miércoles, 29 de diciembre de 2010


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MENTALIDAD MEDIEVAL
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Supongo que, como sucede con tantas otras cosas, también esto va por modas. Me refiero a los llamados mercados medievales, que proliferan por doquier desde hace algunos años sin saberse ni la causa ni el porqué de tan advenediza afición, hasta el punto de que no hay población de cierta entidad que se precie que no celebre su feria anual, donde se supone se recrea con fidelidad la vida cotidiana de nuestros antepasados. Tómenlo como lo que es, una apreciación personal y en consecuencia subjetiva, pero a mí estos eventos me dejan entre frío e indignado. Frío por cuanto se exagera hasta lo ridículo la importancia cultural de los mismos, que apenas pasan de ser en la práctica, reconozcámoslo, meros parques temáticos de fin de semana. E indignado porque se da pábulo a una de las épocas más oscuras de la ya de por sí oscura historia humana, pasando por alto las brutalidades cotidianas de que eran objeto en tales períodos las mujeres por ser mujeres, los niños por ser niños, y los herejes por ser herejes. Hablamos de una época en la que los detritus corporales eran lanzados por la ventana (acompañados si acaso por un berrido de advertencia, y no siempre), en la que el barrio judío era asaltado con macabra puntualidad cada Semana Santa para vengar a Cristo de sus asesinos, un tiempo en el que la violencia más grosera campaba a sus anchas y hacía de los autos de fe y las decapitaciones los espectáculos preferidos por el populacho. Ésa era la verdadera y hedionda Edad Media, a ver si nos enteramos de una vez, y no tanto la representación pueril que nos regalan hoy en los mencionados montajes escénicos.
Con todo, quizá lo más auténticamente medieval de estos escenarios de cartón piedra sea la mentalidad con que son concebidos, a menudo además por –no se lo pierdan– los correspondientes departamentos de Cultura de ayuntamientos y administraciones varias, con sus responsables electos en cabeza, encantados ellos y ellas de haberse conocido, no dándole importancia a la presencia en la feria de la llama de turno, o mismamente de los tomates, elementos unos y otros bien extraños en el medioevo europeo, creo.

Pero no es su talante sobredimensionado y mentiroso lo que pretendo traer a colación aquí, sino un aspecto que, precisamente por no suponer representación alguna, me parece especialmente preocupante a la par que revelador: la utilización de animales vivos como complemento escenográfico de tales iniciativas. En efecto, y mientras todo lo concerniente al ámbito humano se asume como mera representación –hasta casi lo caricaturesco en según qué aspectos, escrito ha quedado–, el ámbito de los animales permanece como seguramente era en aquélla época: gallinas, palomas, conejos, cabras, cerdos y pavos hacinados en jaulones, formando un zoológico caótico y desconcertante; aves rapaces que deben aguantar atadas interminables horas, obligadas a “actuar” ante un público adocenado que ni se plantea que las cosas no han de ser éticamente correctas por el solo hecho de que estemos acostumbradas a convivir con ellas; un grupo de ocas histéricas por la mala educación de mayores y sobre todo de niños, que de vez en cuando son sacadas apresuradamente por su “cuidador” y obligadas a recorrer un par de calles para que el respetable aprecie desde primera fila tan medieval escena; una triste caravana de burritos sin otro quehacer que transportar durante toda la jornada a sus espaldas a pequeños humanos vociferantes, vigilados de cerca por sus orgullosos papás y mamás, animales a los que una cabezada en exceso prieta les acaba llagando las mejillas.

Ni se contempla por parte de los organizadores la posibilidad real de que los animales no humanos –hablo ahora en general– estén cortados por similar patrón que nosotros mismos, que se amen y se odien por análogos motivos (o aun sin ellos), que exhiban esa inquina a picotazo limpio hasta dar muerte a un compañero de celda que por una cuestión tan trivial como su inferior tamaño ni defenderse pudo. Todo esto es filosofía avanzada para quienes conciben en sus mentes el mercado como una postal abigarrada, donde los humanos se comunican a través de teléfono móvil y hacen desaparecer sus orines con un simple gesto manual, mientras los animales conservan intacto su estatus de antaño.
Y al objetivo hecho del maltrato psíquico e incluso físico de unos seres inocentes que no desean estar ahí, cabe añadir la vertiente educativa, pues lejos de enseñarnos nada importante –o al menos esencial–, estos escenarios lúdicos resultan nefastos para los más pequeños, pues afianzan su imaginario de los animales como meros elementos a nuestra disposición, que como tales pueden ser encerrados, montados y azuzados sin el menor remordimiento de conciencia, por la sencilla y contundente razón de que “simplemente son animales”.

Tuve ocasión de explicarle todo esto y algo más (aderezado con fotografías y vídeos de seres heridos y asustados) a la concejala de turno de no importa qué ciudad, y salí con la nítida sensación de que no entendió apenas nada. Me decía que, “al fin y al cabo”, muchos de aquellos animales eran domésticos, como si tal condición les impidiera sentir la punzada en la herida abierta. Uno está ya acostumbrado a no hacer mella las más de las veces ni aun con los más contundentes razonamientos (léase empatía, qué si no), pero me sigue produciendo escalofríos que sea una mujer, “animal doméstico” todavía en tantas partes del mundo e incluso por estos lares hasta hace bien poco, la que muestre ese terrible letargo moral ante el sufrimiento ajeno gratuito, aunque sean (o debido precisamente a su especial vulnerabilidad) animales.
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© diciembe de 2010
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[*] Escribí este artículo para la revista 4 Patas, de la Asociación Nacional Amigos de los Animales (ANAA).
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viernes, 5 de noviembre de 2010


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NIÑOS DE CUATRO PATAS
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No creo en Dios. Al menos no en el Dios oficial que nos venden las distintas Iglesias monoteístas, el que ha prevalecido en la iconografía religiosa y por ende en el imaginario popular. Hablo del tipo orondo de poblada barba blanca y cara de pocos amigos que un día, por ignotas razones, decide crear el mundo; que se arrepiente de su obra a las primeras de cambio y opta por hacer borrón y cuenta nueva con nada menos que un diluvio universal donde perecen ahogados todos los animales, incluidos los humanos (excepción hecha de Noé y su prole); que dicta a los hombres su única y magna obra literaria, en la que despliega una auténtica borrachera de misoginia y zoofobia a partes iguales. No creo en ese Dios veleta que primero nos da las plantas como alimento y a renglón seguido carta blanca para sojuzgar todo lo que se mueve sobre la Tierra, empezando por la invitación obsesiva a constantes holocaustos de inocentes animales con motivo o sin él. No en ese Padre vengativo e injusto que desprecia el presente de Caín (agricultor) y reconoce el de Abel (ganadero), episodio que da lugar al que se supone primer asesinato de la historia.
Dicho lo cual, tampoco tengo especial problema en aceptar a Dios como idea filosófica, una suerte de “combustible espiritual” que apacigua nuestra angustia existencial. En definitiva, asumirlo como herramienta y pieza que dote de sentido a nuestro puzzle mental y a nuestra presencia aquí, abocados a una experiencia vital finita y desconcertante. No niego por tanto a Dios en este último sentido, por lo que me adhiero a un ateismo no tanto combativo, cuanto pasivo. Si bien no me opongo a Él con vehemencia, creo sinceramente que la forma más racional de nuestro paso por este valle de lágrimas es en su ausencia.

Este –llamémosle así– “ateismo sereno” hace que no frecuente la Casa del Señor, aunque tampoco soy de los que me niego en redondo a dejarme caer por tan particular espacio si la situación lo requiere. Y a veces sucede (léase bodas y funerales). Precisamente no ha mucho asistí a una misa con motivo del aniversario de la muerte de un familiar. Y coincidió el evento con la celebración de las exequias por cierta persona recientemente fallecida. Fue una ceremonia multitudinaria, pues al parecer el finado participaba de numerosas iniciativas sociales y era por ello tan conocido como apreciado. Pero esta larga introducción no tiene otro objetivo que el de encuadrar la historia que deseo contarles, y que tiene su núcleo en el conmovedor discurso que ofreció uno de sus hermanos al final del acto. Con emoción apenas contenida, alabó la figura de quien les acababa de dejar, e hizo un repaso exhaustivo a los familiares más cercanos. Fue entonces cuando incluyó en la lista a Lagun. No al “perro del fallecido”, al de la familia, sino a Lagun. Y lo hizo de una forma tal que yo supe en aquel mismo instante que me sería casi imposible no elegir esa precisa escena como excusa perfecta para mi artículo mensual. Tras la mención a esposa, hermanos e hijos, el balbuceante orador nos espetó un “…y aunque algunos de vosotros podáis considerarlo improcedente, también quiero mencionar a Lagun, nuestro niño de cuatro patas”. Yo no sé a ustedes ahora, pero a mí me embargó entonces la emoción, y sobre todo me asaltaron multitud de reflexiones al respecto. Y me gustaría hacerles partícipes a través del presente texto de al menos tres de ellas.

