viernes, 30 de enero de 2015
viernes, 9 de enero de 2015
ESTÚPIDAS, CRIMINALES
CABALGATAS
Acabó la Navidad.
¡Por fin! Será que me estoy haciendo viejo, o que estas celebradas fiestas ya
no son ni de lejos lo que eran tras ciertas ausencias. Imagino que le pasará a
mucha gente.
Por ejemplo, hace la tira de años que no asisto a
la Cabalgata de Reyes. Yo la recuerdo como una cosa insulsa y repetitiva. Y
falsa como una moneda de cartón. Quizá
esta percepción me surgió de repente el año en que Baltasar me sentó en su
regazo. El tipo apestaba a betún. Aprendí aquella tarde que los negros lo son
solo de cara, cuando yo creía (¡bendita ingenuidad!) que la capa cromática les
cubría todo el cuerpo. Comprobé desde un primer plano que no, que solo alcanza
el bajo cuello. En fin…
A lo que voy. Que las mencionadas cabalgatas han
cambiado un montón, a tal punto de que, según segmentos, aquello puede ser lo
mismo la venida de los Reyes Magos de Oriente que una invasión de ejecutivos de
Silicon Valley. Por la atmósfera futurista, digo. Porque me he documentado en
la Red, y meten ya en el espectáculo
batucadas y gusanos espaciales, entre un incoherente pastiche de “lo que a uno se le ocurra”. A lo mejor la culpa es mía por tomarme en serio una simple
representación lúdica, pero sufro con ello en mi fuero interno una suerte de
engaño manifiesto. Con la sumisa colaboración de la masa, eso siempre.
Hasta aquí,
para gustos, como casi todo en este mundo. Que cada cual se disfrace de lo
que quiera, paje o astronauta, y que al público infantil le cuenten lo que este
quiera oír, con tal de que a la mañana siguiente la consola de última
generación presida la mesa del salón, que para eso –y solo para eso– uno y una
se han portado más o menos bien desde que entró el invierno. Lo que no soporto es la utilización de
animales [no humanos] en dichos eventos. Siempre hubo caballos, a los que
imagino que poca gracia les hará la cegadora luminosidad y el griterío
infantil. Pero es que de un tiempo a esta parecemos habernos abonado al palurdo
“y yo más”. ¿Pero a ustedes les parece
siquiera medianamente normal que saquen un elefante en Béjar, Salamanca?
¿O que un nutrido [y aterrorizado] grupo de ocas desfilen por el centro de
Madrid con cascabeles atados a sus cuellos? ¿O que forme parte de la marcha
un jaulón repleto de aves
para representar a los cazadores (al tiempo que suena de fondo la banda sonora
de Superman? ¿Acaso nos hemos
vuelto locos? Tal vez no, pues siempre tuvimos un algo.
En una
localidad vasca incorporaron a la procesión dos bueyes tirando de un carro, y
atado a este un burrito. ¡Pero qué necesidad! Al idiota de turno se le ocurrió
lanzar un petardo, con tan mala suerte que, en lugar de explotarle en sus
partes pudendas, asustó a
los animales, que a punto estuvieron de provocar una desgracia irreparable
entre el público. ¿Quién hubiera asumido responsabilidades en tal caso? Ya les digo yo que
nadie. Porque aquí todo lo hacemos a la buena de dios y cruzando los dedos, parapetados
tras la vieja fórmula del “nunca pasó nada”. Por supuesto, sin noticia alguna
del perpetrador, no vaya a ser que la familia se incomode y que el chaval tenga
un episodio depresivo de los gordos. Mejor se tapa, y el año que viene vuelta a
las andadas.
Regalamos a
nuestros niños ilusión, y al tiempo les engañamos de forma miserable
ocultándoles que los animales (caballos, ocas, elefantes, dromedarios, ovejas,
bueyes, burros…) no desean estar ahí. Ni se nos pasa por la cabeza aprovechar
la ocasión para educarles en valores, decirles que diversión y respeto pueden,
deben ser compatibles si de verdad nos creemos seres decentes. Pero para educar
primero hay que educarse; y no parece que una significativa mayoría entre los
papás y mamás contemporáneos tengan esa habilidad didáctica.
