viernes, 17 de junio de 2016

UNA CRÍTICA RAZONADA A LAS 'CONSULTAS POPULARES'


Percibo que vivimos tiempos extraños. Por tal adjetivo ―y desde mi estricto juicio― debe entenderse tanto 'no llegar' como 'pasarse'. Es lo que sucede a menudo con el término 'democracia': que se ha popularizado hasta rozar la banalización más absoluta. Hemos acabado asumiendo que una sociedad es más demócrata y progre cuanto más pregunta. Y no veo yo que tenga que ser necesariamente así.
De forma paralela, aceptamos como 'natural' que no se consulten determinadas cuestiones (de hecho, una abrumadora mayoría de ellas). La presencia de ambas realidades en un mismo escenario debería, cuando menos, hacernos reflexionar.

Recuerdo mis años de 'adolescencia animalista' (mediados los ochenta, siglo XX), cuando en interminables reuniones confesábamos de cuando en cuando nuestro sueño dorado: “¡Que pregunten sobre las corridas de toros, si se atreven!”. Enseguida tomaba la palabra el cuerdo del grupo para recordarnos que perderíamos por goleada una consulta de ese cariz. El silencio de los demás confirmaba de alguna forma la razón del hablante. Pero en la siguiente reunión volvíamos con la matraca del hipotético referendo, y la más que segura y aplastante victoria.

Pasadas tres décadas, las cosas han cambiado de forma muy notable. Casi diríamos que en la actualidad uno confiesa su antitaurinismo por mera 'corrección política'. Tampoco voy a rasgarme las vestiduras por ello, pues creo que ese mero hecho ya supone un pequeño triunfo en el proceso.

Prolifera por la geografía patria la solicitud de 'consultas populares' [sobre tauromaquia], la aceptación administrativa de consultas, y hasta las consultas mismas. Hasta se celebraron varias en ciertos lugares. Unas se ganaron y otras se perdieron. Soy de los que consideran que se perdieron todas. Porque pienso que aceptar una consulta [vinculante o no] sobre algo que implica la tortura y hasta la muerte ajena no es de recibo. Incluso comprendo que lo acepte el poder, sea del color que sea, pues con ello evita una incómoda carga justificativa, pasándole 'el muerto' a esa masa informe que denominamos pueblo (no siempre sabio). ¿No les parece una forma entre burda y deshonesta de eludir responsabilidades morales? A mí sí.

¡Por supuesto que la consulta popular, como concepto, merece un sitio de honor en toda democracia bien entendida! Pero quizá deba reservarse para cuestiones bastante menores que el arte macabro de la tauromaquia. ¿Cuántas personas entre quienes leen este artículo hubieran aceptado llevar a 'consulta popular' la posibilidad del matrimonio gay? ¿Cuántas asumirían que pueda o no contaminarse la naturaleza según el resultado de un referendo? ¿O cuántas  dejarían en manos de una pregunta dominical las normas de circulación? Téngase en cuenta que ninguno de los ejemplos implica la organización de actos públicos, lúdicos y legales que agredan y maten inocentes por protocolo. Insisto: ¿cuántas lo aceparían? ¿Por qué asumimos entonces encantadas dichas consultas?

No me parece ni de lejos apropiado ofrecer nuestro parabién a algo que debería pertenecer al campo de las obligaciones morales inalienables. Y menos aún convertirnos en promotores. Entre otros motivos, porque con ello fomentamos la idea de que la integridad de los animales (¡tan esencial para ellos como para nosotros!) se queda en el ámbito de lo 'meramente discutible'. Entiéndase el entrecomillado. Por descontado que puede 'discutirse' cualquier cosa desde un plano teórico. Pero siempre con los intereses básicos de las posibles víctimas garantizadas.

Aceptar la 'consultabilidad' de la tauromaquia desvaloriza su peso ético, convirtiéndola así en una 'cuestión menor', acaso compartiendo lista con la intensidad del alumbrado público o la cuantía de la tasa de recogida de basuras. Si todo es importante, sin duda hay realidades más importantes que otras. Es de hecho la valoración que hacemos sobre un quinto parque infantil en el barrio respecto de la seguridad física de nuestros hijos, pongo por caso. ¿O no?

Me parece asimismo pertinente recordar que, allí donde se llevaron a cabo dichas consultas, el factor económico tuvo durante todo el proceso un peso primordial. Con lo cual, donde ocurrió, la 'victoria' fue en realidad un provecho pecuniario (egoísta) más que de progreso social. Preguntemos a esas mismas personas en pura clave de derechos animales, y seguro que descubriremos un resultado muy diferente.

Nunca viene mal tener los pies en el suelo, pues solo así se percibe la realidad tal y como es, y no tanto como quisiéramos que fuera.


[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de eldiario.es.



