martes, 24 de mayo de 2011




La cuestión de los animales, una realidad transversal

Si nos acercamos con espíritu constructivo a la estrecha vinculación que existe entre el fenómeno del cambio climático y lo que se ha dado en llamar la cuestión de los animales, quizá lo más importante que descubramos sea que por separado ambas realidades se nos muestran cruciales tanto desde un punto de vista ético como de autodefensa de especie.
Por lo que a este último punto respecta, sabemos ya que con toda probabilidad el cambio climático supone la mayor amenaza real a medio plazo que acecha al equilibrio del planeta en general, y a la comunidad humana en particular (aunque quizá no sea ésta quien mayor autoridad moral tenga para quejarse, dada su condición de principal responsable). Por mucha credibilidad que concedamos a las teorías “negacionistas”, los hechos (datos) se muestran contundentes, hasta el punto de que algunas de las figuras científicas que abanderaron durante años tales hipótesis han acabado claudicando ante tamaño cúmulo de evidencias. Si no conseguimos contrarrestar –paliar, en definitiva, en el máximo grado posible– los efectos del cambio climático, la mayoría de las variables que hoy asociamos a nuestra cacareada “sociedad del bienestar” habrán cambiado hasta el punto de merecer por parte del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) el calificativo de “apocalíptico”. No es para menos. La temperatura media aumentará lo suficiente como para derretir parte del hielo de los casquetes polares, lo que hará que se eleve el nivel medio del mar, de tal manera que poblaciones enteras de personas se verán obligadas a iniciar emigraciones masivas, generando en sus destinos serios desequilibrios políticos y sociales. Enfermedades ahora endémicas de ciertas zonas se “deslocalizarán” y afectarán a sociedades humanas en la actualidad libres de ellas. Por su propia naturaleza, muchas especies animales no podrán emigrar a zonas más propicias y acabarán por desaparecer, con lo que la biodiversidad se verá seriamente afectada, y con ello el sensible equilibrio ecológico. Aparecerá con todo ello una “severidad” de los fenómenos meteorológicos: sequías, olas de calor, grandes nevadas, desprendimiento de tierras por lluvias torrenciales, huracanes… Desde luego, no resulta sencillo elegir una etiqueta rigurosa para el nuevo panorama, pero la calificación del IPCC no parece exagerada.

Con frecuencia tendemos a pensar que poco puede hacer el “humilde” ser humano para corregir situaciones a escala planetaria, pero la cruda realidad es que no solo podemos hacer algo, sino que somos los únicos capaces de llevarlo a cabo, por ser también quienes hemos generado el conflicto. Pensemos que, por pura responsabilidad cívica, estamos obligados a dar un volantazo y corregir nuestra dirección. La hoja de ruta se presenta bien sencilla. Si la causa principal del calentamiento global son las emisiones de los famosos Gases de Efecto Invernadero (GEI), parece lógico pensar en que una buena fórmula sea cortar esa fuente. ¿Y qué actividad humana encabeza tan fea lista? No es el transporte, como asume mucha gente. Tampoco la polución industrial. Ni te imaginas la respuesta correcta: ¡la actividad ganadera! Sí, es el modelo pecuario al que nos hemos abonado –y al que nos hemos esclavizado– el factor más lesivo de cara al nefasto cambio del clima. Se calcula que este apartado aporta un 18% de todos los GEI lanzados a la atmósfera. ¡Más de la quinta parte de todas las emisiones si añadimos la deforestación para pastos! ¿Creemos de verdad que resulta más fácil prescindir del coche que de la carne? El sentido común nos dice que no. “Por fortuna”, diría alguien con talante positivo. Y tendría razón, puesto que una parte sustancial de la solución está en nuestras manos, o mejor dicho, en nuestra cocina y en nuestro plato.
Sabíamos que un cambio de dieta –escorándola hacia opciones más vegetarianas, o incluso vegetarianas estrictas– resulta beneficioso para nuestra salud, al evitar con ello las innumerables sustancias nocivas que nos venden junto con el filete y el chorizo, al tiempo que incorporamos otras que por defecto incluyen los vegetales. ¿Qué, si no es nuestra propia salud, hará que tomemos decisiones importantes? ¿Quizá la salud también de otros, los más desheredados? Pues también aquí la solución, al menos parcial, está servida, dado que el reparto de alimentos en el planeta no es desde luego ni equitativo ni suficiente. Pero se nos abre un esperanzador panorama si pensamos en que podría destinarse la ingente producción actual de vegetales a los humanos en lugar de ofrecérselos a los animales para obtener de ellos una pírrica “cosecha” proteica, conformando una escena que resulta tan obscena como parece, por cuanto, para satisfacer no tanto nuestras necesidades nutricionales, sino más bien nuestros caprichos culinarios más superficiales, ofrecemos a vacas y pollos ocho kilos de proteínas… ¡para obtener uno solo! A la vista de los hechos, quizá el pomposo apellido de “racionales” nos venga un poquito grande.