Diré en primer lugar que me pareció bien ilustrativo ese preludio del “aunque pueda pareceros improcedente”. Quien hablaba era consciente de que en efecto así se lo parecería a una parte significativa de los presentes (aunque entiendo que nadie se lo demostró tras la ceremonia, dadas las tristes circunstancias, lo que en cualquier caso no cambia un ápice ni el escenario ni sobre todo el fondo de la reflexión), e incluso pueda ser que él mismo necesitase el apunte para no sentirse incómodo. (Tómese esto último como simple conjetura personal). La escena demuestra que, a pesar del lastre moral que nos atenaza y hasta nos secuestra en nuestras emociones, éstas permanecen ahí como una realidad irrefutable. Nuestra ética, y con ella nuestra sensibilidad, nos da un toque en cuanto tiene la menor oportunidad, como si no estuviera dispuesta a perdernos definitivamente sin al menos luchar hasta el último hálito por sacarnos a flote. La confesión pública de afecto que supone el reconocimiento a Lagun en tan dolorosa tesitura supone en realidad una salida del armario no declarada. Las ideas religiosas, con toda su carga irracional, deben cambiar con urgencia si quieren detener la sangría de creyentes. Y acaso la fórmula sea más sencilla de lo que sus líderes creen: quizá consista en incluir de una vez por todas a la naturaleza en general y a los animales en particular como parte de su ideario.

La segunda cuestión atañe al hecho de que “los animales son nuestra familia”, y ello hace que demasiadas veces tan arrolladora evidencia necesite ser maquillada e incluso ocultada por quienes así la perciben. Llegados a este punto, me parece apropiado rescatar cierta expresión que le oí a un profesional de la psiquiatría con motivo de una [magistral] conferencia sobre los perjuicios que puede causar y de hecho causa a los humanos la agresión a los animales. En un momento dado de su intervención, el ponente habló del “duelo no autorizado”, refiriéndose al hecho de que vivimos en una sociedad que no acepta (no autoriza) todavía el duelo abierto, sincero y público por los animales. No creo inventarme nada si digo que la natural congoja que nos oprime cuando perdemos a nuestro querido perro, gato, o hámster, no puede ser compartida sino con ciertas personas que sabemos como nosotros. Se crea así una suerte de “subgrupo invisible”, no oficializado, compuesto por miembros que se saben especiales, y que por ello corren riesgo real de ser amonestados por la comunidad. Percibo que una decreciente mayoría sigue viendo desproporcionado –cuando no ofensivo– que nos aflijamos por Lagun en según qué grado. Por eso cuando nos abandonan sentimos la necesidad de desahogarnos con quienes sabemos nos comprenderán en nuestra inmensa desdicha. Continuamos alimentando la cultura de la represión emocional. La heredamos de nuestros mayores y se la endilgamos a nuestros descendientes sin hacerla pasar por el tamiz del escrutinio ético. Y ello no puede traernos sino mayores dosis de racanería moral, cuando lo que de verdad urge es abrir las puertas de par en par a nuestras sensaciones más puras.

Y hay, en fin, una tercera reflexión que me provoca el pasaje referido: la que presupone que manteniendo una prudente distancia emocional, e incluso un manifiesto desafecto hacia todo lo no humano agradamos a Dios. ¿Por qué presumir que actuamos correctamente con los animales, con nuestros “niños de cuatro patas”, y que el Sumo Hacedor está de acuerdo con tanto dolor infligido a inocentes en las situaciones más gratuitas? ¿Nunca se nos ocurrió pensar en un Dios animalista? Quién sabe si la incapacidad divina para impartir justicia en este inmenso matadero afecta por igual a humanos y bestias, es decir, que, por razones que escapan a nuestra comprensión, el Altísimo se muestra en igual grado incapaz de hacer efectivos algunos de sus famosos atributos cuales son entre otros su omnipotencia y su infinita bondad. En definitiva, y puestos a creer en algo tan extraño como un tipo que decide ponerse manos a la obra y crear este extraño proyecto que surge de la nada y a la nada parece conducirnos, no sería desde luego estrafalario imaginar un Dios afectuoso con los animales y por tanto furioso con nuestra agresiva actitud hacia ellos. Es más que probable que nos equivoquemos con estrépito al pensar que alguien tocado por una absoluta bondad, al tiempo que infinitamente ecuánime, pueda dejar abandonados a su suerte a los más inocentes entre los inocentes. Si acaso toda esta locura tiene algún sentido, me abono a la hipótesis de un Dios animalista, que cometió el craso error de dejar en manos humanas algo tan particular como su legado literario, conociendo a ciencia cierta que redactaríamos un texto a nuestra imagen y semejanza, y no tanto a la suya. Pero entonces lo de la infinita sapiencia divina también se desmorona.
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© noviembre 2010

[*] Los amigos de la Fundación Altarriba tuvieron el detalle de invitarme a participar en este ilusionante proyecto: la revista on-line ALTARRIBA [+MÁS. Mis mejores deseos en esta nueva andadura.
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jueves, 28 de octubre de 2010



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ESTIGMA [autorrelatos]
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Estimados amigos y amigas:

Tengo el gusto de presentaros mi segundo libro: ESTIGMA. Se trata esta vez de una colección de veinticinco relatos breves –algunos no tanto– a través de los que abordo ciertos eternos temas que acompañan al ser humano desde siempre: el amor, las ideologías, la banalidad, la violencia, la fatalidad, la mentira, la fragilidad de la vida… Aspectos de nuestra naturaleza que como tales seguirán formando parte de nuestro equipaje en lo que nos queda de camino, mucho o poco.

Este libro habla también de un tal Mariano Rajoy –a la sazón Ministro del Interior–, que rectifica y pronuncia bien Segi, con ge suave. De una niña que interpela a su papá sobre el tono moreno de su piel. De un desayuno ilusionante. De una estación fantasma. De un acalorado debate televisivo. De un rey agobiado por no saber de dónde proviene la expresión “sangre azul”. Del tórrido encuentro entre la doctora jamona y su paciente impaciente. De un parque con personalidad propia. De un pescador aburrido. De periodistas que dejan huella y hasta profundas cicatrices. De perros que no muerden. De una reunión clandestina.

Se trata de textos cargados de humor y sin embargo a menudo en clave reivindicativa (¿por qué ambas cosas deberían excluirse mutuamente?), y sobre todo supone un abierto convite a la reflexión.

Los animales pueblan por derecho propio muchos de los relatos –algo inevitable, supongo, en mi caso concreto–, y aun se erigen en protagonistas de algunos de ellos. Precisamente el último, un contundente y descarnado alegato animalista, presta su título a la obra.

Los textos se acompañan de bellas ilustraciones creadas en exclusiva para este trabajo por Carme Fitó, en su día dibujante y escultora profesional, hoy dedicada a la antropología. Agradezco desde aquí efusivamente su disposición personal, así como reconozco el resultado de su trabajo. Moltes gràcies, Carme!
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domingo, 19 de septiembre de 2010


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PREGUNTAS
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En calidad de portavoz de una organización animalista, trato con periodistas casi a diario desde hace más de veinte años. Por eso sé –o creo saber– de qué va esto. Lo sé hasta el punto de que un amigo abogado me recomienda que no acuda a los tribunales para reivindicar mi derecho al honor, pues en el mejor de los casos supondría el despilfarro de unos recursos en tiempo que no poseo, y prefiero emplearlos en mejores causas. Me dice que al final no compensa. No importa que alguien en nómina decida reservarte epítetos tan poco amistosos como “majadero descerebrado”, “cretino”, “terrorista intelectivo”, o “imbécil”. Entre otros. No importa que manifieste ufano que, en caso de tener un familiar entre las víctimas de la abyecta actividad terrorista, me daría “una somanta de hostias hasta que me saliesen cuernos y rabo”, para luego dejarme en manos de un tal José Tomás, por que hiciera conmigo lo que ahora hace con seres tan inocentes como yo con su mismo aplauso –me refiero al del periodista–. No importa nada de todo esto aunque se firme, se rubrique y se cobre, porque las cosas son como son y el mundo está montado como está montado. Es lo que hay.

Hace referencia el Sr. Nuñez a unas declaraciones mías. Supongo que se refiere a las del reciente mes de agosto. Digo lo de “supongo” por ubicarlas, pues es lo mismo que llevo afirmando (y sobre todo reflexionando) desde mediados de los pasados ochenta, echen cuentas, sin que al parecer nadie se haya dado por aludido. Lo mismo vomitado cientos de veces a prensa, radio y televisión, escrito otras tantas, y hasta un voluminoso libro recuerdo haber escrito donde desarrollo ciertas ideas con la serenidad y el espacio que merecen. Pero agosto es un mal mes para pensar, y peor aún para hacer partícipes de esos pensamientos a los periodistas, estando como están de vacaciones futbolistas y políticos. Un peligro. Y –qué quieren que les diga– mi condición de vasco no ayuda precisamente a eso que llaman “rigor informativo”. Quédense con esto: si tales afirmaciones las hace un extremeño allá por febrero, aquí nadie dice ni mu (lo siento, la expresión me salió sola). Resulta ontológicamente imposible –esto ahora se dice mucho– que el Sr. Nuñez haya leído mis declaraciones completas sin haberlas entendido, por muy provocadoras que le parezcan. Porque si lo hubiera hecho apreciaría en ellas una inequívoca condena a cualquier forma de violencia gratuita ejercida sobre inocentes, y no una condena parcial según especie, como la que desde luego percibo en él. Si alguien impasible ante ciertos sufrimientos ajenos se cree con autoridad moral para afear la conducta de quien asume una solidaridad global, es que las cosas están aún peor de lo que yo mismo pensaba.
De verdad que no se trata de ponerme ahora a replicar cada uno de los exabruptos que vierte en su escrito la persona mencionada. Tocando los cincuenta, me siento terriblemente viejo y cansado para ello. Es algo mucho más simple: demostrar con hechos nuestra cacareada naturaleza racional, y sobre todo ética.

