martes, 28 de enero de 2003


POR LOS CERDOS

Con frecuencia se nos pregunta el motivo por el cual los humanos admitimos que deben tratarse con respeto a unos animales, mientras no sentimos la más elemental compasión por otros. Parece claro que tal actitud obedece a la “categoría” que les hemos asignado a lo largo de nuestra historia ética, el status moral del que gozan, o habría que decir en este caso que sufren. Así, pocos de nuestros conciudadanos justifican los malos tratos a los perros o a las aves rapaces. Los primeros llevan desde tiempo inmemorial la etiqueta de “amigos”, y las segundas han pasado de ser alimañas (por cuya muerte la administración pagaba dinero hasta no hace muchos lustros) a animales con valor ecológico a los que no se puede molestar bajo ningún concepto. Vemos como, en consecuencia, algunos siempre han sido dignos de un cierto respeto, y otros lo han conseguido tras una ardua tarea educacional.
Lamentablemente, la mayoría de los animales no humanos a los que obligamos a convivir cerca de nosotros no pertenecen a ninguna de estas dos categorías, y, en consecuencia, siguen cargando con el estigma de “animales-recurso”, negándoseles cualquier tipo de derecho básico, como los concernientes a la vida y a la integridad tanto física como emocional. Y, en este plano, los cerdos desempeñan el citado papel como pocos.

Estamos, en efecto, ante un ser que no despierta simpatía afectiva alguna, una y mil veces satanizado, ridiculizado hasta el hastío, a tal punto que su defensa provoca desconcierto, mofa y hasta indignación, por este orden. Sin embargo, cualquiera de las docenas de miles de cerdos que electrocutamos cada día tras haberles condenado a una vida miserable, podría haber sido un perfecto compañero de juego si se le hubiera dado esa oportunidad, tal y como hacemos con nuestros perros y gatos. Aunque a muchas de las personas que leen esto tal cosa pueda parecerles extravagante, a los cochinos les gusta que les rasquen la panza como a cualquier hijo de vecino, corretear por un prado persiguiendo olores, o tumbarse a descansar a la sombra, al sol, o básicamente donde les salga del hocico, que para eso tienen la misma capacidad de elegir entre diferentes opciones, igual que usted y que yo. Pues sí, resulta que los despreciados cerdos son tan animales, tan vertebrados y tan mamíferos como cualquiera de nosotros, con las mismas terminaciones nerviosas y el mismo interés en no ser agredidos. Sorprendente, ¿verdad? En realidad, no debería serlo tanto, a no ser que, por el peregrino hecho de ser cerdo en lugar de político (les aseguro que no he querido hacer con ello ningún chiste fácil), nos creamos legitimados para considerarlos enseres insensibles en lugar de individuos con intereses propios. Si alguien sufre de manera gratuita, no hay excusa para volver la cara y dejarlo en manos de su verdugo, independientemente de la especie biológica a la que pertenezca la víctima.
Lo que hacemos a diario con los cerdos, encerrándolos de por vida en pocilgas infectas, no permitiendo siquiera que se relacionen entre ellos, frustrando a perpetuidad todas sus necesidades físicas y afectivas, o tratándolos como simples masas de carne sin ningún valor que no sea el económico, constituye uno más de los crímenes abyectos que la sociedad humana comete a diario con los demás animales. Es, digámoslo claramente, un acto de agresión institucionalizada en el que la mayoría de la sociedad participa en algún grado.
En esta línea, resulta patética (y al mismo tiempo ilustrativa) la autocomplacencia de mucha gente, satisfecha consigo misma por condenar la violencia doméstica (malos tratos en el entorno afectivo), política (terrorismo) o cultural (racismo, homofobia), mientras admiten impasibles la más atroz de las violencias que existe en nuestra sociedad: la que ejercemos sobre los animales.

Cuando estos días se exhiben y hasta se descuartizan en público individuos cuyo único delito ha sido nacer cerdo en lugar de lince ibérico, no hacemos otra cosa que poner en práctica la forma de discriminación más devastadora que hemos inventado: el especismo.
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© enero 2003
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