viernes, 30 de enero de 2015

 


 POR SUS CACAS LES CONOCERÉIS

 


Los operarios descienden del coche oficial, abren el portón trasero, se enfundan los guantes de látex y recogen el equipo. Apenas unos segundos después obtienen la primera muestra: una cagarruta (se supone que de chucho local, pues si es foráneo o de especie no canina, de nada sirve). Con gesto contrariado, retiran el zurullo en una bolsa individual, en cuya etiqueta externa apuntan algo, y continúan con la recolección. Con un par de docenas de “setas” a buen recaudo, regresan al vehículo y devuelven el kit a la cabina posterior. Pasan por el laboratorio antes de continuar la ronda, pues no es cuestión de llevar la “cosecha” encima durante el resto de la jornada, y esperan que su jefe les destine a mejores misiones.

La escena se desarrolla en Xàtiva (Alicante), donde las autoridades locales decidieron acabar por la brava –a golpe de Ordenanza– con la muy insana costumbre de dejar las deposiciones caninas tal que ahí, donde su legítimo (e inconsciente) dueño decidió aliviarse. El tema no es baladí, tenida en cuenta la importante demografía perruna de nuestros pueblos y ciudades. En tal sentido, me encuentro entre los convencidos de que una significativa mayoría recoge de forma preceptiva los restos orgánicos de su amigo y los deposita en la papelera más cercana. Pero es que aun siendo mínimo el porcentaje de guarretes, la cosa resulta insoportable. Porque una décima parte de mierda es un buen montón de mierda, reconozcámoslo. De mil evacuadores –a dos por jornada–, son doscientas deposiciones que nadie quisiera no ya en el pasillo de su casa, sino meramente frente al portal del edificio.

La presencia de “material escatológico sólido” se ha visto reducido a la cuarta parte en la localidad. Lo cual apoya la vieja teoría de que no hay nada como que nos amenacen con meternos la mano al bolsillo para que adquiramos de súbito un comportamiento cívico hasta entonces desconocido. ¡Ya nos vale!

Manifiesta ufano a la prensa el Concejal de Seguridad Ciudadana que ”La responsabilidad de tener una mascota significa tener que cuidarla en casa y también en la calle. Porque hay personas que no tienen mascota, y no tienen por qué soportar sus excrementos”. Habla el edil como si de un especialista en “perros que cagan en la calle con dueños que no lo recogen” se tratase. Vamos a ver… Que yo sepa, al perrillo se la trae al pairo que recojas el mondongo o que lo dejes allí como muestra de arte perecedero. Parece claro que se trata de una cuestión de urbanidad, de higiene, de civismo… Pero quede también claro que con recogerlo no cuidas más a las “mascotas”, sino a tus conciudadanos, quienes, por cierto, lo merecen como los que más. Mejor si nos aclaramos con los conceptos y hasta con las ideas, porque de lo contrario esto es un lío. Por otro lado, señor concejal, piense que eso no tiene necesidad de aguantarlo nadie, con independencia de que tenga “mascota” o no. La urbanidad es la urbanidad, convivas con un chucho mil-leches o con tu tío del pueblo. Es como si el mismo concejal adujera en defensa de una campaña municipal contra las pintadas que “Hay personas que no hacen grafiti, y no tienen por qué soportar que otros ensucien las paredes”. En fin…

Esta noticia me suscita al menos dos reflexiones. En primer lugar, me pregunto qué razones puede aducir alguien para, tras ver a su tutelado husmear frenético, elegir espacio, encorvar el lomo y soltar el regalito, dejarlo allí. ¡Con un par! Ni aunque fuera un fanático del abono natural tendría justificación, pues los fanatismos, como tales, no deben afectar a la comunidad toda, particularmente si la comunidad toda está de acuerdo en que eso es una cochinada sí o sí.
40.000 euros de inversión. “Y si hace falta invertir más, lo haremos”, añadía. No es moco de pavo la cifra. Y me hago ahora, de sopetón, la segunda reflexión: ¿cuánto habrá gastado el citado Ayuntamiento en campañas antiabandono; cuántas serán las multas impuestas por maltrato animal en la localidad; qué partida presupuestaria destinará a subvencionar la labor de los colectivos proteccionistas locales (que al fin y al cabo hacen una labor que correspondería en pura lógica a las diferentes administraciones)? Me apuesto algo a que poco o nada. Esta es la desvergüenza de quienes nos gobiernan: que no acaban de distinguir entre lo importante y lo esencial. Que muestran ante las cámaras su verdadero nivel intelectual y ético, sin dobleces ni perifollos.