( junio 2016


miércoles, 13 de abril de 2016

NO HAY `MATADEROS BUENOS´

Recientemente, la máxima autoridad civil de Maule (en la provincia de Zuberoa, País Vasco francés) ordenaba el cierre cautelar del matadero local, después de que trascendieran ciertas imágenes que ponían en cuestión el protocolo de bienestar animal del centro. 'Poner en cuestión' significa en el presente contexto que algunos operarios obviaban la más elemental consideración hacia los animales que pasaban por sus manos. Así,  desmembraban corderos aún conscientes, degollaban terneros agonizantes y golpeaban con brutalidad a otros.

Las terribles imágenes fueron recogidas por cámaras colocadas en lugares estratégicos ―de manera clandestina, claro está― por activistas de una entidad proteccionista gala. La clausura tiene mero carácter cautelar: apenas una semana, el tiempo que necesite la policía para recabar los datos necesarios. De hecho, con toda probabilidad esté a pleno rendimiento cuando este artículo vea la luz. Los treinta y pico empleados se quedaron sin trabajo durante dicho tiempo, y hasta hubo un par de despedidos, que además se enfrentan a penas de cárcel y a fuertes multas.

Califico de 'terribles' las imágenes, y he de confesar sin embargo que no las he visto. Hace años que intento evitar que se me cuele por la retina toda esta mierda. Porque ya vi mucho, y porque ya poco me aporta constatar con mis propios ojos que alguien apalea hasta la muerte a un aterrorizado corderito. Supongo que mi cobardía tiene estrecha relación con la supervivencia emocional.

En el citado matadero se sacrifican cada año setenta y cinco mil almas. Esto da una media de más de doscientas cincuenta diarias, descontados festivos, que para eso tienen los operarios derechos sindicales.

Muchas veces he pensado en cómo se mata una vaca. En cómo se la mata de manera 'natural', quiero decir. Yo no sabría qué hacer para quitarle la vida si me dejasen con ella en un prado, por ejemplo. Imagino que a la primera pedrada el animal se alejaría bamboleando su corpachón ladera abajo. O quizá decidiera devolverme mi propia medicina, y poco recorrido tendría un servidor ante una mole de quinientos kilos. Es bastante más probable que saliera peor parado yo que ella. Pero en un matadero local, de pequeñas dimensiones, matan treinta de esos gigantones cada hora: uno cada dos minutos. Y no solo lo matan, sino que además lo despedazan hasta donde sea preciso: cabeza por aquí, pellejo por allá, vísceras por acullá… En apenas unas horas, cientos de individuos más o menos sanos entran por su propia pata en el recinto, y salen de él descuartizados y mezclados en cajas apilables: ojos con ojos, hígados con hígados, tráqueas con tráqueas.

Al hilo del caso referido, los veterinarios explicaron que, en líneas generales, “los trabajadores de los mataderos son reclutados a menudo por sus condiciones físicas, y no por su sensibilidad hacia los derechos de los animales”. Me parece una afirmación bien contundente. Por ser cierta, y además porque exhibe una mentalidad entre extraña y macabra. Desde luego que no les concedo a sus autores ni rastro de mala fe. Pero al tiempo me resulta imposible no hacer la subsiguiente reflexión sobre qué entenderá esta gente por “derechos de los animales”. Violar estos debe de significar en su cabeza apalear corderos, degollar vacas conscientes, y poco más. Por consiguiente, no supondría ir contra esos derechos separar madres de hijos a muy temprana edad, ni trasladarlos compartimentados al infausto centro de exterminio, o mismamente soltarles un disparo en el entrecejo. Uno cada dos minutos. El ministro de Trabajo habló en similares términos, reconociendo una “crueldad innecesaria” en la actitud de los trabajadores. En fin…

Seamos claros. Con independencia de que se sea militante animalista acérrimo, de que se crea en una mejora de las condiciones de vida (y de muerte) de los 'animales de renta' o de que sencillamente se tenga un atisbo de humanidad, hemos de concluir que aun el más 'pulcro' matadero ―¡el number one de los mataderos del mundo mundial!― genera inmensas dosis de sufrimiento en su doble vertiente: física y psicológica. ¡No puede ser de otra forma! Pues no cabe imaginar a operario alguno que albergue un poquito de compasión en su pecho. De ser así, quiero pensar que enloquecería a las primeras de cambio. O quizá es que han aprendido a correr un tupido velo sobre sus conciencias nada más fichar a la entrada del recinto.

Las autoridades pretenden convencernos de que, caso de no haber acontecido dichos 'excesos', el matadero de Maule sería un 'buen matadero'. Creo que los 'mataderos buenos' no existen, y que por tanto la expresión se nos presenta en sí misma como un puro y demoledor oxímoron.

Recuerdo haber leído hace muchos años un reportaje sobre mataderos en cierta publicación animalista. Entrevistaban a un operario, precisamente, solicitándole su parecer sobre la opinión generalizada de que los matarifes han de ser por fuerza gente ruda. Él, lejos de desmentirlo, lo aceptaba resignado: “¿Y cómo quieren que seamos, si pasamos buena parte del día con sangre hasta los tobillos?”.


