domingo, 27 de marzo de 2011



CADENA PERPETUA
.
Recuerdo haber oído (quizá fue a mí mismo) aquello de que quien quiera mostrarse cruel con un perro acaso no necesite apalearlo, sino atarlo a perpetuidad. Y no me parece exagerada la reflexión, pues pocas cosas hay tan execrables como la extendida costumbre de amarrar a estos nobles seres y olvidarse de ellos, asumiendo un comportamiento que bien merece calificarse de “violencia por omisión”..

Se trata de una forma de agresión tan absurda como repugnante, por cuanto cercena algunas de las necesidades más básicas de la víctima, pues la perversión viene dada por su propia naturaleza. En efecto, sabido es que nuestros queridos perros son individuos eminentemente sociales, quienes en calidad de tales requieren el contacto con los demás (humanos o congéneres, o mejor ambos), formar parte de un clan, establecer roles y castas, mandar y ser mandado: una vida rica en estímulos, en definitiva. Pero la cadena destruye de raíz todo lo que ellos valoran, y de ahí la reflexión inicial. Desde su ingenuidad, uno tiende a pensar que determinadas realidades se dan sobre todo en sociedades pobres, cuyos habitantes se rigen por mentalidades obsoletas y prejuiciosas. Pero son multitud los casos espeluznantes que acontecen por igual en el mundo opulento. En la mentalidad de no pocos ciudadanos permanece intacta la costumbre de mantener lo que en algunos lugares denominan perros de puerta –espeluznante etiqueta, no me lo negarán–, en contraposición a otros animales de la misma casa, también perros en ocasiones, a los que se permite cierta libertad de movimientos por la estancia. Algunos de ellos incluso pernoctan en el interior, mientras sus desdichados compañeros sufren el calvario constante de la intemperie. Este escenario muestra como pocos la mentalidad esquizofrénica que observa a menudo el ser humano, y nos regala un dramático ejemplo no ya del famoso especismo, que también, sino de la discriminación arbitraria en su estrato más primario: el individuismo (ustedes disculparán el “palabro”)..

Es así que un sinnúmero de perros permanecen atados a una cadena durante largos períodos de tiempo, no pocos durante toda su vida. Es difícil imaginar una tortura más refinada, antes lo decía, teniendo en cuenta su naturaleza gregaria. Se trata, como conoce bien cualquiera que haya tenido la oportunidad de convivir con uno de ellos, de seres que requieren constante atención afectiva, que están “diseñados” para pertenecer a un clan estratificado y de participar de las actividades del grupo. Hablamos de tipos curiosos, amantes de las relaciones con sus iguales, también con otras especies además de la humana, y que agradecen entusiasmados algo tan simple como una caricia o unas palabras amables. Con estas premisas psicológicas, condenarles a permanecer siempre amarrados constituye un crimen execrable. En tal circunstancia, todos sus instintos y deseos quedan frustrados, con el componente de sufrimiento emocional que ello conlleva. Se supone que esta deleznable práctica tiene por objeto disuadir a hipotéticos malhechores de introducirse en la propiedad, pero con demasiada frecuencia responde a un comportamiento compulsivo e irracional por parte de los dueños (utilizado aquí el término en toda su crudeza posesiva), puesto que mantienen atados a animales en lugares donde no existe nada de valor, y que por lo tanto carecen de interés para los posibles ladrones. Por supuesto que el hecho de resultar eficaces en su “cometido” no justifica en el más mínimo grado tamaña agresión, pero aún resulta más despreciable en aquellos casos en los que ni siquiera existe una razón objetiva para ello. Simplemente se ata al animal a la cadena cuando es cachorro para que permanezca allí como un elemento decorativo más del entorno. Y si acaso se tratan de legitimar estos hechos aduciendo que “el ladrido ahuyenta visitas indeseables y alerta a los propietarios”, cabe recordar que hoy existen ya numerosos sistemas de alarma en el mercado como para seguir sometiendo a seres inocentes a esta tortura diaria. Todos estos desdichados acaban con manifiestos desequilibrios psíquicos, tras millones de ladridos, intentos inútiles de soltarse y tirones de la cadena. Al final, simplemente se abandonan a su sino. La mayoría no tiene más resguardo de las inclemencias meteorológicas que una triste y apestosa caseta que acumula la suciedad de años. Y la mala alimentación es un punto más que añadir a la lista. El final es una vejez de achaques y una psiquis derrotada, hasta que una fría mañana no queda más que su cuerpo rígido e inerte..

