viernes, 13 de marzo de 2015


SOBRE EL SUFRIMIENTO

 


Me cuenta una amiga que hay “lágrimas gustosas”, tras confesarle yo que lloré como una madalena durante la lectura de un artículo de opinión que tuvo a bien compartir. Porque no puedo evitar emocionarme ante un perro anciano; sobre todo si tiene un pasado biográfico oscuro y encontró en un momento dado lo que todo el mundo anhela: una vida digna y razonablemente feliz. Sé que debiera alegrarme por el cambio, y de hecho lo hago, cómo no; mas no puedo evitar que me torture la idea de lo irrecuperable de aquella otra vida de miseria que le tocó al pobre animal, sin culpa alguna, solo por haber sido designado “perro de guardia”. Creo que el artículo referido lo refleja a la perfección.

Y me surgen con ello ciertas reflexiones sobre el sufrimiento en tanto que experiencia humana: por ejemplo, que, en su propia esencia, no es ni bueno ni malo, que es tanto como decir que puede ser ambas cosas, según cuánto y cómo. Le comentaba a mi amiga en rápida respuesta de correo que el sufrimiento viene a ser como el colesterol: ángel o demonio. Nos dicen que tenemos colesterol y salta la alarma; y es que el galeno se refiere al malo, pues el bueno es esencial para la vida, como casi todas las sustancias corporales. Y hay, en fin, un sufrimiento angelical, que nos avisa de que acabamos de apoyar la mano sobre una superficie incandescente, o de que nos hemos perforado la piel con la aguja. Como hay un dolor emocional que nos repara y nos fortalece, y que en ocasiones, también es cierto, nos entierra en vida. Pero el sufrimiento (físico o psíquico) tiene su función, vaya que sí, pues sin él, por amargo que se presente en todas sus fórmulas, no hubiéramos llegado hasta aquí.

Distinto es el sufrimiento infligido, consciente y gratuito. Acudimos al dentista con gesto agrio, sabedores de que no es plato de gusto eso de que te hurgue en las entrañas bucales un tipo con mascarilla y ceño fruncido, bajo una luz cegadora, y que encima comiencen a sonar a tu alrededor microtaladros y tenacitas varias. ¡Uf! Allí sentado, yo siempre me acuerdo de los conejitos de los laboratorios a los que hacen todo tipo de canalladas para probar una crema facial, un colirio o una pasta de dientes. Quizá recurra mentalmente a ciertas imágenes de animales inmovilizados en las mesas para recordarme a mí mismo que yo podría en ese momento parar la mano del doctor, decir que lo dejamos, que vuelvo otro día, o que no vuelvo. Solo mover un dedo, y la tortura cesará. Los “animales de laboratorio” no tienen opción alguna a frenar su infierno, y estoy convencido de que muchos pedirían morir (sin sufrimiento) ante la alternativa que se les ofrece: retorno a la jaula > malestar general > recuperación > regreso a la mesa > vuelta a empezar.

Es ese sufrimiento gratuito causado al otro el que debemos procurar evitar a toda costa, sea por acción u omisión. Porque acaso sea esta última una de las armas más poderosas con que contamos los animales éticamente activos: no hacer. Por supuesto que es más que loable parar la mano del que golpea al gato indefenso, ayudar al caballo que por sí mismo no puede salir del fango, robar la gallina enferma para ofrecerle una pradera soleada, rescatar al perro de la calle. Pero no menos importante es `ausentarse´ de ciertos escenarios: no asistir a corridas de toros, no comer carne, no incomodar… Hay quien lo llama boicot, no sin cierta razón. Yo me adhiero más a la reflexión de Bartleby, el escribiente de Melville. “Preferiría no hacerlo”.

Provocar a sabiendas sufrimiento gratuito (evitable) nos relega directamente a la categoría de criminales, con el diccionario en la mano. Causar daño a nuestros semejantes –sean perros, tortugas, arenques, guacamayos o humanos– nos envilece hasta nuestras más hondas raíces. Por eso la solidaridad global –sin las absurdas trabas del color, del género o dela de la especie, mandangas al fin y al cabo– debiera enseñarse en las escuelas antes que cualquier otra disciplina. Creo.

[*] Escribí este artículo para el magacín digital AllegraMag.


