lunes, 2 de junio de 2008


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GUAYS

Yo suponía que el adjetivo no estaba oficialmente registrado por la Real Academia, que es quien se encarga de esta necesaria y sin embargo poco reconocida labor. Me equivocaba. Según la regia institución, lo guay es algo bueno, atractivo, sugerente, y se reserva a cosas o situaciones. Sin más. El diccionario no se ocupa sin embargo de la acepción aplicada a personas, y es éste el terreno que a mí me interesa. Seguro que ustedes ya intuyen por dónde voy. Tengo en la cabeza el vocablo asignado a una forma de ser, a una manera de ver el mundo, y sobre todo de que el mundo le vea a uno.

¿Qué son los guays? ¿Constituyen en sí mismos una tribu urbana? ¿Tal vez una clase social? No exactamente. Digamos que la comunidad guay no tiene una identidad común, no asume elementos estéticos distintivos visibles, no comparten sus miembros ideología ni expresiones artísticas, como en el caso de ciertas, ésas sí, tribus: góticos, skins, mods… Tanto da, la lista es infinita. Uno ve a un rocker y no hay duda de que es un rocker. Pero a un guay no se le cala así de fácil, a las primeras de cambio. A un guay hay que tratarlo de cerca para aventurarse en el diagnóstico con unas mínimas garantías. Porque se puede ser guay desde un prestigioso despacho de abogados del centro o desde la caja registradora de una gran superficie en el extrarradio. La condición de guay se la gestiona uno sin necesidad de apuntarse a asociación, club social o entidad alguna. De hecho, creo no equivocarme si digo que buena parte de quienes ostentan el citado título ni siquiera son conscientes de ello. Y dado que no existe de momento un perfil inequívoco, una suerte de “decálogo oficial” sobre la calidad de lo guay, debemos en consecuencia guiarnos por elementos de carácter intuitivo.
El guay –uso el género masculino por razones de simple practicidad, pero como ustedes comprenderán ellas no están vacunadas contra tan extendida plaga– acostumbra a mirar por encima del hombro a todo aquel que se halle más allá de su epidermis, siempre está firmemente convencido de la opinión propia y pone en duda la ajena, así se trate de la emitida por un reconocido etólogo especialista en invertebrados continentales disertando sobre la promiscuidad sexual del cangrejo de río. De hecho, un guay no se limita a emitir opiniones: sienta cátedra. Sobre esto, sobre aquello, o sobre lo de más allá, lo mismo da la colocación de parterres en plazas y jardines que el conflicto árabe-israelí. El guay asume sin pudor sus ventosidades como excelsas sinfonías musicales, al tiempo que la interpretación virtuosa de los otros apenas provoca en él una mueca acartonada. En efecto, el guay no suele apreciar la valía ajena, imagino que para mantener al nivel apetecido el pedestal propio. El guay estándar gusta de apuntarse a diversas ONG, y asiste al menos a una reunión de la que proceda (media horita, no más), lo que le dota –siempre bajo su particular visión, claro está– de autoridad moral suficiente como para presentarse en cualquier fiestuqui progre con la tarjeta de “veterano activista solidario”. Un guay, en público, va de austero –o pudiente, según se tercie y convenga–, aunque en su vida cotidiana hace ímprobos esfuerzos por llevar una existencia regalada –que es lo que se tercia y sobre todo conviene–. Un guay siempre está pendiente de expresiones técnicas que incorporar a su vocabulario personal, con el loable propósito de soltarlas después en el primer foro o convención a la que asista, esperando dejar boquiabierta a la audiencia, o al menos a parte de ella, pues hay que pensar que el porcentaje de nuestros protagonistas no es desdeñable (y sigue subiendo). En este preciso apartado, todo vocabulario básico que se precie debe incluir indefectiblemente ciertos términos ingleses. Los más socorridos, aunque no por ello menos útiles: brainstorming, lobbying y benchmarking (en general, todo lo que acabe en ing desempeña su función con brillantez). El guay se las arregla para no perderse nunca determinados actos sociales, particularmente los que tienen que ver con la cultura oficial. Y con la contraria, ésa que llaman “alternativa”, pues hay que tocar todos los palos para que hablen de uno, aunque sea bien. Se deja ver por acá y por acullá cual si de la Pasarela Cibeles se tratara. La única religión que profesa un guay –al menos a la que se dedica con mayor pasión– es la corrección política (eufemismo impagable que ahorra sustantivos siempre ásperos como hipocresía). Un guay no siempre conoce su condición, ya lo he dicho, circunstancia que convierte a cualquiera de nosotros en al menos firme candidato, cuando no en miembro honorario. El guay, en definitiva, se mueve como pez en el agua entre las siempre sutiles fronteras de la egolatría y el narcisismo. Un arte, no crean. Aunque, bien pensado, el guay merece en el fondo cierta compasión, pues hablamos de alguien que “sufre” en silencio –además de otros posibles males, de los que nadie está libre– una suerte de tragedia inconfesa. Por el éxito y la valía de los demás, sin ir más lejos. Todo lo que sea la dicha del otro al guay como mínimo le incomoda y como máximo le toca las narices.

Tentado estuve de titular al artículo “La increíble historia de los ciudadanos-celofán”, pero como uno no sabe a qué acabará dedicándose en esto de la creación, pensé que sería mejor reservarlo para mi primer corto de bajo presupuesto. No les entretengo más, que tendrán cosas que hacer. Si acaso disponen de unos minutos, hagan una lista personal e intransferible de guays en su entorno. Y sorpréndanse.
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© junio 2008
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