[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de eldiario.es.


abril 2016

lunes, 4 de abril de 2016

¡QUE VENGA EL LOBO!

Confirmado: el lobo feroz no se comió a la abuelita. ¡Es todo un cuento! Como lo es que los lobos, en general, se caractericen por una especial 'ferocidad', o incluso cierta 'mala fe'. Son simplemente lobos, y como tales se comportan, tratando de conseguir su condumio diario y sacar a sus familias adelante, como hace aquí todo bicho que se precie, con nosotros los humanos en la lista.

Lo que sí parece claro es que el lobo no lo tiene fácil en ninguna parte, y menos en Euskadi. Por estos lares se le persigue con saña, en una guerra unilateral liderada por las administraciones públicas, lo que sirve de escudo protector a los ganaderos, quienes exigen a pleno pulmón su 'derecho'´ a explotar a ovejas y cabras, negando al tiempo a los lobos su derecho a la vida y a la integridad física.

Hace apenas unos días la Diputación Foral de Bizkaia autorizó una batida en Karrantza (zona oeste de la provincia), con el desolador resultado oficial de cuatro ejemplares muertos. Esto bien puede significar en la práctica que las autoridades competentes hayan exterminado al lobo en esta tierra. Por dos razones. La primera es que, si acaso hubiera algún superviviente de la razzia, quedaría dispersado sin posibilidad reproductiva alguna. La segunda apunta al inequívoco deseo institucional de borrar del mapa vasco la especie, pues el permiso no establecía cupo alguno de cadáveres.

El debate sobre el lobo puede abordarse desde muchos prismas, y yo quiero hacerlo aquí desde el puramente ético (¿animalista?). Porque no me acaba de convencer la fórmula bipolar de abordar el tema: de un lado, los ganaderos; de otro, los ecologistas. ¿Qué pasa con los 'derechos individuales', que siempre quedan relegados a un plano menor ―cuando no inexistente―? Aproximarse al escenario desde esta perspectiva conlleva tener en cuenta no solo a los lobos, sino a otros animales, como mismamente los explotados por el sector humano (ovinos, vacunos, équidos). Huelga decir que hoy, en pleno siglo XXI y en el llamado Primer Mundo, la praxis ganadera queda muy cuestionada desde el punto de vista de la supervivencia. Y también los perros pastores, usados como simple herramienta de trabajo por sus dueños, y a los que se escatima por decreto la experiencia de una vida plena como miembro de un clan humano (una verdadera familia, en definitiva).

Convendría establecer de principio determinados hechos ciertos, como son las [distintas] sensibilidades que guían y sustentan el ecologismo y el animalismo clásicos. Y no me parece  pertinente tratar de maquillar ni uno ni otro para poder presentarlos en sociedad como idénticos, o siquiera como similares. Mejor dejar que cada realidad ocupe su puesto y que cada cual elija (ambos, por ejemplo). Porque son en sí mismas deseables por separado, e incluso no debieran tener especial problema para abrazos mutuos, y quién sabe si fundirse en un momento dado.

Hecho el inciso, y centrado el tema en el lobo, quizá el primer aspecto que merezca ser tenido en cuenta sea la propia naturaleza del manejo del ganado en la actualidad. Al menos en el País Vasco, el tradicional pastoreo dejó de serlo hace ya mucho, dado que hoy la mayoría de los `pastores' echan sus ocho horas en la fábrica, y suben al monte los fines de semana, en una especie de “comunión mística con el medio”. De serlo, sería este una suerte de 'pastoreo lúdico'. Así las cosas, es normal que en ocasiones sean los depredadores de toda la vida ―quienes además se han quedado sin su despensa natural, diezmada por los humanos hasta en algunos casos la práctica desaparición― los que procedan a servirse su ración cotidiana. En tales circunstancias, cabe considerar la 'licitud moral' de los lobos para atacar a las ovejas como bastante superior a la de los ganaderos para similar propósito. Porque deberíamos dejar claro de una vez que la práctica de la ganadería (incluida la extensiva) supone un 'ataque frontal' a los derechos más elementales de los animales implicados. ¡Ya me dirán si no qué es de facto tratar a seres sensibles ―las ovejas lo son, sin duda― como simples mercancías, sin dedicar un mínimo esfuerzo a procurar entenderlas, a ponernos en su lugar! A ellas les apetece y les desagrada a grandes rasgos lo mismo que a usted o a mí. ¿Por qué habría de ser distinto?

Manifiestan los ganaderos que el lobo afecta de manera grave a sus intereses. Y no les falta razón. Pero obvian con indisimulado descaro que también los lobos los tienen. ¿O acaso alguien piensa que un disparo en el costado o la pérdida de la compañera sentimental son hechos inocuos para ellos? Sin ningún género de dudas, tales cosas suponen dolor físico y tormento emocional, y los lobos están tan interesados como podamos estarlo nosotros mismos en eludirlos. ¿Resulta proporcionada la reacción de los ganaderos al matar y destruir familias ante una pérdida que no supone para ellos sino una parte ínfima de lo que poseen? Salvo que nos abonemos a la discusión reduccionista entre ecologistas y ganaderos ―con la administración como 'árbitro casero' en este caso―, otras muchas reflexiones deben salir a la palestra en este debate, y la ética global ocupa aquí un lugar preferente.

