viernes, 26 de agosto de 2011




IMVÉCILES

Como protocolo personal e intransferible, trato siempre de ponerme en carcasa ajena (la consabida y nunca bien ponderada empatía), especialmente en la de aquellos que se comportan de una manera para mí enigmática, intento comprenderlos, aprender que acaso haya razones más allá de la ética propia que doten de sentido a según qué comportamientos, por abyectos que parezcan prima facie. Quizá sea esta la mía una forma como otra cualquiera de tara mental, y yo un perfecto inconsciente, quién sabe. Es así que he llegado a “comprender” –el entrecomillado no es vano, entiéndase la afirmación en su contexto– al maltratador machista, al militante etarra, al vecino de Tordesillas mediado septiembre. Afronto ese esfuerzo empático, sobrehumano por momentos, para llegar en ocasiones a ver el mundo desde su óptica y poder por ello ejercer una objetiva crítica sobre todos, por cuanto promueven e incluso ejecutan actos en sí mismos injustos: atentar contra los intereses elementales de una mujer inocente, los de un policía, los de un toro. No alcanzo a percibir diferencia alguna –lo dije antes cientos de veces y queda aquí corroborado, firmo y rubrico– entre las realidades recién mencionadas. Lo dejo ahora claro si antes no lo hice, y establezco la oportuna precisión, que siempre fue hecha y con frecuencia no entendida, mucho me temo que con la también oportuna consciencia y hasta mala baba, pues es agosto mal mes para ciertas declaraciones a la prensa, por aquello del parón liguero y hasta político, que de lo que se cría se come. La precisión a que me refiero pasa por equiparar la terna de escenarios desde su carácter indeseable para la víctima, con independencia de su condición social, y por supuesto de su especie. Se muestran tales factores –vagina de serie, uniforme, cuernos– por completo irrelevantes a la hora de calibrar lo indeseable de una acción para quien soporta sus efectos. No procede por tanto hablar aquí de grado, sino de la etiqueta moral que se asigna a dicha acción. Así, a bote pronto y respecto a la calidad del acto, no se adivinan muchas posibilidades: o es bueno (deseable), o malo (indeseable), o neutro (indiferente, pues a nadie causa ni bien ni mal). No resulta deseable para ella recibir una tunda de golpes de su pareja, como no lo es para el agente saberse deseado como diana, un certero tiro en la nuca; tampoco para el toro que cada septiembre se ve acosado por una turbamulta borracha de tradición, me importa menos si también de alcohol, la locura medieval desatada en pleno siglo XXI en medio de una alameda polvorienta y tétrica, ellos y ellas enumerando entre balbuceos ante el micrófono la retahíla de argumentos que hacen dudar de su –nuestra– en principio ganada racionalidad. Nunca tuve duda, menos aún diccionario en mano, del carácter criminal del tan traído y llevado Toro de la Vega, orgullo patrio de la ciudadanía local, adscrita, levante el dedo quien se vea capaz de ofrecer una explicación lúcida al dilema, a la misma especie que Gandhi, Schindler, Ferrer.

Quienes organizan, promueven y ejecutan a un inocente son criminales por su propia acción, elegida con tanta libertad como ignominia, y no cabe achacar atisbo de mala fe al definidor, un servidor para el caso que nos ocupa, quien, lejos de insultar, se limita a algo mucho más escueto: emitir un sencillo diagnóstico. Cuando supe que para el crimen de este año han elegido a un reo de nombre Aflijido, y tras larga y profunda reflexión (me refiero a la mía, no a la de ellos), considero que además de criminales les es por igual justa la asignación de imvéciles, y ustedes se harán cargo de la uve si hicieron lo propio con la jota en el nombre del pobre animal, así escrito, con un par, en el programa oficial de fiestas, hecho que sin duda tendrá su docta explicación, porque en el mundo de la imvecilidad cualquier cosa la tiene. Porque se necesita ser muy, pero que muy tonto para decidir que precisamente ese, Aflijido, será quien corra despavorido para huir de los enfermos hasta alcanzar el campo abierto, esperando encontrar allí salida a la pesadilla, pobre ingenuo, se aboca el cuitado a su propia muerte. Los imvéciles de Tordesillas (con las luminosas excepciones que seguro merecen rescate en la siniestra localidad) ni se enteran de que eligiendo a un condenado con tal nombre se enfangan un poco más si cabe en su pozo séptico. Y encima se muestran al mundo ontológicamente incapaces de escribirlo con corrección; ni eso. La gente de Tordesillas se enroca en su propia demencia, abandonados ya por buena parte del país en su absurda cerrazón, dejan pasar cada septiembre el tren de la cordura, contemplan el convoy desde el andén con una sonrisa bobalicona pintada en el rostro, parecen abonarse al suicida “cuanto peor, mejor”. ¿De qué pasta está hecha esta gente? Me hago una y otra vez la misma pregunta y sufro el desconsuelo de no hallar respuesta lógica. Conozco a terroristas que lo fueron –pagaron ya su culpa– por motivos ideológicos, me cuentan en íntima tertulia que deseaban un mundo mejor, que se vieron impelidos a la bomba y a la metralleta por no encontrar otro camino mejor para luchar por algo que creían lícito, que asumieron el daño causado a inocentes como una suerte de “injusticia necesaria”, y a mí también me chirría la definición. Pero ¿qué buscan los tordesillanos cada septiembre? ¿Qué persiguen con su crimen, si no es meramente la burda, cansina repetición de la barbarie? Hoy debo rectificar en mi apreciación tantas veces emitida, y decir que esta gente se supera a sí misma, deja atrás la mera condición de terrorista, para alcanzar mayores niveles morales de perversión que por su propia complejidad fáctica espera diagnóstico y denominación médica. Y encima son imvéciles.
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© agosto de 2011
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miércoles, 3 de agosto de 2011