Así nos va…


[*] Escribí este artículo para la sección BICHOS, del magacín digital AllegraMag.


! enero 2015

viernes, 9 de enero de 2015

 


ESTÚPIDAS, CRIMINALES CABALGATAS

 


Acabó la Navidad. ¡Por fin! Será que me estoy haciendo viejo, o que estas celebradas fiestas ya no son ni de lejos lo que eran tras ciertas ausencias. Imagino que le pasará a mucha gente.

Por ejemplo, hace la tira de años que no asisto a la Cabalgata de Reyes. Yo la recuerdo como una cosa insulsa y repetitiva. Y falsa como una moneda de cartón. Quizá esta percepción me surgió de repente el año en que Baltasar me sentó en su regazo. El tipo apestaba a betún. Aprendí aquella tarde que los negros lo son solo de cara, cuando yo creía (¡bendita ingenuidad!) que la capa cromática les cubría todo el cuerpo. Comprobé desde un primer plano que no, que solo alcanza el bajo cuello. En fin…

A lo que voy. Que las mencionadas cabalgatas han cambiado un montón, a tal punto de que, según segmentos, aquello puede ser lo mismo la venida de los Reyes Magos de Oriente que una invasión de ejecutivos de Silicon Valley. Por la atmósfera futurista, digo. Porque me he documentado en la Red, y meten ya en el espectáculo batucadas y gusanos espaciales, entre un incoherente pastiche de “lo que a uno se le ocurra”. A lo mejor la culpa es mía por tomarme en serio una simple representación lúdica, pero sufro con ello en mi fuero interno una suerte de engaño manifiesto. Con la sumisa colaboración de la masa, eso siempre.

Hasta aquí, para gustos, como casi todo en este mundo. Que cada cual se disfrace de lo que quiera, paje o astronauta, y que al público infantil le cuenten lo que este quiera oír, con tal de que a la mañana siguiente la consola de última generación presida la mesa del salón, que para eso –y solo para eso– uno y una se han portado más o menos bien desde que entró el invierno. Lo que no soporto es la utilización de animales [no humanos] en dichos eventos. Siempre hubo caballos, a los que imagino que poca gracia les hará la cegadora luminosidad y el griterío infantil. Pero es que de un tiempo a esta parecemos habernos abonado al palurdo “y yo más”. ¿Pero a ustedes les parece siquiera medianamente normal que saquen un elefante en Béjar, Salamanca? ¿O que un nutrido [y aterrorizado] grupo de ocas desfilen por el centro de Madrid con cascabeles atados a sus cuellos? ¿O que forme parte de la marcha un jaulón repleto de aves para representar a los cazadores (al tiempo que suena de fondo la banda sonora de Superman? ¿Acaso nos hemos vuelto locos? Tal vez no, pues siempre tuvimos un algo.

En una localidad vasca incorporaron a la procesión dos bueyes tirando de un carro, y atado a este un burrito. ¡Pero qué necesidad! Al idiota de turno se le ocurrió lanzar un petardo, con tan mala suerte que, en lugar de explotarle en sus partes pudendas, asustó a los animales, que a punto estuvieron de provocar una desgracia irreparable entre el público. ¿Quién hubiera asumido responsabilidades en tal caso? Ya les digo yo que nadie. Porque aquí todo lo hacemos a la buena de dios y cruzando los dedos, parapetados tras la vieja fórmula del “nunca pasó nada”. Por supuesto, sin noticia alguna del perpetrador, no vaya a ser que la familia se incomode y que el chaval tenga un episodio depresivo de los gordos. Mejor se tapa, y el año que viene vuelta a las andadas.

