martes, 24 de febrero de 2009


CARAMELOS

Conocidas son las encuestas que cíclicamente llevan a cabo distintas empresas especializadas –con frecuencia especializadas en que los resultados se ajusten a los gustos del cliente, dicho sea de paso–, respondiendo al noble fin de conocer los estamentos sociales más y menos valorados por la ciudadanía. Desde hace décadas los resultados se muestran muy similares. Las entidades con mejor imagen son por lo general las ONG, que sólo se resienten ante situaciones de mala gestión puntual, elevadas por los medios a la categoría de noticia nacional, y que no son sino afortunadas excepciones a la regla. El lado contrario, el de los peor considerados, tienen el dudoso honor de liderarlo los políticos (es de suponer que la gente piensa al contestar en la clase política, sin distinción de sexos, y no especialmente en “ellos”). Aquí no caben ni momentos ni circunstancias. Pareciera estar la cola de la lista reservada con carácter vitalicio para nuestros próceres electos. Y uno, que no se adhiere al pensamiento genérico y por tanto simplista del “todos son iguales”, cree comprender las razones por las que una vez sí y otra también la gente apunta con el dedo acusador a la baja credibilidad moral que al parecer nos merece nuestra clase política.
Aunque no desde luego el único, el escenario de una campaña electoral (apenas nos hemos repuesto de la anterior y en algunos sitios ya estamos inmersos en la siguiente) es casi perfecto para tratar de hacer un diagnóstico somero –y amateur– de cómo está el panorama, desde el lado de los gestores profesionales y también desde el nuestro, pues la sociedad civil adolece a mi juicio de responsabilidades no asumidas, sea por la condena a la invisibilidad a que está sometida tanto por los mass media como por la Administración, sea por simple desidia propia. Tema para la reflexión. Y apasionante, no lo duden.

A mí lo que me quita el sueño es la pasmosa naturalidad con que la misma opinión pública que relega al farolillo rojo a diputadas y concejales sea la misma que participa sumisa cada vez que se convocan elecciones. Tal vez la respuesta esté en ese tercio escaso de abstencionistas que rechazan amablemente la invitación, aunque ni así salen las cuentas. Llámenme fantasioso, pero se me ha metido en la cabeza que tiene que haber algún elemento desconocido que nos controla las mentes y hace que en algún grado se nos dirija en nuestros actos, al menos en lo que concierne a eso que llaman “deber democrático”. Tal vez se trate de mensajes subliminales intercalados en los anuncios de la tele –yo eso lo he visto en algunas películas de misterio–, u ondas electromagnéticas a través de los teléfonos móviles, ahora que ya forman parte irrenunciable de nuestra vida. Bien fácil sería una u otra fórmula, dados los recursos de que siempre ha dispuesto el poder. Pero, de ser cierta la hipótesis del control mental, tal vez no se produzca mediante la alta tecnología, sino a través de métodos más prosaicos y convencionales: los “caramelos”. Sí, los caramelos, no pongan esa cara; en sentido literal y figurado. Todos esos cachivaches que nos ofrecen los partidos, hasta los más modestos que se saben sin posibilidad alguna de ocupar escaño o sillón municipal. Caramelos de todos los sabores con el anagrama bien visible en el envoltorio, globos multicolores que venerables padres y madres de familia atan en racimos a la sillita del bebé y que amenazan con elevarlo a las ignotas alturas, hacerlo desaparecer para siempre, pobrecito mío. Los incombustibles mecheros, que acompañan a toda campaña electoral que se precie desde aquel lejanísimo quince de junio. Los tiempos modernos y chics traen también perfumes en cuidados envases de diseño, para ellas, claro, porque sabido es que nosotros los machos somos por naturaleza guarretes y nos encanta oler a choto. Con todo, yo quiero detenerme en el mismo hecho de que pudiera existir una posibilidad, por ínfima y remota que sea, de que uno de los citados regalitos hiciera orientar nuestro voto en uno u otro sentido. Porque supongo que cuando los partidos deciden invertir una parte de su presupuesto en tal apartado –vale que no se trate de un gran montante, mas si lo hicieran público a lo mejor nos daba un pasmo, ojo–, será por un convencimiento íntimo de que en la gente pueda hacer mella la piruleta de fresa en cuestión y aumenten así las posibilidades de ser los elegidos. En cuanto a la verosimilitud de la conjetura, no veo yo más que dos posibilidades: que sí o que no. Si en efecto se demostrase que los “caramelos” cumplen con su teórica función y decantan al votante indeciso, no creo estar faltando a nadie si advierto cierta necedad para dejarse guiar por un abanico cañí made in taiguán en el que a duras penas cabe la sigla de la formación. Si es que no, la estulticia caería del lado de los partidos, por fundirse una pasta en algo que a la postre no repercute en réditos. Sea una cosa o sea la otra, estarán de acuerdo conmigo en que el panorama es cuando menos preocupante, muy preocupante. Lo de los caramelos como tales, sin metáfora que valga, ya me turba más. En una bolita de esas te meten sabe dios qué sustancia y ni te enteras. ¿Se han hecho estudios al respecto? No que se sepa. Lo mismo te tragas unos polvitos que un chip microscópico, y a partir de entonces ya ni eres tú, sino todo lo más un simple autómata a merced de una ideología que no has elegido. Piénsenlo.
Bueno, yo les tengo que ir dejando. Lo dicho, que ustedes lo voten bien –o no–. Pero vamos, que el menda no se lleva a la boca uno de esos chuches ni por asomo. Caca.
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© febrero 2009
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