jueves, 21 de agosto de 2014



UN INFIERNO SOBRE RUEDAS: DAÑOS COLATERALES DE LA TAUROMAQUIA

Asociamos la tauromaquia con el escenario público de la sangre, la baba y el estertor, todo ello a apenas unos metros del “respetable”. Pero la tauromaquia es mucho más que eso; y con más quiero decir peor: más detestable, más triste, más criminal.

Hay una tragedia que no se plasma en el ruedo, y que por tanto nadie es capaz de maquillar con las consabidas pildoritas sedantes del arte y la cultura. Con frecuencia hay un después de la lidia, cuando la gente fija su atención en el diestro, héroe o villano, para el aplauso o el insulto, según toque. El toro, al derrumbarse sobre el albero, oficialmente derrotado, cesa en su protagonismo. Pero a menudo el morlaco sigue dándose cuenta de todo, aunque su cuerpo ya no le responda, por la sencilla razón de que fue cercenada su médula espinal, o como se llame eso que nos permite a los vertebrados gestionar nuestras extremidades con cierto libre albedrío. A pesar de todo, los pulmones suelen ser unos órganos tozudos, y continúan su labor, para desgracia del animal, que siente así ahogarse; y siente bien, porque la mayoría muere por falta de oxígeno. (Pruebe el lector a dejar de respirar durante unos segundos, y comprobará en carne propia de lo que se habla). Y a veces llegan conscientes al desolladero, lo cual no es óbice para que los operarios den comienzo al protocolo de desguace, pues el siguiente –vivo o muerto– apenas tardará veinte minutos en traspasar la cortina de plástico hediondo.

Y hay un antes. Una tragedia que los toros traen en su mochila biográfica, rumiada en la dehesa, lejos de miradas indiscretas, y de manera especial durante el desconcertante último capítulo de su vida campestre, cuando un buen día aparece en lontananza un cubo tambaleante y móvil, cada vez más grande. Vienen a por ellos.

Está también la tienta, horrenda forma de “calibrar” la bravura del animalito. Porque cuando le horadan por primera vez el cuello es apenas un cachorro vivaracho y desconfiado, que gime de dolor por el escozor de la herida (¿han oído ustedes los desgarradores gemidos?). La tienta no es ninguna broma, y de hecho sus víctimas son sometidas a la preceptiva cura posterior (eviten el vídeo los muy sensibles), para que el desaguisado no derive en severa infección y se recuperen; llegarán así íntegros al cadalso algunos años después. Por la noche, de vuelta con los suyos y el boquete ardiéndole, el cachorro ni se imagina que los humanos ya le han catalogado como “toro para lidia” o “morralla para fiesta de pueblo”.

El transporte del ganado de lidia constituye uno de los aspectos menos conocidos de este crimen, y sin embargo ninguna ejecución podría empezar de manera más vomitiva. Nunca mejor usada la expresión, por cuanto los animales padecen durante el trayecto un auténtico calvario, acostumbrados como están a su repetitiva vida cotidiana. A pesar de que el humano hace ímprobos esfuerzos por convertirlos en unas “malas bestias”, son en realidad pacíficos herbívoros. Y como tales sufren la subida al camión, la estabulación individual y claustrofóbica, flanqueados quizá por colegas con los que establecieron afectos y con quienes tuvieron alguna que otra trifulca, una forma como otra cualquiera de hacerse amigos. Por prescripción veterinaria, los pasajeros bovinos no probarán bocado durante todo el viaje. Tampoco agua. Es la única manera de que el tránsito sea “productivo” y no se produzcan bajas. Sería lógico pensar que, en tales condiciones, los pobres animales deberían perder cierto peso. ¡Hasta cincuenta kilos en algunos casos! ¡Hablamos de la décima parte en apenas unas horas! Es lo que tiene el ayuno forzado, el estrés, los golpes de calor, el miedo, la depresión, el mareo y la diarrea, entre otros factores. Hasta los veterinarios taurófilos (entiéndase el término en el presente contexto) reconocen en sus informes que los animales “salen del cubículo entumecidos, doloridos y mareados” (sic). Admiten de igual forma la situación de estrés de los mismos, y hay quien llega a concluir que, en general, el sufrimiento durante el transporte alcanza mayores niveles que durante la lidia. Yo no entiendo un carajo de betaendorfinas y cortisoles (tampoco en humanos, y me repugna la pena de muerte), pero con llegar a la [obvia] conclusión de que, en efecto, padecen, tengo suficiente.

