miércoles, 2 de abril de 2014


ESPERANDO A PATTY

Estábamos nerviosos como adolescentes en su primera cita. Y no porque hubiera dado comienzo una nueva primavera, menuda cursilada. El pasado sábado nos examinamos: vinieron a casa dos inspectoras de cierta asociación protectora para comprobar in situ nuestra idoneidad como tutores caninos (vulgo “dueños”). Mi mujer y un servidor hemos convivido con perros durante más de un cuarto de siglo ininterrumpido (salvando las dos semanas entre Arkupe y Koska). Ahora le toca el turno a Patty, un ser diminuto –chica– al que solo conocemos por fotos (lo más parecido a una cita a ciegas), y de la que sin embargo estamos ya perdidamente enamorados. Si pasa con los actores de cine, parece aún más lógico que suceda con quienes van a ser tus colegas de por vida.

Aunque por naturaleza somos gente aseada en lo personal y cuidadosa con nuestro modesto piso, le dimos para la ocasión una limpieza somera, para que las citadas inspectoras se llevasen la mejor impresión posible y nos avalen en la adopción de Patty. Porque esto, reconozcámoslo, ha avanzado que es una barbaridad –me refiero a la gestión de la protección animal–. Yo recuerdo que hace apenas unas décadas las cosas eran como más abruptas y deslavazadas. Hoy, para ser aspirante a “dueño” tienes que rellenar un señor formulario donde lo mismo te interpelan sobre dónde dormirá el animalito que sobre tus planes para las vacaciones del verano. Una vez enviado el documento, una persona te responde amablemente al correo, y te dice que, en calidad de candidato, tu petición será examinada en la correspondiente comisión evaluadora (¡seis miembros!), y que se comunicará el resultado a la mayor brevedad posible, para no hacer esperar a ninguna de las partes, en especial al bichín, que sin saberlo se encuentra en un momento crucial de su vida.

A mí me parece cojonudísimo que las cosas se hagan con este celo y profesionalidad, porque desalmados y tontos del culo hay en todas partes, y si acaso nosotros formásemos parte del club, pues perfecto que se nos niegue alto tan importante.

Cuentan en la red que Patty malvivía en la calle con un hermanito. Que se alimentaba sobre todo de pan, y que por ello estaba desnutrida en su primera visita al veterinario. Hace ya mucho que opté por dejar de intentar comprender determinadas mentes, entre ellas las de quienes permiten y aun fomentan la procreación de perros por puro capricho, porque se ha hecho siempre, o porque un vecino guay les soltó en el ascensor –en lugar de hablar del tiempo, como todo el mundo– aquello de “¡Mira a ver si tu perrilla tiene cachorros y me regalas uno!”. Y, claro, la perrilla tiene cachorros, porque uno es un caballero de palabra y hay que repartir muñequitos a toda la comunidad. Luego, la mitad de los que se apuntaron comienzan a silbar y a mirar para otro lado, y los cachorros se los lleva el primer desaprensivo al caserío o a la huerta y los condena a cadena perpetua, o se los ofrece a los sobrinos para que jueguen un par de tardes, no más, pues ya se sabe que los chavales de hoy se cansan enseguida de todo. Si acaso hay un mal gesto del animalito, agobiado por los chiquillos, se pone el grito en el cielo, se le cataloga como “perro peligroso” y se le tira a un pozo, o se le asesta un palo en la cabeza, que nadie se va a enterar de la desaparición de un chucho que de hecho no existía de manera oficial. ¡A esta gentuza la enviaba yo un trimestre a Bangladesh o a Etiopía, para que conociera de primera mano lo que significa ser un paria entre los parias! Creo de verdad que hay gente que solo a hostias aprende. Y muchos –si saben que tienen el pasaje de vuelta pagado– ni aun así.


Les dejo, porque tenemos que seguir limpiando el inminente hogar de Patty. ¡Ojalá pasemos el examen, y que todos nos disfrutemos!


28 de marzo de 2014

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