Regalamos a nuestros niños ilusión, y al tiempo les engañamos de forma miserable ocultándoles que los animales (caballos, ocas, elefantes, dromedarios, ovejas, bueyes, burros…) no desean estar ahí. Ni se nos pasa por la cabeza aprovechar la ocasión para educarles en valores, decirles que diversión y respeto pueden, deben ser compatibles si de verdad nos creemos seres decentes. Pero para educar primero hay que educarse; y no parece que una significativa mayoría entre los papás y mamás contemporáneos tengan esa habilidad didáctica.


[*] Escribí este artículo para la sección BICHOS, del magacín digital AllegraMag.


! enero 2015


lunes, 29 de diciembre de 2014

 


COMO QUEDAR ATRAPADOS EN MEDIO DE UN BOMBARDEO

 

Uno de los pocos recuerdos agradables que conservo de mi niñez es el olor a pólvora, asociado siempre a la traca que se quemaba cada tarde en una plaza céntrica de mi ciudad, con motivo de las fiestas patronales. Un enjambre de muchachitos inquietos nos agolpábamos en la trayectoria de la ristra por ver si atrapábamos alguno de los juguetes que de allí colgaban: cuchillos Arapahoes, machetes Sioux, penachos de plumas cherokees… Siempre supuse que el ayuntamiento tenía una especie de convenio comercial con las tribus indias americanas, pero es algo que nunca llegué a confirmar. Cosas de críos, supongo.

Sin embargo, hoy es el día que mantengo una más que pésima relación con toda suerte del citado material, sea este en forma de `inocentes´ petardos o de bombetas de inusitado calibre. Porque hay que reconocer que esto ha derivado en una locura colectica de difícil explicación. O acaso simplemente responda a la idiotez coral a la que nos apuntamos enseguida y sin preguntar. Yo no sé ustedes, pero un servidor recuerda que, no hace tanto, la llegada del Año Nuevo se celebraba –además de con el consabido espumoso y las malditas uvas– con el lanzamiento de una discreta cantidad de tracas y artilugios semejantes; durante media hora, no más; y luego la gente se dedicaba al condumio desaforado y a lanzarse pullitas entre familiares, lo clásico en Navidad. Pero de un tiempo a esta parte la cosa se ha desmadrado de tal forma que apenas entrada la última tarde del año ya se sufren a los pequeños dinamiteros haciendo uso por doquier de artefactos explosivos. Así, es habitual que a veces un poco hábil lanzador vea cómo algunos de sus deditos abandonan sin previo aviso la mano donde siempre estuvieron. Los medios dedican ya en sus primeras ediciones anuales un espacio específico a los “accidentes” de este pelo, que en ocasiones van mucho más allá de la pérdida de miembros menores para llegar al fallecimiento del protagonista. A tal punto que no son pocos los municipios españoles que se han visto obligados a regular e incluso prohibir el manejo de según qué material pirotécnico en señaladas fechas.

Con todo, no suelen mencionarse en las normativas a las víctimas animales (tanto domésticas como silvestres), que sufren no obstante la fiesta como un auténtico infierno. En efecto, se contempla ya como una hipótesis razonable el lanzamiento de bengalas en la muerte masiva de aves, cuyos cadáveres “llovieron” de forma misteriosa en algunas zonas urbanas de Estados Unidos coincidiendo con determinadas celebraciones. Y las dudas se disipan por completo en el caso de los animales domésticos, quienes viven a menudo dichas festividades como una experiencia por completo traumática. Hay casos en los que la familia ha optado por “emigrar” durante el tránsito de año a la cabaña del bosque, por evitar la pesadilla al Toby de turno, y de paso al clan entero. Porque, en palabras de un profesional, para ellos “Es como quedar atrapados en medio de un bombardeo”. Nos parecen descorazonadoras –con razón– las imágenes de niños perdidos en medio de conflictos bélicos, pero no es muy diferente el desasosiego de un perro huyendo hacia ninguna parte tras percibir el estruendo del bombazo. Por citar algunos ejemplos documentados de la ciudad donde vivo, diré que una perra conocida se lanzó desde el balcón desquiciada por el petardeo. Tuvo la suerte de rebotar en un toldo, y “solo” se fracturó una pata: coja de por vida. También Ona salió despavorida en plena madrugada de Año Nuevo, y nada supieron de ella hasta marzo, cuando apareció fotografiada en la prensa local con su nueva familia de acogida. Peor le fue a otro can, al que su familia estuvo buscando durante meses en diarias batidas por distintos barrios, sin resultado. Podemos imaginar lo que esta gente pasó y sigue pasando después de aquello. ¡Qué dolor y qué rabia por algo tan absurdo!