Hace solo unos días se celebró una corrida de rejones en Vitoria-Gasteiz. Nocturna, para más señas, porque esta gente ya no sabe qué inventar para atajar la desbandada de las plazas. Con el tiempo (y una llamada anónima), nos enteramos de que el evento se cobró un total de nueve vidas inocentes, y no seis, como de costumbre. La prensa no lo recogió (seguro que por simple desconocimiento), pero al abrir la puerta del camión los veterinarios se encontraron con que tres de los viajeros yacían desplomados en el suelo, ya cadáveres. ¿Qué tuvieron que padecer esos animales, fuertes como rocas en origen, para sucumbir de semejante manera? Pues sí: un infierno sobre ruedas.

Es la lidia formal en la plaza –la faena con luz y taquígrafos– la que sale reflejada en crónicas y tertulias. Pero hay unos “daños colaterales” de la tauromaquia que la hacen si cabe más punzante, más dolorosa.


[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de eldiario.es.



© agosto 2014


miércoles, 23 de julio de 2014



CARRERAS DE BURROS: ENTRE LO PATÉTICO Y LO CANALLA


No son pocos los lugares de la geografía patria donde se celebran “carreras de burros”. Naturalmente, no es que los animalitos queden en un determinado paraje para competir entre sí, pues en tal caso sería cosa suya. Me refiero a las carreras que, organizadas por peñas, cuadrillas, comisiones festivas y demás entidades de similar pelaje, se valen de pollinos para que estos midan su capacidad atlética. ¿Qué hay de malo en ello? “La pregunta habría que hacérsela a los burros”, he oído decir a ciertas mentes preclaras, como si los animales no nos contaran a través de toda una parafernalia gestual sus emociones y su estado anímico. Con todo el mérito de un título académico, intuyo que no se necesita para según qué apreciaciones. De hecho, no se solicita a nadie el título de Pediatría para la pertinencia moral de su denuncia por malos tratos al niño de turno. ¿Qué creemos que ha de sentir un bebé dejado a pleno sol, que además llora y patalea, colorado como un tomate, sino un extremo desagrado (sufrimiento)?

Si, en general, las carreras entre animales promocionadas por los humanos merecen una reflexión en sí mismas, aquellas protagonizadas por determinadas especies se convierten en modelo de escasa virtud moral. ¿Por qué precisamente burros? Acaso esa sea la pregunta clave. Y la respuesta se presenta tan punzante como cierta: porque se trata de animales que en nuestra jerarquía moral ocupan muy bajos estratos de consideración. Se les supone tercos, necios e insensibles, cuando están muy lejos de todo eso, como atestiguan no solo los etólogos, sino todo aquel que haya tenido la oportunidad de convivir con uno de estos animales, y como en cualquier caso debería dictarnos el más elemental sentido común. A los burros les encanta tratar con los suyos, o pegar brincos porque sí, o retozar en la arena; depende. Cosas de burros, en definitiva. Lo que me temo que no les gusta nada es que les trasladen a un escenario festivo (charangas, cohetes, griterío), ante miles de personas, y les obliguen a colocarse en la rampa de salida. Para ello hay que “convencerles”. Y como tienen la [razonable] costumbre de negarse a avanzar hacia lo que presumen desagradable (¿estúpidos?), se les lleva sí o sí, pues al fin y al cabo son meros borricos y no caballos alazanes. El firme de baldosa (con frecuencia mojada) no ayuda, y de hecho sufren una permanente sensación de inseguridad bajo sus patas. Por eso no avanzan por deseo propio. A menos que se tire de ellos mediante sogas o empujándoles del trasero. Pero creo que a eso lo llaman “por la fuerza”.

Quizá la carrera de burros que más proyección mediática tiene sea la que se celebra cada 25 de julio en Vitoria-Gasteiz, pomposa capital de Euskadi –con una Ordenanza Municipal de Protección Animal recién aprobada y más que lustrosa–, que sin embargo se resiste a cerrar página. Es cuestión de tiempo. O mejor diré “de tiempos”, porque en pleno siglo XXI ya no caben ciertos espectáculos, por muy incruentos que sean. Los animalistas llevan años denunciando tan chusco evento, y el pasado año, por primera vez, no se produjeron agresiones físicas a los animales durante la prueba. Hasta el alcalde garantizó en declaraciones públicas que nadie tiraría de los pollinos ni los empujaría. Vale que un alcalde no esté obligado a entender de comportamiento asnal… ¡pero es que hasta el más torpe de la ciudad sabe que un équido colocado ahí, en medio del gentío, se queda quieto-parao, sin saber qué hacer ni para dónde tirar! Bueno, miento… los animales miraban de reojo al camión que les trajo cada vez que pasaban por ese punto del recorrido. Al parecer, solo quienes protestaban se percataron del “detalle”. Sin diplomas acreditativos.

