viernes, 10 de mayo de 2013


EL CURIOSÍSIMO Y DECIMONÓNICO CASO 
DE LA SEÑORA KINGSFORD

Aunque los menos, algunos activistas por los derechos de los animales han llegado a la agresión física de sus oponentes: por ejemplo, los partidarios del uso de animales en experimentación (eso que aún se sigue denominando “vivisección”). Médicos, farmacéuticos y pensadores recibieron en sus buzones cartas amenazantes, e incluso descubrieron horrorizados bajo su automóvil paquetes que dejaron de ser sospechosos para pasar a ser oficialmente bombas. Los militantes más corajudos se la jugaron, pagaron por ello con la cárcel, y hasta alguno con la propia vida tras varias huelgas de hambre. A buen seguro que cualquiera de ellos daría gustoso sus dedos meñiques por conocer la fórmula secreta de la señora Kingsford, quien se llevó por delante con total impunidad a más de un afamado vivisector. O eso tienden a creer las mentes más fantasiosas.

Ya desde niña, la entonces Annie Bonus aprovechó la condescendencia de su padre, un próspero comerciante inglés, y comenzó a leer… ¡y a escribir! –mediado el siglo XIX y con vagina de serie, sendas proezas–. La chica era más bien rarita, mas no por las aficiones relatadas, sino por la obsesión que acabó condicionando su vida. Dada al ocultismo, y por zanjar cuanto antes algo tan inevitable en la época como el matrimonio, contrajo nupcias con un clérigo (familiar cercano, por más señas), de quien tomó su definitivo apellido. La pareja consensuó desde el primer momento la absoluta independencia de cada cual, a tal punto que Anna se trasladó a París con la doble intención de estudiar Medicina y continuar con sus investigaciones esotéricas. No gozó de especial simpatía entre la comunidad universitaria, fuera por su convencido vegetarianismo, acaso por sus ideas en general radicales, o quizá debido a su férrea condena de la vivisección. Y sí: para la buena de Anna resultaba del todo compatible estudiar una ciencia empírica y comunicarse con genios y espíritus.

La señora Kingsford sentía verdadero odio hacia las prácticas que sus compañeros de estudios realizaban con toda suerte de animales, y solía retar a los profesores a que experimentaran con ella si tenían valor. Le eran insoportables los aullidos desesperados de las víctimas, y sobre ello escribió: “He hallado mi Infierno en esta Facultad; un Infierno más real y terrible que cualquiera que pueda encontrar en otra parte”. Le espetó un contundente ¡Asesino! al mismísimo Claude Bernard –entonces profesor suyo– en plena clase, cuando este explicaba cómo cocinó vivos a unos pobres animales para estudiar el calor corporal. Con toda su rabia anheló que el profesor muriese esa misma tarde. Si bien no satisfizo su deseo al completo, apenas tuvo que esperar seis semanas, pues al poco del incidente en el aula Bernard cayó enfermo, y falleció mes y medio después sin diagnóstico médico.

Anna asumió con relativa naturalidad que había sido ella la inductora de la muerte del profesor Bernard, y se prometió en la intimidad de su dormitorio que a partir de entonces, en calidad de “ángel exterminador”, dedicaría parte de su energía a acabar con todo vivisector que se cruzara en su camino, convencida de que con ello no hacía sino impartir una especie de Justicia Divina para la que sin duda había sido elegida. Fijó su próximo objetivo en otro profesor: el Dr. Paul Bert. Tras graduarse con notable éxito, pasaría a la historia como la primera estudiante que objetaba a las horribles prácticas de vivisección. Pero ahora estaba centrada en su particular cruzada. Bert no tenía empacho alguno en dejar agonizando durante toda la noche a los animales objeto de sus experimentos, pavoroso escenario que hasta provocaba el insomnio en parte del barrio. El doctor falleció a finales de ese mismo año.

Si su primer “logro” la convenció de ciertos poderes sobrenaturales –y hasta justicieros–, el segundo la animó aún más en su empresa. Metida en faena… ¿por qué no Louis Pasteur? Desdeñó la lenta y antropocéntrica mano de la Justicia, persuadida de que su método era mucho más eficiente, audaz y rápido. Pero la magia es ante todo caprichosa, y lo mismo te ofrece confianza que te da un disgusto de los gordos. Una tormenta, por ejemplo, al salir a hurtadillas del despacho de la que pretendía fuera su tercera víctima. De aquella incursión nocturna cogió una neumonía de las de hace siglo y cuarto, ninguna broma. Y de ahí a la tuberculosis, un paso. Efectivamente, Anna murió en febrero de 1888. Según contaron quienes la acompañaron en el trance, la pobre pasó sus últimos meses atormentada por los gritos e imágenes de los animales en las mesas de prácticas.

Pasteur le sobrevivió siete años largos, con lo que quedaría en parte desmontada la supuesta habilidad mental de la señora Kingsford. O no. Porque en la época en que la mujer ejercía con todo ahínco su odio hacia el científico, este cayó gravemente enfermo, recobrando la salud al poco de que Anna abandonase este valle de lágrimas.

