miércoles, 2 de abril de 2014


ESPERANDO A PATTY

Estábamos nerviosos como adolescentes en su primera cita. Y no porque hubiera dado comienzo una nueva primavera, menuda cursilada. El pasado sábado nos examinamos: vinieron a casa dos inspectoras de cierta asociación protectora para comprobar in situ nuestra idoneidad como tutores caninos (vulgo “dueños”). Mi mujer y un servidor hemos convivido con perros durante más de un cuarto de siglo ininterrumpido (salvando las dos semanas entre Arkupe y Koska). Ahora le toca el turno a Patty, un ser diminuto –chica– al que solo conocemos por fotos (lo más parecido a una cita a ciegas), y de la que sin embargo estamos ya perdidamente enamorados. Si pasa con los actores de cine, parece aún más lógico que suceda con quienes van a ser tus colegas de por vida.

Aunque por naturaleza somos gente aseada en lo personal y cuidadosa con nuestro modesto piso, le dimos para la ocasión una limpieza somera, para que las citadas inspectoras se llevasen la mejor impresión posible y nos avalen en la adopción de Patty. Porque esto, reconozcámoslo, ha avanzado que es una barbaridad –me refiero a la gestión de la protección animal–. Yo recuerdo que hace apenas unas décadas las cosas eran como más abruptas y deslavazadas. Hoy, para ser aspirante a “dueño” tienes que rellenar un señor formulario donde lo mismo te interpelan sobre dónde dormirá el animalito que sobre tus planes para las vacaciones del verano. Una vez enviado el documento, una persona te responde amablemente al correo, y te dice que, en calidad de candidato, tu petición será examinada en la correspondiente comisión evaluadora (¡seis miembros!), y que se comunicará el resultado a la mayor brevedad posible, para no hacer esperar a ninguna de las partes, en especial al bichín, que sin saberlo se encuentra en un momento crucial de su vida.

A mí me parece cojonudísimo que las cosas se hagan con este celo y profesionalidad, porque desalmados y tontos del culo hay en todas partes, y si acaso nosotros formásemos parte del club, pues perfecto que se nos niegue alto tan importante.

Cuentan en la red que Patty malvivía en la calle con un hermanito. Que se alimentaba sobre todo de pan, y que por ello estaba desnutrida en su primera visita al veterinario. Hace ya mucho que opté por dejar de intentar comprender determinadas mentes, entre ellas las de quienes permiten y aun fomentan la procreación de perros por puro capricho, porque se ha hecho siempre, o porque un vecino guay les soltó en el ascensor –en lugar de hablar del tiempo, como todo el mundo– aquello de “¡Mira a ver si tu perrilla tiene cachorros y me regalas uno!”. Y, claro, la perrilla tiene cachorros, porque uno es un caballero de palabra y hay que repartir muñequitos a toda la comunidad. Luego, la mitad de los que se apuntaron comienzan a silbar y a mirar para otro lado, y los cachorros se los lleva el primer desaprensivo al caserío o a la huerta y los condena a cadena perpetua, o se los ofrece a los sobrinos para que jueguen un par de tardes, no más, pues ya se sabe que los chavales de hoy se cansan enseguida de todo. Si acaso hay un mal gesto del animalito, agobiado por los chiquillos, se pone el grito en el cielo, se le cataloga como “perro peligroso” y se le tira a un pozo, o se le asesta un palo en la cabeza, que nadie se va a enterar de la desaparición de un chucho que de hecho no existía de manera oficial. ¡A esta gentuza la enviaba yo un trimestre a Bangladesh o a Etiopía, para que conociera de primera mano lo que significa ser un paria entre los parias! Creo de verdad que hay gente que solo a hostias aprende. Y muchos –si saben que tienen el pasaje de vuelta pagado– ni aun así.


Les dejo, porque tenemos que seguir limpiando el inminente hogar de Patty. ¡Ojalá pasemos el examen, y que todos nos disfrutemos!