Hay que acabar con esta locura. Que quien tiene potestad para ello prohíba de una vez por todas el uso indiscriminado y general de material pirotécnico. Por el bien de todos. También de los humanos, pues ya me contarán qué gracia tiene que te explote un artefacto de los gordos debajo de casa en plena convalecencia quirúrgica, o que simplemente te machaquen los oídos hasta bien entrado el día. Por no hablar de la quema de contenedores, de automóviles aparcados, o incluso de edificios enteros…

Un colectivo animalista solicitó hace años al Síndico de Vitoria-Gasteiz que el Ayuntamiento restringiera de manera drástica el uso generalizado de material pirotécnico durante la Nochevieja, y la Recomendación fue contundente: con un cuarto de hora, suficiente. El consistorio tardó un par de años (y unas cuantas reuniones con los “pesados” animalistas) en tomar nota, pues las Recomendaciones no son vinculantes, sino meramente orientativas. Pero ya en las pasadas fiestas navideñas emitió un Bando al respecto, recogiendo nuestras reivindicaciones y la solicitud del propio Síndico; y, lo que es aún mejor: mencionando en el texto a los animales como uno de los colectivos afectados. Por supuesto que el Bando no tuvo la eficacia práctica deseada (¿quién controla a una horda de desquiciados en plena efervescencia etílica?), pero sin duda la tendrá de forma paulatina en venideras ocasiones. Pues esto, como todo, requiere de empeño y paciencia en sus correspondientes dosis.


[*] Escribí este artículo para la sección El caballo de Nietzsche, un blog animalista dentro de eldiario.es.


! diciembre 2014



viernes, 26 de diciembre de 2014

 


CELIA: ¡ADÓPTALO!

 


Salta Celia de contenta, sacudiéndose todavía el notición: ¡le ha tocado el Gordo de la Lotería! A ella y al resto de la familia, porque, al parecer, era costumbre de la casa repartir el mismo número desde la época de los abuelos. La fidelidad reparte al final justo premio. Es lo que tiene regentar una administración de lotería y que caiga ahí un porrón de pasta. ¡Santa bolita! Celia es veinteañera y ya millonaria. Se lo apunta la periodista, y ella no lo niega, embargada por la emoción como está.
–“Así, a bote pronto… ¿qué vas a hacer con el dinero?”.
–“¡Uf! Aún no lo sé… Seguro que un viaje a Nueva York… ¡Y a lo mejor comprarme un perro!”.


Celia, mujer… no lo compres. Adóptalo, ahora que estás forrada. Precisamente ahora, no lo compres.


Quizá conozcas los escalofriantes datos que con frecuencia nos ofrecen los medios de comunicación, pero, por si acaso, te los recuerdo: unos cien mil perros son abandonados en nuestro país al año, sin que la mayoría de ellos tenga la suerte de encontrar un hogar decente donde poder ser feliz y desarrollar todas sus capacidades emocionales, que son muchas. Es decir: se les niega esa segunda oportunidad que sin duda merecen, para aprender que no todos los humanos somos iguales. Al mismo tiempo, docenas de miles de perros son adquiridos en criaderos a precios astronómicos. En realidad, y tenidos en cuenta ambos escenarios, entiendo que pagar un solo euro sería ya desorbitado. Con toda seguridad has entendido lo que trato de transmitirte: mientras docenas de miles de seres inocentes han de ser sacrificados, otras tantas docenas de miles son adquiridos en criaderos profesionales (asumidos como simples negocios, donde el factor principal es la rentabilidad, qué si no). Hay algo aquí que no funciona como debiera. Si toda aquella persona que siente la necesidad de convivir con un animal lo adoptase de un albergue, el escenario sería muy distinto para ellos.