( marzo 2015


viernes, 27 de febrero de 2015


LA NIÑA DE BESCANSA

 

Se hizo famosa en su momento “la niña de Rajoy”, que, pobrecita mía, ni existía, siendo como era una metáfora [cursi] para la ocasión. Y, por el contrario, está pasando desapercibida otra niña, esta de carne y hueso, paseada en brazos de su madre por arengas mitineras y ruedas de prensa revolucionarias. La niña no lo es tanto, pues aparenta talludita, a pesar de lo cual siempre se la ve en brazos de mamá política. A mí, como si se echa al hombro el sofá rinconero de la sala de estar; cosa suya. Pero no puedo por menos que dejar aquí una reflexión al respecto. Me refiero al exhibicionismo que ciertas personas hacen de su prole –o al menos así me lo parece a mí–, sabedoras de que casi nadie va a osar cuestionarlas. Menos aún habiéndose convertido en “políticamente correcto” llevarse a la criatura al escaño, para que levante la manita al unísono que mami (o papi, aunque estos casos se observan más escasos; todo llegará). A estas alturas del artículo, es seguro que algunos y algunas ya me habrán colocado la consabida etiqueta de “facha”; o la de “fascista”, que ahora se lleva mucho así que oses aflojar el puño en alto. Es lo que hay; y, la verdad sea dicha, a un servidor le afecta más bien poco. Me consta que hay por ahí quien tiene por cierto que, siendo vasco y barbudo, se es por defecto de la eta. Aquí todo está inventado.

Viaja la niña de Bescansa encantada de la vida en brazos de mamá, o saltanto de regazo en regazo de sus correligionarios (los de la madre), mientras tito Pablo ofrece al entregado auditorio lo que este quiere oír, traído el aplauso encendido y empaquetado de casa. ¡Comodísimo!

Oí en cierta ocasión hablar de los niños tesoro, refriéndose el hablante a esos locos bajitos que se las saben todas para conseguir lo que quieren, fruslerías o no, y se las arreglan igual de bien para hacerse los longuis con aquello que no les interesa: asumir responsabilidades, el respeto por los demás… Sí, me refiero a esos que aprenden raudos sus derechos y remolonean con sus obligaciones; que las tienen, por muy enanos que sean. Definiciones algo más estrictas los tildan de pequeños dictadores. Siendo el diagnóstico dado por expertos en la materia, no seré yo quien les enmiende la plana. Y pensarán, con cierto juicio, qué relación pueda existir entre cierto perfil psicológico infantil y la niña de Bescansa. Es muy probable que ninguno.

¿Tiene derecho la mencionada ciudadana a llevar a su niña a donde le plazca? ¡Todo! ¿Conculca algún derecho fundamental ajeno haciéndolo? No, que se sepa. Mas se niega la entrada en la mayoría de espacios cerrados al perrillo mejor educado del mundo, mientras se abren las puertas de par en par a una horda de críos gritones e hiperactivos, a los que encima hay que mostrar la mejor de las sonrisas, a riesgo de que seas –de nuevo– tildado de facha y fascista. Es lo que tiene pensar: que exige una muy generosa espalda donde colgar tan gruesas etiquetas.

Termino. Si a los pequeños a quienes se lleva con frecuencia al zoo como pasatiempo dominguero acaban por considerar a los animales enjaulados y sometidos al régimen humano como “el orden natural de las cosas”, me pregunto si acaso no supondrán un caso similar al frecuentar ciertas escenografías ideológicas.


[*] Escribí este artículo para el magacín digital AllegraMag.


( febrero 2015


viernes, 20 de febrero de 2015

 

HUMORES

 


Dicen que “el humor es la sal de la vida”. Y será verdad, aceptada la frase como paquete. Pero recuérdese que lo mismo que la sal potencia el sabor de los alimentos, escuece en la herida.

Se define formalmente el humor como “El modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico o ridículo de las cosas”. Hay quien lo presenta como la única alternativa al pesimismo: “Reír para no llorar”. Y quien lo justifica a partir de la misma naturaleza humana: “El hombre sufre tan terriblemente el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa”. En el fondo, el humor trata de rescatar a la gente de la infelicidad, de los traumas vitales.

Humores hay como colores: para todos los gustos. Siendo tan inmenso el escenario, procede clasificarlos en clases (según el soporte comunicativo, por ejemplo: verbal, gráfico, escénico…), géneros, subgéneros y subgéneros de subgéneros. Así, está el humor negro (o blanco), el humor satírico, el humor absurdo… ¡y hasta el humor humorístico! Pero hay un humor igualmente clasificable, aunque de muy difícil etiquetaje. Lo llamaré aquí “humor criminal”, por evitar otros calificativos que, aunque ásperos, le harían sin duda mayor justicia.