! enero 2015
lunes, 29 de diciembre de 2014
COMO QUEDAR ATRAPADOS EN MEDIO DE UN BOMBARDEO
Uno de los pocos recuerdos agradables que conservo
de mi niñez es el olor a pólvora, asociado siempre a la traca que se quemaba
cada tarde en una plaza céntrica de mi ciudad, con motivo de las fiestas
patronales. Un enjambre de muchachitos inquietos nos agolpábamos en la
trayectoria de la ristra por ver si atrapábamos alguno de los juguetes que de
allí colgaban: cuchillos Arapahoes,
machetes Sioux, penachos de plumas cherokees… Siempre supuse que el
ayuntamiento tenía una especie de convenio comercial con las tribus indias
americanas, pero es algo que nunca llegué a confirmar. Cosas de críos, supongo.
Sin embargo,
hoy es el día que mantengo una más que pésima relación con toda suerte del
citado material, sea este en forma de `inocentes´ petardos o de bombetas de inusitado calibre. Porque hay que reconocer
que esto ha derivado en una locura colectica de difícil explicación. O acaso
simplemente responda a la idiotez coral a la que nos apuntamos enseguida y sin
preguntar. Yo no sé ustedes, pero un servidor recuerda que, no hace tanto, la
llegada del Año Nuevo se celebraba
–además de con el consabido espumoso y las malditas uvas– con el lanzamiento de
una discreta cantidad de tracas y artilugios semejantes; durante media hora, no
más; y luego la gente se dedicaba al condumio desaforado y a lanzarse pullitas
entre familiares, lo clásico en Navidad. Pero de un tiempo a esta parte la cosa
se ha desmadrado de tal forma que apenas entrada la última tarde del año ya se
sufren a los pequeños dinamiteros haciendo uso por doquier de artefactos
explosivos. Así, es habitual que a veces un poco hábil lanzador vea cómo algunos
de sus deditos abandonan sin previo aviso la mano donde siempre estuvieron. Los
medios dedican ya en sus primeras ediciones anuales un espacio específico a los
“accidentes” de este pelo, que en ocasiones van mucho más allá de la pérdida de
miembros menores para llegar al fallecimiento del protagonista. A tal punto que
no son pocos los municipios españoles que se han visto obligados a regular e
incluso prohibir el manejo de según qué material pirotécnico en señaladas
fechas.
Con todo,
no suelen mencionarse en las normativas a las víctimas animales (tanto
domésticas como silvestres), que sufren no obstante la fiesta como un auténtico infierno. En efecto, se contempla
ya como una hipótesis razonable el lanzamiento de bengalas en la muerte masiva
de aves, cuyos cadáveres “llovieron” de forma misteriosa en algunas zonas
urbanas de Estados Unidos coincidiendo con determinadas celebraciones. Y las
dudas se disipan por completo en el caso de los animales domésticos, quienes
viven a menudo dichas festividades como una experiencia por completo
traumática. Hay casos en los que la familia ha optado por “emigrar” durante el
tránsito de año a la cabaña del bosque, por evitar la pesadilla al Toby de turno, y de paso al clan entero.
Porque, en palabras de un profesional, para ellos “Es como quedar atrapados en medio de un bombardeo”. Nos parecen
descorazonadoras –con razón– las imágenes de niños perdidos en medio de
conflictos bélicos, pero no es muy diferente el desasosiego de un perro huyendo
hacia ninguna parte tras percibir el estruendo del bombazo. Por citar algunos ejemplos documentados de
la ciudad donde vivo, diré que una perra conocida se lanzó desde el balcón desquiciada por el petardeo.
Tuvo la suerte de rebotar en un toldo, y “solo” se fracturó una pata: coja de
por vida. También Ona salió despavorida en plena madrugada de Año Nuevo, y nada supieron de ella hasta
marzo, cuando apareció fotografiada en la prensa local con su nueva familia de
acogida. Peor le fue a otro can, al que su familia estuvo buscando durante
meses en diarias batidas por distintos barrios, sin resultado. Podemos imaginar
lo que esta gente pasó y sigue pasando después de aquello. ¡Qué dolor y qué
rabia por algo tan absurdo!
Hay que
acabar con esta locura. Que quien tiene potestad para ello prohíba de una vez
por todas el uso indiscriminado y general de material pirotécnico. Por el bien de todos.
