viernes, 20 de septiembre de 2013


MUERTA


Pues lo más probable es que un muerto, Mariló. ¿Qué crees tú que puede haber dentro de un coche fúnebre? Tú habrás visto alguno de cerca, al menos los que llevaban a tu padre, a tu madre, o mismamente a tu hermano Ignacio o a tu amigo Eduardo. Los coches fúnebres orlados de coronas y escoltados por gente compungida suelen trasladar ataúdes, y allí dentro, a su vez, cadáveres. Es lo normal.

Afirma Mariló que el Toro de la Vega es “una fiesta maravillosa”. Entiendo que así lo creen también las docenas de miles de almas que asistieron el pasado martes a la ejecución sumaria de Vulcano, en un ambiente entre lo festivo y lo jaranero. Se da la circunstancia de que vivo desde pequeñito en un lugar donde no pocos brindaban con champán tras un tiro en la nuca o la explosión de un coche bomba, con lo que sé bien que determinadas personas están dispuestas a convertir en celebración los sucesos más sangrientos.

A mí me sigue provocando náuseas que miles de jóvenes con su título de periodista recién salido del horno estén en paro, y con toda probabilidad no vayan a encontrar curro de lo suyo jamás, mientras gentuza como Mariló se lleve un pastizal al mes de la caja común, por decir ayer una sandez, hoy una extravagancia y mañana una canallada. A lo mejor es que a esta muchacha el linchamiento de un inocente –con unas gotitas de tradición y una pizca de arrojo palurdo– le parece fantástico porque se crió a las puertas de un centro de exterminio, allí en su Estella natal, y tiene la sensibilidad abotargada. Mientras otros se conectan a la empatía tras ver a diario paquetes intestinales y oír mugidos de agonía, la chica se mantiene impertérrita en su esclerosis moral, y encima lo lleva a gala. Y no parece sentir tampoco especial devoción ni por la historia ni por las matemáticas, por cuanto lo mismo le da miles que cientos; salvo que le ingresen este mes en la cuenta mil eurillos escasos (como a un ejército de españoles), y ya me imagino que correría entonces histérica a su jefe para deshacer el entuerto.

“Ahora mismo, nadie ha agredido ni pegado al animal”, insistía Mariló en su defensa particular de la sangría. Sucede, querida, que cualquier acto violento suele venir precedido por un momento de “no agresión”. ¿Comprendes? Si acaso no, permíteme que te regale un ejemplo didáctico, por si te sirve de algo. Imagínate víctima de eso que llaman “violencia doméstica”, que tu pareja te zarandea y da un par de hostias en la cara por encontrar la cena fría, que las cámaras de seguridad graban la repugnante escena, que la presentas como prueba ante el juez, y que este te comunica que sobresee la denuncia, “porque hasta un momento dado no se produce agresión alguna, y que él solo ve un tipo que te acompaña a la mesa”. ¿Comprendes ahora a qué nivel ha llegado tu estulticia?

Estás muerta, Mariló. Muerta en vida. No importa que tu corazón lata y que tengas los colesteroles esos en su nivel óptimo. Son cuestiones fisiológicas, al fin y al cabo. Porque alguien puede parpadear, reír, sudar, decir chorradas… y estar muerto. Tú eres el mejor ejemplo de lo que digo. Y un corazón, además de cumplir con sístoles y diástoles, tiene que sentir en su interior algo más que un líquido viscoso entrando y saliendo protocolario.

En fin, Mariló, que en paz descanses. Yo, de momento, he dado expresa orden a mis médicos para que, llegado el caso, no me transplanten órganos tuyos, no vaya a ser que en ellos venga incorporada tu alma, y sería entonces peor el remedio que la enfermedad.


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