sábado, 19 de febrero de 2011


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EL PARQUE
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El hombre, que ya no vuelve a cumplir los cincuenta, es director de una sucursal de la Caja de Ahorros Municipal en un barrio nuevo de la periferia, un puesto que ni soñaba hace apenas diez años. Destina una ropa ajada para pasear a su perra, una pastora alemana “por decir algo”, como él mismo afirma y el propio can no desmiente, adoptada del albergue para animales abandonados siendo aún cachorra. No tiene raza, no al menos pura, pero se la ve lustrosa y feliz, siempre atenta a los gestos de su dueño. El señor llama a la indumentaria “la ropa del perro”, queriendo decir “la ropa mía para pasear al perro”: un pantalón de pana y unas botas gastadas, más un jersey informal, seguro que elegante y caro en su tiempo. Completa el equipo una riñonera para lo imprescindible: el teléfono móvil para él mismo y un ajuar básico para Gora, compuesto de correa, bolsas para recoger las deposiciones sólidas si se producen, y un peine de púas metálicas que no utiliza a diario. También un saquito de tela con galletas de varios colores que de vez en cuando le ofrece, y que comparte a menudo con los perros amigos. Gora y Boris se conocen, se ven y se saludan de madrugada como mínimo un par de veces a la semana, en ocasiones más, según se tercie. Se huelen el culo con interés comedido, sabiendo que es un culo olido cientos de veces, un culo familiar, un culo previsible. Existe una evidente desproporción de tamaño entre el pequinés que comparte cama con sus dueños y la medio pastora alemana rescatada de la perrera. Eso les hace más interesantes, sin duda. Hay una amistad entre los perros –hablo ahora en general–, qué demonios; si no, de qué mueven el rabo cuando se ven a lo lejos en la penumbra del parque. Saben quiénes son, se cuentan cosas, sobreviene una trifulca que luego olvidan, comparten conversaciones y hasta galletas, se embelesan observando cosas para nosotros imperceptibles. Tienen su propio mundo, y nosotros pertenecemos a él, nos comparten con realidades inalcanzables a nuestra capacidad. Tipos listos, los perros.
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ESTIGMA [autorrelatos]
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© febrero 2011
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martes, 8 de febrero de 2011

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LEYES
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Por encima de deseos bienintencionados, de propuestas ácratas o de la siempre plausible fraternidad global e ilimitada, lo cierto es que la poca virtuosa naturaleza humana nos obliga a establecer sin descanso normas que regulen nuestro devenir cotidiano, leyes todas que incluyen el consabido apartado punitivo, porque, no nos engañemos, aquí lo único que funciona es la vieja fórmula de imposición y castigo, sea éste menor (pecuniario) o más severo (privación de libertad). El funcionamiento normativizado de la sociedad es tan antiguo e inevitable como ella misma. Es lo que hay, y no parece que las cosas, si no lo han hecho en los últimos milenios, vayan a cambiar en lo sustancial durante los próximos meses. Pero no es menos cierto que teoría y práctica discurren con demasiada frecuencia por caminos separados, y que a veces incluso ni saben la una de la otra.