Precisamente su carácter global nos obliga a considerar a otros grandes olvidados: los perros. Se trata de animales usados ―en su acepción más mecanicista― hasta su extenuación. ¿Alguien se ha parado a pensar qué sucede con estos 'braceros' cuando cumplen cierta edad y ya no responden con la eficacia inicial a su triste papel de matones? ¿Cumplen las instituciones públicas la normativa proteccionista en tales casos? Los mastines destinados a disuadir a los lobos con su imponente presencia apenas pasan de ser burdas herramientas de las que el dueño del rebaño se deshará en cuanto no satisfaga sus expectativas. Un torpe disparo, una cuerda al cuello, o lanzarlo vivo a una sima son demasiadas veces los expeditivos métodos empleados por los ganaderos para eliminar el 'material viejo'.
Los compañeros de Grupo Lobo Euskadi están llevando a cabo una [muy seria] campaña para que el Gobierno Vasco incluya la especie en su Catálogo de Especies Amenazadas. Al parecer, no existe una sola razón objetiva para que el Canis lupus no comparta lista con arrendajos, musarañas y sapos parteros. Se puede firmar todavía la correspondiente petición, apoyada por 26 organizaciones de todo pelaje y condición. Dicha solicitud establece un hito doble. Por un lado, es la primera vez que entidades 'civiles' dan el paso para la inclusión de una especie en dicho catálogo (pues hasta ahora siempre habían sido las distintas administraciones competentes). La otra es el alto número de apoyos recibidos, lo que obliga al Ejecutivo a ofrecer una respuesta argumentada (con su correspondiente informe que la avale), y no limitarse a una anodina contestación monosilábica.

Varias veces se interpeló al Gobierno sobre las razones para la ausencia en dicha lista de una especie tan emblemática como el lobo (en calidad de gran predador, ocupa él solito la cúspide de la famosa pirámide trófica). Primero argumentaron para su negativa que “El lobo no cría en Euskadi”. Se demostró que sí lo hacía. Volatilizada la primera excusa,  dijeron luego que la especie “Goza de buena salud en el resto del Estado”. Este era el caso, en efecto, de un buen puñado de otras especies. Pero todas comparten lista. Ahora ya no saben que responder, y prefieren dejar pasar el tiempo, por ver si tanto ecologistas como animalistas se olvidan del tema. Pero va a ser que no.
Las razones para la petición se muestran contundentes, y pasan por que la especie cumple todos y cada uno de los requisitos exigidos para su incorporación inmediata al listado; o que, de seguir esta dinámica, la situación será por completo irreversible. Y por 'dinámica' hemos de entender aquí la persecución sin tregua a todo lobo que ose pisar Euskadi. Tenga o no pareja; tenga o no cachorros; tenga o no culpa. Añadamos que la 'culpa' del lobo es la necesidad de alimentarse, como todo hijo de vecino. Solo que a ellos se les pone a pedir de boca una estantería repleta a la que ninguno renunciaríamos llegado el caso. Mencionaba antes un pastoreo en muchos casos 'de fin de semana', por cuanto se dejan los animales a su suerte hasta que el sábado al dueño se le ocurre hacer una escapadita al monte a comprobar si su prole continúa intacta. Mejor si lo decimos clarito: ¡esto ni es pastoreo ni es nada! [Conste que, en calidad de animalista, no lloraré el día que desaparezca el último pastor]. Creo que ha de establecerse cuanto antes otra forma de relación entre humanos y animales, muy distinta a la explotación y al sacrificio sistemático en plena juventud. Pero desciendo por un momento al suelo para el caso que nos ocupa, y manifiesto mi coraje ante la afectada indignación de según qué urbanitas snobs cuando les tocan su hacienda, mientras ellos se ponen hasta las trancas de chuletones en la sidrería más cercana.
Insisto: si de intereses se trata, los lobos también los tienen. ¡Y de bastante mayor calado que otros actores del escenario! Porque digo yo que mayor será el interés en sobrevivir que en el de sacarse unas perrillas extras.
Tengo entendido que en Alemania, por ejemplo, la administración correspondiente 'induce' a los ganaderos damnificados por la entrada de lobos desde Polonia a 'reconvertir' en cierto grado su actividad: dedicación exclusiva, protocolo de avistamiento y comunicación de ejemplares… Si al año se comprueba que no han cumplido su parte del pacto, se les retiran de inmediato las posibles compensaciones económicas.
En el apartado de las paradojas, baste recordar que algunas especies 'problemáticas' ―e incluso ocasionalmente homicidas, como el Tigre de Bengala en la India― gozan de una estricta protección legal, mientras que los lobos vascos ('solo' ganadocidas, y además en grado mínimo) siguen desamparados y en un permanente punto de mira. 
¡Que venga el lobo! No pasa nada. Porque estaba aquí antes que nosotros. Porque tiene pleno derecho a su parcela en el mundo. Porque no sabe comer otra cosa que animales (a diferencia de lo que sí sabemos comer nosotros).