[*] Escribí este artículo para AllegraMag

viernes, 12 de abril de 2013











VICTORIA

Me impuse hace algunos años escribir al menos un artículo de opinión al mes. No se trató del preceptivo cumplimiento de promesa tras concesión mariana, pues imagino a la Virgen en tareas bastante más relevantes que andar prestando atención a un tipo chiflado al que le dio por defender a los animales. Cumplí en la medida de mis posibilidades, que no son otras que las que ofrece el amateurismo literario. Pues bien, y por razones de estricto carácter personal, apenas redacté en los últimos seis meses un par de textos ya comprometidos. La grave situación de un familiar cercano cambió por completo mi vida cotidiana durante setenta y cinco días de plomo, y es de suponer que su despedida final habrá de establecer por fuerza un antes y un después. Siendo este el primer texto tras la irremediable pérdida, no se me ocurre que pueda acometerlo sino como tributo a su memoria, ustedes se harán cargo.

Me comentaba una amiga en confesión telefónica que de estos trances se sale, en cierta medida, “como una nueva persona”. Si me pareció entenderla entonces, ahora estoy seguro. Y se preguntarán a estas alturas del artículo por la relación que pueda haber entre lo que he contado hasta ahora y el espíritu que alimenta este espacio. La respuesta es sencilla: creo que cambié a mi madre.
Ella reformulaba su [notable] habilidad gastronómica cuando tocaba comida familiar, asumido que le había tocado en suerte un hijo “rarito”. Escribo esto en broma, naturalmente, pues me consta que Victoria siempre aceptó con íntimo orgullo que un servidor dedicase buena parte de su energía a esto del animalismo, que saliera a veces en la tele y hasta que escribiera libros, y de hecho siempre relataba en mis visitas a casa, como si de un parte obligado se tratara, tal o cual noticia protagonizada por animales –no todas agradables– llegadas a sus oídos.  

Desde mi más absoluta inmodestia, reflexiono de cuando en cuando sobre la medida en que cada uno de nosotros acaba por influir en los demás, sea a través de comentarios fugaces o de sosegadas sobremesas. Y me agrada pensar que algo queda de todo eso: de enseñar; pero sobre todo de aprender a escuchar y contemplar el criterio ajeno como una real posibilidad. Es por eso que quiero rescatar para la ocasión un par de pasajes protagonizados por Victoria durante esos fatídicos dos meses y medio en la cama de un hospital. El primero surge de un comentario en cierto modo banal de mi padre sobre el doloroso final que padeció su antiguo patrono, hace de esto la tira de años. Respondió a ello mi madre con un escueto y helador diagnóstico: “Acabó así por ser un criminal con los animales”. Se refería a la conocida afición del finado por la caza mayor en África, cultivada a lo largo de casi toda su vida, lo cual le servía para jactarse de ello y sacar pecho a la menor ocasión ante propios y extraños, exhibiendo, ora en público ora en privado, una “valentía” que oscilaba entre lo palurdo y lo chusco. De hecho, quedan todavía por ahí los restos de la masacre –lo mismo el cadáver acartonado de un pobre león que una pata de elefante reconvertida en espantoso cenicero–, una especie de museo cutre que diferentes instituciones locales consiguieron quitarse de encima en su día. ¡Qué horror!
El otro pasaje tiene que ver con Tordesillas, la conocida localidad vallisoletana, escenario de históricos acuerdos en los estertores medievales, y hoy centro de todas las miradas cada septiembre. Victoria había estado allí a principios de dicho mes, precisamente, en parada rutinaria de vuelta a casa, y nos comentaba en un momento dado a mi padre y a mí lo bonito que era el pueblo… para soltar a continuación a modo de triste epitafio: “Lástima lo que le hacen al toro”.
Mi madre, castellana de origen y crianza, hizo uno y otro comentario con razonable convicción y sin el menor atisbo de lisonja gratuita. Y entiendo que eso es lo que de verdad importa: la ética que uno acaba por esculpir en sí mismo, con independencia de que venga dada aquella por convicción propia o por enseñanza ajena, cuestión baladí si al final salen las cuentas.

La vida sigue, en fin, y no queda otra que intentar en la medida de lo posible dejar un mundo siquiera algo mejor del que se recibió. Que cada cual se autoimponga aportar su correspondiente cuota a ese objetivo no parece desde luego mala idea. Sabemos que resulta imposible calibrar con rigor esa mutua influencia: el mayor o menor poso que cada ser humano deja en los demás. Pero Victoria y su regio nombre sirven en este artículo de fácil metáfora para la esperanza.


[*] Escribí este artículo para AllegraMag. Y retomo con él una vieja costumbre, cortada de raíz aquel infausto septiembre, cosas de la vida –y de la muerte–. 

lunes, 3 de diciembre de 2012


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CLASE TURISTA, 
CLASE INFIERNO
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Les refresco la memoria. Poco después de tomar posesión de sus asientos para la presente legislatura, sus europarlamentarias señorías votaron de forma masiva –sabido es que la unión hace la fuerza; y la desfachatez, añado yo– contra la propuesta de congelarse el sueldo, de renunciar a suculentas dietas económicas… y de rebajar la categoría del viaje en avión hasta su lugar de trabajo. Quédense con este último detalle: dijeron que nanay de la China a la Clase Turista, habiendo como hay todavía aquí castas y calidades, y antes muertos que mezclados con la chusma, gracias a la cual, por cierto, ocupan sus poltronas y se fuman sus habanos entre sesión y sesión, nunca está de más recordarlo, pues una generosa mayoría de este sagrado clan parece afectada de una amnesia repentina así que ve asegurado su puesto.