Por encima de cuestiones de tipo práctico, lo cierto es que hombres y mujeres no tenemos autoridad moral alguna para condenar a seres de naturaleza pacífica y sociable a la miseria de la soledad y al mundo que ofrecen los dos metros de una cadena mugrienta, tan sólo para paliar comportamientos (el robo y el asalto a la propiedad privada) propios y exclusivos de la condición humana, que no canina. Si no somos capaces de respetar a nuestros compañeros de especie y a sus posesiones, en absoluto nos asiste el derecho a utilizar otros para intentar evitar las consecuencias. Ninguna agresión gratuita a los animales –incluyo en el epígrafe por supuesto a los humanos– queda justificada, pero quizá menos aún si hacemos víctima de ella a un amigo. Y los perros son viejos amigos nuestros; no podría ser de otra forma tras quince mil años de aventuras compartidas. Ello convierte nuestro comportamiento en una infamante deshonestidad. A nadie le agradaría ser tratado de la forma en que lo son los animales de guarda, por lo que una dosis de empatía también nos viene muy bien en esta ocasión.

© marzo 2011.

[*] Escribí este artículo para la revista 4patas, de la Asociación Nacional Amigos de los Animales (ANAA).

.

sábado, 19 de marzo de 2011


.
CONFESIONES DOMÉSTICAS

[…]

