sábado, 7 de junio de 2003


NIÑOS Y ANIMALES

Corren tiempos de grandes cambios en cuanto al concepto de familia se refiere. Salvo los sectores más conservadores de la sociedad, cada vez se acepta con mayor naturalidad el núcleo familiar como grupo “de facto”, y por lo tanto no tan sujeto a ideas preconcebidas y dogmáticas. La fórmula del matrimonio y tres hijos se nos vuelve arcaica por momentos.

Así las cosas, resulta cuando menos paradójico que, al tiempo que el progresismo ético va ganando terreno a modelos estancos, todavía demasiados ciudadanos siguen considerando cuasi ofensivo el hecho de que pueda aceptarse a un perro (o a un gato, hámster, pez, tortuga o periquito) como un miembro más de nuestro grupo afectivo. Pero tales posturas pertenecen al campo de las mezquindades humanas de las que, por lo que se ve, tanto nos cuesta zafarnos.
Para mucha gente, el grupo familiar incluye, desde un punto de vista emocional, a individuos que no pertenecen a nuestra especie biológica. No se trata de una actitud novedosa dentro de nuestro sistema moral. Esta predisposición afectiva nos acompaña desde siempre, y la sociedad del bienestar no ha hecho sino acentuarla y ponerla de manifiesto. Y, también en este campo, son los niños los que adoptan un comportamiento más natural, libres aún de clichés arbitrarios que, una vez asumidos, les acompañarán toda la vida.

Especialmente ilustrativa resulta la encuesta realizada hace algunos años a niños y niñas de entre 7 y 12 años pertenecientes a cinco países europeos, entre los que se encontraba el Estado español. La consulta reveló que aquellos incluían de manera natural a sus animales entre los miembros de la familia. Tan revelador dato puede ser un excelente punto de partida para una reflexión genérica sobre el papel que juega la presencia de animales en la educación, y en general en el desarrollo emocional, de cada uno de nosotros. En este sentido, parece claro que la convivencia diaria con animales aporta, cuando menos, elementos y valores deseables en cualquier sociedad organizada, como la responsabilidad, el respeto a los demás y la empatía, además de conseguir una familiarización del niño con realidades dolorosas pero inevitables, como la enfermedad, el deterioro físico y la muerte. Si se establece un contacto honesto, libre de actitudes egoístas o de supremacía, la relación con ellos es una fuente continua de estímulos positivos, que no hacen sino aportar un gran equilibrio emocional para todas las partes. Así las cosas, se hace difícil imaginar algunas de las trágicas situaciones de las que con tanto énfasis recogen los medios de comunicación, en las que determinados animales han causado daños irreparables a personas. La estadística se muestra tozuda en este aspecto, y nos aporta la evidencia de que el sentido común y una buena dosis de responsabilidad hacen más que cualquier educador profesional.

Los estudios realizados en torno a la experiencia de niños que conviven cotidianamente con animales muestran cómo los primeros desarrollan con el tiempo un sentido de la autoestima más acusado, una mayor responsabilidad en todos sus actos y, en general, suelen afrontar con mayores garantías de éxito situaciones personales conflictivas, como en el caso de episodios depresivos. El niño o niña crea con el animal, especialmente si se trata de seres con una gran capacidad de comunicación (perros, gatos, caballos), un mundo paralelo en el que se refugia cuando otras alternativas han fracasado. Se confiere así a los compañeros animales el papel de confidentes, con la seguridad añadida de que no nos van a contradecir.

Precisamente por todo ello, la utilización de los animales con fines terapéuticos por parte de determinadas disciplinas de la medicina es hoy algo asumido por buena parte de los profesionales de numerosos campos científicos. Sin embargo, en este punto conviene recordar, aplicando aquí el discurso animalista, que se corre el riesgo de acabar viendo a los animales como meros recursos, condicionando su bienestar a los beneficios que obtengamos de ellos. Debe quedar claro que los animales tienen sus propios intereses. Es lo que muchos filósofos denominan “valor inherente”, es decir, aquel que debe ser reconocido con independencia de la interacción que los humanos tengamos con ellos o la simpatía que despierten entre nosotros.

Respecto a la decisión de adoptar un animal, han de tenerse en cuenta numerosos factores que, en todo caso, bien pueden resumirse en dos apartados: responsabilidad (la que nosotros estamos dispuestos a invertir) y solidaridad (la que ellos merecen en su calidad de seres sensibles).
En primer lugar, debemos barajar seriamente la posibilidad de adoptar un individuo abandonado. Existen demasiados animales sin dueño (a los que les espera una muerte segura y en el peor de los casos una existencia miserable) como para decantarnos por acudir a un criadero profesional o a uno de los numerosos “establecimientos del ramo”. Con cariño y un poco de paciencia, conseguiremos un extraordinario compañero para toda la vida.
La elección de la especie no es menos importante. En realidad, desde los colectivos como ATEA creemos que sólo debe asumirse la tutela de aquellas especies animales cuya existencia no se conciba sino al lado del hombre, que históricamente les ha ido dejando sin un sitio en la naturaleza. Bajo ninguna circunstancia debemos colaborar con el tráfico de especies, sea éste legal o ilegal. En ambos casos, los animales provienen de un circuito comercial en el que son tratados como meros objetos, y cuyo bienestar no se tiene en cuenta si los resultados económicos finales son los previstos. Además, no resulta fácil ofrecer un entorno adecuado a determinados animales para con los que nuestra capacidad de empatía emocional se halla muy limitada. Es el caso de los peces o de la mayoría de los reptiles, que muchas veces languidecen durante largos periodos de tiempo en entornos absolutamente empobrecidos, y cuyas vidas convertimos, con toda seguridad sin mala intención, en una interminable agonía. Muchas veces, la compra de ciertos animales “exóticos” es fruto de un impulso momentáneo no controlado, creando falsas expectativas que los animales luego no satisfacen, y originándose, consecuentemente, una frustración de la que ellos siempre acaban como perdedores. El secreto no es tal: la relación debe ser positiva para ambas partes, humanos y animales, con lo que el margen de elección se limita a poco más que perros y gatos.

Por último, y en una reflexión pública como lo es el presente artículo, no debemos obviar la relación casuística existente entre la violencia hacia los animales y la violencia hacia humanos. No se trata de una cuestión menor. Numerosos trabajos de profesionales, en campos como la psicología, la psiquiatría o la estadística, corroboran con datos irrefutables la estrecha conexión entre ambos tipos de maltrato. Como resumen, podemos hacer referencia a una de las conclusiones principales a las que llegan los profesionales que han estudiado este campo, y que afirma que, aunque no todos los que maltratan animales acaban maltratando personas, todos los maltratadores de personas han agredido en alguna ocasión a animales. En cierto modo, este tipo de conductas obedecen a los esquemas de valores preponderantes en una sociedad dada, y en el que los animales siempre ocupan un status claramente inferior a la comunidad humana. Quien está condicionado por una predisposición a conductas violentas, agredirá primero a los más débiles e indefensos, aunque, por desgracia, muchas veces no se detienen ahí.
Aunque la defensa y protección de los animales tiene entidad propia, sin necesidad de estar condicionada por las repercusiones que pueda tener en la convivencia entre humanos, puede afirmarse sin ningún genero de duda que invertir en protección hacia los animales es también invertir en respeto y consideración hacia las personas. Es por ello por lo que, si desde pequeños conseguimos inculcar a los niños valores como la empatía o el comportamiento altruista, estaremos más cerca de conseguir una sociedad justa.
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© junio 2003
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