Pero pongamos las cosas en su sitio en cuanto a qué supone de verdad el desplazamiento en la mencionada categoría y en una superior, aunque nada más sea que por abonarnos a la con frecuencia poco reconocida virtud del rigor. Vale que esto no es lo que era, y que por tal se añoran las condiciones en que se volaba hace apenas unos años… pero reconózcase igualmente que todavía la comodidad entre Bruselas y Madrid, dos horas escasas, permite echarse un reparador sueñecito tras ingerir el socorrido tándem bocadillo-refresco, a una temperatura más que agradable, y con el ambiente perfumado en su justa medida. Hablo de la Clase Turista, el escalafón más básico en cuanto a glamour pasajero. Aún así, dichas condiciones distan años luz de la forma en que viajan otros pasajeros, estos durante docenas de horas, a veces días, de pie, sin la posibilidad física de recostarse a descansar, entre heces y orines –propios unos, ajenos los más–, en constante roce con sus compañeros de viaje, algunos de los cuales protestan de la mejor forma que saben: muriéndose. Y no regresan nuestros protagonistas a casa tras una agotadora jornada de trabajo, a ese hogar dulce hogar donde alguien les habrá calentado las pantuflas y preparado un reparador plato de sopa como preludio al suculento asado. Van estos desdichados al matadero, donde les espera el matarife presto a colgarlos boca abajo sin la menor consideración, apenas un segundo después de la descarga eléctrica y del cuchillo en la garganta, forman así una siniestra cadena de montaje, o mejor diremos de “desmontaje”, pues en apenas unos minutos se convierten los hasta hace poco pasajeros en una fuente de sangre que mana de su cuello, en una canal de la que se desploma en golpe seco su humeante paquete visceral, en trozos de trozos de trozos, pulcramente empaquetados con destino a las estanterías del centro comercial o de la charcutería del barrio. Poco habrá de importarle tan nimio detalle a una ternera que ya no es ternera, sino solomillo; como dejó de ser cordero el cordero para convertirse en chuletillas; como mismamente mudó en un pis-pas el gruñón cerdo en jamón y codillo. Pues convengamos en que ni solomillo ni chuletillas ni jamón ni codillo pueden ya sufrir, en calidad de cuerpos inertes, simples trozos postcadáver. Quienes sí sufrieron lo indecible durante toda su vida (¿nos llegamos a hacer una ligerísima idea de lo que debe de suponer toda una existencia de privaciones y dolor?) fueron los animales cuando aún merecían ese nombre, en vida, desde su primer hálito hasta su último estertor. Suele ser ese viaje final “coherente” colofón a una trágica experiencia vital. Porque, como ya se ha comentado, nada que pueda identificarse con el concepto de bienestar –transparente y sin dobleces en su etimología: estar bien– acontece en este definitivo tránsito. Precisamente por eso, ni que decir tiene que acortar su duración supondría por parte de quien tiene potestad para decidirlo un elemental ejercicio de humanidad, de la misma forma que negarse a ello habría de significar, en lógica consecuencia, un lamentable acto de mezquindad.

Hará bien el lector –dense ellas también por aludidas– en preguntarse qué diablos tienen que ver sus señorías europarlamentarias, aquellas que abrieron el presente artículo, con el ganado que le tomó relevo, y hará mejor el autor si ofrece a la parroquia una respuesta concisa hasta lo telegráfico: ¡todo! Porque buena parte de quienes se negaron a viajar en Clase Turista durante un par de horas –con bocadillo, refresco y temperatura regulada, recuerden–, se negaron por igual a firmar la Declaración Escrita que instaba a Consejo y Comisión a iniciar los trámites legales para limitar a un máximo de ocho horas el trayecto final del ganado camino del matadero. (Hago aquí una pausa valorativa para que digieran la doble información, que también es doble infamia, se habrán dado cuenta del detalle, perspicaces como seguro son). Tienen dichas señorías nombre y apellidos, además de muy escasa vergüenza, y pueden ser identificadas sin error posible: solo hay que bucear en la red, el ojo que todo lo ve, el dedo que todo lo señala. Algo más de trescientos caballeros y damas, representantes legítimos de la ciudadanía europea toda, fueron simplemente incapaces de estampar una humilde firma, sabiendo como sabían que con ello harían desaparecer una cantidad ingente de padecimiento gratuito a seres inocentes y por completo desarmados ante sus verdugos (¿cómo habría de defenderse un níveo corderillo; a qué armas podría recurrir un rosado lechón?). Un ejército de señorías incapaces para la compasión hacia el prójimo –lo es también el colectivo animal–, pero que se aferran histéricos a la prebenda propia, negándose a dejar su asiento de lujo para ocupar otro sencillamente cómodo.

A pesar de la criminal inacción de estos más de trescientos cincuenta miserables, la propuesta salió adelante, y supuso un histórico éxito –uno más– del Movimiento Animalista, que sigue corajudo colocando baldosas en el camino, también este un viaje, lento pero firme, hacia un mundo sin viajes Clase Infierno, sin campos de concentración, sin separación de familias… ¡Sin mataderos! Y, puestos a pedir, sin políticos farsantes y egoístas.