Una parte sustancial de la opinión pública –con independencia de su posible actitud remolona ante la evidencia, es decir, su egoísmo– simplemente desconoce por completo el peso específico que tiene la dieta en el fenómeno del cambio climático, y ello mismo debería llamarnos poderosamente la atención, pues está claro que ni los medios de comunicación ni los propios organismos oficiales que sacan pecho como abanderados de la lucha parecen de momento interesados en darle al citado factor la dimensión que sí le conceden los datos.

Como se ha indicado, hay quien califica de “apocalíptico” el escenario al que nos enfrentamos si se cumplen no ya las expectativas más pesimistas, sino sólo una porción de ellas. Pero si los animales pudieran alzar la voz y verbalizar su tragedia es seguro que nos recordaría con cierta ironía que ellos viven de facto instalados en pleno apocalipsis desde hace mucho tiempo. En efecto, resulta difícil reservar un calificativo más amable al trato general que les ofrecemos en la actualidad, vistos y comprobados los efectos resultantes. Todavía demasiada gente vive en el convencimiento de que los malos tratos a los animales se limitan al abandono de perros en verano, a las corridas de toros, y tal vez a la caza de especies emblemáticas como las ballenas o las focas. Todas esas realidades generan desde luego un gran sufrimiento en las víctimas, y la muerte a la mayoría de ellas. Sin embargo, y abonándonos a la estadística con el siempre loable objetivo de ser rigurosos, los mencionados espacios de violencia apenas suponen un puñado de arena en el desierto. Si de sufrimiento tratamos, el gran montante se lo lleva la práctica de la ganadería, que además sufrió un drástico –y dramático– cambio a mediados del pasado siglo al popularizarse la estabulación de animales de abasto, quienes hasta entonces habían disfrutado al menos de libertad de movimientos durante casi todo su periodo vital, lo que les permitía establecer un vínculo emocional con el clan y disfrutar de su propia existencia. Pero todo se truncó para cientos de millones de individuos con la reclusión forzosa de un cada vez mayor porcentaje de los mismos, al punto que hoy la casi totalidad de ellos (hablamos de las sociedades industrializadas) pasan sus días imbuidos en estrechos cubículos, separados hijos y madres desde sus primeros días, despojados ellos y ellas de buena parte de sus necesidades físicas y emocionales, y trasladados al matadero en plena juventud para ser sacrificados en masa.
Hablábamos antes de porcentajes, y procede ahora recalcar que ocho de cada diez animales manipulados por el hombre se destina a comida: ¡el 80% del montante total! Y la escalofriante cifra se traduce en drama al percatarnos de que ese inmenso sacrificio no responde de ninguna forma a la categoría de “vital” o siquiera “necesario”. La aséptica expresión “cuatro quintas partes” conlleva en la práctica varios miles de millones de vacas, cerdos, pollos, ovejas, conejos, caballos, peces, y tantos otros colectivos zoológicos que acaban en nuestros platos, enteros o troceados, como comida, cuando ningún estudio científico ha sido capaz hasta nuestros días de demostrar la necesidad fisiológica de su consumo. Más bien al contrario, todo apunta a que, desde un punto de vista estrictamente empírico, el abandono de los animales como bien de consumo en nuestra gastronomía y su sustitución por la consiguiente dieta vegetal equilibrada supondría un extraordinario avance por lo que a nuestra salud colectiva concierne. Si lo analizamos desde una óptica positiva (¿cómo si no?), necesitamos muy poderosas razones para rechazar una fórmula que sin duda mejora la salud de todos los intervinientes, sean éstos víctimas o verdugos.

Aun en el caso de que la cruel y masiva explotación de inocentes –cualidad esta esencial a la hora de diagnosticar la situación desde una evaluación ética– no tuviera relación alguna con otras realidades en sí mismo destructivas como el cambio climático, tal circunstancia no restaría un ápice a la necesidad urgente de revisar nuestro comportamiento para con ellos, los animales. Pero el hecho de que exista una clara e innegable vinculación entre ambos fenómenos debería conducirnos sin atisbo de duda a una autoimposición colectiva en el sentido de efectuar un giro drástico en nuestra forma de manejarnos en el mundo, que es, recordémoslo, tan nuestro como suyo.

