lunes, 5 de febrero de 2001


MANIFIESTO
POR LAS VACAS

Un análisis objetivo e imparcial de la situación que padece en la actualidad el ganado vacuno explotado por la especie humana, nos lleva inevitablemente a la conclusión de que esta actividad causa enormes dosis de sufrimiento a un número ingente de seres inocentes, de forma gratuita y por motivos exclusivamente económicos, despreciando sus más elementales derechos, en especial los que conciernen tanto a la vida como a la integridad física y emocional.

En efecto, y al igual que en muchas otras situaciones de violencia hacia los animales, las vacas son mantenidas en un régimen de esclavitud donde todo está supeditado a la rentabilidad económica. Así, son tratadas como meros elementos de producción en lugar de ser consideradas como lo que en realidad son: seres sensibles, vertebrados y mamíferos como los humanos, y con un sistema nervioso en lo fundamental idéntico al nuestro.

Las hembras son inseminadas de forma constante, y a los pocos días de nacer se les arrebata a sus hijos, lo que ocasiona en ambos una terrible sensación de angustia, debido a los fuertes lazos afectivos que existen entre ellos. Los jóvenes terneros son entonces encerrados en minúsculos compartimentos donde frecuentemente ni siquiera pueden darse la vuelta. Quedan así frustrados de manera permanente todos sus instintos naturales, como correr, jugar, o buscar la referencia física y afectiva de su madre. Reciben una alimentación deficiente para que el aspecto de su carne satisfaga las preferencias estéticas de los consumidores. La realidad es que la industria ganadera convierte la vida de estos desdichados animales en una experiencia miserable.

Sus madres no corren mejor suerte. La leche que por naturaleza estaba destinada a los terneros es succionada a la fuerza por diversos artilugios mecánicos que les provocan constantes irritaciones mamarias. La obsesión de la sociedad industrializada por los lácteos es tal, que la selección genética ha conseguido crear animales aberrantes con serias dificultades para caminar debido al tamaño de sus ubres.
Las vacas serán explotadas sin descanso mientras den los resultados económicos previstos por la empresa. Cuando no se cumplan la expectativas, simplemente las enviarán al matadero. Estos siniestros lugares son, en la práctica, auténticos centros de exterminio masivo donde las víctimas perciben el terror y la angustia de sus compañeras, siendo manipuladas sin la menor compasión. Las leyes de protección que teóricamente tratan de evitar su padecimiento final son, casi siempre, simples normativas propagandísticas destinadas a anestesiar la conciencia de los ciudadanos. El sentido común nos dicta que, sencillamente, resulta imposible dar muerte a cientos, y a veces miles de animales en una sola mañana sin causarles un indecible sufrimiento.

La situación del ganado vacuno explotado para carne y leche es en la actualidad un auténtico holocausto difícilmente justificable desde un punto de vista ético. Esta inmensa tragedia es, sin embargo, deliberada y constantemente silenciada por autoridades, empresas explotadoras, sindicatos y medios de comunicación, en un ejercicio de insensibilidad inaceptable. Por si esto no fuera suficiente, observamos cómo se frivoliza de forma constante con este drama. Las cadenas de televisión nos ofrecen imágenes de animales enfermos, moribundos o colgados de las cadenas de sacrificio, mientras litros de sangre aún caliente salen por el cuello recién seccionado. Especialmente revelador resulta ver a ganaderos y consumidores exigiendo vehementemente “sus derechos”, sin ni siquiera plantearse la legitimidad moral de su conducta.

¿Y qué decir de los veterinarios en toda esta historia?. Es incomprensible que los ciudadanos en general sigan asociando esta profesión con un sentimiento de “amor hacia los animales”, cuando la cruda realidad nos demuestra que la inmensa mayoría de estos profesionales son, en la práctica, elementos indispensables en procesos productivos de consecuencias devastadoras para sus víctimas.

La polémica suscitada gira únicamente en torno a los efectos que esta “crisis” pueda tener en el ámbito humano, en aspectos tales como la salud, la economía o la política, sobredimensionando de esta forma nuestro papel de víctimas y pasando de puntillas por el de verdugos. Así, el hecho de que, tras aceptar como algo natural y deseable este crimen masivo, sólo nos preocupemos de las posibles consecuencias que pueda tener para nosotros el consumo de sus restos, no demuestra otra cosa que un egoísmo colectivo insultante. El “mal” de las vacas ya existía mucho antes de la aparición de la encefalopatía espongiforme bovina. El autentico “mal” de las vacas es el ser humano, que las explota despiadadamente y que las usa de manera mercantilista.

Especial mención merece el tratamiento que dan al tema los medios de comunicación, y que pone de manifiesto en qué medida hemos llegado a despreciar el sufrimiento no humano. Constantes referencias a la polémica utilizando frases con doble sentido, comentarios jocosos y chistes fáciles. Realmente no resulta más ofensivo llamar loco a un ser humano aquejado de discapacidad mental severa que a un animal enfermo.

Por otra parte, la aparición de imágenes en prensa y televisión de vacas temblando, agonizantes e incapaces de mantener el equilibrio, o de terneros aterrorizados en medio de una sala de despiece, acompañadas de simples comentarios sobre perdidas económicas, resulta realmente obsceno. Huelga decir que la autoridad moral de quienes aceptan este tipo de situaciones para indignarse por otros fenómenos de violencia humana queda, cuando menos, seriamente atenuada.

A mi juicio, no se trata tanto de cuestionar qué tipo de alimentación se ofrece al ganado o la cantidad de antibióticos que le suministramos, sino de cuestionar la ganadería como fenómeno, dado que es claramente incompatible con el respeto a sus derechos básicos, y se sustenta además sobre la ancestral y arrogante idea de la superioridad humana.

Creo que éste es un buen momento para que, desde todos los ámbitos de la sociedad, empecemos a cuestionar seriamente la licitud moral del maltrato que infligimos en general a los animales no humanos, máxime cuando éste se produce, casi sin excepción, en circunstancias que fácilmente podríamos evitar si tuviéramos un honesto interés en ello, y sin que este cambio afectara a nuestros intereses vitales, en la medida en que el consumo de los “productos” resultantes de esta masacre (carne y leche) no responde a necesidades nutricionales, sino a una cuestión puramente cultural y de preferencias gastronómicas.
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© febrero 2001
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