[*] Escribí este artículo para la revista 4Patas, la revista de ANAA (Asociación Nacional Amigos de los Animales).


© diciembre 2012

jueves, 13 de septiembre de 2012



ARMADOS DE DAGA Y ESTILETE

“Si no les gusta el Toro de la Vega, que no vengan”. Con esta elaborada sentencia filosófica sacaba pecho ante los micrófonos el valiente que lanceó a Volante, un ser derrotado de antemano, que no pretendía con su alocada carrera sino encontrar la salida hacia la dehesa, su casa de toda la vida, y con toda probabilidad hasta pueda ser que soñara la noche anterior con reencontrar a amigos toros y a colegas humanos, pues desde siempre existieron casos de dramática complicidad entre víctimas y verdugos, ingenuos aquellos, perversos estos.

Pues eso, que dice el chavalote de La Seca que a quien no le guste, que no vaya. Sergio, querido… está claro que no has entendido nada, ni lo más elemental entre lo básico. En el caso que nos ocupa, y que no es otro que una ejecución sumaria y tumultuosa, hay que ir precisa y particularmente a Tordesillas porque no gusta. Hay que ir allí para deciros a un palmo de la cara lo que sois: unos desalmados, unos palurdos iletrados, unos criminales impúdicos. Pero sobre todo unos pobres infelices. Lo decía el corresponsal de un periódico extranjero –no recuerdo cuál ni de dónde– cuando le preguntaban sobre sus sensaciones durante la pasada edición, que se vio obligado a apreciar in situ por cuestiones de trabajo. “Gente triste –resumía–; me pareció una fiesta muy triste con gente aún más triste. No parecía una fiesta. La masa me transmitió una sensación desasosegante, parecía que todos estaban cabreados”. Bueno, supongo que es una forma de expresarlo: la suya, para más señas, personal e intransferible, como de hecho lo son todas. Pero digo yo que el más triste y perturbado entre todos sería Afligido –escrito con jota en el programa oficial de fiestas, no les miento– el reo precondenado de hace un año. A mí, que la gente esté apenada o exultante en semejante chacinería me la trae un poco al pairo, pues el resultado viene a ser el mismo: la agresión y muerte de un inocente. Pero quizá la cosa tenga su recorrido en el particular campo de la antropología social, y hasta de la psicopatología. Si uno asiste [forzado] a un festejo coral y se lleva la nítida sensación de que los participantes tenían cara de vinagre, algo no cuadra: o el observante percibió errada la realidad, o necesitan los lugareños tratamiento de choque urgente.

Sergio se trasladó desde una vecina localidad para participar en el torneo, sobre el que me juego lo que quieran a que no sabe ni cuándo comenzó ni por qué, ni rábanos que le importa. Pero es lo mismo, porque sabido es que estas cosas vienen de muy antiguo, de cuando la Edad Media, y siendo así, no puede permitirse que tradiciones tan añejas se mustien y acaben por desaparecer. Lo del valor intrínseco de lo antiguo adquiere en ciertas mentes una consideración extraña, por cuanto selectiva. Son capaces estos personajes de echarse a llorar de emoción (“¡Es que no se puede expresar con palabras!”; ¿les suena de algo?) por lo antiquísimo del evento mientras encienden en su casa el aire acondicionado y se acercan en buga de última gama a comprar tabaco al estanco de la esquina, al tiempo que hablan por el aifon (sic) con Zutano y Menganito, ardientes defensores por igual estos de las más añosas costumbres, pero aferrados como lapas a la buena vida moderna. Nada nuevo bajo el sol. Muchachotes así se quedarían en simples caraduras si no fuera porque llegan a íntegros sinvergüenzas. “Al que no le guste, que no venga”. ¡Valiente sandez! Me la juego de nuevo, y advino esta vez a nuestro protagonista confesándose lector empedernido –del diario Marca–, y apuntando a un tal Ronaldo como su personaje histórico favorito. Le dan a uno entonces ganas de empezar con el rollo ese de que cuando hay víctimas inocentes que sufren la violencia gratuita y unilateral de agentes morales no cabe reducir el debate a una cuestión de gustos entre partidarios y detractores, como si la víctima principal no existiera, o fuese esta un mero elemento de atrezzo en el polvoriento pinar. Antes que a cualquier otro actor, habría que preguntarle a él, al torito aterrado, y fiarnos de sus ojazos de cristal, donde todavía se refleja su querida encina, a la que ya nunca volverá. Pero mucho me temo que con tales aguerridos lanceros no valen de mucho ni silogismos ni metáforas. Lo único que estos ciudadanos entienden es la hostia en la cara. Que se presenten en su domicilio un grupo de jovencitos con nocturnidad y alevosía, armados de daga y estilete, y que le hagan ver en rápida y práctica lección que no está ni medio bien andar por ahí acuchillando el costado de animales que no le han hecho a uno nada. Que le espeten los visitantes entonces bien clarito, para que lo entienda hasta él, que allí solo están quienes gustan de la didáctica domiciliaria, y que los demás se quedaron en casa. “Al que no le guste, que no venga”.