Es el tomate origen indiscutible de buena parte de mis desdichas personales en lo que a cuestiones fóbicas concierne, y hasta el mero hecho de ver escrito su nombre –el vernáculo– me ocasiona serias disfunciones fisiológicas en el alto esófago. Odio insuperable al tomate es lo que yo tengo. Por no soportar, no soporto ni su presencia física cuando está cortado. Mis sentimientos hacia el tomate pasan indefectiblemente por un sincero asco, no exento de altas dosis de repugnancia. Dirán ustedes que una y otra cosa son la misma. Discrepo. Al menos en el apartado del tomate, asco y repugnancia constituyen espacios de repulsión diferentes, con entidad propia. Cierto es sin embargo que ambos se complementan hasta conseguir cierto efecto sinérgico. No me pidan que se lo explique; no sabría. Pero conozco bien mis sensaciones, sé de lo que hablo. Como admito mis contradicciones, porque debo confesar que en el tema que nos ocupa las hay. Sirva como ejemplo de lo que digo el hecho de que tolere el tomate en salsa, aunque bien es cierto que en muy estrictas condiciones: siempre y cuando no sea natural, y, ante todo –subráyese esta particularidad–, no contenga pepitas. Parece mentira que unas inocentes semillas puedan desencadenar en el animal humano semejante aversión. Doy fe de que lo hace, y cómo. Más de una vez me he quedado sin comer en un kebab tras insistir a los operarios que bajo ninguna circunstancia incluyeran en el bocadillo tomate natural o rastro de él. La visión de una pepita es suficiente para que acabe conformándome con un plato de correosas patatas fritas. El compromiso pactado de un nuevo bocata sin rastro del innombrable no hace mella alguna en mi decisión de cambiar por completo de menú. Y ya metidos en su disección, pocas cosas cabe añadir a las ya manifestadas sobre la babilla gelatinosa rosada que fluye de sus oquedades internas.
En la versión primitiva de este relato manifestaba mi sorpresa porque el género cinematográfico de las fobias no hubiera recurrido todavía al tomate. Al menos yo no tenía constancia de ello. Todos conocemos películas en las que ratas, arañas, serpientes, sapos, murciélagos, medusas, babosas y demás seres supuestamente malignos hacen de las suyas y convierten en pesadilla la vida de comunidades humanas enteras. ¿Cómo es que a nadie se le había ocurrido introducir el tomate en el guión? Un conocido se encargó de sacarme de mi ignorancia, y me aportó datos de un film americano de finales de los setenta protagonizado por las innombrables hortalizas, que se erigen además aquí en banda psicópata organizada: El ataque de los tomates asesinos. El título se las trae, y aporta ya elementos suficientes como para adivinar en la peli una, digámoslo así, exigua calidad, lo que no es óbice para que la cinta esté considerada a estas alturas como “obra de culto” (suele suceder que productos visuales objetivamente ínfimos ganan el corazón de no pocos aficionados, quienes más que cinéfilos merecerían por ello el calificativo de cinépatas, pero gustos hay para los colores).
Hablaba antes del trauma que en algunos dejan ciertos alimentos, y justo es reconocer que con frecuencia el daño psicológico ocasionado no se debe tanto al producto en cuestión cuanto a determinadas situaciones que poco tienen que ver con el azar y mucho con el empecinamiento absurdo de familiares, quienes sin venir a cuento asumen unilateralmente retos que nadie les ha pedido. Recuerdo con especial desazón cierta vez en que una tía carnal por parte de madre quiso experimentar conmigo (hoy por mucho menos que aquello se acaba ante el juez acusada de crueldad hacia menores, por muy tía carnal que se sea por parte de madre), como se hace con los pobres conejitos en los laboratorios farmacéuticos, y me forzó a tragar un trozo de tomate crudo, asegurando a la audiencia –concurrida comida familiar, el escenario idóneo– que lo mío entraba de lleno en el terreno de las manías, y que aquello se corregía con mano dura, que para eso ella era madre, y que su sobrino (yo) no volvía a ser objeto de burlas por parte de extraños, por el capricho consentido de que no me gusta el tomate y que no me gusta el tomate, con las propiedades que tiene. Lo mejor y más efectivo, un tratamiento de choque. Al niño se le obliga a tragar una buena rodaja de aquello que le repele hasta la náusea, y al instante le tenemos relamiéndose de placer y maldiciendo su estampa por no haber querido probar semejante manjar en sus últimos y únicos diez años de vida. Dejadme a mí, y observad atentos la operación –parecía decir con su gesto decidido–. A ver, Pedrito, cariño, abre la boquita. Pedrito no abre la boquita, ni mención, pero la tía aprovecha un resquicio bucal, descuido imperdonable, y mete sus dedazos por la comisura izquierda. Del descuido al embuchado tomatil no pasaría más de segundo y medio. La rodaja que me endosó la muy bruta bien podía corresponder a un cuarto de una pieza mediana. Después de manifestar a lo largo de casi tres páginas los detalles más descarnados de mi repulsión por el tomate, huelga decir que la sensación en el momento de verme y sentirme con aquel pedazo dentro de mí no fue lo que se dice agradable. Creí vivir una pesadilla, un mal sueño del que te despiertas mediante una incorporación violenta, empapadito de sudor y jadeante tras la angustia pasada, y durante el escasísimo lapso que el trozo permaneció en mi cavidad bucal sentí el frío del mareo y la calor del sofoco. La terapia de choque no salió según lo previsto –al menos según lo previsto por mi tía–. Lo que sí salió según lo previsto –al menos según lo previsto por mí– fue el grumo colorado. Salió de mi boca cual proyectil en una peli de terror de bajo presupuesto, yendo a parar a la pechera de mi tía, arbolaria en sus gestos de por sí, mucho más con un grumo de tomate baboso en su generoso canalillo. ¡Pero será asqueroso el niño éste! ¡Pues no me ha vomitado encima el tomate, el muy cochino! ¡Encima que lo hago por su bien! Déjalo, mujer, déjalo, que si al niño no le gusta, pues no le gusta –le apuntaban varios de los familiares presentes con muy buen criterio, incómodos ya por el empecinamiento de la mujer–, que tampoco es una tragedia. Que no le gusta el tomate, eso es todo. Tampoco se trata de una desdicha familiar ni algo que haya que ocultar en el barrio. ¡Raquítico! Así se nos va a quedar, raquítico, con esas manías de no comer esto y no comer lo otro –apuntaba ella mientras hacía esfuerzos por recuperar el trozo y evitar que éste se escurriera hacia partes más íntimas–. Yo raquítico no estaba; delgado pase, pero no raquítico. No sé de dónde se sacaba aquello mi tía; supongo que lo exageraba para desviar la atención de la escenita de la vomitona. La experiencia fue traumática, créanme, pero la doy por bien empleada, porque a partir de entonces ya nunca me volvieron a insistir sobre el particular. El tomate, a Pedrito, ni ofrecérselo, que lo sepa todo el mundo. Ni los familiares más lejanos –por sangre y por geografía– me insistieron más. Supongo que se correría la voz del incidente y ya todos se percataron de que aquello, lejos de ser una manía, constituía una fobia alimenticia de profundo calado –un síndrome o algo así– que yo simplemente no podía controlar. Han pasado la tira de años y mi tomatofobia sigue intacta, porque a mí, ponerme el camarero la ensalada mixta por error y darme la cena es todo uno. Si acaso hubo alguna vez cierta remota posibilidad de superar la repugnancia hacia el tomate y como mínimo reconducirla hasta una relación cordial, el suceso del que les acabo de hacer partícipes terminó por abortarla.
Pues bien, ya conocen ustedes casi tan bien como yo mismo la fuente de algunas de mis desdichas más tormentosas. Si me porto mal en esta vida y Dios decide por tal motivo aplicarme un severo y ejemplarizante castigo, tengan por seguro que no habrá de enviarme al infierno, como haría con cualquier otro mortal. Simplemente me desterrará a Buñol durante el mes agosto.
.
[…]
.
ESTIGMA [autorrelatos]
[Editorial Manuscritos]
.