No lo compres, por favor. La adquisición de animales alimenta no solo un negocio carente de toda ética, sino que estimula la imagen de los animales como simples artículos de consumo. Lejos de ser así, los animales son amigos. Y estarás de acuerdo conmigo en que los amigos no se compran, sino que se ganan. Puedo asegurarte que jamás te arrepentirás de haber tomado la decisión que te sugiero. ¡Jamás!

En un párrafo anterior usé el término “suerte”, y lo subrayé. Hay una buena razón para ello. Tú, que has sido agraciada con la suerte de la lotería este año, por puro azar, y que has repartido a su vez esa suerte entre tus clientes, puedes decidir regalar la mayor suerte del mundo a un inocente: me refiero a una vida digna en una familia igual de digna. ¡Casi nada! No te costará encontrar páginas de entidades protectoras locales que ofrecen perros maravillosos. Lo que si te costará será decidirte por uno (o una), porque cuando se les mira a los ojos algo de ellos y ellas queda para siempre en nuestros corazones.


Estas Navidades han comenzado muy bien para ti. Ahora tienes la increíble oportunidad de hacerlas perfectas. ¡Adóptalo!



[*] Este artículo fue publicado en el magacín AllegraMag.


jueves, 18 de diciembre de 2014

 


¡PODEMOS SER PAPÁ NOEL PARA LOS ANIMALES SIN HOGAR!


Tal vez haya alguien entre quienes leen estas líneas que tenga pensado comprar un animal estas Navidades. Espero que, una vez leído el texto, haya decidido pensárselo dos o tres veces… ¡y cuánto mejor si se le ha quitado la idea de la cabeza!

Según las estadísticas, durante las pasadas fiestas navideñas se compraron como un cuarto de millón de animales, en su mayor parte de manera compulsiva. Las consecuencias que ello acarrea tanto a las víctimas directas como al medio ambiente es aún poco conocida para la opinión pública. Por lo que respecta al medio, han de tenerse en cuenta las llamadas especies exóticas (también conocidas como alóctonas); es decir, las que no son naturales de un lugar dado. En la práctica, podríamos estar hablando lo mismo de reptiles, que de roedores, anfibios o insectos, entre otras. Como todo negocio, el de las especies exóticas considera a los animales meros objetos de consumo, y por eso mismo no tendrá en cuenta sus intereses (necesidades): no importa si una parte del montante total muere si las cuentas finales cuadran. Por tanto, no nos engañemos: las ranas, las ardillas o los lagartos que se exhiben en los escaparates no son sino un ínfimo segmento del terrible expolio biológico. El resto murió porque no pudo soportar las condiciones de captura, confinamiento y traslado. Así de simple; así de espantoso.

Una vez en casa, lo habitual es que al comprador se le vaya pasando el subidón inicial, de tal suerte que ofrecerá a su invitado una cada vez menor atención. Lo que para amigos y familiares fue al principio un atractivo entretenimiento se acaba convirtiendo más pronto que tarde en algo tedioso y repetitivo. De hecho, una parte significativa de dichos animales acaba en el contenedor de basura, algunos aún vivos. Otras veces son liberados por sus dueños –acaso sin atisbo de mala fe– en un paraje local, sin tener ni idea de que, desde ese mismo momento, la administración les ha colocado ya la fea etiqueta de “invasores”. Podemos imaginar cuál será el futuro de esos animales inocentes. Al hilo de esto, conviene recordar que todos los ayuntamientos vascos (y con toda probabilidad los españoles) están obligados por ley a solicitar a las tiendas del ramo informes trimestrales que contengan datos como: entradas, salidas, origen de los animales e identificación de los compradores (Ley Vasca de Protección Animal 6/1993, Artículo 21). Si este punto se hiciera cumplir a rajatabla, tendríamos una herramienta ciertamente eficaz para gestionar el problema. Pero no se conoce ni un solo ayuntamiento que lo cumpla. Siendo así, podemos preguntarnos si acaso a estos les asiste algún derecho moral para eliminar a los [inocentes] animales. O si lo tienen para organizar pomposas jornadas que tratan el tema. Que cada cual se conteste.