¿De dónde salen estos individuos? ¿De dónde demonios surgen semejantes seres, capaces lo mismo de atravesar el corazón de Volante que de abatir a tiros una alondra en pleno canto? ¿Qué estamos haciendo mal para que siga habiendo, en pleno siglo XXI y en la ínclita Europa, sujetos como Sergio? A veces me da por pensar que lo peor de nuestra culpa pasa por quedarnos en casa, en lugar de ir a Tordesillas cada septiembre. Me percibo ahora por completo fracasado desde mi humilde condición de escritor amateur al no saber contestar con una mínima solvencia estas y otras similares preguntas. Pero, créanme, la fórmula didáctica antes apuntada, por fea y desagradable que resulte, es la única que aprecio eficaz en estos momentos para meterles en el cerebro a estos gañanes la idea de la empatía, y evitarles así la azarosa tarea de consultar el diccionario.


[*] Sugiero una rápida visita a este mismo artículo en Allegramag, donde se exponen algunas imágenes más de tan aguerrido mozo castellano.


© septiembre 2012

viernes, 13 de julio de 2012




EL SÁNDWICH

[…]

–¿Y eso? –el joven señala un cubo de plástico que contiene algo de líquido, apenas un dedo de agua, donde luchan por respirar dos o tres pececillos. Arquean sus cuerpos, desesperados, y dan bocanadas aquí y allá sin entender qué sucede y por qué se les va la vida por momentos.
–¿Eso? Morralla. No hay más que morralla. Aquí he pescado yo barbos así –exagera con las manos, indicando el tamaño–. Ahora, esta mierda es lo que queda –indica con desprecio el contenido del cubo.
–Ya. Pero bueno, entonces ¿para qué los tiene usted ahí, agonizando? Estos yo creo que no son ni del tamaño mínimo ese que exigen, ¿no?
–Ah, ni idea si son del tamaño o no. Yo vengo a echar la mañana, a pasar un rato; no me voy a traer el metro para medirlos, como usted comprenderá. Pero vamos, que yo con esto no aparezco en casa. Para hacer el ridículo, para eso no madrugo yo…
–O sea, que ahora los devuelve al río… Se ve que están agobiados, los pobres, ahí casi sin agua… –el joven trata infructuosamente de hacer ver al pescador que no tiene demasiado sentido hacer pasar un mal rato a los peces si enseguida los va a liberar.
–Más agobiado estoy yo, que me voy de vacío… –el hombre se centra en su propia desgracia, y no confirma que los vaya a soltar.
–Entonces ahora los echa de nuevo al agua…
–¡Joder con que los eche al agua…! –eleva el tono de la voz y la hace más agria–. ¿Pero usted qué es, un ecologista de esos que van salvando animalitos por ahí, o qué…?
–No, no soy un ecologista de esos, pero es que me angustia un poco verlos ahí ahogándose, y como dice usted que no se los piensa llevar a casa, no sé… ¿Qué va a hacer con ellos?
–Pues sí que es usted sensible. A mí me preocupan más los problemas de las personas, qué quiere que le diga, eso es lo que tendría que angustiarnos –saca a colación sin venir a cuento lo del sufrimiento de las personas–. Pues ahora cuando me vaya los echo ahí en esos matojos y listo –explica en tono desafiante, como dejando caer un ¿piensa usted hacer algo para impedirlo?–. Si quiere les doy una tapita de jamón serrano, para que almuercen, ¡no te digo!… –se mofa ahora de la sensibilidad que muestra el joven hacia los peces. A éste no le gusta su actitud, pero no se lo expresa con gestos. Decide dejar a un lado su preocupación por los pececillos agonizantes.
–Hablando de almorzar, creo que ya es la hora. Venía por el camino pensando en los sándwiches, precisamente –el joven se descuelga la mochila que lleva a la espalda, la planta sobre el suelo con un ruido sordo y comienza a quitar las correas. La abre y extrae unos paquetitos cuadrados–. ¿Le apetece uno? Si no le molesta, almuerzo aquí, con usted…
–A mí qué me va a molestar, hombre, la compañía siempre es bienvenida. Y si te invitan, pues ya ni te cuento –el hombre ríe su propia gracia–. Mira, yo almuerzo hoy no me he traído, porque pensaba ir recogiendo ya, pero vamos, que me quedo un ratito más si es por eso.
–¿Le gusta este? –le muestra uno de los sándwiches, envuelto en un fino plástico transparente.
–A mí me da igual. Venga ese mismo. Encima de convidado, no voy a exigir. Le advierto que yo soy más de bocadillo de chorizo; esto de los sangüis, o como se llamen, es comida de chavales, así como usted; nosotros somos más de bocadillos, de “bocatas” –ríe de nuevo, queriendo demostrarle que conoce el lenguaje de los jóvenes, que es un tipo moderno a pesar de sus sesenta y uno y de llevar jubilado casi tres–. ¿De qué es?
–Vegetal.
–Ya… –el hombre deja escapar una mueca, si no de medio disgusto al menos de decepción–. ¿Usted qué es, herbívoro?
–¿Vegetariano? No, no soy vegetariano, pero me gustan éstos de lechuga, tomate, patata cocida y aguacate.
Al pescador le parece el sándwich más raro del mundo. Lo de la lechuga y el tomate le suena normal, compatible, pero en ensalada, no entre pan y pan. Y ya lo de la patata cocida como que le desubica por completo. Aguacate le suena a herramienta, no consigue vincularlo con nada comestible.
–Vegetariano, eso quería decir. Venga pacá ese sangüis, que me ha abierto el apetito la conversación. Yo no puedo ofrecerle nada, a no ser que quiera un trago de vino, aunque le advierto que está ya un poquito caliente. Lo he traído envuelto en una servilleta mojada, pero desde esta mañana, ya me contará…
–Sí, no se preocupe, se lo acepto. Gracias.
–¿Usted no pesca?

