jueves, 15 de abril de 1999



DERECHOS
DE LOS ANIMALES
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A finales del pasado año se cumplieron cincuenta desde la primera Declaración Universal de los Derechos de los Animales. Se firmó en París y hacía referencia tan sólo a los seres humanos, lo que la convertía en una carta extraordinariamente restrictiva. Tuvieron que pasar tres décadas para que surgiera otra declaración que abarcara al resto de especies y que, entre otras cosas, admite el asesinato masivo y sistemático de ciertos individuos si posteriormente se hace un uso gastronómico de sus cuerpos.

Somos animales. Lo somos independientemente de nuestra profesión, raza, edad, sexo, ideología o estado mental. El carácter animal sólo puede serio desde un punto de vista biológico. Con el término "animal" ocurre un curioso fenómeno. En nuestro lenguaje, su significado engloba a dos conjuntos de seres diferentes. Por una parte a "todos los animales", incluidos naturalmente los humanos. Por otra, todos excepto éstos. Es como si el vocablo "perro" asignara a todos sus miembros y al mismo tiempo a otro grupo del que quedarían descolgados los caniches. De igual manera podríamos referirnos a las "mujeres" incluyendo al conjunto total, y hacerlo también prescindiendo de las que habitan el Africa Subsahariana. Tratar de comparar a humanos y animales equivale, en consecuencia, a tratar de hacer lo mismo con pinos y árboles. El hecho de que la dualidad del término "animal" nos parezca perfectamente natural obedece a que con frecuencia nuestra mentalidad se adhiere a nuestro lenguaje.

Como acertadamente han apuntado diversos autores, un sujeto no posee derechos de la misma manera que posee brazos, uñas o tráquea. La posesión de estos elementos anatómicos no tiene nada que ver con la moral. Los derechos, sin embargo, surgen necesariamente de esta. Pero, ¿qué son los derechos? ¿Qué implica su existencia? ¿Quién decide su conveniencia y quién se beneficia de ésta? El derecho es un concepto, una idea cuya puesta en práctica trata de paliar las consecuencia indeseables del comportamiento humano. En realidad, solo un restringido grupo de animales posee la capacidad de hacer juicios de valor sobre sus actos (son agentes morales) y, desde luego, su límite no corresponde exactamente con el grupo humano. Los bebés, así como aquellos que padecen discapacidades mentales severas o los enfermos en coma, no son evidentemente seres racionales, lo que no impide que puedan disfrutar de derechos básicos, como los que preservan su vida o su integridad física. Conviene recordar en este punto el carácter limitado de los derechos. Nadie los tiene en términos absolutos, y frecuentemente llegan a resultar incompatibles. Únicamente tiene sentido conceder el derecho a no ser torturado a quien pueda resultar perjudicado con la trasgresión de ese derecho, independientemente de la especie a la que pertenezca. No atentamos contra la integridad física de un libro si le arrancamos las hojas, de la misma forma que no atentamos contra la libertad de expresión de un niño al que no permitimos votar.

Resulta descorazonador y patético a la vez comprobar cómo la sociedad humana en general, y determinados profesionales en particular, insisten obstinadamente en negar la evidencia respecto a la cuestión de los derechos de los animales no humanos, llegando a realizar auténticas cabriolas filosóficas según las cuales los hombres y las mujeres podemos tener obligaciones morales para con alguien sin necesidad de reconocer que tiene derechos. Esto resulta sencillamente imposible. Es como querer morir sin perder la vida. Lo primero implica lo segundo, independientemente del nombre que decidamos darle.

Afirmar que sólo los seres humanos pueden ser sujetos de derecho es como afirmar lo mismo respecto a las adolescentes británicas, el colibrí de cola roja o el lince ibérico. Resultan meras demostraciones de una mentalidad tan simplista como obtusa, y responden en todo caso a la puesta en práctica de todo un esquema mental. Sólo así pueden surgir determinados razonamientos que bien podríamos calificar de "teorías del porque sí".

Quienes formamos parte de organizaciones animalistas no somos estúpidamente optimistas en cuanto al trato que damos a las demás especies. Nada va a cambiar radicalmente de la noche a la mañana. Pero estamos seguros de que, algún día, este siglo que agoniza será recordado como el comienzo de la mayor revolución moral en la historia de la humanidad.
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© abril 1999
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