28 de marzo de 2014


ETB: ENGULLIR RANAS FORMA PARTE DEL GUIÓN

Un entramado de tablas hace las veces de mesa para los comensales, y sobre ella varias cacerolas de barro, cubiertas. Enfrente, a una prudencial distancia y en disciplinado orden, dos grupos de personas vestidas con harapos de diseño esperan órdenes. Se trata de gente que intenta sobrevivir en medio de la selva sudamericana. El escenario resulta “premeditadamente informal”. El presentador, al más puro estilo macho alfa, ofrece las oportunas instrucciones para llevar a cabo la prueba:

“Aquel o aquella que designe el capitán deberá comerse vivos los animales que contenga el recipiente. ¡Suerte!”.

La cámara recoge muecas de repulsa, caritas de asco, pero nadie muestra especial desaprobación ni ética ni estética: forma parte del guión. A una de las concursantes le toca en suerte una rana de considerables dimensiones. Esta, una vez atrapada, patalea con desesperación tratando inútilmente de escapar. Nada extraño, por otra parte: el comportamiento que se espera de cualquier batracio en semejante tesitura. Pudiera decirse que también la pataleta forma parte del guión. La chica le asesta sin pensarlo varios contundentes mordiscos al tiempo que tira de su cuerpo, y acaba por engullir al mutilado animal con absoluta grosería. Se queja de que su víctima “tiene mucho hueso”, a lo que un compañero de aventura, por poner las cosas anatómicas en su sitio, añade: “No te preocupes, que es cartílago”. Arantxa no puede evitar un eructo, y el chiste fácil no se hace esperar: “Es la rana”. Otro concursante desmiembra impúdico una especie de nécora antes de tragársela a pedazos. Uno más descubre en su recipiente una escurridiza anguila, a la que descabeza a dentelladas tras ímprobos esfuerzos. Muestra después el valiente muchacho la prueba de tan insigne hazaña: su boca rezumando sangre.

Así relatado, bien pudiera parecer que la anterior escena corresponde a una peli gore de bajo presupuesto, o a la desquiciante trama de una novela urdida por mente perversa. Pero se trata de la más pura y dura realidad. Más en concreto, hablamos del programa El Conquistador del Fin del Mundo (El Conquis, para los amigos), orquestado por Euskal Telebista (ETB) y por tanto sufragado a escote con el erario vasco, detalle que agrava si cabe el hecho, pero que a las víctimas poco les importa, imagino.

En un capítulo anterior confinaron a dos peces en sendas pozas naturales y obligaron a las concursantes a matarlos a lanzazos. No había prisa por terminar la bacanal, y, con tal de que se cumpliera el guión, el presentador ordenó devolver a uno de los animales a la poza para que siguiera siendo alanceado. La escena termina con los peces heridos de muerte, coleando ya por puro protocolo y ahogándose impotentes fuera del agua. Ganó Arantxa, y perdimos todos. Pero el ansia de sangre de la productora no pareció quedar satisfecha, a tenor de los machetazos que asesta ante la gélida cámara otro participante a una serpiente que pasaba por allí, camino de su casa o dando un paseo matutino, eso ni lo sé ni me importa. Hasta una organización conservacionista lo denunció en los medios, manifestando su desazón porque les habían chafado en unos minutos la labor de años, inmersos como estaban en plena campaña de concienciación escolar para tratar de desterrar de la mente de los niños la absurda mala fama que “arrastran” los ofidios. Yo no entiendo mucho de serpientes, pero supongo que por fuerza ha de dolerles un machetazo en la cabeza, dotadas como están de un sistema nervioso centralizado, como lo estamos de hecho todos cuantos leemos estas líneas. ¿De verdad resulta tan difícil empatizar con quienes compartimos naturaleza vertebrada? Y quizá tenga su gracia lo de arrancar a mordiscos la carne de un cerdo abierto en canal –al menos tuvieron el detalle de que este estuviera muerto–, aunque muchos no conseguimos vérsela por ningún sitio. Será que nos manejamos con un sentido del humor diferente. O que nos hemos leído el Artículo 13.a de la Declaración Universal de los Derechos del Animal. Más allá de la agresión objetiva y gratuita a los animales, estaremos de acuerdo en que estos hechos en poco o nada favorecen la imagen de una comunidad política, la vasca en este caso.