En el caso de los animales de compañía, cabe destacar que solo merecen tal nombre perros y gatos, pues ambos han perdido ya el nicho ecológico a lo largo de su historia genealógica (o quizá sea más justo decir que “nosotros se la hemos arrebatado”). Pero, además, porque los perros y los gatos son nuestros amigos, o al menos así deberíamos considerarlos. ¡Y cualquiera sabe que los amigos no se venden! Si queremos conseguir un amigo humano, tenemos que tratar de ganárnoslo, ofreciéndole nuestra confianza y esperando lo mismo de él. Porque la amistad es un ejercicio basado en el afecto mutuo. ¿O no?

Cuando tratamos de animales, sin duda la mejor opción es adoptarlos. Son muchos los que nos esperan con las patas abiertas en los Centros de Acogida, y les haremos un enorme favor al ofrecerles una segunda (o enésima, según casos) oportunidad. Al fin y al cabo, aceptemos aquí también que se trata de un favor mutuo. Quien convive con un perro lo sabe bien: ellos no tienen dobleces, y aprenden rápido a agradecer el regalo. Estando las perreras (¡horrible nombre!) a rebosar de amigos, comprarlos no tiene sentido lógico alguno. Y menos aún sentido ético.

Dicho lo cual, desde entidades como ATEA sugerimos tres reflexiones básicas:

1 | Aceptemos que solo hemos de percibir como “animales de compañía (de familia)” a aquellos que carecen de un sitio en la naturaleza: esto es, gatos y perros. Dejemos vivir a los demás donde de verdad les corresponde, pues es lo que quisiéramos para nosotros mismos.

2 | En el caso de que decidamos convivir con una animal, jamás paguemos dinero por él, pues ello lo convierte en burdo artículo de consumo.

3 | Aumentemos la familia trayendo a casa estas Navidades un amigo peludo. Le haremos un inmenso favor al ofrecerle esa segunda oportunidad que sin duda merece.


¡Podemos ser Papá Noel para los animales sin hogar!


[*] Este artículo fue publicado en su versión original por el periódico BERRIA.


viernes, 12 de diciembre de 2014



ANIMALIEK ESKUBIDERIK OTE?


Datorren asteazkenean ospatzen da Animalien Eskubideeen Nazioarteko Eguna. Horrela esanda, oso gutxi erakarriko du, ideologia guztiek baitaukate ospakizun egun bat (batzuek, gehiago). Baina, datan ohartuz gero, ikusiko dugu abenduaren 10az ari garela. Bai: Giza Eskubideen Nazioarteko Eguna. Zergatik izaki talde desberdinen eskubideak aldarrikatu egun berean? Irakurleoi ez ezik, neure buruari ere egiten diot galdera. Eta, jakinda dudanez, joan den mendearen azken partean hartutako erabakia dugu. Argi dago proposamenak berak dakarrela nolabaiteko probokazioa; baina, horrela balitz, probokazio didaktikotzat hartu beharko litzateke, ene ustez. Normalean kontuan hartzen ez dugun errealitate bat erakutsi nahi digulako: geu ere animaliak garela. Askoren gustukoa ez den arren, halaxe da: animaliak gara, etengabe eta ehuneko ehunean. Ez dago landare jaiotzen den eta txakur (edo gizaki) zendu egiten denik. Ez eta «bakarrik asteburuetan» animalia denik ere. Azpimarra dezagun arestian esandakoa: animalia jaiotzen dena (garena), betiko eta oso.

Gaiaren ardatza ezagututa (benetan?), onartu beharko dugu animaliei buruz ari garenean gizakiak ez diren animaliei buruz dihardugula. Gu geu beste edozein bezain animaliak baikara, gutxienez ikuspuntu biologiko batetik azterturik. Baina artikulu honek animaliek (gizon-emakumeez kanpokoek) eskubiderik daukaten argitzea du helburu. Akaso galdera zuzen batek erantzun zuzena behar luke, bai. Baina esparru filosofiko batean mugitzen garen heinean, onar dezagun auzi orok dakarkigula ondorengo galdera: zergatik eskubideak animalientzat? Neuk era xume batez erantzungo nuke: haientzat onak direlako. Eta ausartuko nintzateke esatera, geuretzat ere bai.