Confieso que a mí siempre me sedujo la fórmula mayéutica de Sócrates, que no perseguía sino atar verdades haciéndose preguntas. La mismas que yo me hago a diario y para las que con frecuencia no encuentro respuestas. Preguntas como si acaso procedería dejar de buscar el famoso eslabón perdido, dado que quizá seamos nosotros mismos el interludio entre la irracionalidad salvaje y el verdadero ser humano. Con familia (humana y animal) e ilusionantes proyectos, sólo espero no tener que acabar haciendo uso de la cicuta.
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© septiembre 2010
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[*] Este texto es el derecho a réplica que me concedió el Diario de Jerez por la publicación de un artículo donde se me insulta de manera flagrante y se me amenaza de forma velada. Casi diría que una y otra cosa apenas me molestan a estas alturas, si no fuera porque quien las perpetra aplaude orgulloso el crimen de la tauromaquia y ejecuta animales inocentes como cazador deportivo. Y además ni siquiera empleó diez segundos de su tiempo en tratar de entender el sustento argumental de mis declaraciones ni tuvo en cuenta el contexto en que fueron realizadas. Como anécdota, puede comprobarse la línea de los comentarios dejados por distintos lectores del citado diario al respecto.
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lunes, 6 de septiembre de 2010


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Kepa Tamames: "Zorionez, askatasun mota
batzuen kontra egitea bidezkoa da"
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Bilboko Aste Nagusiaren barruan, ATEA, Animaliakazko Tratu Etikoaren aldeko Alkarteak tauromakiaren gaineko informazino eta salaketa kanpainea egin dau WSPA [World Society for the Protection of Animals], munduko erakunde animalista garrantzitsuenagaz batera. Zelakoa izan da erantzuna? Zenbat lagunek egin dabe zezenketen kontra?

Kanpaineak gure aurrikuspen guztiak gainditu ditu. Egunero ia 600 sinadura jaso doguz eta, beraz, Aste Nagusiko bederatzi egunetan, bost mila lagunetik gora izan dira zezenketen kontrako agiria sinatu dabenak. Gizarteari aukerea emon deutsagu zezenketen aurrean jarrerea hartzeko eta erantzuna argia izan da. Pozik gagoz ze urteetan zezenketen gaiaran aurrean, ardurabakokeria edo nagikeria erakutsi izan daben lagun askok orain ezezko argia adierazo dabelako. Cataluinian zezenketak galarazoteko oraintsu parlamentuan hartutako erabagia sano garrantzitsua izan da eta gurean be atzera bueltarik bako gaiak dirala pentsetan dogu, oro har, animalien eskubideen gaia eta, jakina, tauromakia, azken hau animaliak torturatzeko modurik baldarrena baita.


Edozelan be, ez dira gitxi tauromakiaren kontrako jarrerea Euskadin gizartearen zati txiki baten jarrerea dala dinoenak...

Nik ezetz uste dot. Jakina, pertzepzino kontuan bakotxak berea dauka eta guk jarrera zabala atzemoten dogu. Hori bai, gauzak argitze aldera, eskabide zehatza egin deutsegu erakundeei eta Eusko Jaurlaritzeari herritarren eretxia jakin ahal izateko kontsultea deitu daien. Harrigarria bada be, EAE da estadu espainolean autonomia erkidego bakarrenetakoa holako kontsultea egin ez dauena. Kontuak kontu, jakin badakigu Eusko Jaurlaritzeak ondo gogoan hartu dauela gure sinadura batzearena.


Jasotako sinadura guztiak Eusko Legebiltzarreko buruari aurkeztuko deutsazuez irailaren azken aldera baina, jakina, pausu gehiago emon beharko dira Euskadin tauromakia galarazotea lortzeko...

Jakina. Sinadura batzea sinbolikoa izan da baina sano esanguratsua dala pentsetan dogu; hau bidea urratzea izan da, prozesua ez da erraza izango baina itxaropentsu gagoz. Atara kontuak, zezena torturau eta hilten dan ikuskizuna publikoa da eta askotan diruz lagundutakoa eta hori bateraezina da gizarte aurrerakoi batean, onartezina. Ganera, 1993ko Legearen arabera, gurean debekatuta dago etxe-abereak abandonetea eta orduan zelan da posible zezenketak legezkoak izatea?


Lehen aitatutako kanpainearen barruan, irailaren 22an, Donostian zezenketei buruzko jardunaldia izango da CAMA, Udalaren menpeko Ingurumen Aholku Batzordearen ekinbidez. Sano adierazgarria...

Bai. Honezkero badakigu Donostiako jardunaldi horretan Anna Mulá izango dala gure artean, abokatua eta Kataluinian zezenketak galarazoteko ekimenaren sustatzailea izan dan Prou! Plataformako bozeroailea. Hango esperientziaren barri emongo deusku eta gure kasuan zelan jokatu zehazteko jarraibideak eskainiko deuskuz.


Aurrerago, udagoinean edo ATEAk euskal legebiltzarkideakaz batzartzeko amesa dauka proposamenak eta ardurak alkartrukatzeko. Oraingoz ze jarrera atzemon dozue?

Bai, Legebiltzarreko 75 legebiltzarkideakaz egongo gara, baita Patxi Lopez lehendakariagaz be eta asmoa horixe da, batetik, guk geure jarrera eta sentsazinoen barri emotea eurei eta, bestetik, herritarron ordezkariak diranen eretxia jasotea. Gero, jakina, batzarrotako ondorioak gizarteari helarazotea da asmoa.
Egunotan entzun izan doguz gauza batzuk alderdi politikoetako ordezkari batzuen aldetik eta beste kasu batzuetan isilik geratu dira, besteak beste, agenda politikoetatik kanpo dagoala zezenketen gaia edota debekua beste barik ez dala konponbidea. Nik uste dot politikoen agendea ez dagoala hasieran betea, hau da, gaiak, beharrizanak sortu ahala joan behar da osotzen eta tauromakiaren gaia mahai gainean dago gai serioa dalako, kasu honetan, zezenari mina, sufrimendua, torturea eta heriotzea eragiten jakozalako eta hori onartezina da gizarte aurreratu batean. Herritarren ekinbidea ondo dago, jakina, baina gizarte zibilak ez dauka astirik, ezta baliabide ekonomikorik be holako gai bat aurrera eroateko eta, beraz, herritarron ordezkari diran politikoek zeresan handia dabe gai honetan. Hasteko politikoei jarrera argia hartzeko eskatuko deutsegu animalien sufrimenduari buruz eta antzeko gaietan.
Dana dala, galdereari zehatz erantzunez, oraingoz komunikabideetan entzundakoak baino ez daukaguz; esan gura dot aurrez aurreko hartu-emonik ez dogula izan eta beraz, oraindino ez dago jakiterik jarrera ofizialak zeintzuk izango diran ze nik esango neuke tauromakiaren aldeko eta kontrako lagunak topau geinkezala ia alderdi guztietan.


Animalien sufrimentua lako gaiak nahikoa korapilatsuak izan daitekez, izan be, hiltegien gaia eta gure herrian hain zabaldua dagoan ehiza be hor dagoz...

Bai. Guk 24 urte daroaguz burruka horretan. Hiltegiak, animaliakaz egiten diran esperimentuak, zezenketak zein beste pizti batzuekaz egiten diran ikuskizunak ikuspuntu moraletik onartzen badoguz, gure ustez gizakion arteko beste biolentzia mota batzuk kritiketako autoridade morala indarrik barik geratzen da. Horixe da eztabaidearen oinarria. Jentea harritu egiten da gure jarrera eta adierazpenakaz baina animalia arrazionalak gara eta horrek, besteak beste, esan gura dau gure inguruan jazoten dan guztiaren aurrean galderak eta planteamenduak egin behar dirala, gero ondorio batera ala bestera heltzeko. Galderei ez jake bildurrik euki behar.


Zezenak ikuskizunetan erabili izana erromatarren inperioaren azken aldian dago dokumentauta eta aurrerago, barriz, 1567an Pio V Aita Santuak De Salutatis Gregis Domicia buldaren bidez debekatu zituan zezenketak. Antxinatik datorren gaia izanik, sano gatxa izango da jarrerak aldatzea, ezta?

Bai, jakina. Belaunaldiz belaunaldi elikatutako egitura mentalaren aurrean gagoz baina bidebako gauzen kontra burrukatu behar dala pentsetan dot. Animaliei buruz, zezenei eragiten jaken sufrimenduari buruz gagoz berbetan baina giza eskubideak be aitatu geinkez; gaur egun munduko leku batzuetan, dozenaka herrialdetan harrikatu egiten ditue emakumeak hil arte. Beraz, giza eskubideen arloan be asko dago egiteko.


'Debekua debekatzea' aldarrikatzen dabenei zer esango zeunskie?

