que pudiera regalarle uno solo de ellos al aficionado, pertrechado este de bufanda y banderín, exclusivos ambos para tan magno acontecimiento.

Cien mil perros se buscan la vida a diario en las tristes calles de Bucarest, no hallando sino hambre, muerte y desprecio. Y me pregunto ahora sobre otra cifra, la de aficionados que se van a dejar una pasta en viaje, entrada y pernocta para ver al equipo de sus amores en tan histórica cita, todo muy lícito y comprensible, no seré yo quien me oponga a que cada cual se gaste los cuartos en lo que estime oportuno. Pero aparco la corrección política de golpe y porrazo, para interpelarme sobre cuántos de ellos –sigo con los hinchas y forofos– abonan una cuota a la organización solidaria de turno, oriente su labor a niños africanos o canes rumanos, qué más dará si de ayudar al paria se trata. Cuántos entre ellos y ellas están dispuestos a pasarse varios días acampados sobre el asfalto urbano por conseguir una entrada, cuántos se lanzan a la adquisición de la camiseta oficial (omito el precio), grabada esta con la histórica fecha. Porque sabido es que los desvelos de una generosa mayoría de aficionados empiezan y acaban donde lo hace su club del alma, pues supone para estos un gol a favor el mayor júbilo, como un penalti en contra la mayor desdicha. Quisiera conocer cuántos de entre quienes se desplazarán al otro extremo de Europa en avión, en coche, en tren –los habrá quienes optarán por el siempre ecológico monopatín, todo con tal de protagonizar una contraportada en el periódico local, lo más de lo más–, cuántos destinan siquiera una décima parte de ese tiempo y dinero a su cuota solidaria. Sería esta sin duda una buena excusa para la consabida y popular encuesta. Pero todo apunta a que tienen en cartera las empresas de opinión temas mucho más profundos y originales: intención de voto, valoración ciudadana de las distintas castas sociales, o mismamente quién se llevará las finales futboleras que nos regala cada florido y hermoso mayo. Consciente de que nadie osará publicar el presente artículo –se erige la opinión indebida en moderna herejía, y no escasean en tan siniestro escenario ciertos oscuros Torquemadas a sueldo, desde ampulosos responsables de sección a becarias de nuevo cuño–, me interpelo sobre esta íntima y dolorosa cuestión: ¿Cuántos? Dicho lo cual, que gane el mejor.


© mayo 2012

jueves, 19 de abril de 2012




ESTIMADO SEÑOR

Att. Sr. D. Juan Carlos de Borbón
Palacio de La Zarzuela
28071 MADRID

Vitoria-Gasteiz, 18 de abril de 2012


Estimado Señor:

Me dirijo a usted en calidad de representante de la Asociación para un Trato Ético con los Animales (ATEA), entidad que, como su propio nombre indica, orienta su actividad a la lucha contra cualquier forma de violencia, abuso o explotación injustificada de la que puedan ser objeto los animales en nuestra sociedad.

En tal sentido, deseo hacerle llegar algunas reflexiones que a buen seguro serán de su interés, habida cuenta del cargo que ocupa en estos momentos. En concreto, quisiéramos trasladarle antes que nada nuestro disgusto –compartido al parecer por un significativo sector social– por el inequívoco apoyo que a través de su persona ofrece a la actividad taurómaca en su conjunto, lo que nos permitimos deducir de su habitual presencia en estos espectáculos, así como de alguna que otra declaración de claro corte apologista. Con independencia de que a la tauromaquia puedan serle aplicadas las etiquetas de arte, tradición y cultura (ciertamente difícil negar todo ello, si nos atenemos a sus oficiales definiciones), entendemos que ninguna entre las mencionadas –y cuantas otras resulten razonables– debería justificar una realidad que, obviando factores como la estética, la creatividad o la economía, genera un innegable y severo sufrimiento a seres que, como nosotros mismos, se muestran capaces de percibir tanto el sufrimiento como su contrario, el bienestar.
Sin entrar en detalles filosóficos –o quizá no sea posible prescindir de ellos–, nos gustaría sin embargo hacerle partícipe del que con toda probabilidad se constituye como eje teórico del ideario animalista, cual es que todo sufrimiento es idéntico para quien lo padece, al menos desde su perspectiva de indeseable. O, expresado de otro modo: el mismo grado de padecimiento debiera merecernos, dada nuestra calidad de animales éticos, similar consideración. Y nos lleva esto a un escenario bien interesante, según el cual no resultaría necesariamente peor causar el mismo daño a un humano que a cualquier otro animal.