¿Dice algo la normativa proteccionista sobre lo que aquí tratamos? Pues sí. De forma genérica, los distintos textos de aplicación prohíben “Maltratar a los animales o someterlos a cualquier práctica que les pueda producir sufrimientos o daños y angustia injustificados”. Parece obvio que el acto afecta a sus elementales intereses de bienestar. Dice también que no cabe “Imponerles la realización de comportamientos y actitudes ajenas e impropias de su condición o que impliquen trato vejatorio”. No se sabe que los burros, en su medio natural, organicen competiciones con motivo de cada Santiago Apóstol, ni que prefieran hacerlo frente a una multitud y la algarabía general que en privado. Sospecho que, de poder, elegirían quedarse en su parcela, ora pastando, ora echando una siestecita con los colegas. No necesitamos preguntarles, pues ya nos responden con sus ojos, con sus belfos, con sus orejas: están aterrorizados. ¿No les parece? Asimismo, la normativa local proscribe sobre el papel “Utilizar animales en espectáculos que puedan herir la sensibilidad de las personas que los contemplan”. El pasado año fueron treinta los y las ciudadanas (cada cual con su filiación completa) que manifestaron este extremo en una denuncia formal. Los técnicos la desestimaron.

Pero uno, que ya peina canas, prefiere ver la botella medio llena. Pues sepan que hasta no hace tanto a los burros se les paseaba de bar en bar tras la infame “carrera”, que les atizaban sin descanso con lo primero que pillaban, o que incluso se les llegaron a introducir vía rectal hortalizas picantes, por “animarlos” en su cometido. Hoy el espectáculo da sus últimas bocanadas, y sería estupendo que este artículo contribuyera a ello. Sus promotores tienen aún la oportunidad de acabar de manera digna esta lúgubre etapa tomando decisiones dignas y plausibles. De persistir la cerrazón, serán “los tiempos” –y la decencia política– los que les desplacen y cedan paso a aires frescos y modernos. 

Por cierto… ¿de verdad alguien cree que son los animales los que compiten? ¡Claro que no! En realidad, compiten sus jinetes. Aunque sospecho que ni ellos saben con certeza a qué. Porque estos eventos, reconozcámoslo, oscilan entre lo patético y lo canalla. Son patéticos en cuanto que nos retratan –a los humanos– en nuestros más bajos instintos, creando un escenario de dominación. Y al tiempo canalla, pues no se me ocurre otro calificativo para quien, pudiendo divertirse de mil formas respetuosas, elige aquella que molesta, duele y ridiculiza.


[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de eldiario.es.



© julio 2014


viernes, 11 de julio de 2014



RECURSOS SANITARIOS


A diario se trae a colación el tema de los recortes, y de manera especial de los que afectan a la sanidad, cosa esencial para cualquier animal sensible que se precie, y los humanos lo somos, que yo sepa. Pero uno echa en falta que los y las que protestan no incluyan en sus reflexiones –al menos yo no lo percibí– la posibilidad de `reorientar´ ciertos recursos sanitarios: se quitan de aquí y se ponen ahí. ¿De dónde quitarlos? Esta es una buena pregunta. De aquellos escenarios donde gente egoísta se divierte a costa del malestar ajeno y animal, por ejemplo. No sé si esta es una buena respuesta, pero al menos me parece de momento razonable.

Cada mañana nos desayunamos desde hace unos días con una carrera alocada de mozos y morlacos: borrachos de adrenalina aquellos, aterrorizados estos. Porque los toros que corren los encierros de San Fermín están cagados de miedo, por si alguien aún no se ha dado cuenta. Si no, ¿de qué van a ir en dócil manada, pudiendo escorarse en cualquier punto del recorrido y ensartar a unos cuantos “valientes” cual pincho moruno? Aterrorizados, insisto. La cosa no tiene otra explicación, y si nos empeñamos en encontrarla lo que estaremos haciendo es maquillar el escenario para que parezca lo que no es. Estrategia muy “humana”, por cierto.

Hace unos días, cierta entidad animalista proponía que no se atienda a los heridos que lo sean por participar motu proprio en los encierros. Así de claro. Que se les abandone allí, en el recodo de Estafeta o bajo la talanquera de turno, donde les toque la desdicha, como de hecho se abandona a su suerte a los toros en la plaza esa misma tarde, entre estertores y vómitos de sangre, ahogándose en sus propias babas ante un graderío borracho, este de vino agrio e insensibilidad manifiesta. Por supuesto, es una propuesta provocativa; pero se trata de una “provocación didáctica”, por lo que me cuentan.