Así las cosas, y comprobadas las [obviamente] indeseables consecuencias que tiene la ancestral costumbre humana de recurrir a la carne y al pescado como elementos gastronómicos, parece claro que deberíamos reducir de forma significativa nuestro consumo de animales (¿hacernos vegetarianos?) por razones que responden no a una sola motivación, sino a un amplio abanico de hechos irrefutables: ética compasiva, medio ambiente, justicia social… Los devastadores efectos del cambio climático para la comunidad humana actual –pero sobre todo para las venideras– debería suponer suficiente aval para la acción, pues vemos que todos estos caminos constituyen en realidad uno solo, o como mínimo que confluyen en un mismo punto, pues cada realidad aconseja idéntico proceder incluso ignorando a sus compañeras de viaje.
Conocida la con frecuencia poco gratificante naturaleza humana, muchos y muchas de quienes acaban de leer este apartado habrán fruncido el ceño con disgusto, al verse a sí mismos en la “ardua” tarea de tener que corregir algunos de los hábitos más arraigados en su subconsciente. Sin embargo, pensemos que, precisamente, si de “corregir” se trata, es porque en la actualidad cometemos un error de bulto al empeñarnos en algo que atenta contra los derechos fundamentales de un ejército de inocentes (los animales), nos pone al borde del precipicio con el cambio climático, y hasta socava nuestra salud colectiva e individual, el tesoro más preciado por cualquier ser sensible. La propuesta de una profunda reforma en nuestra dieta supone a la vez una luminosa solución a la mayor catástrofe que nos amenaza como comunidad biológica y cultural, al tiempo que también lo es para finiquitar la más devastadora realidad de la que quepa responsabilizar a una especie de corte moral como la nuestra. Siendo así, y por encima de los esfuerzos que un cambio de mentalidad global puedan conllevar, deberíamos sentirnos inmensamente felices de haber descubierto la fórmula –no tan secreta esta vez– para atacar en un mismo empeño dos apocalipsis. O más. ¿Acaso no es ésta una excelente noticia?
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© mayo 2011.


[*] Este texto sirve de prólogo a la guía del proyecto Construyendo criterios para un consumo ético y responsable, llevado a cabo por la Asociación para la Defensa y Protección de los Animales (ADPA), en colaboración con la consultoría contra el cambio climático Factor CO2.

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jueves, 12 de mayo de 2011


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¡PUTOS MOROS!
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No era desde luego un domingo más de elecciones, sino un “trágico domingo de elecciones”, habida cuenta de la incalificable masacre acontecida apenas ochenta horas antes en Madrid. Imaginen una de las docenas de miles de mesas electorales distribuidas a lo largo y ancho del país, sin otro comentario entre sus comensales que el mayor atentado terrorista cometido en la historia de Europa, descartada ya por los unos la autoría de ETA, aferrados los otros todavía a la esperanza, es decir, al hecho de que en efecto hubiera estado la organización vasca detrás de tamaña locura. Porque aquí, no nos engañemos, cada cual hace sus cuentas, sean rojos, azules o fucsias, y aunque –quiero pensar– no jalean a los malos para que hagan según qué maldades, una vez hechas, tampoco pasa nada si recogemos los frutos sin siquiera esperar a que oscurezca, por aquello de la discreción. Volvemos a la mesa, si les parece. Compuesta por el grupo de ciudadanos a quienes ha tocado en suerte (¡menuda gracia!) constituirla con el consabido presidente y sus auxiliares. Unidos a ellos los representantes de los partidos que se presentan al reparto final del pastel, o al menos los emisarios de las formaciones con mayores recursos humanos. El Partido Popular, un poner. Javier Maroto, otro poner. Ambos, partido y aspirante a concejal, sin el menor atisbo de ficción por cuanto a este artículo respecta. ¡Putos moros!

La autoría de ETA hubiera abonado el victimismo de quienes de él viven en buena medida desde hace décadas, encantados de la vida no pocos de llevar escolta, pues sabido es que eso te da un halo de importancia y hasta de glamour que el resto de los mortales no podemos siquiera imaginar. (Sé de lo que hablo, así que pueden ustedes pensar lo que le dé la real gana). Pero las cosas “se tuercen”, y las piezas no acaban de encajar ni forzándolas, lo que pone nerviosos a quienes en ese momento ostentan el poder, sabedores de que la mentira constituye apenas una herramienta más de su diaria gestión. Con lo que, si hay que forzarlas, las piezas se fuerzan. Y se descuelga el teléfono desde las más altas instancias para llamar a este y a aquel periodista, como si de un corpus indivisible se tratara: política y medios. Mas la verdad sólo tiene un camino, y cuando las cosas no pueden ser y además son imposibles, tarde o temprano las aguas van donde tienen que ir. Y la mentira pasa factura al partido en el poder, que, habiéndose visto un cuatrienio más en la poltrona, observa ahora atónito cómo unos putos moros hacen saltar por los aires, además de unos trenes atestados de gente, sus esperanzas más íntimas. ¡Nos han jodido bien estos cabrones!

Dicen que todos tenemos un pasado que ocultar. Y, siendo humanos, supongo que igualmente los políticos lo tienen. Pero no me refiero a sus cuitas íntimas (sexuales, vaya), apartado que a nadie importa y que a todo el mundo interesa, sino a cuestiones de mucho mayor calado, como los comentarios que sueltan por esa boquita quienes nos representan en las instituciones, sean éstas de alto copete o una pedanía perdida en la sierra. El Ayuntamiento de la capital de Euskadi, verde que te quiero verde, se prepara para ofrecer solemne su sillón al impoluto Maroto, repeinado hasta la náusea y apestando a colonia de alta gama. Maroto, que lamentaba entre dientes –o no tanto– la autoría fatal de los yihadistas, con lo bien que les hubiera venido la confirmación de la autoría etarra.