.

© marzo 2011
.

sábado, 19 de febrero de 2011


..
EL PARQUE
..
[…]
.
El hombre, que ya no vuelve a cumplir los cincuenta, es director de una sucursal de la Caja de Ahorros Municipal en un barrio nuevo de la periferia, un puesto que ni soñaba hace apenas diez años. Destina una ropa ajada para pasear a su perra, una pastora alemana “por decir algo”, como él mismo afirma y el propio can no desmiente, adoptada del albergue para animales abandonados siendo aún cachorra. No tiene raza, no al menos pura, pero se la ve lustrosa y feliz, siempre atenta a los gestos de su dueño. El señor llama a la indumentaria “la ropa del perro”, queriendo decir “la ropa mía para pasear al perro”: un pantalón de pana y unas botas gastadas, más un jersey informal, seguro que elegante y caro en su tiempo. Completa el equipo una riñonera para lo imprescindible: el teléfono móvil para él mismo y un ajuar básico para Gora, compuesto de correa, bolsas para recoger las deposiciones sólidas si se producen, y un peine de púas metálicas que no utiliza a diario. También un saquito de tela con galletas de varios colores que de vez en cuando le ofrece, y que comparte a menudo con los perros amigos. Gora y Boris se conocen, se ven y se saludan de madrugada como mínimo un par de veces a la semana, en ocasiones más, según se tercie. Se huelen el culo con interés comedido, sabiendo que es un culo olido cientos de veces, un culo familiar, un culo previsible. Existe una evidente desproporción de tamaño entre el pequinés que comparte cama con sus dueños y la medio pastora alemana rescatada de la perrera. Eso les hace más interesantes, sin duda. Hay una amistad entre los perros –hablo ahora en general–, qué demonios; si no, de qué mueven el rabo cuando se ven a lo lejos en la penumbra del parque. Saben quiénes son, se cuentan cosas, sobreviene una trifulca que luego olvidan, comparten conversaciones y hasta galletas, se embelesan observando cosas para nosotros imperceptibles. Tienen su propio mundo, y nosotros pertenecemos a él, nos comparten con realidades inalcanzables a nuestra capacidad. Tipos listos, los perros.
.
[…]
.
ESTIGMA [autorrelatos]
.
.
.
© febrero 2011
.

martes, 8 de febrero de 2011

.

LEYES
.
Por encima de deseos bienintencionados, de propuestas ácratas o de la siempre plausible fraternidad global e ilimitada, lo cierto es que la poca virtuosa naturaleza humana nos obliga a establecer sin descanso normas que regulen nuestro devenir cotidiano, leyes todas que incluyen el consabido apartado punitivo, porque, no nos engañemos, aquí lo único que funciona es la vieja fórmula de imposición y castigo, sea éste menor (pecuniario) o más severo (privación de libertad). El funcionamiento normativizado de la sociedad es tan antiguo e inevitable como ella misma. Es lo que hay, y no parece que las cosas, si no lo han hecho en los últimos milenios, vayan a cambiar en lo sustancial durante los próximos meses. Pero no es menos cierto que teoría y práctica discurren con demasiada frecuencia por caminos separados, y que a veces incluso ni saben la una de la otra.