Eskubide bat tresna morala besterik ez da. Baina xehetasun bat gehi genezake: justizia (norberari dagokiona eman) banatzeko tresna morala. Nolakoak gure beharrak (interesak), halakoak gure eskubideak. Izan ere, eskubidea da justizia banatzeko inoiz aurkitutako tresnarik eraginkorrena, zalantzarik gabe (edo oso zalantza gutxiz, behintzat).

Beste gauza bat da zer-nolako eskubideak edukitzea merezi duen bakoitzak (animalia edo gizakia den). Alde horretatik, azpimarratu behar da norberak eskertuko duela estimatua duen hori guztia bermatzeko gai den eskubidea. Erabat zentzugabea litzateke Euskadiko edozein herritarrek Orinokoko ibaialdean bizitzeko eskubidea eskatzea, horrek haren oinarrizko interesak betetzen ez dituelako. Baina zentzu garbi eta osoa luke horrexek yanomamo batentzat. Beraz, eskubide jakin bat arrazoizkoa den jorratzen dugunean, arrazoizko galdera honako hau izan liteke: zer-nolako eskubidea eta norentzat den. Auziaren mamitik iheska saiatzen ari garela ematen badu ere, ez da horrela. Ez eta gutxiagorik ere!

Orain arte hemen utzitako hausnarketak kontuan edukita (zertarako utzi, bestela?), ekin diezaiogun adibide praktiko bati. Zer-nolako eskubidea(k) izan behar ditu katu batek? Urtero hilabeteko oporraldia edukitzekoa? Ez! Katu bati berdin diolako honelako eskubidea edukitzeak ala ez. Udal hauteskundeetan bozkatzekoa? Ezta ere! Katu bati berdin diolako bozkatzeak ala ez. Inork [arrazoirik gabeko] ostikada bat ez ematekoa? Horixe bai interesgarria harentzat! Haren osotasun fisikoa (ezer baliagarriagorik?) bermatzen duelako.

Laburbilduz: [gizakiak ez diren] animaliek eskubideak dituzte. Arrazoizko eskubideak; gizakionak arrazoizkoak izan behar duten era berean. Eta oraindik ez edukitzekotan, eman beharko genizkieke ahalik eta azkarren. Haientzat opari paregabea delako. Eta geure izaera etikoari zor diogulako.


[*] Iritzi-artikulu hau BERRIA egunkariarentzat idatzi nuen.


© 2014 abendua





viernes, 31 de octubre de 2014



CITA OTOÑAL EN BIDEBARRIETA


Es Bidebarrieta el nombre de una calle de Bilbao, en pleno Casco Viejo, que alberga en su tramo inicial a su “biblioteca de toda la vida”, sita en un contundente edificio que tiene bien pasado un siglo, de estilo ecléctico, que es como no decir nada porque de todo tiene un poco. Como tal, la biblioteca ocupa una sala de alto techo, romántica y silenciosa, que para eso es sala de lectura y recogimiento. Pero yo frecuento más el Salón de Actos, en el piso superior, imponente y al tiempo discreto, con vidrieras que por sí mismas merecen una visita. Me acerco allí cada otoño, pues se celebran desde hace algunos años unas sesiones vespertinas (y públicas) de lo más interesantes, creo. Y, además, sé con absoluta certeza que no estaré solo escuchando las ponencias, siendo que desde la platea observa con atención cerúlea Don Miguel [de Unamuno]. Quizá siente nostalgia el viejo profesor de aquella su primera conferencia en lo que era entonces el centro cultural y disidente de la ciudad. Disidente aún lo es, por cuanto se tratan allí los más diversos temas a lo largo del curso. Por ejemplo, la cuestión de los animales, que a eso  voy. 

