sábado, 7 de septiembre de 2002


EL CRIMEN DE TORDESILLAS
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Puede que el título no sea demasiado original, pero al menos es deliberado, en un deseo consciente de recordar la famosa película (El Crimen de Cuenca) que relataba la tortura infligida a unos inocentes a manos de la Guardia Civil, el cuerpo policial del Estado por excelencia durante décadas. Seguramente debido a crueles paradojas que solo pueden darse en una sociedad intelectualmente narcotizada y éticamente en avanzado estado de descomposición, el mismo cuerpo que arrancaba las uñas a aquellos pobres analfabetos, se encarga hoy de salvaguardar el derecho de los ciudadanos de Tordesillas a clavar toda suerte de objetos punzantes en el cuerpo de un individuo (toro, en este caso) al menos tan inocente como los desgraciados del citado largometraje.

Bajo el grosero pretexto de la tradición y la cultura (como si ambas fueran en sí mismas legitimadoras de la violencia gratuita), la localidad vallisoletana se dispone, doce meses después, a llevar a cabo lo que, en realidad, no es más que el linchamiento público de un ser indefenso. Morenito sufrirá el acoso de docenas, cientos de personas enardecidas por hacer cumplir la sacrosanta tradición. Respetables padres de familia que educan a sus hijos en valores como la solidaridad y el respeto al semejante, mujeres que vinculan su igualdad social a la participación en la fiesta, y candorosos niños que dibujan animales sonrientes en el colegio. Los mismos padres y madres que ponen exquisito cuidado en no taladrarse la mano mientras hacen sus pinitos con el bricolaje casero, las mismas mujeres y hombres que usan el preceptivo dedal para no pincharse mientras bordan el anagrama de la Peña de turno, los mismos niños que lloran desconsolados cuando, por descuido, se grapan un dedo en clase. En muchos casos, se trata de las mismas personas que se reúnen en la plaza del pueblo para condenar otras variantes de la violencia unilateral humana, canalladas como el terrorismo político o doméstico. Ellos y ellas, que se espantan ante el sufrimiento propio, ejercen impasibles el papel de verdugos en una escandalosa ejecución sumaria.

Hastiado estoy (aunque todavía no lo suficiente) de repetir que no existe un sufrimiento “animal” y otro “humano”. Que solo existe el sufrimiento, la terrible experiencia del dolor. Y que tan indeseable resulta ésta para unos como para otros, sin que cuestiones como la especie biológica a la que pertenece la víctima aporte al debate nada importante.
En una sociedad éticamente decente, los ciudadanos y ciudadanas de Tordesillas serían detenidos por las mismas fuerzas del orden que ahora garantizan el buen discurrir del festejo, conducidos ante el juez, y condenados a penas severas por crueldad con agravantes. Pero éste es un país donde determinadas versiones del crimen organizado han sido elevadas al rango de Cultura, en el que la Administración se erige en garante de la tortura pública. El mismo país donde muchos políticos actúan como valedores de la agresión institucionalizada, y los medios de comunicación sirven de pilares para la propaganda y la loa.
Solo un ingenuo radical puede creer a estas alturas que el Estado español ha abolido en la práctica la pena de muerte, por el mero hecho de que esté penado por la Ley la ejecución de seres humanos.

Mientras Tordesillas mancha un año más su cerebro y su corazón de sangre inocente, desde el movimiento animalista seguiremos denunciando estos crímenes execrables, con la esperanza de que, tal vez en un futuro no muy lejano, alguien decida rodar una película cuyo título ya pueden imaginar, y que nos avergüence a todos de un pasado plagado de miserias morales.
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© septiembre 2002
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