El lobo forma parte de nuestra cultura, de nuestra iconografía y de nuestros cuentos. El 'lobo malo' no existe. No al menos en mayor grado que el 'humano malo'. Hagamos que comience a formar parte también de nuestra ética colectiva.


[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el blog animalista de eldiario.es.

( marzo 2016

miércoles, 8 de julio de 2015


CACAHUETE


Sus cuidadores no se devanaron los sesos a la hora de elegirle un nombre: Cacahuete, pues es la forma que recuerda su caparazón. En inglés, por supuesto, pues la tortuga es de Misuri (USA) de toda la vida. Hoy su mayor ocupación le viene dada como “voluntaria” ecologista. Y lo del entrecomillado tiene razón de ser, dado que, desde su calidad de Tortuguita de Florida, no se entera de tan particular detalle. Por contra, sí se enteró cuando por maldito azar introdujo su cuerpo en una de esas mallas que tan familiares nos resultan a los consumidores, de esas que mantienen juntas varias latas de bebida para mayor comodidad del cliente. Y no puede negarse que el invento cómodo es. Pero también tiene su lado criminal. Lo escribo con contundencia porque el consumo desaforado al que parecemos abonados deja rastros de sangre y muerte. Cacahuete se salvó por los pelos (¡y eso que los quelonios son lampiños como un huevo!), a diferencia de un sinfín de compañeros de toda especie y condición que se enredan las patas en hilos de coser hasta morir de gangrena, o que se tragan preservativos usados confundiéndolos con apetitosos gusanos, o que se atiborran a plásticos de todas formas y colores –auténticas chuches para ellos, imagino–, hasta que la bola obstruye sus sistemas digestivos y una mañana aparecen como cadáveres varados en la playa.
No somos inocentes. Tendemos a pensar que solo contamina quien con deliberación y alevosía arroja basura en un bello paraje; y que solo merece reproche el maleducado que no recicla, el que escupe en la calle o el que deja caer por su propio peso el envoltorio del caramelo. También esos contaminan, claro está, y acaso con el agravante de jeta grosera. Pero aquí quien más quien menos hacemos de las nuestras. Las en apariencia cándidas mallas, o en general cualquier tipo de recipiente abierto, se convierten en trampas mortales para los animales que viven ahí, más allá de nuestras inmediatas paredes. Cualquiera que conviva con gatos sabe bien lo fácil que les resulta meterse en líos monumentales: con las bolsas de plástico, con las cuerdas, con la caja de somníferos que olvidamos quitar de la mesilla… Recuerdo haber visto multitud de fotografías protagonizadas por animales enredados en los más variopintos objetos, y hasta haber liberado palomas, peces y anfibios de su martirio particular. Y tuvieron cierta suerte, pues tropezaron con alguien que se vio en ellos y ellas, e hizo sencillamente lo que a él le hubiera gustado que le hicieran otros ante similar encerrona. Sin embargo, son inmensa mayoría los animales que, sea por mera curiosidad o por desliz alimentario, acaban sus días agonizando en un ribazo, en un lago o en el patio interior de edificaciones urbanas abandonadas.
Cacahuete refleja con dramatismo lo que la basura causa no ya a la Naturaleza –entendida esta como una entelequia emocional–, sino a individuos concretos que ni saben en qué especie quedaron inscritos ni carajo que les importa. ¿Para qué, si el corte de la lata vacía duele por igual a la cigüeña que al camaleón?
Cacahuete es hoy un icono medioambientalista que cumplió de largo la veintena y vive razonablemente feliz en su espacioso acuario, pero que no salió indemne de su historia, claro está, porque tiene afectados de por vida órganos vitales, al ver comprimido en su momento, de tan horrorosa forma, su caparazón.
El avezado lector se habrá percatado de que, en efecto, la Tortuguita de Florida es esa que casi todos tuvimos en alguna ocasión cautiva en un cutrísimo terrario-isla, con su correspondiente palmera igual de cutre y una rampa cutre también. La misma cuya existencia en lo alto del frigorífico olvidábamos durante días, hasta apreciar que apenas conseguía abrir sus ojillos, afectados como estaban por las más variadas infecciones. Aquellas que siempre creímos que no crecían más que la palma de la mano, y que cuando lo hacían acababan en un balde jubilado en la oscuridad del cuarto de baño, hasta que la simple lástima conseguía que la liberáramos en la charca más cercana. Sí: las mismas que ahora son consideradas "especies invasoras" por la Administración, etiqueta que le da carta blanca para capturarlas y eliminarlas en masa con la ley en la mano. ¡Como si las pobres nos hubieran invadido de verdad lanzándose en paracaídas al amanecer para hacernos la puñeta, y esto no fuera sino el justo castigo a su osadía y maldad!
Recuerdo la imagen de Cacahuete en los noventa; una de tantas en aquella época de concienciación medioambiental. Pero desconocía por completo que aún viviera (y lo que le queda), ni que se hubiera convertido en militante verde sin siquiera saberlo. Imagino que tampoco tendrá repajolera idea de que ella fue quien me obligó desde entonces a dedicar el preceptivo tiempo tras cada compra para cortar todos y cada uno de los orificios de las mallas de refrescos.