Debekua debekatzea ergeltasun galanta da ze oihanera, legerik bako egoerara, paleolitikora bueltauko ginatekelako. Lapidazinoa, mutilazino genitala, terrorismoa bere horretan itxi behar al doguz? Tristea da baina debekua debekatzearena politikoei entzun izan deutsegu.
Horrezaz gan, zezenketen harian, 'bakotxak egin daiala gura dauena' be entzun izan dogu eta horren ondorioa debekua debekatzearena lakoa izango litzateke, hau da, anarkia hutsa.
Kataluinian zezenketak debekatzea askatasunaren murrizketea dala be esan dabe batzuk eta egia da; zorionez, askatasun mota batzuen kontra egitea bidezkoa da ze askatasuna kolesterolaren parean jarrita, dana ez da ona, kolesterol ona eta txarra dagoz. Beraz, ondorio txarrak, kaltegarriak dituan askatasunen kontra egingo ez bageunke atzera egingo geunke nabarmen. 'Askatasun txarren' kontra egitea betebehar morala da. Oinarri-oinarrizko gogoetea da hau. Herrialde guztietan dagozan legeek be zenbait askatasunen kontrakoak dirala esan daiteke baina hori behar-beharrezkoa da gizarte demokratiko eta aurreratuetan.


Joandako garagarrilaren 28an Kataluiniako parlamentuak zezenketak debekatu zituan eta deigarria da Bartzelona izatea munduko uri bakarra aldi berean hiru zezen plaza aktibo izan dituana...

Bitxia da baina itxaropentsu egoteko motibo gehiago dagoz egoera horren aurrean. Kataluiniako eredua sano mesedegarria izango da alde batean edo bestean zezenketak debekatzeko prozesuan.


Manuel Vicent-ek esandakoa da: 'zezenketak kultura badira, kanibalismoa gastronomia da'. Tradizinoa, kulturea al da tauromakia?

Zezenketak tradizino handikoak dira eta kulturatzat eta artetzat har daitekez, bai. Eta zer? Ba al dago jakiterik artea non hasi eta non amaitzen dan? Gu horretan ez gara sartuko. Holako kontuak onartuta, lehengora joko dot, zezenak sufridu egiten dau plazan eta hori nahikoa arrazoi da horren kontra egiteko.


Koldo Isusi Zuazo


© 2010ko iraila


Hona hemen bizkaie! aldizkari digitalak egindako elkarrizketa bat. Uste dut benetan ondotxo geratu zela, besteak beste jarri zutelako hain zuzen ere esan nuena (ez da gutxi). Ezkerreko astoen irudian klikatuz gero, entrebista bertsio originalean ikustea dago.
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lunes, 30 de agosto de 2010

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¡PODEMOS!
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Medio digerida ya la locura erótico-futbolera estival, e iniciado el nuevo período ligero –cuando de narcotizar al pueblo y sobre todo de amasar dinero se trata, descanso, el justo–, quizá sea el momento propicio para reflexionar sobre algunos de los aspectos que acontecen alrededor del llamado “deporte profesional”. De cómo lo “profesional” se acaba convirtiendo en un mal eufemismo de “multimillonario”, y de cómo el “deporte” termina por servir al poder establecido de impagable herramienta para la domesticación social.
Todo el país (por güebos, pues estas cosas no se pueden dejar al azar) empujando desde cada rincón del solar patrio a una caterva de pijos engreídos que apenas son capaces de pararse ante la multitud enardecida a echarles un garabato (¿para qué querrá la gente esos objetos pintarrajeados?). Porque uno puede entender lo de la atracción por el espectáculo, lo de la emoción ante la buena lid, lo del pasatiempo por el pasatiempo. Pero, al menos en mi caso particular, cuesta bastante más comprender que se desembolse una pasta gansa por una camiseta de este o aquel equipo con el nombre del ídolo grabado a fuego en la espalda cual si de un tatuaje indeleble se tratara, hasta que en un par de meses al héroe le pagan un pelín más en el equipo rival y no se lo piensa dos veces, que esto o se aprovecha o se pierde, así ha sido de toda la santa vida, y la camiseta ayer venerada va directamente al contenedor del reciclaje, cuando no al cubo de la basura, por tamaña afrenta al equipo de tus amores, porque la traición no se olvida.

Yo no sé si ustedes se habrán percatado –o pueda ser que servidor adolezca ya de una percepción errónea de la realidad–, pero la información deportiva ya no es lo que era. Ahora parece que se impone hablar de casi todo menos de la competición, como supongo debe ser y de hecho fue siempre. Cualquier cotilleo periférico barato sirve para rellenar la parrilla. Un ejemplo nítido de lo que digo es el microespacio diario que una cadena privada insertaba en sus especiales durante el reciente mundial de Sudáfrica. Tras el bobo título de un minuto sin fútbol, el periodista guay cogía por la pechera a un jugador de la selección –o a un miembro del equipo técnico, porque sabido es que tratamos con una piña humana indisoluble–, y le largaba preguntas generales sobre lo divino y lo humano, en un reto inédito, pues no solo de furgol vive el hombre. Eso sí, le endosaba primero al invitado un aipad de esos para que no se lo tomara demasiado en serio, no fuera que le cogiera el gusto a lo de pensar y abandonara la concentración en el hotel de cinco estrellas, con lo que nos jugábamos, para que mientras contestaba el sesudo formulario se entretuviera matando marcianitos. Y el chico se entretenía, sumiso como un perrillo. Una de las preguntas estrella hacía referencia a su ética personal: ¿Qué borraría del mundo? Dedica varios años de tu juventud a hincar los codos para esto (hablo del plumilla). “Las injusticias”, contestaban todos como programados por la dirección de la cadena. “¿Alguna en concreto?”, les espetaba el sujetamicrófonos. “No, en general”, respondían indefectiblemente los chicos. […] ¡No me digan que no les dan ganas de coger al equipo redactor y al entrevistado y ahogarlos en orín! Créanme, no soy de los que aplaude la violencia porque sí, pero casos hay en los que ésta, lejos de merecer ser condenada de manera ramplona, se impone como un deber moral. (Es broma).

Otra. En plena crisis, la Federación no tiene empacho alguno en destinar una partida económica mareante para pagar a los chicos de la roja, como si éstos necesitaran tal incentivo para ponerle más furia a su curro diario. Se me ocurre que, una vez que el dinero te sale por las orejas, bien hubiera estado el detalle de rechazar la prima, pues en alguna parte leí a alguno de estos héroes de plastilina que es un privilegio trabajar en lo que más te gusta y encima hacerte rico. Pero no parece que el altruismo sea una de sus características, por mucho que colaboren en ciertos momentos con alguna que otra oenegé humanitaria –y en contadas ocasiones animalista, casos hay–. Y con semejante panorama, los creadores profesionales de opinión, que son ejército, ante la mera posibilidad de que a la peña le dé por cavilar y hasta llegar a la conclusión de que todo esto es una puta vergüenza, nos recuerdan que el éxito futbolero activa la economía, qué mejor receta en los tiempos que corren, y aderezan su diagnóstico con imágenes de tabernas atestadas de forofos, embutidos éstos en camisetas y bufandas, armados hasta las cejas de vuvucelas varias, atiborrándose a cerveza y patatas bravas, ocultando la evidencia de que aquí no hay para todos, y que si nos dejamos los ahorros en el bareto del barrio no lo hacemos en el restaurante de postín del centro, el lugar menos sugerente del mundo cuando de celebración desatada se trata.

Por cierto. Yo ya sentía desde mi más tierna infancia un, digamos, escaso apego a la bandera patria, desafección que se ha ido reconduciendo con el paso del tiempo hacia una contenida antipatía, y que con el atracón de julio se ha instalado en sincera hostilidad. Es lo que hay, y asumo que tal confesión me creará todavía un mayor número de enemigos, por si éramos pocos. A estas alturas, me da un poco lo mismo, y ni siquiera estoy seguro de que esta actitud indolente sea ni buena ni mala. Pueda que se trate a estas alturas de pura y jodida supervivencia.
Uno, pesimista moderado por naturaleza, alberga la secreta esperanza de que todo esto nos haga ver que todavía podemos reconducir la situación, acaso por el triste consuelo de que ciertas cosas parecen haber tocado fondo. Por aquello de que el optimismo sale gratis, quizá sea el momento de retomar con brío renovado un halo de esperanza en el ser humano, el único animal obsesionado por recordarse a sí mismo su carácter racional, tanto que con frecuencia se olvida de usar tan preciado don, y recordar que todavía estamos a tiempo de discernir con una mínima solvencia entre lo importante y lo esencial. ¡Podemos!
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© agosto de 2010
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lunes, 19 de julio de 2010


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CUERNOS
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Los mass media nos regalaban semanas atrás dos noticias protagonizadas por cuernos. No se trata de metáfora chusca alguna, pues cada cual hace lo que quiere con su vida privada, o lo que quieren los demás, valdría más decir en algunos casos. Los cuernos a los que me refiero son de verdad cuernos, con su material óseo y lo que ha de tener todo cuerno que se precie para merecer tal nombre.