En fin, que aquí estamos de nuevo inmersos en plena campaña electoral, siempre idéntica y siempre distinta. Con sus mítines endogámicos y sus encuestas amañadas, sus conexiones televisivas en directo justo en el momento álgido del discurso del líder, que esta vez se descuidó y salió por un momento mirando de reojo a la cámara, presto a la señal convenida, cosas de la bisoñez politiquera que, como la misma juventud, se cura con el tiempo. En fin…



© mayo 2011

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lunes, 25 de abril de 2011


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SUBLIME ACTO DE AMOR EN LA BARRIGA
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No me agradan los tatuajes. Tampoco es aquello de presentar candidatura para liderar un movimiento que los condene y solicite mediante recogida urbana de firmas su prohibición. No es eso, desde luego. Pero para quien suscribe, y sin otras connotaciones periféricas, un tatuaje en el pellejo de una chica hace que su nivel de seducción descienda varios puntos. Siendo así, hace bien poco conocí la excepción a la regla, es decir, las mencionadas “connotaciones periféricas”. Una amiga me mostró parte de su anatomía íntima –su barriga, para más señas–, allí donde lleva tatuadas cual si de mural riveriano se tratara a sus tres amores: Rosi, Lupe y Maxi. Con tan castizos nombres, bien pudieran ser las componentes marujas de un grupo frikifolclórico madrileño. Pero se trata en esta ocasión de tres perrillas, y el diminutivo no es gratuito, pues apenas superan en conjunto los diez kilogramos de peso, rescatadas todas de la ignominia de la explotación y los malos tratos, si acaso ambas cosas no son la misma.

Rosi y Lupe son dos ejemplares de pura raza, que por ello formaron parte en su día del repugnante negocio de la cría comercial compulsiva, un submundo donde vales lo que pagan por ti, como si los amigos se pudieran fotocopiar y vender al mejor postor. La parejita tuvo que aprender que existe un universo más allá de la cocina y la sala de estar: el aire libre, los paseos, el campo y la hierba fresca. También los otros perros, algunos de los cuales portan cabezas bastante más pesadas que ellas dos juntas, lo que no les impide chulearles en comandita, sabedoras de que ante el menor conflicto serán convenientemente defendidas por su amiga humana.
La historia de Maxi es distinta y al mismo tiempo idéntica. Apareció atada a un banco en las calles de Barcelona. Sorda, ciega, y con una mandíbula inferior reducida a la mínima expresión, difícilmente podía sobrevivir no ya a la vorágine de la urbe, sino a la misma sociedad que considera a un animal con sus características burda “morralla canina”, material de desecho en el estricto significado del término. Apenas tuve ocasión de pasar unos minutos con Maxi, y puedo asegurarles que pocas veces he percibido el concepto de dignidad –en sí mismo difícil de definir, más aún en un can– con tamaña nitidez. Maxi ha encontrado su mundo, y un servidor, descreído por naturaleza, consigue medio reconciliarse con el ser humano cuando la observa jugar a pleno día en su eterna oscuridad, subirse al sofá salvando el desnivel gracias a una pequeña escalera que sus tutores –a punto estuve de cometer la imperdonable torpeza de escribir “dueños”– construyeron para facilitarle la labor, o imbuirse en su camita y lanzar suspiros de placer sabiéndose a salvo de todo lo malo que le tocó vivir ahí fuera. Nadie conoce qué miserias experimentó antes de esta su última etapa, ni el origen de sus múltiples “defectos”. Y, visto el escenario, a uno le da por pensar que quizá exista algo o alguien como un dios celestino que desde su modestia hace que unos y otras se perciban y encuentren en la maraña de la gran ciudad, aunque bien es cierto que tal sensación se diluye a la que te percatas de que la inmensa mayoría de las veces tales cosas no suceden, lo que hace que las maxis de turno acaben sus días en una fría mesa metálica de clínica veterinaria, en el mejor de los casos, u olvidadas en los arrabales de cualquier pueblo, amarradas a una cadena o encerradas en infectos barracones, en el peor. (Me contaba emocionada mi amiga que una de las sensaciones más gratificantes que nunca experimentó fue cuando su querida Maxi ganó cierto premio en un concurso canino de habilidades: imagino que la suya consistió en sobrevivir a la maldad humana).

