miércoles, 5 de noviembre de 2003


CIUDADANO COPITO

Ha muerto Copito de Nieve, aunque no sin que los responsables de su custodia anunciaran a bombo y platillo el fatal e inminente desenlace, para que la ciudadanía le diese su último adiós previo paso por caja.

La historia de Copito entronca directamente con el dilema ético de la autoridad moral que tenemos para encerrar a seres inocentes de por vida entre cuatro paredes, sólo porque hay personas dispuestas a pagar por contemplarlos. El debate sobre los zoológicos se va incorporando de manera lenta pero firme al que existe sobre otras formas de sojuzgamiento a inocentes difícilmente justificables. Más pronto que tarde la historia recordará estos centros de reclusión forzosa como una más de las ignominias que la comunidad humana cometió con los demás animales.
Si con toda probabilidad existe un significativo porcentaje de reclusos humanos que son inocentes de los cargos que se les imputan, o que sufren una condena desproporcionada al delito que cometieron, en el caso de los animales la inocencia es absoluta tanto en un sentido numérico como de grado. Y nos topamos en este punto con uno de los argumentos más poderosos de las tesis animalistas, puesto que en la práctica totalidad de las situaciones en los que infligimos malos tratos a los animales, no lo hacemos para tratar de paliar otras peores, o en circunstancias que puedan identificarse con la autodefensa. Los masacramos en masa por la peregrina razón de que no pertenecen a nuestra especie biológica, lo que hace que no nos tomemos en serio sus intereses, aunque la realidad es que resultan tan cruciales para ellos como para nosotros.

El pequeño resquicio que ocupa la excepción, bien podemos reservarlo a Copito. Él tuvo una vida relativamente plena para el mundo que le tocó vivir, a miles de kilómetros de su selva, pero con los suyos. A años luz de una buena siesta entre tallos de bambú, pero protegido de los cazadores nativos que no vieron en él sino un suculento plato de carne o un valioso objeto de trueque. Así las cosas, hasta pudiera decirse que, a pesar de todo, Copito se realizó como persona entre cuatro paredes. Sí, como persona. Porque Copito lo era en el estricto sentido moral del término. Tal afirmación puede parecer más cercana a la astracanada que al rigor científico, pero lo cierto es que demasiados profesionales adscritos a la disciplina de la filosofía moral hace ya tiempo que establecieron la posibilidad de ser persona sin la necesidad de pertenecer a la comunidad humana. Efectivamente, ni todas las personas son humanos, ni todos los humanos somos personas. Según esta hipótesis, la calidad de tal sólo se adquiere si se responde adecuadamente a cuestiones como la autonomía emocional, la consciencia de sí mismo como ente individual, o sobre el entorno y la temporalidad. Hablamos de seres capaces de tener deseos futuros, de imaginar en abstracto, de establecer estrategias de acción, poseedores en definitiva de una cierta capacidad de colocarse mentalmente en el lugar de los demás. Todo esto era Copito y lo son sus compañeros cautivos, de la misma manera que lo son los simios adultos en general, sean o no humanos. Y probablemente también posean algunas de las capacidades mencionadas los seres cerdos, perros, ovejas o caballos a los que colgamos a diario de las cadenas de los mataderos o abandonamos a su suerte en una cuneta camino de la playa.

Todavía causar el mismo daño a diferentes personas (en el sentido aquí admitido) tiene hoy un tratamiento jurídico bien distinto, de tal manera que la misma sociedad que condena a alguien por matar a una persona humana deliberadamente, se otorga a sí misma la autoridad moral de elevar a la categoría de héroe a quien tortura en público a una persona toro, por ejemplo.

A pesar de que en el seno del llamado “movimiento animalista” no es difícil caer en el desánimo ante tanta miseria moral, la desaparición de Copito y la pena sincera que ha causado en amplios sectores sociales hace que debamos albergar ciertas esperanzas respecto al camino que ya se ha iniciado sin titubeos hacia el reconocimiento de derechos básicos más allá de la barrera humana. El ciudadano Copito habrá contribuido sin saberlo a allanar ese tortuoso camino.

© noviembre 2003
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