La primera de las noticias hacía referencia a una mujer de un pueblecito de la China profunda, a quien le brotaron sin saber cómo ni por qué sendas protuberancias en la frente, cual si se tratase mismamente de una ternerilla. Lo único que le deseo a la dama en cuestión es que lo lleve con dignidad, que solucione su problema (si así es percibido por la protagonista, pues parece que el regalito en la testuz le trae un poco al pairo), y sobre todo que no sea discriminada por sus convecinos al identificarla con el mismísimo Satanás reencarnado en fémina, porque aquí nos conocemos todos.
La otra noticia relata un caso en cierto modo similar, pero ha de reconocerse que aquí sí se sabe la procedencia del cuerno en cuestión. A cierto individuo le salió un cuerno de la misma boca, caso insólito en los anales de la ciencia. Salvo que nada tiene que decir la ciencia en este escenario, dado que el protagonista sabía que el cuerno estaba allí, ante él, desde hacía un buen rato. El cuerno acudía a sus repetidas llamadas, de hecho. Y en una de esas se quedó por unos instantes. Si uno lo piensa, la lógica de la situación se muestra aplastante. Cuando juegas a héroe y le colocas en el lomo la etiqueta de “enemigo” a quien vas a ensartar con distintos artilugios durante el tiempo necesario para acabar con su vida, supongo que debería entrar en tus cuentas que te pase lo que le pasó al maestro. Efectos colaterales, lo llamarían algunos. Y yo me apunto a la apreciación.

No soy de los que me alegro cuando el torero bebe de su propia medicina, aunque, a fuerza de ser sincero, he de aclarar con similar énfasis que tampoco me llevo especial disgusto en tales casos, pongamos las cosas en su justo sitio. Me pasa lo mismo con los dictadores. O con ciertos profesionales de la comunicación, a los que uno no puede sino imaginar frotándose las manos ante una portada morbosa, haciendo caja, en definitiva, porque aquí todo tiene un precio. Ya me contarán ustedes lo que aporta la fotografía en cuestión, un hombre derrotado, incapaz de escapar de su amigo –así creo haberlo leído en alguna de esas revistas sesudas de fin de semana–, como si se tratase de una extraña y sórdida obra de arte (les regalo el título: Perchero con traje de luces).
Yo no deseo la desgracia del maltratador –lo apuntaba líneas atrás–, sea torero o machista recalcitrante (cuentan que ambas cosas son harto difíciles de separar en el ámbito que nos ocupa, pero no entraré aquí en tan proceloso campo), y de hecho me hiela la sangre cada vez que ante un coso taurino los manifestantes corean satisfechos aquello de ¡Con un poco de suerte, mañana funeral!, lo que casi me distancia tanto de ellos como de los que asisten dentro a la carnicería. Y sé que semejante postura no me granjea excesivas simpatías dentro del movimiento, pero a mi edad hay cosas que ya me dan un poco lo mismo, o incluso sirven de acicate a según qué aspectos de mi militancia personal.

Declaraba con inequívoco gesto digital el maestro a la salida de la clínica que era Dios quien le había sacado de tan desagradable trance, para añadir un mes después, recuperado ya el habla, que la experiencia “le había hecho más humano”. O este tipo es tonto, o yo no entiendo nada (vaya por delante que pudieran ser ambas cosas). Porque ya me contarán ustedes qué le había costado al Altísimo impedir la sangría (detalle que tuvo de hecho con sus compañeros humanos de cartel), evitando así a Julio los dolores de los que tanto se quejaba en la cama del hospital, pobrecito mío. Y, por otro lado, calificar el trance de “positivo” (sic), por cuanto al parecer te humaniza, a mí, como buena persona que me considero, me hace desear en lo más íntimo de mi ser que el maestro vuelva a pasar por similar circunstancia –o peor– así que se plante de nuevo, chulesco y arrogante, ante su amigo-enemigo. Para que vuelva a experimentar la grandeza de espíritu y salga su humanidad convenientemente engordada. (Yerran con estrépito quienes vean atisbo de ironía macabra en mis palabras, pues me limito a recoger la panoplia de extrañas reflexiones que envuelven a la tauromaquia, en un intento imposible por justificarla).
Es por ello que tomo prestados para la ocasión los viejos gritos alrededor de los cuales se enzarzaron en histórica ocasión Millán Astray y Unamuno. Y, eso sí, me permito reformularlos, con la supongo sana intención de aportar una paradoja más a las de don Miguel: ¡Viva la estupidez! ¡Muera la ética!
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© julio de 2010
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domingo, 4 de julio de 2010


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BOY
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No hará ni un mes tuve la fortuna de pasar una de esas jornadas que te sirven para “cargar pilas”. Por motivos que no vienen al caso, asistí a la edición anual de un Concurso de Perros Sin Raza. (Así publicitado, pudiera parecer que el evento adolecía de una cierta discriminación con sus participantes, pero bien claro lo indicaba el asterisco en la pancarta: También los que la tienen serán bienvenidos). El acto estaba organizado por una de esas sociedades protectoras nutrida de seres anónimos que se dejan el alma –y otras cosas más mundanas– por aquellos que algún día fueron echados a la calle desde lo que había sido su hogar durante años, en algunos casos toda su vida (no me detendré en esta ocasión a intentar evaluar tamaño comportamiento), y a los que yo siempre tanto admiré. Me refiero a los primeros, y al hecho de que, bajo mi humilde parecer, se necesita un generoso plus de coraje para rodearse un día sí y otro también de historias terribles, ponerles además nombre, ojos y rabo. Y regalarles en no pocas ocasiones una gozosa segunda oportunidad. Si acaso los ángeles y los milagros existen, tengan por seguro que no deben de andar muy lejos de estos escenarios.

Quienes por mor de las circunstancias nos ocupamos de la defensa de los animales desde su vertiente sobre todo teórica, tenemos a veces la sensación de que quizá no llevamos a cabo una militancia completa, pues es muy fácil apretar el puño desde la comodidad del teclado, lejos de los olores de la sarna y de la visión del cuello sesgado. Estas historias nos llegan con frecuencia a la pantalla del ordenador: perros encadenados de por vida, leones obligados a saltar a través de un aro en llamas, conejos inmovilizados en los laboratorios, vaquillas linchadas por humanos con el mismo código genético que los voluntarios y voluntarias de entidades como la que organizaba el evento del que les hablo. Tener que asumir de qué pasta estamos hechos te mata o te hace más fuerte. Las imágenes sirven no obstante para alimentar tu ideología y particularmente tu repugnancia hacia buena parte de lo humano. Sin embargo, te puedes permitir el lujo de la distancia, y antes que nada de saber –a eso voy– que habrá quien cure esas heridas con sus propias manos. Imagino que cada cual es llamado a una parte de la lucha, pero he de confesar que ello no acaba de tranquilizarme del todo.

Una de las cosas que más me llamó la atención durante la citada jornada fue la gran cantidad de visitantes –me refiero a los perrunos– a los que la administración impone la poca amistosa etiqueta de “peligrosos”, precisamente aquellos que, sin atisbo de culpa propia, nacieron bajo un perfil físico determinado. Imagino que se trataría de animales adoptados de centros de acogida, repudiados en su día por dueños de corazón negro y autonomía intelectual escasa, atemorizados por unos mass media ávidos de morbo y noticias truculentas. Animales salvados de una muerte segura en el refugio correspondiente. Pues bien, y además de su número, quedé sorprendido porque durante un buen taco de horas allí no se produjera el menor incidente digno de reseña entre ellos. Supongo que este extremo supone una demostración práctica de quién es aquí de verdad el peligroso, y de que, convenientemente tratado, el animal más conflictivo se vuelve amistoso. En realidad, y con la carga de ingenuidad que ello pueda conllevar, soy de los que piensan que, lejos de fieros competidores, los animales podemos ser también “amigos para siempre”.
Llámenme exagerado, pero me traje la sensación de haber pasado unas horas en el paraíso. Dicen que tan preciado lugar sólo se disfruta una vez abandonado este valle de lágrimas y cotejado que has sido aquí abajo bueno buenísimo. Creo que no es exactamente así. Si uno se abre a las sensaciones más puras (la felicidad de los otros, un poner), por estos lares se pueden percibir paraísos con absoluta nitidez. Puede que no lo sepa explicar con palabras, aunque sé perfectamente lo que quiero decir.

Pero quizá quepa resumir todas las emociones del día en Boy, el abuelito que se llevó el galardón final. Por lo que creí entender, Boy se ha pasado buena parte de su existencia encerrado en una jaula, y ahí hubiera terminado en caso de no cruzarse con su amiga (me niego en este contexto a llamarla “dueña”) humana, quien le ofreció el mejor regalo para cualquier ser sensible: el afecto. Con toda probabilidad, Boy no responde a ninguno de esos estúpidos cánones estéticos que conceden o niegan la condición de “bello”. Pero encarna sin embargo como nadie la “belleza ética”. Y yo, que con frecuencia me abandono a esto de escribir, me siento sencillamente incapaz de recoger en un texto qué cosa pueda significar eso, aunque no tengo dificultad alguna en percibirlo como una bocanada de aire fresco, un chute de optimismo en vena. Por otro lado, Boy me hizo recuperar la desoladora idea de la unicidad. Quiero decir con ello que –salvo que se crea en realidades espirituales, y no es el caso– los animales, humanos o no, solo tenemos una oportunidad de experimentar nuestro paso por este mundo (el único posible, en lógica consecuencia), lo que comporta que se nos niega toda posibilidad de desagravio por las afrentas de las que pudiéramos haber sido víctimas. Boy es el vivo reflejo de lo que quiero decir. Será por la edad, que no perdona –hablo ahora de mí–, pero no consigo superar la desazón que me provoca esa cruel realidad.