Mi amiga se hizo tatuar el bajo vientre con sus tres niñas del alma, y eso la engrandece. Sin duda habrá quien crea que se trata de una exageración, cuando no de una mundana excentricidad. Puede que tengan razón quienes así lo perciben y en realidad sea yo el que concede al hecho una trascendencia que en realidad no tiene, pero creo sin atisbo de duda que, tratándose de una decisión dolorosa (me refiero al tatuaje en general, y no lo digo en un plano moral, sino físico), además de indeleble, constituye en sí misma un sublime acto de amor en la barriga. Hay quien se planta ahí el escudo del equipo de sus amores, o a su delantero favorito –ustedes me contarán qué mamarrachada, por muy campeonísimos que sean club y futbolista–, y el portador se convierte en objeto deseado de reportajes revisteros y hasta televisivos. Pero es seguro que la razón que impulsó a mi amiga a llevar para siempre a sus pequeñas incrustadas bajo la piel no despertará en los mismos medios un ápice de interés. Así va el mundo, que sigue sin saber discernir entre lo importante y lo esencial. Mientras tanto, Maxi se abandona a una plácida siesta en su camita cuadrada; sueña que caza mariposas…
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© abril 2011
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martes, 5 de abril de 2011

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TOROS SÍ, TOROS NO

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El taurino no sabe muy bien cómo actuar, ni sabe quién decía lo de “la cultura, la madre de todas las cosas”. Está seguro de que no lo decía nadie en particular, que se lo ha sacado ella de la manga, que a la presentadora le quedaba bien y lo ha soltado en plan cultureta. ¿Qué se supone que debe hacer? Imagina al resto de la Junta Directiva ante el televisor, en el local de la Federación, cubierta la mesa de platos de jamón serrano, olivas, y unas botellitas de Valdepeñas, maldiciendo entre loncha y loncha a la pendeja de la moderadora y recriminándole de paso a él su pasividad, su incapacidad para hacer un quite en el momento apropiado. Pero duda sobre qué se espera que haga. Meterse en medio de la conversación no procede, al menos al principio, daría mala imagen, pero es que la decantación de la presentadora es de juzgado de guardia. (Digo yo que tarde o temprano esta petarda me dará la palabra, que no van a estar ellas de cháchara con lo de la cultura y la concienciación, y yo aquí de figura de escayola…). Debe tomar una decisión. Para eso es el Presidente. Se mete en la conversación, decidido, es lo que están aconsejándole a gritos en el local, seguro. No puede defraudarles, se juegan mucho, para una vez que les invitan. A por ello. Suerte… y al toro.

La locutora se le adelanta.

–Y usted, Manuel, ¿qué tiene que decirnos? Supongo que no estará de acuerdo con lo que Nora nos ha explicado…

Manuel se siente mal. Mal tratado. Maltratado. Así es como se siente Manuel. La locutora dice “y usted Manuel, ¿qué tiene que decirnos?” como si de repente se hubiera percatado de que hay más gente invitada al programa (¡Hombre, pero si hay aquí un señor bajito y regordete! Ni me había fijado; pero vamos, que ya que está usted con nosotras, a ver, opine sobre el particular…). Le lanza un “y usted, Manuel…” como una amenaza, un auténtico reto que se completa con el “supongo que no estará de acuerdo con Nora”. El “supongo que” suena a intimidación, a un “¡anda, atrévete a contradecir a Nora, mi amiga Nora, la defensora de los animales maltratados; a que no tienes cojones de contradecirla!”. Manuel interviene, por fin.

[…]

ESTIGMA [autorrelatos]

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.© abril 2011 .
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domingo, 27 de marzo de 2011



CADENA PERPETUA
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Recuerdo haber oído (quizá fue a mí mismo) aquello de que quien quiera mostrarse cruel con un perro acaso no necesite apalearlo, sino atarlo a perpetuidad. Y no me parece exagerada la reflexión, pues pocas cosas hay tan execrables como la extendida costumbre de amarrar a estos nobles seres y olvidarse de ellos, asumiendo un comportamiento que bien merece calificarse de “violencia por omisión”..

Se trata de una forma de agresión tan absurda como repugnante, por cuanto cercena algunas de las necesidades más básicas de la víctima, pues la perversión viene dada por su propia naturaleza. En efecto, sabido es que nuestros queridos perros son individuos eminentemente sociales, quienes en calidad de tales requieren el contacto con los demás (humanos o congéneres, o mejor ambos), formar parte de un clan, establecer roles y castas, mandar y ser mandado: una vida rica en estímulos, en definitiva. Pero la cadena destruye de raíz todo lo que ellos valoran, y de ahí la reflexión inicial. Desde su ingenuidad, uno tiende a pensar que determinadas realidades se dan sobre todo en sociedades pobres, cuyos habitantes se rigen por mentalidades obsoletas y prejuiciosas. Pero son multitud los casos espeluznantes que acontecen por igual en el mundo opulento. En la mentalidad de no pocos ciudadanos permanece intacta la costumbre de mantener lo que en algunos lugares denominan perros de puerta –espeluznante etiqueta, no me lo negarán–, en contraposición a otros animales de la misma casa, también perros en ocasiones, a los que se permite cierta libertad de movimientos por la estancia. Algunos de ellos incluso pernoctan en el interior, mientras sus desdichados compañeros sufren el calvario constante de la intemperie. Este escenario muestra como pocos la mentalidad esquizofrénica que observa a menudo el ser humano, y nos regala un dramático ejemplo no ya del famoso especismo, que también, sino de la discriminación arbitraria en su estrato más primario: el individuismo (ustedes disculparán el “palabro”)..