Este próximo lunes día 3 se inauguran, en efecto, las VII JORNADAS VASCAS DE PROTECCIÓN ANIMAL. Se trata de un foro de opinión en su más estricto sentido, con invitados de todas las tendencias y pareceres, media docena cada año, divididos en tres sesiones: una pareja cada jornada. La primera suele estar dedicada al debate, elemento esencial, entiendo, de toda ideología que se precie. Pero, que se sepa, para cualquier debate se necesitan al menos dos opiniones no coincidentes, y resulta que la administración invitada declinó (ni siquiera me atrevo a decir que “amigablemente”) la invitación para explicar cara a cara su política de exterminio de palomas urbanas. Porque, salvo rarísimas y plausibles excepciones, no hay en España ayuntamiento de cierta entidad demográfica que no tenga establecido un rudo protocolo para eliminar a estas aves. Que, por cierto, son usadas al tiempo por esos mismos consistorios como representación icónica de valores tan virtuosos como la paz y el buen entendimiento. ¡Tiene tela! Una palomita al aire siempre arregla una portada. No obstante, y a pesar de su pomposa etiqueta, los citados ayuntamientos las trampean en masa para después eliminarlas de la misma forma con gases venenosos. Aunque ello conlleve un sufrimiento insoportable, no quiero evitar pensar en toda la escena: en cómo las aves se ven de súbito atrapadas en la jaula; en cómo se manejan por parte de unos operarios desmotivados (desde su mentalidad estándar, ¿por qué tendrían que observar un trato considerado hacia quienes van a gasear apenas unos minutos más tarde?), en cómo las presas se golpean entre sí durante el viaje; o en cómo empiezan a sentir los primeros síntomas del mareo una vez abierta la espita. Y acaso lo peor de todo es que esta razzia –incluso desde su perspectiva técnica– no sirve absolutamente para nada, puesto que pasados unos meses el número de aves en un espacio dado volverá a ser el mismo, mientras la comunidad siga teniendo la misma carga reproductora. Es así que la mera eliminación protocolaria y repetitiva se limita en la práctica a “contentar” a ese fragmento de vecinos que protestan por todo. Podría hablarse de un auténtico “sacrificio ritual”.

Durante la segunda sesión (martes día 4) nos visitará la policía. No, no es que tengamos en mente hacer nada malo. Es que está invitada. Dos curtidos agentes –pertenecientes a la Ertzaintza y al SEPRONA– nos trasladarán en vivo su experiencia profesional en el particular campo de la defensa de los animales: de cómo en ocasiones se encontraron tras una puerta con el infierno en la tierra, o aquella vez que pudieron acariciar, ya recuperado, al mastín que fue no ha tanto un saquito de huesos y terror.

La tercera jornada (miércoles día 5) se dedica a eso que podríamos llamar “la madre del cordero”: la educación. Cuentan algunos que somos lo que aprendimos de niños, y digo yo que también de mayores podemos dar un giro al timón y resetearnos de arriba abajo, o casi. Cuestión de caracteres y de compromiso, como todo en esta vida. En dicha sesión habrá ocasión de escuchar a dos educadores, que lo son por tratar con gente menuda (¡menuda gente!), para tratar de cimentar sus valores en cosas como la empatía, la solidaridad, la ayuda al necesitado: esculpir en ellos una ética global, en definitiva. Así entrarán en la edad adulta con cada, y no habrá necesidad de reseteo alguno. ¡No me negarán que venir a este mundo –o a alguna de sus etapas vitales– con la ética global “de serie” es de lo más práctico!

Olvidaba remarcar un detalle que, por su calado político, no debiera pasar desapercibido: las Jornadas están auspiciadas por el Gobierno Vasco, que encarga su organización a una entidad animalista. Allá cada cual, pero se me antoja que esta apertura de miras debería ser justamente reconocida, visto lo visto y soportado lo soportado. 

Termino el artículo aclarando para los no iniciados que Bidebarrieta significa algo así como “caminos nuevos”. Como amante que soy de la metáfora sencilla, les dejo esta, por ligar de alguna forma el espacio físico, las Jornadas y sobre todo su propósito central: enseñar, aprender… pero sobre todo “aprendernos”. A quienes acudan, bienvenid@s.


[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el flamante blog animalista de eldiario.es.


© octubre 2014