He tomado como punto de partida un caso concreto, pero apenas es este un simple ejemplo del uso y abuso de ciertos animales que se prodiga en determinados programas de televisión: de manera burda en algunas ocasiones, más sutil en otras, pero siempre lesivos para ellos. Siendo así, debe tomarse también este texto como denuncia a todos esos espacios de la tele que recurren a la presencia de animales en el plató como mero atrezzo: tigres aterrorizados por el resplandor de los focos, perros temerosos de los aplausos, y no hablemos ya de los insectos y gusanos que servirán de “asquerosa comida” a concursantes ávidos de fama, por efímera y palurda que esta sea. Y hasta creo que merecería una muy seria reflexión el contenido de [supuestos] chistes y gracietas que desde luego no tienen en cuentan la terrible realidad de la que se nutren.


[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!


abril de 2014

lunes, 30 de diciembre de 2013



NO COMPRES AMIGOS EN NAVIDAD
  
Según cálculos de años precedentes, al menos un cuarto de millón de animales es regalado durante la época navideña. Es evidente que en su inmensa mayoría se trata de adquisiciones compulsivas, sin tener en cuenta las nefastas consecuencias que para muchos de ellos tendrá dicha decisión. Sobre todo en el caso de los llamados “animales exóticos”, bajo cuya denominación podemos descubrir prácticamente a cualquier especie susceptible de rentabilidad económica, sea reptil, roedor, anfibio o insecto. A partir del momento de la compra, la trayectoria de estos desdichados se repite dramáticamente en la mayoría de las ocasiones. La seducción inicial pronto se torna en pereza al comprobar que el animalito requiere en realidad más cuidados de los que nos anunciaron en la tienda. Con independencia de su especie, todos tienen importantes necesidades tanto biológicas como emocionales, que desde luego no podrán satisfacer ni de lejos en un ambiente tan restringido y pobre como una pecera o un terrario, donde apenas pueden guarecerse de la presencia humana, que, dicho sea de paso, ellos siempre advierten como un peligro potencial (¡no saben que se trata de un peligro real y en marcha!). El estrés y una alimentación defectuosa acaba por enfermarles, pero se trata de seres que por su propia naturaleza no consiguen transmitirnos sus estados de ánimo de manera tan eficaz como puedan hacerlo otros más familiares como los perros o los gatos. Se inicia así un proceso de agonía que en el caso de algunas especies de metabolismo lento puede durar meses, hasta que al final acaban en el cubo de la basura, regalados a terceros o soltados en un medio que no es el suyo. En el primero de los casos, con frecuencia permanecen aún vivos cuando son retirados al vertedero. El segundo no suele suponer una mejoría, pues se concibe más bien como una forma rápida de deshacerse de lo que ahora es ya un estorbo, con lo que el periplo no hace sino alargarse. Y el tercer supuesto supone uno de los mayores problemas que hoy existen para el equilibrio ecológico, además de convertir a sus infortunados protagonistas en “especies invasoras”, siniestra etiqueta que las distintas administraciones no tienen recato alguno en colocarles, a pesar de que buena parte de la responsabilidad recae precisamente en los ayuntamientos, quienes en muchos casos están obligados por normativa a exigir cada cierto tiempo a los establecimientos de venta de animales una lista completa de entradas, salidas y datos de los adquirientes. Puedo asegurarles que prácticamente ni uno solo de los ayuntamientos españoles cumple este apartado, a pesar de lo cual algunos emplean dinero público en organizar eventos precisamente sobre las especies invasoras, teniendo cuidado de ocultar una dejación propia tan inadmisible como la mencionada. Ni que decir tiene que las mismas entidades que desprecian la legislación vigente son las mismas que emplean a continuación expeditivos métodos para “controlar” las especies que ocupan diversos espacios naturales. Lo habitual es que la estrategia pase por la eliminación física (muchas veces empleando burdos métodos también ilegales), con lo que al final vemos cómo una injusticia se reproduce en repetidas ocasiones a lo largo de todo el proceso.

