viernes, 30 de noviembre de 2001


BARRY

Me viene a la cabeza una tira supuestamente cómica en la que puede observarse a un nuevo inquilino del infierno, recién llegado al eterno mundo del dolor. Escoltado por dos diablos que le conducen a sus aposentos, avanza compungido en un entorno dantesco. Llamas por doquier, seres encadenados y sufriendo las más terribles condenas. Pero al protagonista le llama la atención una especie de trampilla que parece conducir a un lúgubre sótano, y supone que debe tratarse de un apartado especial para individuos particularmente malvados. Perturbado y confuso, pregunta a sus acompañantes por el tipo de personas que acoge aquel horrendo agujero. En seguida obtiene una lacónica respuesta: “es el lugar destinado a los que maltrataron animales”. La escenificación ilustra un aspecto imprescindible a la hora de analizar el fenómeno de la violencia gratuita. Esta se hace aún más perversa cuando se ejerce sobre seres inocentes y vulnerables.

Por pura correspondencia, y si al final resulta que la absurda idea del cielo existe, Barry Horne debe tener reservado allí un rincón paradisíaco. Mientras medio país vibraba con el fútbol o pasaba indolente la tarde del domingo, Barry agonizaba en el hospital de Worcester, a donde fue conducido desde la prisión donde cumplía una condena de 18 años por atentar contra los intereses de diversas empresas explotadoras de seres inocentes. Barry simplemente actuó como debería hacerlo la propia policía si viviéramos en una sociedad éticamente decente. Pero la ideología dominante en la actualidad solo concede derechos elementales, al menos en teoría, a todo aquel que acredite pertenecer a la especie humana, relegando a la práctica totalidad del resto de seres sensibles al status de individuos-objeto, legitimando en consecuencia su explotación masiva, en lo que constituye un holocausto de proporciones gigantescas.

Lo repetiré una vez más. Ninguna otra actividad humana consciente genera tanto sufrimiento gratuito como la agresión organizada a ese grupo ficticio al que llamamos “animales”. Si la afirmación que acabo de hacer no responde de manera rigurosa a la verdad, los animalistas mereceríamos el escarnio público, perecer quemados como herejes en la plaza del pueblo. Pero si encierra algo, solo algo, de cierto, nos encontraríamos ante un escándalo moral sin precedentes. Y me temo que ambas cosas son incompatibles.

No conocía personalmente a Barry, pero intuyo que no podía ser muy diferente a tantos y tantos ciudadanos anónimos que luchan contra la esclavización de los cerdos en las granjas-factoría, contra la cadena perpetua de los elefantes en los circos, contra la pena de muerte de los toros en la plaza o contra la tortura de los cobayas en los laboratorios. Se trata de auténticos revolucionarios en la sombra, orgullosos de militar en el movimiento de reforma moral más importante que haya existido jamás. Yo los he visto pertrechados de armas letales para conciencias mezquinas: folletos, pegatinas y mesas informativas en la calle.
Desde mi más absoluta ingenuidad, deseo que el autosacrificio de Barry sirva para dignificar la ideología animalista. Él ya lo ha dado todo. Ahora nos toca a nosotros.
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© noviembre 2001
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