¿Qué opinan ustedes? ¿Creen que con la que está cayendo –¡y aunque escampe y salga un refulgente sol para los restos, qué demonios!– podemos permitirnos el lujo de atender a unos tipos a los que poco o nada les importa el sufrimiento de los toros si ellos pasan un buen rato (¡apenas unos segundos!)? Hay gente que cree que esto no puede ser. Que no es de recibo destinar una sola tirita, un solo chorro de Betadine, un solo centímetro de sutura a un herido de estos mientras medio país sufre –en mayor o menor medida, pero desde luego en alguna– unos recortes que se mitigarían con la propuesta mencionada.

¡Hala, a opinar, que es un ejercicio la mar de sano!


© julio 2014


viernes, 20 de junio de 2014



EL LOBO QUE CAMBIÓ AMÉRICA


Corre la última década del siglo XIX en la vieja América de la conquista agrícola y ganadera. La caza de búfalos y otras especies se extiende por doquier, y se ha convertido de hecho en una práctica obsesiva y criminal. Ello priva de alimento a los lobos; a ellos, legítimos y ancestrales moradores de aquellas vastas tierras.

Lobo es el líder de una manada que ataca al ganado para sobrevivir, atemorizando a los colonos de Nuevo Méjico, quienes, como buenos creyentes católicos, se ven a sí mismos como dueños y señores de todo cuanto pisan, que para eso Dios dejó claro, negro sobre blanco, que nos cede en usufructo vitalicio Todo Su Santo Monte. La historia de Lobo es también la historia de Ernest_Thompson_Seton, cazador profesional de origen inglés. Contratado por un puñado de dólares, se dirige al desierto con el único fin de acabar con Lobo. El experto mercenario rastrea sus huellas, le coloca toda suerte de cepos y comida envenenada, pero el animal demuestra una sorprendente habilidad para sortear los engaños mortíferos que coloca Ernest a su paso. El “enfrentamiento” entre ambos dura meses. No pasa mucho tiempo antes de que el cazador observe que las huellas de Lobo siguen a otras algo más pequeñas. Es una hembra, su compañera, a la que bautiza como Blanca. Es época de celo, y ambos son en ese momento pareja de hecho. Es entonces cuando en la mente del cazador germina una brillante idea: si no puede capturar directamente a Lobo, atrapará a su novia. Elige un estrecho cañón por donde sabe que suelen pasar ambos, y coloca un suculento cebo: el esqueleto de una vaca. Al día siguiente, Seton descubre con alborozo el éxito de su estrategia: Blanca ha caído y se retuerce intentando huir de la mandíbula de acero. Lobo permanece a su lado, como el fiel partenaire que es. Al vislumbrar al hombre, no le queda otra alternativa que huir para salvar su vida. Seton mata a Blanca de un disparo.



El cazador apenas puede pegar ojo durante esa noche, desvelado por los desgarradores aullidos de Lobo llamando a Blanca. Pero el objetivo final del cazador sigue intacto. Durante los siguientes días, Lobo merodea su cabaña, en la creencia de que él la mantiene cautiva. Seton coloca entonces alrededor numerosas trampas impregnadas del olor de Blanca. Al amanecer descubre que algunos de los cepos han desaparecido, y que allí ha estado Lobo. Sigue el rastro, y descubre a su viejo enemigo inmovilizado en el suelo con una trampa en cada pata. En apenas unos segundos arma el guión en su cabeza: Lobo, en su incursión nocturna, fue cayendo en cada uno de los cepos, que olían a su añorada compañera. Algo oprime entonces el pecho del cazador –con toda seguridad, eso que desde antiguo llamamos remordimiento–. El objetivo de los últimos meses se encuentra allí, a unos escasos metros, a su completa merced, abatido de dolor, aunque no acertaría a asegurar en ese preciso momento si es mayor el que le ocasionan los artilugios metálicos o el recuerdo de Blanca. Desde el principio tuvo claro que disfrutaría sobremanera ante un Lobo derrotado. Pero algo no funciona según lo previsto por su mecanismo emocional. Lejos de percibir ante sus ojos a un asesino despiadado, observa a un animal leal y tocado por el afecto, un ser que fue capaz de permanecer al lado de su amada y de acercarse a la cabaña de un humano esperando recuperarla. Le miró fijamente a los ojos, y se le heló el alma al no verse correspondido. El hombre, consternado por sus propios sentimientos, decide en ese mismo momento que se llevará con él a Lobo, a pesar de su lamentable estado, esperando que se recupere de las heridas y tenga así una “segunda oportunidad”. Contó después que el animal ni se resistió, que tenía la mirada clavada en la inmensa planicie, en las montañas donde un día reinó y amó. Lobo murió al día siguiente. Y sí: Seton reunió a ambos y los enterró juntos.  