[*] Escribí este artículo para El caballo de Nietzsche, el flamante blog animalista de eldiario.es.


( julio 2015


viernes, 29 de mayo de 2015


SWAANTJE

 


El final trágico –hace apenas unas semanas– de Swaantje supuso un auténtico mazazo emocional para toda la comunidad animalista de Barcelona, la ciudad que la acogió hace ya algunos lustros. Se trata de una historia apenas recogida por la prensa generalista (salvo excepciones), pero que ofrece, más allá del dramático guión, la posibilidad de reflexionar sobre protocolos erróneos, sobre criminales desatenciones administrativas y hasta sobre comprensibles misantropías.

Swaantje cuidaba gatos desde siempre, actividad que alternaba con sus clases de alemán en un prestigioso centro formativo de la capital. Pasaba sus buenas horas en la ladera de Montjuic, en el barrrio de Poble Sec, donde desde luego no le faltaba trabajo, pues viven allí unos cuantos miles de almas sin más esperanza que la que le ofrecen personas como ella: asistencia veterinaria, alimento de calidad, afecto…  todo cuanto seres amistosos como los gatos desean, en definitiva.

Swaantje se hizo cada vez más gata y menos humana. Y un servidor, que no la conocía absolutamente de nada hasta que fue cadáver y su caso corrió como la pólvora en las redes sociales, comprende sin dificultad la progresiva mutación de especie. Porque casi todo lo humano me repele, como intuyo que le repelía a Swaantje, quien al parecer fue adquiriendo una condición de `huraña misántropa´ que a mí me resulta tan cálido y familiar. No manejo yo otros detalles, ni creo que sean necesarios para reflexionar en un artículo de opinión sobre según qué cosas.

Por ejemplo, sobre el protocolo de las administraciones de turno, que aprecian en buena medida a los animalistas como “seres extraños”, cuando no como “locos de atar”. Puede que en ciertas ciudades el escenario se dulcifique, mientras que en el medio rural se torne más agrio y desolador. Pero entiendo que, en mayor o menor medida, los gestores de lo público no hacen ni de lejos lo que debieran en el campo de la protección animal. En parte por mero desatino intelectual y en parte por mala fe, se acomodan en la inacción, cuando supone esta precisamente el mayor crimen contra los animales: inacción hacia el agresor, inacción contra la denuncia, inacción ante la corriente de cambio en valores morales… Quizá fue un terrible malentendido y en realidad el Ayuntamiento de Barcelona actuó como debía. Pero los animales sacrificados, sacrificados están.

Y no es mala oportunidad para reconocer que es esa reiterada mala praxis la que a menudo acaba generando el desencanto de quienes se dejan la vida en el intento de ofrecer una vida digna a los animales. Se abona así un escenario peligroso que muchas veces acaba de la peor manera. Al sufrir una vez tras otra el desinterés y la falta de eficacia de las distintas administraciones, las cuidadoras se echan a la espalda una labor que en realidad corresponde al ayuntamiento, pues los animales de cada localidad son en verdad “los otros ciudadanos”. Asumen así estas `heroínas anónimas´ responsabilidades propias y ajenas, macerando sin saberlo un serio riesgo para su salud. Un riesgo que pasa a ser evidencia cuando las cosas no tienen vuelta atrás, tras pelearse hasta con los bedeles de la casa consistorial por conseguir algo tan elemental como que se medio cumpla la normativa. Es desde luego el caso de Swaantje, quien, llegado un momento, renegó de su especie y se volcó en ayudar a otras. Swaantje era bastante más joven de lo que aparentaba, y hablo de su aspecto exterior, porque seguro que su corazón y su esencia superaban de largo la centuria. Cerrada en sí misma, autoexigente hasta lo extremo y perfeccionista –como buena alemana–, enviaba constantemente mininos a destinos centroeuropeos, allí donde pudieran encontrar la merecida felicidad que aquí se les negó. Esta gente acaba padeciendo lo que algún profesional ya etiqueta como Síndrome de Fatiga Compasional, y que por su contundente nombre no necesita definición médica adicional.

Un nutrido grupo de personas despidió a Swaantje en un íntimo acto en el hermoso Pati Llimona de Ciutat Vella. Algunos de los comentarios vertidos entre los asistentes se referían a que “Tenía demasiada humanidad”, a que “Hizo demasiado”.

