viernes, 20 de febrero de 2015

 

HUMORES

 


Dicen que “el humor es la sal de la vida”. Y será verdad, aceptada la frase como paquete. Pero recuérdese que lo mismo que la sal potencia el sabor de los alimentos, escuece en la herida.

Se define formalmente el humor como “El modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico o ridículo de las cosas”. Hay quien lo presenta como la única alternativa al pesimismo: “Reír para no llorar”. Y quien lo justifica a partir de la misma naturaleza humana: “El hombre sufre tan terriblemente el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa”. En el fondo, el humor trata de rescatar a la gente de la infelicidad, de los traumas vitales.

Humores hay como colores: para todos los gustos. Siendo tan inmenso el escenario, procede clasificarlos en clases (según el soporte comunicativo, por ejemplo: verbal, gráfico, escénico…), géneros, subgéneros y subgéneros de subgéneros. Así, está el humor negro (o blanco), el humor satírico, el humor absurdo… ¡y hasta el humor humorístico! Pero hay un humor igualmente clasificable, aunque de muy difícil etiquetaje. Lo llamaré aquí “humor criminal”, por evitar otros calificativos que, aunque ásperos, le harían sin duda mayor justicia.

Por cuanto al género del humor verbal –por mucho reconocimiento que merezca el ingenio del autor o autora–, supongo que tiene poquita gracia aquello de que “Ana Frank ostenta el record mundial del juego del escondite”; o que, “En su momento, Hacienda denunció a Ortega Lara por no declarar su segunda vivienda”; o el convencimiento de una chica adolescente (afectada de Síndrome de Down) a la que “no le baja la regla porque tiene un retraso”. ¡Acojonante (que no descojonante)!

Lo mismo pasa con el humor escénico que se exhibe durante los carnavales. A través de él podemos ver los ya clásicos disfraces de enfermeras peludas, agentes de policía megamaricas, o a los pingüinos que sobraron de aquella carroza ochentera, y que aún deambulan –ya desagrupados– por calles y plazas en tales fechas. Y luego siempre hay quien, con un sentido del humor como recién salido del esfínter, se disfraza de Bin Laden, de exhibicionista pedófilo o de francotirador. Para gustos. Y para ascos.

Lo último en este particular y vomitivo género lo hemos podido ver en Mataró (Barcelona), donde algunos graciosetes se disfrazaron de guardia urbano con maceta en la cabeza, en clara emulación al policía local que quedó parapléjico tras recibir el impacto de un objeto contundente (se supone que un tiesto relleno) lanzado desde una azotea durante unos incidentes callejeros en febrero de 2006. Y yo, que soy bastante rarito, prefiero descender a los hechos cotidianos antes que quedarme en la crónica periodística, e imagino el proceso que necesariamente tuvieron que pasar estos muchachos para acabar saliendo a la calle de esa guisa, y encima hacerse fotos sonriendo a la cámara. Me refiero a que, en un momento dado, alguien tuvo que sugerir la idea al grupo, sin que, al parecer, nadie osara mostrar un gesto amargo; alguien tuvo que asistir a las sucesivas reuniones para consensuar detalles: traje completo, maceta, flores, pegamento, papelillo con signo de interrogación… Estos tipos tuvieron que quedar más de una tarde para desempaquetar, unir y montar elementos, todo entre risas y guasas, que para eso son las fiestas. Y también desde mi calidad de “rarito” me surgen preguntas: ¿nadie les afeó la conducta en la vía pública?; ¿de verdad empeora el hecho si se es hijo de un político en activo?; ¿tuvieron que explicar a algún despistado la razón de su disfraz?

Trata ahora su defensa jurídica de justificar tamaño despropósito, aduciendo que, en realidad, quisieron con ello escenificar la duda que se expande sobre el Caso 4F; que su coral disfraz era en realidad poco menos que un “acto reivindicativo” contra la injusticia. Ya… A este paso, acabaremos oyendo al abogado de turno defender a su representado, violador convicto y confeso, manifestando que no dispone de recursos económicos para pagarse sus vicios. Al tiempo.


[*] Escribí este artículo para el magacín digital AllegraMag.


( febrero 2015


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