viernes, 5 de julio de 2002


COREA SOMOS TODOS

Muchos amantes de los animales pasan tranquilamente la tarde en el zoo o van al circo. Otros amantes de los animales exóticos encierran en vitrinas a serpientes, iguanas etc. Los hay que dicen adorar a los toros y observan como se les tortura sin piedad hasta la muerte. La última de las extravagancias y contradicciones derivadas del especismo más absoluto es pasar una jornada con nuestro "amigo" el caballo y terminar la jornada… ¡comiendo carne de caballo!. Eso si que es adoración y respeto. Acaba de ocurrir en la pequeña localidad alavesa de Ondategi el domingo pasado, en la VII cita dedicada al caballo. Sería deseable que, a partir de ahora, los concursos y exhibiciones de perros terminaran también saboreando la deliciosa y baja en colesterol carne de can. Al fin y al cabo, Corea somos todos.
Así, el pasado domingo, los caballos se convirtieron en el centro -léase víctimas- de una jornada en que hubo de todo: exposición ganadera, prueba de salto de obstáculos, exhibición de volteo, ramaleo destinado a niños... y degustación de 1.200 raciones de carne de potro.
La parafernalia y el folklore que rodea a este tipo de espectáculos, así como el posible negocio, pasan a ser el elemento más importante de la cuestión, dejando en un segundo plano a los verdaderos protagonistas de las pruebas hípicas y ecuestres. Nos referimos a los caballos, que son, además de protagonistas, las víctimas en que se basa todo el espectáculo. La explotación a que se somete a los caballos es una manifestación más de la violencia que el ser humano ejerce de forma sistemática y arbitraria sobre el resto de especies animales, en lo que constituye un especismo brutal de terribles consecuencias para las víctimas. Aunque en el mundo de la hípica el escaparate puede parecer muy vistoso y atractivo, la trastienda esconde otra realidad.
¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué corren los caballos de carreras?. La pregunta puede resultar estúpida, pero no lo es. No es natural que los caballos corran largas distancias a toda velocidad. Para comprender la conducta de los caballos de carreras hay que tener en cuenta cómo viven. Quienes sólo los ven en el hipódromo no tienen ni idea de la vida tan espartana que son obligados a llevar. Cuando no están corriendo, pasan la mayor parte del tiempo encerrados en cuadras individuales. Esto les produce una intensa sensación de frustración. Los caballos no disfrutan en absoluto corriendo a velocidades extremas, saltando obstáculos o dando vueltas y vueltas en un circuito. Es una obligación impuesta por el hombre con fines recreativos y económicos de forma contraria a la naturaleza de estos animales; además, esa utilización abusiva entraña para ellos graves riesgos y, en muchos casos, un gran dolor y sufrimiento. Una cosa es que a estos animales les guste correr, y otra muy distinta es someterles a pruebas de resistencia y velocidad.
Todo ello se presenta como una actividad bonita y atractiva donde los caballos van a ser los protagonistas, pero solemos olvidar que este tipo de espectáculos, en realidad, son una moneda de dos caras. En las pruebas hípicas, tras un riguroso entrenamiento, se busca el máximo rendimiento del animal para conseguir el preciado trofeo y, por supuesto, el importe del premio, olvidando que, a causa del terrible esfuerzo al que se les somete, los caballos terminan muchas veces extenuados, con colapsos, golpeados por las caídas o con alguna extremidad rota. Gran cantidad de caballos dedicados a la competición deben ser sacrificados en plena juventud o terminan sus días de forma terrible en un matadero para carne. Además, el uso habitual –y tantas veces incorrecto y abusivo– de ciertos complementos necesarios para estas actividades (freno, espuelas, fusta, correas, silla de montar...) pueden provocarles golpes, heridas, roces o peladuras.
El freno es un objeto extraño que se introduce a la fuerza en la boca del animal y es tensado por las riendas. El freno árabe y español, de hierro, tiene un espigón que golpea contra el paladar hasta que se entierra en él. Las espuelas tienen como única finalidad azuzar al caballo haciéndole daño... En cuanto a la silla de montar, si no tiene una forma y consistencia adecuadas a la espalda del animal, le puede ocasionar heridas o peladuras. Por otra parte, la silla se mantiene en su lugar con una correa que, con frecuencia, se aprieta tanto que dificulta la respiración del animal. Y del uso de la fusta o el látigo –bastante habituales, por cierto–, creemos que no hace falta hacer comentarios.
Unidas al uso incorrecto de estos complementos, hay en la equitación una serie de prácticas que también hacen sufrir a los caballos: Teniendo en cuenta que en los picaderos y centros hípicos, como en todo negocio, la búsqueda del beneficio económico es fundamental, los animales se encuentran en muchos casos expuestos a jornadas de trabajo excesivamente largas o se les deja poco sitio para descansar, con el fin de aprovechar mejor el espacio disponible.
El caballo es, posiblemente, el animal que más ayuda ha prestado para el progreso del hombre: lo hemos utilizado como medio de transporte de personas y mercancías durante siglos y siglos, ha sido un arma importante en las guerras y su carne ha constituido un alimento más. Pero, precisamente por eso, su historia es, seguramente, la de uno de los animales más explotados de todos. En mi opinión, fomentar la equitación, la hípica y el turismo ecuestre supone un negocio en auge que puede contribuir a perpetuar esa explotación.
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© julio 2002
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