DON MARIANO


–Ministerio del Interior, dígame…
–Sí, hola, buenos días. Quisiera hablar con Mariano…
–¿Con quién?
–Con Mariano. Mariano Rajoy. No sé si me he equivocado de número…
–¡Ah! Don Mariano. No, no se ha equivocado. Esto es el Ministerio.
–Bueno, pues Don Mariano. Que se ponga, por favor.
–Bueno, Don Mariano no se puede poner. Ahora mismo se encuentra ocupado. ¿Qué desea usted?
–Sí, mire, le explico. Es que acabo de oírle en las noticias, creo que era una rueda de prensa. La cuestión es la siguiente: han detenido a unos chicos aquí, en el País Vasco; se les acusa de pertenecer a varias organizaciones del entorno violento, cosas de política. El caso es que una de esas organizaciones se llama Segi. Y Mariano, Don Mariano, no hace más que decir Seji, con jota. Entiéndame, a mí me da igual, pero es que sólo él lo pronuncia así. Las demás cadenas de radio lo dicen con ge suave. En euskera es con ge suave, es como lo dice todo el mundo. Si usted me lo pasa un momentito, yo le comento el tema para que lo tenga en cuenta.
–Ya… Bueno, como le he dicho, él no se puede poner, pero si quiere yo le paso el recado. Lo único, es que no le he entendido muy bien lo que me quiere decir. ¿Cómo dice usted que se pronuncia esa palabra?
–Segi, con ge suave, no Seji.
–Ajá…
–Mire, es como si alguien dijera de Mariano, Don Mariano, no sé… Mariano Ragoy.
–No, no es Ragoy, es Rajoy, con jota: Mariano Rajoy.
–Pues es ahí donde le voy. De la misma manera que su jefe es Rajoy, con jota, esta organización de la que le hablo es con ge suave: Segi. Ya le digo que es como lo pronuncia todo el mundo.



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ESTIGMA [autorrelatos]



© agosto 2011 .

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viernes, 22 de julio de 2011




DEL BIEN Y DEL MAL
Se atribuye al escritor y político irlandés Edmund Burke el sugerente aforismo según el cual “para que el mal triunfe sólo es necesario que los hombres buenos no hagan nada”. En principio, impecable en contenido y estética. Salvo quizá –y pienso ahora que no es poco– que no queda del todo claro en qué pueda consistir tanto el mal, como ser un hombre bueno.
Me dio por pensar, ejercicio ya de por sí gravoso en los tiempos que nos ha tocado vivir, y llegué a la particular e íntima conclusión de que hemos acabado por no reconocer la frontera que por fuerza supongo ha de dividir al bien del mal en cuanto que conceptos morales, lo que equivale a exhibir una manifiesta incapacidad para diferenciar lo deseable de lo perverso. ¡Casi nada! Y el mayor peligro de tan lúgubre escenario consiste, creo, en la seguridad que mostramos en cuanto al control que se supone ejercemos sobre nuestra ética básica, lo que quiera que ello sea. La cara más amarga del autoengaño colectivo radica en el hecho de verse y creerse intelectualmente autónomo desde nuestra ancestral prepotencia humana.