También de los humanos, pues ya me contarán qué gracia tiene que te explote un
artefacto de los gordos debajo de casa en plena convalecencia quirúrgica, o que
simplemente te machaquen los oídos hasta bien entrado el día. Por no hablar de
la quema de contenedores, de automóviles aparcados, o incluso de edificios
enteros…
Un
colectivo animalista solicitó hace años al Síndico de Vitoria-Gasteiz que el
Ayuntamiento restringiera de manera drástica el uso generalizado de material
pirotécnico durante la Nochevieja, y
la Recomendación fue contundente: con un cuarto de hora, suficiente. El
consistorio tardó un par de años (y unas cuantas reuniones con los “pesados”
animalistas) en tomar nota, pues las Recomendaciones
no son vinculantes, sino meramente orientativas. Pero ya en las pasadas fiestas
navideñas emitió un Bando al respecto, recogiendo nuestras reivindicaciones y la
solicitud del propio Síndico; y, lo
que es aún mejor: mencionando en el texto a los animales como uno de los
colectivos afectados. Por supuesto que el Bando
no tuvo la eficacia práctica deseada (¿quién controla a una horda de
desquiciados en plena efervescencia etílica?), pero sin duda la tendrá de forma
paulatina en venideras ocasiones. Pues esto, como todo, requiere de empeño y
paciencia en sus correspondientes dosis.
[*] Escribí
este artículo para la sección El caballo de Nietzsche, un blog animalista dentro de eldiario.es.
! diciembre 2014
viernes, 26 de diciembre de 2014
CELIA: ¡ADÓPTALO!
Salta Celia de contenta, sacudiéndose todavía el notición: ¡le ha tocado el
Gordo de la Lotería! A ella y al
resto de la familia, porque, al parecer, era costumbre de la casa repartir el
mismo número desde la época de los abuelos. La fidelidad reparte al final justo
premio. Es lo que tiene regentar una administración de lotería y que caiga ahí
un porrón de pasta. ¡Santa bolita! Celia es veinteañera y ya millonaria. Se lo
apunta la periodista, y ella no lo niega, embargada por la emoción como está.
–“Así, a
bote pronto… ¿qué vas a hacer con el dinero?”.
–“¡Uf! Aún no lo sé… Seguro que un viaje a Nueva
York… ¡Y a lo mejor comprarme un perro!”.
Celia, mujer… no lo
compres. Adóptalo, ahora que estás forrada. Precisamente ahora, no lo compres.
Quizá conozcas los escalofriantes datos que con frecuencia nos ofrecen los
medios de comunicación, pero, por si acaso, te los recuerdo: unos cien mil perros son abandonados en
nuestro país al año, sin que la mayoría de ellos tenga la suerte de
encontrar un hogar decente donde poder ser feliz y desarrollar todas sus
capacidades emocionales, que son muchas. Es decir: se les niega esa segunda
oportunidad que sin duda merecen, para aprender que no todos los humanos somos
iguales. Al mismo tiempo, docenas de miles de perros son adquiridos en
criaderos a precios astronómicos. En realidad, y tenidos en cuenta ambos
escenarios, entiendo que pagar un solo euro sería ya desorbitado. Con toda
seguridad has entendido lo que trato de transmitirte: mientras docenas de miles
de seres inocentes han de ser sacrificados, otras tantas docenas de miles son
adquiridos en criaderos profesionales (asumidos como simples negocios, donde el
factor principal es la rentabilidad, qué si no). Hay algo aquí que no funciona como debiera. Si toda aquella persona
que siente la necesidad de convivir con un animal lo adoptase de un albergue,
el escenario sería muy distinto para ellos.
No lo compres, por favor.
La adquisición de animales alimenta no solo un negocio carente de toda ética,
sino que estimula la imagen de los animales como simples artículos de consumo.
Lejos de ser así, los animales son amigos. Y estarás de acuerdo conmigo en que
los amigos no se compran, sino que se ganan. Puedo asegurarte que jamás te
arrepentirás de haber tomado la decisión que te sugiero. ¡Jamás!
En un párrafo anterior usé el término “suerte”, y lo subrayé. Hay una buena
razón para ello. Tú, que has sido agraciada con la suerte de la lotería este año, por puro azar, y que has
repartido a su vez esa suerte
entre tus clientes, puedes decidir regalar la mayor suerte del mundo a un inocente: me refiero a una vida digna
en una familia igual de digna. ¡Casi nada! No
te costará encontrar páginas de entidades protectoras locales que ofrecen
perros maravillosos. Lo que si te costará será decidirte por uno (o una),
porque cuando se les mira a los ojos algo de ellos y ellas queda para siempre
en nuestros corazones.