Por cuanto al género del humor verbal –por mucho reconocimiento que merezca el ingenio del autor o autora–, supongo que tiene poquita gracia aquello de que “Ana Frank ostenta el record mundial del juego del escondite”; o que, “En su momento, Hacienda denunció a Ortega Lara por no declarar su segunda vivienda”; o el convencimiento de una chica adolescente (afectada de Síndrome de Down) a la que “no le baja la regla porque tiene un retraso”. ¡Acojonante (que no descojonante)!

Lo mismo pasa con el humor escénico que se exhibe durante los carnavales. A través de él podemos ver los ya clásicos disfraces de enfermeras peludas, agentes de policía megamaricas, o a los pingüinos que sobraron de aquella carroza ochentera, y que aún deambulan –ya desagrupados– por calles y plazas en tales fechas. Y luego siempre hay quien, con un sentido del humor como recién salido del esfínter, se disfraza de Bin Laden, de exhibicionista pedófilo o de francotirador. Para gustos. Y para ascos.

Lo último en este particular y vomitivo género lo hemos podido ver en Mataró (Barcelona), donde algunos graciosetes se disfrazaron de guardia urbano con maceta en la cabeza, en clara emulación al policía local que quedó parapléjico tras recibir el impacto de un objeto contundente (se supone que un tiesto relleno) lanzado desde una azotea durante unos incidentes callejeros en febrero de 2006. Y yo, que soy bastante rarito, prefiero descender a los hechos cotidianos antes que quedarme en la crónica periodística, e imagino el proceso que necesariamente tuvieron que pasar estos muchachos para acabar saliendo a la calle de esa guisa, y encima hacerse fotos sonriendo a la cámara. Me refiero a que, en un momento dado, alguien tuvo que sugerir la idea al grupo, sin que, al parecer, nadie osara mostrar un gesto amargo; alguien tuvo que asistir a las sucesivas reuniones para consensuar detalles: traje completo, maceta, flores, pegamento, papelillo con signo de interrogación… Estos tipos tuvieron que quedar más de una tarde para desempaquetar, unir y montar elementos, todo entre risas y guasas, que para eso son las fiestas. Y también desde mi calidad de “rarito” me surgen preguntas: ¿nadie les afeó la conducta en la vía pública?; ¿de verdad empeora el hecho si se es hijo de un político en activo?; ¿tuvieron que explicar a algún despistado la razón de su disfraz?

Trata ahora su defensa jurídica de justificar tamaño despropósito, aduciendo que, en realidad, quisieron con ello escenificar la duda que se expande sobre el Caso 4F; que su coral disfraz era en realidad poco menos que un “acto reivindicativo” contra la injusticia. Ya… A este paso, acabaremos oyendo al abogado de turno defender a su representado, violador convicto y confeso, manifestando que no dispone de recursos económicos para pagarse sus vicios. Al tiempo.


[*] Escribí este artículo para el magacín digital AllegraMag.


( febrero 2015


domingo, 15 de febrero de 2015

 


LOBOS VASCOS SÍ, POR DERECHO PROPIO

 



El lobo debe aparecer “por derecho propio” en el Catálogo Vasco de Especies Amenazadas. Es lo que 24 organizaciones solicitaron formalmente al Gobierno de Gasteiz hace unos días, avalada la petición por un completo informe técnico. La solicitud establece un hito doble. Por un lado, es la primera vez que entidades “civiles” dan el paso para la inclusión de una especie en dicho catálogo (pues hasta ahora siempre habían sido las distintas administraciones competentes). La otra es el alto número de apoyos recibidos. Entre otras cosas, ello significa que el Ejecutivo deberá ofrecer una respuesta argumentada (ratificada por su correspondiente informe), y no limitarse a un mero “sí” o “no”.
Varias veces se interpeló al Gobierno sobre las razones para la ausencia de una especie tan emblemática como el lobo (en calidad de gran predador, ocupa él solito la cúspide de la famosa pirámide trófica). Primero argumentaron para su negativa que “El lobo no cría en Euskadi”. Se comprobó que sí lo hacía. (Y, además, otras especies tampoco sacaban a su familia adelante en suelo vascongado, lo cual no les impedía aparecer ahí). Volatilizada la primera excusa, se argumentó luego que la especie “Goza de buena salud en el resto del Estado”. Este era el caso, en efecto, de un buen puñado de otras especies, todas en la lista. Ahora ya no saben que responder, y prefieren dejar pasar el tiempo, por ver si los ecologistas y animalistas se olvidan del tema. Pero va a ser que no.