¿Por qué el cumplimiento de unas leyes goza del beneplácito y apoyo incondicional del grueso de la comunidad (incluidos los todopoderosos medios de comunicación, la clase política y la red administrativa) mientras otras parecen relegadas a la categoría del eterno olvido? Sabido es que en una sociedad democrática –eso que se ha dado en llamar no sin cierta pomposidad estado de derecho– todas las normas, con independencia de su naturaleza, ámbito de aplicación o grado de importancia han de cumplirse con celo y escrupulosidad, de manera especialísima por parte de las instituciones de las que emanan, pues de lo contrario se rompe la esencia misma de su objetivo.
Traigamos a colación el ejemplo de una y otra, por ilustrar hasta qué punto esto de la cacareada democracia se queda a veces en mera retórica de cartón-piedra, y otras apenas pasa de ser una pildorita para alargar un poco más el estado de indolencia en que parecemos sumidos. Me refiero a la ya famosa ley del tabaco, que prohíbe echarse un pito incluso en los baretos de mala muerte –escrita sea la expresión no ya sólo con respeto, sino aun con sincero cariño–, míticos lugares donde porretas y filósofos urbanos han arreglado el mundo desde tiempo inmemorial, deportados ambos ahora a la puta calle, ateridos de frío pero sobre todo de humillación, convertidos de la noche a la mañana en los nuevos apestados, esta vez con un único bubón en el cuerpo: el paquete de rubio americano.
Desde el minuto uno, y salvo heroicas excepciones, millones de conciudadanos se echaron sumisos al helador invierno con toda su santa resignación, pues bien nos habían dado la matraca en sesiones de mañana, tarde y noche, durante semanas, radios y televisiones, en un alarde envidiable de publicidad gratuita que ya quisiéramos otros. La ley se cumplió esta vez, por la cuenta que nos tiene, y me refiero con esto tanto a las multas como al sunami de salud que al parecer nos va a coger a todos y todas de pleno. Porque así, según las previsiones oficiales, se calcula que al menos un millón de personas acabarán por dejar el vicio por mor de la normativa. Obviando el hecho de que estos estudios y sus resultados se lo sacan los expertos del mismísimo paquete –permítaseme la grosería por el tema tratado–, mucho me temo que en los mismos no se tienen en cuenta otros factores que engrosarían la lista del debe, a saber: pérdida de clientela (entiéndase ingresos, con la que está cayendo), mayor afectación por tabaquismo pasivo en lugares privados, incremento en las emisiones de dióxido de carbono por las dichosas estufitas, y en general aumento de la mala hostia. Todo ello hace que, cuando menos, vaya lo uno por lo otro y nos quedemos como estábamos si hacemos una cuenta general, y cuando más, que no compense tanto altruismo sanitario para tan pírrica cosecha.

El caso opuesto que antes anunciaba es la Ley Vasca de Protección Animal, que atesora a la hora de escribir estas líneas más de diecisiete añazos, y que no se cumplió nunca ni en sus más elementales aspectos. Miles de desdichados siguen amarrados de por vida a cadenas de metro y medio, con una caseta mugrienta e inhóspita por todo hogar, abandonados a la más terrible de las soledades. Nuestros mercados callejeros continúan nutriéndose de seres aterrorizados por la marabunta humana que saca pecho tras haber echado una monedita en la hucha solidaria correspondiente. Como siguen los abnegados animalistas dejándose la vida un día sí y otro también por algo tan elemental como que se cumpla la normativa, y que, si puede ser, asuman dicho cumplimiento las propias instituciones que en su día la promovieron, no se sabe todavía por qué. Hasta recuerdo a un exalcalde afirmando ufano ante los micrófonos que él seguiría permitiendo la rifa del cerdo en su ciudad “porque era costumbre local desde tiempos pretéritos”, y que estaba dispuesto a que el consistorio recibiese la multa correspondiente, sanción que, hasta donde yo sé, nunca se hizo efectiva. Hablo del mismo tipo que se deja ver tras su jefe político cuando éste toma la palabra en el hemiciclo, repeinadito aquél hasta la nausea, convenientemente guardadas sus espaldas para que nadie ose cruzarle la cara.