 [*] Escribí este artículo para el magacín digital AllegraMag.

( mayo 2015

viernes, 17 de abril de 2015

 


¡BASTA YA DE MALOS TRUCOS!

  

La persona encargada de limpiar el descansillo de la escalera se afanaba en dejar todo como los chorros del oro, cuando oyó que algo se movía dentro de una de las cajas apiladas junto al ascensor. Se acercó entre asustada y curiosa… ¡Un conejo tricolor! Solo un milagro salvó al roedor de acabar en la basura.

¿Qué se esconde detrás de los números de magia con animales? “¡Quién puede saberlo, si es magia!”, respondería el gracioso de turno. Sucede a veces que un “desliz” destapa cierta realidad que jamás hubiéramos relacionado con el abuso hacia los animales. Hace no mucho, el mago más mediático de este país olvidó parte del atrezzo de su espectáculo: un conejo. El animalito fue hallado en el interior de una caja de cartón, tal y como lo dejó el artista cuando abandonó el teatro camino de otra ciudad. Al parecer, ni siquiera era la primera vez que tal cosa sucedía en Málaga.

Pensemos en el “todo”: en todos los conejos obligados a permanecer durante horas dentro de diminutos cubículos hasta que les toca entrar en escena: saliendo de una chistera o cayendo de una nube algodonosa; en todas las palomas estrujadas por chaqués imposibles hasta que… ¡Ale Hop!: una hermosa tórtola blanca irrumpe en el show para delirio de niños y grandes. En todos los leones, guacamayos y hasta flamencos que parecen salir de la nada, pero a los que las leyes naturales condicionan con las mismas y exactas reglas que a sus compañeros de especie; las mismas que nos condicionan, sin ir más lejos, a usted o a mí.

Uno se nutre de intuiciones y sospechas. Bañadas en sentido común, eso siempre. Y como no me muevo en el mundillo del ilusionismo, pensé que lo apropiado era contactar con un mago, animalista para más señas, y que él me contase. Y me cuenta Magic Néstor que no vamos tan desencaminados quienes fruncimos el ceño al ver números de magia donde aparecen bichillos, sean las clásicas palomitas o enormes serpientes. “En efecto, todo esto se nutre de la `ilusión´, como bien indica su nombre; pero lo cierto es que las tórtolas han de pasar necesariamente por situaciones muy incómodas para ellas. Aquí no hay truco que valga: si salen de ahí y no entraron durante el espectáculo, es que, en algunos casos, pueden llevar en el bolsillo interno un buen rato”. Así de simple. “Este elemental hecho hace que, objetivamente, tras ciertos trucos haya sufrimiento animal. Por eso yo los rechazo como imperativo ético personal”. Pero, por desgracia, Magic Néstor constituye una [honrosa] excepción entre sus compañeros, pues apenas pueden contarse con los dedos de una mano quienes siquiera se plantean que el uso de animales en la práctica del ilusionismo pueda ser contraproducente. “Me consta que la mayoría entre aquellos que incluyen animales en sus shows procuran darles un buen trato; pero ni en el mejor de los casos es un trato respetuoso”. Me cuenta de paso que no será la primera vez que un artista abre entusiasmado su frac para que salga revoloteando la tortolita de turno, y que de allí solo cae a plomo sobre la tarima un cadáver. Porque las colúmbidas tienen la ancestral costumbre de morir asfixiadas en según qué casos. ¡Y no hay magia que valga para traerlas de nuevo a la vida! O abrasadas en plena actuación con el fuego que también formaba parte del número. O ahorcadas con el arnés que rodea su cuerpo para una más sencilla manipulación. Estos `accidentes´ en directo suponen, sin duda, la mayor mácula publicitaria para un mago, pero cabe suponer que serán apenas una parte de los que ocurren durante los ensayos en privado.“Los ensayos son muy duros para los animales, pues se basan en repetir los mismos trucos una y otra vez. Estar acostumbrado no significa estar bien. Así, literalmente anulados, pasan de comportarse como seres autónomos a hacerlo como meros autómatas”.

Como en casi todo lo que tiene que ver con el uso de animales que no conlleva `agresión pública´, su presencia en el mundo de la magia debe analizarse –acaso de manera prioritaria– desde una perspectiva de la educación, dado que hablamos de una actividad especialmente diseñada y dirigida al sector infantil. “Quizá lo que más me irrita es que se ha acabado dando a entender a los niños que, sin animales, el espectáculo decae. Lo primero que nos preguntan los chavales es si vamos a sacar animales. Yo les digo que no, y aprecio en sus caras una mueca de decepción. Luego les explico el porqué, y algunos lo dan por bueno. Eso me reconforta”. Magic Néstor tiene toda la razón, pues hay magos que se rodean de casi cualquier especie que pueda dar juego ante la mencionada audiencia. Incluso muchos de dichos animalitos (siempre de aquí para allá, manoseados, teniendo que soportar viajes, ruido ensordecedor, flashes de cámaras, y que pasan la mayor parte de sus vidas en oscuros camarotes) ni siquiera participan en el show, limitando su papel al de simples acompañantes para fotografías con telón de fondo. ¡Qué cutre! Hay quien publicita sin rubor a través de su página web las características y pautas del espectáculo, basado en la presencia de animales, a través de los cuales los críos “interactuarán” durante el show. ¿Exageraba al calificarlos deatrezzo?