Las razones para la solicitud se muestran contundentes, y pasan por que la especie cumple todos y cada uno de los requisitos exigidos para su incorporación inmediata; o que, de seguir esta dinámica, la situación será por completo irreversible. Y por “dinámica” hemos de entender en este contexto la persecución sin tregua a todo lobo que ose pisar Euskadi. Tenga o no pareja; tenga o no cachorros; tenga o no culpa. Añadamos que la “culpa” del lobo pasa por la necesidad de condumio, como todo hijo de vecino, solo que a ellos se les pone a pedir de boca una estantería repleta a la que ninguno renunciaríamos llegado el caso. Hablo de una ganadería en muchos casos “de fin de semana”, pues se dejan los animales a su suerte hasta que el sábado sabadete al dueño se le ocurre hacer una escapadita al monte a comprobar si sus posesiones continúan intactas. Mejor si lo decimos clarito: ¡esto ni es pastoreo ni es nada! Conste que, en calidad de animalista, no lloraré el día que desaparezca el último pastor. Creo que ha de establecerse cuanto antes otra forma de relación entre humanos y animales, muy distinta a la explotación y al sacrificio sistemático en plena juventud. Pero bajo por un momento los pies al suelo para el caso que nos ocupa, y manifiesto mi coraje ante la afectada indignación de según qué urbanitas esnobs cuando les tocan su hacienda, mientras ellos se ponen hasta el culo de chuletones en la sidrería más cercana.

Aunque ya lo dejé escrito en otras partes, no está de más recordar aquí que, si de intereses se trata, los lobos también los tienen, ya me contarán ustedes si no. Y de bastante mayor calado que otros actores del escenario. Porque digo yo que mayor será el interés en sobrevivir que en el de sacarse unos cuartos extra, o incluso en perder una ínfima parte del patrimonio.
Me entero de que en Alemania, por ejemplo, la administración correspondiente “induce” a los ganaderos afectados por la entrada de lobos desde Polonia a “reconvertir” su actividad en cierto grado: dedicación exclusiva, protocolo de avistamiento y comunicación de ejemplares… Si al año se comprueba que no ha cumplido su parte del pacto, se le retiran de inmediato las posibles compensaciones económicas.
En el apartado de las paradojas, baste recordar que algunas especies “problemáticas” e incluso ocasionalmente homicidas (el Tigre de Bengala en la India) gozan de una estricta protección legal, mientras que los lobos vascos (“solo” ganadocidas, y en grado mínimo) siguen desamparados y en un permanente punto de mira.


El lobo forma parte de nuestra cultura, de nuestra iconografía, de nuestros cuentos. El “lobo malo” no existe. No al menos en mayor grado que el “hombre malo”. Hagamos que comience a formar parte también de nuestra ética.


[*] Escribí este artículo para la sección BICHOS, del magacín digital AllegraMag.



(   febrero 2015

viernes, 30 de enero de 2015

 


 POR SUS CACAS LES CONOCERÉIS

 


Los operarios descienden del coche oficial, abren el portón trasero, se enfundan los guantes de látex y recogen el equipo. Apenas unos segundos después obtienen la primera muestra: una cagarruta (se supone que de chucho local, pues si es foráneo o de especie no canina, de nada sirve). Con gesto contrariado, retiran el zurullo en una bolsa individual, en cuya etiqueta externa apuntan algo, y continúan con la recolección. Con un par de docenas de “setas” a buen recaudo, regresan al vehículo y devuelven el kit a la cabina posterior. Pasan por el laboratorio antes de continuar la ronda, pues no es cuestión de llevar la “cosecha” encima durante el resto de la jornada, y esperan que su jefe les destine a mejores misiones.