Ésta es la sociedad que hemos acabado creando unos y permitiendo otros, porque aquí nadie se escapa en cuanto a responsabilidades concierne. La ignominia institucional necesita para completarse y hacerse fuerte de la pasividad civil. La vieja teoría del yin y el yang, que, aunque diagnosticada hace la tira de años en el lejano oriente, brota altiva así que se le dé la menor oportunidad en cualquier rincón infectado por la huella humana. Nada nuevo bajo el sol.
.
© febrero 2011
.

miércoles, 12 de enero de 2011



.
¡ANIMALITOS!
.
[...]
.
¿Cómo consiguieron sus antiguos habitantes erguir aquellos mastodónticos bustos en las laderas de la Isla de Pascua? ¿Adónde van a parar las aeronaves y los barcos que desaparecen desde hace décadas en el famoso Triángulo de las Bermudas? ¿Existe vida inteligente en otros planetas? Es más: ¿acaso existe aquí, en el nuestro? ¿A qué destinan su tiempo los y las estudiantes de Ciencias de la Información, vulgo Periodismo, durante su paso por las aulas? He aquí un escueto listado de enigmas a los que el Hombre, animal racional por excelencia, aún no ha sabido ofrecer respuestas satisfactorias. Por supuesto que se barajan hipótesis más o menos plausibles para explicar lo de los cabezones de piedra: pudiera haber sido un ingenioso sistema de transporte a base de rodillos de madera estratégicamente colocados en el suelo, conjetura cargada de lógica. Y lo del misterioso triángulo, quién sabe si un remolino ocasional deglute en un santiamén todo cachivache habitado que ose surcar la zona. A lo mejor se trata de un gigantesco desagüe y sencillamente nadie ha conseguido hasta la fecha plasmar en imágenes el trágico momento de la succión. En cuanto a lo de la inteligencia en las galaxias interestelares, al menos estaremos de acuerdo en que primero habrá que consensuar una definición inequívoca sobre el propio concepto de “inteligencia”, para evaluar después dónde la hay y cuánta. Todos temas de máximo interés, no seré yo quien lo niegue, pero cuestiones menores a fin de cuentas. Menores desde luego si las comparamos con el último de los ejemplos expuestos, la indescifrable incógnita de en qué emplean varios años de su vida los jóvenes que un día, por sólo sabe dios qué motivos, decidieron dedicar parte de su existencia a formarse en el ínclito oficio de periodista.
[…]
.
ESTIGMA [autorrelatos]
..
© enero 2011
.

lunes, 3 de enero de 2011


. .
ESTIGMA
.
[…]