¿Por qué el cumplimiento de unas leyes goza del beneplácito y apoyo incondicional del grueso de la comunidad (incluidos los todopoderosos medios de comunicación, la clase política y la red administrativa) mientras otras parecen relegadas a la categoría del eterno olvido? Sabido es que en una sociedad democrática –eso que se ha dado en llamar no sin cierta pomposidad estado de derecho– todas las normas, con independencia de su naturaleza, ámbito de aplicación o grado de importancia han de cumplirse con celo y escrupulosidad, de manera especialísima por parte de las instituciones de las que emanan, pues de lo contrario se rompe la esencia misma de su objetivo.
Traigamos a colación el ejemplo de una y otra, por ilustrar hasta qué punto esto de la cacareada democracia se queda a veces en mera retórica de cartón-piedra, y otras apenas pasa de ser una pildorita para alargar un poco más el estado de indolencia en que parecemos sumidos. Me refiero a la ya famosa ley del tabaco, que prohíbe echarse un pito incluso en los baretos de mala muerte –escrita sea la expresión no ya sólo con respeto, sino aun con sincero cariño–, míticos lugares donde porretas y filósofos urbanos han arreglado el mundo desde tiempo inmemorial, deportados ambos ahora a la puta calle, ateridos de frío pero sobre todo de humillación, convertidos de la noche a la mañana en los nuevos apestados, esta vez con un único bubón en el cuerpo: el paquete de rubio americano.
Desde el minuto uno, y salvo heroicas excepciones, millones de conciudadanos se echaron sumisos al helador invierno con toda su santa resignación, pues bien nos habían dado la matraca en sesiones de mañana, tarde y noche, durante semanas, radios y televisiones, en un alarde envidiable de publicidad gratuita que ya quisiéramos otros. La ley se cumplió esta vez, por la cuenta que nos tiene, y me refiero con esto tanto a las multas como al sunami de salud que al parecer nos va a coger a todos y todas de pleno. Porque así, según las previsiones oficiales, se calcula que al menos un millón de personas acabarán por dejar el vicio por mor de la normativa. Obviando el hecho de que estos estudios y sus resultados se lo sacan los expertos del mismísimo paquete –permítaseme la grosería por el tema tratado–, mucho me temo que en los mismos no se tienen en cuenta otros factores que engrosarían la lista del debe, a saber: pérdida de clientela (entiéndase ingresos, con la que está cayendo), mayor afectación por tabaquismo pasivo en lugares privados, incremento en las emisiones de dióxido de carbono por las dichosas estufitas, y en general aumento de la mala hostia. Todo ello hace que, cuando menos, vaya lo uno por lo otro y nos quedemos como estábamos si hacemos una cuenta general, y cuando más, que no compense tanto altruismo sanitario para tan pírrica cosecha.

El caso opuesto que antes anunciaba es la Ley Vasca de Protección Animal, que atesora a la hora de escribir estas líneas más de diecisiete añazos, y que no se cumplió nunca ni en sus más elementales aspectos. Miles de desdichados siguen amarrados de por vida a cadenas de metro y medio, con una caseta mugrienta e inhóspita por todo hogar, abandonados a la más terrible de las soledades. Nuestros mercados callejeros continúan nutriéndose de seres aterrorizados por la marabunta humana que saca pecho tras haber echado una monedita en la hucha solidaria correspondiente. Como siguen los abnegados animalistas dejándose la vida un día sí y otro también por algo tan elemental como que se cumpla la normativa, y que, si puede ser, asuman dicho cumplimiento las propias instituciones que en su día la promovieron, no se sabe todavía por qué. Hasta recuerdo a un exalcalde afirmando ufano ante los micrófonos que él seguiría permitiendo la rifa del cerdo en su ciudad “porque era costumbre local desde tiempos pretéritos”, y que estaba dispuesto a que el consistorio recibiese la multa correspondiente, sanción que, hasta donde yo sé, nunca se hizo efectiva. Hablo del mismo tipo que se deja ver tras su jefe político cuando éste toma la palabra en el hemiciclo, repeinadito aquél hasta la nausea, convenientemente guardadas sus espaldas para que nadie ose cruzarle la cara.

Ésta es la sociedad que hemos acabado creando unos y permitiendo otros, porque aquí nadie se escapa en cuanto a responsabilidades concierne. La ignominia institucional necesita para completarse y hacerse fuerte de la pasividad civil. La vieja teoría del yin y el yang, que, aunque diagnosticada hace la tira de años en el lejano oriente, brota altiva así que se le dé la menor oportunidad en cualquier rincón infectado por la huella humana. Nada nuevo bajo el sol.
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© febrero 2011
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miércoles, 12 de enero de 2011