La escena se desarrolla en Xàtiva (Alicante), donde las autoridades locales decidieron acabar por la brava –a golpe de Ordenanza– con la muy insana costumbre de dejar las deposiciones caninas tal que ahí, donde su legítimo (e inconsciente) dueño decidió aliviarse. El tema no es baladí, tenida en cuenta la importante demografía perruna de nuestros pueblos y ciudades. En tal sentido, me encuentro entre los convencidos de que una significativa mayoría recoge de forma preceptiva los restos orgánicos de su amigo y los deposita en la papelera más cercana. Pero es que aun siendo mínimo el porcentaje de guarretes, la cosa resulta insoportable. Porque una décima parte de mierda es un buen montón de mierda, reconozcámoslo. De mil evacuadores –a dos por jornada–, son doscientas deposiciones que nadie quisiera no ya en el pasillo de su casa, sino meramente frente al portal del edificio.

La presencia de “material escatológico sólido” se ha visto reducido a la cuarta parte en la localidad. Lo cual apoya la vieja teoría de que no hay nada como que nos amenacen con meternos la mano al bolsillo para que adquiramos de súbito un comportamiento cívico hasta entonces desconocido. ¡Ya nos vale!

Manifiesta ufano a la prensa el Concejal de Seguridad Ciudadana que ”La responsabilidad de tener una mascota significa tener que cuidarla en casa y también en la calle. Porque hay personas que no tienen mascota, y no tienen por qué soportar sus excrementos”. Habla el edil como si de un especialista en “perros que cagan en la calle con dueños que no lo recogen” se tratase. Vamos a ver… Que yo sepa, al perrillo se la trae al pairo que recojas el mondongo o que lo dejes allí como muestra de arte perecedero. Parece claro que se trata de una cuestión de urbanidad, de higiene, de civismo… Pero quede también claro que con recogerlo no cuidas más a las “mascotas”, sino a tus conciudadanos, quienes, por cierto, lo merecen como los que más. Mejor si nos aclaramos con los conceptos y hasta con las ideas, porque de lo contrario esto es un lío. Por otro lado, señor concejal, piense que eso no tiene necesidad de aguantarlo nadie, con independencia de que tenga “mascota” o no. La urbanidad es la urbanidad, convivas con un chucho mil-leches o con tu tío del pueblo. Es como si el mismo concejal adujera en defensa de una campaña municipal contra las pintadas que “Hay personas que no hacen grafiti, y no tienen por qué soportar que otros ensucien las paredes”. En fin…

Esta noticia me suscita al menos dos reflexiones. En primer lugar, me pregunto qué razones puede aducir alguien para, tras ver a su tutelado husmear frenético, elegir espacio, encorvar el lomo y soltar el regalito, dejarlo allí. ¡Con un par! Ni aunque fuera un fanático del abono natural tendría justificación, pues los fanatismos, como tales, no deben afectar a la comunidad toda, particularmente si la comunidad toda está de acuerdo en que eso es una cochinada sí o sí.
40.000 euros de inversión. “Y si hace falta invertir más, lo haremos”, añadía. No es moco de pavo la cifra. Y me hago ahora, de sopetón, la segunda reflexión: ¿cuánto habrá gastado el citado Ayuntamiento en campañas antiabandono; cuántas serán las multas impuestas por maltrato animal en la localidad; qué partida presupuestaria destinará a subvencionar la labor de los colectivos proteccionistas locales (que al fin y al cabo hacen una labor que correspondería en pura lógica a las diferentes administraciones)? Me apuesto algo a que poco o nada. Esta es la desvergüenza de quienes nos gobiernan: que no acaban de distinguir entre lo importante y lo esencial. Que muestran ante las cámaras su verdadero nivel intelectual y ético, sin dobleces ni perifollos.

Así nos va…


[*] Escribí este artículo para la sección BICHOS, del magacín digital AllegraMag.


! enero 2015

viernes, 9 de enero de 2015

 


ESTÚPIDAS, CRIMINALES CABALGATAS

 


Acabó la Navidad. ¡Por fin! Será que me estoy haciendo viejo, o que estas celebradas fiestas ya no son ni de lejos lo que eran tras ciertas ausencias. Imagino que le pasará a mucha gente.

Por ejemplo, hace la tira de años que no asisto a la Cabalgata de Reyes. Yo la recuerdo como una cosa insulsa y repetitiva. Y falsa como una moneda de cartón. Quizá esta percepción me surgió de repente el año en que Baltasar me sentó en su regazo. El tipo apestaba a betún. Aprendí aquella tarde que los negros lo son solo de cara, cuando yo creía (¡bendita ingenuidad!) que la capa cromática les cubría todo el cuerpo. Comprobé desde un primer plano que no, que solo alcanza el bajo cuello. En fin…

A lo que voy. Que las mencionadas cabalgatas han cambiado un montón, a tal punto de que, según segmentos, aquello puede ser lo mismo la venida de los Reyes Magos de Oriente que una invasión de ejecutivos de Silicon Valley. Por la atmósfera futurista, digo. Porque me he documentado en la Red, y meten ya en el espectáculo batucadas y gusanos espaciales, entre un incoherente pastiche de “lo que a uno se le ocurra”. A lo mejor la culpa es mía por tomarme en serio una simple representación lúdica, pero sufro con ello en mi fuero interno una suerte de engaño manifiesto. Con la sumisa colaboración de la masa, eso siempre.