Hasta en el alma del más aguerrido trampero anida un hálito de compasión, y cabe pensar que en el alma de Ernest Thompson Seton debía de haber una generosa dosis, pues aquella experiencia le marcó de tal manera que al poco abandonó su profesión para dedicarse desde entonces a defender la Naturaleza y a sus moradores: también a los lobos. El ciudadano Seton acabó alcanzando fama mundial tras publicar en 1899 su libro Wild Animals I Have Known (Animales Salvajes Que Conocí), donde, obviamente, relata la historia de Lobo y Blanca. Ecologista prematuro, aprovechó su fama para defender el medio natural americano, a pesar de lo cual la caza de lobos continuó hasta su práctica desaparición. Pero sin duda sembró la semilla necesaria para que las cosas cambiasen. Colaboró de facto en la creación del movimiento Boy Scout, del que acabó alejándose tras apreciar su excesivo belicismo durante la Primera Guerra Mundial. Seton trató de recuperar a través de sus libros el respeto que los indios profesaban hacia los animales en general, aquellos pieles rojas que cazaban para sobrevivir (como los mismos lobos), pero a quienes sus víctimas les merecían un reverencial respeto, al punto de solicitarles el perdón a través de distintos ritos tras de cada jornada cinegética.

En las fotos aparecen los reales protagonistas de esta poderosa historia. Fueron tomadas por el propio cazador poco antes de que su corazón se transformara definitivamente y lo modelase hasta convertirlo en un verdadero ser humano.





© junio 2014

miércoles, 18 de junio de 2014



BONARILLO: OTRA EJECUCIÓN SUMARIA

Una entidad animalista solicita al alcalde de Benavente (Zamora) que indulte a Bonarillo, el Toro Enmaromado 2014. La prensa local recoge la noticia y abre una encuesta… ¡y una mayoría entre quienes votan optan por la compasión! ¿Está cambiando algo en la [rocosa] mentalidad española?
Los espectáculos basados en el acoso público a animales inocentes generan ciertas preguntas inquietantes: ¿Qué clase de educación estamos dando a nuestros niños? ¿Merecen sus ejecutores atención sanitaria (pagada por todos) cuando “pierden” una lid que solo ellos promovieron?



Decididos de antemano lugar y fecha, solo faltaba por concretar la víctima propiciatoria. Ya se sabe que Bonarillo será acosado por las calles de Benavente (Zamora) el próximo miércoles 18 de junio, y ejecutado después con pulcra legalidad en el matadero local. Como antes lo fueron Cortador, Dibujante o Manzanero. Sus acólitos defienden la tradición (¿quién duda de que en efecto lo es?) con el recurrente argumento de que al toro no se le mata en la vía pública –como sí sucede en otros lugares patrios–; de que no se le “agrede”; de que, en consecuencia, “se le respeta”. Porque algunos se han empeñado en detectar la agresión y la violencia únicamente en el castigo físico, lacerante y cruento. Como si separar a un mamífero de su familia, trasladarlo a un escenario desconocido y soltarlo ante el gentío vociferante no fuera una agresión en toda regla. Pero no nos engañemos: se trata de los mismos que acuden raudos y quejicas al cuartel de la Guardia Civil a denunciar el robo de su cartera (quizá no tanto por la documentación y el dinero cuanto por la foto firmada del Ronaldo ese), o al administrador del bloque en cuanto aparece una pintada sobre su buzón, el consabido hijoputa con rotulador indeleble. Mucho me temo que hablamos de los mismos que no aceptarían que el tipo del tricornio les espetase entonces que “al fin y al cabo, no hay agresión física por medio”, y que “robos y gamberradas pictóricas las ha habido siempre, por lo que bien pueden considerarse `costumbres ancestrales´”. Los mismos que no reservan la menor pega a las clásicas corridas, ni regalan crítica alguna al Toro de la Vega, tan cercano en lo geográfico y en lo moral. Y no lo hacen porque en realidad sus “argumentos” son apenas groseros disfraces de “excusas”, o diríamos más bien “coartadas”. De hecho, ni siquiera es cierto eso de que al animal, por defecto, no lo ejecutan in situ y ante una turbamulta de espectadores, muchos de ellos niños (ahora voy con ello). A veces pasa. Le sucedió a Manzanero, por ejemplo, hace tres años, cuando misteriosamente se rompió la maroma nada más salir del chiquero. Apareció ante las cámaras con el horror marcado a fuego en sus ojitos de cristal, y tuvieron que amarrarlo a lo bruto al primer ejemplar de mobiliario urbano que encontraron: una farola. Hasta la presentadora de cierto informativo oficial reconocía en directo la cara de sufrimiento del pobre animal. A la hora del matarile tuvieron la delicadeza, eso sí, de montar a su alrededor un “cordón estético” de plástico azul, en lo más parecido a una morgue improvisada y cutre. ¡Dios mío, qué santísimo país el que nos ha tocado en desgracia! Por eso quiero dejar aquí un par de reflexiones ajenas al hecho en sí de la letal agresión a Bonarillo y compañía; porque uno está ya un poco fatigado de la matraca de la crueldad, de la injusticia y de la barbarie que acompañan a ciertos espectáculos. Si de verdad portamos en los genes un ápice de la célebre racionalidad, eso se da por supuesto.