Recuerdo que hace ya unos cuantos años llegó a mí un cartel firmado por cierto grupo británico de defensa de los animales. En él aparecían dos imágenes, codo con codo, a las que acompañaban en su parte inferior sendas preguntas, tan escuetas como osadas. El flanco izquierdo del pasquín mostraba la patética fotografía de un perro con la cabeza cosida de arriba abajo mediante burda sutura, es de suponer que recién salido por enésima vez del laboratorio de experimentación. El animal dirigía su mirada entre lánguido y derrotado al objetivo de la cámara, en lo que bien podía ser una súplica, un mensaje implorante: “haced de mí lo que queráis, pero poned fin cuanto antes a este martirio”. Bajo la terrible imagen se exhibía un contundente ¿Está bien esto? El lado derecho del póster lo ocupaba otra imagen, protagonizada ésta por un chico encapuchado que sostenía en sus brazos, con evidentes muestras de afecto, a un perrillo atemorizado y jadeante, incapaz por su expresión de discernir entre conceptos antagónicos como amigo y verdugo, pasa mucho en los animales destinados a procrear sin descanso. Debajo de la fotografía se podía leer un ¿Está esto mal?
Ambas interpelaciones encerraban e ilustraban a un tiempo la que personalmente considero una de las asignaturas pendientes de nuestra alabada sociedad de la información, saturados todos por ella hasta el colapso mental. No me negarán que la cosa tiene su miga, pues se habrán percatado de que, de ser cierta la conjetura en algún grado, estaríamos siendo esclavizados por aquello que se supone nos regala la libertad. No se necesita subrayar que las antes referidas preguntas trataban de orientar sobre qué cosas hemos acabado por asumir como bueno o malo, sin que barajemos la posibilidad de que la parejita de epígrafes nos venga dada por determinado esquema mental, perfecta y conscientemente urdido a su vez por la maraña de lo que denominamos “esferas de poder”, o “poder” a secas. Deberíamos aceptar, aunque solo sea en calidad de mera hipótesis, la posibilidad de que uno de nuestros esenciales problemas como comunidad moral pase por que nos tragamos sumisos todo cuanto nos es ofrecido, sin siquiera plantearnos que ello pueda ser superficial, y como tal prescindible. Obviamos pasar por el tamiz de cada cual las verdades oficiales, para descubrir quizá que en efecto a veces lo son, y para hallar con inusitada frecuencia que lo cierto y lo oficial ocupan esferas separadas.

Si estoy equivocado en la apreciación, al menos podré decir que el error es mío y de nadie más, pero intuyo de manera nítida que los animalistas detenidos –y puestos en libertad con cargos, algunos tras pasar en la cárcel varias semanas– bajo diversas acusaciones, entre otras la de liberar animales encerrados en pavorosas condiciones por su piel y que por su piel iban a ser eliminados en masa. Lo que acaso de verdad menos importe en toda esta historia, digo, es que los imputados sean o no responsables directos de los hechos que encierra el sumario. Quizá lo grave del asunto, compartido tal vez con la tragedia personal que supone la privación de libertad o la amenaza de perderla, sea que continuamos sin saber a ciencia cierta en qué consiste en definitiva el mal y el bien.
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© julio de 2011

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miércoles, 22 de junio de 2011


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LEYES QUE NO HAS DE CUMPLIR
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El establecimiento de leyes (normas, conjunto de textos de obligado cumplimiento para una comunidad política dada) es tan viejo como la Humanidad, y responde precisamente a nuestra propia naturaleza ética. En calidad de seres morales, clasificamos nuestros actos en “buenos”, “malos” o “neutros”, lo que no es sino una forma de etiquetarlos como deseables, indeseables, o indiferentes. Por lo general –y salvo quizá algún caso extremo de anarquismo radical–, nadie cuestiona la necesidad de establecer normas que regulen la convivencia cotidiana, aun sabiendo que ello conlleva un recorte de libertades y de imposición por cuanto a nuestro comportamiento. (Procede recordar aquí aquello de que “la libertad de uno acaba donde empiezan los derechos de los otros”). Así las cosas, y mientras no devengemos en seres impolutos, abrazando el nivel máximo de virtuosismo moral, parece por completo razonable que organicemos nuestros actos, recortando lo que haya que recortar de unos para dar a otros lo que merecen: eso que llamamos “derechos”. Estamos en definitiva ante el juego de la justicia en su expresión más elemental y comprensible.
¿Quiénes establecen dichas normas? Un segmento de ciudadanos que por su especial cualificación tienen capacidad para hacerlo: técnicos, políticos, abogados… Y las pautas aprobadas han de verse cumplidas por la comunidad en pleno, o al menos por esa parte de la comunidad a la que podríamos calificar de “éticamente activa”, es decir, el conjunto de miembros a los que por su capacidad intelectiva cabe exigir tal cumplimiento. Pero, si bien este extremo no se presta a excepciones, estaremos de acuerdo en que determinadas entidades, asumido su propio rol en la aventura de la convivencia, deben observar especial celo en ese cumplimiento, fundamentalmente por dos razones: por un lado, constituyen el paradigma comunitario en su calidad de gestores, el espejo donde mirarnos el resto de miembros de la tribu; por otro, fueron ellas quienes diseñaron y aprobaron la norma. Por cualquiera de estas razones por separado, y por ellas como un corpus indivisible, el incumplimiento de la norma se torna [mucho] más grave si quien la degrada o incluso la desprecia es la misma Administración.