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¡ANIMALITOS!
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¿Cómo consiguieron sus antiguos habitantes erguir aquellos mastodónticos bustos en las laderas de la Isla de Pascua? ¿Adónde van a parar las aeronaves y los barcos que desaparecen desde hace décadas en el famoso Triángulo de las Bermudas? ¿Existe vida inteligente en otros planetas? Es más: ¿acaso existe aquí, en el nuestro? ¿A qué destinan su tiempo los y las estudiantes de Ciencias de la Información, vulgo Periodismo, durante su paso por las aulas? He aquí un escueto listado de enigmas a los que el Hombre, animal racional por excelencia, aún no ha sabido ofrecer respuestas satisfactorias. Por supuesto que se barajan hipótesis más o menos plausibles para explicar lo de los cabezones de piedra: pudiera haber sido un ingenioso sistema de transporte a base de rodillos de madera estratégicamente colocados en el suelo, conjetura cargada de lógica. Y lo del misterioso triángulo, quién sabe si un remolino ocasional deglute en un santiamén todo cachivache habitado que ose surcar la zona. A lo mejor se trata de un gigantesco desagüe y sencillamente nadie ha conseguido hasta la fecha plasmar en imágenes el trágico momento de la succión. En cuanto a lo de la inteligencia en las galaxias interestelares, al menos estaremos de acuerdo en que primero habrá que consensuar una definición inequívoca sobre el propio concepto de “inteligencia”, para evaluar después dónde la hay y cuánta. Todos temas de máximo interés, no seré yo quien lo niegue, pero cuestiones menores a fin de cuentas. Menores desde luego si las comparamos con el último de los ejemplos expuestos, la indescifrable incógnita de en qué emplean varios años de su vida los jóvenes que un día, por sólo sabe dios qué motivos, decidieron dedicar parte de su existencia a formarse en el ínclito oficio de periodista.
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ESTIGMA [autorrelatos]
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© enero 2011
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lunes, 3 de enero de 2011


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ESTIGMA
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–¡Entre ellos que se solucionen sus problemas! –corta la gallina haciendo un gesto despectivo con el ala–. ¡A ver si ahora vamos a tener que lamentarnos también nosotros por sus desdichas! Ellos son los agresores, que hasta los humanos víctimas de sus congéneres nos tienen por objetos, como dice Rita. Llevamos el estigma de “animales” aquí en la cocorota –se da golpecitos en la cabeza–, marcado a fuego. Si eres animal en la Comunidad humana estás perdido, no eres nadie. Basura. Tal vez tengas suerte si eres un perro de raza, pero se trata de excepciones contadas si nos atenemos a las cifras. En cuanto a la consideración que les merecemos, un animal es una mierda en la Comunidad humana. El estigma nos acompaña siempre, desde nuestro nacimiento perfectamente controlado, hasta nuestra muerte perfectamente mecanizada. Toda nuestra vida, la única que tenemos, “perfectamente” explotados día a día, hasta el final. ¿Queréis que os dé cifras de cuántas de mis compañeras perecen desangradas en una sola mañana, colgadas de las patas como si fueran (fuéramos) racimos de uvas, pasadas a cuchillo por operarios que luego van a la huelga para exigir sus derechos sindicales? ¡Hace falta tener poca vergüenza! Ellos tienen potentes organizaciones que defienden sus intereses, sus derechos, hasta los más nimios. Derecho a esto: ¡claro!; derecho a lo de más allá: ¡estupendo!; derecho a tal y cual: ¡cómo no, sólo faltaba! Y eso está bien, conste, yo haría lo mismo, pero… ¿cómo puedes pedir para ti un aumento de sueldo mientras colocas las cuchillas nuevas que rebanarán el gaznate a diez mil seres inocentes? –la gallina pone tal énfasis y pasión en sus palabras que nadie osa interrumpirla–. Yo misma estaba destinada a la cadena, y allí hubiera acabado de no ser porque el camión volcó en una zona solitaria… Tampoco es cuestión de soltaros aquí la chapa, que cada cual tiene su historia y su drama particular. ¡Pero no seré yo quien derrame una sola lágrima por los humanos, pobrecitos, los asesinos! Además, tienen suficientes organizaciones como para defender sus intereses, vuelvo a lo mismo. Que los colectivos que defienden a los animales apenas tienen recursos económicos, casi ni se les da cancha en los medios, y encima tienen que aguantar la matraca de “primero están los humanos”, que a mí eso me enerva si cabe más todavía. O sea, que defienden la idea de que deben prevalecer los derechos del torturador sobre los del torturado, porque es exactamente eso lo que encierra la afirmación. Yo te encierro a ti y a otros diez mil en naves infectas para quedarme con tus músculos y hacer un guiso, yo te torturo en las fiestas del pueblo y convierto el espectáculo en arte subvencionado, yo te fusilo y me las doy de guardián del medio natural, yo introduzco espuma de afeitar en tus ojos mientras te mantengo amarrado para que no escapes y voy de salvador de los enfermos, yo te despellejo vivo para robarte tu piel y dejo que mueras en la más terrible de las agonías… Pero cuando , animal ultrajado, secuestrado, apaleado hasta la muerte por el capricho más grosero, cuando , animal marcado con el estigma de “animal” te quejas por tu condición de ser inferior, por tu papel de paria entre los parias, y me pides responsabilidades a mí, al agresor, al que empuña el arma ante el desarmado, al único responsable de tu inmensa desgracia, entonces sales con lo de que estás primero. ¡Claro, muy normal! ¡Toda esta puta historia es muy normal, amigos! O sea, primero –señala con el dedo a un imaginario ser humano que tuviera enfrente– y después yo. O mejor dicho, siempre y nunca yo –la gallina, que había ido elevando su discurso a medida que avanzaba, calla de manera brusca, sabiendo que no necesitará hacer ningún esfuerzo para proseguir. Acierta–. Más o menos es así, ¿no, compañeros? ¿He exagerado? ¿La gallina loca ha exagerado? ¿Se le ha ido la olla a la gallina, pobre, todo el día con los focos encendidos encima, que han acabado afectándole el cerebro? –el ave se señala la sien con la punta del ala y describe círculos con ella. El discurso ha finalizado, todos lo perciben así.
Los aplausos son unánimes, y se acompañan de gritos de ánimo. Algunas caras conjugan emoción y rabia, ciertos ojillos se empapan.
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ESTIGMA [autorrelatos]
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© enero 2011
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miércoles, 29 de diciembre de 2010