Por lo que hace referencia a los llamados “animales de compañía” (mejor los denominamos “animales de familia”), y como norma general, deberíamos negarnos a ofrecer dinero por cualquier animal. Ellos no deben ser considerados simple mercancía, sino seres sensibles similares a nosotros mismos, y por lo tanto merecedores de un mínimo respeto. La cuestión se agrava al comprobar que cada día en España deben ser sacrificados varios cientos de perros y gatos ante la ausencia de una alternativa mejor. Con una tragedia diaria como esta sobre nuestras conciencias, quien tenga la imperiosa necesidad de convivir con un animal de familia debería imponerse la obligación ética de rescatarlo de un refugio. Si la mayoría actuásemos así, tengan por seguro que el problema se vería reducido a la mínima expresión.

Se me ocurren algunos puntos básicos en cuanto a la convivencia con animales, que se pueden resumir en los siguientes:

UNO | Aceptar bajo el epígrafe de “ANIMALES DE COMPAÑÍA (FAMILIA)” tan solo aquellas especies que por su propia historia biográfica ya no tienen un sitio natural en el medio: PERROS Y GATOS.

DOS | NUNCA INTERCAMBIAR ANIMALES POR DINERO. Ello alimenta una concepción mercantilista de los mismos y los reduce a meros objetos de consumo. Además, hace que el montante de animales sin dueño se mantenga y se perpetúe la tragedia.

TRES | Si alguien decide convivir con un animal, debería ADOPTARLO SIEMPRE DE UN REFUGIO o RESCATARLO DE UNA SITUACIÓN TRAUMÁTICA.


Los animales no son objetos de compraventa, sino amigos: POR FAVOR, NO COMPRES AMIGOS EN NAVIDAD.

miércoles, 4 de diciembre de 2013




ARMAS DE DESTRUCCIÓN MASIVA


Adquirió gran notoriedad hace unos años el término “armas de destrucción masiva”, referido al terrorífico arsenal que ciertos países almacenan para tan poco noble propósito como matar personal a mansalva. Creo que también se conoce el pavoroso resultado como “genocidio”, aunque la etiqueta suene algo más añeja. Por muy atroz que se nos presente, al menos no podremos decir los humanos que nos resulte novedoso, pues genocidios hubo desde siempre: el primero nada más comenzar nuestra historia, cuando Caín se cargó él solito… ¡a una cuarta parte de la población mundial, se dice pronto!

Es bien curioso que solamos asociar determinada terminología tétrica con algo lejano, o como mínimo propio de países de culturas muy diferentes a la local… y por supuesto con sociedades regidas manu militari y lideradas por mesiánicos líderes. No nos vemos a nosotros mismos como “armas de destrucción masiva”, cuando sobradas razones hay para ello, si nos atenemos a la devastación que sembramos allá donde plantamos nuestros reales. Hemos convertido el planeta en un inmenso estercolero, y acaso lo peor de todo sea ese suicidio colectivo –invisible pero cierto– que supone el cambio climático.

¿A qué viene todo esto? De momento, les confirmo que en Iraq SÍ había armas de destrucción masiva. ¿Cómo se les queda el cuerpo? Tranquilos, que no le voy a dar la razón a nuestro geyperman ibérico y al chulito tejano. Ellos aseguraron ufanos que en efecto encontrarían un arsenal terrorífico… pero cuando afirmaban eso no tenían en mente platos, cucharas, tenedores y cuchillos.

Si nos atenemos a un par de factores que enseguida comentaré, pueda que la captura, cría, explotación y sacrificio de animales como alimento sea la mayor y más devastadora forma de violencia que pueda achacarse a la comunidad humana. Los factores vienen a ser los siguientes: el número de individuos, por un lado; y su grado de sometimiento (agresión), por otro. En cuanto al primero, confieso que siempre me paralizó la cifra: ¡3000 cada segundo! Pero más paralizado me quedé al saber que el fatídico número refiere en exclusiva a los animales sacrificados en los mataderos, pues no entran ahí los peces, por ejemplo, ni por supuesto los invertebrados, pobrecitos míos. Incluidos todos, nos iríamos a dígitos mareantes… 30.000, 40.000, 50.000 vidas únicas e irrepetibles segadas cada segundo. Soy el primero en reconocer la severa dificultad de colocarme en la “piel” de una nécora o en la “mente” de un bogavante… pero no sé por qué me da que a tan particulares animalillos no les hace ni pizca de gracia que los arrojen a una perola con agua hirviendo. Y no sé por qué escribo que “no sé por qué”, cuando en realidad sí que lo sé. Las nécoras tienen la sana costumbre de huir en dirección contraria al agua hirviendo (¡no hagan esto en casa!), precisamente. Y este simple hecho debería darnos qué pensar. ¿No creen? Y hablo de crustáceos, insisto, de quienes nos separa un foso filogénico importante. Piensen ahora en un ave, y no digamos ya en un mamífero –un perro o un gato, sin ir más lejos–, ya me contarán qué diferencia hay entre nuestro querido periquito y un pollo de granja, entre Toby y un cordero, entre nuestro gato y el conejo que comparte paella cuando era de verdad conejo peludo y saltarín.