Es así que un sinnúmero de perros permanecen atados a una cadena durante largos períodos de tiempo, no pocos durante toda su vida. Es difícil imaginar una tortura más refinada, antes lo decía, teniendo en cuenta su naturaleza gregaria. Se trata, como conoce bien cualquiera que haya tenido la oportunidad de convivir con uno de ellos, de seres que requieren constante atención afectiva, que están “diseñados” para pertenecer a un clan estratificado y de participar de las actividades del grupo. Hablamos de tipos curiosos, amantes de las relaciones con sus iguales, también con otras especies además de la humana, y que agradecen entusiasmados algo tan simple como una caricia o unas palabras amables. Con estas premisas psicológicas, condenarles a permanecer siempre amarrados constituye un crimen execrable. En tal circunstancia, todos sus instintos y deseos quedan frustrados, con el componente de sufrimiento emocional que ello conlleva. Se supone que esta deleznable práctica tiene por objeto disuadir a hipotéticos malhechores de introducirse en la propiedad, pero con demasiada frecuencia responde a un comportamiento compulsivo e irracional por parte de los dueños (utilizado aquí el término en toda su crudeza posesiva), puesto que mantienen atados a animales en lugares donde no existe nada de valor, y que por lo tanto carecen de interés para los posibles ladrones. Por supuesto que el hecho de resultar eficaces en su “cometido” no justifica en el más mínimo grado tamaña agresión, pero aún resulta más despreciable en aquellos casos en los que ni siquiera existe una razón objetiva para ello. Simplemente se ata al animal a la cadena cuando es cachorro para que permanezca allí como un elemento decorativo más del entorno. Y si acaso se tratan de legitimar estos hechos aduciendo que “el ladrido ahuyenta visitas indeseables y alerta a los propietarios”, cabe recordar que hoy existen ya numerosos sistemas de alarma en el mercado como para seguir sometiendo a seres inocentes a esta tortura diaria. Todos estos desdichados acaban con manifiestos desequilibrios psíquicos, tras millones de ladridos, intentos inútiles de soltarse y tirones de la cadena. Al final, simplemente se abandonan a su sino. La mayoría no tiene más resguardo de las inclemencias meteorológicas que una triste y apestosa caseta que acumula la suciedad de años. Y la mala alimentación es un punto más que añadir a la lista. El final es una vejez de achaques y una psiquis derrotada, hasta que una fría mañana no queda más que su cuerpo rígido e inerte..

Por encima de cuestiones de tipo práctico, lo cierto es que hombres y mujeres no tenemos autoridad moral alguna para condenar a seres de naturaleza pacífica y sociable a la miseria de la soledad y al mundo que ofrecen los dos metros de una cadena mugrienta, tan sólo para paliar comportamientos (el robo y el asalto a la propiedad privada) propios y exclusivos de la condición humana, que no canina. Si no somos capaces de respetar a nuestros compañeros de especie y a sus posesiones, en absoluto nos asiste el derecho a utilizar otros para intentar evitar las consecuencias. Ninguna agresión gratuita a los animales –incluyo en el epígrafe por supuesto a los humanos– queda justificada, pero quizá menos aún si hacemos víctima de ella a un amigo. Y los perros son viejos amigos nuestros; no podría ser de otra forma tras quince mil años de aventuras compartidas. Ello convierte nuestro comportamiento en una infamante deshonestidad. A nadie le agradaría ser tratado de la forma en que lo son los animales de guarda, por lo que una dosis de empatía también nos viene muy bien en esta ocasión.

© marzo 2011.

[*] Escribí este artículo para la revista 4patas, de la Asociación Nacional Amigos de los Animales (ANAA).