–¡Entre ellos que se solucionen sus problemas! –corta la gallina haciendo un gesto despectivo con el ala–. ¡A ver si ahora vamos a tener que lamentarnos también nosotros por sus desdichas! Ellos son los agresores, que hasta los humanos víctimas de sus congéneres nos tienen por objetos, como dice Rita. Llevamos el estigma de “animales” aquí en la cocorota –se da golpecitos en la cabeza–, marcado a fuego. Si eres animal en la Comunidad humana estás perdido, no eres nadie. Basura. Tal vez tengas suerte si eres un perro de raza, pero se trata de excepciones contadas si nos atenemos a las cifras. En cuanto a la consideración que les merecemos, un animal es una mierda en la Comunidad humana. El estigma nos acompaña siempre, desde nuestro nacimiento perfectamente controlado, hasta nuestra muerte perfectamente mecanizada. Toda nuestra vida, la única que tenemos, “perfectamente” explotados día a día, hasta el final. ¿Queréis que os dé cifras de cuántas de mis compañeras perecen desangradas en una sola mañana, colgadas de las patas como si fueran (fuéramos) racimos de uvas, pasadas a cuchillo por operarios que luego van a la huelga para exigir sus derechos sindicales? ¡Hace falta tener poca vergüenza! Ellos tienen potentes organizaciones que defienden sus intereses, sus derechos, hasta los más nimios. Derecho a esto: ¡claro!; derecho a lo de más allá: ¡estupendo!; derecho a tal y cual: ¡cómo no, sólo faltaba! Y eso está bien, conste, yo haría lo mismo, pero… ¿cómo puedes pedir para ti un aumento de sueldo mientras colocas las cuchillas nuevas que rebanarán el gaznate a diez mil seres inocentes? –la gallina pone tal énfasis y pasión en sus palabras que nadie osa interrumpirla–. Yo misma estaba destinada a la cadena, y allí hubiera acabado de no ser porque el camión volcó en una zona solitaria… Tampoco es cuestión de soltaros aquí la chapa, que cada cual tiene su historia y su drama particular. ¡Pero no seré yo quien derrame una sola lágrima por los humanos, pobrecitos, los asesinos! Además, tienen suficientes organizaciones como para defender sus intereses, vuelvo a lo mismo. Que los colectivos que defienden a los animales apenas tienen recursos económicos, casi ni se les da cancha en los medios, y encima tienen que aguantar la matraca de “primero están los humanos”, que a mí eso me enerva si cabe más todavía. O sea, que defienden la idea de que deben prevalecer los derechos del torturador sobre los del torturado, porque es exactamente eso lo que encierra la afirmación. Yo te encierro a ti y a otros diez mil en naves infectas para quedarme con tus músculos y hacer un guiso, yo te torturo en las fiestas del pueblo y convierto el espectáculo en arte subvencionado, yo te fusilo y me las doy de guardián del medio natural, yo introduzco espuma de afeitar en tus ojos mientras te mantengo amarrado para que no escapes y voy de salvador de los enfermos, yo te despellejo vivo para robarte tu piel y dejo que mueras en la más terrible de las agonías… Pero cuando , animal ultrajado, secuestrado, apaleado hasta la muerte por el capricho más grosero, cuando , animal marcado con el estigma de “animal” te quejas por tu condición de ser inferior, por tu papel de paria entre los parias, y me pides responsabilidades a mí, al agresor, al que empuña el arma ante el desarmado, al único responsable de tu inmensa desgracia, entonces sales con lo de que estás primero. ¡Claro, muy normal! ¡Toda esta puta historia es muy normal, amigos! O sea, primero –señala con el dedo a un imaginario ser humano que tuviera enfrente– y después yo. O mejor dicho, siempre y nunca yo –la gallina, que había ido elevando su discurso a medida que avanzaba, calla de manera brusca, sabiendo que no necesitará hacer ningún esfuerzo para proseguir. Acierta–. Más o menos es así, ¿no, compañeros? ¿He exagerado? ¿La gallina loca ha exagerado? ¿Se le ha ido la olla a la gallina, pobre, todo el día con los focos encendidos encima, que han acabado afectándole el cerebro? –el ave se señala la sien con la punta del ala y describe círculos con ella. El discurso ha finalizado, todos lo perciben así.
Los aplausos son unánimes, y se acompañan de gritos de ánimo. Algunas caras conjugan emoción y rabia, ciertos ojillos se empapan.
.
[…]
.
ESTIGMA [autorrelatos]
.
.
© enero 2011
..

miércoles, 29 de diciembre de 2010


.
MENTALIDAD MEDIEVAL
.
Supongo que, como sucede con tantas otras cosas, también esto va por modas. Me refiero a los llamados mercados medievales, que proliferan por doquier desde hace algunos años sin saberse ni la causa ni el porqué de tan advenediza afición, hasta el punto de que no hay población de cierta entidad que se precie que no celebre su feria anual, donde se supone se recrea con fidelidad la vida cotidiana de nuestros antepasados. Tómenlo como lo que es, una apreciación personal y en consecuencia subjetiva, pero a mí estos eventos me dejan entre frío e indignado. Frío por cuanto se exagera hasta lo ridículo la importancia cultural de los mismos, que apenas pasan de ser en la práctica, reconozcámoslo, meros parques temáticos de fin de semana. E indignado porque se da pábulo a una de las épocas más oscuras de la ya de por sí oscura historia humana, pasando por alto las brutalidades cotidianas de que eran objeto en tales períodos las mujeres por ser mujeres, los niños por ser niños, y los herejes por ser herejes. Hablamos de una época en la que los detritus corporales eran lanzados por la ventana (acompañados si acaso por un berrido de advertencia, y no siempre), en la que el barrio judío era asaltado con macabra puntualidad cada Semana Santa para vengar a Cristo de sus asesinos, un tiempo en el que la violencia más grosera campaba a sus anchas y hacía de los autos de fe y las decapitaciones los espectáculos preferidos por el populacho. Ésa era la verdadera y hedionda Edad Media, a ver si nos enteramos de una vez, y no tanto la representación pueril que nos regalan hoy en los mencionados montajes escénicos.
Con todo, quizá lo más auténticamente medieval de estos escenarios de cartón piedra sea la mentalidad con que son concebidos, a menudo además por –no se lo pierdan– los correspondientes departamentos de Cultura de ayuntamientos y administraciones varias, con sus responsables electos en cabeza, encantados ellos y ellas de haberse conocido, no dándole importancia a la presencia en la feria de la llama de turno, o mismamente de los tomates, elementos unos y otros bien extraños en el medioevo europeo, creo.

