domingo, 22 de julio de 2007


SECUESTRO

No se habla de otra cosa, y en tal sentido este artículo es bien poco original. Acaban de secuestrar una publicación en España por directa orden judicial. La cosa no es broma, y de ello da fe el hecho de que han pasado más de veinte años desde que un evento similar tuviese lugar en nuestro país.
Esta vez se trata de una portada, de un dibujo satírico que retrata a un par de personas al parecer muy importantes en postura poco decorosa, aunque supongo bastante natural si nos ceñimos a la vida íntima cotidiana del común de los mortales. Y es ahí donde está el meollo de la cuestión, creo, porque los protagonistas, siendo mortales, no son comunes. El tema de fondo no es tanto lo indecoroso de la escena, que también, sino el estatus social de quienes la protagonizan. ¡Ah!, ¿pero en una democracia todos los ciudadanos no son iguales?, preguntará el canelo de turno. Pues no paree que así sea, y de hecho no lo es en absoluto, porque bien clarito lo pone en infinidad de documentos legales, hasta en el padre de todos los documentos, la Constitución.

Yo soy de los que cree que, admitiendo límites para la sacrosanta libertad de expresión, uno de ellos debe estar sin duda en el jugueteo absurdo y aún en la mofa hiriente de todo lo que tenga que ver con el ámbito privado, y un polvazo sabatino lo es, imagino, tanto seas el fontanero del barrio o el príncipe principísimo de todos los reinos. La cuestión comienza a chirriar, empero, cuando nos preguntamos si algo parecido hubiera pasado no ya con usted o yo caricaturizados en el revolcón, sino con uno de esos famosos que atiborran la llamada crónica rosa. La respuesta es no, ¡quiá! para los castizos.

Un servidor –junto con millones de servidores a lo largo de la geografía española por lo que veo y oigo– empieza a estar lo que se dice hartito de la Sagrada Familia, y no precisamente de la excelsa obra de Gaudí, qué culpa tendrá él en esto. El hartazgo deriva, uno, de que lo que vale para unos no vale para otros; y dos, de que nos empapucen un día sí y otro también con la idea de que ellos son la mar de normales. Un viajecito en el nuevo yate, es un poner; los pillan haciéndose una ensalada y ya está, aquí tenemos a su majestad arremangada limpiando la lechuga, “como una ciudadana más”. Que salen de su megachalet y se montan en su megacuatroporcuatro para ir de compras a un exclusivo centro comercial, otra vez con lo mismo, en las imágenes vemos a su majestad insistiendo en pagar los palos de golf, “como un ciudadano más”. Pero vamos a ver, mantengamos la calma, porque es que los y las ciudadanas que yo conozco no tienen megachalets (una casa en el pueblo y con suerte, pobres), y lo que más se asemeja a un yate en sus vidas es la barca hinchable para los críos. Mucho me temo además que no les invitan en las tiendas. A mí nunca me ha pasado, sin ir más lejos.

No se trata de avivar el eterno –y sin embargo lícito– debate de si monarquía o república, que no, que ni siquiera llega a eso. Es que se trata de algo que uno no sabe muy bien cómo definir, pero que queda a medio camino entre la honestidad personal y la decencia democrática. Yo no sé si ustedes se han percatado de que precisamente la institución que al parecer es pilar y eje (ignoro la razón exacta, pero esto se dice mucho en los discursos oficiales) de nuestra democracia está a años luz de la democracia. ¿Lo pillan? Yo tampoco. Siendo así, avivemos el debate. Yo me apunto el primero.
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© julio 2007
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