Hubo a quienes se les llenaron los ojos de lágrimas cuando Boy recibía su medalla. No era para menos. Y hasta recuerdo en semejante tesitura a un barbudo chicarrón del norte, convenientemente apartado del público por aquello del pudor masculino, menuda tontería.
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© julio 2010
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miércoles, 23 de junio de 2010



¿QUÉ ES ESO DE
LOS “DERECHOS DE
LOS ANIMALES”?

Miles de personas se manifiestan por las calles céntricas de Madrid mostrando su rechazo a que la Comunidad Autónoma declare las corridas de toros “Bien de Interés Cultural”. Varias docenas de ciudadanos anónimos se desnudan en una gélida plaza de Barcelona durante más de una hora para llamar la atención de los transeúntes sobre la industria de la peletería fina. Un centenar largo de usuarios, acompañados de sus perros, piden en Bilbao que éstos puedan acompañarles en el metro, autobús y otros transportes públicos, tal como de hecho sucede en muchas ciudades europeas. Ocho activistas por los derechos de los animales permanecen durante toda la mañana expuestos a pleno sol sobre grandes bandejas de plástico que simulan las que encontramos en los escaparates de las carnicerías.
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© junio 2010
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lunes, 17 de mayo de 2010


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LOS MANOLOS

Por tan castizo apelativo se conoce a una pareja de presentadores deportivos –hornada guay– que hacen las delicias de sus fans desde cierta cadena privada, a juzgar por las pasiones que al parecer despiertan uno y otro en medio país (exagero, naturalmente), pues hasta pancartas cutres confeccionan algunos aficionados para desplegar en el estadio con el loable propósito de que les saquen en el programa. Y les sacan. ¡Vaya si les sacan! Por falta de pudor que no sea, arriba la autoestima, y ellos encantados de haberse conocido. Y bueno, lo de las pancartas, pues ya se sabe, una chiquillada sin malicia… Salvo que las mismas personas que las diseñan con primor y hasta con una pequeña inversión de tiempo y dinero no hayan hecho nunca cosa parecida para condenar el hambre en el mundo o para criticar cualquier tipo de injusticia. Y mucho me temo que éste pueda ser el caso.

Pero volvamos a los Manolos, porque lo de estos tipos tiene delito. Por la que se ha montado, pareciera que lo suyo es una metedura de pata circunstancial, cosas del directo y de las emociones futboleras. Nada de eso. Los chicos vienen apuntando maneras desde hace tiempo, o sea, desde siempre. En el espacio que presentan en comandita resulta muy normal que ofrezcan, no se sabe muy bien a santo de qué, escenas de terribles accidentes durante competiciones de motor, aderezados con toda suerte de golpes y caídas que duelen solo con verlas. Ellos hacen como que también les hace pupa la contemplación de las imágenes, pero son tan poco creíbles en su interpretación que no engañarían ni a un bebé. Se necesita ser malnacido para recrearse ante alguien a quien le acaban de fracturar el peroné de una patada, repitiendo las imágenes hasta la nausea.
Y, por supuesto, con semejante perfil, huelga decir que los susodichos no pierden oportunidad de regalarnos el comentario machista de turno, y no digamos si de homosexualidad se trata, campo siempre abonado para gracietas mil. Busqué alguna foto que ilustrara el presente artículo en mi blog, y, aunque no resultó elegida, me impactó la que nos muestra a uno de los Manolos embutido en un disfraz cutre de líder tibetano, por aquello de su apellido, haciendo gala así de su incontestable sentido del humor. Créanme, la cosa no da más de sí.

Y ha tenido que suceder lo del mendigo de Hamburgo para que la gente se ponga las pilas, y el Manolo que se sacó de la chistera tan vergonzosa escena se ha visto obligado a ofrecer disculpas desde su atalaya para apaciguar los ánimos, aunque, dada la catadura moral que transpira el muchacho, cuesta creer que de verdad el arrepentimiento surgiera de él mismo y no de la dirección de la propia cadena, porque el negocio es el negocio, y estas cosas engordan solas hasta acabar arrollándolo a uno. Imagínense de qué argamasa estará hecha la parejita, que, reconducido –y se supone que olvidado– el bochornoso incidente, el otro Manolo da paso a las siguientes imágenes, y califica de “retrasados mentales” a quienes montan bronca en cada celebración deportiva y aguan la fiesta a las facciones pacíficas del club. Mucho me temo que sobre el comentario en cuestión nadie dirá nada, pues aquí se airea lo que conviene y se tapa lo que procede. Es lo que hay.

En cuanto al ya famoso microrreportaje, a mí lo que más me turba es el perro, que, asustado ante la horda de cromañones que les rodean, trata de buscar refugio bajo la manta que comparte con su amigo humano, el indigente protagonista de la escena, elevados ambos a estrellas mediáticas por apenas unos segundos ante la cámara, y sin citar palabra. Hombre y perro ofrecen al mundo su perplejidad, pura, prístina, transparente como el cristal. En esa imagen se resume buena parte de lo que está sucediendo en esta nuestra cacareada “sociedad del bienestar”, y acaso de lo que nunca dejó de suceder. Mientras la afición, solidaria ella, se despoja de la calderilla que sobró de la ronda de cervezas y los compañeros periodistas ríen patéticos la ocurrencia desde los estudios, el mendigo protege a su amigo y mira atónito a sus compañeros de especie. “Pasta, echadle pasta”, arengaba Manolo, este nuevo Vicente Ferrer, y los seguidores, obedientes, echaban pasta en el cuenco. Y un móvil, y bufandas de su equipo, y hasta una tarjeta de crédito. Todo muy normal.

El día en que los Manolos se estampen contra un muro y se rompan unos cuantos huesecitos nos vamos a descojonar todos, porque sabido es que un cúbito apuntando adonde no debe es la mar de gracioso. Aunque quizá la cosa cambia cuando es un hueso familiar. Nos vamos a partir la caja todos y todas cuando pierdan el trabajo y tengan que echarse a las frías calles de Madrid a pedir limosna con barba de una semana. A ver qué carita ponen al ver aparecer al necio de turno alcachofa en ristre buscando carnaza para su programa.
La empatía no acaba de sacudirse el muermo, sigue aletargada en su tétrico refugio. Y lo malo es que somos nosotros mismos quienes nos encargamos de ofrecerle su dosis diaria de anestesia.
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lunes, 26 de abril de 2010


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SÓLO SON ANIMALES
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Somos nuestros libros. Quien más quien menos tiene una lista de obras que moldearon en algún grado su pensamiento, sin las cuales quizá su vida no sería igual en todos los detalles. En mi caso particular, uno de esos títulos es sin duda The dreaded comparison [La comparación temida, aunque no tengo constancia de que exista versión en español], de la activista estadounidense Marjorie Spiegel, quien en esta pequeña joya (cien escasas pero provocadoras páginas, fotografías e ilustraciones incluidas) nos sacude en plena cara abordando sin temor la para ella pertinente equiparación entre el sufrimiento humano y animal, que siempre estuvo convenientemente separado por un abismo en nuestra cultura antropocéntrica, como separadas estuvieron (quisiera de verdad utilizar el pretérito) distintas comunidades humanas en función de criterios tan triviales como el género o el color. Superadas –al menos en teoría– estas últimas formas de discriminación arbitraria, queda aún intacta la más devastadora: la que condena a alguien no tanto por pertenecer a un determinado grupo, sino por no formar parte del humano.

Traigo a colación todo esto por un artículo de opinión donde cierta periodista exhibía su indignación ante la cabecera elegida por una televisión autonómica para ilustrar la tragedia cotidiana de las gallinas ponedoras, y que mencionaba a un conocido campo de exterminio nazi. Y es aquí donde nos topamos con la verdadera esencia de lo que hacemos con los animales hoy en la llamada sociedad del bienestar, paradójicamente erigida sobre el malestar de otros.
Siempre hubo quien se atrevió con la comparación, ofensa imperdonable para muchos –la citada periodista entre ellos–, aunque no se comprende bien en qué pueda consistir tal injuria, cuando lo único que se hace es ejercer una feroz condena de determinada realidad a partir de un ejemplo de referencia devastador. Pero lo cierto es que aquellos que se aventuraron con la “comparación temida” afirmaron que, lejos de ser equiparable, el trato que damos en la actualidad a un sinnúmero de animales supera con creces el horror que millones de seres humanos soportaron durante los pasados años cuarenta en Centroeuropa. La reflexión no es gratuita, teniendo en cuenta parámetros tan razonables como el número de individuos implicados y el grado de sometimiento que padecen (hablo de los animales). Por cuanto al primero, se baraja una cifra que al menos yo nunca pude digerir, y sigo en esa tesitura: tres mil animales inocentes mueren cada segundo a manos de la comunidad humana por razones que nada tienen que ver con nuestra supervivencia. ¡Cada segundo! Quienes comparten sus vidas con perros y gatos saben bien lo que supone la pérdida física de éstos, lo que cada uno de ellos y ellas significa en la biografía sentimental de sus tutores. Se trata de seres únicos e irrepetibles, tanto como podamos serlo nosotros mismos. Es por eso que la cifra referida debería pender sobre nuestras conciencias como una losa insoportable. Si fuéramos éticamente decentes, claro está. Pero preferimos causar un infinito sufrimiento a un montante extraordinario de individuos inocentes por razones tan peregrinas como que nos agrada el sabor de sus cuerpos, el tacto de su piel, o la estética de un determinado espectáculo. Al final va a ser cierto aquello de que para hallar el famoso eslabón perdido entre el mono salvaje y el verdadero ser humano lo único que hemos de hacer es mirarnos al espejo.