En fin, y a eso voy, que aquí les dejo la reflexión, para que la tomen en serio o me pongan verde en el apartado “deja un comentario”, a gusto del consumidor, que para eso están ustedes ahí y yo aquí. Porque, al igual que genocidios, revoluciones hay muchas, y pudiera ser que las más eficaces fueran las cotidianas y personales, pues al menos estaremos de acuerdo en que no habría guerras si cada cual se comprometiera en firme a no participar en ellas, o que la fatídica cifra antes señalada se vería disminuida si de verdad nos planteásemos la real “necesidad” de comernos a nuestros semejantes (lo son las nécoras y los bogavantes en cuanto a que huyen del agua hirviendo, como mismamente huiríamos usted o yo), descubriendo que otra alimentación es posible. Por múltiples y variadas razones, además, entre las que solo una tiene que ver con el respeto hacia los animales. Otro día hablamos de ellas. Que aproveche.



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lunes, 25 de noviembre de 2013



JÚBILO POR EL LLANTO DE UN NIÑO


Hacía tiempo que quería contar esto en alguna parte visible, pues ya lo compartí en conversaciones íntimas con varias personas de mi entorno, y todas asintieron con una medio sonrisa cómplice antes de que acabara mi exposición, lo cual significa que sabían por dónde iba la misma, y que pensaban de hecho igual, pero que, como yo mismo, se habían guardado la sensación para sí, sabedoras de que una parte aún significativa de la sociedad no las comprendería, y aun malinterpretaría con generosa dosis de mala fe su relato.

Al grano. ¿Quién de ustedes no siente un sincero júbilo al percatarse de que es en realidad el llanto de un niño lo que creíamos lamentos de un animalito? ¿A que saben ahora a qué me refiero, sin necesidad de que continúe el artículo? (No obstante, y como quiera que tiene este una hechura formal algo más larga, me entretendré algo en la reflexión). Comprenderán también quienes se hallen conectados a la “empatía transespecífica” el motivo del gozo: un niño tiene por doquier prioridad absoluta, de tal forma que su desconsuelo será mitigado con relativa inmediatez. Incluso allí donde los Derechos Humanos son todavía apenas un raquítico embrión, siendo niño se goza de un estatuto moral muy superior al de cualquier animal, con lo que la dramática distancia se mantiene. Y ese es, creo, el objetivo último de la teoría animalista: equiparar sufrimientos idénticos desde su calidad de indeseables, igualar nuestro compromiso de no dañar a nadie si podemos evitarlo, con total independencia de que sea la víctima gato urbano, fontanero, paloma o reponedor de supermercado.

Por tanto –y si de ser consecuentes se trata–, deberíamos adoptar idéntica postura en caso de hallarnos en una sociedad donde fuesen los bebés los desfavorecidos. Quiero decir con ello que, desde la decencia que por defecto se nos supone, habríamos de sentir entonces un inmenso alivio al comprobar que el lamento proviene de un gatito abandonado, y no de un crío. No sé si ustedes me siguen. Porque reconozcan al menos que contar esto requiere un cierto cuajo, y pretender que encima se entienda a la primera resulta de una ingenuidad carmelita. Saltará una buena parte de quienes lo oyen –que no “escuchen”– con aquello de que “se prefiere a los animales que a los niños”, o al menos “que se prioriza el sufrimiento de aquellos sobre el de estos”. Y en cierta forma es esa la realidad. Mas requiere la sentencia de una cuidada gestión, aunque lo que todo esto necesita de verdad es una postura humanista y bienpensante de quien oye y escucha.