Pero no es su talante sobredimensionado y mentiroso lo que pretendo traer a colación aquí, sino un aspecto que, precisamente por no suponer representación alguna, me parece especialmente preocupante a la par que revelador: la utilización de animales vivos como complemento escenográfico de tales iniciativas. En efecto, y mientras todo lo concerniente al ámbito humano se asume como mera representación –hasta casi lo caricaturesco en según qué aspectos, escrito ha quedado–, el ámbito de los animales permanece como seguramente era en aquélla época: gallinas, palomas, conejos, cabras, cerdos y pavos hacinados en jaulones, formando un zoológico caótico y desconcertante; aves rapaces que deben aguantar atadas interminables horas, obligadas a “actuar” ante un público adocenado que ni se plantea que las cosas no han de ser éticamente correctas por el solo hecho de que estemos acostumbradas a convivir con ellas; un grupo de ocas histéricas por la mala educación de mayores y sobre todo de niños, que de vez en cuando son sacadas apresuradamente por su “cuidador” y obligadas a recorrer un par de calles para que el respetable aprecie desde primera fila tan medieval escena; una triste caravana de burritos sin otro quehacer que transportar durante toda la jornada a sus espaldas a pequeños humanos vociferantes, vigilados de cerca por sus orgullosos papás y mamás, animales a los que una cabezada en exceso prieta les acaba llagando las mejillas.

Ni se contempla por parte de los organizadores la posibilidad real de que los animales no humanos –hablo ahora en general– estén cortados por similar patrón que nosotros mismos, que se amen y se odien por análogos motivos (o aun sin ellos), que exhiban esa inquina a picotazo limpio hasta dar muerte a un compañero de celda que por una cuestión tan trivial como su inferior tamaño ni defenderse pudo. Todo esto es filosofía avanzada para quienes conciben en sus mentes el mercado como una postal abigarrada, donde los humanos se comunican a través de teléfono móvil y hacen desaparecer sus orines con un simple gesto manual, mientras los animales conservan intacto su estatus de antaño.
Y al objetivo hecho del maltrato psíquico e incluso físico de unos seres inocentes que no desean estar ahí, cabe añadir la vertiente educativa, pues lejos de enseñarnos nada importante –o al menos esencial–, estos escenarios lúdicos resultan nefastos para los más pequeños, pues afianzan su imaginario de los animales como meros elementos a nuestra disposición, que como tales pueden ser encerrados, montados y azuzados sin el menor remordimiento de conciencia, por la sencilla y contundente razón de que “simplemente son animales”.

Tuve ocasión de explicarle todo esto y algo más (aderezado con fotografías y vídeos de seres heridos y asustados) a la concejala de turno de no importa qué ciudad, y salí con la nítida sensación de que no entendió apenas nada. Me decía que, “al fin y al cabo”, muchos de aquellos animales eran domésticos, como si tal condición les impidiera sentir la punzada en la herida abierta. Uno está ya acostumbrado a no hacer mella las más de las veces ni aun con los más contundentes razonamientos (léase empatía, qué si no), pero me sigue produciendo escalofríos que sea una mujer, “animal doméstico” todavía en tantas partes del mundo e incluso por estos lares hasta hace bien poco, la que muestre ese terrible letargo moral ante el sufrimiento ajeno gratuito, aunque sean (o debido precisamente a su especial vulnerabilidad) animales.
.
© diciembe de 2010
.
[*] Escribí este artículo para la revista 4 Patas, de la Asociación Nacional Amigos de los Animales (ANAA).
.