Hasta aquí, para gustos, como casi todo en este mundo. Que cada cual se disfrace de lo que quiera, paje o astronauta, y que al público infantil le cuenten lo que este quiera oír, con tal de que a la mañana siguiente la consola de última generación presida la mesa del salón, que para eso –y solo para eso– uno y una se han portado más o menos bien desde que entró el invierno. Lo que no soporto es la utilización de animales [no humanos] en dichos eventos. Siempre hubo caballos, a los que imagino que poca gracia les hará la cegadora luminosidad y el griterío infantil. Pero es que de un tiempo a esta parecemos habernos abonado al palurdo “y yo más”. ¿Pero a ustedes les parece siquiera medianamente normal que saquen un elefante en Béjar, Salamanca? ¿O que un nutrido [y aterrorizado] grupo de ocas desfilen por el centro de Madrid con cascabeles atados a sus cuellos? ¿O que forme parte de la marcha un jaulón repleto de aves para representar a los cazadores (al tiempo que suena de fondo la banda sonora de Superman? ¿Acaso nos hemos vuelto locos? Tal vez no, pues siempre tuvimos un algo.

En una localidad vasca incorporaron a la procesión dos bueyes tirando de un carro, y atado a este un burrito. ¡Pero qué necesidad! Al idiota de turno se le ocurrió lanzar un petardo, con tan mala suerte que, en lugar de explotarle en sus partes pudendas, asustó a los animales, que a punto estuvieron de provocar una desgracia irreparable entre el público. ¿Quién hubiera asumido responsabilidades en tal caso? Ya les digo yo que nadie. Porque aquí todo lo hacemos a la buena de dios y cruzando los dedos, parapetados tras la vieja fórmula del “nunca pasó nada”. Por supuesto, sin noticia alguna del perpetrador, no vaya a ser que la familia se incomode y que el chaval tenga un episodio depresivo de los gordos. Mejor se tapa, y el año que viene vuelta a las andadas.

Regalamos a nuestros niños ilusión, y al tiempo les engañamos de forma miserable ocultándoles que los animales (caballos, ocas, elefantes, dromedarios, ovejas, bueyes, burros…) no desean estar ahí. Ni se nos pasa por la cabeza aprovechar la ocasión para educarles en valores, decirles que diversión y respeto pueden, deben ser compatibles si de verdad nos creemos seres decentes. Pero para educar primero hay que educarse; y no parece que una significativa mayoría entre los papás y mamás contemporáneos tengan esa habilidad didáctica.


[*] Escribí este artículo para la sección BICHOS, del magacín digital AllegraMag.


! enero 2015


lunes, 29 de diciembre de 2014

 


COMO QUEDAR ATRAPADOS EN MEDIO DE UN BOMBARDEO

 

Uno de los pocos recuerdos agradables que conservo de mi niñez es el olor a pólvora, asociado siempre a la traca que se quemaba cada tarde en una plaza céntrica de mi ciudad, con motivo de las fiestas patronales. Un enjambre de muchachitos inquietos nos agolpábamos en la trayectoria de la ristra por ver si atrapábamos alguno de los juguetes que de allí colgaban: cuchillos Arapahoes, machetes Sioux, penachos de plumas cherokees… Siempre supuse que el ayuntamiento tenía una especie de convenio comercial con las tribus indias americanas, pero es algo que nunca llegué a confirmar. Cosas de críos, supongo.