Desear por estos lares –sirve el adverbio para cualquier rincón del mundo– que sea un niño el que berrea no muestra sino un mero acto de buenos deseos, y lo contrario una demostración de inmensa mezquindad. No entenderlo a la primera, hasta comprensible. Soltar pestes a la mitad del relato, una mezcla de ignorancia y racanería moral. Eso es todo, amigos.



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lunes, 18 de noviembre de 2013


BLANCO


Me escribe una conocida mostrando su desazón. También su rabia contenida. Mataron a un zorro blanco. En un primero momento pensé que se trataba de un zorro ártico, y confieso no tener la menor idea de si allá en el norte del mundo está permitido tirotearlos. Pero la noticia proviene de Burgos, del mismo corazón de Castilla. Se trata de un zorro común (tan “común” como podamos serlo usted o yo en calidad de seres humanos, quede claro el apunte), mas con la particularidad de que era blanco. Cosas del albinismo. Dicha “particularidad” cromática resultó ser suficiente para que el tipo que acabó con su vida colgara ufano su foto –la de ambos, uno con sonrisa de oreja a oreja, el otro cadáver– en las redes, y todavía debe de estar contando la hazaña a los amigotes de comando.

Mi conocida me pregunta si no se puede hacer nada contra estos crímenes, y le contesto que mucha gente ya hace cada día lo que buenamente puede, desde el anonimato de su conciencia o desde una organización animalista, según toque y se prefiera. También le añado que, legalmente, poca cosa. En este santo país uno –o una– puede disparar a una bolita de nieve sin que le suceda nada, salvo que le llamen héroe o hijo de la gran puta en Internet. Y puse antes “tipo” por no poner José Antonio García, porque dice llamarse así, como un ejército de españolitos. Ya lo sabemos. Conocemos su jeta de machote ibérico, posando para la posteridad en ese paraje yermo, como mismamente yerma debe de ser la zona empática de su cerebro.

Cuentan que el señor García “se llevó el pasado domingo una de las mayores sorpresas cinegéticas de su vida, por no decir la mayor”. Puede ser. Porque no es cotidiano que te salga al encuentro en el páramo burgalés un zorrito níveo. Y más ahora, con uno menos en la lista.

¿Pero de qué pasta está hecha esta gente? Digo los cazadores, incapaces de desapuntar al objetivo aunque sea un zorrito blanco. Sí, ya sé que lo mismo da blanco que verde pistacho; que igual le duele a uno que a otro, sea zorro, perdiz o trucha arco iris. Pero me ha dado el punto ingenuo, y me pregunto ahora si acaso estos tipos, los José Antonio García de turno, no tienen un rinconcito dulce, aunque sea interino, en eso que llamamos corazón, para dejar marchar por donde vino a un zorro adolescente; que haga el muchacho sus correrías de zorro y que juegue con sus hermanos zorros al escondite, o a lo que les dé la real gana. Recuerdo a un joven De Niro bajando el rifle, “perdonando” al imponente ciervo, y quisiera imaginarme a un García en similar tesitura el próximo domingo. ¿Entienden ahora lo de “ingenuo”?

Siguen el relato de los hechos: El aficionado salió a recechar un corzo, y después de haber intentado dar con el ungulado –¿se puede ser más cursi?–, se encontró  con esta rara especie de zorro albino –¿se es especie por el mero hecho de ser albino, por cierto?– que nunca antes habían visto en la zona,  hasta precisamente la tarde del sábado, cuando atravesó la carretera de la localidad delante del vehículo de un hermano del afortunado cazador, que enseguida puso en conocimiento de su hermano este avistamiento”. ¡Vaya par de joyitas, los hermanos! Se creerán Stursky y Hutch a punto de atrapar al malo malísimo de la ciudad, sin haberse siquiera percatado de que los auténticos criminales son ellos mismos: José Antonio García & friend.

Y relatan igualmente que tras la fechoría llevaron el cuerpo al taxidermista, para que lo “naturalizase”, como si fuera normal matar a un ser pletórico de vida para luego pagar una pasta por conseguir que parezca lo más vivo posible, y supongo que colocar su figura rígida al lado del televisor (¡perdón… plasma!), y quién sabe si deleitarse en su acartonada presencia con documentales sobre naturaleza.

