lunes, 25 de abril de 2011


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SUBLIME ACTO DE AMOR EN LA BARRIGA
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No me agradan los tatuajes. Tampoco es aquello de presentar candidatura para liderar un movimiento que los condene y solicite mediante recogida urbana de firmas su prohibición. No es eso, desde luego. Pero para quien suscribe, y sin otras connotaciones periféricas, un tatuaje en el pellejo de una chica hace que su nivel de seducción descienda varios puntos. Siendo así, hace bien poco conocí la excepción a la regla, es decir, las mencionadas “connotaciones periféricas”. Una amiga me mostró parte de su anatomía íntima –su barriga, para más señas–, allí donde lleva tatuadas cual si de mural riveriano se tratara a sus tres amores: Rosi, Lupe y Maxi. Con tan castizos nombres, bien pudieran ser las componentes marujas de un grupo frikifolclórico madrileño. Pero se trata en esta ocasión de tres perrillas, y el diminutivo no es gratuito, pues apenas superan en conjunto los diez kilogramos de peso, rescatadas todas de la ignominia de la explotación y los malos tratos, si acaso ambas cosas no son la misma.

Rosi y Lupe son dos ejemplares de pura raza, que por ello formaron parte en su día del repugnante negocio de la cría comercial compulsiva, un submundo donde vales lo que pagan por ti, como si los amigos se pudieran fotocopiar y vender al mejor postor. La parejita tuvo que aprender que existe un universo más allá de la cocina y la sala de estar: el aire libre, los paseos, el campo y la hierba fresca. También los otros perros, algunos de los cuales portan cabezas bastante más pesadas que ellas dos juntas, lo que no les impide chulearles en comandita, sabedoras de que ante el menor conflicto serán convenientemente defendidas por su amiga humana.
La historia de Maxi es distinta y al mismo tiempo idéntica. Apareció atada a un banco en las calles de Barcelona. Sorda, ciega, y con una mandíbula inferior reducida a la mínima expresión, difícilmente podía sobrevivir no ya a la vorágine de la urbe, sino a la misma sociedad que considera a un animal con sus características burda “morralla canina”, material de desecho en el estricto significado del término. Apenas tuve ocasión de pasar unos minutos con Maxi, y puedo asegurarles que pocas veces he percibido el concepto de dignidad –en sí mismo difícil de definir, más aún en un can– con tamaña nitidez. Maxi ha encontrado su mundo, y un servidor, descreído por naturaleza, consigue medio reconciliarse con el ser humano cuando la observa jugar a pleno día en su eterna oscuridad, subirse al sofá salvando el desnivel gracias a una pequeña escalera que sus tutores –a punto estuve de cometer la imperdonable torpeza de escribir “dueños”– construyeron para facilitarle la labor, o imbuirse en su camita y lanzar suspiros de placer sabiéndose a salvo de todo lo malo que le tocó vivir ahí fuera. Nadie conoce qué miserias experimentó antes de esta su última etapa, ni el origen de sus múltiples “defectos”. Y, visto el escenario, a uno le da por pensar que quizá exista algo o alguien como un dios celestino que desde su modestia hace que unos y otras se perciban y encuentren en la maraña de la gran ciudad, aunque bien es cierto que tal sensación se diluye a la que te percatas de que la inmensa mayoría de las veces tales cosas no suceden, lo que hace que las maxis de turno acaben sus días en una fría mesa metálica de clínica veterinaria, en el mejor de los casos, u olvidadas en los arrabales de cualquier pueblo, amarradas a una cadena o encerradas en infectos barracones, en el peor. (Me contaba emocionada mi amiga que una de las sensaciones más gratificantes que nunca experimentó fue cuando su querida Maxi ganó cierto premio en un concurso canino de habilidades: imagino que la suya consistió en sobrevivir a la maldad humana).

Mi amiga se hizo tatuar el bajo vientre con sus tres niñas del alma, y eso la engrandece. Sin duda habrá quien crea que se trata de una exageración, cuando no de una mundana excentricidad. Puede que tengan razón quienes así lo perciben y en realidad sea yo el que concede al hecho una trascendencia que en realidad no tiene, pero creo sin atisbo de duda que, tratándose de una decisión dolorosa (me refiero al tatuaje en general, y no lo digo en un plano moral, sino físico), además de indeleble, constituye en sí misma un sublime acto de amor en la barriga. Hay quien se planta ahí el escudo del equipo de sus amores, o a su delantero favorito –ustedes me contarán qué mamarrachada, por muy campeonísimos que sean club y futbolista–, y el portador se convierte en objeto deseado de reportajes revisteros y hasta televisivos. Pero es seguro que la razón que impulsó a mi amiga a llevar para siempre a sus pequeñas incrustadas bajo la piel no despertará en los mismos medios un ápice de interés. Así va el mundo, que sigue sin saber discernir entre lo importante y lo esencial. Mientras tanto, Maxi se abandona a una plácida siesta en su camita cuadrada; sueña que caza mariposas…
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© abril 2011
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