[…]



[*] Este texto es un extracto breve del relato que lleva por título EL SÁNDWICH, uno de los veinticinco que conforman ESTIGMA, mi segundo libro, a través del cual abordo –con una generosa dosis de humor– algunas de las cuestiones esenciales de la vida, cuales son el amor, el odio, la mentira, la solidaridad, la desgracia… ¡y, por supuesto, la defensa de los animales! Cada relato está presidido por un bello dibujo de mi amiga Carme Fitó, antropóloga catalana y animalista convencida.


© julio 2012

miércoles, 4 de julio de 2012




HIPÓTESIS

Habrá pocas dudas de que los Sanfermines encarnan, como pocas, la idea del jolgorio desatado y de fiesta popular. Llegado el momento –el ecuador de cada seis de julio, ni antes ni después–, la masa humana enloquece y comienza a pegar brincos en inequívoca muestra de disfrute colectivo. Cosa lógica –lo de la locura coral, digo–, si se piensa que para tal fin se inventó la fiesta, y que casi cincuenta y un semanas esperando son muchas semanas como para que, dada la hora, la gente se tome el chupinazo como una llamada a maitines.

Pero hete aquí que, conocido el caldo nutricio de la fiesta, a uno le da por pensar que a buen seguro la celebración no lo es para todos, al menos no para los animales obligados a correr por las calles empedradas, ni aún menos para esos mismos animales que, olvidada ya la absurda carrera a ninguna parte, serán ejecutados en pocas horas sin un mísero juicio sumario que maquille tan nauseabundo crimen.

Siempre consideré que, entre todas las formas de violencia que los seres humanos ejercemos sobre los demás animales, son las más perversas aquellas en que el maltrato se produce de forma pública; y con toda probabilidad, el hecho de que estén auspiciadas por la Administración, el poder político y hasta el mediático, agrava considerablemente el panorama. Por otro lado, atisbo que, mientras algunas de dichas agresiones son percibidas como tales por la opinión pública (las corridas de toros, por ejemplo), otras se digieren como tradiciones inocuas, por la trivial razón de que no se perfora el cuerpo de las víctimas con objetos metálicos. Me refiero con ello, naturalmente, a los encierros en todas sus versiones, presididos por los que tienen lugar durante los sacrosantos Sanfermines.

El lenguaje pretendidamente culto y rebuscado al que se recurre para hacer referencia a las corridas de toros ayuda a enmascarar su verdadera naturaleza. Pero, a pesar de todo el perfume desplegado, la tauromaquia hiede. Porque al final, lo que queda, por encima de la mística palurda y de las posturitas sobreactuadas, no es más que un reguero de cuajarones humeantes y de bramidos de dolor. Resulta hastiante tener que recordar de nuevo que son toros y caballos (estos, los grandes olvidados de semejantes linchamientos públicos) sujetos sensibles al sufrimiento, de similar manera que pueda serlo usted mismo. Todos los mamíferos estamos dotados de un sistema nervioso y de una estructura emocional en lo esencial idénticos, por lo que agredir a un hombre o a una mujer no es necesariamente peor que hacer lo mismo con cualquier otro animal, sea toro o caballo. Y no está de más traer a colación la obviedad de que una sociedad que legitima realidades como la tauromaquia tendrá por fuerza serias dificultades argumentales para condenar otras variantes de violencia unilateral, como pudieran serlo las de carácter ideológico.

Vivimos tiempos de esperanza (que sea esta lo último, en el fatídico caso de perderla; lleva razón el refrán), con algunos logros palpables como el de Cataluña, a los que sin duda seguirán otros a corto y medio plazo, porque la ética, tozuda como es, solo tiene un camino. Pero ¿qué pasa con los encierros? No son pocos quienes muestran una siniestra doble cara al condenar sin paliativos la clásica corrida mientras prefiere pasar de puntillas por otras formas de diversión popular, o aun apoyarlas sin reservas. La fascinación estética (tonto eufemismo para “morbosa”) que la mayoría de la gente siente hacia los encierros impide una reflexión objetiva y rigurosa sobre las consecuencias que tienen estos para sus verdaderas víctimas: los toros. Si hiciéramos un esfuerzo mental para ponernos en su lugar, comprobaríamos que el auténtico sufrimiento comienza cuando son raptados de la dehesa, el único entorno que conocen. Allí dejan a sus compañeros de manada (en un ámbito humano los llamaríamos “amigos”, como si la amistad no existiera más allá de nuestra especie) y todo cuanto constituye toda su referencia biográfica. El traslado a cientos de kilómetros constituye siempre para ellos una experiencia traumática, por su incapacidad para comprender lo que sucede. El estrés severo que padecen les hace perder kilos de peso, y cada año se producen varios casos de muerte por colapso. Ya en el escenario del encierro, todo está concebido para que los animales corran, y que lo hagan además en el sentido que sus promotores desean. El asfalto constituye para ellos una auténtica tortura añadida, que les genera una constante desagradable sensación de inseguridad. Son frecuentes las caídas, así como los golpes contra las vallas en los bruscos cambios del recorrido. El hecho de no poder refugiarse de quienes les hostigan supone un elemento más de frustración para ellos. Digámoslo alto y claro: los encierros más famosos del mundo, los de Pamplona, son una burda agresión gratuita a seres por naturaleza pacíficos y huidizos, de tal forma que ni la tradición ni la aceptación secular pueden legitimar lo que no pasa de ser sino una burda canallada.

