miércoles, 11 de septiembre de 2013


LA GALLINA DELATORA


Cuentan que la neonata Inquisición se guiaba para descubrirlos por la llamativa blancura de su piel, sabiendo que aquella gente tenía por costumbre evitar toda ingestión de carne, pues tan “diabólica manía” se asociaba de manera automática a la debilidad de cuerpo y a su consiguiente palidez. Si lo es para algunos aún hoy, ser vegetariano entonces era lo más extraño del mundo, e inequívoca señal de que en aquellos cuerpos no podía habitar sino el mismísimo Satanás. Pero en época reciente se ha barajado la teoría de que su lividez dérmica se debiera más a la práctica de una regular higiene antes que a la ausencia de chicha en la dieta. Pinta lógico, pues para una amplísima mayoría lo habitual era, en efecto, asear su cuerpo de mes en mes, cuando no se dejaba esta costumbre para recibir los solsticios, o acaso el cambio de lustro. Es lo que tenía el siglo XIII.

Hablamos de cuando los papas gobernaban el mundo y compraban –a veces literalmente– voluntades a diestro y siniestro, aunque cierto es también que la voluntad se vende más barata si la única alternativa es la amenaza del tormento, y no digamos ya el tormento en sí.  Porque la famosa Inquisición que muchos creemos de cuño español se creó ad hoc para acabar con la herejía cátara (de eso tratamos, por si andaban despistados), y ya sabemos que en esto, como en tantas otras cosas, todo es empezar.

Tipos curiosos, los cátaros. Tanto lo eran que su doctrina incluía de hecho a los animales, me refiero al respeto que se supone merecen, algo que todavía ocho siglos después bien podríamos calificar de “asignatura pendiente”.

La Iglesia católica (aleccionada por el papa Inocencio III, valga la ironía nominal), que aúlla quejica en cuanto le rozan la cara y exhibe a conveniencia un victimismo provinciano, la emprendió entonces contra quienes más sombra podían hacerle en su reparto del botín espiritual: la comunidad cátara. En pocas décadas arrasó sus poblados, asaltó sus castillos y abrasó en pública pira a sus dirigentes, los Perfectos. Es así como se cortó de raíz una vía que solo el tiempo y las circunstancias hubieran puesto en su sitio. Disculpen mi ingenuidad, pero me dio por pensar que, de haber triunfado el espíritu cátaro, pueda que hoy los animales no tuvieran que soportar tamaño sufrimiento.
Hay numerosas anécdotas que nos muestran bien a las claras un incipiente y sólido animalismo; a nosotros, que creemos haberlo inventado todo. A modo de meros ejemplos, rescatemos para la ocasión un par de historias, por poner luz al escenario. Digamos, verbi gratia, que, conocida su querencia hacia solidaridades parahumanas,la misma Inquisición tenía en su protocolo obligar al sospechoso a matar a una bestia, pues la simple reticencia constituía per se clara sospecha. Así descubrieron en efecto la condición de cátaras de dos mujeres, a quienes la posadera dejó encargada la preparación de una gallina mientras ella se desplazaba a la ciudad para hacer unas compras. Cuando volvió, la gallina seguía en el corral, escarbando entusiasta, más feliz que una lombriz. La posadera, con la mosca detrás de la oreja desde que aparecieran por la fonda, decidió delatarlas, la muy harpía, y les tendió aquella inocente trampa. Interpeladas sobre por qué la gallina seguía viva, las cuitadas apenas pudieron responderle: “Nos dio pena, y fuimos incapaces de cortarle el cuello”. La miserable posadera había regresado de la ciudad con un par de agentes de la autoridad eclesial, y rápidamente las cátaras fueron aprehendidas sin contemplaciones. Prefirieron ser quemadas a los pocos días en la hoguera antes que cometer sacrilegio.
También cuentan que era costumbre cátara liberar a todo animal hallado en trampas y cepos. Mas como esta gente procuraba impartir justicia, comprendían que la liberación del bicho provocaría un serio perjuicio al cazador, por lo cual dejaban en el cepo las monedas oportunas, de tal suerte que el disgusto del trampero se compensaba con los inesperados cuartos, y todos contentos.
           
Tómense estos detalles como lo que son: quizá engordadas leyendas de los trovadores occitanos, que por muy cantautores que fueran necesitarían manduca y cobijo, como todo quisque. Pero quedémonos con lo esencial: que los cátaros desarrollaron hace la tira de años una notable empatía. Medieval, pero empatía. Creían de hecho a pies juntillas en la metempsicosis, es decir, en el viaje del espíritu del cuerpo muerto a otro vivo, sin que el susodicho espíritu tuviera el menor prejuicio respecto a calidades o especies. Causar daño a un animal equivalía, por tanto, a causárselo a un humano.

La edad no perdona (hablo de mí), y por ello he de apresurarme a hollar cumbre cualquier año de estos en las ruinas del castillo de Montsegur, el último bastión cátaro, defendido a sangre y fuego por gente con conciencia, algo que por momentos parece escasear en estos tiempos inciertos.

[*] Ver otros artículos animalistas en AllegraMag.

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