Estoy seguro de que una significativa mayoría entre quienes leen estas líneas han sufrido en sus propias carnes la desagradable sensación de comprobar cómo esa Administración (padre y madre de la Comunidad política, nunca está de más recordarlo) hace oídos sordos en concreto a la normativa de protección animal (de eso hablamos). Hechos tan elementales –pues ni siquiera se prestan a equívocos o interpretaciones subjetivas– como la donación en forma de premio animales vivos, proscrita por casi todos los textos en nuestro país, se ve con frecuencia incumplida incluso por los Ayuntamientos, y la parte animalista, siempre escasa de recursos, debe armarse de paciencia y envainarse la ira hasta hacer comprender al consistorio de turno que ha de obedecer la ley no ya como cualquier ciudadano o ciudadana, sino con mayor entusiasmo y celo que cualquier otro agente social.
En general, España se caracteriza por ser tierra abonada a las más abyectas barrabasadas en materia de crueldad animal, y, siendo así, no debería sorprendernos que la mera denuncia te convierte las más de las veces en elemento sospecho, cuando no directamente te coloca en el banquillo de los acusados (conozco casos muy cercanos). El mundo al revés (al menos el mundo decente). El escenario se nos vuelve perverso en el fondo y en la forma, pues hemos acabado por modelar una sociedad donde con mucho resulta más fácil rociar con gasolina a los gatos del barrio para prenderles fuego después y salir indemne, que conseguir un castigo ejemplar para los criminales.

Hay quien afirma que una ley que no se cumple es mejor que no exista, y yo discrepo de esta idea, por cuanto la norma que ya está puede ser restregada por los morros a la Administración que mira para otro lado, o que simplemente no mira, para afearle su conducta y ser señalada con el dedo acusador, recordándole, por qué no, que aquí o jugamos todos con las mismas cartas, o se rompe la baraja. Y “romper la baraja” puede tomarse aquí como simple metáfora, o como advertencia seria a quien corresponda de que la sociedad civil, ninguneada hasta lo humillante en tantas ocasiones, atesora una paciencia finita, y quién sabe si una rabia infinita, pudiendo ser que decida en un momento dado no cumplir su parte del contrato si el poder hace lo propio. Al fin y al cabo, romper la baraja apenas sería una respuesta proporcionada a tanta caradura administrativa.

Pero no quisiera terminar mi espacio sin abonarme a la elucubración gratuita. ¿Qué pasaría si varios miles de personas –hastiadas de que los animales en teoría protegidos por las leyes y despreciados por ayuntamientos, diputaciones y gobiernos autónomos– se negaran a pagar impuestos o hicieran caso omiso a las órdenes policiales? ¿Qué sucedería si, hartos de que los perros abandonados por un atajo de sinvergüenzas sean liquidados a golpe de inyección letal con la aquiescencia de otro atajo de sinvergüenzas, un grupo de ciudadanos dijera basta, hasta aquí hemos llegado, se acabó, rompo mi parte del contrato porque ustedes lo han venido haciendo un día sí y otro también? Imaginen por un momento el escenario.
La desobediencia civil ofreció y sigue ofreciendo luminosos resultados en otros campos, todos referidos a derechos humanos, y uno tiene la secreta esperanza –acaso no tan secreta tras este artículo– de que el Movimiento de Defensa Animal baraje al menos la posibilidad de acudir a ella como herramienta posible, pues que se sepa a nadie ha hecho ascos hasta la fecha.



© junio 2011.


[*] Escribí este artículo para la revista 4patas, de la Asociación Nacional Amigos de los Animales (ANAA).
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martes, 24 de mayo de 2011




La cuestión de los animales, una realidad transversal

Si nos acercamos con espíritu constructivo a la estrecha vinculación que existe entre el fenómeno del cambio climático y lo que se ha dado en llamar la cuestión de los animales, quizá lo más importante que descubramos sea que por separado ambas realidades se nos muestran cruciales tanto desde un punto de vista ético como de autodefensa de especie.
Por lo que a este último punto respecta, sabemos ya que con toda probabilidad el cambio climático supone la mayor amenaza real a medio plazo que acecha al equilibrio del planeta en general, y a la comunidad humana en particular (aunque quizá no sea ésta quien mayor autoridad moral tenga para quejarse, dada su condición de principal responsable). Por mucha credibilidad que concedamos a las teorías “negacionistas”, los hechos (datos) se muestran contundentes, hasta el punto de que algunas de las figuras científicas que abanderaron durante años tales hipótesis han acabado claudicando ante tamaño cúmulo de evidencias. Si no conseguimos contrarrestar –paliar, en definitiva, en el máximo grado posible– los efectos del cambio climático, la mayoría de las variables que hoy asociamos a nuestra cacareada “sociedad del bienestar” habrán cambiado hasta el punto de merecer por parte del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) el calificativo de “apocalíptico”. No es para menos. La temperatura media aumentará lo suficiente como para derretir parte del hielo de los casquetes polares, lo que hará que se eleve el nivel medio del mar, de tal manera que poblaciones enteras de personas se verán obligadas a iniciar emigraciones masivas, generando en sus destinos serios desequilibrios políticos y sociales. Enfermedades ahora endémicas de ciertas zonas se “deslocalizarán” y afectarán a sociedades humanas en la actualidad libres de ellas. Por su propia naturaleza, muchas especies animales no podrán emigrar a zonas más propicias y acabarán por desaparecer, con lo que la biodiversidad se verá seriamente afectada, y con ello el sensible equilibrio ecológico. Aparecerá con todo ello una “severidad” de los fenómenos meteorológicos: sequías, olas de calor, grandes nevadas, desprendimiento de tierras por lluvias torrenciales, huracanes… Desde luego, no resulta sencillo elegir una etiqueta rigurosa para el nuevo panorama, pero la calificación del IPCC no parece exagerada.