REFLEXIÓN PRIMERA. Los niños de Benavente esperan ansiosos año tras año la emocionante fiesta del Toro Enmaromado, y todo establecimiento que se precie exhibe orgulloso en el escaparate la fotografía del morlaco de turno, posando desconcertado para la posteridad, presidida la imagen por su poético nombre y el de la ganadería. Imagino a los niños de Benavente dibujando en clase tambaleantes borreguitos y gatos jugando con ovillos de lana. Muchos habrán garabateado ya a Bonarillo como regalo a mamá en su festejado Día. Y quizá haya asado esta un cordero para el clan, y el pequeño se chupará los dedos sin establecer el menor vínculo entre plato y dibujo. Y acabarán pareciéndose a sus mayores, incapaces por igual aquellos de vincular maroma y sufrimiento. Los niños de Benavente asisten emocionados a una clase práctica, e incluso viste uno camiseta solidaria a favor de un tal Iván, seguramente otro pequeño de su edad al que golpeó la vida con una de esas malditas enfermedades raras. Debería considerarse crueldad hacia los niños según qué modelos educativos.  

REFLEXIÓN SEGUNDA. Los heridos por las [razonables] embestidas del toro se evacúan de inmediato en la consabida ambulancia. Y me pregunto yo ahora por qué no rechazan amables tal ayuda, mostrando con ello la valentía que se supone a todo amante de semejantes festejos. ¡Que exijan ellos mismos ser dejados junto a la talanquera, con la camisa desgarrada y quizá un boquete en el costado, por ver si en el cara a cara con Bonarillo triunfan o fracasan! Ni aun así quedaría justificada tamaña agresión, unilateral y gratuita, pero al menos se mostraría el escenario coherente con el pelaje moral de sus promotores. ¡Que al susodicho paisano le abandonen allí, con la cabeza abierta y en pleno vahído, a su suerte, como de hecho dejarán a su suerte poco después a Bonarillo en su dictaminado final, solo que a este le espera el matarife en su puesto de trabajo: nada que ver! Entiendo que, como mínimo, los gastos sanitarios ocasionados por la atención a los heridos deberían serles exigidos a estos –y a tocateja–, pues nadie les obligó a estar allí en tan particular jornada. Se me abren las carnes solo de pensar que algunos conciudadanos deben esperar meses a ser operados (si llegan), mientras otros son atendidos de inmediato para reparar las heridas de una batalla a la que fueron por necedad propia.

Una entidad animalista solicitó formalmente al alcalde el indulto de Bonarillo, y explicaba en su carta que “indulto” no es desde luego la expresión adecuada, pues el animal, que se sepa, no ha cometido falta alguna como para que se le conceda el perdón. Hasta el momento, la contestación brilla por su ausencia. Pero a la prensa local se le ocurrió la brillante idea de una encuesta… ¡y hete aquí que la mayoría de los votantes se decanta por la piedad! ¡Sorpresas te da la vida!

Bonarillo, el Toro Enmaromado de Benavente, como cualquier vaquilla anónima de la más mísera alquería ibérica, engrosa ya, cuando acaso todavía disfruta de sus encinas y de sus amigos de manada, la sórdida lista de lo que bien podrían denominarse Crímenes de Lesa Animalidad. Porque a ver si nos vamos enterando de que el sufrimiento es siempre sufrimiento, sea este vacuno, felino o humano, y de que su mera indeseabilidad por parte de la víctima debería ser el principal y único criterio que guíe nuestra conducta.


[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de eldiario.es.


miércoles, 21 de mayo de 2014

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animales en publicidad: cuando el pánico parece una sonrisa



Un loro multicolor suelta gracietas picaronas; un aterido gatito se deja secar amorosamente por su dueña tras caer “por descuido” a la piscina; un caballo camina con brioso gesto sobre una superficie de ascuas… Por lo general, no solemos reparar en la trastienda de este tipo de publicidad, quizá porque se trata de “simple publicidad”, al fin y al cabo la hermana menor de las artes escénicas. Pero trastienda la hay, sin duda, y no resulta excesivo pensar que, dirigidos los hilos por humanos, los animales, con su estigma de “no humanos” cosido a la espalda, sean también aquí meros elementos de atrezzo al servicio de intereses comerciales.