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sábado, 19 de marzo de 2011


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CONFESIONES DOMÉSTICAS

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Es el tomate origen indiscutible de buena parte de mis desdichas personales en lo que a cuestiones fóbicas concierne, y hasta el mero hecho de ver escrito su nombre –el vernáculo– me ocasiona serias disfunciones fisiológicas en el alto esófago. Odio insuperable al tomate es lo que yo tengo. Por no soportar, no soporto ni su presencia física cuando está cortado. Mis sentimientos hacia el tomate pasan indefectiblemente por un sincero asco, no exento de altas dosis de repugnancia. Dirán ustedes que una y otra cosa son la misma. Discrepo. Al menos en el apartado del tomate, asco y repugnancia constituyen espacios de repulsión diferentes, con entidad propia. Cierto es sin embargo que ambos se complementan hasta conseguir cierto efecto sinérgico. No me pidan que se lo explique; no sabría. Pero conozco bien mis sensaciones, sé de lo que hablo. Como admito mis contradicciones, porque debo confesar que en el tema que nos ocupa las hay. Sirva como ejemplo de lo que digo el hecho de que tolere el tomate en salsa, aunque bien es cierto que en muy estrictas condiciones: siempre y cuando no sea natural, y, ante todo –subráyese esta particularidad–, no contenga pepitas. Parece mentira que unas inocentes semillas puedan desencadenar en el animal humano semejante aversión. Doy fe de que lo hace, y cómo. Más de una vez me he quedado sin comer en un kebab tras insistir a los operarios que bajo ninguna circunstancia incluyeran en el bocadillo tomate natural o rastro de él. La visión de una pepita es suficiente para que acabe conformándome con un plato de correosas patatas fritas. El compromiso pactado de un nuevo bocata sin rastro del innombrable no hace mella alguna en mi decisión de cambiar por completo de menú. Y ya metidos en su disección, pocas cosas cabe añadir a las ya manifestadas sobre la babilla gelatinosa rosada que fluye de sus oquedades internas.
En la versión primitiva de este relato manifestaba mi sorpresa porque el género cinematográfico de las fobias no hubiera recurrido todavía al tomate. Al menos yo no tenía constancia de ello. Todos conocemos películas en las que ratas, arañas, serpientes, sapos, murciélagos, medusas, babosas y demás seres supuestamente malignos hacen de las suyas y convierten en pesadilla la vida de comunidades humanas enteras. ¿Cómo es que a nadie se le había ocurrido introducir el tomate en el guión? Un conocido se encargó de sacarme de mi ignorancia, y me aportó datos de un film americano de finales de los setenta protagonizado por las innombrables hortalizas, que se erigen además aquí en banda psicópata organizada: El ataque de los tomates asesinos. El título se las trae, y aporta ya elementos suficientes como para adivinar en la peli una, digámoslo así, exigua calidad, lo que no es óbice para que la cinta esté considerada a estas alturas como “obra de culto” (suele suceder que productos visuales objetivamente ínfimos ganan el corazón de no pocos aficionados, quienes más que cinéfilos merecerían por ello el calificativo de cinépatas, pero gustos hay para los colores).
Hablaba antes del trauma que en algunos dejan ciertos alimentos, y justo es reconocer que con frecuencia el daño psicológico ocasionado no se debe tanto al producto en cuestión cuanto a determinadas situaciones que poco tienen que ver con el azar y mucho con el empecinamiento absurdo de familiares, quienes sin venir a cuento asumen unilateralmente retos que nadie les ha pedido. Recuerdo con especial desazón cierta vez en que una tía carnal por parte de madre quiso experimentar conmigo (hoy por mucho menos que aquello se acaba ante el juez acusada de crueldad hacia menores, por muy tía carnal que se sea por parte de madre), como se hace con los pobres conejitos en los laboratorios farmacéuticos, y me forzó a tragar un trozo de tomate crudo, asegurando a la audiencia –concurrida comida familiar, el escenario idóneo– que lo mío entraba de lleno en el terreno de las manías, y que aquello se corregía con mano dura, que para eso ella era madre, y que su sobrino (yo) no volvía a ser objeto de burlas por parte de extraños, por el capricho consentido de que no me gusta el tomate y que no me gusta el tomate, con las propiedades que tiene. Lo mejor y más efectivo, un tratamiento de choque. Al niño se le obliga a tragar una buena rodaja de aquello que le repele hasta la náusea, y al instante le tenemos relamiéndose de placer y maldiciendo su estampa por no haber querido probar semejante manjar en sus últimos y únicos diez años de vida. Dejadme a mí, y observad atentos la operación –parecía decir con su gesto decidido–. A ver, Pedrito, cariño, abre la boquita. Pedrito no abre la boquita, ni mención, pero la tía aprovecha un resquicio bucal, descuido imperdonable, y mete sus dedazos por la comisura izquierda. Del descuido al embuchado tomatil no pasaría más de segundo y medio. La rodaja que me endosó la muy bruta bien podía corresponder a un cuarto de una pieza mediana. Después de manifestar a lo largo de casi tres páginas los detalles más descarnados de mi repulsión por el tomate, huelga decir que la sensación en el momento de verme y sentirme con aquel pedazo dentro de mí no fue lo que se dice agradable. Creí vivir una pesadilla, un mal sueño del que te despiertas mediante una incorporación violenta, empapadito de sudor y jadeante tras la angustia pasada, y durante el escasísimo lapso que el trozo permaneció en mi cavidad bucal sentí el frío del mareo y la calor del sofoco. La terapia de choque no salió según lo previsto –al menos según lo previsto por mi tía–. Lo que sí salió según lo previsto –al menos según lo previsto por mí– fue el grumo colorado. Salió de mi boca cual proyectil en una peli de terror de bajo presupuesto, yendo a parar a la pechera de mi tía, arbolaria en sus gestos de por sí, mucho más con un grumo de tomate baboso en su generoso canalillo. ¡Pero será asqueroso el niño éste! ¡Pues no me ha vomitado encima el tomate, el muy cochino! ¡Encima que lo hago por su bien! Déjalo, mujer, déjalo, que si al niño no le gusta, pues no le gusta –le apuntaban varios de los familiares presentes con muy buen criterio, incómodos ya por el empecinamiento de la mujer–, que tampoco es una tragedia. Que no le gusta el tomate, eso es todo. Tampoco se trata de una desdicha familiar ni algo que haya que ocultar en el barrio. ¡Raquítico! Así se nos va a quedar, raquítico, con esas manías de no comer esto y no comer lo otro –apuntaba ella mientras hacía esfuerzos por recuperar el trozo y evitar que éste se escurriera hacia partes más íntimas–. Yo raquítico no estaba; delgado pase, pero no raquítico. No sé de dónde se sacaba aquello mi tía; supongo que lo exageraba para desviar la atención de la escenita de la vomitona. La experiencia fue traumática, créanme, pero la doy por bien empleada, porque a partir de entonces ya nunca me volvieron a insistir sobre el particular. El tomate, a Pedrito, ni ofrecérselo, que lo sepa todo el mundo. Ni los familiares más lejanos –por sangre y por geografía– me insistieron más. Supongo que se correría la voz del incidente y ya todos se percataron de que aquello, lejos de ser una manía, constituía una fobia alimenticia de profundo calado –un síndrome o algo así– que yo simplemente no podía controlar. Han pasado la tira de años y mi tomatofobia sigue intacta, porque a mí, ponerme el camarero la ensalada mixta por error y darme la cena es todo uno. Si acaso hubo alguna vez cierta remota posibilidad de superar la repugnancia hacia el tomate y como mínimo reconducirla hasta una relación cordial, el suceso del que les acabo de hacer partícipes terminó por abortarla.
Pues bien, ya conocen ustedes casi tan bien como yo mismo la fuente de algunas de mis desdichas más tormentosas. Si me porto mal en esta vida y Dios decide por tal motivo aplicarme un severo y ejemplarizante castigo, tengan por seguro que no habrá de enviarme al infierno, como haría con cualquier otro mortal. Simplemente me desterrará a Buñol durante el mes agosto.
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ESTIGMA [autorrelatos]
[Editorial Manuscritos]
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© marzo 2011
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sábado, 19 de febrero de 2011