“Los animales son un gancho fácil para los niños, quienes, al fin y al cabo, están en plena construcción de sus valores. Pero es ahí donde radica el mal, pues acaban percibiéndolos como meros elementos ornamentales de un escenario, similares en importancia estética a la varita o a la chistera. Ello alimenta sin duda la idea de `cosificación´ de los mismos. Tras conformar su universo ético, no es fácil la reeducación”, se lamenta Magic.

El reclamo animal se ha convertido para algunos magos en su verdadero leitmotiv, cuando no en una obsesión. Es famoso el caso de la pareja de ilusionistas de Las Vegas Siegfried & Roy, especializados en grandes felinos. El segundo fue atacado hace algo más de una década por Montecore (1997-2014), uno de sus tigres albinos, durante una actuación, tras lo que quedó afectado para siempre, a tal punto que este hecho puso punto y final a la exitosa carrera del dúo.

“Creo sinceramente que la magia se desvirtúa usando animales. Como estoy convencido de que su uso trata en muchos casos de maquillar una pobre técnica. Un mal mago lo disimula mejor si distrae a su público con trucos de palomas y conejos. Cualquiera triunfa como mago ante un público infantil y con animales”, se atreve a rematar Magic Néstor, consciente de que estas declaraciones no le granjearán demasiados amigos en su ámbito artístico.

Por supuesto que hay una magia digna y luminosa, como mismamente sucede con el circo. Pero con toda probabilidad está lejos de la que usa [y abusa de los] animales. ¡Hasta existen trucos (inocentes y bienintencionados) dirigidos a un público animal!

Por suerte, el conejito olvidado por el mago en Málaga no volvió con él, sino que fue a partir de entonces tutelado por la Sociedad Protectora local, que tratará de buscarle un mejor compañero. No será difícil. Juan, cariño… por lo que a mí respecta, podrías desaparecer de la faz de la tierra durante un largo periodo de tiempo. Muchos no te echaríamos de menos. Tú, mejor que nadie, sabes cómo hacerlo: ¡Ale Hop!


[*] Escribí este artículo para la sección El caballo de Nietzsche, un blog animalista dentro de eldiario.es.



( abril 2015


viernes, 20 de marzo de 2015

C

LOS DOSCIENTOS DE CERVELLÓ

 



El Santuario de Cervelló (BCN) vive una situación de extrema necesidad. Sí, ya sé que es el caso de muchas iniciativas similares en todo el Estado. Pero la urgencia general no aliviará a sus inquilinos.

Desde el pasado 1 de diciembre, la Fundación Altarriba (propietaria de las instalaciones) cedió su gestión a la asociación DAYA, que se ocupa desde entonces de los animales residentes: más de doscientos entre perros y gatos. Muchos de ellos padecen dolencias crónicas, con lo que esto supone de gastos veterinarios. Y otros son ya viejecitos, razón de más Para que sus cuidadoras deseen ofrecerles la mayor calidad de vida en su última etapa vital. ¡Se lo merecen!

La cuestión es que, con motivo del traspaso, una parte significativa de la masa social, cuyas aportaciones sustentaban el proyecto, se esfumó, quizá creyendo –erróneamente– que, como tal, tocaba a su fin. Pero, por fortuna, el proyecto continúa adelante. Allí se siguen moviendo colas y permanece intacta la ansiedad por una caricia en el lomo. Porque sus peludos residentes, como buenos perros y gatos, apenas requieren para ser felices la compañía y amistad de las personas que desde hace años les atienden.

Quienes llevamos en el ajo alguna que otra década sabemos bien que el manejo de este tipo de “familias numerosas” no siempre se hace desde el deseado equilibrio entre racionalidad y corazón. Me consta que no es el caso. Estoy seguro de que la defensa de los animales con los pies en el suelo es algo cada vez más común, por suerte para los defendidos. Y creo que un buen ejemplo es DAYA y sus responsables.

Pues sí, en efecto… Si acaso no ha quedado claro en lo que va de artículo, lo que necesitan es apoyo económico. ¿Qué si no? Porque aquí no hay truco que valga: por mucho empeño que se ponga, poco puede hacerse sin fondos en la cartilla.

Ustedes perdonarán la cursilería, pero justo ahora que llega la primavera, quizás sea un buen momento para rascarnos el bolsillo y encima dormir con la conciencia [aún más] tranquila. Echemos a esta gente una mano. ¡O dos!



 [*] Escribí este artículo para el magacín digital AllegraMag.


( marzo 2015