La mayoría de la gente se muestra sencillamente incapaz de comprender la tragedia de los animales, su verdadera dimensión, y nuestra responsabilidad directa en esa gigantesca desdicha. La recurrente comparación con la realidad nazi se queda pequeña cuando abordamos el drama de los animales en nuestra sociedad con un mínimo espíritu crítico. Pero ni siquiera podemos atribuirnos los animalistas un ápice de originalidad en tan dolorosa tarea, pues ya lo hicieron con la serenidad pero con la contundencia necesaria intelectuales de calado, antes lo decía. Luminosas excepciones a la regla conformista, como la de Isaac Bashevir Singer, el prolífico escritor de origen polaco (Premio Nobel de Literatura, ningún juntaletras), quien sufrió en su propia familia la persecución étnica e ideológica. El pensamiento de que los hombres son nazis para los animales aparece en varias de sus obras. En un momento dado, pone la reflexión en boca de Herman, el protagonista de su cuento El escritor de cartas, quien, ante una ratona con la que comparte los sinsabores de la vida, especula: “Respecto a los animales, todos los humanos somos nazis. Hemos convertido sus vidas en un eterno Treblinka”.
La referencia al Holocausto se repite en las reflexiones de otros intelectuales a la hora de exteriorizar sus sensaciones sobre qué supone el exterminio sistematizado de los animales. Sabido es que lo que sucedió en aquella Alemania negra con millones de personas inocentes sigue ocupando en el imaginario de la opinión pública el primer puesto en cuanto a la degradación moral del ser humano se refiere. Con todo, el escritor sudafricano John Maxwell Coetzee, galardonado igualmente con el Nobel, gusta de colocar en los personajes de sus novelas sus propias inquietudes morales, y así lo hace en uno de sus trabajos más conocidos: “Dejad que lo diga claramente: estamos rodeados de una cultura de degradación, crueldad y muerte que rivaliza con lo que el Tercer Reich fue capaz de hacer, que, de hecho, lo empequeñece, por cuanto la nuestra es una cultura sin fin, que se autoregenera, trayendo al mundo sin cesar conejos, ratas, aves y ganado, con el único propósito de sacrificarlos”. En un sentido similar, el filósofo alemán Theodor Adorno expresa su desazón ante la tragedia cotidiana de los animales valiéndose de un campo de concentración como referencia. Así, afirma con indisimulada amargura que “Auschwitz empieza cuando uno mira a un matadero y piensa: sólo son animales”.
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© abril de 2010
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[*] Este artículo (o al menos su germen) fue censurado por el periódico El País, aunque –eso sí– aduciendo la burda excusa de la “falta de espacio”. Pasa mucho. No creo ser yo sospechoso de connivencia sumisa con ideología alguna (entre las comúnmente aceptadas, quiero decir), como bien saben quienes me conocen. Y por ello considero que lo reaccionario anida con absoluta comodidad tras cualquier ideario, sea rojo, azul o amarillo. El presente texto pretendía servir de mero complemento a otro que, firmado por una periodista de plantilla, criticaba en el citado diario el título elegido por un reportaje televisivo para abordar cierto tema de maltrato animal. Intenté por todos los medios posibles a mi alcance (conversaciones telefónicas incluidas) hacerles entender que lo que se vertía en el artículo publicado era cuando menos sesgado, y que por ello quizá fuera pertinente una versión complementaria. Simplemente me resultó imposible que aceptaran mi posición. Para quien desee ilustrase al respecto y sacar sus propias conclusiones, dejo la dirección del mencionado artículo:
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http://www.elpais.com/articulo/pais/vasco/comparacion/elpepiesppvs/20100222elpvas_14/Tes/
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lunes, 1 de marzo de 2010

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¡ESOS DEDITOS!

Seguro que nos pasa a todos, y por aquello de no querer exteriorizar nuestras intimidades lo callamos. Me refiero a la turbadora sensación de que ciertas personas, a pesar de no representar ya nada en nuestras vidas, parece que nos persiguieran sin descanso. Hablo de compañeros de estudios a los que creíamos haber dado el esquizado definitivo, y que te invitan a su círculo exclusivo de amiguitos a las dos horas escasas de tu incorporación al clan facebook, o familiares a los que dábamos por enterrados (al menos en sentido figurado, deseos aparte), pero que siguen felicitándote el cumpleaños, las Navidades y hasta el solsticio de verano. Y a esta cohorte habría que añadir por derecho propio a los políticos. ¿Quién se acuerda de Hernández Mancha, o de Isabel Tocino? Cumplieron su papel, mal o bien, y hasta otra. Pero hay otros que parecen resurgir de sus cenizas una vez tras otra y consiguen estar en el candelabro con pasmosa frescura. Acaso sea Aznar el ejemplo más palpable, y también el más descarnado. Este pequeño fascista (supongo que no se ofenderá por el epíteto si aceptó con una sonrisa gélida el de “asesino”) aparece como el Guadiana, a lo mejor porque nunca se acabó de ir del todo, y nos regala su apestoso aliento en el cogote. Ora por una conferencia en perfecto inglés en no sé qué supermegauniversidad americana, ora por unas declaraciones en su propia fundación (a ver quién le tose en campo propio). La cosa es salir por la tele y que hablen de uno, aunque sea bien, ya lo decía el otro. Y si hay que mandar a la mierda a alguien sin despeinarse –al parecer, imposible en el caso que nos ocupa–, pues se le manda. Al menos el gesto ha servido para que algunos nos enteremos de que hasta nombre tiene: peineta. Les juro que nunca había oído tal cosa hasta hace unas semanas. Y eso que los medios se han hinchado a poner imágenes de casos similares, porque la videoteca da mucho de sí desde la invasión de las tecnologías modernas esas. Deportistas, políticos, artistas varios… Todo el mundo con el dedito enhiesto, siempre más fino y discreto que un buen corte de mangas, desde luego. Pero faltaba un sector profesional en la colección de imágenes, ahora que lo pienso…

Quienes leen este artículo más allá de las fronteras vascas –de las actuales, me refiero– no sabrán de qué hablo, pobrines. Pero para eso estoy yo aquí, para ilustrarles sobre hasta qué grado llega el lameculismo –el procesador de texto me lo corrige, mas todo es cuestión de “agregar al diccionario”, ya saben, con el botón derecho– en este santo país. La cosa sucedió a apenas doscientos metros de mi propia casa, aunque no tuve ocasión de presenciarlo en directo, tal vez porque a un servidor, y además de la música militar, nunca le supo levantar tampoco la monarquía. Cada cual tiene sus manías y hasta sus fijaciones. Pues, como iba diciendo, el monarca no iba precisamente en loor de multitud subiendo la empinada cuesta de la Catedral Vieja, flanqueado por Señora y Lehendakari, éste con cara de circunstancias, como procedía por protocolo, porque aquí todo está estudiado. Entre curiosos a los que la caminata real les pilló en ese momento en plena salida a por el pan y alborotadores de la izquierda radical, allí no habría ni trescientas almas. Y hete aquí que Juan Carlos de Borbón y Borbón y no sé cuantos Borbones más, en un gesto popular por entendible, dispara su dedo corazón –él para esto de las emociones siempre fue muy mirado– y se lo regala a quienes le abuchean con toda sinceridad. El Rey de España mandando a la real mierda al grupete de independentistas vascos, a quienes con sumo gusto me hubiera unido si de exigir independencia de tan Magna Institución se hubiera tratado.
Pero la peculiar imagen apenas ocupó unos segundos en el telediario de la televisión autonómica –eran otros tiempos–, y la escenita quedó ahí. Y en el disco duro de miles de ordenadores personales, justo es decirlo también, así como en la famosa “red de redes”. Si no me creen, no tienen más que entrar en mi blog, bien fácil lo tienen.