Con frecuencia tendemos a pensar que poco puede hacer el “humilde” ser humano para corregir situaciones a escala planetaria, pero la cruda realidad es que no solo podemos hacer algo, sino que somos los únicos capaces de llevarlo a cabo, por ser también quienes hemos generado el conflicto. Pensemos que, por pura responsabilidad cívica, estamos obligados a dar un volantazo y corregir nuestra dirección. La hoja de ruta se presenta bien sencilla. Si la causa principal del calentamiento global son las emisiones de los famosos Gases de Efecto Invernadero (GEI), parece lógico pensar en que una buena fórmula sea cortar esa fuente. ¿Y qué actividad humana encabeza tan fea lista? No es el transporte, como asume mucha gente. Tampoco la polución industrial. Ni te imaginas la respuesta correcta: ¡la actividad ganadera! Sí, es el modelo pecuario al que nos hemos abonado –y al que nos hemos esclavizado– el factor más lesivo de cara al nefasto cambio del clima. Se calcula que este apartado aporta un 18% de todos los GEI lanzados a la atmósfera. ¡Más de la quinta parte de todas las emisiones si añadimos la deforestación para pastos! ¿Creemos de verdad que resulta más fácil prescindir del coche que de la carne? El sentido común nos dice que no. “Por fortuna”, diría alguien con talante positivo. Y tendría razón, puesto que una parte sustancial de la solución está en nuestras manos, o mejor dicho, en nuestra cocina y en nuestro plato.
Sabíamos que un cambio de dieta –escorándola hacia opciones más vegetarianas, o incluso vegetarianas estrictas– resulta beneficioso para nuestra salud, al evitar con ello las innumerables sustancias nocivas que nos venden junto con el filete y el chorizo, al tiempo que incorporamos otras que por defecto incluyen los vegetales. ¿Qué, si no es nuestra propia salud, hará que tomemos decisiones importantes? ¿Quizá la salud también de otros, los más desheredados? Pues también aquí la solución, al menos parcial, está servida, dado que el reparto de alimentos en el planeta no es desde luego ni equitativo ni suficiente. Pero se nos abre un esperanzador panorama si pensamos en que podría destinarse la ingente producción actual de vegetales a los humanos en lugar de ofrecérselos a los animales para obtener de ellos una pírrica “cosecha” proteica, conformando una escena que resulta tan obscena como parece, por cuanto, para satisfacer no tanto nuestras necesidades nutricionales, sino más bien nuestros caprichos culinarios más superficiales, ofrecemos a vacas y pollos ocho kilos de proteínas… ¡para obtener uno solo! A la vista de los hechos, quizá el pomposo apellido de “racionales” nos venga un poquito grande.

Una parte sustancial de la opinión pública –con independencia de su posible actitud remolona ante la evidencia, es decir, su egoísmo– simplemente desconoce por completo el peso específico que tiene la dieta en el fenómeno del cambio climático, y ello mismo debería llamarnos poderosamente la atención, pues está claro que ni los medios de comunicación ni los propios organismos oficiales que sacan pecho como abanderados de la lucha parecen de momento interesados en darle al citado factor la dimensión que sí le conceden los datos.