Estas Navidades han
comenzado muy bien para ti. Ahora tienes la increíble oportunidad de hacerlas perfectas.
¡Adóptalo!
jueves, 18 de diciembre de 2014
¡PODEMOS SER PAPÁ NOEL PARA LOS ANIMALES SIN HOGAR!
Tal vez haya alguien
entre quienes leen estas líneas que tenga pensado comprar un animal estas Navidades.
Espero que, una vez leído el texto, haya decidido pensárselo dos o tres veces…
¡y cuánto mejor si se le ha quitado la idea de la cabeza!
Según las estadísticas,
durante las pasadas fiestas navideñas se compraron como un cuarto de millón de
animales, en su mayor parte de manera compulsiva. Las consecuencias que ello
acarrea tanto a las víctimas directas como al medio ambiente es aún poco
conocida para la opinión pública. Por lo que respecta al medio, han de tenerse en
cuenta las llamadas especies exóticas
(también conocidas como alóctonas);
es decir, las que no son naturales de un lugar dado. En la práctica, podríamos
estar hablando lo mismo de reptiles, que de roedores, anfibios o insectos,
entre otras. Como todo negocio, el de
las especies exóticas considera a los
animales meros objetos de consumo, y por eso mismo no tendrá en cuenta sus
intereses (necesidades): no importa si una parte del montante total muere si
las cuentas finales cuadran. Por tanto, no nos engañemos: las ranas, las
ardillas o los lagartos que se exhiben en los escaparates no son sino un ínfimo
segmento del terrible expolio biológico. El resto murió porque no pudo soportar
las condiciones de captura, confinamiento y traslado. Así de simple; así de
espantoso.
Una vez en casa, lo
habitual es que al comprador se le vaya pasando el subidón inicial, de tal suerte que ofrecerá a su invitado una cada vez menor atención. Lo
que para amigos y familiares fue al principio un atractivo entretenimiento se
acaba convirtiendo más pronto que tarde en algo tedioso y repetitivo. De hecho, una parte
significativa de dichos animales acaba en el contenedor de basura, algunos aún
vivos. Otras veces son liberados por sus dueños –acaso sin atisbo de mala fe–
en un paraje local, sin tener ni idea de que, desde ese mismo momento, la
administración les ha colocado ya la fea etiqueta de “invasores”. Podemos
imaginar cuál será el futuro de esos animales inocentes. Al hilo de esto,
conviene recordar que todos los ayuntamientos vascos (y con toda probabilidad
los españoles) están obligados por ley a solicitar a las tiendas del ramo
informes trimestrales que contengan datos como: entradas, salidas, origen de
los animales e identificación de los compradores (Ley Vasca de Protección Animal 6/1993, Artículo 21). Si este punto
se hiciera cumplir a rajatabla, tendríamos una herramienta ciertamente eficaz
para gestionar el problema. Pero no se conoce ni un solo ayuntamiento que lo
cumpla. Siendo así, podemos preguntarnos
si acaso a estos les asiste algún derecho moral para eliminar a los [inocentes]
animales. O si lo tienen para organizar pomposas
jornadas que tratan el tema. Que cada cual se conteste.
En el caso de los animales de compañía, cabe destacar que solo
merecen tal nombre perros y gatos, pues ambos han perdido ya el nicho ecológico
a lo largo de su historia genealógica (o quizá sea más justo decir que “nosotros
se la hemos arrebatado”). Pero, además, porque los perros y los gatos son
nuestros amigos, o al menos así deberíamos considerarlos. ¡Y cualquiera sabe
que los amigos no se venden! Si queremos conseguir un amigo humano, tenemos que
tratar de ganárnoslo, ofreciéndole nuestra confianza y esperando lo mismo de
él. Porque la amistad es un ejercicio basado en el afecto mutuo. ¿O no?
Cuando tratamos de animales,
sin duda la mejor opción es adoptarlos. Son muchos los que nos esperan
con las patas abiertas en los Centros de Acogida, y les haremos un enorme favor
al ofrecerles una segunda (o enésima, según casos) oportunidad. Al fin y al
cabo, aceptemos aquí también que se trata de un favor mutuo. Quien convive con un perro lo sabe bien:
ellos no tienen dobleces, y aprenden rápido a agradecer el regalo. Estando las
perreras (¡horrible nombre!) a rebosar de amigos, comprarlos no tiene sentido
lógico alguno. Y menos aún sentido ético.