La [oscura, o mejor diremos “oscurecida”] realidad es que los pobres morlacos se muestran aterrorizados ante una multitud hostil, que les acosa con su sola presencia, más si esa horda vociferante está dispuesta a lo que sea para que el guión se cumpla. Es por ello que, en lugar de atacar a sus agresores, tratan de permanecen juntos con el único fin de encontrar así un contacto físico de efecto tranquilizante. Y aquí comienzan de súbito las hipótesis. ¿Nunca pensaron ustedes en por qué concreta razón no decide en cada encierro un toro “tomarse la justicia por su mano” y arremeter contra la masa? Serían suficientes un par de minutos de gestionada furia para ensartar a una docena de corredores y acabar con ellos. ¿Qué sucedería si durante cada encierro de Pamplona un toro diese muerte a ocho o diez participantes? ¿De qué se alimentan los encierros en general, sino de esa “desconcertante” bondad bovina?
Como tampoco nadie parece reflexionar sobre por qué corren los toros por las calles, cuando ninguno lo hace desbocado durante varios minutos en su medio natural… ¡salvo que este muerto de miedo! Puestos a establecer hipótesis, ahí va otra: ¿qué pasaría si la manada completa de toros y cabestros decidiera “plantarse”? Sí, imagínense la escena: lanzado el cohete, el portón se abre, y el grupo avanza pausado hacia la cuesta, para, apenas recorridos unos metros, tumbarse en comandita y sestear sin prisa, que la fiesta también es relajo y distracción… ¿Tienen ya fijado en la retina el espectáculo? ¿Cómo se convence a trece astados –en lotes individuales de seiscientos kilos– de que no responde eso al protocolo? Imposible denunciarles ante la Magistratura de Trabajo, pues no hay contrato firmado que valga. ¿Acabaría por intervenir la Guardia Civil para, tras ser convenientemente ametrallados los rebeldes astados, despejar la calle? ¿Y si al día siguiente sucediera otro tanto?

Yo sé que son días de juerga y diversión, acaso impropios como tales para la hipótesis filosófica… Pero lo que más angustia me produce es pensar que, cuando se dé cerrojazo a la fiesta, una dramática mayoría continuaremos en la más absoluta inopia moral. Hasta el ecuador justo del próximo seis de julio.




[*] Este texto tiene su origen en el que tuve ocasión de redactar para una campaña de concienciación, de la mano de la Asociación para un Trato Ético con los Animales (ATEA), hace de esto ya algunos años. Titulamos a la campaña POR UNOS SANFERMINES SIN VIOLENCIA HACIA LOS ANIMALES, y con toda probabilidad supuso el preludio de la peregrinación anual que distintos colectivos animalistas emprenden hacia la capital navarra iniciado julio, con la sana intención de denunciar ese “lado oscuro” de la mundialmente famosa fiesta, pues se nutre esta de sangre y dolor ajeno, con lo que no merece desde luego tan lúdico apelativo.




© julio 2012

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jueves, 7 de junio de 2012




QUE VEINTE AÑOS

NO ES NADA…

Afirma el popular tango que veinte años no es nada, y apunto yo que, según para qué, veinte años es toda una vida, o cientos, y seguro que miles en el caso que nos ocupa. Vayan pues por delante mis sinceras felicitaciones para el grupo humano que conforma ANAA (y aún mayores parabienes para sus representados peludos), algunos de cuyos miembros apenas conozco de un par de encuentros y el intercambio de unos pocos correos electrónicos, superficial relación, como se ve, consecuencia lógica, supongo, de mi timidez y de su discreción. Siendo veinte años una más que generosa mochila de vivencias para cualquiera que vea pasar la vida desde su espíritu anodino –una deprimente mayoría en esta sociedad, no nos llevemos a engaño–, imagino lo que supondrán si se emplea todo ese tiempo en ayudar a los demás, que “los demás” son sin duda perros, gatos, caballos, y otros amigos “menores” de la casta roedora, a quienes estos hombres y mujeres rescataron del infierno y les acabaron ofreciendo el paraíso, pues son por lo general chuchos y mininos tipos bien conformistas en dicho aspecto: no necesitan ellos sino un hogar confortable, una familia, y un hoy calcado del ayer que promete un idéntico mañana. Fiel ejemplo de que la felicidad anida tras cualquier esquina y que no necesita de sofisticadas recetas. Y, a pesar de la evidencia, nos permitimos el lujo los humanos de seguir sin aprender la lección…