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MENTALIDAD MEDIEVAL
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Supongo que, como sucede con tantas otras cosas, también esto va por modas. Me refiero a los llamados mercados medievales, que proliferan por doquier desde hace algunos años sin saberse ni la causa ni el porqué de tan advenediza afición, hasta el punto de que no hay población de cierta entidad que se precie que no celebre su feria anual, donde se supone se recrea con fidelidad la vida cotidiana de nuestros antepasados. Tómenlo como lo que es, una apreciación personal y en consecuencia subjetiva, pero a mí estos eventos me dejan entre frío e indignado. Frío por cuanto se exagera hasta lo ridículo la importancia cultural de los mismos, que apenas pasan de ser en la práctica, reconozcámoslo, meros parques temáticos de fin de semana. E indignado porque se da pábulo a una de las épocas más oscuras de la ya de por sí oscura historia humana, pasando por alto las brutalidades cotidianas de que eran objeto en tales períodos las mujeres por ser mujeres, los niños por ser niños, y los herejes por ser herejes. Hablamos de una época en la que los detritus corporales eran lanzados por la ventana (acompañados si acaso por un berrido de advertencia, y no siempre), en la que el barrio judío era asaltado con macabra puntualidad cada Semana Santa para vengar a Cristo de sus asesinos, un tiempo en el que la violencia más grosera campaba a sus anchas y hacía de los autos de fe y las decapitaciones los espectáculos preferidos por el populacho. Ésa era la verdadera y hedionda Edad Media, a ver si nos enteramos de una vez, y no tanto la representación pueril que nos regalan hoy en los mencionados montajes escénicos.
Con todo, quizá lo más auténticamente medieval de estos escenarios de cartón piedra sea la mentalidad con que son concebidos, a menudo además por –no se lo pierdan– los correspondientes departamentos de Cultura de ayuntamientos y administraciones varias, con sus responsables electos en cabeza, encantados ellos y ellas de haberse conocido, no dándole importancia a la presencia en la feria de la llama de turno, o mismamente de los tomates, elementos unos y otros bien extraños en el medioevo europeo, creo.

Pero no es su talante sobredimensionado y mentiroso lo que pretendo traer a colación aquí, sino un aspecto que, precisamente por no suponer representación alguna, me parece especialmente preocupante a la par que revelador: la utilización de animales vivos como complemento escenográfico de tales iniciativas. En efecto, y mientras todo lo concerniente al ámbito humano se asume como mera representación –hasta casi lo caricaturesco en según qué aspectos, escrito ha quedado–, el ámbito de los animales permanece como seguramente era en aquélla época: gallinas, palomas, conejos, cabras, cerdos y pavos hacinados en jaulones, formando un zoológico caótico y desconcertante; aves rapaces que deben aguantar atadas interminables horas, obligadas a “actuar” ante un público adocenado que ni se plantea que las cosas no han de ser éticamente correctas por el solo hecho de que estemos acostumbradas a convivir con ellas; un grupo de ocas histéricas por la mala educación de mayores y sobre todo de niños, que de vez en cuando son sacadas apresuradamente por su “cuidador” y obligadas a recorrer un par de calles para que el respetable aprecie desde primera fila tan medieval escena; una triste caravana de burritos sin otro quehacer que transportar durante toda la jornada a sus espaldas a pequeños humanos vociferantes, vigilados de cerca por sus orgullosos papás y mamás, animales a los que una cabezada en exceso prieta les acaba llagando las mejillas.