El extraordinario desarrollo de los medios audiovisuales en los últimos tiempos ha traído consigo un mayor uso de animales en el ámbito publicitario, siendo estos son utilizados como gancho comercial, bien apelando a los sentimientos positivos que despiertan, bien como meras unidades estéticas (icónicas). Al parecer, la aparición de determinados animales en según qué mensajes funciona. Pero las cosas están cambiando. Ricardo Devis, asesor en Estrategia y Comunicación, dice que “la inclusión de animales en los anuncios publicitarios se debe al `principio de sustitución necesaria´”. Para que nos entendamos: la divulgación requerida necesita de actores ajenos al producto divulgado. Devis, como buen experto, clasifica los diferentes usos de animales en distintas categorías, una de ellas bajo el curioso epígrafe de “nuda comparación”, donde la clave está, según él, en la simplicidad de las características que por lo común se atribuyen a aquellos: el tigre equivale a fiereza; el guepardo significa velocidad; el león representa la fortaleza. A tenor de la insistencia, parece que el uso de animales en publicidad ofrece muy buenos dividendos a las empresas. Pero ¿es un `buen negocio´ para ellos?

Por supuesto que puede hacerse publicidad sin que ello repercuta de manera negativa en sus actores animales (hay muchos y buenos ejemplos). Pero en no pocas ocasiones el anuncio tiene su “lado oscuro”. Mientras nos resulta familiar leer en los títulos de crédito de las películas aquello de que Ningún animal sufrió malos tratos durante el rodaje de este film (salvo los que murieron a golpes, ahogados o empalados), parece que en el campo de la publicidad las cosas van algo más lentas. Al menos, es lo que denuncia la campaña ADnimalsfree, una plausible iniciativa promovida por la Fundación FAADA, que fija su objetivo en informar y concienciar sobre el indebido trato que sufren muchos de estos “actores” en ciertas producciones audiovisuales. La experta en comunicación Marta Molas afirma que “cuando colocamos a los animales delante de una cámara, dejan de comportarse como ellos mismos, perdidos como están en un mundo que no es el suyo y obligados a un guión que va contra su naturaleza”. Pinta lógico.

La violencia hacia los animales no se limita, por supuesto, a la agresión directa y activa, sino que hay otras muchas formas de atentar contra sus intereses elementales: obligarles a actuar contra su condición, por ejemplo. Aunque estas maneras de agresión se muestren más sutiles –y por ello pasen desapercibidas para una gran mayoría de la opinión pública–, sus críticos aseguran que “los efectos psicológicos y físicos perdurarán para siempre”. Podemos recibir aquí una breve pero práctica clase on line sobre “gestología primate”.

El spot Vota a Mono ha servido de lanzadera para una campaña informativa sobre las consecuencias que una “publicidad deshonesta” puede tener para los animales. En el spot aparece Tiby como candidato a la cartera de Economía, encorbatado en su despacho y ofreciendo mítines a diestro y siniestro. Pero los bonobos, que se sepa, no hacen en su estado natural nada de esto. Es por ello que sus denunciantes hablan sin tapujos de “graves abusos”. Tiby es propiedad de un circo francés, donde nació hace veintitrés años, y en realidad no ha conocido otra cosa que las actuaciones en la pista y una vida trashumante. De hecho, no es la primera vez que participa contra su voluntad en un anuncio (¿la reconoces?),lo que da idea del grado de explotación de estos animales cuando hay un cheque por medio. Tiby es el palpable ejemplo de cómo la publicidad, además de un arte, puede presentarse con frecuencia en forma de engaño manifiesto. Porque en los bonobos la “sonrisa” no representa felicidad, sino pánico; porque sus ojos dicen “no me gusta” cuando nosotros leemos “estoy encantado”; porque sus gestos, leídos con un mínimo de ética y empatía, nos advierten que Tiby quiere abandonar cuando antes en set de grabación, pues para ella supone lo que supondría para cualquiera de nosotros: una absurda tortura.

Las inmensas posibilidades que hoy nos ofrece la recreación virtual de casi cualquier escena publicitaria convierte al uso de animales silvestres en un recurso por completo innecesario. En realidad, es una suerte que la tecnología pueda brindarnos todo esto, pues despoja a sus obcecados defensores de toda excusas para seguir insistiendo en una mala praxis profesional. No deja de resultar paradójico que se recurra al uso de animales en publicidad porque nos inspiran buenos sentimientos, y que al mismo tiempo sigamos reservándoles un estatuto moral tan ínfimo: simples recursos a nuestra disposición. Quizá en este escenario se refleje también esa suerte de esquizofrenia moral que ha presidido desde siempre nuestra relación con ellos.