Como se ha indicado, hay quien califica de “apocalíptico” el escenario al que nos enfrentamos si se cumplen no ya las expectativas más pesimistas, sino sólo una porción de ellas. Pero si los animales pudieran alzar la voz y verbalizar su tragedia es seguro que nos recordaría con cierta ironía que ellos viven de facto instalados en pleno apocalipsis desde hace mucho tiempo. En efecto, resulta difícil reservar un calificativo más amable al trato general que les ofrecemos en la actualidad, vistos y comprobados los efectos resultantes. Todavía demasiada gente vive en el convencimiento de que los malos tratos a los animales se limitan al abandono de perros en verano, a las corridas de toros, y tal vez a la caza de especies emblemáticas como las ballenas o las focas. Todas esas realidades generan desde luego un gran sufrimiento en las víctimas, y la muerte a la mayoría de ellas. Sin embargo, y abonándonos a la estadística con el siempre loable objetivo de ser rigurosos, los mencionados espacios de violencia apenas suponen un puñado de arena en el desierto. Si de sufrimiento tratamos, el gran montante se lo lleva la práctica de la ganadería, que además sufrió un drástico –y dramático– cambio a mediados del pasado siglo al popularizarse la estabulación de animales de abasto, quienes hasta entonces habían disfrutado al menos de libertad de movimientos durante casi todo su periodo vital, lo que les permitía establecer un vínculo emocional con el clan y disfrutar de su propia existencia. Pero todo se truncó para cientos de millones de individuos con la reclusión forzosa de un cada vez mayor porcentaje de los mismos, al punto que hoy la casi totalidad de ellos (hablamos de las sociedades industrializadas) pasan sus días imbuidos en estrechos cubículos, separados hijos y madres desde sus primeros días, despojados ellos y ellas de buena parte de sus necesidades físicas y emocionales, y trasladados al matadero en plena juventud para ser sacrificados en masa.
Hablábamos antes de porcentajes, y procede ahora recalcar que ocho de cada diez animales manipulados por el hombre se destina a comida: ¡el 80% del montante total! Y la escalofriante cifra se traduce en drama al percatarnos de que ese inmenso sacrificio no responde de ninguna forma a la categoría de “vital” o siquiera “necesario”. La aséptica expresión “cuatro quintas partes” conlleva en la práctica varios miles de millones de vacas, cerdos, pollos, ovejas, conejos, caballos, peces, y tantos otros colectivos zoológicos que acaban en nuestros platos, enteros o troceados, como comida, cuando ningún estudio científico ha sido capaz hasta nuestros días de demostrar la necesidad fisiológica de su consumo. Más bien al contrario, todo apunta a que, desde un punto de vista estrictamente empírico, el abandono de los animales como bien de consumo en nuestra gastronomía y su sustitución por la consiguiente dieta vegetal equilibrada supondría un extraordinario avance por lo que a nuestra salud colectiva concierne. Si lo analizamos desde una óptica positiva (¿cómo si no?), necesitamos muy poderosas razones para rechazar una fórmula que sin duda mejora la salud de todos los intervinientes, sean éstos víctimas o verdugos.

Aun en el caso de que la cruel y masiva explotación de inocentes –cualidad esta esencial a la hora de diagnosticar la situación desde una evaluación ética– no tuviera relación alguna con otras realidades en sí mismo destructivas como el cambio climático, tal circunstancia no restaría un ápice a la necesidad urgente de revisar nuestro comportamiento para con ellos, los animales. Pero el hecho de que exista una clara e innegable vinculación entre ambos fenómenos debería conducirnos sin atisbo de duda a una autoimposición colectiva en el sentido de efectuar un giro drástico en nuestra forma de manejarnos en el mundo, que es, recordémoslo, tan nuestro como suyo.

Así las cosas, y comprobadas las [obviamente] indeseables consecuencias que tiene la ancestral costumbre humana de recurrir a la carne y al pescado como elementos gastronómicos, parece claro que deberíamos reducir de forma significativa nuestro consumo de animales (¿hacernos vegetarianos?) por razones que responden no a una sola motivación, sino a un amplio abanico de hechos irrefutables: ética compasiva, medio ambiente, justicia social… Los devastadores efectos del cambio climático para la comunidad humana actual –pero sobre todo para las venideras– debería suponer suficiente aval para la acción, pues vemos que todos estos caminos constituyen en realidad uno solo, o como mínimo que confluyen en un mismo punto, pues cada realidad aconseja idéntico proceder incluso ignorando a sus compañeras de viaje.
Conocida la con frecuencia poco gratificante naturaleza humana, muchos y muchas de quienes acaban de leer este apartado habrán fruncido el ceño con disgusto, al verse a sí mismos en la “ardua” tarea de tener que corregir algunos de los hábitos más arraigados en su subconsciente. Sin embargo, pensemos que, precisamente, si de “corregir” se trata, es porque en la actualidad cometemos un error de bulto al empeñarnos en algo que atenta contra los derechos fundamentales de un ejército de inocentes (los animales), nos pone al borde del precipicio con el cambio climático, y hasta socava nuestra salud colectiva e individual, el tesoro más preciado por cualquier ser sensible. La propuesta de una profunda reforma en nuestra dieta supone a la vez una luminosa solución a la mayor catástrofe que nos amenaza como comunidad biológica y cultural, al tiempo que también lo es para finiquitar la más devastadora realidad de la que quepa responsabilizar a una especie de corte moral como la nuestra. Siendo así, y por encima de los esfuerzos que un cambio de mentalidad global puedan conllevar, deberíamos sentirnos inmensamente felices de haber descubierto la fórmula –no tan secreta esta vez– para atacar en un mismo empeño dos apocalipsis. O más. ¿Acaso no es ésta una excelente noticia?
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© mayo 2011.