Ni se contempla por parte de los organizadores la posibilidad real de que los animales no humanos –hablo ahora en general– estén cortados por similar patrón que nosotros mismos, que se amen y se odien por análogos motivos (o aun sin ellos), que exhiban esa inquina a picotazo limpio hasta dar muerte a un compañero de celda que por una cuestión tan trivial como su inferior tamaño ni defenderse pudo. Todo esto es filosofía avanzada para quienes conciben en sus mentes el mercado como una postal abigarrada, donde los humanos se comunican a través de teléfono móvil y hacen desaparecer sus orines con un simple gesto manual, mientras los animales conservan intacto su estatus de antaño.
Y al objetivo hecho del maltrato psíquico e incluso físico de unos seres inocentes que no desean estar ahí, cabe añadir la vertiente educativa, pues lejos de enseñarnos nada importante –o al menos esencial–, estos escenarios lúdicos resultan nefastos para los más pequeños, pues afianzan su imaginario de los animales como meros elementos a nuestra disposición, que como tales pueden ser encerrados, montados y azuzados sin el menor remordimiento de conciencia, por la sencilla y contundente razón de que “simplemente son animales”.

Tuve ocasión de explicarle todo esto y algo más (aderezado con fotografías y vídeos de seres heridos y asustados) a la concejala de turno de no importa qué ciudad, y salí con la nítida sensación de que no entendió apenas nada. Me decía que, “al fin y al cabo”, muchos de aquellos animales eran domésticos, como si tal condición les impidiera sentir la punzada en la herida abierta. Uno está ya acostumbrado a no hacer mella las más de las veces ni aun con los más contundentes razonamientos (léase empatía, qué si no), pero me sigue produciendo escalofríos que sea una mujer, “animal doméstico” todavía en tantas partes del mundo e incluso por estos lares hasta hace bien poco, la que muestre ese terrible letargo moral ante el sufrimiento ajeno gratuito, aunque sean (o debido precisamente a su especial vulnerabilidad) animales.
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© diciembe de 2010
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[*] Escribí este artículo para la revista 4 Patas, de la Asociación Nacional Amigos de los Animales (ANAA).
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viernes, 5 de noviembre de 2010


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NIÑOS DE CUATRO PATAS
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No creo en Dios. Al menos no en el Dios oficial que nos venden las distintas Iglesias monoteístas, el que ha prevalecido en la iconografía religiosa y por ende en el imaginario popular. Hablo del tipo orondo de poblada barba blanca y cara de pocos amigos que un día, por ignotas razones, decide crear el mundo; que se arrepiente de su obra a las primeras de cambio y opta por hacer borrón y cuenta nueva con nada menos que un diluvio universal donde perecen ahogados todos los animales, incluidos los humanos (excepción hecha de Noé y su prole); que dicta a los hombres su única y magna obra literaria, en la que despliega una auténtica borrachera de misoginia y zoofobia a partes iguales. No creo en ese Dios veleta que primero nos da las plantas como alimento y a renglón seguido carta blanca para sojuzgar todo lo que se mueve sobre la Tierra, empezando por la invitación obsesiva a constantes holocaustos de inocentes animales con motivo o sin él. No en ese Padre vengativo e injusto que desprecia el presente de Caín (agricultor) y reconoce el de Abel (ganadero), episodio que da lugar al que se supone primer asesinato de la historia.
Dicho lo cual, tampoco tengo especial problema en aceptar a Dios como idea filosófica, una suerte de “combustible espiritual” que apacigua nuestra angustia existencial. En definitiva, asumirlo como herramienta y pieza que dote de sentido a nuestro puzzle mental y a nuestra presencia aquí, abocados a una experiencia vital finita y desconcertante. No niego por tanto a Dios en este último sentido, por lo que me adhiero a un ateismo no tanto combativo, cuanto pasivo. Si bien no me opongo a Él con vehemencia, creo sinceramente que la forma más racional de nuestro paso por este valle de lágrimas es en su ausencia.