Dicho lo cual, desde entidades como ATEA sugerimos tres
reflexiones básicas:
1 |
Aceptemos que solo hemos de percibir
como “animales de compañía (de familia)” a aquellos que carecen de un sitio en
la naturaleza: esto es, gatos y perros. Dejemos vivir a los demás donde de
verdad les corresponde, pues es lo que quisiéramos para nosotros mismos.
2 |
En el caso de que decidamos convivir con
una animal, jamás paguemos dinero por él, pues ello lo convierte en burdo
artículo de consumo.
3 |
Aumentemos la familia trayendo a casa
estas Navidades un amigo peludo. Le haremos un inmenso favor al ofrecerle esa
segunda oportunidad que sin duda merece.
¡Podemos ser Papá Noel para los animales sin hogar!
[*] Este artículo fue
publicado en su versión original por el periódico BERRIA.
Tal vez haya alguien
entre quienes leen estas líneas que tenga pensado comprar un animal estas Navidades.
Espero que, una vez leído el texto, haya decidido pensárselo dos o tres veces…
¡y cuánto mejor si se le ha quitado la idea de la cabeza!
Según las estadísticas, durante las pasadas fiestas navideñas se compraron como un cuarto de millón de animales, en su mayor parte de manera compulsiva. Las consecuencias que ello acarrea tanto a las víctimas directas como al medio ambiente es aún poco conocida para la opinión pública. Por lo que respecta al medio, han de tenerse en cuenta las llamadas especies exóticas (también conocidas como alóctonas); es decir, las que no son naturales de un lugar dado. En la práctica, podríamos estar hablando lo mismo de reptiles, que de roedores, anfibios o insectos, entre otras. Como todo negocio, el de las especies exóticas considera a los animales meros objetos de consumo, y por eso mismo no tendrá en cuenta sus intereses (necesidades): no importa si una parte del montante total muere si las cuentas finales cuadran. Por tanto, no nos engañemos: las ranas, las ardillas o los lagartos que se exhiben en los escaparates no son sino un ínfimo segmento del terrible expolio biológico. El resto murió porque no pudo soportar las condiciones de captura, confinamiento y traslado. Así de simple; así de espantoso.
En el caso de los animales de compañía, cabe destacar que solo
merecen tal nombre perros y gatos, pues ambos han perdido ya el nicho ecológico
a lo largo de su historia genealógica (o quizá sea más justo decir que “nosotros
se la hemos arrebatado”). Pero, además, porque los perros y los gatos son
nuestros amigos, o al menos así deberíamos considerarlos. ¡Y cualquiera sabe
que los amigos no se venden! Si queremos conseguir un amigo humano, tenemos que
tratar de ganárnoslo, ofreciéndole nuestra confianza y esperando lo mismo de
él. Porque la amistad es un ejercicio basado en el afecto mutuo. ¿O no?
viernes, 12 de diciembre de 2014
ANIMALIEK ESKUBIDERIK OTE?
Datorren asteazkenean ospatzen da Animalien
Eskubideeen Nazioarteko Eguna. Horrela esanda, oso gutxi erakarriko du,
ideologia guztiek baitaukate ospakizun egun bat (batzuek, gehiago). Baina,
datan ohartuz gero, ikusiko dugu abenduaren 10az ari garela. Bai: Giza Eskubideen Nazioarteko Eguna.
Zergatik izaki talde desberdinen eskubideak aldarrikatu egun berean? Irakurleoi
ez ezik, neure buruari ere egiten diot galdera. Eta, jakinda dudanez, joan den
mendearen azken partean hartutako erabakia dugu. Argi dago proposamenak berak
dakarrela nolabaiteko probokazioa; baina, horrela balitz, probokazio
didaktikotzat hartu beharko litzateke, ene ustez. Normalean kontuan hartzen ez
dugun errealitate bat erakutsi nahi digulako: geu ere animaliak garela. Askoren
gustukoa ez den arren, halaxe da: animaliak gara, etengabe eta ehuneko ehunean.
Ez dago landare jaiotzen den eta txakur (edo gizaki) zendu egiten denik. Ez eta
«bakarrik asteburuetan» animalia denik ere. Azpimarra dezagun arestian
esandakoa: animalia jaiotzen dena (garena), betiko eta oso.