[*] Este texto sirve de prólogo a la guía del proyecto Construyendo criterios para un consumo ético y responsable, llevado a cabo por la Asociación para la Defensa y Protección de los Animales (ADPA), en colaboración con la consultoría contra el cambio climático Factor CO2.

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jueves, 12 de mayo de 2011


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¡PUTOS MOROS!
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No era desde luego un domingo más de elecciones, sino un “trágico domingo de elecciones”, habida cuenta de la incalificable masacre acontecida apenas ochenta horas antes en Madrid. Imaginen una de las docenas de miles de mesas electorales distribuidas a lo largo y ancho del país, sin otro comentario entre sus comensales que el mayor atentado terrorista cometido en la historia de Europa, descartada ya por los unos la autoría de ETA, aferrados los otros todavía a la esperanza, es decir, al hecho de que en efecto hubiera estado la organización vasca detrás de tamaña locura. Porque aquí, no nos engañemos, cada cual hace sus cuentas, sean rojos, azules o fucsias, y aunque –quiero pensar– no jalean a los malos para que hagan según qué maldades, una vez hechas, tampoco pasa nada si recogemos los frutos sin siquiera esperar a que oscurezca, por aquello de la discreción. Volvemos a la mesa, si les parece. Compuesta por el grupo de ciudadanos a quienes ha tocado en suerte (¡menuda gracia!) constituirla con el consabido presidente y sus auxiliares. Unidos a ellos los representantes de los partidos que se presentan al reparto final del pastel, o al menos los emisarios de las formaciones con mayores recursos humanos. El Partido Popular, un poner. Javier Maroto, otro poner. Ambos, partido y aspirante a concejal, sin el menor atisbo de ficción por cuanto a este artículo respecta. ¡Putos moros!

La autoría de ETA hubiera abonado el victimismo de quienes de él viven en buena medida desde hace décadas, encantados de la vida no pocos de llevar escolta, pues sabido es que eso te da un halo de importancia y hasta de glamour que el resto de los mortales no podemos siquiera imaginar. (Sé de lo que hablo, así que pueden ustedes pensar lo que le dé la real gana). Pero las cosas “se tuercen”, y las piezas no acaban de encajar ni forzándolas, lo que pone nerviosos a quienes en ese momento ostentan el poder, sabedores de que la mentira constituye apenas una herramienta más de su diaria gestión. Con lo que, si hay que forzarlas, las piezas se fuerzan. Y se descuelga el teléfono desde las más altas instancias para llamar a este y a aquel periodista, como si de un corpus indivisible se tratara: política y medios. Mas la verdad sólo tiene un camino, y cuando las cosas no pueden ser y además son imposibles, tarde o temprano las aguas van donde tienen que ir. Y la mentira pasa factura al partido en el poder, que, habiéndose visto un cuatrienio más en la poltrona, observa ahora atónito cómo unos putos moros hacen saltar por los aires, además de unos trenes atestados de gente, sus esperanzas más íntimas. ¡Nos han jodido bien estos cabrones!

Dicen que todos tenemos un pasado que ocultar. Y, siendo humanos, supongo que igualmente los políticos lo tienen. Pero no me refiero a sus cuitas íntimas (sexuales, vaya), apartado que a nadie importa y que a todo el mundo interesa, sino a cuestiones de mucho mayor calado, como los comentarios que sueltan por esa boquita quienes nos representan en las instituciones, sean éstas de alto copete o una pedanía perdida en la sierra. El Ayuntamiento de la capital de Euskadi, verde que te quiero verde, se prepara para ofrecer solemne su sillón al impoluto Maroto, repeinado hasta la náusea y apestando a colonia de alta gama. Maroto, que lamentaba entre dientes –o no tanto– la autoría fatal de los yihadistas, con lo bien que les hubiera venido la confirmación de la autoría etarra.