Este –llamémosle así– “ateismo sereno” hace que no frecuente la Casa del Señor, aunque tampoco soy de los que me niego en redondo a dejarme caer por tan particular espacio si la situación lo requiere. Y a veces sucede (léase bodas y funerales). Precisamente no ha mucho asistí a una misa con motivo del aniversario de la muerte de un familiar. Y coincidió el evento con la celebración de las exequias por cierta persona recientemente fallecida. Fue una ceremonia multitudinaria, pues al parecer el finado participaba de numerosas iniciativas sociales y era por ello tan conocido como apreciado. Pero esta larga introducción no tiene otro objetivo que el de encuadrar la historia que deseo contarles, y que tiene su núcleo en el conmovedor discurso que ofreció uno de sus hermanos al final del acto. Con emoción apenas contenida, alabó la figura de quien les acababa de dejar, e hizo un repaso exhaustivo a los familiares más cercanos. Fue entonces cuando incluyó en la lista a Lagun. No al “perro del fallecido”, al de la familia, sino a Lagun. Y lo hizo de una forma tal que yo supe en aquel mismo instante que me sería casi imposible no elegir esa precisa escena como excusa perfecta para mi artículo mensual. Tras la mención a esposa, hermanos e hijos, el balbuceante orador nos espetó un “…y aunque algunos de vosotros podáis considerarlo improcedente, también quiero mencionar a Lagun, nuestro niño de cuatro patas”. Yo no sé a ustedes ahora, pero a mí me embargó entonces la emoción, y sobre todo me asaltaron multitud de reflexiones al respecto. Y me gustaría hacerles partícipes a través del presente texto de al menos tres de ellas.

Diré en primer lugar que me pareció bien ilustrativo ese preludio del “aunque pueda pareceros improcedente”. Quien hablaba era consciente de que en efecto así se lo parecería a una parte significativa de los presentes (aunque entiendo que nadie se lo demostró tras la ceremonia, dadas las tristes circunstancias, lo que en cualquier caso no cambia un ápice ni el escenario ni sobre todo el fondo de la reflexión), e incluso pueda ser que él mismo necesitase el apunte para no sentirse incómodo. (Tómese esto último como simple conjetura personal). La escena demuestra que, a pesar del lastre moral que nos atenaza y hasta nos secuestra en nuestras emociones, éstas permanecen ahí como una realidad irrefutable. Nuestra ética, y con ella nuestra sensibilidad, nos da un toque en cuanto tiene la menor oportunidad, como si no estuviera dispuesta a perdernos definitivamente sin al menos luchar hasta el último hálito por sacarnos a flote. La confesión pública de afecto que supone el reconocimiento a Lagun en tan dolorosa tesitura supone en realidad una salida del armario no declarada. Las ideas religiosas, con toda su carga irracional, deben cambiar con urgencia si quieren detener la sangría de creyentes. Y acaso la fórmula sea más sencilla de lo que sus líderes creen: quizá consista en incluir de una vez por todas a la naturaleza en general y a los animales en particular como parte de su ideario.

La segunda cuestión atañe al hecho de que “los animales son nuestra familia”, y ello hace que demasiadas veces tan arrolladora evidencia necesite ser maquillada e incluso ocultada por quienes así la perciben. Llegados a este punto, me parece apropiado rescatar cierta expresión que le oí a un profesional de la psiquiatría con motivo de una [magistral] conferencia sobre los perjuicios que puede causar y de hecho causa a los humanos la agresión a los animales. En un momento dado de su intervención, el ponente habló del “duelo no autorizado”, refiriéndose al hecho de que vivimos en una sociedad que no acepta (no autoriza) todavía el duelo abierto, sincero y público por los animales. No creo inventarme nada si digo que la natural congoja que nos oprime cuando perdemos a nuestro querido perro, gato, o hámster, no puede ser compartida sino con ciertas personas que sabemos como nosotros. Se crea así una suerte de “subgrupo invisible”, no oficializado, compuesto por miembros que se saben especiales, y que por ello corren riesgo real de ser amonestados por la comunidad. Percibo que una decreciente mayoría sigue viendo desproporcionado –cuando no ofensivo– que nos aflijamos por Lagun en según qué grado. Por eso cuando nos abandonan sentimos la necesidad de desahogarnos con quienes sabemos nos comprenderán en nuestra inmensa desdicha. Continuamos alimentando la cultura de la represión emocional. La heredamos de nuestros mayores y se la endilgamos a nuestros descendientes sin hacerla pasar por el tamiz del escrutinio ético. Y ello no puede traernos sino mayores dosis de racanería moral, cuando lo que de verdad urge es abrir las puertas de par en par a nuestras sensaciones más puras.