Gaiaren ardatza ezagututa (benetan?), onartu beharko dugu animaliei buruz ari garenean gizakiak ez diren animaliei buruz dihardugula. Gu geu beste edozein bezain animaliak baikara, gutxienez ikuspuntu biologiko batetik azterturik. Baina artikulu honek animaliek (gizon-emakumeez kanpokoek) eskubiderik daukaten argitzea du helburu. Akaso galdera zuzen batek erantzun zuzena behar luke, bai. Baina esparru filosofiko batean mugitzen garen heinean, onar dezagun auzi orok dakarkigula ondorengo galdera: zergatik eskubideak animalientzat? Neuk era xume batez erantzungo nuke: haientzat onak direlako. Eta ausartuko nintzateke esatera, geuretzat ere bai.
Eskubide bat tresna morala besterik ez da. Baina xehetasun bat gehi genezake: justizia (norberari dagokiona eman) banatzeko tresna morala. Nolakoak gure beharrak (interesak), halakoak gure eskubideak. Izan ere, eskubidea da justizia banatzeko inoiz aurkitutako tresnarik eraginkorrena, zalantzarik gabe (edo oso zalantza gutxiz, behintzat).
Beste gauza bat da zer-nolako eskubideak edukitzea merezi duen bakoitzak (animalia edo gizakia den). Alde horretatik, azpimarratu behar da norberak eskertuko duela estimatua duen hori guztia bermatzeko gai den eskubidea. Erabat zentzugabea litzateke Euskadiko edozein herritarrek Orinokoko ibaialdean bizitzeko eskubidea eskatzea, horrek haren oinarrizko interesak betetzen ez dituelako. Baina zentzu garbi eta osoa luke horrexek yanomamo batentzat. Beraz, eskubide jakin bat arrazoizkoa den jorratzen dugunean, arrazoizko galdera honako hau izan liteke: zer-nolako eskubidea eta norentzat den. Auziaren mamitik iheska saiatzen ari garela ematen badu ere, ez da horrela. Ez eta gutxiagorik ere!
Orain arte hemen utzitako hausnarketak kontuan edukita (zertarako utzi, bestela?), ekin diezaiogun adibide praktiko bati. Zer-nolako eskubidea(k) izan behar ditu katu batek? Urtero hilabeteko oporraldia edukitzekoa? Ez! Katu bati berdin diolako honelako eskubidea edukitzeak ala ez. Udal hauteskundeetan bozkatzekoa? Ezta ere! Katu bati berdin diolako bozkatzeak ala ez. Inork [arrazoirik gabeko] ostikada bat ez ematekoa? Horixe bai interesgarria harentzat! Haren osotasun fisikoa (ezer baliagarriagorik?) bermatzen duelako.
Laburbilduz: [gizakiak ez diren] animaliek eskubideak dituzte. Arrazoizko eskubideak; gizakionak arrazoizkoak izan behar duten era berean. Eta oraindik ez edukitzekotan, eman beharko genizkieke ahalik eta azkarren. Haientzat opari paregabea delako. Eta geure izaera etikoari zor diogulako.
© 2014 abendua
viernes, 31 de octubre de 2014
CITA OTOÑAL EN BIDEBARRIETA
Es Bidebarrieta el
nombre de una calle de Bilbao, en pleno Casco Viejo, que alberga en su tramo
inicial a su “biblioteca de toda la vida”, sita en un contundente edificio que tiene
bien pasado un siglo, de estilo ecléctico,
que es como no decir nada porque de todo tiene un poco. Como tal, la biblioteca ocupa una sala de alto techo, romántica y silenciosa, que para eso es
sala de lectura y recogimiento. Pero yo frecuento más el Salón de Actos, en el
piso superior, imponente y al tiempo discreto, con vidrieras que por sí mismas merecen
una visita. Me acerco allí cada otoño, pues se celebran desde hace algunos
años unas sesiones vespertinas (y públicas) de lo más interesantes, creo. Y,
además, sé con absoluta certeza que no estaré solo escuchando las ponencias, siendo
que desde la platea observa con atención cerúlea Don Miguel [de Unamuno]. Quizá
siente nostalgia el viejo profesor de aquella su primera
conferencia en lo que era entonces el centro cultural y disidente de la ciudad.
Disidente aún lo es, por cuanto se tratan allí los más diversos temas a lo
largo del curso. Por ejemplo, la cuestión
de los animales, que a eso voy.