Yo no sé a ustedes, pero a mí lo que más me impresiona de las imágenes es precisamente lo que no aparece: sangre. Un solo disparo, mortal de necesidad, y el zorrito sigue blanco, inmaculado.


[*] Montse: vamos avanzando, de verdad. Mira si no los comentarios que dejan los lectores de esta revista cada vez que se habla de animales. Seguro que impensables hace no tanto. Sé que la paciencia a veces muerde las entrañas, pero es lo que toca si decides estar en la parte buena. 


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jueves, 24 de octubre de 2013


BLACKFISH


–Oficina del Sheriff, dígame…
–¡Necesitamos que venga alguien al parque acuático! ¡Una ballena se ha comido a la entrenadora!

“Impactante y mordaz”; “Fascinante”; “Obligatoria”. Son algunos de los calificativos que la prensa ha dedicado a este documental que en breve podrá verse en algunos de nuestros cines.

Trata de orcas en cautividad. Sí, las famosas “ballenas asesinas”, una triste etiqueta que solo la especie más asesina del planeta podría endosarles. Gabriela Cowperthwaite, la directora, reúne en la cinta imágenes sobrecogedoras y entrevistas con fuerte carga emotiva que exploran la extraordinaria naturaleza de estas criaturas y el trato que reciben en los parques acuáticos. También la poco conocida vida de sus adiestradores y las terribles presiones que ejerce sobre ellos la industria del entretenimiento. En definitiva, Blackfish nos invita a reflexionar sobre la relación que “perpetramos” con nuestro entorno, y de paso nos muestra lo poco que los humanos hemos aprendido de los animales en general. Quizá por ello los seguimos encarcelando para sacar de ellos apenas una patética foto que colocar en nuestro álbum.

–Tenían avionetas, lanchas rápidas… les lanzaban bombas… Pero no era la primera vez que las cazaban… ellas se acordaban… sabían que iban a por las crías.

Verano de 2010. Dawn Brancheau, una reconocida entrenadora del parque SeaWorld de Orlando (Florida, EEUU), muere atacada por la orca Tilikum. Millones de personas ven la luctuosa noticia en los informativos. También Gabriela, quien se pregunta por qué un animal tan inteligente ataca a su “amiga”, la mano que le da de comer. Se supone que eso es algo que no debería ocurrir jamás, pues en dichos lugares los animales viven felices y los adiestradores están seguros. Pero hay algo en toda esta lógica que no casa. La documentalista trató de entender esa historia no tanto como una activista, sino como una madre que lleva a sus hijos al SeaWorld, o incluso como una profesional que no puede dejar los hechos tal cual sin intentar ir más allá en lo ocurrido. Ella lo explica de la siguiente y gráfica manera: “Durante dos años fuimos bombardeados por hechos aterradores, informes de autopsias, declaraciones sollozantes y animales infelices. Pero según avanzaba el trabajo sabía que teníamos la oportunidad de desenredar algunas cosas que habían quedado por aclarar a lo largo del camino, y todo lo que tenía que hacer era contar la verdad”.   

–Si ustedes pasaran veinticinco años en una bañera, ¿no estarían enfadados, molestos… quizá “un poco” psicóticos?

La licitud moral del uso de animales en diversas formas de entretenimiento –confinadas las víctimas en los clásicos circos o en los parques acuáticos– está siendo seriamente cuestionado. A pesar de su rudo sobrenombre, las imponentes orcas son animales amistosos y pacientes. Pero la paciencia tiene un límite, y en ocasiones el esclavo estalla y se revela. ¿Tenemos entonces autoridad moral para “condenar” un comportamiento que bien podríamos calificar de “legítima defensa”? ¿Es de hecho moralmente defendible la captura y el cautiverio perpetuo de seres que necesitan grandes espacios, establecer lazos familiares, huir de sus perseguidores y perseguir a sus presas?

Califican a Blackfish como “uno de los mejores documentales del año”, y con toda probabilidad aciertan. Más si tenemos en cuenta su talante crítico y a la vez constructivo. Imprescindible para cualquier videoteca animalista y en general como material didáctico. Harás bien en verla.






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