Y hay, en fin, una tercera reflexión que me provoca el pasaje referido: la que presupone que manteniendo una prudente distancia emocional, e incluso un manifiesto desafecto hacia todo lo no humano agradamos a Dios. ¿Por qué presumir que actuamos correctamente con los animales, con nuestros “niños de cuatro patas”, y que el Sumo Hacedor está de acuerdo con tanto dolor infligido a inocentes en las situaciones más gratuitas? ¿Nunca se nos ocurrió pensar en un Dios animalista? Quién sabe si la incapacidad divina para impartir justicia en este inmenso matadero afecta por igual a humanos y bestias, es decir, que, por razones que escapan a nuestra comprensión, el Altísimo se muestra en igual grado incapaz de hacer efectivos algunos de sus famosos atributos cuales son entre otros su omnipotencia y su infinita bondad. En definitiva, y puestos a creer en algo tan extraño como un tipo que decide ponerse manos a la obra y crear este extraño proyecto que surge de la nada y a la nada parece conducirnos, no sería desde luego estrafalario imaginar un Dios afectuoso con los animales y por tanto furioso con nuestra agresiva actitud hacia ellos. Es más que probable que nos equivoquemos con estrépito al pensar que alguien tocado por una absoluta bondad, al tiempo que infinitamente ecuánime, pueda dejar abandonados a su suerte a los más inocentes entre los inocentes. Si acaso toda esta locura tiene algún sentido, me abono a la hipótesis de un Dios animalista, que cometió el craso error de dejar en manos humanas algo tan particular como su legado literario, conociendo a ciencia cierta que redactaríamos un texto a nuestra imagen y semejanza, y no tanto a la suya. Pero entonces lo de la infinita sapiencia divina también se desmorona.
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© noviembre 2010

[*] Los amigos de la Fundación Altarriba tuvieron el detalle de invitarme a participar en este ilusionante proyecto: la revista on-line ALTARRIBA [+MÁS. Mis mejores deseos en esta nueva andadura.
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jueves, 28 de octubre de 2010



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ESTIGMA [autorrelatos]
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Estimados amigos y amigas:

Tengo el gusto de presentaros mi segundo libro: ESTIGMA. Se trata esta vez de una colección de veinticinco relatos breves –algunos no tanto– a través de los que abordo ciertos eternos temas que acompañan al ser humano desde siempre: el amor, las ideologías, la banalidad, la violencia, la fatalidad, la mentira, la fragilidad de la vida… Aspectos de nuestra naturaleza que como tales seguirán formando parte de nuestro equipaje en lo que nos queda de camino, mucho o poco.

Este libro habla también de un tal Mariano Rajoy –a la sazón Ministro del Interior–, que rectifica y pronuncia bien Segi, con ge suave. De una niña que interpela a su papá sobre el tono moreno de su piel. De un desayuno ilusionante. De una estación fantasma. De un acalorado debate televisivo. De un rey agobiado por no saber de dónde proviene la expresión “sangre azul”. Del tórrido encuentro entre la doctora jamona y su paciente impaciente. De un parque con personalidad propia. De un pescador aburrido. De periodistas que dejan huella y hasta profundas cicatrices. De perros que no muerden. De una reunión clandestina.

Se trata de textos cargados de humor y sin embargo a menudo en clave reivindicativa (¿por qué ambas cosas deberían excluirse mutuamente?), y sobre todo supone un abierto convite a la reflexión.

Los animales pueblan por derecho propio muchos de los relatos –algo inevitable, supongo, en mi caso concreto–, y aun se erigen en protagonistas de algunos de ellos. Precisamente el último, un contundente y descarnado alegato animalista, presta su título a la obra.

Los textos se acompañan de bellas ilustraciones creadas en exclusiva para este trabajo por Carme Fitó, en su día dibujante y escultora profesional, hoy dedicada a la antropología. Agradezco desde aquí efusivamente su disposición personal, así como reconozco el resultado de su trabajo. Moltes gràcies, Carme!
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