En fin, que aquí estamos de nuevo inmersos en plena campaña electoral, siempre idéntica y siempre distinta. Con sus mítines endogámicos y sus encuestas amañadas, sus conexiones televisivas en directo justo en el momento álgido del discurso del líder, que esta vez se descuidó y salió por un momento mirando de reojo a la cámara, presto a la señal convenida, cosas de la bisoñez politiquera que, como la misma juventud, se cura con el tiempo. En fin…



© mayo 2011

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lunes, 25 de abril de 2011


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SUBLIME ACTO DE AMOR EN LA BARRIGA
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No me agradan los tatuajes. Tampoco es aquello de presentar candidatura para liderar un movimiento que los condene y solicite mediante recogida urbana de firmas su prohibición. No es eso, desde luego. Pero para quien suscribe, y sin otras connotaciones periféricas, un tatuaje en el pellejo de una chica hace que su nivel de seducción descienda varios puntos. Siendo así, hace bien poco conocí la excepción a la regla, es decir, las mencionadas “connotaciones periféricas”. Una amiga me mostró parte de su anatomía íntima –su barriga, para más señas–, allí donde lleva tatuadas cual si de mural riveriano se tratara a sus tres amores: Rosi, Lupe y Maxi. Con tan castizos nombres, bien pudieran ser las componentes marujas de un grupo frikifolclórico madrileño. Pero se trata en esta ocasión de tres perrillas, y el diminutivo no es gratuito, pues apenas superan en conjunto los diez kilogramos de peso, rescatadas todas de la ignominia de la explotación y los malos tratos, si acaso ambas cosas no son la misma.

Rosi y Lupe son dos ejemplares de pura raza, que por ello formaron parte en su día del repugnante negocio de la cría comercial compulsiva, un submundo donde vales lo que pagan por ti, como si los amigos se pudieran fotocopiar y vender al mejor postor. La parejita tuvo que aprender que existe un universo más allá de la cocina y la sala de estar: el aire libre, los paseos, el campo y la hierba fresca. También los otros perros, algunos de los cuales portan cabezas bastante más pesadas que ellas dos juntas, lo que no les impide chulearles en comandita, sabedoras de que ante el menor conflicto serán convenientemente defendidas por su amiga humana.
La historia de Maxi es distinta y al mismo tiempo idéntica. Apareció atada a un banco en las calles de Barcelona. Sorda, ciega, y con una mandíbula inferior reducida a la mínima expresión, difícilmente podía sobrevivir no ya a la vorágine de la urbe, sino a la misma sociedad que considera a un animal con sus características burda “morralla canina”, material de desecho en el estricto significado del término. Apenas tuve ocasión de pasar unos minutos con Maxi, y puedo asegurarles que pocas veces he percibido el concepto de dignidad –en sí mismo difícil de definir, más aún en un can– con tamaña nitidez. Maxi ha encontrado su mundo, y un servidor, descreído por naturaleza, consigue medio reconciliarse con el ser humano cuando la observa jugar a pleno día en su eterna oscuridad, subirse al sofá salvando el desnivel gracias a una pequeña escalera que sus tutores –a punto estuve de cometer la imperdonable torpeza de escribir “dueños”– construyeron para facilitarle la labor, o imbuirse en su camita y lanzar suspiros de placer sabiéndose a salvo de todo lo malo que le tocó vivir ahí fuera. Nadie conoce qué miserias experimentó antes de esta su última etapa, ni el origen de sus múltiples “defectos”. Y, visto el escenario, a uno le da por pensar que quizá exista algo o alguien como un dios celestino que desde su modestia hace que unos y otras se perciban y encuentren en la maraña de la gran ciudad, aunque bien es cierto que tal sensación se diluye a la que te percatas de que la inmensa mayoría de las veces tales cosas no suceden, lo que hace que las maxis de turno acaben sus días en una fría mesa metálica de clínica veterinaria, en el mejor de los casos, u olvidadas en los arrabales de cualquier pueblo, amarradas a una cadena o encerradas en infectos barracones, en el peor. (Me contaba emocionada mi amiga que una de las sensaciones más gratificantes que nunca experimentó fue cuando su querida Maxi ganó cierto premio en un concurso canino de habilidades: imagino que la suya consistió en sobrevivir a la maldad humana).

Mi amiga se hizo tatuar el bajo vientre con sus tres niñas del alma, y eso la engrandece. Sin duda habrá quien crea que se trata de una exageración, cuando no de una mundana excentricidad. Puede que tengan razón quienes así lo perciben y en realidad sea yo el que concede al hecho una trascendencia que en realidad no tiene, pero creo sin atisbo de duda que, tratándose de una decisión dolorosa (me refiero al tatuaje en general, y no lo digo en un plano moral, sino físico), además de indeleble, constituye en sí misma un sublime acto de amor en la barriga. Hay quien se planta ahí el escudo del equipo de sus amores, o a su delantero favorito –ustedes me contarán qué mamarrachada, por muy campeonísimos que sean club y futbolista–, y el portador se convierte en objeto deseado de reportajes revisteros y hasta televisivos. Pero es seguro que la razón que impulsó a mi amiga a llevar para siempre a sus pequeñas incrustadas bajo la piel no despertará en los mismos medios un ápice de interés. Así va el mundo, que sigue sin saber discernir entre lo importante y lo esencial. Mientras tanto, Maxi se abandona a una plácida siesta en su camita cuadrada; sueña que caza mariposas…
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© abril 2011
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