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EL PARQUE
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El hombre, que ya no vuelve a cumplir los cincuenta, es director de una sucursal de la Caja de Ahorros Municipal en un barrio nuevo de la periferia, un puesto que ni soñaba hace apenas diez años. Destina una ropa ajada para pasear a su perra, una pastora alemana “por decir algo”, como él mismo afirma y el propio can no desmiente, adoptada del albergue para animales abandonados siendo aún cachorra. No tiene raza, no al menos pura, pero se la ve lustrosa y feliz, siempre atenta a los gestos de su dueño. El señor llama a la indumentaria “la ropa del perro”, queriendo decir “la ropa mía para pasear al perro”: un pantalón de pana y unas botas gastadas, más un jersey informal, seguro que elegante y caro en su tiempo. Completa el equipo una riñonera para lo imprescindible: el teléfono móvil para él mismo y un ajuar básico para Gora, compuesto de correa, bolsas para recoger las deposiciones sólidas si se producen, y un peine de púas metálicas que no utiliza a diario. También un saquito de tela con galletas de varios colores que de vez en cuando le ofrece, y que comparte a menudo con los perros amigos. Gora y Boris se conocen, se ven y se saludan de madrugada como mínimo un par de veces a la semana, en ocasiones más, según se tercie. Se huelen el culo con interés comedido, sabiendo que es un culo olido cientos de veces, un culo familiar, un culo previsible. Existe una evidente desproporción de tamaño entre el pequinés que comparte cama con sus dueños y la medio pastora alemana rescatada de la perrera. Eso les hace más interesantes, sin duda. Hay una amistad entre los perros –hablo ahora en general–, qué demonios; si no, de qué mueven el rabo cuando se ven a lo lejos en la penumbra del parque. Saben quiénes son, se cuentan cosas, sobreviene una trifulca que luego olvidan, comparten conversaciones y hasta galletas, se embelesan observando cosas para nosotros imperceptibles. Tienen su propio mundo, y nosotros pertenecemos a él, nos comparten con realidades inalcanzables a nuestra capacidad. Tipos listos, los perros.
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ESTIGMA [autorrelatos]
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© febrero 2011
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