Pues esto era lo que traía hoy a colación (¡les parecerá barro!): un escenario donde no todos somos iguales (ni de lejos), a pesar de la monserga esa de la Constitución que todo lo iguala y que se supone riega el país de democracia hasta sus más recónditos parajes. Allá cada cual si se lo traga con el zumo del desayuno como si fuera una pildorita. ¿Y ahora qué? ¿Nos dedicamos con cruel fruición a linchar al del bigotito inane mientras dejamos que el de la corona se vaya de rositas, o cómo hacemos? Que me lo expliquen, si no es mucha molestia, porque soy el primer interesado en conocer las razones exactas por las que hay que colgar de las orejas a unos (presidentes que lo fueron) y pasar de puntillas por idénticas miserias en el caso de otros (reyes que lo son y que al parecer piensan seguir siéndolo por los siglos de los siglos). Nunca creí que pudiera yo verme aquí, sentado ante la pantalla de mi portátil un sábado por la tarde, escribiendo un texto del que pudiera desprenderse que solicito un desagravio público para Aznar. Lo que hay que ver. Pero, con todo, lo que más me enerva es el hecho de que alguno que otro se habrá embolsado ya una pasta gansa por lo mismo que yo hago gratis total, y no me quejo. No se quejen ustedes tampoco.
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© marzo 2010
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jueves, 18 de febrero de 2010



RACISMO FICTICIO
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Se hacía público hace poco el enésimo estudio sobre racismo y xenofobia (acaso dos caras de la misma moneda) en nuestro ámbito geográfico, y a uno le asaltan ya a estas alturas serias dudas sobre si en según qué trabajos de investigación los resultados están decididos antes incluso de su elaboración. Porque no se entiende la absurda manía que nos ha cogido con esto de que somos racistas. (Los blanquitos europeos respecto a los morenitos venidos de fuera, entiéndase, pues al parecer resulta ontológicamente imposible ser emigrante y xenófobo: valiente idiotez).

A mí lo que me inquieta sobremanera es la insultante relajación con la que admitimos nuestra supuesta naturaleza racista, a pesar de que tal condición supone en la práctica una de las formas más repugnantes de injusticia de la que pueda acusarse a la comunidad humana. Mas la cuestión de fondo pasa también por ver si en realidad somos tan racistas como afirman los estudios, o incluso si lo somos en algún grado. Yo, sin ir más lejos, no atisbo por ningún lado ese racismo del que se nos acusa. Y soy consciente de que esta mera percepción me convierte a los ojos de no pocos intelectuales oficiales –de los que cobran por serlo, quiero decir– en el peor de los reaccionarios, cuando no directamente en facha. Pero tampoco me voy a cortar las venas por ello, como podrán comprender. Es lo que hay.
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Cuando se debate sobre cuestiones importantes –y el racismo lo es como pocas–, conviene dejar sentado de qué estamos hablando: qué entendemos por “racismo”, en otras palabras. Imagino que quienes tenían vetada la entrada a determinadas playas en la Sudáfrica de no hace tantos años, o aquellos que no podían cursar estudios en la Norteamérica de los años sesenta, se estarán partiendo la caja ante el “terrible” racismo que al parecer se estila por estos lares. ¿Conocen ustedes a alguien que impida la entrada de nigerianos, de magrebíes, de sudamericanos, de finlandeses, en su establecimiento? ¿Alguien al que se le niegue la matrícula en la escuela por el color de su piel o por su adscripción cultural? ¿Saben de algún vecino molesto por el ruido que arman los inquilinos de arriba, encantado de la vida con idéntico estruendo tras enterarse de que los gamberros, en lugar de aceitunados y extranjeros, son rubios y locales? Yo tampoco. Ni los políticos que se abonan al discurso conveniente y a quienes un micrófono abierto les juega una mala pasada. Ni los periodistas que, bajo nómina, escriben una cosa y piensan otra bien distinta, de algo hay que vivir. ¿Creen los responsables de estos estudios amañados que vamos a sentir repugnancia moral hacia quien rebana el clítoris a su hija “sólo” porque es islamista? Nos han tomado por imbéciles. Quizá porque de verdad somos imbéciles.

Urge en consecuencia acuñar una definición consensuada del término racismo, no vaya a ser que estemos emitiendo juicios dispares y hasta antagónicos sobre un mismo fenómeno y todos tengamos razón. Y quiero suponer que tal absurdo no procede, pues entiendo que la verdad sigue siendo, en principio y sin otras connotaciones periféricas, siempre deseable.
El racismo como puesta en práctica de una discriminación arbitraria se nos presenta tan condenable, que flirtear con él –verlo donde no existe– resulta harto preocupante. ¿Se han preguntado alguna vez por qué los antropólogos eluden de manera sistemática la cuestión del racismo? Yo sí, y he de confesar que no encuentro una respuesta que me satisfaga. (Lo que no significa que no deba seguir preguntándomelo, nótese la diferencia). Ellos prefieren hablar de “etnocentrismo”, hasta donde yo sé, una práctica comunitaria no escrita tan antigua como la propia Humanidad. Y tal vez lo sea por lo eficaz que siempre resultó a la hora de defender los intereses propios: pura y jodida supervivencia. Creo que quien más quien menos se aliaría con el mismísimo diablo si ello beneficiase a todas las partes. ¡Sólo faltaba! Pero considero a la par que la papilla de la dichosa “alianza de civilizaciones” es un trágala por el que una razonable mayoría no está dispuesta a pasar. Y no percibo estar precisamente solo en tan particular apreciación. De lo contrario, ya me explicarán ustedes la razón por la que habríamos de condenar el ahorcamiento público de ladrones o la lapidación de adúlteras, con independencia de la comunidad cultural donde tengan lugar.

Hemos acabado asumiendo con pasmosa naturalidad que los occidentales (no se me ocurre otra acotación) somos racistas por naturaleza, mientras que las otras comunidades únicamente pueden ser víctimas de nuestras miserias culturales. ¿De verdad nos hemos tragado que las demás razas están vacunadas contra tan detestable sesgo? ¿Por qué entonces esos estudios ni osan sugerir que la tara racista puede darse por igual en cualquier comunidad política, sea local, inmigrante, negra, blanca o amarilla? Demasiada gente vive en nuestra sociedad del racismo ficticio. Los responsables de tales estudios saben que el diagnóstico está hecho antes siquiera de perfilarlo, antes lo decía. Las Administraciones saben que decir ciertas obviedades contraviene el decálogo de lo políticamente correcto. Como bien lo saben determinados colectivos civiles que se encuentran cómodos en la ramplona afirmación del “sí, somos la mar de racistas”. Y no les va tan mal.
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© febrero 2010
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martes, 12 de enero de 2010


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CON MAYÚSCULA
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Demasiada gente sigue todavía viendo la actividad y la mera existencia del Movimiento Animalista como una ofensa. No existe una razón principal para ello, sino dos. La primera supone que deberíamos destinar nuestros recursos a paliar el sufrimiento humano, y no “desperdiciar el tiempo salvando animalitos”. Tal hipótesis se basa –imagino– en la absurda premisa de que no pueden llevarse a cabo dos luchas solidarias a la vez, cosa obviamente falsa, como lo demuestra el hecho de que el grueso de la sociedad condena realidades paralelas e inconexas entre sí como la explotación laboral infantil y la violencia hacia las mujeres con total naturalidad, sin que se dé ninguna suerte de incompatibilidad entre ambas. A nadie se le ocurriría sugerir que luchar contra situaciones traumáticas por separado como el hambre y el cáncer es incompatible. ¿Por qué pensar entonces algo tan extraño si de la defensa organizada de los animales se trata? Por lo general, la gente disfraza de argumentos lo que no son sino burdas excusas para quitarse de encima cuestiones moralmente incómodas. Es por ello que se recurre a afirmaciones tan reduccionistas como la que afirma que “los humanos están primero”, propuesta que encierra la perversa idea de que hemos de poner por delante los intereses del verdugo respecto a los de la víctima.

La segunda razón a la que antes aludía surge de un pensamiento igualmente equivocado, aquél que presume que “hay cosas mucho más importantes que defender a los animales”. No es cierto. ¿Significa esto que no hay lucha que merezca más nuestra atención que la animalista? Es exactamente lo que significa, en efecto. Con ello no trato de abonarme a una afirmación efectista pero hueca, sino adherirme al rigor, si nos atenemos a ciertos escalofriantes datos estadísticos: cada segundo mueren en el mundo a manos de la comunidad humana un número no inferior a tres mil animales, para los que su propia desaparición supone la única liberación a la que pueden aspirar. Confieso que nunca he podido digerir esta cifra. Quienes tenemos la maravillosa oportunidad de convivir a diario con miembros de otras especies conocemos la amarguísima experiencia de su desaparición física. Y es ahí donde radica mi incapacidad para aceptar tan demoledora cifra: ¡tres mil cada segundo!
Quizá la gente no lo sepa, pero nunca existió actividad humana alguna que generara tal cantidad de sufrimiento gratuito como lo hace hoy la agresión a los animales. Nada en lo que podamos pensar supera en dolor a este fenómeno. Por eso, si acaso tuviéramos que optar por una única vía militante, deberíamos hacernos defensores de los animales. Por fortuna no nos vemos obligados a elegir entre diferentes causas solidarias, quedarnos con una y descartar las demás, antes lo decía. Pero conviene dejar claro el anterior punto, porque solo él pone a cada cual en su sitio. Las revoluciones que ha conocido nuestra historia biográfica como especie se quedan pequeñas ante la magnitud de la revolución que hacemos cada día boicoteando los circos, la carne, las pieles, ciertas cremas faciales… Y adoptando animales para ofrecerles un hogar definitivo. Siéndolo las demás, ésta es la Revolución con mayúscula.
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© enero 2010
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(*) Desde la Asociación Nacional de Amigos de los Animales (ANAA) me pidieron un artículo para su revista 4Patas, y fue un placer para mí ofrecerles este texto. Enhorabuena por la labor que realizáis en favor de los perros y gatos sin hogar.

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