Esta tanda de reflexiones nos invita, en buena lógica, a la obvia conclusión de que, cuando consideramos que ha de tratarse bien a los perros, y que al mismo tiempo podemos aplaudir y aun promocionar la tauromaquia, incurrimos en una esquizofrenia moral de todo punto inaceptable, al menos tanto como pueda sernos inaceptable la consideración hacia los humanos varones mientras justificamos la violencia hacia las mujeres, o la defensa de aquellos humanos adscritos a ideologías de izquierdas al tiempo que apoyamos las prácticas terroristas contra los políticos de derechas (o mismamente contra los representantes de altas instituciones impuestas por la historia, mas no elegidas por la ciudadanía). Y quizá hayamos llegado con este postrero apunte a uno de los campos más interesantes cuando de ética tratamos. Queremos decir con ello que, de aceptar con relajación y naturalidad que pueda definirse la violencia contra las mujeres como “terrorismo doméstico”, o el vertido deliberado de sustancias tóxicas en la naturaleza como “terrorismo ambiental”, o la irresponsabilidad de ciertos conductores como “terrorismo vial”, o el egoísmo de ciertos empresarios como “terrorismo patronal”, o la liberación solidaria de prisioneros animales como “ecoterrorismo”, acaso estemos –por pura y simple lógica deductiva– en disposición de llamar a las cosas por su verdadero nombre, y manifestar por tanto que la violencia gratuita ejercida sobre inocentes –los animales lo son en grado absoluto– merece por igual tan áspero epígrafe. Bien pudiéramos estar hablando entonces de “terrorismo taurómaco”, que como todas las demás formas de [supuesto] terrorismo tendría sus acólitos, se supone que tan despreciables desde una perspectiva solidaria como puedan serlo los machistas asesinos, los militantes de Al Qaeda o los pederastas. En tal caso –y solo en él–, la institución a la que representa y usted mismo a la cabeza serían auténticos y reales apologistas de la violencia taurómaca, una cara más de la realidad terrorista como concepto moral (de corte cultural en este particular caso), aunque no por ello menos lesiva para sus principales víctimas: toros y caballos. Resulta ontológicamente imposible no llegar a tal conclusión si nos abonamos a una concatenación lógica de los hechos, y visto que su persona, apoyándose en el peso público que ostenta, ha emitido público apoyo a la mal llamada Fiesta (pues no lo es desde luego para todos los que en ella participan).

Lejos de limitarse sus aficiones violentas a la tauromaquia como espectador “de calidad”, conocido es su gusto por la caza deportiva, en particular por algunas de las modalidades más elitistas, tal vez por ir acorde con su categoría social. Hace bien poco pudo vérsele ufano y orgulloso con un inmenso cadáver a sus espaldas, un elefante que, mientras alguien no ose negarlo, deseaba vivir su vida, como usted o yo mismo, como de hecho hacen todos los animales desde su naturaleza particular. Y, créame, no se zanja la cuestión aduciendo que “sobran elefantes”, que “constituyen estos una plaga que como tal debe ser controlada”. Piense que, si acaso invaden ahora el territorio humano, no responden con ello sino a una legítima defensa, por cuanto antes les fue robado su espacio natural, casi siempre mediante métodos tan crueles como la agresión a los miembros más vulnerables de la familia.
Y, hablando de familias, hemos tenido ocasión de oír y leer estos pasados días que no pocos entre los ciudadanos y ciudadanas de este país consideran una “auténtica plaga de efectos devastadores” a familias como la que usted encabeza, instituciones que dilapidan generosos presupuestos de las arcas públicas, a pesar de no estar ahí por elección popular, detalle esencial, creemos, en una comunidad democrática. Así las cosas, y en medio de una galopante crisis económica que ha dejado sin trabajo a millones de personas, usted tiene la “escandalosa” ocurrencia de gastarse una auténtica fortuna –por muy personal que sea su patrimonio– para acabar con la vida de animales que no nos consta que la merezcan un ápice menos que usted mismo. ¿Cree de verdad que está actuando de manera decente? Nosotros entendemos que no, que ni de lejos se comporta usted con la decencia que ha de esperarse de alguien que ostenta un cargo como el suyo en la Europa del siglo XXI. La caza que se practica con fines lúdicos constituye un crimen aberrante (crimen por el hecho mismo, aberrante por su naturaleza), pues no se entiende que, aun en los improbables casos en que pudiera quedar justificada, sus ejecutores se fotografíen sonrientes y henchidos de gozo ante los cuerpos inertes de sus inocentes víctimas. Mencionábamos líneas atrás el lenguaje y cómo sirve este para vestir conductas. ¿Es que no merecería ser calificada de “terrorismo cinegético” la caza lúdica? Dejamos ahí la pregunta para que usted mismo la conteste, si lo considera oportuno, pues nosotros ya lo hemos hecho.

Antes de terminar, le deseamos de todo corazón un pronto y completo restablecimiento de sus últimas dolencias, que, con independencia de las vergonzosas circunstancias en que acontecieron, imaginamos per se dolorosas. Y consideramos que es este un óptimo escenario para recordarle que la empatía importa, e importa mucho. Tanto que sin ella acaso hasta quepa dudar de nuestra humanidad bien entendida. Si nos mostramos incapaces de colocarnos desde nuestras emociones en el lugar del otro –no importa que ese “otro” sea humano o animal– y evitar así causarle lo que bajo ningún concepto quisiéramos para nosotros mismos, estamos, Majestad, éticamente muertos.

Es por todo lo aquí expresado que, a nuestro humilde entender, posee usted una autoridad moral ciertamente atenuada cuando exige a otros la condena de ciertas formas de violencia terrorista (en concreto, la ideológica), mientras incurre su persona en similar comportamiento ante otras manifestaciones de agresión unilateral igual de terrorista, o aun peor si se constata el agravante de responder a una naturaleza lúdica, como es el doble caso que nos ocupa.

Nos gustaría que leyese con atención el presente escrito –seguro que lo está haciendo si hasta aquí llegó–, y que nos haga llegar sus apreciaciones al respecto, seguro que muy ilustrativas y didácticas, pues no en vano ocupa un cargo de peso tanto en el fondo como en la forma.

Quedamos, pues, a la espera de sus reflexiones, tras ofrecerle nosotros las nuestras. Reciba, mientras tanto, un cordial saludo de,


Kepa Tamames
Portavoz de ATEA


[*] Carta enviada por correo postal certificado a La Zarzuela en la fecha indicada.



© abril 2012