[*] Escribí este artículo para eldiario.es, y concretamente para EL CABALLO DE NIETZSCHE, su flamante blog animalista: hasta donde yo sé, el primero de su naturaleza en un periódico de información general. ¡Enhorabuena a todas y cada una de sus promotoras!

viernes, 16 de mayo de 2014



PALOMAS, PALOMITAS…


Las aves generan sentimientos contradictorios en los seres humanos. Por un lado, recurrimos a ellas a través de metáforas e incluso las convertimos en iconos a la hora de transmitir algunos de los valores que más apreciamos, como la libertad o la paz. Por otro, las aniquilamos en masa a través ciertas prácticas deportivas, o las sometemos a la más cruel de las esclavitudes para obtener algunos de sus “productos”. Ello no es sino una clara muestra del desequilibrio moral con que la comunidad humana percibe a los animales con los que comparte planeta. En efecto, mientras algunas especies gozan de la protección legal y la estima general de la sociedad, no mostramos hacia otras el más elemental respeto, por lo que las reducimos a simples objetos de consumo en multitud de campos. Por lo que a las aves respecta, un ejemplo que ilustra de forma dramática esta realidad lo encontramos en las palomas urbanas, consideradas auténtica “peste” por las administraciones y aun por muchos ciudadanos.

Cada año, cientos de miles de palomas urbanas son capturadas y exterminadas por los ayuntamientos españoles. En realidad, y aunque la razón oficial sea la del “control poblacional”, todo apunta a que se trata de una medida irracional, que a medio plazo no soluciona nada, dado que a los pocos meses del descaste la densidad de aves recupera su nivel. Muchas de estas políticas parten de estudios obsoletos (a veces confeccionados décadas atrás), que no tienen en cuenta factores como el ratio entre hembras y machos, o el porcentaje de animales enfermos. La actuación municipal se limita a matar varios miles y punto; y lo hace capturando sin demasiados miramientos a las víctimas, para luego gasearlas por grupos en dependencias municipales.

Toda esta locura se pone en marcha por las denuncias de los vecinos (de unos muy concretos, que además son los mismos que se quejan por otras muchas situaciones (¿quejicas patológicos?), molestos por la suciedad que los animales generan… ¡como si precisamente los humanos pudiéramos presumir de ser una especie pulcra! Resulta difícil no ver en esta actuación municipal una especie de “tributo político” a ese pequeño sector ciudadano quisquilloso con casi todo. De esta forma, las administraciones locales se blindan ante la ciudadanía con el argumento simplista de “nosotros ya hemos hecho lo que estaba en nuestras manos; no nos exijan más”.

Algunas urbes ya han probado sistemas no traumáticos para el control de aves con suficiente éxito, mientras que en nuestro ámbito geográfico se siguen obviando estas y otras iniciativas humanitarias. Todo ello convierte a la eliminación física de palomas en un crimen execrable.

Pero hay un aspecto especialmente preocupante si de doble moral hablamos, pues mientras las perseguimos con saña inusitada, continuamos recurriendo a ellas como símbolo de concordia y de buenos deseos en actos reivindicativos, y las “liberamos” emocionados de las cajas donde han pasado horas apretujadas, sin siquiera pensar que también ellas merecerían ser destinatarias de nuestra consideración, y que por lo tanto deberíamos dejarlas en paz y tratar de resolver los conflictos entre humanos por nuestra cuenta y riesgo, sin necesidad de involucrar a terceros.

Es poco conocido el hecho de que las palomas se emparejan de por vida (son, en efecto, monógamas), y que, en consecuencia, la muerte de uno de los miembros deja en estado de viudedad al otro. Sí, descojónense si eso les relaja, pero la pérdida de la pareja sentimental es una putada para todo el mundo, y no solo para los humanos. Quién sabe si los ancianos que las alimentan en parques y plazas lo saben por experiencia propia y hay en su comportamiento algo de emociones no contadas…

Conozco gente que curó en su momento una paloma herida y acabó formando parte de la familia durante más de veinte años. Gente que las libera de las jaulas destinadas a la cámara de gas. Gente que devolvió al pichón desubicado a su cornisa y vio cómo durante semanas los padres lo alimentaron con primor y dedicación, hasta que echó el vuelo. Gente que se organiza y las defiende.


No albergo duda alguna sobre el hecho de que el crimen que cometemos con las palomas urbanas es por completo desproporcionado, un castigo del todo injusto por una cagadita en la chaqueta. Aunque sea el día de tu boda.



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