Pero lleva por título esta sección un poco amistoso Denunciamos, y se me ocurre que, puestos a ello, podríamos reflexionar juntos sobre la imagen que se han labrado los defensores de los animales en esta sociedad marcada por el egoísmo y la banalidad moral, una comunidad atestada de gente y donde escasean sin embargo las personas, entiéndase la metáfora. Pesa como una losa a los desdichados animales la herencia milenaria que coloca a los humanos –como si acaso no tuviéramos nada que ver nosotros en el guión– en el centro del universo, ocupando ellos, sumisos, las zonas periféricas de la instantánea, reducidos a la categoría de mero atrezzo, los animales todos a nuestra entera disposición, que bien claro lo dejan ciertos sagrados textos, atribuidos por más señas al Altísimo, cuando toda la pinta tienen de haber sido pergeñados en pérfida comandita por los “bajísimos”. Están los animales colocados ahí para nuestro uso y disfrute desde que el tiempo es tiempo, como productos de saldo en una estantería, y el simple cuestionamiento de tal disposición se convierte en herejía, la misma que otrora se saldaba con la cremación pública del osado pecador. Algo hemos ganado con el paso del tiempo, no seré yo quien lo niegue, pero uno, descreído por naturaleza, sigue advirtiendo –en la sociedad en general y en las instituciones públicas en particular– una Inquisición encubierta, convenientemente maquillada –eso siempre– por expresiones edulcorantes como Democracia y Estado de derecho, lo que son las cosas y la ingeniería ideológica… Se abre camino el Animalismo a base de inusitado esfuerzo y todavía mayor coraje de sus miembros, verdaderos protagonistas de esta descomunal empresa, seres anónimos cuya máxima satisfacción supone ver cómo este o aquel animal, que llegó arrastrándose al refugio, sale de él apenas unos meses después dando saltos de alegría, acompañando a su nuevo y definitivo clan. No creo que haya atisbo de efectismo gratuito en la etiqueta elegida –“descomunal”– para calificar la tarea, por cuanto nos enfrentamos a un reto tan arduo como mutar la mentalidad social. ¡Casi nada! No conoce este humilde escritor mayor acto revolucionario.

Con cuantas luminosas excepciones procedan, continúa la Administración percibiendo en el Movimiento de Defensa Animal al enemigo, si no a abatir, al menos a combatir. (De similar forma se percibió en otra no tan lejana época al Movimiento Feminista o al Movimiento de Liberación Racial; cuestión de colores, cuestión de sexos, cuestión de derechos y de justas reivindicaciones, al fin y al cabo). Es así que la formulación de una “sencilla” denuncia puede convertirse y de hecho se convierte a menudo en auténtica pesadilla, a pesar de que los innumerables textos legales proteccionistas que inundan este bendito país debieran erigirse en santo y seña de la solidaridad bien entendida ante las autoridades, siendo como es la sociedad civil quien asume una labor que corresponde de facto al poder establecido, díganme si estoy diciendo algo extraño. Se comprueba con desolación que la misma entidad administrativa que se coloca medallas cuando aprueba un texto –siempre tras ímprobos esfuerzos de los diferentes colectivos sociales, subrayemos el detalle– se encarga luego de driblarla, y en cuanto puede hasta de ningunearla. Sin pretender que se regale nada a nadie, entiendo que en el ayuntamiento, en la diputación, en el gobierno autónomo de turno, deberían extender una alfombra roja y tener a punto una bandeja de humeantes canapés cada vez que aparece por la puerta un animalista, pues son ellos y ellas quienes se dejan la piel por un objetivo tan loable como cumplir la ley. Lejos de ser así, las más de las veces son percibidos como “sospechosos”, cuando no como “tocanarices”. Lo único que avala a la Administración en esta lid es el poder que ostenta, sabiéndose ella muy superior en recursos, y sucede que casi siempre la derrota animalista viene de la mano de la desazón y del hartazgo. ¿De verdad creemos que no es esto una forma de violencia soterrada? Resulta simplemente indignante constatar que habitamos en efecto un país donde a la Administración que todos financiamos le resulta con mucho más fácil ignorar la norma que a la sociedad hacer que se cumpla. ¡El mundo al revés!

Acude de nuevo a mi cabeza el estribillo del tango, repite como un soniquete que veinte años no es nada, y merece de nuevo ser contradicho cuando de practicar la solidaridad se trata, particular campo del ejercicio empático en el que hasta un segundo puede cambiar la vida de alguien para siempre, cuánto más han de aportar dos largas décadas, hagan cuentas. Aunque intuyo que –por fortuna– no necesitan estos amigos palabras de aliento, mucho ánimo en este comienzo de los siguientes veinte…






[*] Acaba de publicarse este artículo en el último número de la revista 4PATAS, que edita la Asociación Nacional Amigos de los Animales (ANAA). Pretendo con el texto, además de a ellas mismas (abrumadora mayoría femenina, es lo que hay) por su vigésimo cumpleaños como entidad, rendir un sincero homenaje a todas esas personas que sacrifican parte de su vida (familia, dinero, y en según qué casos hasta imagen social) por algo que seguro no tiene precio: la solidaridad hacia el desheredado. Y con ellas pretendo disfrutar de una jornada (domingo 17 de junio, XVI Concurso de Perros sin Raza) que, en mi caso particular, asumo como un chute de optimismo anual después de tanta mierda digerida a lo largo de la temporada. Siendo que las imágenes que ilustran este texto fueron tomadas durante la edición pasada, no hay excusa para perderse esta. ¡NOS VEMOS ALLÍ!






© junio de 2012