Este próximo
lunes día 3 se inauguran, en efecto, las VII
JORNADAS VASCAS DE PROTECCIÓN ANIMAL. Se trata de un foro de opinión en su más estricto sentido,
con invitados de todas las tendencias y pareceres, media docena cada año,
divididos en tres sesiones: una pareja cada jornada. La primera suele estar dedicada al debate, elemento esencial, entiendo,
de toda ideología que se precie. Pero, que se sepa, para cualquier debate se
necesitan al menos dos opiniones no coincidentes, y resulta que la administración
invitada declinó (ni siquiera me atrevo a decir que “amigablemente”) la
invitación para explicar cara a cara su política de exterminio de palomas
urbanas. Porque, salvo rarísimas y
plausibles excepciones, no hay en España ayuntamiento de cierta entidad
demográfica que no tenga establecido un rudo protocolo para eliminar a estas
aves. Que, por cierto, son usadas al tiempo por esos mismos consistorios como
representación icónica de valores tan virtuosos como la paz y el buen
entendimiento. ¡Tiene tela! Una palomita al aire siempre arregla una portada. No
obstante, y a pesar de su pomposa etiqueta, los citados ayuntamientos las
trampean en masa para después eliminarlas de la misma forma con gases
venenosos. Aunque ello conlleve un sufrimiento insoportable, no quiero
evitar pensar en toda la escena: en cómo las aves se ven de súbito atrapadas en
la jaula; en cómo se manejan por parte de unos operarios desmotivados (desde su
mentalidad estándar, ¿por qué tendrían que observar un trato considerado hacia
quienes van a gasear apenas unos minutos más tarde?), en cómo las presas se
golpean entre sí durante el viaje; o en cómo empiezan a sentir los primeros
síntomas del mareo una vez abierta la espita. Y acaso lo peor de todo es que esta razzia
–incluso desde su perspectiva técnica– no sirve absolutamente para nada, puesto
que pasados unos meses el número de aves en un espacio dado volverá a ser el
mismo, mientras la comunidad siga teniendo la misma carga reproductora. Es así
que la mera eliminación protocolaria y repetitiva se limita en la práctica a
“contentar” a ese fragmento de vecinos que protestan por todo. Podría hablarse
de un auténtico “sacrificio ritual”.
Durante la segunda sesión
(martes día 4) nos visitará la policía. No, no es que tengamos en mente hacer
nada malo. Es que está invitada. Dos curtidos agentes
–pertenecientes a la Ertzaintza y al SEPRONA– nos trasladarán en vivo su
experiencia profesional en el particular campo de la defensa de los animales: de
cómo en ocasiones se encontraron tras una puerta con el infierno en la tierra, o
aquella vez que pudieron acariciar, ya recuperado, al mastín que fue no ha
tanto un saquito de huesos y terror.
La tercera jornada
(miércoles día 5) se dedica a eso que podríamos llamar “la madre del cordero”:
la educación. Cuentan algunos que somos lo que aprendimos de niños, y digo yo
que también de mayores podemos dar un giro al timón y resetearnos de arriba abajo, o casi.
Cuestión de caracteres y de compromiso, como todo en esta vida. En dicha sesión
habrá ocasión de escuchar a dos educadores, que lo son por tratar con gente
menuda (¡menuda gente!), para tratar de cimentar sus valores en cosas como la empatía, la solidaridad, la ayuda al
necesitado: esculpir en ellos una ética
global, en definitiva. Así entrarán en la edad adulta con cada, y no habrá
necesidad de reseteo alguno. ¡No me
negarán que venir a este mundo –o a alguna de sus etapas vitales– con la ética
global “de serie” es de lo más práctico!
Olvidaba
remarcar un detalle que, por su calado político, no debiera pasar
desapercibido: las Jornadas están
auspiciadas por el Gobierno Vasco, que encarga su organización a una entidad
animalista. Allá cada cual, pero se me antoja que esta apertura de miras
debería ser justamente reconocida, visto lo visto y soportado lo soportado.
Termino el
artículo aclarando para los no iniciados que Bidebarrieta significa
algo así como “caminos nuevos”. Como amante que soy de la metáfora sencilla, les
dejo esta, por ligar de alguna forma el espacio físico, las Jornadas y
sobre todo su propósito central: enseñar, aprender… pero sobre todo “aprendernos”. A
quienes acudan, bienvenid@s.
[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el flamante blog animalista de eldiario.es.
© octubre 2014
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