viernes, 4 de abril de 2014

 


ANIMALITOS


Confieso que es una suerte disponer de un rinconcito como este donde dejar a discreción pensamientos y reflexiones varias, porque me dio la vena melancólica. Y como mucho me temo que soy el “abuelete” del grupo, pues no me siento demasiado incómodo contando mis batallitas. A ello voy.

Llevo en esto de la defensa de los animales ya algunos meses: desde septiembre, más en concreto. (Se cuentan los meses por trescientos treinta, y me refiero a septiembre de 1986). Con lo que al menos puedo afirmar que he tenido oportunidad de apreciar cambios, algunos baladíes y otros bastante más que significativos. Se asociaba entonces esta ideología con lo más parecido a una tara mental de las gordas (quiero decir “de las graves”, entiéndase la expresión), reflejada icónicamente en la clásica viejecita persiguiendo con el bastón a pendencieros muchachos por haber chafado un parterre o echado a perder una nidada de gorriones. Quede claro que me parece cojonudo que las venerables ancianitas actúen de tan contundente manera, ojo. Pero supongo que ni era entonces justa dicha imagen, ni mucho menos lo es ahora.

Hablo de un tiempo en el que los comunicados de prensa se redactaban en máquinas de escribir “digitales” de la época, con la Junta Directiva en pleno rodeando al mecanógrafo y corrigiéndole cada frase, bien para mejorarla, bien para tocarle las narices. Consensuado el texto (tres o cuatro días más tarde), se acercaba uno o una a la copistería más cercana y encargaba veinte ejemplares, que luego habría de firmar el señor Presidente, y a los que el señor Secretario estamparía uno a uno el flamante y oficial sello. Introducidas las misivas en sendos sobres –presididos estos por el logo de la entidad– ya solo faltaba la distribución por periódicos y radios locales: labor del quinto Vocal (este ni señor). Todo a pata, por supuesto. En resumidas cuentas, que mandar un comunicado se nos ponía en una semanita. Naturalmente, nadie se hacía eco de la nota, pues para cuando la recibían en la mesa de redacción, como “noticia de última hora” aquello no tenía valor alguno.

¡Cómo ha cambiado el mundo, incluido el de la defensa de los animales! Hoy las cosas son muy diferentes a como eran entonces. En unos minutos redactas un texto, y en otro lo has mandado a medio planeta. En la actualidad, los medios recogen con merecida profusión muchas de nuestras acciones… ¡y hasta entrecomillan en sus crónicas segmentos del texto!: sin duda, el mayor logro por lo que a presencia mediática concierne. Incluso los periodistas más reaccionarios etiquetan hoy de animalistas a quienes participan de esta todavía adolescente ideología. Veamos en este detalle la botella medio llena, pues no es poca cosa que se desligue así en cierta medida al animalismo del conservacionismo.

Recuerdo, por ejemplo, que allá por los primeros noventa escribí un artículo de opinión para la incombustible sección de Cartas al Director. Lo titulé Animalistas, precisamente, y trataba de resumir en él la teoría y la práctica del entonces bisoño pensamiento. Ni me preocupé de saber si en efecto fue publicado. No obstante, me llevé una inmensa alegría cuando al poco leí en el diario más afamado de la ciudad un artículo en la citada sección donde alguien expresaba nuestra visión palabra por palabra y frase por frase. ¡Albricias! ¡No estábamos solos! ¡Había gente en nuestro entorno más inmediato con idénticas ideas! Quizá lo que menos nos agradó del artículo fue su título, cursi como él solo: Animalitos. Pero, al fin y al cabo, semejante detalle era lo de menos. Lo de más fue la cara de idiotas que se nos quedó a toda la Junta Directiva al comprobar que aquello estaba firmado por su autor: yo mismo. El inicial momento agriculce (en efecto, seguíamos más solos que la una) se tornó raudo en alegría comedida, por cuanto media ciudad lo estaría leyendo al tiempo que nosotros. Dimos por buena la hipótesis del Vicesecretario: el periodista debió de entender que la equivocación era nuestra (“Animalistas, qué término tan extraño”), y decidió hacernos un favor mutándolo por lo que él supuso queríamos decir en realidad: Animalitos.

Créanme: las cosas han cambiado, y no poco, en los últimos veintisiete años y medio. Sé de lo que escribo. Mas no pretendo con dicha percepción –personal e intransferible, al fin y al cabo– transmitir la idea de que debemos relajarnos, sino más bien la contraria: que el tesón y la paciencia no son precisamente malos aliados, y que con una dosis de cada cual, si no al fin del mundo (¿qué hace uno cuando llega a tan inhóspito lugar?, puede llegarse muy lejos. Y ahora les dejo, porque tengo que perseguir, cachaba en mano, a unos críos que corretean entre los parterres, frente a mi casa.

[*] Publiqué este artículo en la revista digital AllegraMag (sección BICHOS).

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