Sin embargo, hoy es el día que mantengo una más que pésima relación con toda suerte del citado material, sea este en forma de `inocentes´ petardos o de bombetas de inusitado calibre. Porque hay que reconocer que esto ha derivado en una locura colectica de difícil explicación. O acaso simplemente responda a la idiotez coral a la que nos apuntamos enseguida y sin preguntar. Yo no sé ustedes, pero un servidor recuerda que, no hace tanto, la llegada del Año Nuevo se celebraba –además de con el consabido espumoso y las malditas uvas– con el lanzamiento de una discreta cantidad de tracas y artilugios semejantes; durante media hora, no más; y luego la gente se dedicaba al condumio desaforado y a lanzarse pullitas entre familiares, lo clásico en Navidad. Pero de un tiempo a esta parte la cosa se ha desmadrado de tal forma que apenas entrada la última tarde del año ya se sufren a los pequeños dinamiteros haciendo uso por doquier de artefactos explosivos. Así, es habitual que a veces un poco hábil lanzador vea cómo algunos de sus deditos abandonan sin previo aviso la mano donde siempre estuvieron. Los medios dedican ya en sus primeras ediciones anuales un espacio específico a los “accidentes” de este pelo, que en ocasiones van mucho más allá de la pérdida de miembros menores para llegar al fallecimiento del protagonista. A tal punto que no son pocos los municipios españoles que se han visto obligados a regular e incluso prohibir el manejo de según qué material pirotécnico en señaladas fechas.

Con todo, no suelen mencionarse en las normativas a las víctimas animales (tanto domésticas como silvestres), que sufren no obstante la fiesta como un auténtico infierno. En efecto, se contempla ya como una hipótesis razonable el lanzamiento de bengalas en la muerte masiva de aves, cuyos cadáveres “llovieron” de forma misteriosa en algunas zonas urbanas de Estados Unidos coincidiendo con determinadas celebraciones. Y las dudas se disipan por completo en el caso de los animales domésticos, quienes viven a menudo dichas festividades como una experiencia por completo traumática. Hay casos en los que la familia ha optado por “emigrar” durante el tránsito de año a la cabaña del bosque, por evitar la pesadilla al Toby de turno, y de paso al clan entero. Porque, en palabras de un profesional, para ellos “Es como quedar atrapados en medio de un bombardeo”. Nos parecen descorazonadoras –con razón– las imágenes de niños perdidos en medio de conflictos bélicos, pero no es muy diferente el desasosiego de un perro huyendo hacia ninguna parte tras percibir el estruendo del bombazo. Por citar algunos ejemplos documentados de la ciudad donde vivo, diré que una perra conocida se lanzó desde el balcón desquiciada por el petardeo. Tuvo la suerte de rebotar en un toldo, y “solo” se fracturó una pata: coja de por vida. También Ona salió despavorida en plena madrugada de Año Nuevo, y nada supieron de ella hasta marzo, cuando apareció fotografiada en la prensa local con su nueva familia de acogida. Peor le fue a otro can, al que su familia estuvo buscando durante meses en diarias batidas por distintos barrios, sin resultado. Podemos imaginar lo que esta gente pasó y sigue pasando después de aquello. ¡Qué dolor y qué rabia por algo tan absurdo!

Hay que acabar con esta locura. Que quien tiene potestad para ello prohíba de una vez por todas el uso indiscriminado y general de material pirotécnico. Por el bien de todos. También de los humanos, pues ya me contarán qué gracia tiene que te explote un artefacto de los gordos debajo de casa en plena convalecencia quirúrgica, o que simplemente te machaquen los oídos hasta bien entrado el día. Por no hablar de la quema de contenedores, de automóviles aparcados, o incluso de edificios enteros…

Un colectivo animalista solicitó hace años al Síndico de Vitoria-Gasteiz que el Ayuntamiento restringiera de manera drástica el uso generalizado de material pirotécnico durante la Nochevieja, y la Recomendación fue contundente: con un cuarto de hora, suficiente. El consistorio tardó un par de años (y unas cuantas reuniones con los “pesados” animalistas) en tomar nota, pues las Recomendaciones no son vinculantes, sino meramente orientativas. Pero ya en las pasadas fiestas navideñas emitió un Bando al respecto, recogiendo nuestras reivindicaciones y la solicitud del propio Síndico; y, lo que es aún mejor: mencionando en el texto a los animales como uno de los colectivos afectados. Por supuesto que el Bando no tuvo la eficacia práctica deseada (¿quién controla a una horda de desquiciados en plena efervescencia etílica?), pero sin duda la tendrá de forma paulatina en venideras ocasiones. Pues esto, como todo, requiere de empeño y paciencia en sus correspondientes dosis.


[*] Escribí este artículo para la sección El caballo de Nietzsche, un blog animalista dentro de eldiario.es.


! diciembre 2014